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lunes, 19 de abril de 2021

Epístolas.- San Braulio de Zaragoza (c. 590 - 651)


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Epistolario

Epístola 5

  «A mi señor Frunimiano, presbítero y abad, Braulio, siervo indigno de los santos de Dios.
 Una pena en nada diferente me embarga a mí cuando sé de vuestra tristeza en medio de las tentaciones que se ciernen sobre vos, pero vuestra prudencia sabe qué hacer en tales circunstancias mejor de lo que pueda sugerir nuestro discurso. Conoces perfectamente, señor, la vida monástica: no carece de penalidades, ya que está tan intrínsecamente unida a la humildad y a las tristezas cotidianas que no hay, en toda su duración, mortificación que le sea ajena. Pero dispondrías mejor para el futuro si no pierdes, a cambio de tu tranquilidad, la recompensa alcanzada tras tanto tiempo, no sea que parezca que despilfarras tus méritos al querer aumentarlos. Grave es, en efecto, que desdeñes cuidar de tus hermanos, en concreto, que desprecies ponerte al mando del cariño de esos que te aman. Sobre lo que ha surgido te aconsejo y sugiero que, durante tu mandato, te comportes de modo que no haya revuelos y que no permitas que sea perturbada la tranquilidad conquistada en tan largo tiempo. Por eso conviene que en tu vida, de la que tendrás que dar cuentas ante Dios, no abandones el cuidado de los hermanos y no pongas al frente de ellos a quien no quieren, para evitar enfrentamientos, para tener en tus días paz y el fruto de tu sabiduría y tu trabajo. No pienses en qué sucederá después de ti, porque el Rector del universo gobernará aquella congregación según haya dispuesto.
 Te confieso, señor mío, que me deja no poco atónito que, en medio de la tribulación provocada por esos problemas tan graves que surgen a la mínima ocasión, desees abandonar tu labor de abad y prefieras pasar la vida en el silencio a permanecer en lo que se te ha encomendado. ¿Dónde estaría la santa perseverancia si faltase la paciencia? Pues acuérdate del Apóstol cuando dice que “la tribulación engendra la paciencia”, pero también aquello: “Todos los que aspiran a vivir en Cristo sufren persecución”, que no está solo en lo que se lleva a cabo en la confesión de la condición de cristiano en medio de hierro y fuego y tormentos de diversa índole, sino que en este tipo de persecución se incluyen también las diferencias en las costumbres y la obstinación de los desobedientes y los dardos de las malas lenguas y las tentaciones de todo tipo; pues no hay empresa sin  peligro.
  Mas ¿quién guía la nave en la corriente si el timonel se retira? ¿Quién guardará las ovejas de los lobos si el pastor no vigila? ¿Quién ahuyentará al ladrón si el reposo aparta al centinela de la atenta vigilancia? Se debe permanecer en la misión encomendada y en la labor emprendida; se debe hacer justicia y mostrar clemencia; deben odiarse los pecados, no a los hombres; que sean sostenidos los débiles, que sean corregidos los soberbios. Y si la desgracia se desencadena hasta más allá de lo soportable, no nos asustemos, como si tuviésemos que resistir con nuestras propias fuerzas, sino recemos con el Apóstol para que Dios disponga junto a la prueba, el que sea superada con éxito, para que podamos soportarla, ya que es Cristo nuestra fortaleza y sabiduría, sin Quien nada podemos y con Quien lo podemos todo.
 Mira que hablo demasiado cuando trato de responder a las preguntas. Pero, para decir algo más sobre esto que ya expuse antes, tú sabes perfectamente, señor, que nadie debe ser puesto al frente de personas que lo aceptan de mala gana, para que no sea despreciado ni odiado y se hagan menos religiosos sus subordinados, mientras dedican  todo su esfuerzo a la confrontación, ya que los que han de aceptar a quien no quieren no lo obedecen como deben y surgen problemas por la desobediencia y se pierden los buenos propósitos. Pero a vuestra prudencia le corresponde suavizar todo esto, proporcionarles la dulzura del cariño y fundar el futuro sobre la esperanza en Dios, para que Él disponga según Su voluntad, de modo que también vos podáis llevar una vida tranquila y aquellos puedan durante vuestro mandato servir a Dios con la mayor devoción. Pues no pueden guardar la obediencia si se les empuja al enfrentamiento y se produciría una desgracia lamentable si, al querer prever para el futuro, en el presente provocamos que se altere el precepto de la obediencia.
 Por otra parte, recibí todo lo que me enviaste, por todo di gracias y hasta este momento mismo no he cesado de darlas. Pero suplico a Cristo Dios que conserve y perfeccione en Su clemencia la vida y la grandeza de vuestra beatitud, para expiación de mis culpas e intercesión ante Dios, porque yo sé que respondo con desigual capacidad a tan grandes favores.
 Entre tanto pido que reces por mí, siervo tuyo, pues a nosotros tampoco nos faltan las tentaciones y nos afligen diversos males. Por eso te ruego que me sostengas con los recursos de tus oraciones, para que no tengas que lamentarte por mí cuando quede destrozado en un naufragio.
[…]

