miércoles, 7 de julio de 2021

El camino hacia la nueva música.- Anton Webern (1883-1945)


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El camino hacia la composición dodecafónica

I

 «Sobre todo tenemos que saber lo que significa composición dodecafónica o composición con doce sonidos. ¿Han observado ustedes alguna vez una obra de esa índole? Creo que desde que se escribe música, todos los grandes maestros de la composición han tenido instintivamente este tipo de composición como una meta. Pero yo no quisiera revelarles ahora a ustedes, de inmediato, esos secretos -¡y se trata en verdad de secretos!-, esas claves secretas. Probablemente esas claves existieron en todas las épocas y la gente las entendía de un modo más o menos inconsciente.
 Hoy quisiera ocuparme de estos temas en términos generales. ¿Qué es lo que se ha alcanzado realmente con este método de composición? ¿Qué territorios o qué puertas se han abierto con esas claves secretas? Se trata, en términos generales, de la creación de un medio para expresar la mayor unidad posible en la música. Con ello hemos pronunciado una palabra sobre la que podríamos estar hablando durante días. Tal vez sea importante hablar de tales cosas: me refiero a algunos temas de carácter general, temas que todos comprendan y que también puedan seguir aquellos oyentes que acuden aquí por el mero placer de escuchar. Porque yo no sé las cosas que nos deparará el futuro.
 La unidad es tal vez aquello que no puede faltar nunca cuando algo ha de tener sentido. La unidad, dicho de manera muy general, consiste en crear la mayor relación posible entre todas las partes. De lo que se trata –lo mismo en la música que en cualquier otra forma de expresión del ser humano- es de crear la claridad suficiente en las relaciones entre las distintas partes en la unidad. Es decir, en una palabra: mostrar cómo una cosa nos conduce a la otra.
 Y ahora, para hablar de música tendríamos que hacerlo, en alguna medida, desde una perspectiva histórica. ¿Qué es, pues, esa “composición dodecafónica”? ¿Qué fue lo que la antecedió? A esta música se la denomina con un nombre horrible, el de “música atonal”. Schönberg se burla muchísimo de esto, ya que “atonal” significa “sin sonidos” y eso no tiene ningún sentido. A lo que se refiere es a una música que no está compuesta en una determinada tonalidad. ¿A qué se ha renunciado entonces? ¡La tonalidad ha desaparecido!
 ¡Intentemos, pues, encontrar la unidad! Hasta ahora, la tonalidad era uno de los medios más importantes para crear unidad. Es el único de los antiguos logros que ha desaparecido, todos los demás han perdurado. Ahora intentaremos seguir ahondando en esta historia.
 ¿Qué es, pues, la música? La música es lenguaje. Un hombre desea expresar ideas en ese lenguaje, pero no son ideas que puedan traducirse a través de conceptos, sino ideas musicales. Schönberg consultó todas las enciclopedias buscando la definición de lo que era una idea, pero no la encontró. ¿Qué es una idea musical?
 (Silbando: “Kommt ein Vogerl geflogen…”).
 ¡Eso es una idea musical! El hombre sólo puede existir en la medida en que se expresa. Y la música lo hace a través de ideas musicales. Yo quiero decir algo y, obviamente, me esforzaré por expresarlo de tal modo que los demás lo entiendan: Schönberg emplea la maravillosa palabra de la “comprensibilidad” (¡que también podemos encontrar en toda la obra de Goethe!). La comprensibilidad es, en general, la ley suprema. Y también tiene que existir una unidad. Para ello se necesitan algunos medios. Todas las cosas que nos son familiares de la vida primitiva deben aplicarse también a la obra de arte. En algún momento se buscaron medios para expresar una idea musical de tal modo que fuera lo más comprensible posible. Uno de esos medios fue, a lo largo de varios siglos, la tonalidad: exactamente desde el siglo XVII. Desde Bach sabemos diferenciar entre los modos mayor y menor. Antecedieron a éstos los modos eclesiásticos, que eran, en cierto modo, siete tonalidades, de las cuales, al final, sólo quedaron dos, los dos géneros antes mencionados. De todo ello surgió algo que está más allá de esos dos modos: nuestro sistema tonal de doce sonidos.
 Y, para volver a la tonalidad, digamos que ésta fue un medio creador de forma sin precedentes, un medio cuyo propósito era generar la unidad. ¿En qué consistía la unidad? En el hecho de que una pieza musical estuviera escrita en una tonalidad. Se trataba de la tonalidad principal escogida, y también, por supuesto, de la intención del artista por mostrar explícitamente esa tonalidad. Una pieza tenía un sonido básico que se mantenía, del cual uno se apartaba pero se regresaba siempre. Este sonido básico reaparecía una y otra vez, lo que lo convertía en predominante. Se tenía una tonalidad principal en la exposición, en el desarrollo y en la reexposición, etc. Para que ese tono principal cristalizara de una manera más definida existían movimientos finales o codas en los que la tonalidad principal reaparecía siempre. Me veo obligado a retomar siempre estos temas, pues estoy abordando algo que ha desaparecido. Tenía que aparecer algo que restituyera el orden en estas cosas.
