martes, 16 de marzo de 2021

Historia cultural del dolor.- Javier Moscoso (1966)


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Capítulo VIII.- Reiteración
El nombre

  «Tanto los casos de lesiones sin síntomas como los de síntomas sin enfermedad evidenciaban un triple proceso de ocultación relacionado con la perspectiva experimental y con la perspectiva clínica. La aparición de la medicina del dolor invertía el proceso histórico que se había desentendido del testimonio del paciente, que no había mostrado interés en los dolores crónicos internos y que, más importante, también había ignorado el dolor severo e incurable de grupos enteros de población. La materialización institucional del dolor crónico, su comprensión al mismo tiempo médica, clínica y cultural, dependió de la inversión de ese triple proceso de ocultación que limitaba el testimonio del paciente, que no atendía al dolor terminal y que mostraba aún menos interés por resolver o paliar el sufrimiento de grupos marginales y clases desfavorecidas, incluida en esta categoría la clase no menor del enfermo desahuciado.
 Por una parte, los manuales de fisiología publicados en la segunda mitad del siglo XIX apenas se referían a los dolores viscerales, es decir, a todos aquellos que no se acomodaban fácilmente a las prácticas de laboratorio y a sus procedimientos mecánicos de objetivación y manipulación experimental. Aun cuando estos dolores internos fueran mucho menos excepcionales que los externos, la fisiología prefirió concentrarse en el estudio de lo infrecuente, mientras lo cotidiano –los dolores que se sienten en el órgano o los que resultaban de la estimulación del sistema nervioso central- adquiría tintes de excepcionalidad.
 En segundo lugar, los esfuerzos de objetivación de la enfermedad habían arrumbado las cualidades narrativas del paciente junto con todos sus recursos retóricos. El testimonio del sentido íntimo, apenas verbalizado, casi siempre dramático, sólo se hacía comprensible desde la lógica de la enfermedad mental. No ocurría, como ahora, que al sufrimiento físico se le reconociera una dimensión psicológica, sino que el enfermo de dolor crónico terminaba con frecuencia sus días en el olvido o en el cuaderno de notas de un psiquiatra. En 1919, James Mackenzie (1853-1925) distinguía dos métodos de aproximación a la enfermedad: el propio del laboratorio, que buscaba la compresión de los signos de la enfermedad a través de  su reproducción experimental, y el que dependía de la medicina hospitalaria, que entendía el síntoma en relación con la vida del paciente. Para John Ryle (1889-1950), uno de los exponentes de la nueva medicina social, el médico no debía ver la enfermedad en el cuerpo del paciente, sino entender a cada enfermo en el contexto de su enfermedad. Su aproximación clínica no dependía de procedimientos mecánicos de objetivación, sino de la educación de los sentidos (del médico) y la acumulación de testimonios (de pacientes). Por un lado, la medicina hospitalaria debía descansar en el examen minucioso, el interrogatorio exhaustivo y la descripción detallada de los experimentos que la propia naturaleza operaba de manera espontánea en el organismo humano. Por el otro, la misma resistencia al tratamiento, que el paciente vivía como un infierno, debía conducir al médico a la redefinición de sus fines y propósitos. Para los profesionales de la asistencia sanitaria, la tarea consistía en curar cuando fuera posible y en paliar el sufrimiento cuando no lo fuera. Durante los primeros años de la década de 1960, la experiencia de, por ejemplo, Cicely Saunders con cientos de enfermos desahuciados la llevó a defender una visión similar de la enfermedad, en la que el desconocimiento de las causas, así como la circunstancia de que el mal condujera irremediablemente a la muerte, no impedía desarrollar un programa de medidas paliativas. Por el contrario, para enfrentarse a lo que ella misma denominaba el “dolor total”, la medicina debía comenzar por privilegiar la posición del paciente y dejar de contemplar la muerte como un fracaso en el que ya no cabía intervención alguna. Su posición culminaba con una proclama que ya había estado presente en el ámbito hospitalario: “Nuestra incapacidad para construir una teoría perfecta del dolor no puede constituir una coartada a la ignorancia de los métodos disponibles para tratarlo”, escribía Spender en 1874. También René Lériche había comenzado su Cirugía del dolor afirmando que, aun cuando la humanidad había estado sometida al dolor en todas las épocas, muy poco se había avanzado en relación con su tratamiento. Veinte años más tarde, en 1957, el doctor K. D. Keele declaraba que el dolor se había constituido en un problema en sí mismo sólo recientemente.