 Epístola 7

 A mi señora e hija queridísima en Cristo, Basila, Braulio, siervo indigno de los santos de Dios.
 Sacudido en medio de la tempestad de la horrible noticia me veo obligado a contestar a tu carta, como se me solicita; y mi ánimo se angustia pensando por dónde debo comenzar, si por exponerte mis penas o por proporcionarte consuelo, o si es apropiado comunicarte mi presente estado de salud, si es que se puede llamar salud a esta vida afligida por la tristeza. Pues he aquí que todos los días se van de la Iglesia los buenos y todos los días aumentan los malos y no nos duele menos la falta de aquellos que el éxito de estos. Y el Apóstol nos prohíbe llorar a nuestros muertos… pero ¿quién no llora cuando le falta el bien presente? Pues el propio Vaso de Elección se alegra de que Epafras le fuese devuelto de las proximidades de la muerte; del mismo modo que hubo en Él alegría en la restitución, tuvo que haber, sin ninguna duda, tristeza en la pérdida.
 Somos, pues, reconfortados en la esperanza, ya que no dudamos de que la vida de los fieles cambia para mejor y tenemos como nuestros intercesores más poderosos ante Dios a aquellos de los que aquí, en el momento presente, se nos priva, porque nos abandonan. Pero no sé cómo, a pesar de los mandamientos de la consolación y la esperanza de la resurrección, un sentimiento de nostalgia quebranta el espíritu, aunque este sea creyente… Mas, mientras no se encuentre otro puerto hacia el que huir, debemos abrazarnos a este con todas nuestras fuerzas, ya que no defrauda la esperanza en Aquel que justifica a los impíos y resucita a los muertos, porque creemos que también nosotros estaremos en la tierra de bienaventuranza con los que ya durmieron.
 Ciertamente, no es el que mejor consuela ese al que doblegan sus propios quejidos y al que las lágrimas o los sollozos privan de la palabra. Pues he aquí que a mí mismo, que estoy triste, cuando quiero consolarte a ti, que estás triste, me fluyen por la cara las lágrimas, y aun con el ánimo reconfortado, no puedo disimular que sufro…
Resultado de imagen de epistolas san braulio Pero, ¿qué hacer, al ser tras el pecado el único destino de nuestra condición mortal? Por un veredicto único son arrebatados el pío y el impío, el justo y el criminal, el bueno y el perverso, pero, tras este veredicto único, no se alojan en la misma morada el santo y el condenado. Soportemos por ello las amarguras de la vida presente, esperando pacientemente lo que en algún momento seremos y alegrémonos en el Señor con la esperanza en una vida feliz, rezando juntamente y suplicando que, propicio, acoja tanto a las personas queridas, que ya se marcharon, como a nosotros, que las seguiremos; y que al examinarnos no nos aplique la severidad del juicio, sino que la misericordia se imponga sobre el juicio, y que, con Su acostumbrada piedad, cuando a Él le plazca, se digne reunirnos en el reposo de Su morada.
 Animémonos con esta esperanza, sirvámosle con esta disposición y, viviendo en Él, tengamos entre nosotros el sentimiento del amor y el remedio del consuelo. A ti, por tu parte, señora mía, hija, hermana, te ruego con el mayor encarecimiento que no sólo a ti misma, sino a todos los que entristeció el fallecimiento de hombre tan excelente, consueles tan prudentemente que parezca que lo esperáis, no que lo habéis perdido; y no os doláis por carecer de tal sostén, sino alegraos por haberlo tenido.
 Por lo demás saludo a todos con igual cariño, por igual os ruego a todos que recéis por mí y que con templanza suavicéis la tristeza que ha sobrevenido. No desconozco cuán gran lamento os ha llevado esta desdichada noticia.
[…]