 Hay dos caminos que condujeron inevitablemente a la composición con doce tonos: no fue únicamente la circunstancia de que la tonalidad hubiese desaparecido y se necesitara algún nuevo sostén. ¡No! ¡Existe también otra circunstancia paralela y no menos importante! Pero no estoy en condiciones de decir en una sola palabra de lo que se trataba. Las formas canónicas y contrapuntísticas, el desarrollo temático, pueden crear muchas relaciones entre las distintas partes, y es ahí donde hay que buscar –si queremos echar una mirada retrospectiva a los antecedentes- lo que encierra la composición dodecafónica.
 El ejemplo más espléndido en este sentido es Johann Sebastian Bach, quien, hacia el final de su vida, escribió El arte de la fuga, una obra que contiene una gran abundancia de relaciones de naturaleza completamente abstracta; es la música abstracta que conocemos. (Quizá todos estemos en el camino de una abstracción semejante). Aunque entonces la tonalidad estaba todavía presente, podemos encontrar ya algunas cosas que apuntan hacia lo que es más importante en la composición dodecafónica: la sustitución de la tonalidad.
 Lo que aquí les cuento es, en realidad, mi propia vida. Una transformación radical comenzó en el momento en el que yo comenzaba a componer. Y el tema cobró una candente actualidad en la época en la que fui discípulo de Schönberg. Desde entonces ha transcurrido ya un cuarto de siglo.
Resultado de imagen de anton webern el camino hacia la nueva musica Si pretendemos determinar desde un punto de vista histórico cómo desapareció de repente la tonalidad y cómo aparecieron los primeros indicios –hasta que, finalmente, Schönberg vio un buen día, por mera intuición, cómo se podía restituir el orden en estos temas-, tendríamos que hablar del año 1908, cuando aparecieron las Piezas para piano op. II de Schönberg. Ésas fueron las primeras piezas “atonales”; la primera obra dodecafónica de Schönberg apareció en 1922. Entre 1908 y 1922 se produjo un interregno: catorce años, casi una década y media, duró ese estado de cosas. Pero ya en la primavera de 1917 –por entonces Schönberg vivía en la Gloriettegasse,  y yo vivía muy cerca de allí- subí hasta su casa una hermosa mañana para informarle de que había leído en algún periódico dónde se podían conseguir algunos víveres. No cabe duda de que con ello le causé una molestia, y él me explicó entonces que “estaba en vías de hacer algo totalmente nuevo”. No me dijo nada más y yo me pasé todo el tiempo devanándome los sesos y preguntándome: “Por el amor de Dios, ¿qué cosa podría ser?” (En la música de la Jakobsleiter podemos encontrar los inicios de esta música).
 Creo que sería muy útil para nuestro propósito hablar del último estadio de la música tonal. La primera brecha la encontraremos en los movimientos de sonata, en los que la tonalidad principal se veía penetrada en ocasiones, como por una quilla, por una tonalidad distinta. Con ello, la tonalidad principal era desplazada de vez en cuando hacia un lado. Y luego en la cadencia. ¿Qué es una cadencia? Es el intento de aislar una tonalidad para protegerla de todo lo que pueda perjudicarla. Sin embargo, los compositores querían escribir cadencias cada vez más singulares, lo que condujo finalmente a la ruptura de la tonalidad principal. En un inicio, al final, siempre se volvía a desembocar en el tono principal. Pero en ocasiones se fue tan lejos que, finalmente, ya no se veía la necesidad de tener que regresar al tono principal. Al principio, quizá se pensaría del siguiente modo: “Ahora estoy en casa; ahora salgo, echo un vistazo por aquí, por allá, un tiempo durante el cual son posibles las más alejadas excursiones, hasta que, finalmente. ¡vuelvo a estar en casa!” Pero el hecho de que las cadencias fueran cada vez más complejas, que en lugar de emplear los acordes de subdominante, dominante y tónica se escogieran cada vez más sus sustitutos y que éstos, a su vez, también sufrieran variaciones, condujo a la ruptura de la tonalidad. Los sustitutos fueron cobrando cada vez una mayor autonomía. Cabía la posibilidad de entrar de vez en cuando en alguna tonalidad distinta. (Cuando se pasó de las teclas blancas a las negras, alguien se formuló la pregunta: “Bueno, ¿y ahora tengo que bajar de nuevo?”) Los sustitutos se hicieron tan predominantes que desapareció la necesidad de regresar a la tonalidad principal. A ese estadio de la tonalidad pertenecen todas las obras que Schönberg, Berg y yo compusimos antes del año 1908.
 ¿Hacia dónde caminar? ¿O es que acaso se debe regresar hacia aquellas relaciones implícitas en la armonía tradicional? Estos cuestionamientos nos daban la sensación de que “¡no necesitábamos ya esas relaciones, de que nuestro oído se sentía satisfecho también sin la tonalidad!” La época, sencillamente, estaba madura para la desaparición de la tonalidad. Lo cual conllevó una ardua lucha y fue preciso superar obstáculos de toda índole, incluso algunos terribles, el miedo: “¿Aquello era posible?” Y así sucedió que poco a poco, de un modo firme y consciente, se dejaron de escribir obras en una determinada tonalidad.
 Les habla alguien que fue testigo de primera mano y que participó en la lucha. Todos estos acontecimientos se fueron superponiendo unos a otros, pero para nosotros las cosas sucedieron de un modo inconsciente e intuitivo. Sin embargo, jamás en la historia de la música se opuso una resistencia tan tenaz como la que se opuso ante estas cuestiones.
 Es absurdo, por supuesto, referirnos aquí a las objeciones de tipo “social”. ¿Por qué la gente no entiende esta música?»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Nortesur, 2009, en traducción de José Aníbal Campos González, pp. 85-91. ISBN: 978-84-936369-9-9.]

