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viernes, 15 de noviembre de 2019

La conjura de los necios.- John Kennedy Toole (1937-1969)

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Siete

«-Lo siento -masculló-. Sólo me quedan unas cuantas salchichas y tengo que reservarlas. Quítese de mi camino, por favor.
 -¿Reservarlas? ¿Para quién?
 -Eso no es asunto suyo, jovencito. ¿Por qué no está usted en la escuela? Haga el favor de dejar de molestarme. Además, no tengo cambio.
 -Yo tengo suelto -silbaron aquellos labios blancos y delgados.
 -No puedo venderle a usted un bocadillo, caballero, ¿está claro? 
 -Pero, ¿qué te pasa a ti, hombre?
 -¿Qué me pasa a mí? ¡Qué le pasa a usted! ¿Cómo es usted un antinatural que desea un bocadillo a esta hora tan temprana de la tarde? Mi conciencia no me permite vendérselo. Piense en su cutis repugnante. Está usted en pleno desarrollo y su organismo necesita un buen suministro de verduras y zumo de naranja y pan integral y espinacas y cosas así. Yo, por mi parte, no estoy dispuesto a contribuir a la corrupción de un menor.
 -Pero, ¿de qué habla usted? Deme ese bocadillo, venga. Tango hambre. No he comido.
 -¡No! -gritó Ignatius, tan furioso que los transeúntes miraron-. Lárguese de aquí antes de que le atropelle con mi carro.
 George abrió la trampilla del compartimento de los panecillos y dijo:
 -Oiga, tiene aquí material de sobra. Prepáreme uno.
 -¡Socorro! -gritó Ignatius, recordando de pronto las advertencias del viejo sobre los ladrones-. ¡Quieren robarme los panecillos! ¡Policía!
 Ignatius echó atrás el carrito  lo lanzó luego contra la entrepierna de George.
 -¡Ay! Cuidado con lo que haces, loco.
 -¡Socorro! ¡Ladrones!
 -Cállate, por amor de Dios -dijo George, cerrando la tapa de golpe-. Deberían encerrarte, maricón de mierda.
 -¿Qué? -gritó Ignatius-. ¿Qué impertinencia es ésa?
 -Eres un maricón y estás chiflado -bufó George más fuerte y se alejó, las tapas de los tacones rayando la acera-. ¿Quién va a querer comer algo que ha tocado esas manos mariconas?
 -¿Cómo te atreves a gritar semejantes indecencias? ¡Que alguien agarre a ese muchacho! -dijo Ignatius furioso, mientras George desaparecía calle abajo entre la multitud-. Que alguien tenga la decencia de coger a ese delincuente juvenil. Ese menor desvergonzado. Ya no hay respeto. ¡A ese rufián deberían azotarle hasta dejarle sin sentido!
 Una mujer del grupo que rodeaba la salchicha móvil, dijo:
 -Hay que ver. ¿De dónde sacarán a esos vendedores?
 -Borrachos  vagabundos. Son todos igual -le contestó alguien.
 -Un borracho, eso es lo que es. A todos los ha vuelto locos el vino. No deberían dejar a gente como ésta suelta por la calle.
 -¿Es mi paranoia que se ha desmandado por completo? -preguntó Ignatius al grupo-. ¿O están ustedes mongoloides, hablando realmente de mí?
 -Es mejor dejarle en paz -dijo alguien-. Fíjense qué ojos.
 -¿Qué les pasa a mis ojos? -preguntó Ignatius malévolamente.
 -Vámonos de aquí.
 -Sí, por favor -replicó Ignatius, con labios temblorosos y se preparó otro bocadillo para tranquilizar su alterado sistema nervioso. Con manos temblonas se llevó los treinta centímetros de plástico rojo y pasta a la boca, engulléndolo de cinco en cinco centímetros por vez. Aquella masticación activa masajeó su boca palpitante. Después de tragar el último milímetro de miga, se sintió ya mucho más tranquilo.
