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miércoles, 20 de abril de 2022

Raza y cultura.- Claude Lévi-Strauss (1908-2009)


Claude Lévi-Strauss | Planeta de Libros
Raza e historia.

El etnocentrismo

 «Y, sin embargo, parece que la diversidad de culturas se presenta raramente ante los hombres tal y como es: un fenómeno natural, resultante de los contactos directos o indirectos entre las sociedades. Los hombres han visto en ello una especie de monstruosidad o de escándalo más que otra cosa. En estas materias, el progreso del conocimiento no ha consistido tanto en disipar esta ilusión en beneficio de una visión más exacta, como en aceptar o en encontrar el medio de resignarse a ella.
 La actitud más antigua y que reposa sin duda sobre fundamentos psicológicos sólidos, puesto que tiende a reaparecer en cada uno de nosotros cuando nos encontramos en una situación inesperada, consiste en repudiar pura y simplemente las formas culturales: las morales, religiosas, sociales y estéticas, que estén más alejadas de aquellas con las que nos identificamos.
 “Costumbres salvajes”, “eso no ocurre en nuestro país”, “no debería permitirse eso”, etc., y tantas reacciones groseras que traducen ese mismo escalofrío, esa misma repulsión en presencia de maneras de vivir, de creer, o de pensar que nos son extrañas. De esta manera confundía la Antigüedad todo lo que no participaba de la cultura griega (después greco-romana), con el mismo nombre de bárbaro. La civilización occidental ha utilizado después el término salvaje en el mismo sentido. Ahora bien, detrás de esos epítetos se disimula un mismo juicio: es posible que la palabra salvaje se refiera etimológicamente a la confusión e inarticulación del canto de los pájaros, opuestas al valor significante del lenguaje humano. Y salvaje, que quiere decir “del bosque”, evoca también un género de vida animal, por oposición a la cultura humana. En ambos casos rechazamos admitir el mismo hecho de la diversidad cultural; preferimos expulsar de la cultura, a la naturaleza, todo lo que no se conforma a la norma según la cual vivimos.
 Este punto de vista ingenuo, aunque profundamente anclado en la mayoría de los hombres, no es necesario discutirlo porque este capítulo constituye precisamente su refutación. Bastará con comentar aquí que entraña una paradoja bastante significativa. Esta actitud de pensamiento, en nombre de la cual excluimos a los “salvajes” (o a todos aquellos que hayamos decidido considerarlos como tales) de la humanidad, es justamente la actitud más marcante y la más distintiva de los salvajes mismos. En efecto, se sabe que la noción de humanidad que engloba sin distinción de raza o de civilización, todas las formas de la especie humana, es de aparición muy tardía y de expansión limitada. Incluso allí donde parece haber alcanzado su más alto desarrollo, no hay en absoluto certeza —la historia reciente lo prueba— de que esté establecida al amparo de equívocos o regresiones. Es más, debido a amplias fracciones de la especie humana y durante decenas de milenios, esta noción parece estar totalmente ausente. La humanidad cesa en las fronteras de la tribu, del grupo lingüístico, a veces hasta del pueblo, y hasta tal punto, que se designan con nombres que significan los “hombres” a un gran número de poblaciones dichas primitivas (o a veces —nosotros diríamos con más discreción — los “buenos”, los “excelentes”, los “completos”), implicando así que las otras tribus, grupos o pueblos no participan de las virtudes —o hasta de la naturaleza— humanas, sino que están a lo sumo compuestas de “maldad”, de “mezquindad”, que son “monos de tierra” o “huevos de piojo”. A menudo se llega a privar al