miércoles, 18 de febrero de 2015

"Vidas imaginarias".- Marcel Schwob (1867-1905)

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"Alain el Gentil
Soldado
 Sirvió al rey Carlos VII desde la edad de doce años, como arquero, después de que gente de guerra se lo llevara consigo del llano país de Normandía. Y se lo llevaron de esta manera. Mientras se incendiaban las granjas, se desollaban las piernas de los labradores a cuchillazos y se volteaba a las muchachas en catres de tijera, desvencijados, el pequeño Alain se había acurrucado en una vieja pipa de vino desfondada a la entrada del lagar. La gente de guerra volcó la pipa y encontró un muchachito. Se lo llevaron con sólo su camisa y su atrevido brial. El capitán hizo que le dieran un pequeño jubón de cuero y un viejo capuchón que provenía de la batalla de Saint-Jacques. Perrin Godin le enseñó a tirar con el arco y a clavar con limpieza su saeta en el blanco. Pasó de Burdeos a Angulema y del Poitou a Bourges, vio Saint-Pourçain, donde estaba el rey, franqueó los lindes de Lorena, visitó Toul, volvió a Picardía, entró en Flandes, atravesó San Quintín, dobló hacia Normandía y durante veintitrés años recorrió Francia en compañía armada, tiempo en el cual conoció al inglés Jehan Poule-Cras, por quien supo cuál era la manera de jurar por Godon, a Chiquerello el lombardo, quien le enseñó a curar el fuego de San Antonio y a la joven Ydre de Laon, de quien aprendió cómo debía bajarse las bragas.
 En Ponteau de Mer, su compañero Bernard d'Anglades lo persuadió de que se pusiera fuera de la ordenanza real, asegurándole que los dos se darían la gran vida embaucando a los crédulos con los dados trucados que llaman "cargados". Lo hicieron, sin desprenderse de sus arreos militares, y fingían que jugaban, en la linde del cementerio, junto a los muros, en un tamboril robado. Un mal sargento del juez eclesiástico, Pierre Empongnart, hizo que le enseñaran las sutilezas de su juego y les dijo que no tardarían en ser prendidos, pero que entonces debían jurar con osadía que eran clérigos, para escapar así de la gente del rey y reclamar la justicia de la Iglesia, y para ello, raparse la coronilla y deshacerse con prontitud, en caso de necesidad, de sus gorgueras hechas jirones y sus mangas de color. Él mismo los tonsuró con las tijeras consagradas y les hizo mascullar los siete Salmos y el versículo Dominus pars. [...] 
 La gente de justicia los apresó y Alain, quien vociferaba que era clérigo, había olvidado arrancarse sus mangas verdes.
 En seguida pidió ir al retrete, descosió su jubón y hundió las mangas entre la basura; pero los hombres de la prisión advirtieron al preboste. Vino un barbero para afeitar por completo la cabeza de Alain el Gentil para borrarle la tonsura. Los jueces rieron del pobre latín de sus salmos. En vano juró que un obispo lo había confirmado con una palmada cuando tenía diez años; no pudo llegar al final de los padrenuestros. Se le hizo dar tormento como a lego, primero en el potro pequeño, luego en el grande. Al fuego de las cocinas de la prisión confesó sus crímenes, con los miembros descalabrados por los tirones de las cuerdas y con la garganta deshecha. El lugarteniente del preboste pronunció la sentencia en ese mismo lugar. Fue atado a la carreta, arrastrado hasta la horca y colgado. Su cuerpo se tostó al sol. el verdugo se quedó con el jubón, con sus mangas descosidas y con un hermoso capuchón de paño fino, con forro de marta, que había robado en una buena hostería". 

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