Epístola 12

 A mis señoras e hijas, Hoyón y Eutrocia, Braulio.
 A juzgar por lo que oigo, no tenéis ningún consuelo después de siete días. Ya deberíais haber depuesto el duelo, pues una gran piedad en lo de uno mismo es impiedad para con Dios. Actuáis en contra de la voluntad del Creador si rebasáis la medida del llanto. Nosotros ciertamente marchamos apresuradamente hacia Huñán; ahora bien, él no volverá a nos y, por ello, se le debe aguardar como si estuviese ausente, no renunciar a él como si estuviese muerto, para que parezca que lo esperamos, no que lo perdimos. Por ello, os lo ruego, no vaya a ser que suscitéis tal vez la ira de Dios contra vosotras, abandonad el duelo, aceptad el consuelo, para no caer en la desesperación. Pues ¿qué motivo encontráis en esto para llorar con particular obstinación lo que en general sucede a todos? Sobreponeos cuanto podáis, es más, más de lo que podáis, reprimid la debilidad de vuestra alma y las lágrimas que fluyen en abundancia, pues lo que no agrada a Cristo no debe tampoco agradar a los cristianos.
 Del mismo modo, nosotros hemos recordado ya su nombre en la ofrenda presentada ante el altar y encomendamos su alma a Dios omnipotente. Según he sabido, también vosotras lo habéis hecho. Lo hemos encomendado al Creador, Cristo Nuestro Señor, que lo creó y lo ha recibido de nuevo; de Su obra hizo lo que quiso. Pues ¿quién Le dirá: “¿Qué has hecho?” ¿O quién se opondrá a Su veredicto? ¿Acaso puede el barro preguntarle a su alfarero: “¿Por qué me hiciste así?” Porque Suyo es el poder de crearlo, cuando quiere, y, cuando quiere, de romperlo. Dios os creó racionales; recuperad la razón porque en nada podéis ayudarlo con vuestra aflicción, y tened cuidado, no siendo que, al irritarse con toda la razón Dios con los que actúan en contra de Su voluntad, también se enoje con Huñán.
 Queda una única cosa, que también vosotras recibáis consuelo y que ofrezcáis ante Dios una oración cotidiana por su descanso, pues también nosotros lo hacemos. Sólo esto está permitido; llorar por más tiempo, no. Por este motivo os suplico por el Señor que os consoléis y que os ocupéis más de estos que han permanecido aquí que de aquel al que ya no podéis socorrer.
 Así, que Dios omnipotente os lo conceda, para que no lo ofendáis y llevéis una vida tranquila en este mundo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 2015, en traducción de Ruth Miguel Franco, pp. 104-105, 108-109 y 118-119. ISBN: 978-84-460-3123-9.]      

jueves, 15 de abril de 2021

Epistolario (Libros I-X).- Plinio el Joven (61-112)


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9.-G. Plinio saluda a su querido Minicio Fundano


