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domingo, 16 de agosto de 2026

Humano, demasiado humano.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Capítulo VIII: Una ojeada al Estado

 «438.-Pedir la palabra. El carácter demagógico y el propósito de influir en las masas son hoy comunes a todos los partidos: en virtud de ese propósito, todos sienten la necesidad de convertir sus principios en grandes necedades de las dimensiones de un fresco para poder pintarlas en las paredes. Nada de esto se puede cambiar y hasta resulta superfluo levantar el dedo para oponerse a ello; pues en esta cuestión cabe aplicar aquella frase de Voltaire que dice: "Cuando el populacho se pone a razonar, todo está perdido". Una vez consumado este hecho, hay que resignarse a la nueva situación, como nos resignamos cuando un temblor de tierra desplaza las viejas lindes, devastando los contornos y la configuración del suelo, y modificando el valor de la propiedad. Además, si de lo que se trata en lo sucesivo es de que toda política haga la vida soportable al mayor número posible, creo que es a esa mayoría a quien toca también decidir qué es lo que entiende por una vida soportable y si se cree con la suficiente inteligencia para hallar igualmente los medios adecuados para conseguir ese fin, ¿de qué serviría dudar de ello? Han manifestado que quieren ser los artífices de su felicidad, de su desgracia y si ese sentimiento de autonomía, ese orgullo por las cinco o seis ideas que albergan en la cabeza y que pregonan, les hacen, realmente, la vida tan agradable como para soportar con alegría las consecuencias fatales de su estrecheces de espíritu, ya no hay gran cosa que objetar, siempre y cuando esa estrechez no llegue a exigir que todo entre, en este sentido, dentro de la política y que todo el mundo haya de vivir y de actuar según ese criterio. En primer lugar, hay, en efecto, que permitir que algunos se abstengan de la política y que se queden un tanto al margen: pues también a éstos les impulsa el ansia de autonomía y pueden sentir asimismo cierto orgullo guardando silencio cuando hay muchos que hablan demasiado o cuando simplemente se habla demasiado. En segundo lugar, hay que tolerar que esos pocos no se tomen totalmente en serio la felicidad de la mayoría, ya se trate de pueblos enteros o de sectores sociales, y que se permitan de vez en cuando una sonrisa irónica, pues su seriedad está en otra parte, su felicidad se define de otro modo, su meta no se deja coger por esas torpes manos que no tienen más que cinco dedos. Por último -y esto es lo que más difícilmente se les concederá, aunque debe permitírseles también-, salen de cuando en cuando de su taciturna soledad y prueban una vez más la fuerza de sus pulmones: entonces, como quien se ha extraviado en un bosque, se llaman para hacerse reconocer y animarse mutuamente; lo que, naturalmente, hace que algunas de las cosas que propagan suenen mal a los oídos de aquéllos a quienes no van destinadas. Una vez dicho esto, vuelve a reinar el silencio en el bosque, un silencio tan profundo que deja oír con más claridad que nunca los silbos, los zumbidos y el revolotear de los innumerables insectos que viven en ese bosque, por arriba y por abajo.
 439.-La cultura y la casta. No puede nacer una cultura superior más que en aquellas sociedades en donde existan dos castas claramente diferenciadas: la de los trabajadores y la de los ociosos, capaces de verdadero ocio; o, con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la casta del trabajo libre. El reparto de la felicidad no es un punto de vista fundamental cuando se trata de crear una cultura superior; pero el hecho es que la casta de los ociosos tiene una mayor capacidad de sufrimiento, que sufre más, que su alegría de vivir es menor y que su tarea es más pesada. Si se produce un intercambio entre las dos castas, de forma que los individuos más obtusos y menos inteligentes de la casta superior son relegados a la casta inferior, y a su vez los seres más libres de ésta tienen acceso a la otra, se logra un estado más allá del cual no se ve más que el mar abierto de las aspiraciones ilimitadas. -Esto es lo que nos dice la voz agonizante del pasado: pero ¿habrá hoy oídos que la oigan?
 440.-En virtud de la sangre. La ventaja que, en virtud de su sangre, tienen hombres y mujeres sobre los demás y que les confiere el derecho indudable de disfrutar de una estima más elevada son dos artes que la herencia ha ido perfeccionando cada vez más: el arte de mandar y el arte de obedecer con orgullo. -En nuestros días, allí donde el mando constituye una parte del trabajo diario (como en el mundo de las grandes empresas comerciales y de las grandes industrias), se produce un hecho similar al de esas familias que tienen ese arte "en virtud de su sangre", pero les falta la noble actitud al obedecer, que en aquéllas constituye un legado de la vida feudal y que no logra echar raíces en el clima de nuestra cultura.
 441.-La subordinación. La subordinación, a la que tanta importancia se concede en el Estado de militares y de funcionarios, no tardará en perder su crédito, como ya lo ha hecho la táctica peculiar de los jesuitas; y cuando ya no sea posible esa subordinación, no se seguirán logrando efectos sumamente asombrosos, por lo que el mundo se verá empobrecido. Ahora bien, no puede menos que desaparecer, pues desaparece su fundamento, esto es, la fe en la autoridad absoluta, en la verdad definitiva; incluso en los Estados militares no basta la coacción física para producirla, pues se requiere la adoración hereditaria de la dignidad principesca como algo sobrehumano. -En un estado social más libre, no se da más que una sumisión sujeta a ciertas condiciones, en virtud de un contrato recíproco, es decir, con todas las reservas del interés personal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de M.E. Editores, 1993, en traducción de Edmundo Fernández González y Enrique López Castellón, pp. 243-246. ISBN: 84-495-0022-2.]
 