 Por último, pero no menos importante, la desigual distribución del daño entre sectores diferentes de la población también condujo a la invisibilidad social y al olvido clínico de grandes grupos humanos. Esa última forma de ocultación no sólo afecta a la historia de la medicina, sino que constituye un fenómeno de mucho mayor alcance relacionado con la elaboración cultural del dolor crónico, que tuvo una incidencia especial en los cuerpos y en los modos de existencia de los sectores de población más desprotegidos. El aspecto de los hijos de las clases trabajadoras de Londres, por ejemplo, era “pálido, delicado, enfermo […], muchos padecían enfermedades de los órganos nutritivos, curvatura y distorsión de la columna y deformidad en las extremidades”. También el cuerpo del trabajador se avejentaba y encorvaba de manera prematura. Al menos desde la segunda mitad del siglo XIX, cada vez aparecen más testimonios relativos a la forma en la que cada profesión parece otorgar los signos de la reiteración mecánica y monótona de las acciones de la vida laboral. No sólo que cada oficio tuviera una “fisiología” –según habían escrito algunos viejos tratadistas románticos y parecían dispuestos a confirmar algunos cronistas modernos-, sino que los movimientos reiterados de la actividad profesional, unidos al uso de sustancias químicas, deformaban el cuerpo del trabajador hasta el extremo de producir lesiones morfológicas. Algunos de los moldes anatómicos que se conservan en el Museo de la Higiene de Dresde comparan la mano de un electricista, de un mecánico, de un lechero o de una ama de casa, con la forma ideal que la misma parte del cuerpo humano hubiera tenido si su propietario hubiera disfrutado de otra vida y, sobre todo, de otra vida laboral. El resultado proporciona un retrato desalentador sobre la forma en la que el tiempo transcurría por la (nunca mejor llamada en este caso) mano de obra. Los moldes señalan el dolor silencioso que devora los cuerpos hasta el extremo de convertir los miembros en un amasijo, casi indiscernible, de restos derrotados.
Resultado de imagen de historia cultural del dolor  Silenciado en otros muchos ámbitos de la investigación médica y fisiológica, el dolor crónico de la Europa industrial se deja ver en la economía y en el periodismo. A mediados del siglo XIX, el más incisivo de todos los testimonios relacionados con los parias de los nuevos centros urbanos lo proporcionó Friedrich Engels, en Las condiciones de la clase trabajadora en Inglaterra, una obra publicada por primera vez en 1845. Su testimonio se sumaba a las descripciones de la literatura naturalista, en cuyas páginas se fusionaban el decaimiento físico y psicológico de los desheredados del mundo. En la sociedad victoriana, el cronista Henry Mayhew encontró en las vidas de las clases desfavorecidas una “dolorosa uniformidad”. Cualquiera que fuera su oficio, su edad o las condiciones que rodeaban su existencia, la acumulación de casos permitía encontrar rasgos comunes en la descripción minuciosa de las formas de sobrevivencia de individuos y grupos humanos marginales que, en muchas ocasiones, refieren las condiciones de su existencia en primera persona y en estilo directo. Su retrato del paisaje cotidiano se asemeja a la pintura costumbrista. En su cuadro de 1854, el pintor austriaco F.G. Waldmüller representó a una mujer tumbada en el suelo a poca distancia de la cuna en la que descansa un bebé. Como otras muchas escenas similares, el observador penetra en el territorio de la intimidad de un cuerpo semiconsciente que ya no tiene más razones que sus necesidades (ver fig. 60).
 La mayor parte de los seres humanos que han pasado sus vidas atenazados por el dolor no tienen acomodo en la historia de la medicina. Por el mismo motivo, a otras muchas personas que hoy no juzgaríamos enfermas se han dedicado libros enteros y monografías completas. Aun cuando de todas las enfermedades se pueda decir, de manera casi tautológica, que han sido “construidas”, lo que la enfermedad crónica debe a su contexto social es todavía más determinante, pues del mismo modo que la mera recurrencia de síntomas no determina la presencia de una condición clínica, la historia de la medicina nos ha dado ejemplos de enfermedades que hoy consideramos inexistentes, pero cuyos síntomas se parecen a algunos de nuestros modernos cuadros clínicos. Piénsese, por ejemplo, en la neurastenia, a la que más tarde nos referiremos. Los síntomas de esta condición debilitante tan de moda en la segunda mitad del siglo XIX guardan una notable similitud con algunos cuadros de depresión, de estrés o más específicamente, del llamado síndrome de fatiga crónica de las sociedades contemporáneas. Lo mismo podría decirse de la histeria, considerada como una epidemia por los psiquiatras de mediados del siglo XIX.
 El dolor crónico ocupa un espacio, y no menor, en muchas condiciones intratables o incurables. Al mismo tiempo, aparece de manera recurrente en enfermedades nerviosas de larga duración, tanto si a esas enfermedades se les atribuye un origen orgánico como psicológico. […] La distinción entre el dolor agudo y el dolor crónico, sobre la que se apoya con frecuencia la explicación histórica del surgimiento de la medicina del dolor o, como lo ha llamado David B. Morris, del “dolor posmoderno”, no es una prerrogativa del siglo XX ni tampoco permite explicar por sí sola el desarrollo de la medicina paliativa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2011, pp. 286-290. ISBN: 978-84-306-0815-7.]             