 Cogiendo de nuevo el carro, enfiló Calle Carondelet arriba, arrastrándose lentamente detrás de su vehículo. Fiel a su promesa de dar una vuelta a la manzana, giró de nuevo en la esquina siguiente y se detuvo junto a las gastadas paredes de granito del Gallier Hall a consumir dos salchichas más, antes de cubrir el último trecho de su recorrido. Cuando dobló la última esquina y vio de nuevo el letrero de Vendedores Paraíso, Inc. colgando en ángulo sobre la acera de la calle Poydras, inició un trote relativamente rápido, que le llevó a cruzar jadeando las puertas del garaje.
 -¡Socorro! -dijo y resopló penosamente, haciendo saltar la salchicha de lata por el escaloncillo bajo de cemento de la entrada.
 -¿Qué pasa, amigo? ¿No habíamos quedado que estaría una hora entera?
 -Somos los dos afortunados por el hecho de que haya podido regresar siquiera. Sepa que han atacado de nuevo.
 -¿Quién?
 -El sindicato del crimen. Dios sabe quiénes son. Mire mis manos -Ignatius plantó sus dos manazas delante de la cara del viejo-. Todo mi sistema nervioso está a punto de rebelarse contra mí por someterlo a este trauma. Si caigo de pronto en una crisis nerviosa no se extrañe.
 -¿Qué demonios pasó?
 -Un miembro del inmenso hampa juvenil me acorraló en la Calle Carondelet.
 -¿Le robó a usted? -preguntó nervioso el viejo.
 -Brutalmente. Me colocó en las sienes una pistola grande y oxidada. En realidad, me la aplicó directamente sobre un punto vital, impidiendo que la sangre me circulara por el lado izquierdo de la cabeza durante un buen rato.
 -¿En la Calle Carondelet a esta hora del día? ¿Y no intervino nadie?
 -Por supuesto que no. La gente alienta a los delincuentes en estos casos. Quizás experimente una especie de placer ante el espectáculo de un pobre y afanoso vendedor al que se humilla públicamente. Quizá quisiesen respetar el espíritu de iniciativa del muchacho.
 -¿Y qué aspecto tenía?
 -El de miles de jóvenes. Granos, tupé, adenoides, el equipaje adolescente estándar. Quizá tuviera alguna marca de nacimiento o una rodilla débil. La verdad es que no puedo acordarme. Cuando me incrustó la pistola en la cabeza, me desmayé por falta de riego en el cerebro y por el miedo. Mientras estaba allí tumbado en la acera, parece ser que saqueó el carro.
 -¿Cuánto dinero se llevó?
 -¿Dinero? No robó dinero. En realidad, no había dinero que robar pues no había conseguido vender ni uno de esos manjares siquiera. Robó las salchichas. En fin, al parecer no se las llevó todas. Cuando recobré el conocimiento, examiné el carro. Aún quedan una o dos, creo.
 -Nunca oí nada parecido.
 -Quizá tuviera mucha hambre. Quizás alguna deficiencia vitamínica de su organismo en desarrollo necesitase urgentemente una compensación. El deseo humano de alimento y de sexo es relativamente similar. Si hay violaciones a mano armada, ¿por qué no habría de haber robos de salchichas a mano armada? No veo nada insólito en el asunto.
 -Todo eso es un cuento.
 -¿Un cuento? El incidente es sociológicamente válido. La culpa la tiene nuestra sociedad. Los jóvenes, enloquecidos por sugestivos programas de televisión y publicaciones lascivas se han dedicado, al parecer, a asociarse con ciertas adolescentes más bien convencionales que se niegan a participar en sus imaginativos programas sexuales. Sus deseos físicos insatisfechos han de buscar, en consecuencia, una sublimación en la comida. Yo, por desgracia, fui la víctima de todo esto. Podemos dar gracias a Dios de que el muchacho haya recurrido a la comida como vía de desahogo. Si no, podría haberme violado allí mismo en plena calle.
 -Sólo ha dejado cuatro -dijo el viejo, atisbando en el pocillo de las salchichas-. El muy hijo de puta... y cómo habrá podido llevárselas todas...»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1986, en traducción de J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez. ISBN: 84-339-3014-1.]