domingo, 19 de junio de 2016

"Así hablaba Zaratustra".- Friedrich Nietzsche (1844-1900)


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Discurso de Zaratustra: Las tres metamorfosis

 "-Os indicaré las tres metamorfosis del espíritu: el espíritu en camello; el camello, en león y finalmente el león, en niño. Muchas cargas pesadas hay para el espíritu; para el espíritu paciente y vigoroso en quien domina el respeto. Su vigor reclama la carga pesada, la más pesada. El espíritu robusto pregunta: "¿Qué hay de más peso?", y se arrodilla como el camello y quiere una buena carga. "¿Qué hay de más pesado? -pregunta el espíritu robusto-. Dilo, ¡oh héroe!, a fin de que cargue con ello sobre mí y mi fuerza se alegre." ¿Acaso esto no es humillarse para hacer sufrir a su orgullo, hacer brillar su locura para cambiar en amarga burla su sabiduría? O es esto: ¿desertar una causa en el momento en que celebra su triunfo; ascender sobre las montañas elevadas para tentar al tentador? O bien es esto: ¿alimentarse de las bellotas y del heno del conocimiento, y sufrir el hambre en el alma por amor a la verdad? O bien es esto: ¿estar enfermo y despedir a los que consuelan; unirse en amistad con sordos que jamás escuchan lo que tú quieres? O bien es esto: ¿sumergirse en el agua sucia, si es el agua de la verdad, y no rechazar a las viscosas ranas y a los sapos llenos de pus? O bien es esto: ¿amar a quien nos desprecia y tender la mano al fantasma cuando quiere asustarnos? Todas estas pesadas cargas echa sobre sí el espíritu vigoroso; y así como sale corriendo el camello hacia el desierto apenas recibe su carga, él se apresura a llevar la suya. La segunda metamorfosis se cumple en el más solitario de los desiertos: aquí el espíritu se transforma en león, pretende conquistar la libertad y ser amo de su propio desierto. Busca aquí su último dueño; quiere ser el enemigo de este dueño como es el enemigo de su último dios: quiere luchar contra el dragón para alcanzar la victoria. ¿Cuál es el dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando ni dios ni amo? "Tú debes", se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice: "Yo quiero." "Tú debes" le acecha al borde del camino, reluciente de oro, bajo su caparazón de mil escamas y sobre cada escama luce en letras doradas: "¡Tú debes!" Brillan sobre estas escamas valores de mil años y el más poderoso de todos los dragones habla de esta guisa: "Todo lo que es valor brilla sobre mí." Ya ha sido creado todo lo que es valor y yo soy quien representa todos los valores creados. ¡En verdad no debe haber más "Yo quiero"! Así habló el dragón. Hermanos míos, ¿para qué necesita el espíritu al león? ¿No es suficiente el animal robusto que se abstiene y es respetuoso? Todavía no puede crear el león valores nuevos; pero sí tiene poder para hacerse libre para la nueva creación. Hacerse libre, oponer una divina negación, incluso el deber; tal es, hermanos míos, la tarea para la que el espíritu necesita del león. La más terrible conquista para un espíritu paciente y respetuoso es la de conquistar el derecho a crear nuevos valores. En verdad, éste es para él un acto feroz, el acto de un animal de presa. En otros tiempos amaba el "Tú debes" como su más sagrado bien; ahora le es necesario encontrar la ilusión y lo arbitrario, incluso en este bien, el más sagrado, para que realice a costa de su amor la conquista de la libertad: para semejante rapto es indispensable un león. Mas, decidme, hermanos míos, ¿qué puede hacer el niño que no pueda hacer el león? ¿Por qué es preciso que el león raptor se transforme en un niño? El niño es inocente y olvida; es una primavera y un juego, una rueda que gira sobre sí misma, un primer movimiento, una santa afirmación. ¡Oh, hermanos míos! Una afirmación santa es necesaria para el juego divino de la creación. Quiere ahora el espíritu su propia voluntad; el que ha perdido el mundo, quiere ganar su propio mundo. Os he mostrado tres metamorfosis del espíritu: cómo el espíritu se hace camello, cómo el espíritu se hace león, y, en fin, cómo el espíritu se hace niño.
 Así hablaba Zaratustra. Y en este tiempo moraba en la ciudad que se llamaba Vaca Multicolor". 