lunes, 15 de marzo de 2021

Las consecuencias perversas de la modernidad.- Niklas Luhmann (1927-1998) y otros


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II.-La modernidad “contingente”

Capítulo 3: El concepto de riesgo
II

 «Las antiguas civilizaciones desarrollaron para problemas análogos unas técnicas muy dispares. Naturalmente no necesitaron de la palabra riesgo, tal y como nosotros la entendemos. Por supuesto que elaboraron determinados mecanismos culturales que dotaban de certidumbre a la existencia futura. En este sentido, se confió mayormente en la práctica de la adivinación, si bien ésta no garantizaba una seguridad plena respecto a los acontecimientos venideros. Por lo demás, permitía que la propia decisión no desatara la ira de los dioses o de otras fuerzas numinosas y garantizaba el contacto con los misteriosos designios del destino. En muchos aspectos el complejo semántico del pecado (conducta que viola los ordenamientos religiosos) ofrece un equivalente funcional, ya que puede servir para explicar el surgimiento de la desgracia. Ya en el antiguo comercio marítimo oriental existía conciencia de riesgo con los correspondientes ordenamientos jurídicos, que en sus inicios apenas eran distinguibles de los programas adivinatorios, de la llamada de los dioses protectores, etc. Sin embargo, con la división jurídica entre el patrón y el navegante, se establecieron aún más claramente sistemas de seguros, que ya en la Edad Media influyeron en el derecho de comercio marítimo y en los seguros marítimos. No obstante, en la antigüedad no cristiana faltó una conciencia mínimamente desarrollada de las decisiones. De “riesgo” se habla por vez primera en el transcurso de la Edad Media a la incipiente modernidad.
 Los orígenes de la palabra son desconocidos. Hay quien habla de su posible procedencia árabe. En Europa el término ya se encuentra en documentos medievales, sin embargo se extiende en primer lugar con la llegada de la imprenta, especialmente en Italia y España. De cualquier modo, se echan de menos investigaciones históricas respecto al concepto riesgo. La razón es que el citado término aparece con poca frecuencia y muy disperso en diferentes ámbitos de la realidad social. El viaje por mar y el comercio son casos en los que el empleo de la palabra es frecuente. Los seguros marítimos son un primer ejemplo de la planificación del control del riesgo. Independientemente de esto, se encuentran formulaciones como “ad risicum et fortunam…”, o “pro securitate et risico…” o “ad omnem risicum, periculum et fortunam Dei…” en contratos que reglamentan quién debe hacerse responsable en caso de daño. Sin embargo, la palabra riesgo no permanece restringida  a este ámbito, muy al contrario se difunde desde el año 1500 con motivo de la aparición de la imprenta. Scipio Ammirato piensa, según fuentes consultadas, que, por ejemplo, aquel que difunde rumores corre el riesgo de ser cuestionado acerca de las bases de sus afirmaciones. Giovanni Bottero afirma: “Chi non risaca non guadagna” y restringe esta máxima a una vieja tradición de proyectos vanos y temerarios. Annibale Romei reprocha el “non voler arrischiar la sua vita per la sua religione”. En una carta de Luca Contile, fechada el 15 de septiembre de 1545, a Claudio Tolomei se encuentra la siguiente formulación: “vivere in risico di metteri in mano di gente forestiere e forse barbare”. El lenguaje de esta etapa histórica dispone de términos como peligro, desafío, azar, suerte, arrojo, temor, aventura (aventuyre). Sin embargo, la utilización de un nuevo vocablo responde a la necesidad de conceptualizar una situación puntual que no puede ser expresada con la precisión requerida por las palabras de que se dispone en ese momento. Por otra parte, la palabra tiende a sobrepasar el contexto de partida (el ya citado “non voler arrischiar la sua vita per la sua religione”), por lo cual no es fácil reconstruir, a partir de algún hallazgo casual, los motivos que posibilitaron su aparición.
 Con todas estas reservas, el problema radica en comprender que son accesibles algunas ventajas únicamente si se pone algo en juego, vale decir, si se asumen riesgos. No se trata del problema de los costes calculados de antemano que se ven compensados por las ventajas obtenidas. Por el contrario, refiere a una decisión de la que arrepentirse, como se puede prever, cuando se ocasiona el daño que se esperaba evitar. Con la institucionalización de la confesión, la religión ha intentado conducir el arrepentimiento al pecador. Desde un punto de vista secular el cálculo de riesgo trata de un programa de minimización del arrepentimiento. En el primer caso se alude a un enfoque inconsistente respecto al transcurso del tiempo. En el segundo, a un tener en cuenta el factor tiempo. La diferencia entre la perspectiva religiosa y secular también se halla en la tensión del conocido cálculo de fe propuesto por Pascal. El riesgo de incredulidad es elevado, ya que la salvación está en juego. El riesgo de creer, por el contrario, ni tan siquiera es considerado.
Resultado de imagen de las consecuencias perversas de la modernidad Estas indicaciones muestran la complejidad del problema que subyace al surgimiento del concepto. No se trata de un mero cálculo de costes en virtud de un pronóstico seguro. Tampoco alude a la clásica supernorma ética de la modestia (modestas, mediocritas) y de la justicia (iustitia) respecto a todos los bienes deseables. De igual modo, no refiere a formas ahistóricas de racionalidad con las que una sociedad estancada en el tiempo mantiene que la vida perdura sobre un conglomerado de ventajas y desventajas, perfecciones y corrupciones y en las que a menudo el bien deviene mal. No es un intento de expresar a la racionalidad en una metarregla, ya sea de optimización o de moderación, que pretenda dar cabida a la diferencia entre lo bueno y lo malo como unidad y formular ésta como buena (como valor recomendable). No alude a la resolución de una paradoja con la que se está confrontado cuando el esquematismo del bien y del mal se aplica sobre uno mismo. No se trata de banalidades retóricas que encuentran el bien en lo malo y lo malo en el bien. Consecuentemente se derrumban las viejas prudencias en las que la varietas temporum y la mezcla de propiedades buenas y malas del prójimo juegan un importante papel. Al mismo tiempo que se utiliza la terminología del riesgo, se emplean reiteradamente estos viejos medios –por ejemplo, en las teorías de las virtudes del príncipe y de sus mentores o en el concepto de la razón de estado. Sin embargo, se reconoce en la dramatización de esas formas semánticas que la auténtica dimensión del problema pasa totalmente desapercibida. Sobre este particular Richelieu lanza la siguiente máxima: “Un  mal qui ne peut arriver que rarement doit être présumé n’arriver pint. Principalement, si, pour l’éviter, on s’expose à beaucoup d’autre qui sont inevitable et de plus grand consequence”. Lo que subyace a esta idea es que hay demasiadas razones por lo que algo de manera improbable puede cambiar su curso como para considerarlas en un cálculo racional. Esta máxima nos conduce al centro de la controversia política actual sobre las consecuencias de los problemas tecnológicos y ecológicos de la sociedad moderna. Esto confiere al concepto de riesgo, que Richelieu no tuvo que utilizar, un valor muy distinto.
 Las investigaciones históricas sobre el término riesgo no aportan ninguna información veraz. Tan sólo algún punto de apoyo, especialmente el de que las pretensiones de racionalidad se encuentran progresivamente en una relación precaria con el tiempo. Así es, ese mismo punto de apoyo subraya que el término riesgo refiere a decisiones con las que se vincula el tiempo, aunque el futuro no se puede conocer suficientemente; ni tan siquiera el futuro que se produce a través de las decisiones personales. Desde Bacon, Locke y Vico aumenta la confianza en la factibilidad de las relaciones; y progresivamente se fue aceptando que conocimiento y productividad iban de la mano. Esta pretensión se corrige en cierta manera con la noción de riesgo, así como con la novedad del cálculo de probabilidad. Ambos conceptos parecen garantizar que cuando algo cambia su curso normal puede haberse desarrollado correctamente. Por tanto, inmunizan a la decisión frente al fracaso en la medida en que sólo se aprende a evitar errores. Así se modifica el sentido de securitas. Mientras la tradición latina ve en ella una predisposición subjetiva a la ausencia de preocupación o, en una valoración negativa, a la despreocupación en relación a las cuestiones de la salvación (=acedia), en la tradición francesa (sûreté, que más tarde adquiere el sentido de sécurité subjetiva) se toma al concepto en su significado objetivo –como si se hubieran encontrado los fundamentos de las decisiones seguras en relación a un futuro siempre incierto. Con la ampliación de las pretensiones del saber, las viejas limitaciones cosmológicas, las esencias y misterios de la naturaleza se sustituyen por nuevas distinciones, que caen en la esfera del cálculo racional. Así es como se entiende el riesgo hasta nuestros días.
 Esta tradición racionalista basa la comprensión del problema en que los daños se deben evitar en lo posible.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anthropos, 1996, en traducción de Celso Sánchez Capdequí y revisión técnica de Josetxo Beriain, compilación de Josetxo Beriain, pp. 130-135. ISBN: 84-7658-466-0.]


