viernes, 7 de abril de 2017

"Aforismos del solitario".- José Camón Aznar (1898-1979)


Resultado de imagen de jose camon aznar  
«-Diferencia principal entre el teatro y la vida: que en la vida nunca cae el telón.
 
 -¿Y por qué en lugar de hablar de la música de las esferas no hablamos de su pavoroso silencio? Es éste el terrible descubrimiento de la física moderna. [...]
 
 -La conciencia reina, la subconsciencia gobierna. [...]
 
 -¡Mal maestro! Sólo enseña lo que conoce. [...]
 
 -No odies al prójimo como a ti mismo. [...]
 
 -Pero si lo he pensado, ¿cómo va a ser ello imposible? [...]
 
 -Y cuando todo lo haya repartido, Maestro, y esté en la miseria absoluta, ¿cómo podré seguir ejerciendo la caridad?
 -Recibiendo una limosna.
 
 -Si algún día quieres escribir tu historia, escribe tus remordimientos. [...]
 
 -¿Cómo quijotizar a Sancho? Montándole a caballo. [...]
 
 -Mi meta es mi cansancio. [...]
 
 -Ese cielo que miras es del tamaño de tu pupila. [...]
 
 -¿Cuál es la esencia del dolor? Su inutilidad. [...]
 
 -Buena poesía. La que deleita a la inteligencia en cada verso y al final advertimos que el deleitado ha sido el oído. [...]
 
 -Que tu soledad sea como la de la ballena: porque necesites todo el mar. [...]
 
 -¿Para qué tantas cautelas? Tu pequeñez no ofrece un blanco apetitoso a la vida. [...]
 
 -Adivinanza: ¿Cuál es el ser cuya vida consiste en su muerte? El tiempo. [...]
 
 -Cuando entro en un Banco siento el horror de encontrarme en un antro de dragones, pero sin virgen a quien libertar. [...]
 
 -El pesimismo es la distancia que va del mundo de la moral al mundo de la Naturaleza. [...]
 
 -Al historiador. ¿Quieres comprender la historia? Ponte del lado de los vencidos. [...]
 
 -En la mujer la tontería navega siempre sobre un mar de risas. [...]
 
 -Consejo a un escritor. Escribe sólo el libro que no puedan escribir los demás. [...]
 
 -Oración después de leer los epitafios de un cementerio: "Buen Dios, mata a los vivos y resucita a los muertos". [...]
 
 -Sólo los hombres que desprecian a su generación son los que la caracterizan. [...]
 
 -Contradicción metafísica: todos los infinitos son desiguales. [...]
 
 -La democracia une a los hombres por lo único que se diferencian: por las ideas. [...]
 
 -Yo pacto con la sociedad y quedo libre. [...]
 
 -Se habla para los demás. Se escribe para uno mismo.»

 

jueves, 6 de abril de 2017

"Libro de Alexandre".- Anónimo (s. XIII)


Resultado de imagen de libro de alexandre 
 IV.- Campaña contra el rey persa, Darío
 
Arenga de Alejandro

 «Del rey Alejandro algo os voy a contar,
-verdad quiero decir, pues no quiero pecar-,
cuánta prudencia tuvo, cómo empezó a actuar
cuando las huestes vio de Darío asomar.

Alzó hacia Dios las manos mirando al infinito:
"Señor, que a todos das alimento gratuito,
sea tu nombre loado, sea siempre bendito,
porque de esta cuita me libraste, bienquisto.

Agradecerte esto, nunca jamás sabría,
pues me has dejado ver esta gran alegría;
siempre te pedí esto que haré en este día,
pues por ello salí de Corinto, la mía."

Se volvió a sus vasallos que estaban en redor,
y empezó a hablarles con todo su fervor:
"Amigos -dijo-, veis, gracias al Creador,
que nuestras cosas van todavía mejor.

Todos nuestros contrarios viénense a nuestras manos,
aquí han de terminar con sólo que queramos,
y nuestros sufrimientos aquí los acabamos:
nunca rival tendremos si a éstos derrotamos.