 «[1] Es extraño cómo, puestos a pensar en nuestra vida en Roma, si consideramos uno por uno los días que pasamos en ella, a todos les encontramos, o así nos los parece, su  razón de ser. Sin embargo, tomados todos ellos en su conjunto, ninguna razón acude a nuestra mente que justifique el empleo de nuestro tiempo. [2] En efecto, si preguntas a  uno: “¿Qué has hecho hoy?” Te responderá: “He asistido a una ceremonia de estreno de la toga viril, he sido invitado a la formalización de un noviazgo o a una boda; tal amigo me ha rogado que acudiese a su casa para firmar como testigo en su testamento, tal otro que lo asistiese como abogado en los tribunales, tal otro que lo aconsejase en tal asunto…” [3] Todo esto que te parece necesario el mismo día en que lo haces, si te paras a pensar que lo has estado haciendo un día tras otro, te resulta entonces absurdo,  y mucho más cuando te has retirado ya al campo. En ese momento, al pensar en ello, te asalta este pensamiento: “¡En qué ocupaciones tan necias he consumido todos estos días!”
 [4] Ésta es la sensación que yo tengo cuando en El Laurentino leo, escribo o me entrego a los cuidados que exige mi salud, pues de la fortaleza del cuerpo dependen los frutos del espíritu. [5] Nada de lo que oigo causa en mí pesar por haberlo oído, ni me pesa tampoco haber dicho nada de lo que he dicho. Nadie ataca a nadie en mi presencia con malvadas palabras, ni yo tengo que censurar a nadie por su comportamiento, a no ser a mí mismo, cuando no me satisface lo que escribo. Ninguna esperanza, ningún temor me inquietan. No me llegan rumores que me desasosieguen. Tan sólo hablo conmigo y con los volúmenes de mi biblioteca. [6] ¡Qué vida ésta tan sencilla y conforme a las leyes de la naturaleza! ¡Cómo es dulce este retiro! ¡Cómo es digno del hombre de bien y más hermoso que la mayoría de las empresas humanas! ¡Son ciertamente el mar y su ribera verdaderos mouseia* que nos hacen descubrir todo tipo de maravillas y nos inspiran multitud de pensamientos!
 [7] En consecuencia, así también tú, tan pronto como se te presente la primera ocasión, deja atrás el estrépito de Roma, abandona esa vida agitada, pero vacía, esas fatigas que a nada conducen, y entrégate al estudio, retirado en el campo. [8] En efecto, como tan sabia e ingeniosamente dijo nuestro querido Atilio, más vale llevar una vida retirada que no hacer nada de provecho. Cuídate.
[…]

