viernes, 13 de febrero de 2015

"Fausto".- J.W. Goethe (1749-1832)


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"El Canciller: La virtud sublime, cual sagrada aureola, circunda la frente del Emperador; sólo él pude practicarla dignamente: la Justicia. Ese bien supremo que todos los hombres aman, exigen y desean, y de la que a su pesar se ven alguna vez privados, sólo él puede concederla al pueblo. Pero, ¡ah!, ¿de qué sirven la inteligencia del espíritu humano, la bondad del corazón y el vigor del brazo, si una fiebre abrasadora mina el Estado hasta en sus cimientos, si el mal engendra el mal? Cualquiera que desde estos altos picachos tienda la vista sobre este extenso reino, creerá ser víctima de una pesadilla, en la que lo deforme engendra lo deforme, en la que la ilegalidad triunfa legalmente, y en la que se despliega todo un mundo de errores. Uno se apodera de un rebaño, otro de una mujer; aquél roba el cáliz, la cruz o los candelabros del altar; y, sin embargo, les vemos alabarse por ello y gozar del fruto de sus rapiñas años y más años. Cuando llegan las quejas hasta el tribunal y el juez se decide a ocupar su puesto, empieza el torrente revolucionario a rugir cada vez más furiosamente, porque quien se apoya en altos cómplices puede gloriarse de su infamia y sus crímenes, y sólo veréis pronunciar la palabra culpable contra el inocente que queda sin defensa. ¿Cómo, en vista de todo esto, queréis que se generalice el único instinto que nos impulsa hacia el bien? El hombre de rectas intenciones se deja al fin tentar por la adulación o por un interés mezquino, y cuando el juez no puede castigar, acaba por unirse con el culpable. Negro es en verdad el cuadro que he trazado y, sin embargo, siento no haber encontrado aún colores más sombríos. (Pausa) Se imponen importantes resoluciones, porque cuando todos obran el mal, cuando todos sufren, no está segura ni la propia majestad del Emperador.
 El Gran Maestro del Ejército: ¡Hay en estos días de desorden un tumulto espantoso! Tan pronto uno mata como le matan, y todos permanecen sordos a la voz de mando. El ciudadano detrás de sus bastiones, y el noble en su nido de rocas, parecen conjurarse con nosotros sin debilitar nunca sus fuerzas. El mercenario se impacienta, pide bruscamente su paga, y de seguro que a no debérsele nada, habría ya levantado el campo; y, sin embargo, negarse siempre a lo que todos piden es remover un avispero. He aquí enteramente devastado el reino que debían sostener; se les deja gritar como energúmenos y apelar a cada paso a la revuelta; y está ya perdida la mitad del mundo. Aún quedan allá abajo algunos reyes; pero ninguno quiere convencerse de que van a dirigirse contra él los ataques.
 El Tesorero: ¿Quién fiara, con eso, en sus aliados? ¡Los subsidios que nos habían ofrecido empiezan ya a faltar como el agua en los cantones! Y, ¡a qué manos señor, ha ido a parar la propiedad en tus vastos Estados! A cualquier parte que os dirijáis, sólo se ven huéspedes que quieren vivir independientes, sin que nos quede más recurso que el de mirarles obrar a su antojo; hemos concedido tantos derechos que no nos queda ya derecho sobre nada. Además, no puede ya contarse con ningún partido, porque aliados y hostiles, su simpatía y su odio son indiferentes: los güelfos como los gibelinos se ocultan para descansar. ¿Quién piensa hoy en ayudar a su vecino? Bastante trabajo tiene cada cual para sí: las minas de oro se explotan, se escarba la tierra, se economiza, se amontona, y nuestras arcas permanecen vacías.
 El Mariscal: ¡Ah, también a mí me abate el azote general! Siempre queremos economizar y gastamos más cada día; y cada día surgen a mi paso nuevas preocupaciones; con todo, el cocinero aún no se ha resentido de ello lo más mínimo porque los jabalíes, los ciervos, las liebres, los gamos, los pavos, las ocas, los patos, las porciones congruas y las rentas fijas no escasean; empieza, no obstante, a faltarnos el vino. Si antes en nuestras bodegas se amontonaban los toneles unos obre otros, llenos todos del mejor mosto, la sed insaciable de los grandes ha apurado hasta la última gota. El municipio ha tenido también que abrir su casa; se levantan los jarros; se brinda con las copas, los convidados ruedan bajo la mesa; y luego es a mí a quien toca satisfacerlo todo. El judío es intratable: inventa anticipos de todas clases que nos obligan a gastar de antemano las anualidades que aún deben transcurrir; así es que los cerdos no llegan a engordar, los colchones de nuestras camas están empeñados, y hasta el pan de nuestra mesa lo hemos comido ya anticipadamente".

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