Lo que doña Victoria nos hubo prometido,
lealmente, Deo gratias, ella lo ha cumplido.
Buen comienzo nos dio al ser Memnón vencido,
mas, éste es el final, y el premio recibido.

De oro y de plata vienen todos armados,
todos relampaguean ¡y tan acicalados!;
con la ayuda de Dios, serán bien derrotados,
pues para hacer proezas están mal preparados.

No son sus armaduras de hombres de fiar,
más parecen mujeres que se quieren preciar;
hierro gana batalla, como oísteis contar,
si corazones firmes lo saben soportar.

Recordad el motivo por el que aquí vinimos;
recordad las soberbias que del persa sufrimos.
Nosotros, nuestros padres, nunca desque nacimos
por vengar nuestra honra tanta razón tuvimos.

Sé bien que para esto estamos preparados:
primero, porque todos somos hombres honrados;
segundo, porque fuisteis de mi padre criados;
tercero, porque estáis conmigo desterrados.

Veré en cada uno de qué modo me quiere;
me querrá el que más el que mejor hiriere,
el que pedazos hecho el escudo trajere,
y con la espada roma más fuertes golpes diere.

A los que fueren ricos, añadiré riqueza,
a los que fueren pobres, sacaré de pobreza;
liberaré a los siervos, que vivan en franqueza,
¡no daré por el malo ni una mala corteza!

Cuanto veáis que hago, eso quiero que hagáis;
si no fuera delante, no quiero me sigáis,
y cuando yo ataque, vos también atacáis.
Pondré mucha atención en cómo me guardáis.

Brevemente una cosa os voy ahora a explicar,
pues no tenemos tiempo de largo predicar:
de cuanto aquí se gane, nada os quiero quitar:
me basta con la fama, no quiero más tomar."

Con lo dicho los puso muy enfervorizados,
todo no lo entendieron, ¡así eran de excitados!
Para entrar en combate estaban preparados,
¡ya no les preocupaba ganar sendos bocados!»

miércoles, 5 de abril de 2017

"Manifiesto por la filosofía".- Alain Badiou (1937)