extranjero de ese último grado de realidad, convirtiéndolo en un “fantasma” o en una “aparición”. Así se producen situaciones curiosas en las que dos interlocutores se dan cruelmente la réplica. En las Grandes Antillas, algunos años después del descubrimiento de América, mientras que los españoles enviaban comisiones de investigación para averiguar si los indígenas poseían alma o no, estos últimos se empleaban en sumergir a los prisioneros blancos con el fin de comprobar por medio de una prolongada vigilancia, si sus cadáveres estaban sujetos a la putrefacción o no.
 Esta anécdota, a la vez peregrina y trágica, ilustra bien la paradoja del relativismo cultural (que nos volveremos a encontrar bajo otras formas): en la misma medida en que pretendemos establecer una discriminación entre culturas y costumbres, nos identificamos más con aquellas que intentamos negar. Al rechazar de la humanidad a aquellos que aparecen como los más “salvajes” o “bárbaros” de sus representantes, no hacemos más que imitar una de sus costumbres típicas. El bárbaro, en primer lugar, es el hombre que cree en la barbarie.
 Sin lugar a dudas, los grandes sistemas filosóficos y religiosos de la humanidad —ya se trate del Budismo, del Cristianismo o del Islam; de las doctrinas estoica, kantiana o marxista— se han rebelado constantemente contra esta aberración. Pero la simple proclamación de igualdad natural entre todos los hombres y la fraternidad que debe unirlos sin distinción de razas o culturas, tiene algo de decepcionante para el espíritu, porque olvida una diversidad evidente, que se impone a la observación y de la que no basta con decir que no afecta al fondo del problema para que nos autorice teórica y prácticamente a hacer como si no existiera. Así, el preámbulo a la segunda declaración de la Unesco sobre el problema de las razas comenta juiciosamente que lo que convence al hombre de la calle de que las razas existan, es la “evidencia inmediata de sus sentidos cuando percibe juntos a un africano, un europeo, un asiático y un indio americano”.
 Las grandes declaraciones de los derechos del hombre tienen también esta fuerza y esta debilidad de enunciar el ideal, demasiado olvidado a menudo, del hecho de que el hombre no realiza su naturaleza en una humanidad abstracta, sino dentro de culturas tradicionales donde los cambios más revolucionarios dejan subsistir aspectos enteros, explicándose en función de una situación estrictamente definida en el tiempo y en el espacio. Situados entre la doble tentación de condenar las experiencias con que tropieza afectivamente y la de negar las diferencias que no comprende intelectualmente, el hombre moderno se ha entregado a cientos de especulaciones filosóficas y sociológicas para establecer compromisos vanos entre estos dos polos contradictorios, y percatarse de la diversidad de culturas, cuando busca suprimir lo que ésta conserva de chocante y escandaloso para él.
Claude lévi-strauss - raza y cultura, editorial - Vendido en Venta ... No obstante, por muy diferentes y a veces extrañas que puedan ser, todas estas especulaciones se reúnen de hecho, en una sola fórmula que el término falso evolucionismo es sin duda el más apto para caracterizar. ¿En qué consiste? Exactamente, se trata de una tentativa de suprimir la diversidad de culturas resistiéndose a reconocerla plenamente. Porque si consideramos los diferentes estados donde se encuentran las sociedades humanas, las antiguas y las lejanas, como estadios o etapas de un desarrollo único, que partiendo de un mismo punto, debe hacerlas converger hacia el mismo objetivo, vemos con claridad que la diversidad no es más que aparente. La humanidad se vuelve una e idéntica a ella misma; únicamente que esta unidad y esta identidad no pueden realizarse más que progresivamente, y la variedad de culturas ilustra los momentos de un proceso que disimula una realidad más profunda o que retarda la manifestación.