martes, 6 de julio de 2021

Diarios de viaje por España.- George Ticknor (1791-1871)


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Aragón


  «Al siguiente día, el cuarto de nuestro viaje, entramos en los duros páramos que comienzan en Cataluña y se extienden hasta bien entrado Aragón. Todo por aquí está seco, sin cultivar y triste. Parece como si hubiera sido quemado por un sol abrasador o arrasado por algún extraño principio de asolación. Los árboles desaparecen junto con la habitabilidad y los rebaños con los pastores. Y si por casualidad aparece un pueblo pequeño, es, como el resto de productos de este suelo duro y antipático, insignificante y miserable.
 Pronto cruzamos el pequeño pueblo de Alcaraz e, inmediatamente después, entramos en Aragón y llegamos a cenar a Fraga, que, asquerosa y ruinosa como está ahora, con una población de escasamente dos mil almas, tuvo una vez un rey independiente que gobernó las tierras yermas de su alrededor.

 Zaragoza. Los Sitios, 16 de mayo de 1818.

  A través de pueblos miserables como éste, residencia sólo de pobreza y sufrimiento, y a través de tales páramos, donde apenas unos pocos rebaños se salvan de morir de hambre gracias a sus pastores semisalvajes, que parecen sumitas, continuamos viajando durante un día y medio hasta que, el día dieciséis por la mañana, vimos ante nosotros las torres de Zaragoza en el horizonte, y sentimos un frescor a nuestra mano izquierda que emanaba del campo cultivado que bordea el Ebro. Pasamos el Gállego y entramos en una bonita avenida que debe haber sido magnífica antes de que todo fuera destruido por el último asedio y, atravesando la escena de la famosa batalla del veinte de agosto de 1710, que fue casi fatal para las pretensiones de Felipe V, llegamos a la misma entrada de esta ciudad extraordinaria.
 No tengo palabras para expresar lo que vi allí, pues es una gloria que no tiene parangón. Personajes tales que perviven en la historia de la humanidad y dejan tras ellos monumentos, que como ocurre con las antigüedades que no han perdurado hasta hoy, no hay manera de entenderlos correctamente ni explicarlos con justicia. Porque ¿cuáles son los rivales o modelos con los que compararlos para su correcta evaluación? En mi opinión, Leipzig, Lützen y Waterloo son, comparados con Zaragoza, campos de batalla ordinarios, en los que observo que la naturaleza humana puede estar acosada en semejantes empresas y mantenerse así un día, o dos, o tres. Pero ¿cómo puede esto resistirse durante meses, en realidad, casi durante un año, como sucedió en Zaragoza? No recuerdo otro ejemplo comparable, y tampoco soy capaz de procurarme una explicación cabal o satisfactoria.
 Mientras nos aproximábamos a la ciudad, los lados del camino estaban rodeados de ruinas, que apelan a un tiempo al corazón y a la imaginación. Salí del coche y caminé. Justo en ese momento encontramos los restos de un gran convento que ha servido de fortificación, y crucé para verlo. Los campesinos estaban arando a su alrededor y, mientras pasaba por los recientes surcos, pisaba a cada paso piezas de cuero, fragmentos de armaduras y yelmos, y a veces veía hasta huesos humanos que aún permanecían sin descomponerse totalmente y al descubierto tras el cultivo de nueve veranos. ¡Tan terrible fue la carnicería y tan pequeño el respeto por los huesos!
 El puente por el que se accede a la ciudad fue destruido durante el sitio y todavía no ha sido reparado completamente. Las casas próximas a él están casi todas demolidas, y las siguientes más o menos dañadas. Entramos en la ciudad. En muchas zonas aún se encuentran calles completas en ruinas. Y se han construido o se están construyendo grandes plazas en esta ciudad donde una vez vivió una numerosa y ajetreada población.
 Dado que la ciudad carecía completamente de murallas, los conventos y las iglesias se convirtieron en fortalezas y, puesto que ni una pulgada fue entregada sino por la fuerza, los dos ejércitos con frecuencia luchaban durante varios días desde lados opuestos de la misma calle. Me enseñaron dos calles donde los españoles, obligados a retirarse, lo hicieron tirando abajo los muros traseros de las casas. Continuaron entonces el fuego durante más de veinticuatro horas desde el otro lado desde donde aún podían ser apoyados. De esta manera, a los franceses les costó tres días de fuego ininterrumpido echarlos de los departamentos del frente de una línea de casas cuando ya estaban en posesión de la calle entera. Y después otro día para obligarlos a retirarse a través de los muros a la siguiente línea, donde todo lo que tenían que hacer era volver a comenzar la misma guerra.
 ¿Y cómo es posible que la naturaleza humana pueda tener tal fuerza y resolución? Entiendo que un individuo pueda estar constituido con tal valor en su carácter físico y moral para ser capaz de hacer esto; pero aquí no era sólo un hombre o una centena, eran sesenta mil, donde no sólo no había ni un traidor ni un cobarde, sino ninguno que no se sintiera mentalmente firme y seguro, e infatigable e invencible físicamente. ¿Cómo se puede explicar esto?