Resultado de imagen de alain badiou

3.- Modernidad

«Acordaremos llamar "período" de la filosofía una secuencia de su existencia en la que persiste un tipo de configuración especificada por una condición dominante. A lo largo de dicho período, los operadores de composibilidad dependen de esta especificación. Un período anuda los cuatro procedimientos genéricos en el estado singular, post-acontecimiento, en el que se encuentran; y ello bajo la jurisdicción de los conceptos a través de los cuales uno de dichos procedimientos se inscribe en el espacio de pensamiento y de circulación que, filosóficamente, hace las veces de determinación del tiempo. En el ejemplo platónico, la Idea es manifiestamente un operador cuyo principio "verdadero" subyacente es el matema, la política se inventa como condición del pensamiento bajo la jurisdicción de la Idea (de ahí el Rey-filósofo y el notable papel jugado por la aritmética y la geometría en la educación de este Rey, o guardián), y la poesía imitativa es mantenida a distancia, tanto más cuanto que, como lo muestra Platón en el Gorgias o en el Protágoras, existe una complicidad paradójica entre poesía y sofística: la poesía es la dimensión secreta, esotérica, de la sofística, porque agudiza la flexibilidad, la variación de la lengua.
 Por consiguiente, nuestra pregunta será: ¿existe un período moderno de la filosofía? La acuidad de esta pregunta obedece hoy a que la mayoría de los filósofos declaran que existe efectivamente dicho período, aunque por otro lado sostienen que somos contemporáneos de su conclusión. No es otro el sentido de la expresión "posmoderno", pero incluso entre los que economizan esta expresión, el tema de un "final" de la modernidad filosófica, de un agotamiento de los operadores que le eran propios -especialmente la categoría de Sujeto-, está siempre presente aunque sea bajo el esquema del final de la metafísica. Por lo demás, este final es asignado, casi siempre, al proferimiento nietzscheano.
 Es cierto que si designamos empíricamente "tiempos modernos" al período que va del Renacimiento hasta hoy, resulta difícil hablar de un período, en el sentido de una invariabilidad jerárquica en la configuración filosófica de las condiciones. En efecto, resulta evidente que:
     -en la edad clásica, la de Descartes y Leibniz, la condición matemática es la dominnate, bajo el efecto del acontecimiento galileano, el cual tiene por esencia introducir el infinito en el matema;
     -a partir de Rousseau y Hegel, escandida por la Revolución francesa, la composibilidad de los procedimientos genéricos se halla bajo la jurisdicción de la condición histórico-política;
     -entre Nietzsche y Heidegger, el arte, cuyo corazón es el poema, recae, por una retroacción neoplatónica, en los operadores por los que la filosofía designa nuestro tiempo como el de un nihilismo olvidadizo.
 Hay pues, a lo largo de esta secuencia temporal, un desplazamiento del orden, del referente principal a partir del cual se dibuja la composibilidad de los procedimientos genéricos. La coloración de los conceptos es un buen testimonio de este desplazamiento, entre el orden de las razones cartesiano, el pathos temporal del concepto en Hegel y la metafórica meta-poética de Heidegger.
 No obstante, este desplazamiento no debe disimular la invariabilidad del tema del Sujeto, al menos hasta Nietzsche, aunque proseguida y extendida tanto por Freud y Lacan como por Husserl. Este tema se resiste a una deconstrucción radical salvo en la obra de Heidegger y de sus sucesores. Las refundiciones a las que es sometido por la política marxista o por el psicoanálisis (que es el tratamiento moderno de la condición amorosa) testimonian la historicidad de las condiciones, y no la rescisión del operador filosófico que trata esta historicidad. 
 Resulta por lo tanto cómodo definir el periodo moderno de la filosofía mediante el uso organizador central que se ha hecho de la categoría de Sujeto. Aunque esta categoría no prescribe un tipo de configuración, un régimen estable de la composibilidad, es suficiente respecto a la formulación de la pregunta: ¿concluyó el periodo moderno de la filosofía? Lo que quiere decir: proponer para nuestro tiempo un espacio de composibilidad en el pensar de las verdades que en él se prodigan, ¿exige el mantenimiento, el uso, incluso profundamente alterado, o subvertido, de la categoría de Sujeto? O al contrario, ¿el pensamiento de nuestro tiempo exige que esta categoría sea deconstruida?»  
    

martes, 4 de abril de 2017

"La llave".- Junichiro Tanizaki (1886-1965)


Resultado de imagen de junichiro tanizaki
4 de enero

«Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, cuando él había salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Tal vez haya sido tan sólo un accidente pero no puedo creer que se le haya caído por puro descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido.
 Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero eso es todo lo que sé y no tengo interés en saber más. Jamás se me habría pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave.
 En ese caso, ¿por qué habrá dejado la llave tan a la vista? ¿Acaso ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que me está diciendo: "Puedes leerlo en privado: aquí está la llave". ¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizá lo que dice es que: "A partir de ahora reconozco que los estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces"?
 En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo.
 Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a que él salga de casa antes de ponerme a escribir y ocultar el cuaderno en cierto lugar en el que mi marido jamás se le ocurrirá pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario y eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad.
 Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo año... ¡pero cómo me avergüenza poner por escrito una cosa así! Mi difunto padre solía decirme: "La discreción ante todo". ¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he degradado!... Como de costumbre, mi marido experimentó la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según él, soy demasiado "convencional", estoy "inhibida" en exceso, en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo, dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto que es del todo anormal; sólo en ese aspecto no soy pasiva ni reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la excesiva frecuencia de mis solicitudes.
 Mi marido me considera prosaica y poco romántica. "No me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero", me dice. "Me consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de verdad, deberías ser más apasionada, deberías acceder a cualquier cosa que te pida." Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el menor esfuerzo por cooperar con él... que, por hambrienta que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa.
 Supongo que mi marido no es irracional al pensar eso de mí, pero mis padres me educaron en la creencia de que una mujer debe ser reservada y modosa, y ciertamente, jamás agresiva hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para que se manifieste. En el momento en que intento que aflore, empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no resplandeciente.
 He empezado a pensar que nuestro matrimonio fue un terrible error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda sólo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro matrimonio, durante la luna de miel -hace tanto tiempo-, cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo que me estremecí al verle la cara cuando se quitó las gafas de miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. [...]
 Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle como le sea posible. (Intento rechazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido relaciones íntimas con otro hombre y me intriga saber si todos tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de todos los hombres?»   
  

