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domingo, 20 de junio de 2021

Supervivientes.- Java Rosenfarb (1923-2011)


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El último poeta de Lódz


 «Después de que los alemanes conquistaran Polonia, Shayevitch se trasladó con su mujer  y su hija al gueto de Lódz, donde ocupaban una cabaña sórdida y ruinosa en el número 14 de la calle Lotnicza. La cabaña tenía una estancia y un cobertizo que hacía las veces de cocina. Sus padres y sus hermanas encontraron alojamiento en otra calle. Sin trabajo ni medios de subsistencia, Shayevitch vivió desde el principio bajo la amenaza de la muerte por inanición. Sus preocupaciones se dividían en dos casas: la de sus padres y la suya.  Empezó a buscar frenéticamente algo que hacer. Naturalmente orgulloso, tímido, de habla suave, y siempre dubitativo sobre su valía como escritor, adquirió una ferocidad leonina en la lucha por la supervivencia de su familia. Llamaba a puertas, mendigaba, negociaba y presumía de su vocación de escritor para defender que merecía un trato especial.
 Hasta comienzos de 1941, él y su familia vivían de la limosna del departamento de ayuda social de Rumkowski. Había poca comida en la casa, pero mucho tiempo para escribir. Pasó de escribir prosa a escribir poesía, porque debió de sentir que la poesía expresaría mejor el estado de su mente y de su alma.
 Obtuvo trabajo como conserje y portero en el mercado de verduras, el gran espacio donde se distribuían las raciones de verduras entre la población del gueto. En los días en los que se repartía la ración de unos nabos, zanahorias y alguna patata, su trabajo era quedarse en la puerta y dejar que entrasen los hambrientos habitantes del gueto, unos pocos cada vez, que estaban en la cola de la calle. Debía aguantar el insoportable tumulto de la gente que intentaba colarse para no quedarse solamente con los restos.
 No hay palabras que puedan describir mejor el tormento que soportaba en esa época que la carta que escribió a Rosenberg el 30 de septiembre, donde se quejaba de que hasta entonces había aceptado el trabajo con estoicismo, aunque los consumidores y el director le habían hecho sufrir. Este último, escribe Shayevitch, “acostumbrado a tiempos pasados en los que un conserje se ponía de rodillas ante su amo, no me soporta. Además, alguien ha delatado mi secreto de ser un escritor yiddish, y el director no necesita más para despreciarme y convertirme en el objetivo de su risa burlona. Me ha costado mucho tiempo lograr que adopte una actitud adecuada”. Después se queja de los consumidores que se aprovechan de su rechazo a maltratar físicamente a nadie: “Me humillan hasta el punto de hacerme sangre… Basta con pasar por esa experiencia una sola vez para quedar herido hasta la profundidad del alma”.
 A continuación confiesa: “Le juro que nunca en mi vida he sentido tanta amargura. En el mes de Sivan murió mi padre y treinta días después mi madre. ¡Y cómo me duele en la conciencia no haber podido hacer nada para salvarlos! Ahora tengo que ver cómo mi mujer y mi hija de cinco años se marchitan. La niña está enferma a menudo y no tengo  ningún medio (para salvarla)”.
 También confiesa a Rosenstein: “Estoy escribiendo un largo poema sobre el gueto. Nuestra compañera, la señora Ulinover, me animó, dijo que el poema sería un monumento a nuestras experiencias en el gueto, y otros superlativos parecidos”.
 Añade: “Como seguro que sabe, el trabajo en el mercado dura desde el alba a la noche. La gente que aparece en mi poema revolotea a menudo en el centro de mi mente con sus súplicas; los más arrogantes con amargura y amenazas, mientras que quienes son más permisivos azotan mi corazón con amargos reproches: ‘¿Por qué nos dejaste? ¿Por qué no dices: Hágase la luz en nuestro caos contemporáneo? ¿Nos has convertido en pequeños demonios?’. Uno de ellos, medio monstruo  y medio payaso, se burla de mí: ‘¡Que Dios lo prohíba! ¡Quizás no vivas para terminar tu trabajo!’”
 Shayevitch anota: “Soy consciente de que la opinión que expresan algunas personas no carece de fundamento, de que en el gueto todo es nitchevo [una palabra polaca que significa ‘nada’]. Pero discrepo. Uno puede decir con la cabeza fría que precisamente en este momento difícil hay que prestar la máxima atención a la cultura”. Continúa adulando a Rosenstein: “Estoy convencido –no me importa lo que piense al respecto- de que sólo usted puede entender la sensación de abatimiento y vacío que tengo estos días. Usted es el único capaz de oír el menor sonido de la desesperación en el gueto”. Después de muchos otros cumplidos, pide que Rosenstein lo salve de la opresión material y el vacío moral en los que se ha hundido. “Por favor –suplica-, garantíceme las condiciones para realizarme de acuerdo a mi potencial. […] Confíe por favor en las posibilidades que duermen en mi interior. Póngase en el papel del Alto Sacerdote que entra en el Sanctasanctórum para encender la llama de la menorá. ¡Qué renacer podría llevar a mi vida! Creo en usted y, de nuevo, creo en usted!”.
 A finales de 1941, la situación en el gueto había empeorado. Impotente, Shayevitch veía cómo los miembros de su familia sucumbían uno tras otro a la enfermedad y el hambre. Además habían empezado las deportaciones masivas del gueto. El invierno era inmisericorde. No había madera ni briquetas de turba para calentar las casas. Alguna gente estaba tan desesperada que se unió a las deportaciones voluntariamente. Nadie pensaba que el camino que habían elegido esos deportados voluntarios los llevaba directamente a su aniquilación.
 Shayevitch se encontró entre aquellos que estaban en lo más bajo de la jerarquía del gueto, los más pobres entre los pobres, los primeros en ser enviados. Sabía que cualquier día recibiría “una invitación de boda” –como llamaban a las convocatorias a la deportación los habitantes del gueto- y que le ordenarían que se uniera, con su mujer y su hija, a la procesión.
 Fue entonces cuando dejó a un lado el largo poema en el que estaba trabajando y se puso a escribir “Lekh-Lekho”. En ese poema se muestra como un profeta, que intuye que esas marchas eran marchas hacia la separación y la muerte. Abre el poema con las siguientes palabras a su hija de seis años:

 Y ahora, Blimele, hija mía,  /  apaga tu alegría de niña,
 el río plateado de tu risa. / Nos preparamos para el camino desconocido.

 No me mires curiosa / con esos grandes ojos marrones,
 y no me preguntes por qué y para qué /  tenemos que dejar nuestro hogar.

También le pide a Blimele:

Resultado de imagen de java rosenfarb Ponte las medias calientes / que tu madre remendó
 anoche para ti / mientras cantaba y reía,

 sin saber que esa sería / su última risa alegre,
 como la vaca que muge y no imagina / la navaja en la mano del matarife. […]

 Y ahora, Blimele, hija mía, / no me sonrías con esos dientes blancos.
 Abandonar nuestra casa / es todo el tiempo que nos queda. […]

 Y aunque eres una niña pequeña / y quien enseña la Torá a su hija
 es un hombre indigno / que le enseña un pecado,

 ha llegado el día amargo / en el que debo enseñarte
 mi niña /  la horrible sección “Lekh-Lekho”.

 Pero, ¡cómo puede compararse esa orden / al sangriento lekh-lekho de hoy?
“Y Dios dijo a Abraham: / Vete de tu tierra”.

 En el poema Shayevitch y su hija dejan su casa y todos los objetos que se han transformado en testigos de sus viejas alegrías y actuales penas. Los objetos, convertidos en registros de la existencia diaria de la familia, expanden los símbolos. Los versos del monólogo poético del padre se presentan con la mayor simplicidad, como se habla con un niño, pero el padre no oculta a la niña la terrible verdad. La desnudez del lenguaje sugiere la contención de un grito ahogado en el silencio. En el texto original los versos tienen rimas muy simples y encajan en el lamento oculto en la cadencia del ritmo.
 No mucho después, Rosenstein le hizo a Shayevitch un favor extraordinario, gracias al que Shayevitch pudo seguir escribiendo su obra épica sobre el gueto de Lódz. Le consiguió un trabajo en una “cocina de gas”. Siempre escaseaban la leña y las briquetas de turba en el gueto, y casi nunca había carbón. Así, ocurría a menudo que, si un habitante del gueto tenía algo que cocinar en su cacerola, no tenía nada con lo que cocinarlo. Las cocinas de gas eran salas comunes equipadas con hornos de gas donde por unos pocos pfennigs se podían hacer unos trozos de patata o se podía calentar la ración de sopa. La función del supervisor en una cocina de gas de esas características era mantener el orden en la cola de gente que esperaba con sus cacerolas, vigilar el reloj y recoger el dinero. Desde que llevaba la cocina, Shayevitch podía escribir en los intervalos entre esas actividades. En el ruido de los silbantes quemadores y las cacerolas humeantes, así como en la agitación general causada por gente impaciente y agotada, componía sus versos en una hoja de papel de contabilidad cubierta de letras por un lado y limpia por el otro.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Xórdica Editorial, 2016, en traducción de Daniel Gascón, pp. 178-183. ISBN: 978-84-16461-06-6.]

domingo, 28 de marzo de 2021

Leche de otoño. Memorias de una campesina.- Anna Wimschneider (1919-1993)