domingo, 14 de marzo de 2021

Manifiesto contra-sexual.- Beatriz Preciado (1970)

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¿Qué es la contra-sexualidad?

Principios de la sociedad contra-sexual

  «ARTÍCULO 1

 La sociedad contra-sexual demanda que se borre de las denominaciones «masculino» y «femenino” correspondientes a las categorías biológicas (varón/mujer, macho/hembra) del carné de identidad, así como de todos los formularios administrativos y legales de carácter estatal. Los códigos de la masculinidad y de la feminidad se convierten en registros abiertos a disposición de los cuerpos parlantes en el marco de contratos consensuados temporales.

ARTÍCULO 2

 Para evitar la reapropiación de los cuerpos como femenino o masculino en el sistema social, cada nuevo cuerpo (es decir, cada nuevo contratante) llevará un nuevo nombre que escape a las marcas de género, sea cual fuese la lengua empleada. En un primer momento, y con el fin de desestabilizar el sistema heterocentrado, es posible elegir un nombre del sexo opuesto o utilizar alternativamente un nombre masculino y un nombre femenino. Por ejemplo, alguien que se llame Julio utilizará el correspondiente femenino Julia, y viceversa. Los José Marias podrán utilizar María José, y viceversa.

ARTÍCULO 3

 Tras la invalidación del sistema de reproducción heterocentrado, la sociedad contra -sexual demanda:
 • la abolición del contrato matrimonial y de todos sus sucedáneos liberales, como el contrato de parejas de hecho o el PACS (equivalente legal común para homosexuales y heterosexuales en Francia), que perpetúan la naturalización de los roles sexuales. Ningún contrato sexual podrá tener como testigo al Estado;
 • la abolición de los privilegios sociales y económicos derivados de la condición masculina o femenina -supuestamente natural- de los cuerpos parlantes en el marco del régimen heterocentrado;
 • la abolición de los sistemas de transmisión y el legado de los privilegios patrimoniales y económicos adquiridos por los cuerpos parlantes en el marco del sistema heterocentrado.