 El espíritu del pueblo

 Rindo homenaje al espíritu del pueblo que defendió Zaragoza, pero soy consciente de que hay que buscar otras causas, además de las morales, para explicar tal fenómeno. Es el mismo espíritu que en el 536 entregó sólo un montón de ruinas de Sagunto a Aníbal, y en el 621 en Numancia, después de tres sitios, no rindió más que una población masacrada a Escipión. Este espíritu, que me siento satisfecho de haber conocido, ha existido siempre en España y nunca en otro país.
Resultado de imagen de george ticknor diarios de viajeEste espíritu se pone de manifiesto en sus guerras, con los romanos, los godos y los moros. Se mostró meridianamente y en repetidas ocasiones en la Guerra de Sucesión, y todo español que conocía bien su país supo predecir la Revolución que estalló en 1808. Este es el espíritu moral de todas aquellas personas, quienes, aunque puedan ser humildes y abyectas en la relación con sus mandatarios nacionales, nunca se someten a la usurpación extranjera, sin importarles la forma que asuma. Pero no es suficiente explicación. Porque ¿cómo es que tienen la fuerza física necesaria para soportar este espíritu implacable?
 Rindo homenaje al carácter español y especialmente al aragonés. Confiaría mi cartera o mi vida sin dudar a un aragonés de la clase más baja. Pero esta robustez física proviene de su necesidad de civilización. Hasta este momento, el aragonés sabe poco de las conveniencias y nada de las comodidades de la vida. Y es que estaba tan lejos de todo esto durante los sufrimientos de un sitio, como casi lo estaba en sus tierras yermas, estériles y sin alegría, donde con frecuencia carecía de los medios de subsistencia suficientes casi la mitad del año.
 En resumen, está tan acostumbrada a privaciones y sufrimientos de todo tipo que puede soportar ser golpeado, mientras que un ejército de una nación más civilizada no puede aguantar ni las privaciones que siguen a una victoria. Por consiguiente, sólo debe evitar el desánimo. ¿Y quién ha visto alguna vez a un español desanimado? ¿Quién que conozca la historia de los Sitios de Sagunto, Numancia y Zaragoza puede ni siquiera sospechar que el español pueda llegar a estarlo?

 La Torre Nueva. La catedral vieja

 El día que pasamos aquí no pude hacer otra cosa sino dar vueltas entre estas terribles ruinas; sentía que no había visto ni en Alemania ni en Italia nada que indicara un carácter como éste. Hay, sin embargo, muchas cosas que merece la pena ver en Zaragoza y mi amigo Madrazo, quien tiene un excelente gusto y juicio, me las enseñó casi a pesar de mí mismo.
 En primer lugar, está la Torre Nueva, como se suele llamar, construida sin embargo en el año 1504, que está, o así me lo parece, tan fuera de la perpendicular como la famosa torre de Pisa, de la que todo el mundo ha leído u oído hablar. Y posee, además, otra característica notable: está construida con ladrillos. Desconozco su altura, pero es tan alta que son necesarios doscientos ochenta y cuatro escalones para llegar hasta la parte de arriba, donde te ves recompensado con una magnífica vista de la inmensa llanura de Zaragoza. […]
 La catedral, llamada –no sé por qué- la Seo, es, en su interior, uno de los ejemplos más nobles de la arquitectura gótica. […]

