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jueves, 27 de mayo de 2021

El matadero.- José Esteban Echeverría (1805-1851)


Resultado de imagen de jose esteban echeverria «Diré solamente que los sucesos de mi narración pasaban por loa años de Cristo de 183… Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente) ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa y, como dice el proverbio, busca a la carne. Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo.
 Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los mandamientos carnificinos de la iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.
 Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto. El Plata, creciendo embravecido, empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad, circunvalada del norte al este por una cintura de agua y barro, y al sur por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando misericordia al Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros, unitarios impíos que os mofáis de la iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración las palabras de los ungidos del Señor! ¡Ay de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.
 Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.
 Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros y la inundación crecía acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de imprecaciones. Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el Obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces, conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina.
 Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias.
 Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros* se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beef-steak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos, y los huevos a cuatro reales, y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas y acontecieron cosas que parecen soñadas.
 No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas harpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao, y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación.
 Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la iglesia al ayuno y la penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas; a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos.
Resultado de imagen de el matadero catedra Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o dondequiera concurrían gentes. Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, y el Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina, tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población y, por último, bien informado, promulgó un edicto tranquilizador de las conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo se trajese ganado a los corrales.
 En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de doscientos cincuenta a trescientos, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos!
 Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino  la de la iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.
 Sea como fuera, a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.
 -Chica, pero gorda –exclamaban-. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador! Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.
 El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.
 Siguió la matanza, y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallaban tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata.»

 * Aguateros: argentinismo, por aguadores

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2006, en edición de Leonor Fleming, pp. 91-98. ISBN: 84-376-0617-9.]

domingo, 24 de mayo de 2020

Mi viaje a Lhasa.- Alexandra David-Néel (1868-1969)

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Capítulo 9
"Chivos expiatorios" humanos

  «La historia se repite, el espíritu de invención de los hombres se mueve en un círculo muy restringido. Sin que se les pueda considerar sospechosos de plagio, reproducen, con siglos de intervalo y en religiones muy distantes unas de otras, las costumbres, las creencias y los ritos de pueblos de los que no han oído hablar. Pude tener en Lhasa una nueva prueba de ello.
 Lo mismo que los hebreos, los tibetanos celebran todos los años una ceremonia, al final de la cual echan fuera de la ciudad a un "chivo expiatorio". Sin embargo, este "chivo" no tiene nada en común con el animal del que habla la Biblia, ni con la función que cumple: no es un animal, sino un hombre, consciente del papel que asume.
 Los tibetanos creen que algunos lamas expertos en magia tienen el poder de transferir a la cabeza de esta víctima voluntaria todas las impurezas espirituales, todas las transgresiones morales y religiosas del pueblo y que provocan la cólera de las divinidades, manifestada en las malas cosechas, las epidemias y otras calamidades.
 Así, cada año, por medio de un rito especial, un hombre llamado Lud kong kyi gyelpo*, carga con todas las iniquidades del soberano y de sus súbditos y después se le echa a las arenas de Samye.
