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martes, 2 de abril de 2019

Sobre la historia natural de la destrucción.- Winfried G. Sebald (1944-2001)


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Guerra aérea y literatura
I

«Por todas partes yacían cadáveres aterradoramente deformados. En algunos seguían titilando llamitas de fósforo azuladas, otros se habían quemado hasta volverse pardos o purpúreos o se habían reducido a un tercio de su tamaño natural. Yacían retorcidos en un charco de su propia grasa, en parte ya enfriada. En la zona de muerte, declarada ya en los días siguientes zona prohibida, cuando a mediados de agosto, después de enfriarse las ruinas, brigadas de castigo y prisioneros de campos de concentración comenzaron a despejar el terreno, encontraron personas que, sorprendidas por el monóxido de carbono, estaban sentadas aún a la mesa o apoyadas en la pared, y en otras partes, pedazos de carne y huesos, o montañas enteras de cuerpos cocidos por el agua hirviente que había brotado de las calderas de calefacción reventadas. Otros estaban tan carbonizados y reducidos a cenizas por las ascuas, cuya temperatura había alcanzado mil grados o más, que los restos de familias enteras podían transportarse en un solo cesto para la ropa.
 El éxodo de los supervivientes de Hamburgo comenzó ya la noche del ataque. Empezó, como escribe, Nossack, "un desplazamiento incesante por todas las carreteras de los alrededores... sin saber hacia dónde". Hasta los territorios más exteriores del Reich fueron a parar los refugiados, en número de un millón y cuarto de personas. Con fecha 20 de agosto de 1943, en el pasaje antes citado, Friedrich Reck informa de unos cuarenta o cincuenta fugitivos que intentaron asaltar un tren en una estación de la Alta Baviera. Al hacerlo, una maleta de cartón "cayó en el andén, se reventó y se vació de su contenido. Juguetes, un estuche de manicura, ropa interior chamuscada. Finalmente, el cadáver de un niño asado y momificado, que aquella mujer medio loca llevaba consigo como resto de un pasado pocos días antes todavía intacto". Es difícil imaginar que Reck se inventara esa espantosa escena. Por toda Alemania, de una forma o de otra, la noticia de los horrores de la aniquilación de Hamburgo debió de difundirse a través de los fugitivos, que oscilaban entre una histérica voluntad de supervivencia y la más grave apatía. El diario de Reck, al menos, es una prueba de que, a pesar de la censura de noticias que reprimía cualquier información exacta, no era imposible saber de qué forma tan aterradora perecían las ciudades alemanas. Reck informa también, un año más tarde, de las decenas de miles que, después del gran ataque a Munich, acamparon en el recinto de la Maximilianplatz. Y escribe luego: "Por la cercana autopista del Reich [se mueve] una interminable corriente de refugiados, frágiles ancianas que arrastran, sobre largos palos que llevan a la espalda, un fardo con sus últimas pertenencias. Pobres sin hogar con la ropa quemada y ojos en los que todavía se refleja el espanto del remolino de fuego, de las explosiones que lo despedazaban todo, de quedar sepultado o de la vergonzosa asfixia en un sótano". Lo más notable de esas anotaciones es su rareza. Realmente parece como si ninguno de los escritores alemanes, con la única excepción de Nossack, hubiera estado en aquellos años dispuesto o en condiciones para escribir algo concreto sobre el curso y los efectos de una campaña de destrucción tan larga, persistente y gigantesca. En eso tampoco cambió nada una vez finalizada la guerra. El reflejo casi natural, determinado por sentimientos de vergüenza y de despecho hacia el vencedor, fue callar y hacerse a un lado. Stig Dagerman, que en el otoño de 1946 informaba desde Alemania para la revista Expressen, escribe desde Hamburgo que viajando en tren, a velocidad normal, estuvo contemplando durante un cuarto de hora un paisaje lunar entre Hasselbrook y Landwehr y no vio un solo ser humano en aquella inmensa zona incontrolada, quizá el campo de ruinas más horrible de toda Europa. El tren, escribe Dagerman, como todos los trenes de Alemania, estaba muy lleno, pero nadie miraba afuera. Y a él lo reconocieron como extranjero porque lo hacía. Janet Flanner, que escribía para el New Yorker, hizo las mismas observaciones en Colonia, que, según dice en sus reportajes, reposa "en su orilla del río... entre los escombros y la soledad de una destrucción física total... sin ninguna figura. Lo que ha quedado de su vida -seguimos leyendo- se abre camino por carreteras secundarias repletas: una población encogida, vestida de negro... muda como la ciudad". Ese mutismo, ese cerrarse y hacerse a un lado es la razón de que sepamos tan poco de lo que pensaron y vieron los alemanes en el medio decenio comprendido entre 1942 y 1947. Los escombros entre los que vivían siguieron siendo la terra incognita de la guerra. Es posible que Solly Zuckerman presintiera ese déficit. Como todos los que participaron directamente en las discusiones sobre la estrategia de ataque más eficiente, y por tanto tenían cierto interés profesional en los efectos del area bombing, inspeccionó en la primera oportunidad que se le presentó la destrozada ciudad de Colonia. Todavía al volver a Londres estaba impresionado por lo que había visto y convino con Cyrill Connolly, entonces director de la revista Horizon, en escribir un reportaje titulado "Sobre la historia natural de la destrucción". En su autobiografía escrita decenios más tarde, Lord Zuckerman deja constancia de que su propósito fracasó. "My first view of Cologne -dice- cried out for a more eloquent piece than I could ever have written." Cuando en los años ochenta pregunté a Lord Zuckerman por ese tema, no recordaba ya sobre qué había querido escribir con detalle en su momento. Sólo conservaba aún la imagen de la negra catedral, que se alzaba en medio de un desierto de piedra, y de un dedo cortado, que había encontrado en una escombrera.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005, en traducción de Miguel Sáenz. ISBN: 84-339-7016-X.]

martes, 5 de enero de 2016

"La habitación cerrada y otros relatos".- H.P. Lovecraft (1890-1937) y August Derleth (1909-1971)


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 El superviviente

 "La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de semi-inconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ése era justo el tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias, quizás suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
 ¿Hasta qué punto habría podido seguir profundizando en la investigación del doctor Charriere? Lo ignoro.
 Quizás habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y será destruida.
 Estaba examinando estos "hallazgos" del doctor Charriere, cuando me di cuenta, con eso que la gente llama el "sexto sentido", de que estaba siendo observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la luz y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que, medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín: ¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la noche anterior.
 De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno, confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para conseguirlo durante el largo período  en que la casa estuvo deshabitada. lo cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera explicación de los hechos".