Resultado de imagen de anna wimschneider  «Mi madre había muerto el 21 de julio de 1927.
  Llegó la época de la cosecha y la mayoría de las faenas había que realizarlas en el campo. Todos estaban cansados de tener que ayudar una y otra vez. Mi padre pensó entonces que tenía que ayudarse a sí mismo. No le quedó otro remedio que poner a trabajar a los niños.
 Franz era el mayor, todavía no tenía trece años y la vecina le enseñó a ordeñar. El siguiente era Michl, once años, a quien le tocó la limpieza del establo. Otra vecina vino para enseñarme a guisar y a remendar la ropa, y a indicarme cómo debía cuidar a los niños pequeños. Yo tenía ocho años. El tercero, Hans, también tenía que colaborar. Para dar el pasto a los animales teníamos que levantarnos todos los niños mayores. Nos despertábamos hacia las cinco. Mi padre cogía la guadaña, un hermano la carretilla y los menores llevábamos rastrillos. En una hora habíamos distribuido el forraje con la carretilla; los pequeños todavía dormían. Franz ordeñaba las dos vacas que eran más fáciles de ordeñar. La vecina las otras dos, las que costaban más. Yo encendía el fuego y hervía la leche, la vertía en el cuenco, añadía un poco de sal y luego desmigajaba el pan. Entonces nos sentábamos todos alrededor de la mesa, rezábamos la oración matinal, el credo y el padrenuestro por mi madre. A veces se levantaba enseguida alguno de mis hermanos pequeños y entonces tenía que preocuparme de él, de manera que casi no me daba tiempo a comer. Tras el desayuno rezábamos la oración de gracias y otro padrenuestro por mi madre. Los chicos ya se habían lavado y peinado, con lo que alcanzaban todavía a ir a misa antes de que empezara la escuela. Yo, en cambio, tenía que ir a despertar a los más pequeños y ayudarles a arreglarse, a vestirse y a desayunar. A veces lloraban, quizá porque no estaban contentos conmigo. El abuelo todavía no se levantaba. A partir de ese momento podía vestirme y arreglarme para ir a la escuela. Me iba cuando mi padre volvía del trabajo en el establo. Entonces corría lo más rápido posible los cuatro kilómetros que me separaban de la escuela. A veces tenía que ir parando porque sentía una punzada fuerte en un lado, y a menudo llegaba cuando ya había empezado el primer recreo. Entonces los demás niños se reían de mí.
 Al cabo de poco tiempo, los chicos dijeron que mi trabajo estaba en la casa, que ése era un trabajo de chica. Después de la escuela venía la señora Meiereder para enseñarme a cocinar. Mi padre le dijo en mi presencia: “Si la chica no atiende bien, le das una bofetada, entonces lo aprenderá más rápido”. La mayoría de cosas me las enseñaba el domingo porque no teníamos escuela. Con nueve años ya sabía preparar bollos al horno, Dampfnudeln (1), Apfelstrudel (2) de manzana, platos de carne y muchas otras cosas. Pero al principio cometía muchos errores. Mi padre entraba, miraba dentro del horno, y decía: “Ay, chica, tienes que avivar el fuego, así no podrás asar la carne. Cuántas veces tengo que repetírtelo”, y me daba una bofetada. La señora Meiereder también me regañaba de vez en cuando, pero nunca me pegó.
 Durante el trabajo llevaba conmigo un taburete, porque era tan pequeña que no llegaba a la altura de ninguna olla. Mirar en el fogón, poner el taburete, encender el fuego, quitar el taburete, ir al aparador, poner el taburete, ¡cuántas veces tuve que hacer esto mientras cocinaba! Cuando estaba asando carne y el horno echaba humo, podía ir a mirar. Esto no funcionaba en cambio con los bollos al horno, porque se deshacían y cuando llegaban a la mesa me esperaba otra bofetada. Aún hubiera podido tolerarlo si sólo me la hubiera dado mi padre, pero mis hermanos mayores todavía me daban otra. A veces olvidaba salar la comida porque mi atención se iba hacia la habitación donde jugaban mis hermanos. Cuando la situación se ponía muy escabrosa y rompían algo jugando a perseguirse o a la vaca ciega, la culpa la tenía yo por no haber puesto atención a mis hermanos. Y cuando mis tres hermanos mayores se pegaban en el suelo y mi padre lo oía desde fuera, entraba con una vara y atizaba a todo el que encontraba en su camino. Entonces volvía a haber tranquilidad.
