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lunes, 4 de noviembre de 2019

Gog.- Giovanni Papini (1881-1956)

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Visita a Lenin

«Los primeros minutos del coloquio fueron más bien penosos. Lenin se esforzaba en estudiarme, pero con aire distraído, como si cumpliese un deber que ahora ya no le importaba. Y yo, ante aquella máscara azafranada y cansada, no tenía valor para hacer las preguntas que me había propuesto. Murmuré al azar un cumplido sobre la gran obra realizada por él en Rusia. Y entonces aquella cara medio muerta se llenó de arrugas espectrales que querían ser una sonrisa sarcástica.
 -Pero si todo estaba hecho -exclamó Lenin con un brío inesperado y casi cruel-; todo estaba hecho antes de que llegásemos nosotros. Los extranjeros y los imbéciles suponen que aquí se ha creado algo nuevo. Error de burgueses ciegos. Los bolcheviques no han hecho más que adoptar, desarrollándolo, al régimen instaurado por los zares y que es el único adaptado al pueblo ruso. No se pueden gobernar cien millones de brutos sin el bastón, los espías, la Policía secreta, el terror, las horcas, los tribunales militares, las galerías y las torturas. Nosotros hemos cambiado únicamente la clase que fundaba su hegemonía sobre este sistema. Eran sesenta mil nobles y tal vez unos cuarenta mil grandes burócratas; en total, cien mil personas. Hoy se cuentan cerca de dos millones de proletarios y de comunistas. Es un progreso, un gran progreso, porque los privilegios son veinte veces más numerosos, pero el noventa y ocho por ciento de la población no ha ganado mucho en el cambio. Esté seguro de que no ha ganado nada, y es al mismo tiempo lo que se quiere, lo que se desea, aunque por otra parte era del todo inevitable.
 Y Lenin comenzó a reír en sordina como un comerciante que ha engatusado a alguien y contempla alegremente las espaldas del burlado que se va.
 -Entonces -murmuré-, ¿y Marx, y el progreso, y lo demás?
 Lenin me miró con aire de estupefacción.
 -A usted, que es un hombre potente y extranjero -añadió-, se lo podemos decir todo. Nadie lo creerá. Pero recuerde que Marx mismo nos ha enseñado el valor puramente instrumental y ficticio de las teorías. Dado el estado de Rusia y de Europa, me he tenido que servir de la ideología comunista para conseguir mi verdadero fin. En otros países y en otros tiempos hubiera elegido otra. Marx no era más que un burgués hebreo aferrado a las estadísticas inglesas y admirador secreto del industrialismo. Le faltaba el sentido de la barbarie y por esta razón era apenas una tercera parte de hombre. Un cerebro saturado de cerveza y de hegelianismo, en el que el amigo Engels esbozaba alguna idea genial. La Revolución Rusa es una completa negación de las profecías de Marx. Donde no había casi burguesía, allí ha vencido el comunismo.
 Los hombres, señor Gog, son salvajes espantosos que deben ser dominados por un salvaje sin escrúpulos, como yo. El resto es charlatanería, literatura, filosofía y músicas para uso de los tontos. Y como los salvajes son semejantes a los delincuentes, el principal ideal de todo Gobierno debe ser el de que el país se asemeje lo más posible a un establecimiento penal. La vieja mazmorra zarista es la última palabra de la sabiduría política. Bien meditado, la vida del presidiario es la más adaptada al promedio vulgar de los hombres. No siendo libres están, al fin, exentos de los peligros y de las molestias de la responsabilidad y se hallan en condiciones de no poder realizar el mal. Apenas un hombre entra en la prisión, debe, por la fuerza, llevar la vida de un inocente. Además, no tiene