ARTÍCULO 4

 La re-significación contra-sexual del cuerpo se hará operativa con la introducción gradual de determinadas políticas contra-sexuales. Uno, la universalización de las prácticas estigmatizadas como abyectas en el marco del heterocentrismo. Dos, será necesario poner en marcha equipos de investigación contra-sexuales hightech, de manera que se puedan encontrar y proponer nuevas formas de sensibilidad y de afecto. Se pondrán socialmente en marcha una serie de prácticas contrasexuales para que el sistema contra-sexual tenga efecto:
 • resexualizar el ano (una zona del cuerpo excluida de las prácticas heterocentradas, considerada como la más sucia y la más abyecta) como centro contra-sexual universal;
 • difundir, distribuir y poner en circulación prácticas subversivas de re-citación de los códigos, de las categorías de la masculinidad y de la feminidad naturalizadas en el marco del sistema heterocentrado. La centralidad del pene, como eje de significación del poder en el marco del sistema heterocentrado, requiere un inmenso trabajo de re-significación y de deconstrucción. Por esto, durante el primer período de establecimiento de la sociedad contra-sexual, el dildo y todas sus variaciones sintácticas -tales como dedos, lenguas, vibradores, pepinos, zanahorias, brazos, piernas, el cuerpo entero, etc.-, así como sus variaciones semánticas -tales como puros, pistolas, porras, dólares, etc.-, serán utilizadas por todos los cuerpos o sujetos parlantes en el marco de los contratos contra-sexuales ficticios, reversibles y consensuados;
 • parodiar y simular de manera sistemática los efectos habitualmente asociados al orgasmo, para así subvertir y transformar una reacción natural ideológicamente construida. En el régimen heterocentrado, la limitación y la reducción de las zonas sexuales son el resultado de las definiciones disciplinarias médicas y psicosexuales de los supuestos órganos sexuales, así como de la identificación del pene y del supuesto punto G como centros orgásmicos. En todos estos puntos, la producción del placer depende de la excitación de una sola zona anatómica, fácilmente localizable en los hombres, pero de difícil acceso, eficacia variable e incluso existencia dudosa en las mujeres.
 El orgasmo, efecto paradigmático de la producción-represión heteronormativa que fragmenta el cuerpo y localiza el placer, será parodiado sistemáticamente gracias a diversas disciplinas de simulación y repeticiones en serie de los efectos tradicionalmente asociados con el placer sexual (ver las prácticas de inversión contra-sexuales) . La simulación del orgasmo equivale a una desmentida de las localizaciones espaciales y temporales habituales del placer. Esta disciplina contra-sexual se desarrolla en el sentido de una transformación general del cuerpo, similar a las conversiones somáticas, a las prácticas de meditación extrema, a los rituales propuestos en el body art y en determinadas tradiciones espirituales. Los trabajos de Ron Athey, Annie Sprinkle, Fakir Mustafa, Zhang Huan, Bob Flanagan, etc., constituyen ejemplos Y anticipaciones de esta disciplina contra-sexual.

ARTÍCULO 5

 Toda relación contra-sexual será el resultado de un contrato consensual firmado por todos los participantes. Las relaciones sexuales sin contrato serán consideradas como violaciones. Se pedirá a todo cuerpo parlante que explicite las ficciones naturalizantes (matrimonio, pareja, romanticismo, prostitución, celos... ) que fundamentan sus prácticas sexuales.
 La relación contra-sexual será válida y efectiva por un período de tiempo limitado (contrato temporal) que nunca podrá corresponder a la totalidad de la vida de los cuerpos o sujetos de habla. La relación contra-sexual se funda en la equivalencia y no en la igualdad. Se requerirán la reversibilidad y los cambios de roles, de manera que el contrato contra- sexual nunca pueda desembocar en relaciones de poder asimétricas y naturalizadas.
 La sociedad contra-sexual instituye la obligación de prácticas contra-sexuales, organizadas socialmente en el seno de grupos libremente compuestos a los que cualquier cuerpo parlante puede incorporarse. Cualquier cuerpo tiene la posibilidad de rechazar su derecho a pertenecer a una o varias comunidades contrasexuales.

ARTÍCULO 6

 La sociedad contra-sexual declara y exige la separación absoluta de las actividades sexuales y de las actividades de reproducción. Ningún contrato contra-sexual conducirá al acto de reproducción. La reproducción será libremente elegida por cuerpos susceptibles de embarazo o por cuerpos susceptibles de donar esperma. Ninguno de esos actos reproductivos establecerá un lazo de filiación parental «natural» entre los cuerpos reproductores y el cuerpo recién nacido. Todo cuerpo recién nacido tendrá derecho a una educación contra-sexual.
 Los métodos de contracepción y prevención de enfermedades se distribuirán por todas partes, siendo obligatorios para todo cuerpo parlante en edad de participar en la reproducción. El establecimiento de unidades sexuales de investigación sobre la prevención de enfermedades, así como la distribución gratuita y universal de los medios de prevención son las condiciones necesarias para crear y desarrollar un sistema contra-sexual de producción y reproducción.