lunes, 3 de abril de 2017

"Del paro al ocio".- Luis Racionero (1940)


Resultado de imagen de luis racionero  
 III.- Indicadores sociales y calidad de vida
Selección de variables

«Se trata de identificar cuáles son las variables que describen la calidad de vida. Naturalmente éstas dependen de lo que se defina como calidad de vida, es decir, de los valores culturales de la comunidad en cuestión.
 Una manera de definir la calidad de vida es analizar muestras de gente en cuanto a sus reacciones ante ambientes físicos y sociales exteriores, como en los estudios sobre vivienda y barrios. Otra manera es observar cómo se comporta la gente, cómo hacen elecciones estructuradas, para inferir cómo la gente valora las condiciones externas. Este es el procedimiento propuesto por Wingo, y a mi modo de ver erróneo por lo siguiente. Wingo cae en uno de los dilemas típicos del planteamiento: si imponemos valores a la gente, podemos tiranizarla, pero si le preguntamos lo que quiere, nos dirá que quiere lo que tiene. Y si observamos su comportamiento, no podremos saber sus preferencias por otras alternativas que aún no se han puesto en práctica y que, por lo mismo, su comportamiento no puede revelar.
 Otra manera puede ser consultar a un grupo de expertos en calidad de vida como planners, urbanistas, arquitectos, sociólogos, psicólogos o simplemente a un grupo de personas representativo. La manera de realizar una evaluación por grupo es el método ideado por Olaf Helmer. El método de Helmer se ha hecho famoso en su aplicación a prospecciones futuristas bajo el nombre de método Delphi, pero su aplicación es útil en cualquier tipo de evaluación por grupos y parece el más indicado para objetivizar los juicios en cuanto al contenido del término calidad de vida, es decir, en cuanto a ponerse de acuerdo sobre qué indicadores debe incluir.
 La diferenciación regional plantea una dificultad adicional a la medición de la calidad de vida. No podemos concluir si la calidad de vida disfrutada por un valenciano es superior a la de un gallego hasta que seamos capaces de: 1) construir puentes conceptuables entre sistemas de preferencias psico-fisiológicas individuales; 2) expresar las características de distintos ambientes en un lenguaje normativo-común. Una manera de derivar variables indicadoras que puedan ser utilizadas "inter-culturalmente", es decir, para comparar calidades de vida entre regiones y países, es partir de una clasificación jerárquica de necesidades como la de Maslow. Según Maslow, "la satisfacción de necesidades básicas se interpreta demasiado a menudo como poseer objetos, tierras, dinero, vestidos, automóviles y similares. Pero éstos en sí mismos no satisfacen las necesidades básicas que, una vez cubiertas las necesidades biológicas, son: 1) protección, seguridad, salud; 2) pertenencia (como en una familia), comunidad, clan; amistad, afecto y amor; 3) respeto, aprobación, estima, dignidad, amor propio; y 4) libertad para el pleno desarrollo de los talentos y capacidades de cada persona. Esto parece muy claro, pero poca gente parece haber asimilado lo que quiere decir. Como las necesidades básicas y más urgentes son materiales, por ejemplo, comida, vivienda, vestidos, etc., se tiende a generalizar esto en una psicología materialista de la motivación, olvidando que hay necesidades superiores no materiales que también son básicas".
 Siguiendo la jerarquía de necesidades de Maslow, se pueden identificar cuatro campos de indicadores descriptivos de la calidad de vida. Estos son:
 1.-Seguridad personal: incluye a) la cobertura de las necesidades materiales biológicas del cuerpo, y sus indicadores son los económicos: renta per cápita, dietas alimenticias en caloría/día, etc., y b) las necesidades de protección, seguridad y salud, cuyos indicadores ya son indicadores sociales: índices de criminalidad, camas de hospital por 1000 habitantes, etc.
 2.-Ambiente físico: incluye indicadores que también describen aspectos de protección, seguridad y salud en cuanto son afectados por la calidad del ambiente urbano. Los indicadores de este campo se refieren a polución, ruido, congestión, desplazamientos. Una primera definición de las características ambientales de los espacios urbanos ha sido propuesta por Perloff.
 3.-Ambiente social: incluye indicadores sobre las necesidades que Maslow denomina Pertenencia/Amistad/Afecto y Respeto/Aprobación/Amor propio. Estos indicadores se refieren a número de contactos con otras personas, número y facilidad de asociación, capacidad de influir en decisiones públicas que atañen a la vida cotidiana del individuo, grado de alienación en el trabajo, etc.
 4.-Ambiente psíquico: incluye indicadores sobre la necesidad de auto-realización o libertad para el pleno desarrollo de los talentos y capacidades de la persona. Este campo incluye indicadores sociales e indicadores psicológicos, como por ejemplo: anomia, prisa, ocio, grados de libertad en estilos de vida, alternativas existentes en estilos de vida, facilidades de educación, etc.