 Pasado algún tiempo, mi padre volvió a traer a casa al más pequeño, porque la vieja madrina se había quedado dormida para siempre. Nos alegramos mucho de tener al pequeño Ludwig, todavía era muy chiquito y aún no hablaba. En aquella época, los chicos y las chicas se ponían la misma ropa hasta la edad de tres años. Esto simplificaba las cosas. Cuando alguno tenía necesidad, lo sentábamos corriendo en el orinal y otro de los hermanos tenía que hacer algo para que se quedara sentado.
 Nos alimentábamos principalmente a base de leche, patatas y pan. Al atardecer, cuando ya no podía guisar como es debido porque teníamos escuela desde por la mañana temprano hasta las cuatro y al volver a casa ya anochecía, preparábamos para los cerdos una gran cacerola de patatas cocidas. Los niños pequeños no eran capaces de esperar a que estuvieran listas y se quedaba dormidos en el sofá o en el banco duro. Entonces teníamos que despertarlos para que comieran. Como teníamos mucha hambre, nos comíamos tantas patatas que al final no sobraban bastantes para los cerdos. Entonces se enfadaba mi padre. Hans se comió una vez trece patatas. Mi padre le dijo: “Estás chiflado, devoras más que una marrana, no devores tanto, que no habrá suficiente para la marrana”.
 De vez en cuando venía una vecina y miraba cómo iban las cosas y lo que yo hacía. Al comienzo del cuarto curso tenía que ir a casa de la señora Meiereder ahora para aprender a hacer el pan y a lavar las piezas grandes de la ropa. Esto lo hacíamos luego en casa con todo esmero entre mi padre y yo. Teníamos una tina que incluso era igual a la de la señora Meiereder. Primero dejábamos durante toda la noche la ropa en remojo, luego la escurríamos, la sacudíamos y la poníamos en la tina. Sobre la ropa colocábamos un paño grande de lienzo en el que esparcíamos ceniza de madera de abedul, y luego echábamos por encima agua hirviendo; esto era la colada para la ropa, porque no teníamos detergente en polvo. Después de algunas horas se sacaba esta colada de la tina. Ahora colocábamos la ropa sobre un banco y con un jabón duro la frotábamos y luego la cepillábamos. Yo me ponía sobre mi taburete porque era demasiado baja para el banco de la ropa.
 Para hacer el pan era al contrario. Teníamos que poner la amasadera en el suelo porque así podía aplicar más fuerza al preparar la masa. Siempre cocíamos dieciséis panes de una vez; cada pan pesaba de cuatro a cinco libras. Cada día comíamos tres panes. Uno con la sopa de la mañana, otro lo consumíamos los niños durante el recreo de la escuela y el tercero nos lo comíamos con la cena. En la escuela teníamos dos recreos; el menor duraba quince minutos y la pausa mayor del mediodía una hora entera. Como no tenía sitio en el banco de las niñas porque estaba abarrotado, me sentaba junto a un chico que me traía cada día un bollo al horno de parte de su madre. Nunca he olvidado el detalle de esta mujer.
Resultado de imagen de anna wimschneider leche de otoño circulo de lectores Mi padre decía siempre que tres panes tienen que alcanzar para todo un día. Pero no siempre era suficiente y entonces volvíamos a comernos las patatas de los cerdos. Nuestro padre decía entonces que lo arruinaríamos con nuestro apetito. A la hora de comer se ponía uno de los niños pequeños sobre las piernas de mi padre y otro a su izquierda y otro a su derecha, y comían del plato de mi padre. Para cenar había casi siempre Dampfnudeln. Me salían muy bien, con la corteza tostada. Los presentaba con la corteza hacia arriba en una fuente grande que se colocaba en un trípode de hierro y en la parte inferior había otra fuente grande con pepinos, leche o caldo de peras desecadas. Esto tenía un aspecto muy apetitoso que nos daba nueva hambre. Tenían que ser siempre grandes raciones, dos cazos o cacerolas. Tampoco nos olvidábamos del abuelo. A él le llevaba la comida a su habitación, sólo cosas blandas porque ya no tenía ni un diente.