lunes, 23 de febrero de 2015

"Nadja".- André Breton (1896-1966)

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"No es necesario haber estado alguna vez en un manicomio para saber que allí hacen a los locos, de la misma manera que en los correccionales hacen a los bandidos. ¿Hay nada más odioso que estos organismos dichos de protección social que, por un pecadillo, una primera falta exterior contra el decoro o el sentido común, precipitan a una persona cualquiera entre gente cuyo trato sólo puede serle nefasto y sobre todo la privan sistemáticamente de relacionarse con todos aquellos cuyo sentido moral o práctico está más asentado que el suyo? Los periódicos nos informan de que en el último congreso internacional de psiquiatría, desde la primera sesión todos los delegados presentes se han puesto de acuerdo para combatir la persistente idea popular de que aun hoy en día resulta tan difícil salir de un manicomio como en otros tiempos salir de los conventos; que están retenidas allí toda la vida personas que nada tuvieron, o no tienen ya, que hacer en tal lugar; que la seguridad pública no está generalmente tan en juego como se da a entender. Y cada alienista clama tener en su activo uno o dos casos de excarcelación, grita que puede proporcionar ejemplos de grandes catástrofes ocasionadas por el regreso prematuro o mal entendido a la libertad de ciertos enfermos graves. Como su responsabilidad está más o menos implicada en semejante aventura, dejan entender que en la duda prefieren abstenerse. Bajo este aspecto, sin embargo, creo que el problema está mal planteado. La atmósfera de los manicomios es de tal suerte que no puede menos de ejercer la más debilitante y perniciosa influencia en aquellas personas que se alojan en ellos, y esto en el sentido mismo en que su debilidad inicial las ha conducido allí. Y todo ello, complicado aún por el hecho de que toda reclamación, toda protesta, todo movimiento de intolerancia sólo tiende a haceros acusar de insociabilidad (ya que, por paradójico que sea, incluso en ese dominio se os pide que seáis social), únicamente sirve para la formación de un nuevo síntoma contra vosotros, síntoma susceptible no solamente de impedir vuestra curación si, por otra parte, ésta tuviera que alcanzarse, sino aun de no permitir que vuestro estado siga estacionario y no se agrave con rapidez. De ahí estas evoluciones tan trágicamente aceleradas  que pueden verse en los manicomios y que, muy a menudo, no deben corresponder únicamente  a una sola enfermedad. Hay motivos para denunciar, en materia de enfermedades mentales, el proceso de este paso casi fatal de la crisis aguda al cronicismo. Considerando la infancia extraordinaria y tardía de la psiquiatría, no se puede hablar de ninguna manera de curaciones realizadas en tales condiciones. Por otra parte, creo que los más concienzudos alienistas ni siquiera se preocupan de esto. Sí, ya no hay, en el sentido corriente, internamiento arbitrario puesto que un acto anormal que se presta a comprobación objetiva y toma un carácter delictuoso desde que es cometido en la vía pública, radica en el origen de estas detenciones mil veces más espantosas que las otras. Pero yo creo que todos los intercambios son arbitrarios. Sigo sin comprender por qué se ha de privar de la libertad a un ser humano. Encerraron a Sade, encerraron a Nietzsche, encerraron a Baudelaire. El procedimiento que consiste en venir a sorprenderos de noche y poneros la camisa de fuerza  o dominaros de cualquier otra forma, vale tanto como el de la policía que consiste en deslizaros un revólver en el bolsillo. Sé que si estuviera loco y llevara internado algunos días, aprovecharía la primera remisión de mi delirio para asesinar fríamente al primero que se pusiera a mi alcance, con preferencia el médico. Por lo menos ganaría, como los locos furiosos, que me pusieran en una celda individual. Tal vez me dejarían en paz".     