 La iglesia del Pilar

  Lo más bonito, sin embargo, que vi en Zaragoza en lo que al arte se refiere es la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, que exceptuando la mezcla de un poco de gótico en un extremo, que es de una arquitectura más antigua, es una iglesia que podría ser ciertamente enumerada entre las iglesias más notables de Italia, si estuviera al otro lado de los Alpes. Las proporciones son inimitables y además de su enorme riqueza y esplendor, los franceses la encontraron tan sagrada que se vieron obligados a respetarla.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012, en traducción de Antonio Martín Ezpeleta, pp. 28-34. ISBN: 978-84-15538-25-7.]

lunes, 5 de julio de 2021

Kappa.- Ryunosuke Akutagawa (1892-1927)


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 «Antes de proseguir, creo que debería describir brevemente a los kappa. Hasta ahora se dudaba de su existencia pero, puesto que yo he vivido entre ellos, doy fe de que son reales sin ningún género de duda. Así que dicho esto, pasemos a los detalles concretos. Debo decir que su aspecto se ajusta plenamente a la descripción que se encuentra en el libro Breve historia del tigre de agua: tienen una coronilla de pelo corto, y pies y manos palmeadas, como los patos. La altura media de un kappa no llega a un metro y, según el doctor Chak, su peso suele oscilar entre nueve y trece kilos, aunque también advirtió que hay kappas más corpulentos que pueden llegar a pesar hasta veinticinco kilos. Justo en el centro de su cabeza tienen un platillo ovalado que se endurece a medida que el kappa se hace mayor. De hecho, el platillo de Bag, un kappa viejo, es bastante distinto al tacto del de uno joven, como el de Chak. Sin embargo, el atributo más extraño del kappa es el color de su piel. Los kappa no son de un color determinado, como los humanos; cambian en función de lo que les rodea, de forma parecida a los camaleones. Cuando están cerca de la hierba, se vuelven verdes, y cuando se posan sobre una roca, su piel se vuelve grisácea como la piedra. Ignoro si los kappa comparten algo más con los camaleones. Cuando descubrí la cualidad cambiante del color de su piel, me acordé de que, según las leyendas tradicionales, los kappa del oeste eran verdes y los del norte eran rojos. Además, recordé que cuando estaba persiguiendo a Bag, no entendía cómo podía escabullirse tan fácilmente y durante tanto tiempo: está claro que era gracias a este ardid óptico, se ocultaba en el paisaje y lo convertía en su aliado.
 Los kappa poseen una capa de grasa de un dedo de espesor bajo la piel y, aunque la temperatura de este país subterráneo es relativamente baja –pues suele rondar los diez grados-, no precisan de ropa. Eso sí, llevan gafas, e incluso algunos tienen carteras y petacas de tabaco. Por suerte, los kappa, igual que los canguros, tienen una bolsita en el abdomen, y en ella transportan los accesorios que en ese momento no utilizan. A mí me resultaba un poco raro verlos corretear por ahí sin ni siquiera un pedazo de tela que cubriera sus partes y, una vez, le pregunté a Bag de dónde venía la costumbre de ir desnudos por el mundo. Él se echó a reír, a carcajadas, doblando la cintura, y por fin, cuando recuperó el aliento, logró replicar:
 -Pues, a nosotros lo que nos parece curiosísimo es la obsesión que tenéis los humanos por taparos todo el rato.