ARTÍCULO 7

 La contra-sexualidad denuncia las actuales políticas psiquiátricas, médicas y jurídicas, así como los procedimientos administrativos relativos al cambio de sexo. La contra-sexualidad denuncia la prohibición de cambiar de género (y nombre) , así como la obligación de que todo cambio de género deba estar acompañado de un cambio de sexo (hormonal o quirúrgico). La contra-sexualidad denuncia el control de las prácticas transexuales por las instituciones públicas y privadas de carácter estatal heteronormativo que imponen el cambio de sexo de acuerdo con modelos anatómico-políticos fijos de masculinidad y feminidad. No hay razón política que justifique que el Estado deba ser garante de un cambio de sexo y no de una cirugía estética de nariz, por ejemplo.
 En la sociedad contra-sexual, las operaciones de cambio de sexo constituirán una especie de cirugía de utilidad pública, impuesta o elegida. Estas operaciones nunca servirán para que los cuerpos puedan remitir de nuevo a la idea de una coherencia masculina o femenina. La contra- sexualidad pretende ser una tecnología de producción de cuerpos no heterocentrados. Los equipos de investigación en tecnología contra-sexual estudian y promueven, entre otras, las siguientes intervenciones:
 • exploración virtual de los cambios de género y de sexo gracias a distintas formas de travestismo: cross-dressing, intemet-drag, identidad ciber, etc.
 • producción in-vitro de un ciber-clítoris para implantar en distintas partes del cuerpo;
 • transformación de diferentes órganos del cuerpo en dildo-injertos.

ARTÍCULO 8

 La contra-sexualidad revindica la comprensión del sexo y del género como cibertecnologías complejas del cuerpo. La contra-sexualidad, sacando partido de las enseñanzas de Donna Haraway , apela a una queerización urgente de la «naturaleza» (http: 1 /muse.jhu.edu/journals/ configuration/v002/2. 1 haraway). Las sustancias llamadas "naturales" (testosterona, estrógeno, progesterona), los órganos (las partes genitales macho y hembra) y las reacciones físicas (erección, eyaculación, orgasmo, etc.) deberían considerarse como poderosas «metáforas políticas» cuya definición y control no pueden dejarse ni en manos del Estado ni de las instituciones médicas y farmacéuticas heteronormativas.
 La sofisticación de la mayor parte de las ramas de la medicina terapéutica y de la cibernética (xenotransplantes, prótesis cibernéticas visuales y auditivas, etc.) contrasta con el subdesarrollo de las tecnologías que permiten modificar los órganos (faloplastia, vaginoplastia...) y las prácticas sexuales (tomemos, por ejemplo, la escasa evolución del preservativo en los últimos 2.000 años). La meta de las actuales biotecnologías es la estabilización de las categorías heteronormativas de sexo y de género (que va de la erradicación de las anormalidades sexuales, consideradas como monstruosidades en el nacimiento o antes del nacimiento, a las operaciones en el caso de personas transexuales) . La testosterona, por ejemplo, es la metáfora bio-social que autoriza el paso de un cuerpo denominado femenino a la masculinidad. Es necesario considerar las hormonas sexuales como drogas político-sociales cuyo acceso no debe ser custodiado por las instituciones estatales heteronormativas.

Resultado de imagen de manifiesto contrasexual opera primaARTÍCULO 9

 El control y la regulación del tiempo son cruciales para la concepción y la mejora de las prácticas contra-sexuales. La sociedad contra-sexual decreta que las actividades contra-sexuales se considerarán como un trabajo social que, al mismo tiempo, será un derecho y una obligación para cualquier cuerpo (o sujeto parlante), y que estas actividades se practicarán regularmente un cierto número de horas al día (a determinar según el contexto).

ARTÍCULO 10

La sociedad contra-sexual demanda la abolición de la familia nuclear como célula de producción, de reproducción y de consumo. La práctica de la sexualidad en parejas (es decir, en agrupaciones discretas de individuos de distinto sexo superiores a uno e inferiores a tres) está condicionada por los fines reproductivos y económicos del sistema heterocentrado. La subversión de la normalización sexual, cualitativa (hetero) y cuantitativa (dos) de las relaciones corporales se pondrá en marcha, sistemáticamente, gracias a las prácticas de inversión contra-sexuales, a las prácticas individuales y a las prácticas de grupo que se enseñarán y promoverán mediante la distribución gratuita de imágenes y textos contra-sexuales (cultura contra-pornográfica).

ARTÍCULO 11

La sociedad contra-sexual establecerá los principios de una arquitectura contra-sexual. La concepción y la creación de espacios contra-sexuales estarán basadas en la deconstrucción y en una re-negociación de la frontera entre la esfera pública y la esfera privada. Esta tarea implica deconstruir la casa como espacio privado de producción y de reproducción heterocentrada.

ARTÍCULO 12

La sociedad contra-sexual promueve la modificación de las instituciones educativas tradicionales y el desarrollo de una pedagogía contra-sexual high-tech con el fin de maximizar las superficies eróticas, de diversificar y mejorar las prácticas contra-sexuales. La sociedad contra-sexual favorece el desarrollo del saber-placer y de las tecnologías dirigidas a una transformación radical de los cuerpos y a una interrupción de la historia de la humanidad como naturalización de la opresión (naturalización de la clase, la raza, el sexo , el género, la especie, etc.).

