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domingo, 9 de febrero de 2025

La revolución romana.- Ronald Syme (1903-1989)

 

XI.-Consignas políticas

 «En la Roma de la República, la literatura política, no refrenada por ley alguna contra la difamación, rara vez era aburrida, hipócrita o edificante. Las personas, no los programas, se presentaban ante el pueblo para ser examinados y aprobados. El candidato pocas veces hacía promesas. En su lugar, exigía el cargo como recompensa, haciendo alarde, en voz muy alta, de sus antepasados, y en caso de carecer de esta prerrogativa, de sus méritos personales. De otro lado, las salas de justicia, merced a los procesos, eran una vía de acceso a la promoción política, un campo de batalla para las enemistades privadas y las luchas políticas, un teatro para la oratoria. El mejor argumento era la injuria personal. En sus acusaciones de inmoralidad repugnante, de procedimientos deshonrosos, de ascendencia familiar ignominiosa, el político romano no conocía ni reparos ni límites. De ahí el cuadro alarmante de la sociedad contemporánea que ofrecen la oratoria, la sátira y los libelos.
 El crimen, el vicio y la corrupción de la última era de la República están encarnados en tipos tan perfectos en su género como lo son los paradigmas cívicos y morales de sus primeros tiempos. Lo cual es lógico, pues tanto el mal como el bien son creaciones de consumados artistas literarios. Catilina es el monstruo perfecto: el crimen y la degradación en todas sus formas. Clodio heredó su política y su carácter. Y Clodia cometió incesto con su hermano y envenenó a su marido. Las atrocidades de P. Vatinio alcanzaban desde los sacrificios humanos hasta la de llevar una toga negra en un banquete. Pisón y Gabinio eran una pareja de buitres, rapaces y obscenos. Pisón, en público, era todo cejas levantadas y gravedad antigua. ¡Qué disimulo, qué bajeza interior y qué orgías sin cuento entre cuatro paredes! Como capellán doméstico y maestro de sus vicios Pisón contrató a un filósofo epicúreo y corrompiendo a su corruptor le obligaba a escribir versos licenciosos. Esto en Roma; mas en su provincia, la lujuria corría pareja con la crueldad. Doncellas de las mejores familias de Bizancio no vacilaron en arrojarse a pozos para escapar de la lascivia del procónsul; los irreprochables reyezuelos de las tribus balcánicas, aliados fieles del pueblo romano, fueron condenados a muerte acusados de traición. El colega de Pisón, Gabinio, se rizaba el pelo, daba exhibiciones de danza en los festines de la alta sociedad y obstaculizaba brutalmente las legítimas ocupaciones de importantes financieros romanos en Siria. Marco Antonio no era sólo un facineroso y un gladiador, un borracho y un juerguista, era un afeminado y un cobarde. En lugar de combatir al lado de César en España, se escondía en Roma. ¡Qué distinto el joven y valiente Dolabela! Y suprema enormidad: sus alardes de afecto hacia su propia esposa eran una burla al decoro y a la decencia romanas.
 Había acusaciones más dañinas que el simple vicio en la vida pública romana: la carencia de antepasados, el baldón del comercio o de la escena teatral, la vergüenza de proceder de un municipio. Por el lado paterno, el bisabuelo de Octaviano era un liberto, un cordelero; por el lado materno, un sujeto sórdido de origen indígena africano, panadero o vendedor de perfumes en Aricia. En cuanto a Pisón, su abuelo no venía en absoluto de la antigua colonia de Placentia (Piazzenza), sino de Mediolanum (Milan), y era un galo, un ínsubro, que ejercía la desacreditada profesión de pregonero; o dígase peor aún, que había inmigrado hasta allí del país de los galos que usan pantalones, allende los Alpes.