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 Gradualmente, aprendí el idioma kappanés y pude comprender más sobre sus costumbres y prácticas sociales. Lo más asombroso y confuso era la forma en que los kappa lo entendían todo al revés: cuando los seres humanos nos tomamos algo en serio, a ellos les divierte sobremanera. Igualmente, todo lo que nos parece gracioso a nosotros, los kappa lo consideran extremadamente serio.
 Por ejemplo, los humanos creen que la compasión y la decencia son cualidades importantísimas y muy, pero que muy serias; sin embargo, cada vez que los kappa oyen estas palabras estallan en risotadas interminables. Está claro que su sentido del humor difiere mucho del nuestro.
 Una vez charlaba con el doctor Chak acerca de los métodos anticonceptivos. De repente, abrió la boca y exhaló una carcajada, y otra y otra, hasta que sus quevedos temblaron sobre su nariz. Como era de esperar, eso me puso de mal humor (a uno no le gusta que se rían de lo que dice sin saber por qué), y le pregunté secamente de qué se reía. Aunque en aquel entonces aún no dominaba el kappanés, así que puede que me confundiera un poco, su respuesta fue la siguiente:
 -¡Pero bueno! Es ridículo que los padres tengan en cuenta sus circunstancias personales y su conveniencia. ¿No le parece el colmo del egoísmo?
Resultado de imagen de akutagawa kappa atico de los libros No le dije lo que realmente pensaba: que a mí me parecía ridículo el modo en que las hembras kappa dan a luz. Poco antes de esa conversación con el doctor Chak, hbaía ido con Bag a su casa para observar a su mujer mientras ésta paría. Igual que nosotros, los kappa llaman al médico o a una comadrona para que les ayude durante el nacimiento del bebé. Pero justo antes de que nazca el crío, el padre, casi como si estuviera manteniendo una conversación telefónica, acerca la boca a la vagina de la madre y pregunta en voz muy alta:
 -¿Quieres nacer, o no? Piensa muy seriamente antes de contestar.
 Así procedió Bag, se arrodilló en el suelo de modo que su cabeza quedara frente al sexo de su mujer y formuló varias veces esa pregunta, acercándose más en cada ocasión. Después, se levantó y, siguiendo las instrucciones del médico, hizo gárgaras con un líquido desinfectante. No tardó en llegar, desde el útero de la madre, la vocecilla del niño, que replicó vacilante:
 -Muchas gracias por preguntar, pero no quiero nacer. Me aterroriza la posibilidad de heredar las costumbres, los complejos y hasta pudiera ser que la locura de mi padre. –Y añadió-: Aparte de eso, creo que la existencia de un kappa no sirve para nada. Es más, creo que su propósito es más bien maligno.
 La respuesta puso en situación muy embarazosa a Bag, que empezó a rascarse la cabeza nerviosamente. Mientras, la comadrona que estaba ayudando en el parto introdujo un grueso tubo de cristal en el útero de la esposa del pescador y lo utilizó para inyectar un fluido en la placenta. Claramente, era una sustancia calmante, pues, aliviada, la madre soltó un profundo suspiro. Al mismo tiempo, su hinchada barriga empezó a disminuir, igual que un balón se desinfla al perder aire.
 Como habréis deducido por la respuesta del feto de Bag, los bebés kappa pueden andar y hablar desde el mismo instante en que nacen. Una vez, Chak me contó la historia de un crío que pronunció un discurso sobre la existencia de Dios cuando apenas contaba con veintiséis días de vida. Lamentablemente, dicen que el pobre se murió antes de cumplir los dos meses.»

     [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Ático de los Libros, 2010, en traducción de David Favard, pp. 19-24. ISBN: 978-84-938295-0-6.]

domingo, 4 de julio de 2021

Todos los colores del sol y de la noche.- Lenka Reinerová (1916-2008)


Resultado de imagen de lenka reinerova «A la celda. Cuántas cartas y notas clandestinas han tratado, sólo en el recién terminado siglo, de explicar “a los de fuera” qué significa tener que vivir en una celda. Como un objeto que está en manos de la voluntad ajena. Cuántos libros se han escrito ya al respecto, cuántas películas se han rodado. Y, sin embargo, hasta la fecha ningún médico ha sido capaz de registrar con sus aparatos las contracciones de un corazón humano que lo que anhela es la libertad. No hay matemático que conozca el número de sueños de un ser humano cautivo. Y nadie ha logrado todavía comprender cabalmente el dolor que causan la injusticia y la difamación.
 Incluso muchos años después, he pasado más de una noche en vela en la seguridad familiar de mi habitación, en la oscuridad serena y relajante que pendía del techo. Todo a mi alrededor era apacible y bueno. Tras las ventanas, la noche susurraba en la copa de un árbol viejo; por las calles soplaba el cálido aliento de la cercanía humana y yo no podía dormir porque una y otra vez me angustiaba la misma pregunta. Unos me la hacían con indiferencia, otros con esperanza y algunos incluso con maldad: “Después de todo lo ocurrido, ¿puedes continuar por el mismo camino que hasta ahora?” Y a mí me cuesta horrores exponer en términos claros con cuánta intensidad pensé en ello cuando estaba en la maldita celda: ¿escoger otro camino? ¿Uno que parezca más transitable y que me conduzca a una meta distinta y por la que, hasta la fecha, nunca me pareció que mereciera la pena luchar? ¿Puedo perseverar, pese a todos los abismos que entretanto se han abierto, en el camino que he seguido hasta el día de hoy? ¿Dónde se me presentará un nuevo camino en cuyas metas e ideales pueda creer? En algún lugar tiene que existir.
 Estas cavilaciones en la celda individual y espartana eran una ocupación agotadora, tal vez fueran demasiado para alguien completamente dejado de la mano de Dios. La mayor de las veces culminaban en una desesperación amarga, y sólo muy de tarde en tarde en el inesperado destello de un alivio, como ocurre cuando aprendemos una lección crucial: ahora lo sé. Y soy capaz. Finalmente he comprendido los errores y puedo tratar de volver a caminar con grandes pasos. Tengo que hacerlo.
 Tras horas como éstas se me cerraban los ojos de puro agotamiento. Y entonces veía los colores del sol. En la desconsoladora celda y también más adelante, ya una vez en casa.