Medición de variables

 Una vez elegidas las variables que pueden describir y evaluar los cuatro campos de la calidad de vida, es preciso medir cada una de las variables para convertirla en un indicador. Algunas son medibles cuantitativamente, por ejemplo, las variables que hacen referencia a estándares urbanísticos como densidades, dotación de espacios verdes por habitantes, plazas de escuela u hospital por habitante, tasas de criminalidad. Muchas otras variables indicadoras serán medibles sólo cualitativamente. En estos caso es preciso aplicar las técnicas de medición ya existentes que permiten cuantificar una apreciación personal cualitativa cuando se consulta a varias personas. [...]
 La medición de indicadores sociales es la más difícil de las tres tareas. Se han hecho ya algunos intentos, pero es a este aspecto al que conviene dedicar en el futuro mayores esfuerzos de investigación. En España el camino ha sido abierto desde hace unos años por los excelentes Informes sobre la situación social de España de la Fundación FOESSA.»
 

domingo, 2 de abril de 2017

"Dulce y sabrosa".- Jacinto Octavio Picón (1852-1923)


Resultado de imagen de jacinto octavio picon     
 Capítulo XXIII: Concluye ésta, entre verídica e imaginada historia, con el raro ejemplo de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada

 «-Pero, ¿ y tu marido, tu hijo, tu modo de vivir, el coche, el lujo?
 -Todo mentira.
 -¿Has hecho una comedia?
 -No me culpes. Si yo hubiera sido una mujer rica, señora que frecuentase la misma sociedad que tú, te habría buscado de otro modo: en bailes, teatros y tertulias; pero estábamos tan lejos uno de otro que, por fuerza tenía que valerme de medios extraordinarios. Y, sobre todo, piensa una cosa: yo no te he dicho nunca, ni una sola vez, ¡buen cuidado he tenido!, que estuviese casada; te lo he dejado creer y nada más.
 -¿Pero es posible?
 -¿No fue posible que tú me dejases sin motivo, queriéndome como decías? ¿De qué te sorprendes? ¿Quién ha buscado a quién? Mientras fui tuya, ¡vergüenza me da recordarlo!, ni siquiera sospechaste el cariño que mi corazón encerraba para ti. Después, suponiendo que era de otro hombre, me has deseado con rabia, con locura, como se desea lo ajeno. Ahora ves que no tengo dueño y comienzas a dudar.
 -¿Y esas ropas, ese lujo, el coche, todo lo que yo he sabido de otro hombre... un señor Martínez..., un niño?
 -¡Pobre de mí! ¿Cuánto dinero me dejaste al marcharte de Santurroriaga?
 -Veinte mil reales.
 -Pues aún me quedan algunos duros. Lo demás lo he gastado en ese lujo de que hablas, en alquilar este cuartito y ese coche que has visto, en tener niñera, una chica que, a pesar de tu experiencia, te ha engañado como a un chino y en que unas pobres gentes me dejasen por unas cuantas veces ese niño a quien yo he vestido y de quien tú te has figurado...
 -¡No me mientes eso!
 -Total: la mujer a quien abandonaste siendo tuya y nada más que tuya, te ha enloquecido por sólo parecerte ajena.