 Esta definición puede parecer sumaria cuando recordamos las inmensas conquistas del darwinismo. Pero esta no es la cuestión porque el evolucionismo biológico y el pseudo-evolucionismo que aquí hemos visto, son dos doctrinas muy diferentes. La primera nace como una vasta hipótesis de trabajo, fundada en observaciones, cuya parte dejada a la interpretación es muy pequeña. De este modo, los diferentes tipos constitutivos de la genealogía del caballo pueden ordenarse en una serie evolutiva por dos razones: la primera es que hace falta un caballo para engendrar a un caballo y la segunda es que las capas del terreno superpuestas, por lo tanto históricamente cada vez más antiguas, contienen esqueletos que varían de manera gradual desde la forma más reciente hasta la más arcaica. Parece ser entonces altamente probable que Hipparion sea el ancestro real de Equus Caballus. El mismo razonamiento se aplica sin duda a la especie humana y a sus razas. Pero cuando pasamos de los hechos biológicos a los hechos de la cultura, las cosas se complican singularmente. Podemos reunir en el suelo objetos materiales y constatar que, según la profundidad de las capas geológicas, la forma o la técnica de fabricación de cierto tipo de objetos varía progresivamente. Y sin embargo, un hacha no da lugar físicamente a un hacha, como ocurre con los animales. Decir en este último caso, que un hacha evoluciona a partir de otra, constituye entonces una fórmula metafórica y aproximativa, desprovista del rigor científico que se concede a la expresión similar aplicada a los fenómenos biológicos. Lo que es cierto de los objetos materiales cuya presencia física está testificada en el suelo por épocas determinables, lo es todavía más para las instituciones, las creencias y los gustos, cuyo pasado nos es generalmente desconocido. La noción de evolución biológica corresponde a una hipótesis dotada de uno de los más altos coeficientes de probabilidad que pueden encontrarse en el ámbito de las ciencias naturales, mientras que la noción de evolución social o cultural no aporta, más que a lo sumo, un procedimiento seductor aunque peligrosamente cómodo de presentación de los hechos.
 Además, la diferencia, olvidada con demasiada frecuencia, entre el verdadero y el falso evolucionismo se explica por sus fechas de aparición respectivas. No hay duda de que el evolucionismo sociológico debía recibir un impulso vigoroso por parte del evolucionismo biológico, pero éste le precede en los hechos. Sin remontarse a las antiguas concepciones retomadas por Pascal, que asemeja la humanidad a un ser vivo pasando por los estados sucesivos de la infancia, la adolescencia y la madurez, en el siglo XVIII se ven florecer los esquemas fundamentales que serán seguidamente, el objeto de tantas manipulaciones: los “espirales” de Vico, sus “tres edades” anunciando los “tres estados” de Comte y la “escalera” de Condorcet. Los dos fundadores del evolucionismo social, Spencer y Tylor, elaboran y publican su doctrina antes de El Origen de las Especies, o sin haber leído esta obra. Anterior al evolucionismo biológico, teoría científica, el evolucionismo social no es, sino muy frecuentemente, más que el maquillaje falseadamente científico de un viejo problema filosófico, del que no es en absoluto cierto que la observación y la inducción puedan proporcionar la clave un día.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1999, en traducción de Sofía Bengoa. ISBN:  84-48712-70-6.]