 Cada vez que me llevaban de vuelta de los interrogatorios, pasaba horas, días y noches sola entre las cuatro paredes sin pintar que me habían asignado. Totalmente a solas, sin una persona a mi lado, sin siquiera un objeto. Era una perversidad, no me cabía en la cabeza. Como no tenía arreglo, decidí al menos defenderme. ¿Cómo? Eso estaba por resolver, pero había que defenderse a toda costa, porque allí todo estaba concebido para desmoralizar a los reclusos. Por eso había que estar alerta cuando se abría la puerta de la celda, por eso había que solicitar cada vez los utensilios de higiene más básicos, por eso la obligaban a una a dejar por la mañana sobre las mantas en las que dormía de noche el trapo con el que se fregaban el suelo y el retrete, por eso cada vez que inspeccionaban las celdas los hombres pisoteaban las mantas con las botas.
 Probablemente hubiera sido más razonable evitar los encontronazos absurdos, pero por desgracia no fui capaz. No dejaba el trapo sucio entre las mantas sin ventilar y a los insultos y groserías contestaba sin pensar con lengua afilada. Así me defendía, a la desesperada, aunque fuera completamente inútil. Cuando no quisieron cambiarme le jergón, cuyo relleno hacía tiempo que se había convertido en polvo, exigí hablar con el director de la cárcel. Y acudió. Era un tipo grueso, rechoncho, de manos fuertes y rostro inexpresivo. Entró en la celda sin mediar palabra, tocó con sus fuertes manos una esquina del jergón, como si no supiera que en cualquier otro sitio estaba deshecho, y murmuró:
 -La reclamación de la número 2.814 no procede.
Y se fue por donde había venido.
 Aparté la cabeza para que no pudiera ver mi cara de contrariedad.
 Todo aquello formaba parte de un sistema perfectamente definido que, sin embargo, cometía errores muchísimo más graves. Cada día que pasaba lo tenía más difícil con mi señor instructor. Sin duda él también conmigo. Era incapaz de comprender muchas de las cosas que quería que “aclaráramos”, lo cual lo ponía furioso. Lo peor sucedía cuando, tras haber acabado el interrogatorio, no podía notificar que había “descubierto” esto o “probado” lo otro y, sobre todo, que había “constatado” la culpabilidad de la acusada en otro delito. Por ejemplo, el de haber sobrevivido a un mal hasta entonces nunca visto.
 -Eso sí es interesante. Afirma que los nazis mataron a toda su familia. Y que a usted, precisamente a usted, no le pasó nada. Que tuvo una suerte tremenda. Convendrá conmigo en que la cosa es, cuando menos, extraña.
 -Sí, yo estoy viva –respondí enseguida, ya que quería impedir a toda costa que se explayara sobre ese punto, que era mi herida abierta-. ¿Acaso debería odiar mi vida?
 Quisiera olvidar lo que vino después. En ocasiones el señor instructor se ponía hecho una furia y perdía completamente la cabeza. En esos casos, yo no tenía más remedio que quedarme completamente inmóvil y tratar de no escuchar. A veces me abandonaban las fuerzas. Entonces daba rienda suelta a mis lágrimas y toda su rabia resultaba en vano, no me afectaba. No lo oía, no entendía nada de lo que gritaba; mi rostro, bañado en llanto, era como una especie de escudo. Detrás, él no existía.
 Y, sin embargo, en una ocasión logró burlar la barrera invisible.
 Aquel día, junto al gordo, estaba sentado al escritorio un hombre joven y guapo, con el semblante pálido de quien no ha dormido lo suficiente. Me observaba detenidamente y con descaro, aunque no era la mirada de un hombre a una mujer. Tal vez fuera ésa la manera como, antiguamente, la gente miraba a una bruja joven antes de prender fuego a la hoguera.
 -He venido a preguntarle –dijo el joven, lentamente y con voz anodina- por qué declara por principio una nacionalidad falsa. Porque usted es judía, ¿no?
 Sí, lo soy. Pero ¿por qué lo formuló como si fuera una acusación más? Mi madre mencionó en una ocasión que la última vez que había estado en una sinagoga había sido el día de su boda. No fue precisamente el día más feliz de su vida y, quizá por eso, maldijera un poco de Dios, que por lo demás no le concedió ningún favor especial. A sus hijas les dio entera libertad, incluso trató de ahondar en las ideas en las que ellas parecían creer. Jamás hizo el menor intento de convencernos de lo que formaba parte del pasado. En casa se hablaba muy poco de nuestras raíces judías. Se daban por sentado, como que vivíamos en los arrabales de Praga.