ARTÍCULO 13

La sociedad contra-sexual demanda la consideración de todo acto de sexualidad potencialmente como un trabajo y, por tanto , el reconocimiento de la prostitución como una forma legítima de trabajo sexual. La prostitución solo podrá ejercerse entrando en un contrato libre y consensual en que una de las partes se define como comprador de trabajo sexual y la otra como vendedor de ciertos servicios sexuales. Todas los trabajadores y trabajadoras sexuales tendrán derecho al trabajo libre e igualitario, sin coacción ni explotación, y deberán beneficiarse de todos los privilegios legales, médicos y económicos de cualquier asalariado del mismo territorio. La contra-sexualidad busca generar una contra-producción de placer y de saber en el marco de un sistema de contra-economía contra-sexual. Por esta razón, la publicación de imágenes y de textos contra-sexuales (contra-pornografía), así como la contra-prostitución, se considerarán como artes y disciplinas. Se prevé la formación de centros universitarios destinados al aprendizaje de las diferentes disciplinas contra-sexuales. En el marco de la sociedad contra-sexual, los cuerpos parlantes se llamarán «postcuerpos» o wittigs.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ópera Prima, 2002, pp. 29-36. ISBN: 84-95461-14-5.]

sábado, 13 de marzo de 2021

Cómo hacer ciencia política.- Giovanni Sartori (1924-2017)

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II.-La idea de política

3.-El descubrimiento de la sociedad

 «Hasta ahora hemos discutido sólo una primera distinción: la que existe entre política y moral, entre César y Dios. Es un paso decisivo pero –visto retrospectivamente- era el más obvio, el más fácil. El caso más difícil –tan difícil que todavía nos acucia- es el de fijar la diferencia entre Estado y sociedad. Hasta ahora no nos hemos topado con la separación entre esfera de la política y esfera de la sociedad. ¿Cuándo es, entonces, que la idea de sociedad se libera de los múltiples lazos que la atan, afirmando la realidad social como una realidad en sí misma, independiente y autosuficiente?
 Que quede claro: “sociedad” no es δήμοζ (demos), no es populus. Como actor concreto, operante, el demos muere con su “democracia”, o sea con la polis en la que actuaba. Y como la república romana nunca fue una democracia, el populus de los romanos nunca fue el demos de los griegos [Wirszubski 1950]. Caída la república, populus se convierte en una ficción jurídica: y queda sustancialmente como una fictio iuris en toda la literatura medieval. Por otra parte, el pensamiento romano y medieval no expresaban de ninguna manera una idea autónoma de sociedad. La sociedad se configuraba –recuérdese- como una civilis societas y como una iuris societas. A estos agregados el pensamiento medieval añadía una fuerte caracterización organicista, para comprender la sociedad –desarticulándola y articulándola- en los múltiples “cuerpos” en que se organiza el mundo feudal, el mundo de los estamentos y de las corporaciones.
 La separación ha sido lentísima. Es sintomática, por ejemplo, la ausencia de la idea de sociedad en la literatura del siglo XVI que teorizaba el derecho de resistencia y a rebelarse contra el tirano. Para los monarcómanos, y también para Calvino y Altusio, el protagonista que se contraponía y oponía al poder tiránico no era ni el pueblo ni la sociedad: eran individuos o instituciones concretas, como una Iglesia, asambleas locales o determinadas magistraturas. De la misma manera, la revolución inglesa no fue una revolución en nombre y por cuenta de los derechos de la sociedad: en todo caso contribuyó a restituir realidad y concreción a la fictio iuris del pueblo.
 No es casualidad que el primero en teorizar el derecho de la mayoría y la regla mayoritaria –es decir, una regla que restituye operatividad a la noción de “pueblo”- fuera Locke, que escribía a finales del siglo XVII [Kendall 1941]. A Locke también se le atribuye, en verdad, una primera formulación de la idea de sociedad. Pero esta atribución corresponde, en todo caso, a la doctrina contractualista en su conjunto y en especial a la distinción de los contractualistas entre pactum subiectionis y pactum societatis. En realidad, la idea de sociedad no es una idea que se formule y afirme en las épocas revolucionarias. Es más bien una idea de paz que pertenece a la fase contractualista de la escuela del derecho natural. No es la revuelta contra el soberano, sino el “contrato” con el soberano, que viene estipulado en nombre de un contratante que es llamado “sociedad”. Pero esta sociedad que estipula el “contrato social” ¿no sigue siendo, a su vez, una ficción jurídica?
 La verdad es que la autonomía de la sociedad respecto al Estado presupone otra separación: la de la esfera económica. La segregación de lo social de lo político pasa a través de la separación de política y economía. Esta es la vía maestra. Hoy los sociólogos en busca de antepasados citan a Montesquieu. Pero tendrían más razón si citaran al padre de la ciencia económica, Adam Smith, quizá para pasar, a través de Smith, a Hume [Bryson 1945; Cropsey 1957, cap. 2]. Porque son los economistas –Smith, Ricardo y en general los librecambistas- los que muestran cómo la vida asociada prospera y se desarrolla cuando el Estado no interviene; los que demuestran cómo la vida asociada encuentra en la división del trabajo su propio principio de organización; y así muestran cuánta parte de la vida asociada es extraña al Estado y no está regulada ni por sus leyes ni por el derecho. Las leyes de la economía no son leyes jurídicas: son leyes del mercado. Y el mercado es un automatismo espontáneo, un mecanismo que funciona por su cuenta. Son pues los economistas de los siglos XVIII y XIX los que proporcionan la imagen tangible, positiva, de una realidad social capaz de autorregularse, de una sociedad que vive y se desarrolla según sus propios principios. Y es así como la sociedad toma realmente conciencia de sí misma.
 Con esto no se intenta negar que también Montesquieu merezca el título de precursor del descubrimiento de la sociedad. Pero la anuncia lo mismo que Locke y, en general, el constitucionalismo liberal: de manera indirecta y de por sí inconclusa. Está claro que, cuanto más se reduce la discrecionalidad y el espacio del Estado absoluto, y cuanto más se asienta el Estado limitado, tanto más se deja espacio y legitimidad para una vida extraestatal. Pero a este respecto el liberalismo político no tenía, y no podía tener, la fuerza rompedora del librecambismo económico. Y no la podía tener porque en su óptica la sociedad debía seguir siendo una sociedad regulada y protegida por el derecho. Así como el liberalismo se preocupa de neutralizar la política “pura”, también el liberalismo ve en la sociedad “pura” una sociedad sin protección, una sociedad indefensa. La sociedad de Montesquieu seguía siendo, a su modo, una iuris societas. Los economistas no tenían este problema. En todo caso, tenían el problema inverso d desembarazarse de los vínculos corporativos.
Resultado de imagen de como hacer ciencia politica Es sólo en la óptica de los economistas, pues, que la sociedad resulta tanto más ella misma cuanto más espontánea sea, cuanto más se libere no sólo de las interferencias de la política sino también de los obstáculos del derecho. Es verdad que la “sociedad espontánea” de los economistas era la sociedad económica. Pero el ejemplo y el modelo de la sociedad económica resultaba fácilmente ampliable a la sociedad en general. Las premisas que no existían ni en Maquiavelo ni en Montesquieu, ni en los otros enciclopedistas, para “descubrir la sociedad” como realidad autónoma estaban ya maduras a principios del siglo XIX. En efecto, el Sistema industrial de Saint-Simon aparecía en tres volúmenes en 1821-1822, prefigurando con profética genialidad la sociedad industrial de la segunda mitad del siglo XX. La sociedad se configura ahora ya como una realidad tan autónoma como para ser objeto de una ciencia en sí misma, que ya no es la economía y que Comte bautizará como “sociología”. Y Comte no se limita a bautizar a la nueva ciencia de la sociedad: la declara también la reina de las ciencias. La sociedad no es sólo “un sistema social” distinto, independiente y autosuficiente respecto al “sistema político”. El panpoliticismo de Hobbes se vuelca en el pansociologismo de Comte. Es el momento de resumir las ideas y ver el resultado.