 Las exigencias de la práctica de la abogacía, o los vaivenes de las relaciones entre las personas o los partidos, producen asombrosos conflictos entre los testimonios y cambios milagrosos de carácter. Catilina, después de todo, no era un monstruo; individuo complejo y enigmático, estaba en posesión de muchas virtudes, lo cual engañó durante algún tiempo a personas excelentes que nada sospechaban, incluido el propio Cicerón. Así lo decía el orador en su defensa de Celio, el joven descarriado y elegante. Los discursos en defensa de Vatinio y de Gabinio no se han conservado. Sabemos, sin embargo, que el extraño atuendo de Vatinio era simplemente el hábito de devotas e inocentes prácticas pitagóricas, y Gabinio había sido llamado una vez "vir fortis", un pilar del Imperio y del honor de Roma; L. Pisón, por su oposición a Antonio, adquiere temporalmente la etiqueta de buen ciudadano; sólo para perderla poco después, condenado por una descaminada política de reconciliación; y el acaso nos hace saber que el amigo epicúreo de Pisón no era otro que el intachable Filodemo de Gadara, ciudad reputada por su literatura y su erudición. Antonio había atacado a Dolabela, acusándolo de delitos de adulterio. ¡Mentira descarada y malvada! Pasan unos meses y Dolabela, por haber cambiado de bando político, delata su verdadera índole, tan detestable como la de Antonio. Desde su juventud había gozado con la crueldad; sus perversiones habían sido tales, que ninguna persona honesta podría mencionarlas.
   Según los ideales declarados de la aristocracia terrateniente, la riqueza adquirida con el trabajo era sórdida y degradante. Pero si la empresa y las ganancias eran lo bastante sustanciosas, los banqueros y los traficantes podían ser calificados de flor de la sociedad, orgullo del Imperio; ganan su propia dignitas y pueden aspirar a virtudes que están por encima de su posición social, incluso a la magnitudo animi de la clase gobernante. El origen municipal no sólo se hace respetable sino incluso motivo de legítimo orgullo: ¡al fin y al cabo, todos venimos de los municipia! Lo mismo un extranjero. Decidio Saxa es objeto de befa, como celtíbero salvaje: era seguidor de Antonio. Si hubiese estado del lado de los buenos, no hubiese sido menos elogiado que el hombre de Cádiz, el irreprochable Balbo. Ojalá que todos los hombres buenos y defensores de Roma y de su Imperio se convirtiesen en ciudadanos. En Roma no tenía importancia el sitio de donde un hombre venía, ¡no la había tenido nunca!
 La curtida tribu de los políticos romanos pronto adquirió la inmunidad a las formas más groseras de la injuria y de la deformación de los hechos. Estaban protegidos por su larga familiaridad, por su sentido del humor y por su habilidad para resarcirse. Algunas imputaciones, creídas o no, se convirtieron en chanzas clásicas, recordadas por amigos tanto como por enemigos. A Ventidio le llamaban "el mulero", el apogeo de ese tema pertenece a una época en que ya no puede hacerle daño. Y tampoco fueron los enemigos de César, sino sus propios soldados, quienes compusieron las usuales canciones licenciosas en el triunfo de César.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Taurus, 1989, en traducción de Antonio Blanco Freijeiro, pp. 197-200. ISBN: 84-306-1299-8.]