 Cuando Hitler subió al poder en Alemania, mi abuela estaba desconsolada:
 -Ninguno de nosotros sobrevivirá.
Resultado de imagen de lenka reinerova todos los colores del sol y de la noche Pero Praga era demasiado inteligente, demasiado progresista, las semillas del fascismo no encontraron aquí el terreno de cultivo adecuado. Cierto que en las calles y plazas podía verse a algunos vocingleros y que no faltaron las ratas que salieron a rastras de su ratonera. Pero, en un primer momento, nadie pensó que constituyeran una amenaza seria.
 A principios de 1939 acompañé a un periodista norteamericano a la pequeña ciudad de Chust, en el extremo oriental de Checoslovaquia, en Cárpato-Ucrania. Allí se había establecido una especie de gobierno, encabezado por un tal monseñor Volosín, con un proyecto descabellado: anexionarse la gran República Socialista Soviética de Ucrania. Este plan inverosímil llamó la atención de la prensa internacional. Reporteros de los países más diversos acudieron rápidamente a la minúscula metrópoli. En septiembre de 1938, tras la firma del Tratado de Munich, me había quedado sin trabajo, así que aproveché gustosa la oportunidad de acompañar como traductora al corresponsal del periódico americano The Baltimore Sun. No dejaba de ser una empresa arriesgada, porque mis conocimientos de inglés eran entonces bastante pobres. Sin embargo, conseguí desempeñar la tarea y el periodista quedó plenamente satisfecho del trabajo. Y con ello asistí por primera vez a la coexistencia de una Edad Media antigua y una Edad Media moderna.
 En aquella región oriental vivían muchos judíos. Estuvimos allí un viernes y vimos cómo, al atardecer, los hombres regresaban del culto en la sinagoga. Arrastrando los pies y en silencio, envueltos en caftanes oscuros y largos, cruzaban la plaza del mercado, ligeramente nevada. En la cabeza llevaban unos gorros redondos, adornados con colas de zorro o, por lo menos, de ardilla. Entre ellos había también algunos niños. Todo estaba tranquilo, no había ni un alma a su alrededor. Sólo se oía el crujido de sus abrigos y, a lo lejos, el aullido de un perro.
 En la cera, delante del único hotel del lugar, había un grupo de hombres jóvenes armando ruido. Iban embutidos en uniformes de un gris azulado y llevaban en la cadera izquierda un puñal decorado con la cruz gamada. Se trataba, como le hicieron saber orgullosos a mi americano, de un regalo de las Juventudes Hitlerianas a los grupos de combate recién iniciados de las SS cárpato-ucranianas, que habían adoptado el nombre de Sic, por la pequeña isla de la grande y deseable Ucrania.
 Los judíos caminaban lentamente por entre la danza muda de los copos de nieve, cuando de pronto algo hendió el aire con un silbido. Uno de los chicos cayó al suelo. Dos hombres lo levantaron rápidamente y se lo llevaron de allí. Nadie más se detuvo, nadie dijo ni pío. Se oyó una carcajada procedente del grupo de los Sic. Uno de ellos exclamó:
 -¡Perros cobardes!
 Los judíos ya no podían oírlo. Sobre la plaza nevada quedaba solamente una piedra de tamaño considerable y algunas gotas de sangre.     
      
Aquel día, durante el interrogatorio, no pude evitar pensar en eso. Al hombre con cara de haber dormido poco no le conté nada de todo aquello.
 El miedo de mi abuela resultó estar justificado. Su rastro se perdió en un camión de transporte; el de mi madre, en un vagón de tren precintado que abandonó la rampa de Theresienstadt en dirección al este. Una de mis hermanas murió en una cámara de gas de Lodz; la otra, la más pequeña, estuvo primero en Ravensbrück, pero le tocó morir en Birkenau. Como a tantas y tantas personas…
 -No tiene usted ningún derecho a preguntarme eso –dije cuando hube cogido aliento para recuperar la voz-. No tiene ningún derecho a decidir cuál es mi nacionalidad.
 Y aquí me atraganté. ¿Por qué hablaba de derechos y lo hacía además en un contexto como aquel?
 -Nosotros no decidimos su nacionalidad –dijo el tipo de voz anodina y rostro pálido-. Sólo la precisamos. Usted es judía, por más que trate de ocultarlo.
 -Nunca lo he ocultado –dije sin alzar la voz, aunque con más firmeza-. Ni siquiera ante los nazis.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2009, en traducción de Juan de Sola Llovet, pp. 70-76. ISBN: 978-84-92663-05-7.]