 En seguida, punto por punto, minuciosamente, sin omitir detalle, le refirió cuanto había tramado y hecho con propósito de atraerle, desde que en la fonda de Santurroriaga se quedó pensativa como reina destronada que medita reconquistar lo perdido [...]. Fue una confesión larga y completa, un examen de conciencia en que dejó que se transparentase su alma, mostrando a don Juan lo íntimo de su corazón tan franca y lealmente como en otro tiempo le dio a besar la blanca y tibia redondez de su pecho. Por último, añadió:
 -Ya lo sabes todo, y ahora te pido que respondas a esta pregunta: ¿cuándo has sentido verdadero amor por mí? ¿Mientras fui tuya honrada y pobremente, a pesar de lo cual me despreciaste, o ahora, cuando nada más que con darte oídos debí parecerte infame y despreciable?
 Don Juan, avergonzado, callaba. [...] Entonces -nadie sabrá jamás si fue sincero arranque o astucia premeditada- volvió a mirarla fijamente, y presentándole la mano derecha, preguntó con increíble valor:
 -¿Quieres ser mi mujer?
 Ella, desasiéndose de sus brazos, apartó el cuerpo, se restañó con el pañuelo las lágrimas, y revelando la energía de quien en todo ha pensado y tiene, hace tiempo, adoptada una resolución, contestó:
 -¡Eso... jamás!
 -¿Por qué?
 Cristeta quiso expresar todo lo que sentía, y acordándose tal vez de que fue comedianta, lo formuló en lenguaje, aunque sincero, un poquito dramático, diciendo:
 -Lo que yo quiero no es tu libertad, sino tu cariño. ¿Casarnos? ¿Para qué? ¿Para darte por seca y rigurosa obligación lo que por libre y complacido albedrío quiero que sea tuyo? ¿Para mermar a la pasión el encanto de la espontaneidad? ¿Por ventura serán entonces más cariñosos tus besos, más prietos tus abrazos? ¿Tendremos mayor firmeza en la confianza ni más brava abnegación en la desgracia? ¿Qué ceremonia, qué rito, qué fórmula ha puesto el Señor por cima de este anhelo con que mi pensamiento quiere volar para hacer nido en tu alma?
 -¡Cristeta!
 -Yo te serviré en el bien, de estímulo, en el mal, de rémora. Duplicaré tus venturas y compartiré tus penas. ¿Te veré dichoso?, pues mi amor será la gota que llene el vaso de tu felicidad. ¿Desgraciado?, yo lloraré por ambos... Pero ¿casarme? ¿Y si te arrepintieras? ¡Qué horror si algún día confundieses mi gratitud con mi cariño! ¿Llevar tu nombre? Bajando está siempre de mi pensamiento a mis labios; mío es aunque no quieras y al dormirme siento que me asoma a la boca para guardarte todo el aliento de mi vida. ¡No!, tú, libre como el aire; yo esclava, quieta, callada y mansa como el agua eternamente enamorada del cielo que, aun sin darse cuenta de ello, igual refleja los alegres arreboles del alba que las tristes nubes de la tempestad.
 Don Juan hizo ademán de arrodillarse -la cosa no era para menos-; mas ella no lo consintió y poniéndole una mano en cada hombro le miró embebecida, al mismo tiempo que decía:
 -En el momento en que nos sujetase algo superior a nuestra voluntad, el amor no sería dulce impulso del alma, sino tributo doloroso.
 -¿Y el mundo, la sociedad y las gentes?
 -¿Ahora te preocupas por eso? ¿Te cuidabas de ello al perseguir casadas? Los que acaso me disculparán adúltera, me rechazarán amante... ¡Ya lo sé! Pero, ¿a quién consagro yo mi existencia, a ti o al prójimo?
 -¿Me prometes que serás siempre mía?
 -Vive tranquilo. Si he hecho tanto para que vuelvas a mí, ¿qué no seré capaz de hacer por merecerte y conservarte?»
 