 Cuando el abuelo todavía caminaba bien, se iba muy temprano a la iglesia. Michl tenía que ir con él porque, durante el trayecto, el abuelo iba siempre al mismo lugar en el bosque y hacía sus necesidades en el mismo árbol. Ya no podía vestirse solo, por eso lo acompañaba Michl.
 El abuelo tenía una camisa con dos ojales en la parte delantera del cuello. Por aquí había que introducir un pasador que podía voltearse por la parte delantera. Luego tenía un acabado de lencería blanca con el pecho fuertemente almidonado y ancho como el tronco, y por la parte inferior podía meterse un poco por dentro de la pretina. En la zona del pasador se le colgaba una corbata. Así no se le veía la camiseta vieja que llevaba por debajo. Para calzarse se ponía zapatos de hebilla y debajo unas calzas cortas de goma. Éstas tenían cosidas a derecha y a izquierda una goma negra y elástica que se sujetaba en el tobillo. Los pantalones eran muy estrechos y llevaban tirantes. El abuelo siempre se ponía para trabajar un delantal azul que se sujetaba por el cuello y por la cintura con una cinta de lino estrecha y azul. Nunca trabajaba sin su delantal, que denominábamos el harapo. En nuestra tierra todavía puede comprarse hoy en día género para estos harapos. Es la misma tela azul.
 El abuelo tenía su sitio durante el día en el banco de la estufa. Los niños nos poníamos a menudo cerca de él. Sus pelos grisáceos se levantaban sueltos hacia arriba y en los lóbulos de las orejas llevaba unas pequeñas laminitas de oro. Esto lo tenía porque se suponía que era saludable para la vista. Apoyaba su mano derecha en la moldura de la estufa y los niños cogíamos la piel suave y floja de su mano y se la estirábamos. Esto podíamos hacerlo todos excepto Alfons, porque no le caía simpático. En vez de Alfons le llamaba siempre Atterl. Cuando yo hacía albondigones, el abuelo me cortaba el pan.   
 En las tardes de invierno calentábamos fuertemente la estufa  y la habitación permanecía caliente. En el cuarto de arriba, exactamente encima de esta estufa, había una estufa de cerámica que se calentaba simultáneamente con la otra. Tenía forma de herradura y uno podía sentarse en su entrante. Los niños nos habíamos sacado muchas veces unos a otros de allí cuando alguno se quedaba demasiado tiempo porque todos querían calentarse un poco antes de irse a dormir. Mi padre colocaba una tablilla sobre la estufa y se sentaba encima. A menudo olía a quemado, y eso era entonces el pantalón de mi padre. Le gustaba fumarse por la noche una pequeña pipa con tabaco barato; el leño, como le llamaba a su pipa. Y sobre la mesa estaba colgada una lámpara de petróleo con una pantalla de vidrio; esto era muy agradable. Mi padre tenía que contar historias fantásticas y espeluznantes de la guerra, porque había participado en ella, y de crímenes. El abuelo explicaba cómo había llevado madera larga y pesada con los caballos desde Eggenfelden hasta Passau. A veces se apagaba el petróleo de la lámpara y cuanto más oscura se quedaba la habitación, más nos excitábamos los niños. Entonces, jugábamos a la gallina ciega y chocábamos con todo, era muy divertido. El humo del petróleo nos ponía negros los orificios de la nariz y las barbitas, y esto nos hacía reír.
 Mientras mis hermanos escuchaban a mi padre, yo tenía sobre la mesa una máquina manual de coser y tenía que aplicarme en zurcir la ropa. También teníamos una pequeña lamparilla de aceite que estaba en un tarro de un litro. Sin esta lamparita no hubiera podido ver la costura. Cuando mi padre y mis hermanos se iban a la cama, yo debía quedarme bastante más tiempo cosiendo, al menos hasta las diez de la noche. A menudo me quedaba dormida de puro cansancio. Mi padre golpeaba entonces en el suelo de la habitación superior y gritaba que qué me pasaba, que no oía la máquina de coser. Al momento volvía a despertarme y continuaba cosiendo.»             