pensamientos ni preocupaciones, pues ya están aquí los que piensan y mandan por él: trabaja con el cuerpo, pero su espíritu descansa. Y sabe que todos los días tendrá que comer y podrá dormir, aunque no trabaje, aunque esté enfermo, y todo esto sin las preocupaciones que incumben al libre para procurarse su pan cada mañana y un lecho cada noche. Mi sueño es transformar a Rusia en un inmenso establecimiento penal y no se imagine que lo diga por egoísmo, pues con un tal sistema, los más esclavos y más sacrificados son los jefes y los que los secundan.
 Lenin calló un momento y se puso a contemplar un diseño que tenía ante sí. Representaba, según me pareció, un palacio alto como una torre, agujereado por innumerables ventanas redondas. Me atreví a formular una de mis preguntas:
 -¿Y los campesinos?
 -Odio a los campesinos -respondió Vladimiro Ilitch con un gesto de asco-, odio al mujik idealizado por aquel reblandecido occidental llamado Turguenev y por aquel hipócrita fauno convertido que se llama Tolstoi. Los campesinos representan todo lo que detesto: al pasado, la fe, la herejía y la manía religiosa, el trabajo manual. Los tolero y los acaricio, pero los odio. Quisiera verlos desaparecer todos, hasta el último. Un electricista vale, para mí, por cien campesinos.
 Se llegará, según espero, a vivir con los alimentos producidos en pocos minutos por las máquinas en nuestras fábricas químicas, y podremos al fin hacer la matanza de todos los labriegos inútiles. La vida en la naturaleza es una vergüenza prehistórica.
 Tenga usted en cuenta que el bolcheviquismo representa una triple guerra: la de los bárbaros científicos contra los intelectuales podridos, del Oriente contra el Occidente y de la ciudad contra el campo. Y en esta guerra no dudaremos en la elección de las armas. El individuo es algo que debe ser suprimido. Es una invención de aquellos gandules griegos o de aquellos fantásticos germanos. Quien resista será estirpado como una pústula maligna. La sangre es el mejor abono ofrecido a la Naturaleza.
 No crea que yo sea cruel. Todos estos fusilamientos y todas esas horcas que se levantan por mi orden me disgustan. Odio a las víctimas, sobre todo porque me obligan a matarlas. Pero no puedo hacer otra cosa. Me vanaglorio de ser el director de una penitenciaría modelo, de un presidio pacífico y bien organizado. Pero aquí se hallan, como en todas las prisiones, los rebeldes, los inquietos, aquéllos que tienen la estúpida nostalgia de las viejas ideologías y de las mitologías homicidas. Todos esos son suprimidos. No puedo permitir que algunos millares de enfermos comprometan la felicidad futura de millones de hombres. Además al fin y  al cabo, las antiguas sangrías no eran una mala cura para los cuerpos. Hay una cierta voluptuosidad en sentirse amo de la vida y de la muerte. Desde que el viejo Dios ha muerto -no sé si en Francia o en Alemania-, ciertas satisfacciones han sido acaparadas por el hombre. Yo soy, si quiere, un semidiós local, acampado entre Asia y Europa, y por tanto me puedo permitir algún pequeño capricho. Son gustos de los que después de la decadencia de los paganos se había perdido el secreto. Los sacrificios humanos tenían algo bueno: eran un símbolo profundo, una alta enseñanza, una fiesta saludable. Y yo, en vez de los himnos de los fieles, siento llegar hasta mí los alaridos de los prisioneros y de los moribundos y le aseguro que no cambiaría con la Novena Sinfonía de Beethoven esa sinfonía, canto anunciador de la beatitud próxima.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés Editores, 1961, en traducción de Mario Verdaguer. Depósito legal: B.883-1961.]