sábado, 1 de abril de 2017

"Lago".- Jean Echenoz (1947)

Resultado de imagen de jean echenoz 
25

«No había lago aquí en otros tiempos, eran grandes canteras de arena que se cegaron. Se echó agua dentro, se pusieron unas barcas encima, se guardó un poco de arena para inventar una playa no lejos de la cual se fijó en el agua un mástil de ancho diámetro erizado de trampolines, plataformas y escaleras metálicas, y que parece un derrick pintado de blanco. El verano próximo pedalearán también los patines, se deslizarán las planchas a vela y resoplarán los remadores de pagaya; cada noche una de las barcas, medio sumergida, tendrá el papel del do octavado en el gran final del crepúsculo, pero aún falta tiempo. De momento comienza la primavera, acaba la hora del té, el cielo está despejado. Funámbulo en la línea quebrada del horizonte, el sol se vierte en cubos de bermellón sobre el agua helada del lago artificial.
 Durante la travesía, Chopin no se volvió una sola vez, ni hacia el Parc Palace ni hacia el matrimonio Clair instalado detrás de él, silencioso. La conducción del fuera borda no se le daba muy bien a Mouezy-Eon, no iba en absoluto vestido para ello, además su estilo de pilotaje era el mismo que al volante del R8 salvo que llevaba la lancha a tumba abierta, como para quitársela de encima lo más rápido posible.
 Se acercaron, pues, muy pronto a la otra orilla del lago, donde el parque deportivo ofrecía el aspecto de una gran extensión de césped bien peinada a los lados pero víctima de una violenta crisis e crecimiento, atormentada por lo desproporcionado de su dimensión y a disgusto con aquel traje verde demasiado grande, demasiado nuevo, como un joven gigantón bien educado que no sabe qué hacer con su cuerpo. Entre semana, nadie lo frecuentaba a aquellas horas excepto tres corredores a pie que se perseguían sin mirarse, desapareciendo, resurgiendo al filo de las ondulaciones balizadas por arbustos. Nítido, monocromo y bien ordenado, aquel decorado parecía tan falso como un lienzo pintado o una transparencia, el único relieve concreto era un coche negro muy largo estacionado en brusca inclinación no lejos de la orilla -y la figura de un hombre flaco y mate permanecía inmóvil junto al agua, de pie en un sistema de atraque primitivo, una gruesa anilla de hierro empotrada en un saliente de hormigón.
 A unos metros de la orilla, Mouezy-Eon tendió un rollo de cuerda a Chopin que lo lanzó a la figura. Esta, inclinada a través, cogió la cuerda que metió en la anilla antes de tirar de la lancha, volviéndosela a lanzar a Chopin. Oswald Clair saltó a tierra antes de atracar del todo y se alejó con paso rápido como si conociera el camino, Suzy iba a su lado, un poco rezagada. Chopin enrolló la cuerda a una cornamusa mientras los miraba acercarse al coche negro: Oswald, en cierto momento, se volvió hacia Suzy, pronunciando unas palabras mientras se golpeaba ligeramente un bolsillo de la chaqueta, ella contestó con una sonrisa helada que Chopin no conocía. Mouezy-Eon paró el motor.
 -Adelante -dijo saliendo prudentemente del fuera borda.