 (1)   Especialidad alemana: bollito de masa de pan, que se fríe en una sartén –tapada-, sólo por una parte y hasta que sube la masa. (N. del T.)
(2) Especialidad de Baviera y Austria: especie de brazo de gitano de hojaldre, relleno de manzana, que se sirve caliente y con nata montada. (N. del T.)
    
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1990, en traducción de Agustín Delgado, pp. 9-17. ISBN: 84-226-322-X.]

domingo, 21 de octubre de 2018

El abanico de seda.- Lisa See (1955)


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Años de arroz y sal
Hijos

«Pasamos tres días charlando, riendo, comiendo y durmiendo; nadie discutía, murmuraba, condenaba ni acusaba. Para Flor de Nieve y para mí los mejores momentos eran los que pasábamos por la noche en la habitación de arriba. Poníamos a nuestros hijos en la cama, entre ambas. Al verlos juntos las diferencias eran aún más patentes. [...]
-¿Te gusta tener trato carnal? -preguntó Flor de Nieve tras asegurarse de que todos los demás dormían.
 Durante años habíamos oído los chistes subidos de tono que contaban las ancianas y los comentarios jocosos de mi tía sobre lo bien que se lo pasaba en la cama con mi tío. Todo eso nos había resultado muy desconcertante cuando éramos niñas pero yo ya había entendido que no tenía nada de desconcertante.
 -Mi esposo y yo somos como dos patos mandarines -añadió al ver que tardaba en contestar-. Ambos hallamos la felicidad volando juntos.
 Sus palabras me sorprendieron. ¿Estaba mintiendo otra vez, como había hecho durante años? Me quedé callada y ella continuó:
 -No obstante, aunque ambos gozamos mucho en la cama, me molesta que mi esposo no respete los períodos de purificación. Cuando di a luz sólo esperó veinte días. -Hizo otra pausa y luego admitió-: No le culpo por ello. Yo consentí. Quería que pasara.
 Sentí alivio, aunque estaba muy asombrada por su deseo de tener trato carnal con su esposo. Debía de estar diciéndome la verdad porque nadie mentiría para encubrir una verdad peor. ¿Podía haber algo más vergonzoso que realizar un acto impuro?
 -Eso está mal -susurré-. Debes cumplir las normas.
 -¿Qué ocurrirá si no? ¿Me volveré tan impura como mi esposo?
 Eso era algo que yo ya había pensado, pero contesté:
 -Podrías enfermar o morir.
 Flor de Nieve rio en la oscuridad.
 -Nadie enferma por tener trato carnal. Sólo da placer. Me paso el día trabajando sin descanso para mi suegra. ¿Acaso no merezco los placeres de la noche? Y si tengo otro hijo, aún seré más feliz.
 En eso tenía razón. El niño que dormía entre nosotras era difícil y débil. Flor de Nieve necesitaba tener otro hijo... por si acaso.
 [...]