 La tarea difícil de llevar, con las faltas de toda una nación, la carga aún más terrible de la animosidad de los demonios, es aceptada, generalmente, por un pobre desgraciado que trata de sacar el provecho considerable que va unido a estas funciones.
 Es muy posible que los que se ofrecen así como víctimas tengan serias dudas sobre la existencia de los demonios, pero por muy escéptica que pueda ser la opinión de un tibetano de las clases populares sobre este tema, siempre está lejos de alcanzar la incredulidad completa. Los chivos expiatorios esperan, sobre todo, con la ayuda de honorarios elevados, asegurarse la ayuda de lamas aún más versados en magia que los que les han cargado con el peso maldito y, gracias a ellos, liberarse y escapar a los ataques de los malos espíritus.
 Sin embargo, es tan difícil para un Lud kong kyi gyelpo confiar plenamente en la eficacia de los ritos celebrados en su favor, como dejar de creer en el poder de los que le han entregado a las deidades terribles. "Autosugestionados", los pobres "chivos expiatorios" justifican, a menudo, las ideas que sus compatriotas sustentan sobre los peligros que atraen sobre ellos. Les está permitido desempeñar esta función varios años seguidos, y después del tercero reciben un título honorífico y una pensión del gobierno. Sin embargo, esta ocasión se les presenta pocas veces. Casi siempre, se dice, los actores que desempeñan este extraño papel mueren prematuramente, unos súbitamente, sin causa aparente, otros en circunstancias raras o aquejados de enfermedades desconocidas.
 Un ex "chivo expiatorio" murió estando yo en Lhasa, la víspera del día en que su sucesor debía ser expulsado de la ciudad.
 Durante las dos semanas que preceden a la celebración del rito imprecatorio, a Lud kong kyi gyelpo se le autoriza a pedir limosna con una cola de yak en la mano, distintivo de la función que va a desempeñar. No es una limosna lo que pide, en realidad, sino un verdadero impuesto autorizado por el gobierno. Cada uno debe darle algo, ya en dinero, ya en especies, de acuerdo con su fortuna, su negocio o su situación. Los donantes crean así un lazo entre ellos y el "chivo expiatorio" y gracias a su largueza las causas capaces de atraer las desgracias sobre ellos las transmiten al que se ofrece para asumir los riesgos.
 Si alguno duda, regatea, o intenta no dar la ofrenda, el futuro "rey de los rescates" agita la cola del yak sobre la cabeza del recalcitrante. Este gesto comporta una maldición que, según los crédulos tibetanos, lleva consigo las consecuencias más terribles. Así pues, se dan las limosnas, pero se intenta a veces un tímido regateo cuando el pedigüeño es demasiado exigente.
 No dejé, naturalmente, de pasearme por la ciudad para observar, a cierta distancia, a Lud kong kyi gyelpo procediendo a su colecta. Muy bien vestido, con un hermoso traje tibetano, hubiera pasado desapercibido si no hubiera llevado en la mano la cola de yak revelando su personalidad. Se detenía en el umbral de las tiendas y se paseaba por el mercado. Sin duda, todos le daban con liberalidad, porque no tuve ocasión de verle agitar la cola de yak. Una vez, sin embargo, se entabló una discusión; estaba demasiado lejos para oír lo que decía, pero no había duda. El futuro "chivo expiatorio" se impacientó y empezó a levantar la mano en la que llevaba su curiosa insignia, pero en seguida intervinieron algunos hombres y todo debió terminar bien, porque les oí reír.
MI VIAJE A LHASA - Tushita Edicions Lud kong kyi gyelpo recoge así un botín considerable. Además, cuando sale de la ciudad, perseguido por los abucheos y silbidos de la multitud, le arrojan monedas y otros objetos, sobre todo los que tienen un interés particular en descargar sobre él el peso de una mala acción cuyo recuerdo les pesa, o de una enfermedad que les atormenta, o de cualquier otro infortunio que se irá lejos, con el demonio que es el causante de ello. Estos últimos regalos son recogidos cuidadosamente por un pariente del "chivo expiatorio", que le sigue con ese fin.
 Me preguntaba si Lud kong kyi gyelpo visitaría mi posada, pero pensé que los mendigos que vivían allí y las pocas moneditas que iba a recoger no merecerían la pena de que se molestara. Sin embargo, mi buena suerte me llevó a encontrarle a la vuelta de una esquina y el singular personaje me tendió la mano. Por divertirme y deseándole ver agitar la enorme cola peluda que llevaba como un cetro, le dije: 
 --Soy una peregrina... Vengo de muy lejos y no tengo dinero.
 Me miró severamente y pronunció una sola palabra:
 -¡Dad!
 -Pero no tengo nada -repetí.
 Entonces levantó lentamente el brazo, como se lo había visto hacer en el mercado, y me hubiera podido divertir siendo el objeto de su extraño anatema si dos damas muy bien vestidas que pasaban en ese momento por allí no le hubieran detenido, gritando:
 -¡Nosotras te daremos por ella!
 Le dieron unas cuantas monedas y el hombre siguió su camino.
 -Atsi madre. No sabéis lo que os esperaba -me dijo una de las dos generosas mujeres-. Si hubiera elevado esa cola por encima de vuestra cabeza, no hubierais visto más vuestro país.»