lunes, 27 de septiembre de 2021

El día antes de la revolución.- Úrsula K. Le Guin (1929-2018)


Resultado de imagen de ursula le guin  «Mi novela Los desposeídos trata de un pequeño mundo poblado por personas que se llaman a sí mismas odonianos. El nombre proviene de la fundadora de su sociedad, Odo, que vivió varias generaciones antes del momento en el que se desarrolla la novela y que, por tanto, no forma parte de la acción –excepto de forma implícita, puesto que todo comenzó con ella-.
 El odonianismo es el anarquismo. No aquello de las bombas en los bolsillos, que es terrorismo, independientemente del nombre con el que trate de dignificarse; tampoco el darwinismo social del “libertarismo” económico de la extrema derecha; sino el anarquismo tal y como aparece prefigurado en la filosofía taoísta temprana y lo exponen Shelley y Kropotkin, Goldman y Goodman. El blanco principal del anarquismo es el Estado autoritario (capitalista o socialista); su objetivo práctico-moral principal es la cooperación (solidaridad, asistencia mutua). Es la más idealista, y para mí la más interesante, de todas las teorías políticas.
 Plasmarlo en una novela, algo que no se había realizado con antelación, resultó ser un trabajo extenuante y prolongado que me absorbió por completo durante muchos meses. Una vez concluido, me sentí perdida, exiliada: una persona desplazada. Agradecí sumamente, por tanto, cuando Odo apareció de entre las sombras y atravesó el abismo de lo probable pidiendo un relato, no sobre el mundo que construyó, sino sobre sí misma.
 Esta historia trata de una de aquellas personas que se marcharon de Omelas*.
[…]
 Por supuesto que no lo había olvidado. Entre marido y mujer esto no hay ni que decirlo. Ahí estaban otra vez sus feos pies de vieja en el suelo, igual que antes. No había hecho nada en absoluto, había trazado un círculo. Se levantó con un gruñido de esfuerzo y desaprobación y se dirigió al armario para coger la bata.
 Los jóvenes iban por los pasillos de la Casa con la más adecuada impudicia; no obstante, ella era demasiado vieja para eso. No quería que su cuerpo amargara el desayuno de algún jovenzuelo. Además, ellos habían crecido con el principio de la libertad de atuendo y de sexo y de todo lo demás, pero ella no. Lo único que ella había hecho había sido inventarlo. Y no es lo mismo.
 Igual que hablar de Asieo como mi marido. Se les contraía el rostro. La palabra que ella debía utilizar como buena odoniana era, por supuesto, compañero. Aunque, ¿por qué demonios tenía ella que ser una buena odoniana?
 Avanzó arrastrando los pies hasta los baños. Allí se encontró con Mairo, que se lavaba el pelo en una pila. Laia miró con admiración aquella melena larga, lustrosa y mojada. Salía tan pocas veces ya de la Casa que ni siquiera recordaba cuándo había visto un cráneo decentemente afeitado, pero, aun así, ver una cabeza totalmente poblada de pelo le resultaba placentero, un enérgico placer. ¿Cuántas veces la habían insultado –“¡Melenuda, melenuda!”- y la habían agarrado por los pelos los policías o los macarras? ¿Cuántas veces le había afeitado la cabeza al cero un soldado sonriente en cada nueva prisión? Y luego había vuelto a crecer de nuevo: una pelusilla, ricitos diminutos, tirabuzones, melena… En los viejos tiempos. Por el amor de Dios ¿es que no iba a ser capaz de pensar en nada más que en los viejos tiempos?
 Vestida, una vez hecha la cama, bajó al comedor. Era un buen desayuno, pero no había logrado recuperar el apetito desde aquel maldito derrame. Se bebió dos tazas de infusión de hierbas. Fue incapaz de acabarse la pieza de fruta que había cogido. Con lo que le gustaba la fruta de niña, tanto como para robarla, y en el Fuerte… ¡Ay, por el amor de Dios déjalo ya! Sonrió y respondió a los saludos y el interés amistoso de los demás comensales y del gran Aevi, que atendía el mostrador del comedor aquella mañana. Había sido él quien la había tentado con el melocotón: “Mira esto, te lo tenía guardado”. ¿Cómo iba a rechazarlo? Además a ella siempre le había encantado la fruta, nunca tenía bastante; una vez cuando tenía seis o siete años, había robado una pieza del carro de un vendedor en la calle del Río. Aunque, claro, era difícil comer cuando todo el mundo hablaba tan emocionado. Había noticias de Thu, noticias de verdad. Al principio no quiso concederles importancia, recelaba del entusiasmo, pero después de haber repasado el artículo del periódico, tras leer entre líneas, con una extraña suerte de certeza, profunda y sin embargo fría, desapasionada, pensó: “Vaya, aquí está. Ha llegado. Y en Thu, no aquí. Thu se desmembrará antes que este país; la Revolución