lunes, 13 de abril de 2015

"La conjura de los necios".- John Kennedy Toole (1937-1969)


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V
 
 "Ignatius se acomodó en el taxi y le dio la dirección de la Calle Constantinopla. Del bolso del abrigo sacó una hoja de papel con membrete de Levy Pants y, tomando prestada la tablita sujetapapeles del taxista a modo de mesa, comenzó a escribir mientras el taxi se adentraba en el denso tráfico de la Avenida St. Claude.
 
 Estoy verdaderamente muy fatigado al final de mi primer día de trabajo. No quiero decir, sin embargo, que me sienta descorazonado o deprimido o derrotado. Me he enfrentado al sistema cara a cara por primera vez en mi vida, plenamente decidido a actuar dentro de su marco como observador y crítico de incógnito, como si dijésemos. Si hubiera más empresas como Levy Pants, estoy seguro de que las fuerzas laborales de Norteamérica se ajustarían mejor a sus tareas. Allí no se importuna en absoluto al trabajador que es claramente digno de confianza. El señor González, "mi jefe", aunque sea bastante cretino, resulta, sin embargo, bastante agradable. Parece que siempre está atemorizado, demasiado, desde luego, para criticar la tarea de cualquier trabajador. En realidad, es capaz de aceptar cualquier cosa y es, por tanto, atractivamente democrático, a su modo subnormal. Como ejemplo de esto, la señorita Trixie, nuestra Madre Tierra del mundo mercantil, incendió involuntariamente unos importantes pedidos cuando pretendía encender una estufa. El señor González fue muy tolerante con este error si tenemos en cuenta que la empresa recibe últimamente menos pedidos cada día, y que esos pedidos venían de Kansas City y significaban unos quinientos dólares (¡quinientos!) de nuestros productos. Hemos de recordar, sin embargo, que el señor González tiene órdenes de esa misteriosa millonaria, la supuestamente inteligente e ilustrada señora Levy, de tratar bien a la señorita Trixie y de procurar que se sienta activa y útil. Pero ha sido también muy cortés conmigo, permitiéndome hacer mi voluntad entre los archivos.
 Me propongo sonsacar dentro de poco a la señorita Trixie; sospecho que esta Medusa del capitalismo tiene muchas ideas valiosas y puede proporcionarme más de una observación básica.
 La única nota desagradable (y aquí me expresaré con vulgaridad para ajustarme más al carácter de la criatura de la que voy a ocuparme) fue Gloria, la mecanógrafa, una putilla descarada y sin seso. Con la cabeza llena de ideas erróneas y de juicios de valor abismales. Tras de que hiciese uno o dos comentarios descarados y no solicitados sobre mi persona y mi porte, llamé aparte al señor González y le dije que Gloria estaba pensando dejar el trabajo al final del día sin notificarlo. El señor González perdió el control y despidió de inmediato a Gloria, permitiéndose con ello un ejercicio de autoridad que, según pude apreciar, le complació extrañamente. En realidad, lo que me impulsó a hacer lo que hice fue el espantoso rumor de los tacones como estacas de los zapatos de esa chica. Otro día más soportando ese repiqueteo habría sellado mi válvula definitivamente. Además, toda aquella máscara de maquillaje y aquellos labios pintados y otras vulgaridades que prefiero no enumerar.
 Tengo muchos planes para mi departamento de archivos y he ocupado un escritorio (entre los varios que hay vacíos) junto a una ventana. Me siento allí con mi estufita puesta al máximo y así me paso toda la tarde, viendo los barcos que llegan de muchos puertos exóticos y que cruzan las frías y oscuras aguas del puerto. Los leves ronquidos de la señorita Trixie  y el furioso teclear del señor González proporcionaron esta tarde un agradable contrapunto a mis reflexiones.
 El señor Levy no apareció hoy; creo que, por lo que parece, visita el negocio muy poco, que está en realidad, tal como dice el señor González, "intentando venderlo lo antes posible". Quizá nosotros tres (pues lograré que el señor González despida a los otros trabajadores si se presentan mañana; demasiada gente en la oficina me distraería sin duda) podamos revitalizar el negocio y devolverle la fe al señor Levy el Joven. Tengo ya algunas ideas excelentes y sé que acabaré logrando que el señor Levy se decida a poner su corazón y su alma en la empresa.
 Por otra parte, he llegado a un acuerdo muy positivo con el señor González. Le convencí de que, puesto que le había ayudado a ahorrar el gasto del salario de Gloria, podría corresponder pagándome el viaje de ida y vuelta en taxi. El regateo que siguió fue un borrón en un día, por lo demás, agradable. Pero al fin impuse mi punto de vista explicando al señor González los peligros de mi válvula y de mi salud en general.
 Vemos, pues, que incluso cuando la rueda de la Fortuna nos hace girar hacia abajo, se para a veces un momento y nos vemos en un pequeño ciclo positivo dentro de ese ciclo negativo más amplio. El universo se basa, por supuesto, en el principio del círculo dentro del círculo. De momento, estoy en un círculo más interno. Son posibles también, claro está, círculos más pequeños dentro de este círculo."