miércoles, 31 de diciembre de 2014

"El ocaso de los ídolos o Cómo se filosofa a martillazos".- Friedrich Nietzsche (1844-1900)


 

"Sobre cómo terminó convirtiéndose en fábula el "mundo verdadero".
 
 Historia de un error.
 
 1.-El mundo verdadero es asequible al sabio, al virtuoso; él es quien vive en ese mundo, quien es ese mundo.
 (Esta es la forma más antigua de la Idea, relativamente, simple y convincente. Se trata de una transcripción de la tesis: "yo, Platón soy la verdad".)
 
 2.-El mundo verdadero no es asequible por ahora, pero ha sido prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso ("al pecador que hace penitencia").
 (La Idea ha progresado, se ha hecho más sutil, más capciosa, más difícil de entender, y se ha afeminado, se ha hecho cristiana...).
 
 3.-El mundo verdadero no es asequible ni demostrable ni puede ser prometido pero, por el hecho de que se pueda pensar, constituye un consuelo, una obligación, un imperativo.
 (El antiguo sol sigue alumbrando al fondo aunque se le ve a través de la neblina y del escepticismo; la Idea ha sido sublimada, se ha vuelto pálida, nórdica, koenigsburguense).
 
 4.-¿Es inasequible el mundo verdadero? En cualquier caso, no lo hemos alcanzado y por ello nos es también desconocido. En consecuencia no puede servirnos de consuelo ni de redención ni de obligación. ¿A qué nos podría obligar algo desconocido?
 (Mañana gris. Primer bostezo de la razón. Canto del gallo del positivismo).
 
 5.-El "mundo verdadero" es una Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera obliga, una Idea que se ha vuelto inútil, superflua; en consecuencia es una Idea que ha sido refutada: eliminémosla.
 (Día claro; desayuno, vuelta del sentido común y de la serenidad alegre; Platón se pone rojo de vergüenza y todos los espíritus libres arman un ruido de mil demonios).
 
 6.-Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado? ¿el aparente ...? ¡no!, al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente.
 (Mediodía; instante de la más breve sombra; fin del más largo error; punto culminante de la humanidad; comienza Zaratustra.)"