 Nosotros, en Europa occidental, vemos con muy poca frecuencia automóviles tan grandes como aquel largo coche negro; semejantes modelos ocuparían naturalmente demasiado sitio en nuestros pequeños terrenos. Hay que ir a escudriñar las extensiones inmensas al otro lado del Atlántico o del río Dniéper para descubrir limusinas de aquel tamaño, que una elite obrera ensambla en las cadenas de montaje de las factorías Zil o Buick. A cada lado de aquélla, tres puertas de cristales ahumados se abrían a tres hileras de asientos de cuero color gris perla, breves y sofisticadas antenas fijadas en las alas traseras permitían captar todas las señales hertzianas del mundo, y sin gran dificultad habrían podido cenar trece personas alrededor del capó; por su parte, Chopin no había visto nunca un vehículo semejante en la región de París. Siguió a Mouezy-Eon en dirección a él, la figura angulosa cojeaba un poco a unos metros de distancia.
 Chopin tampoco había visto nunca al hombre que hablaba con Oswald Clair por el cristal bajado, instalado en un asiento de la hilera central. Era un sexagenario de constitución débil, hundido en un traje gris que se confundía con el tono de su asiento y que parecía menos instalado que absorbido, integrado en el asiento del que sólo emergía su rostro de ojos pequeños y vivos, labios delgados. Sus manos finas parecían también extraídas del asiento, bajadas como brazos del mismo y susceptibles en cualquier momento de volver a subirse en él. El Gauloise amarillo que desenvolvía un hilo de humo gris al extremo de sus dedos parecía así consumirse solo, olvidado en el cenicero fijo en el extremo al cabo del brazo.
 Cuando Chopin llegó al coche, seguido de Mouezy-Eon y de la figura instalada de inmediato al volante, Oswald Clair se estaba sacando del bolsillo un objeto diminuto que tendía al hombre sentado en el coche.
 -Lo esencial está aquí -decía-. Naturalmente, en estas condiciones, no he podido llevármelo todo.
 Chopin no vio la forma exacta del objeto tendido por el marido de Suzy pero realmente era minúsculo, tan pequeño como gruesas las tres paredes de documentos sustraídos seis años atrás por el tránsfuga.
 -Las normas -dijo Maryland-. Espero que haya podido procurarse las normas.
 -Las tres versiones -confirmó Clair-, con las correcciones de Ratine y el memorándum Boyadjian. Encontrará también los protocolos de reunión del grupo Técnica y Previsión y la mayor parte de sus informes al comité de superficie.
 -El comité de superficie -evocó Maryland con melancolía-. Si pudiera poseer algo sobre ello...
 -Tengo sus síntesis internas -dijo Clair-. De cuatro años.
 -¡Cómo! -se extrañó Maryland-. ¿Lo han dejado salir con eso también?
 -No se haga ilusiones -dijo Clair-, a ellos les conviene. Si doy la impresión de marcharme llevándome verdaderos documentos, eso les permite hundir a Veber un poco más. Fuera del comité, nadie sabe que esas informaciones no son ya muy importantes. Hacía ya tiempo que habían previsto modificar su logística, de todos modos, les da igual. Todo eso ya sólo tiene un interés muy relativo.
 Los tres corredores a pie aparecieron resoplando como caballos de la prehistoria; uno llevaba una cinta en la frente, el otro un walkman en los oídos, el tercero solo un pantaloncito blanco; Clair aguardó a que hubiesen pasado antes de continuar.
 -Está el expediente Jaguar, ¿se acuerda? Lo tengo también.
 -Ése ya lo teníamos -dijo Maryland modestamente-. Lo tenemos.
 -Es falso el que tienen. Se lo facilitaron por Morse, ¿no es eso?»