 11.-G. Plinio saluda a su querido Calestrio Tirón

 [1] He sufrido una pérdida dolorosísima, si es que la palabra “pérdida” puede dar cuenta en toda su extensión de lo que significa la desaparición de tan gran varón. Ha muerto Corelio Rufo. Él mismo decidió poner fin a su vida, lo que exaspera mi dolor. De entre todas las muertes, la más digna de lamentar es a mis ojos aquella que ni la naturaleza ni el hado impusieron. [2] Pues mientras que en el caso de aquellos que víctimas de una enfermedad llegan al final de sus días, encontramos un gran consuelo en el pensamiento de que esa muerte era algo inevitable, en el caso de aquellos otros a los que se lleva una muerte que ellos mismos llamaron en su busca, nuestro dolor, por el contrario, no tiene límites cuando pensamos que pudieron haber vivido aún muchos años. [3] A Corelio, ciertamente, una razón de gran peso, que para los sabios puede tanto como la necesidad impuesta por la naturaleza, lo empujó a tomar esa decisión, y ello pese a que tenía muchos motivos para vivir: una conciencia intachable, una reputación excelente, un prestigio incomparable, y además de todo ello una hija, una esposa, un nieto, varias hermanas, prendas de su amor entre las que no faltaban verdaderos amigos. [4] Era atormentado, no obstante, por una enfermedad tan prolongada y tan dolorosa que finalmente todos estos motivos tan valiosos que lo instaban a vivir tuvieron que ceder ante las razones que lo empujaban a morir.
 A la edad de treinta y dos años, se lo oí decir con frecuencia a él mismo, fue atacado por la gota. Este mal, decía, le venía de su padre. Y es que, en efecto, a menudo las enfermedades, entre otras cosas, se transmiten de padres a hijos como si fuesen una parte más de la herencia. [5] Mientras gozó del vigor de la juventud, consiguió vencer y superar este mal por la frugalidad y moderación de su vida. Durante los últimos años, en los que su enfermedad se había agravado con la vejez, la soportaba por la sola fuerza de su espíritu, aunque padecía terribles dolores y penosísimos sufrimientos. [6] En efecto, en esa época su mal no afectaba sólo a sus pies, como antes, sino que se había extendido a todos sus miembros. Recuerdo una ocasión, en tiempos de Domiciano, en que lo visité en su casa de las afueras de Roma, donde yacía postrado. [7] Inmediatamente sus esclavos salieron de la habitación, dejándonos solos. Éstas eran sus órdenes, en efecto, siempre que acudían a verlo sus más íntimos amigos. Y hasta su esposa se retiraba en tal ocasión, aunque era una mujer absolutamente digna de que se le confiase cualquier secreto. [8] Recorrió la habitación con los ojos y, tras asegurarse de que estábamos solos, me dijo: “¿Por qué crees que soporto durante tanto tiempo ya estos dolores tan crueles? Pues para sobrevivir siquiera un solo día a ese malvado”. Y si le hubiese sido dado un cuerpo a la altura de su valor, con sus propias manos habría hecho realidad sus deseos.
 Pero los dioses escucharon su plegaria. Viendo cumplido, así, el principal propósito de su vida, considerando que no estaba ya sujeto a ninguna preocupación y que podía morir como un hombre libre, decidió romper los últimos lazos, numerosos, pero secundarios, que lo ligaban a esta vida. [9] Su enfermedad había empeorado de nuevo, por lo que intentó mitigarla con su acostumbrada templanza y su constancia consiguió que su persistente mal remitiese. Luego pasaron dos, tres, cuatro días y él se abstenía de probar alimento, Su esposa, Hispula, envió a verme a nuestro común amigo G. Geminio con la tristísima noticia de que Corelio había decidido dejarse morir y ni sus propios ruegos ni los de su hija habían logrado hacerle cambiar de opinión. Me decía que yo era su última esperanza, que sólo yo podía suscitar de nuevo en él el deseo de vivir. [10] Corrí a su lado. Me acercaba a su casa cuando Julio Ático, enviado también por Hispula, me hace saber que ni siquiera yo podría conseguir nada ya, que tan obstinadamente Corelio se había ido reafirmando más y más en su decisión. Había dicho, en efecto, al médico cuando éste intentaba que probase algo de alimento: “Kekrika”**. Esta palabra ha dejado una huella indeleble en mi espíritu, fruto tanto de la admiración que me ha hecho sentir por él como de la añoranza que, al recordarla, me causa su ausencia.
 [11] Pienso en el excelente amigo y en el excelente varón del que me veo privado. Tenía, ciertamente, sesenta y siete años cumplidos, una edad muy avanzada incluso para los más robustos. Lo sé. Se ha liberado de una larguísima enfermedad. Lo sé. Ha muerto sin haber sufrido la pérdida de ninguno de sus seres queridos, en un momento en que nuestra patria, que para él era lo más querido de todo, goza de una gran prosperidad. También esto lo sé. [12] Y sin embargo lo lamento como si se tratase de la muerte de un hombre joven y de gran vigor. Y aunque me consideres un hombre débil, lo lamento también por mí mismo, pues, al perderlo a él, he perdido a un testigo de mi propia vida, a quien en ella me servía de guía y de maestro. Te diré en resumen lo mismo que a mi querido amigo Calvisio al poco de conocer esta desdicha: “Temo cumplir con menos celo mis deberes a partir de ahora”. [13] Por todo ello, escríbeme para consolarme, pero no con frases del tipo “era una persona mayor, estaba enfermo”, todos estos razonamientos ya los conozco, sino con argumentos que sean nuevos y de gran eficacia, tales que yo nunca los haya oído antes, que nunca antes los haya leído. Y es que todos estos consuelos que alguna vez he oído o que he leído, ya acuden a mi mente por sí mismos, pero se ven superados por un dolor tan grande como es éste de ahora. Cuídate.
[…]