 4.-La identidad de la política

 La política –ya se ha visto- no sólo es diferente de la moral. También es distinta de la economía. Además no incluye ya en sí el sistema social. Por último, se rompen también los lazos entre política y derecho, al menos en el sentido de que un sistema político ya no se ve como un sistema jurídico. Así expoliada, la política resulta ser distinta de todo. Pero ¿qué es la política en sí?
 Empecemos por señalar una paradoja. Durante casi dos milenios la palabra “política” –es decir la locución griega- ha caído ampliamente en desuso, y cuando la reencontramos, como en el dicho dominium politicum, se refiere sólo a un pequeño nicho, un caso completamente marginal. Tenemos que llegar a Altusio –corría el año 1603- para encontrar a un autor famosos que ponga la palabra “política” en su título: Politica metodica digesta. Sigue Spinoza, cuyo Tractatus politicus aparecía póstumo en 1677 casi sin dejar rastro. Por último, Bossuet escribía La Politique tirée de l’Écriture sainte en 1670, pero el libro no se publicó hasta 1709 y el término no vuelve a aparecer en otros títulos importantes del siglo XVIII. Sin embargo, en todo ese tiempo se ha pensado siempre sobre política, porque siempre se ha pensado que el problema de los problemas terrestres era templar y regular el “dominio del hombre sobre el hombre”. Rosseau llegaba al corazón de esta preocupación cuando escribía que el hombre ha nacido libre y está por doquier encadenado. Al decir eso Rousseau pensaba la esencia de la política, aunque la palabra no aparece en sus títulos. Hoy, en cambio, la palabra está en boca de todos: pero no sabemos ya pensar la cosa. En el mundo contemporáneo la palabra se malgasta, pero la política sufre de “crisis de identidad”.
 Una primera manera de afrontar el problema es plantear la pregunta que Aristóteles no se planteaba; qué es un animal político en contraposición al hombre religioso, moral, económico, social y así sucesivamente. Bien entendido que estos son “tipos ideales”, las distintas caras de un mismo poliedro. No es que nos divirtamos con abstracciones, en desmenuzar al hombre en fantoches abstractos. Al contrario, nos planteamos una cuestión muy concreta: de qué modo reducir la política, la ética, la economía, a comportamientos, a un “hacer” tangible y observable. Nos preguntamos: ¿en qué se distingue un comportamiento económico de un comportamiento moral? ¿Y qué distingue a estos dos de un comportamiento político? A la primera cuestión sabemos responder en alguna medida. A la segunda, bastante menos.
 El criterio de los comportamientos económicos es la utilidad: es decir, que la acción económica es tal en cuanto que está dirigida a maximizar una utilidad económica, un provecho, un interés material. Al otro extremo, el criterio de los comportamientos éticos es el bien: o sea, la acción moral es una acción “debida”, desinteresada, altruista, que persigue fines ideales y no materiales. Pero, ¿cuál es la categoría o el criterio de los comportamientos políticos?»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Taurus, 2011, en traducción de Miguel Ángel Ruiz de Azúa, pp. 80-86. ISBN: 978-84-306-0816-4.]