se impondrá primero allí. ¡Como si eso importara! No habrá más naciones”. Aunque, de hecho, sí importaba en cierto modo, la hizo sentirse un tanto fría y triste –envidiosa, de hecho-. ¡De toda la infinidad de estupideces posibles, la envidia! No participó mucho en las conversaciones y, sintiendo pena por sí misma, pronto se levantó para volver a su habitación. No podía compartir el entusiasmo de los demás. Estaba fuera de todo aquello, realmente fuera. No es fácil, se decía, intentando justificarse, mientras ascendía trabajosamente las escaleras, aceptar que una está fuera de todo esto cuando ha estado dentro, en el mismo centro, durante cincuenta años. Ay, por el amor de Dios, ¡serás quejica!
Resultado de imagen de ursula le guin el dia antes de la revolucion Dejó atrás las escaleras y la autocompasión al entrar en la habitación. Era un buen dormitorio y era bueno estar sola. Un gran alivio. Incluso si no era del todo justo. Algunos de los chavales de los áticos vivían de cinco en cinco en habitaciones que no eran más grandes que la suya. Siempre había más gente que quería vivir en una Casa Odoniana de la que podía ser debidamente alojada. Tenía esta habitación grande para ella sola únicamente por ser una anciana que había sufrido una apoplejía. Y quizá por ser Odo. Si no hubiera sido Odo, sino sencillamente la anciana del derrame, ¿tendría ese dormitorio? Muy posiblemente. Después de todo, ¿quién demonios querría compartir habitación con una vieja que babea? Aunque era difícil estar segura. El favoritismo, el elitismo y el culto al líder se colaban sigilosos y afloraban en cualquier parte. Sin embargo, ella nunca había esperado verlos erradicados en vida, en una generación. Sólo el tiempo opera los grandes cambios. Mientras tanto, aquella era una habitación agradable, amplia y soleada, adecuada para una vieja babosa que había iniciado una revolución mundial.
 Su secretario llegaría en una hora para ayudarla a despachar el trabajo del día. Se tambaleó hasta su escritorio, un mueble hermoso y grande, regalo del Gremio de Carpinteros de Nio después de que alguien la hubiera oído comentar en una ocasión que el único mueble que realmente había deseado alguna vez era un escritorio con cajones y suficiente espacio en la superficie… ¡Caray!, la mesa estaba prácticamente cubierta de papeles con notas pegadas, casi todas con la pequeña y clara caligrafía de Noi: “Urgente”, “Provincias del Norte”, “¿Consultar con R.T.?”
 Su propia caligrafía no había vuelto a ser la misma desde la muerte de Asieo. Cuando se paraba a reflexionar en ello le resultaba extraño. Después de todo, en los cinco años que siguieron a su fallecimiento ella había escrito La Analogía completa. Y estaban aquellas cartas, las que el guardia alto, el de los ojos llorosos y grandes, ¿cómo se llamaba?, da igual, la cartas que el guardia aquel había sacado para ella a escondidas del Fuerte durante dos años. Las Cartas de la Prisión, las llamaban ahora, había una decena de ediciones distintas. Y todo aquello, las cartas, de las que la gente seguía diciéndole que estaban llenas de fortaleza espiritual (lo que posiblemente significaba que se había mentido a sí misma como a una loca mientras las escribía intentando conservar el ánimo), y La Analogía, que sin duda era el trabajo intelectual más sólido que jamás había producido, todo aquello lo había escrito en el Fuerte de Drio, en la celda, tras la muerte de Asieo. Había que mantenerse ocupada con algo, y en el Fuerte la dejaban a una tener papel y bolígrafos… No obstante, todo había sido con los precipitados garabatos de una mano que nunca sintió propia, aquélla no era su caligrafía, no eran como esas líneas redondeadas y negras del manuscrito de Sociedad sin Gobierno, que tenía ya cuarenta y cinco años. Taviri no sólo se había llevado el deseo de su cuerpo y de su corazón a la fosa de cal viva, sino también su caligrafía limpia y clara.
 Pero Taviri le había dejado la Revolución.
 La gente solía decirle: “Qué valiente fuiste, seguir trabajando, escribiendo, en la prisión, tras una derrota como aquélla para el Movimiento, tras la muerte de tu compañero…”
 Malditos imbéciles. ¿Y qué otra cosa se podía hacer? Valentía, coraje… ¿qué era el coraje? Nunca había conseguido explicárselo.»           

*Omelas es una ciudad ficticia construida por Le Guin en su celebrado relato “Los que se marcharon de Omelas”, en el que la autora analiza la felicidad de una sociedad basada en la existencia de un chivo expiatorio. [N. del T.]

    [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2018, en traducción de Enrique Maldonado, pp. 13-14 y 22-32. ISBN: 978-84-17281-84-7.]