 En los meses siguientes seguimos escribiéndonos; nuestras palabras atravesaban los campos en ambas direcciones, libres como dos pájaros que planean en una corriente alta. Sus quejas disminuyeron y también las mías. Éramos jóvenes madres y las aventuras cotidianas de nuestros hijos nos alegraban la vida: los primeros dientes, las primeras palabras, los primeros pasos. Yo pensaba que ambas estábamos satisfechas a medida que nos adaptábamos al ritmo de nuestro nuevo hogar, aprendíamos a complacer a nuestras suegras y nos habituábamos a los deberes de las esposas. Hasta me acostumbré a escribirle acerca de mi esposo y de nuestros momentos de intimidad. Por fin comprendía aquella antigua enseñanza: "Sube a la cama, pórtate como un esposo; baja de la cama, pórtate como un caballero". Yo prefería a mi marido cuando él bajaba de la cama. Durante el día él obedecía las Nueve Consideraciones. Era lúcido, escuchaba atentamente y se mostraba cariñoso. Era recatado, leal, respetuoso y honrado. Cuando tenía dudas, consultaba a su padre y en las raras ocasiones en que se enfadaba procuraba que no se notara. Así pues, por la noche, cuando subía a la cama, yo me alegraba de su goce, aunque sentía alivio cuando él terminaba. No entendía lo que había oído decir a mi tía cuando yo estaba en mis años de cabello recogido, ni que Flor de Nieve encontrara placer en el acto carnal. Pese a mi gran ignorancia, había una cosa que sí sabía: no se pueden infligir las normas sin pagar un alto precio.
 
 Lirio Blanco:
  Mi hija nació muerta. Se marchó sin haber echado raíces, de modo que no conoció los pesares de la vida. Le cogí los pies. Nunca conocerían la agonía del vendado. Le toqué los ojos. Nunca conocerían la tristeza de abandonar su hogar natal, de ver a su madre por última vez, de despedirse de un hijo muerto. Puse mis dedos sobre su corazón. Nunca conocería el dolor, la pena, la soledad, la tristeza. Me la imagino en el más allá. ¿Estará mi madre con ella? Ignoro cuál habrá sido el destino de ambas.
 En mi casa todos me culpan. Mi suegra dice: "¿Para qué te casaste con mi hijo, si no vas a darle hijos varones?" Mi esposo dice: "Eres joven. Tendrás más hijos. La próxima vez me darás un varón."
 No tengo forma de desahogarme. No tengo a nadie que me escuche. Ojalá te oyera subir por la escalera.
 Imagino que soy un pájaro. Vuelo hacia las nubes y el mundo, abajo, parece muy lejano.
 Me pesa el trozo de jade que llevaba colgado del cuello para proteger a mi bebé. No puedo dejar de pensar en mi niñita muerta.
                                              Flor de Nieve
 
Los abortos eran muy frecuentes en nuestro condado y las mujeres no solían preocuparse demasiado si sufrían uno, sobre todo si el bebé era una niña. Los partos de niños muertos sólo se consideraban espantosos si el bebé era un varón. Si la criatura que nacía muerta era una niña, los padres solían agradecerlo. Nadie necesitaba más bocas inútiles que alimentar. En mi caso, pese a que durante el embarazo me había aterrado pensar que pudiera pasarle algo malo a mi bebé, la verdad es que no sabía cómo me habría sentido si hubiera resultado una niña y hubiera muerto antes de respirar el aire de este mundo. Lo que intento decir es que me había dejado perpleja que Flor de Nieve tuviera semejantes sentimientos.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Salamandra, 2006, en traducción de Gemma Rovira Ortega. ISBN: 978-84-9838-052-1.]