 14.-G. Plinio saluda a su querido Junio Máurico

Resultado de imagen de plinio el joven epistolario [1] Me ruegas que busque un marido adecuado para la hija de tu hermano, y es justo que sea a mí antes que a nadie a quien solicites este servicio. Sabes, en efecto, cuánto admiré y aprecié a ese excelente varón que fue tu hermano: sus consejos me acompañaron durante toda mi juventud y gracias a sus alabanzas llegué a parecer digno de se alabado. [2] Ningún servicio más noble ni que me resulte más agradable has podido solicitarme, ningún otro había que yo pudiese aceptar más honrosamente que el de escoger a un joven que sea digno de ser el padre de los nietos de Aruleno Rústico.
 [3] Habría sido necesario quizás buscarlo durante largo tiempo, si no existiese ya un candidato ideal, casi como si hubiese estado previsto de antemano, en la persona de Minicio Aciliano, con quien estoy unido por esos lazos de afecto tan íntimos como sólo pueden estar unidos dos jóvenes amigos (pues, en efecto, es tan sólo unos pocos años más joven que yo), pero que, al mismo tiempo, me respeta como a un anciano, pues desea ser formado e instruido por mí como yo lo fui en otro tiempo por ti y por tu hermano. [4] Es natural de Brixia, de esa parte de nuestra querida Italia que aún conserva mucho de esa antigua modestia, templanza y sencillez tradicionales del campesinado italiano y las mantiene vivas. [5] Su padre es Minicio Macrino, que ejerce la primacía dentro del estamento de los caballeros, y eso porque no ha tenido aspiraciones más altas. En efecto, cuando el divino Vespasiano  quiso nombrarlo senador y adjudicarle un rango equivalente al de los antiguos pretores, prefirió seguir viviendo como un ciudadano particular  rodeado de la estima general antes que participar no sé si decir de las intrigas o de los honores de la vida pública, mostrando así toda la firmeza de sus principios. [6] Su abuela materna es Serrana Prócula, del municipio de Patavium. Ya conoces la rigidez de las costumbres de esa región, pues, aún así, Serrana es un modelo de decoro incluso para sus paisanos. Igualmente su tío materno P. Acilio  es de una seriedad, una inteligencia y una lealtad prácticamente excepcionales. En definitiva, no encontrarás en toda su familia nada que no te agrade encontrar también en la tuya.
 [7] Y por lo que al propio Aciliano se refiere, es un hombre de una gran energía y muy trabajador, cualidades que acompaña, no obstante, de una gran modestia. Ha ejercido de la manera más honrosa la cuestura, el tribunado y la pretura, y así por sus propios méritos te ha evitado ya la necesidad de apoyar su candidatura a las magistraturas. [8] Su rostro es de una gran delicadeza y bajo él fluye en abundancia la sangre, lo que hace que tenga siempre muy buen color. En cuanto al resto de su cuerpo, su figura es tan hermosa como conviene a un hombre libre y hay en ella una cierta nobleza digna de un senador. Creo que todos estos atractivos no deben despreciarse en absoluto, pues han de ser ofrecidos como una especie de premio a la pureza de las jóvenes doncellas. [9] No sé si añadir que su padre posee grandes riquezas. En efecto, cuando considero que eres tú quien me ha rogado que le busque yerno, creo que debo dejar fuera de la discusión el aspecto económico; sin embargo, cuando pienso en las costumbres de nuestra sociedad y en las leyes de nuestra ciudad, que consideran que la fortuna personal debe ser valorada incluso como uno de los atributos más importantes del individuo, me parece que tampoco debo pasar por alto esta circunstancia. Y es que, en efecto, el que desea tener hijos, sobre todo si desea tener una familia numerosa, debe incluir también esta consideración a la hora de elegir el mejor partido. [10] Quizá pienses que me he dejado llevar por el amor que siento por este joven y que he defendido su candidatura por encima de lo que sus méritos lo permiten. No obstante, te doy mi palabra de que cuando lo conozcas, descubrirás que sus cualidades son mucho mayores de lo que mi descripción deja entrever. Siento, desde luego, una extraordinaria simpatía por este joven, tanta como se merece, pero ten en cuenta que precisamente, cuando queremos a una persona, procuramos no excedernos en nuestros elogios de modo que éstos no lleguen a resultar una carga para ella. Cuídate.»                