viernes, 22 de noviembre de 2019

La revolución romana.- Ronald Syme (1903-1989)

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IV.- César, dictador

«La melancolía que se apoderó de César ha dejado un testimonio insuperable: "Mi vida ha sido ya lo bastante larga, tanto si se cuenta en años como en gloria." Sus palabras fueron recordadas. El más elocuente de sus contemporáneos no tuvo inconveniente en plagiarlas.
 La cuestión de sus intenciones últimas resulta superflua. César fue muerto por lo que era, no por lo que pudiera ser en el futuro. La investidura de una dictadura vitalicia pareció burlar y disipar cualquier esperanza de una vuelta al gobierno normal y constitucional. Su soberanía era mucho peor que la hegemonía violenta e ilegal de Pompeyo. El presente era insoportable; el futuro, sin esperanza. Era necesario actuar de inmediato; la ausencia, el paso del tiempo y los sustanciosos beneficios de la paz y el orden podrían amortiguar el resentimiento de los hombres contra César, adaptando insensiblemente sus espíritus a la servidumbre y la monarquía. Una facción reclutada entre los elementos más dispares planificó y llevó a cabo el asesinato del Dictador.
 El Dictador mismo había declarado que su eliminación no sería un remedio para la República, sino una fuente de males mayores. Su dictamen fue reivindicado con sangre y sufrimientos, y la posteridad ha considerado apropiado condenar el acto de los Libertadores, pues así fueron llamados, como algo peor que un crimen, como una locura. El veredicto es prematuro y juzga por los resultados. Es demasiado fácil motejar a los asesinos de adeptos fanáticos de teorías griegas acerca de la virtud suprema del tiranicidio, ciegos a la verdadera naturaleza de las consignas políticas y a las necesidades urgentes del Estado romano. El carácter y los propósitos de Marco Bruto, la figura más representativa de la conspiración, podría dar unos visos de plausible a semejante teoría. Pero no es en modo alguno evidente que la naturaleza de Bruto hubiera sido muy distinta si nunca hubiera abierto un libro de filosofía estoica o académica. Es más, el verdadero motor del complot, el frío y militarista Casio, era un epicúreo convencido y todo menos un fanático. En cuanto a los principios estoicos, éstos podían sostener doctrinas de muy mal gusto para los republicanos romanos, como, por ejemplo, las de la monarquía o la fraternidad de los hombres. Las enseñanzas estoicas en realidad no hacían más que corroborar y defender en teoría ciertas virtudes tradicionales de la clase gobernante de un estado aristocrático y republicano. La cultura helénica no explica a Catón; y la virtus acerca de la cual Bruto escribió un volumen era una cualidad romana, no una importación extranjera.
 La palabra significa coraje, la virtud suprema de un hombre libre. La virtus lleva aparejadas a libertas y a fides, fundidas en un ideal arrogante de carácter y de conducta: firmeza en la resolución y en la acción, independencia de modales, de carácter y de lenguaje, integridad y fidelidad. El privilegio y el rango imponían deberes para con la familia, la clase y los iguales en primer lugar, pero también con los clientes y subalternos. Una oligarquía no podía sobrevivir si sus miembros se negaban a observar las reglas, a respetar "la libertad y las leyes".
 Para sus contemporáneos, Marco Bruto, firme de espíritu, recto y leal, grave y altivo en sus modales, parecía encarnar el ideal de aquel carácter, admirado por quienes no se preocupaban de imitarlo. No era la suya una personalidad sencilla, sino apasionada, vehemente y reprimida. Tampoco su conducta política se podía predecir del todo. Bruto hubiera podido ser un cesariano; ni él ni César estaban predestinados a ser seguidores de Pompeyo. Servilia educó a su hijo para odiar a Pompeyo, urdió la alianza cesariana y tenía pensado que Bruto casase con la hija de César. Su plan se frustró por el giro que tomaron los acontecimientos en el fatídico consulado de Metelo. César fue captado por Pompeyo; Julia, la novia destinada a Bruto, selló la alianza.
 Después de esto, las sendas de Bruto y de César siguieron rumbos muy divergentes durante once años. Pero Bruto, después de Farsalia, abandonó en seguida la causa perdida, obtuvo de César el perdón, la alta estima, el gobierno de una provincia y, por último, la pretura para el año 44 a.C. Aun así, Catón, apenas muerto, afirmó su viejo dominio sobre su sobrino con más fuerza que lo había hecho en vida. Bruto llegó a sentir vergüenza por su falta de lealtad, y compuso un folleto en honor del republicano que había muerto fiel a sus principios y a su clase. Después robusteció su vínculo familiar y su obligación de venganza, divorciándose de su Claudia y casándose con su prima Porcia, la viuda de Bíbulo. No había confusión posible sobre el significado del acto, y Servilia lo desaprobó. Había causas aún más profundas en la resolución de Bruto de matar al tirano: la envidia de César y el recuerdo de los amores de César, públicos y notorios, con Servilia. Pero, por encima de todo, para Bruto como para Catón, que estaban del lado de los ideales antiguos, la figura de César, ávida de esplendor, de gloria y de poder, parecía dispuesta a servirse de su nacimiento y de su rango para derribar a su propia clase; figura siniestra del aristócrata monárquico, recuerdo de los reyes de Roma y ruinosa para cualquier República.
 Bruto y sus adláteres podían invocar la filosofía o un antepasado que había liberado a Roma de los Tarquinios, primer cónsul de la República y el instaurador de la Libertas. Historia dudosa e irrelevante. Los Libertadores sabían lo que iban a hacer. Hombres honorables empuñaban la daga del asesino para matar a un aristócrata romano, a un amigo y a un benefactor por razones más sólidas que aquéllas. Se alzaban, sí, no sólo por las tradiciones e instituciones de la República Libre, sino muy precisamente por la dignidad y los intereses de su propio orden. La libertad y las leyes son palabras altisonantes. Muchas veces han de ser traducidas, mirándolas fríamente, como privilegio e intereses creados.
 No hace falta creer que César proyectase implantar en Roma una "monarquía helenística", cualquiera que sea el significado que se dé a esta expresión. La Dictadura era suficiente. El gobierno de los nobiles, se percataba él, era un anacronismo en un imperio mundial, y lo mismo el poder de la plebe romana cuando toda Italia gozaba de la ciudadanía. César era en realidad mucho más conservador y más romano de lo que muchos han imaginado, y ningún romano podía concebir el gobierno salvo mediante una oligarquía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Taurus, 1989, en traducción de Antonio Blanco Freijeiro. ISBN: 84-306-1299-8.]