miércoles, 20 de marzo de 2019

Avicena o la ruta de Isfahán.- Gilbert Sinoué (1947)


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Vigesimosegunda maqama

«Gazna, 1019
 Queridísimo hijo de Sina, te saludo.
 Hace mucho tiempo que no me has escrito y que no recibo noticias tuyas. Nuestras misivas se han extraviado, cruzado y extraviado de nuevo. Te creía en Raiy, estabas en Qazvin, te escribí a Qazvin, estabas en Hamadhan y eras, además, visir. Por mi parte, he vivido más en la India que en la corte del Gaznawí. Hoy se reinicia nuestro diálogo y me hace feliz que el Altísimo, en su gran bondad, nos haya permitido encontrarnos de nuevo.
 Tengo ante los ojos el Canon concluido. Te lo agradezco, es un monumento. Y te agradezco también la copia de alguna de tus obras que has tenido la bondad de hacerme llegar. Devoré tu Esencial de filosofía y tu Compendio de la pulsación me ha fascinado. Cuando pienso en nuestra discusión en la morada de tu padre y recuerdo tus escrúpulos en querer lanzarte a la escritura, no puedo evitar una sonrisa. He sentido también gran interés por tu compendio de astronomía. A este respecto, tal vez te interese saber que, a petición del rey, he comenzado a construir un instrumento al que he llamado -tradición obliga- Yamin el-Dawla*. Me permitirá medir con gran precisión la latitud de Gazna. A decir verdad, no es la primera vez que intento este tipo de experiencia. Hace dos años, cuando estaba en Kabul, sin instrumentos, bastante deprimido, lo confieso, y en miserables condiciones, conseguí fabricar un cuadrante improvisado trazando un arco graduado  en el dorso de una tabla de cálculo y utilizando una plomada. Sobre la base de los resultados obtenidos, que te comunicaré si lo deseas, conseguí elaborar con precisión la latitud de la localidad. Pienso, además, establecer progresivamente una tabla de las longitudes y latitudes de las ciudades y regiones más importantes del mundo islámico**.
 Refiriéndome también a la astronomía, llamo tu atención sobre la obra del gran astrónomo indio Brahmagupta, y sobre los cuadernos de Tabahafara. Lo que en ellos se aprende no carece de interés.
 Algunos sabios hindúes sostienen que la Tierra se desplaza y los cielos están fijos. Otros niegan este aserto alegando que, si así fuera, las rocas y los árboles caerían de la Tierra. Brahmagupta no es de esta opinión y afirma que la teoría no implica semejante consecuencia, aparentemente porque piensa que todas las cosas pesadas son atraídas por el centro de la Tierra. Por mi parte, estimo que los más eminentes astrónomos, tanto los antiguos como los modernos, han estudiado asiduamente la cuestión del movimiento de la Tierra y han intentado negarlo. Así, compuse hace seis meses una obra sobre el tema a la que llamé: Las claves de la astronomía. Con toda modestia, pienso haber llegado más lejos que quienes nos precedieron, si no en la expresión, sí al menos en el examen de todos los datos del tema.
 Pero creo que lo que despertará, sobre todo, tu interés es la noticia que voy a darte: he conseguido establecer la circunferencia de la Tierra.
 He aquí los hechos. Hace dos años, me hallaba en el fuerte de Nandana***. Comencé midiendo la altitud de un monte vecino que se perfilaba por detrás del fuerte; determiné luego, a partir de esta montaña, la inclinación del horizonte visible. El resultado: 6.338,80 kms. para el radio terrestre****.
 Por otra parte, durante mis desplazamientos a la India, me interesé mucho por los eclipses y por el modo de medir las partes iluminadas de la Luna. Me empeñé en hacer una clasificación de los cuerpos celestes según su tamaño (de hecho según su luminosidad). Y clasifiqué mil veintinueve estrellas.
 En un campo muy distinto, cuento con profundizar mi observación de las capas estratificadas de las rocas, pues estoy cada vez más convencido de que todos los cambios se produjeron hace mucho, mucho tiempo, en condiciones de frío y calor que ahora desconocemos.
 Pero debo dejar de hablar continuamente de mis proyectos o mis realizaciones. Podría parecerte pretencioso. Acabaré pues esta carta limitándome a comunicarte las últimas noticias de la región. Tal vez lo ignores, pero el sultán Ibn Ma'mun y su esposa (que, me permito recordártelo, era la hermana del rey de Gazna) perecieron en una revuelta de palacio. Mahmud se apresuró a vengar la muerte marchando sobre Jwarizm. Sofocó la rebelión y designó como sucesor de Ibn Ma'mun a uno de los oficiales de su séquito. Hoy por hoy, el reino de Gaznawí está en el punto álgido de su expansión.
 En lo referente a mis relaciones con el soberano, no te sorprenderé demasiado si te confío que no son demasiado armoniosas. Es, indiscutiblemente, un tirano sanguinario, sediento de poder. Sospecho que sueña en un gran imperio comparable al del gran Iskandar. Ciertamente te preguntas las razones que me impulsan a permanecer en su corte. Se resumen en pocas palabras: mi pasión por la India.»
 
*La mano derecha del Estado. Era uno de los títulos que el califa de Bagdad había otorgado a Mahmud. El instrumento monumental que el-Biruni construyó se designaba, según la costumbre, con el nombre del protector real. (N. del T.)
**El-Biruni estableció, en efecto, esa tabla que contenía más de seiscientos puntos y permitió determinar científicamente la dirección de La Meca. (N. del T.)
*** El fuerte de Nandana, del que quedan ciertos vestigios, se levantaba en una región de pequeños valles a un centenar de kilómetros al sur de Islamabad, actual capital de Pakistán. (N. del T.) 
****Sus resultados (que se citan en kilómetros para mayor claridad) son de sorprendente exactitud. Comparados con las cifras actuales: 6.370,98 kms ó 6.353,41 kms. en la latitud de Nandana, representan sólo una diferencia de 17,57 kms. (N. del T.)
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 2006, en traducción de Manuel Serrat Crespo. ISBN: 84-96581-45-4.]