 *Esto es: “santuarios habitados por las Musas”.
 **Esto es: “Mi sentencia es irrevocable”.

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2007, en edición y traducción de José Carlos Martín, pp. 99-101, 104-107 y 110-112. ISBN: 978-84-376-2424-2.]
  

miércoles, 12 de junio de 2019

Poesía.- Fray Luis de León (1527-1591)


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I.-Vida retirada

«¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal rüido,
y sigue la escondida / senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Que no le enturbia el pecho / de los soberbios grandes el estado,
ni el dorado techo / se admira fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.
No cura si la fama / canta con voz su nombre pregonera,
ni cura ni encarama / la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.
¿Qué presta a mi contento / si soy del vano dedo señalado?
¿Si en busca deste viento / ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?
¡Oh monte, oh fuente, oh río, / oh secreto seguro deleitoso!
Roto casi el navío / a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Un no rompido sueño, / un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño / vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.
 Despiértenme las aves / con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves / de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas sin testigo, / libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
Del monte en la ladera / por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera / de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.
Y como codiciosa / por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa / una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.
Y luego sosegada, / el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada / de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.
El aire el huerto orea, / y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea / con un manso rüido,
que del oro y del cetro pone olvido.
Téngase su tesoro / los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro / de los que desconfían
cuando el Cierzo y el Abrego porfían.
La combatida antena / cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena / confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.
A mí una pobrecilla / mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla / de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable- / mente se están los otros abrasando
con ser insaciable / del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.
A la sombra tendido, / de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído / al dulce son acordado
del plectro sabiamente meneado.

XVI.-Contra un juez avaro

Aunque en ricos montones / levantes el cautivo inútil oro,
y aunque tus posesiones / mejores con ajeno daño y lloro,
y aunque cruel tirano / oprimas la verdad, y tu avaricia
vestida en nombre vano / convierta en compra y venta la justicia,
y aunque engañes los ojos / del mundo a quien adoras, no por tanto
no nacerán abrojos / agudos en tu alma, ni el espanto
no velará en tu lecho / ni huirás la cuita, la agonía,
el último despecho, / ni la esperanza buena en compañía
del gozo tus umbrales / penetrará jamás, ni la Meguera
con llamas infernales, / con serpentino azote la alta y fiera
y diestra mano armada, / saldrá de tu aposento sola un hora;
y ni tendrás clavada / la rueda, aunque más puedas, voladora
del tiempo hambriento y crudo / que viene con la muerte conjurado
a dejarte desnudo / del oro y cuanto tienes más amado;
y quedarás sumido / en males no finibles y en olvido.»

   [Los textos pertenecen a la edición en español de Editorial Ebro, 1979, en edición de J.M. Alda Tesán. ISBN: 84-7064-089-5.]