*Lud tiene el sentido de rescate, redención. Se llama así al dinero dado como rescate por la vida de un hombre o de un animal, o toda cosa ofrecida a una divinidad o a un demonio para librarse de él. Lud kong kyi Gyelpo ('el rey de los rescates') se ofrece en lugar de los pecadores y de los enfermos, para que caigan sobre él la venganza de los dioses y la malignidad de los demonios.

    [El texto pertenece a la edición en español de Tushita ediciones, 2018, en traducción de Milagro Revest Mira. ISBN: 978-84-948958-0-7.]

lunes, 5 de noviembre de 2018

Los griegos y lo irracional.- Eric Robertson Dodds (1893-1979)


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Capítulo III: Las bendiciones de la locura

«"Nuestras mayores bendiciones", dice Sócrates en el Fedro, "nos vienen por medio de la locura": [...] Esto es, desde luego, una paradoja deliberada. Sin duda, sorprendió al lector ateniense del siglo IV apenas menos de lo que nos sorprende a nosotros; porque un poco más adelante se da a entender que en tiempos de Platón la locura solía considerarse como algo deshonroso, como un ὂνειδος. Pero en este texto no se representa al padre del racionalismo de Occidente sosteniendo la proposición general de que es mejor estar loco que cuerdo, enfermo que sano. Restringe su paradoja con las palabras [...] "a condición de que nos sea dada por don divino". Y prosigue distinguiendo cuatro tipos de esta "locura divina", que se producen, dice él, "por un cambio en nuestras normas sociales acostumbradas operado por intervención divina" [...] Estos cuatro tipos son los siguientes:
 1) La locura profética, cuyo dios patrono es Apolo.
 2) La locura teléstica, o ritual, cuyo patrono es Dioniso.
 3) La locura poética, inspirada por las Musas.
 4) La locura erótica, inspirada por Afrodita y Eros.
 Sobre el último diré algo en otro capítulo; no es mi intención discutirlo ahora; pero quizá valga la pena considerar de nuevo los tres primeros, sin intentar un examen exhaustivo de los documentos, sino concentrándonos en lo que pueda ayudarnos a responder a dos cuestiones específicas. Una es la cuestión histórica: cómo llegaron los griegos a las creencias que subyacen a esta clasificación de Platón y hasta qué punto las modificaron bajo la influencia creciente del racionalismo. La otra es psicológica: en qué medida pueden los estados mentales denotados por la locura "profética" y "ritual" de Platón reconocerse como idénticos a otros estados conocidos de la psicología y antropología modernas. Ambas cuestiones son difíciles y en muchos puntos quizás tengamos que contentarnos con un veredicto de non liquet. Pero creo que merece la pena que nos las planteemos. Para intentar resolverlas me apoyaré, como nos apoyamos todos, en Rohde, que exploró muy a fondo la mayor parte de este terreno en su gran libro Psyche. Como el libro es fácilmente asequible, tanto en alemán como en inglés, no recapitularé sus argumentos; indicaré, en cambio, uno o dos puntos en que difiero de él.
 Antes de entrar en los cuatro tipos "divinos" de Platón, debo decir algo sobre su distinción general entre una locura "divina" y la locura ordinaria, que es consecuencia de la enfermedad. Esta distinción es, desde luego, más antigua que Platón. Por Heródoto sabemos que la locura de Cleomenes, en la cual vieron los más el castigo que los dioses le enviaron por su sacrilegio, fue atribuida por sus propios compatriotas a sus excesos en la bebida. Y aun cuando Heródoto se niega a aceptar esta prosaica explicación en el caso de Cleomenes, se inclina en cambio a explicar la locura de Cambises como debida a una epilepsia congénita y añade la sensata observación de que cuando el cuerpo se perturba gravemente, no es extraño que también sea afectada la mente. De suerte que reconoce por lo menos dos tipos de locura: uno de origen sobrenatural (aunque no benéfico) y otro debido a causas naturales. De Empédocles y su escuela se dice también que distinguieron la locura producida ex purgamento animae de la locura debida a afecciones corporales.
 Esto, no obstante, es un modo de pensar relativamente avanzado. Podemos poner en duda que tales distinciones se trazaran en tiempos más antiguos. Es creencia común de los pueblos primitivos que todos los tipos de perturbación mental se deben a una intervención sobrenatural y la universalidad de esta creencia no es de extrañar. Yo la creo originada y mantenida por las declaraciones de los propios pacientes. Entre los síntomas más corrientes de demencia ilusoria se cuenta hoy día la creencia del paciente de que está en contacto, o incluso identificado, con seres o fuerzas sobrenaturales y podemos presumir que no fue de otro modo en la antigüedad; efectivamente, ha llegado hasta nosotros, documentado con algún detalle, un caso de esta naturaleza, el del médico Menécrates, del siglo IV, que creía que era Zeus, tema de un brillante estudio de Otto Weinreich. Los epilépticos tienen además la impresión de ser azotados con un garrote por un ser invisible; y los extraños fenómenos del ataque epiléptico, la caída repentina, las contorsiones musculares, el crujir de los dientes y la lengua fuera de la boca, han contribuido, sin duda alguna, a formar la idea popular de la posesión. No es sorprendente que para los griegos la epilepsia fuera la "enfermedad sagrada" por excelencia, ni que la llamaran ἑπίληψις que -como nuestro término "ataque"- sugiere la intervención de un demonio. Yo aventuraría, sin embargo, la hipótesis de que la idea de la verdadera posesión, como distinta de la mera interferencia psíquica, deriva en última instancia de los casos de personalidad secundaria o alternante, como el de la famosa Miss Beauchamp, estudiado por Morton Prince. Porque en ellos una personalidad nueva, generalmente muy distinta de la antigua en carácter, en conocimientos y hasta en la voz y la expresión facial, parece tomar posesión de repente del organismo hablando de sí misma en primera persona y de la personalidad anterior en tercera. Tales casos, relativamente raros en la Europa y la América modernas, parecen darse con más frecuencia entre los pueblos menos avanzados, y pueden bien haber sido más comunes en la antigüedad que hoy día; más adelante volveré sobre ellos. La noción de posesión pudo extenderse fácilmente de estos casos a los de los epilépticos y paranoicos y, finalmente, todos los tipos de perturbación mental, incluso cosas como el sonambulismo o el delirio febril, se atribuyeron a agentes demoníacos. Una vez aceptada, la creencia creó naturalmente nuevas pruebas en su propio apoyo por el poder de la autosugestión.
 Hace tiempo ya que se ha hecho notar que la idea de la posesión está ausente en Homero y a veces se ha inferido de ello que es ajena a la cultura griega más antigua. Podemos, sin embargo, encontrar en la Odisea huellas de la creencia, más vaga, en el origen sobrenatural de la enfermedad mental.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1983, en traducción de María Araujo. ISBN: 84-206-2268-0.]

lunes, 10 de septiembre de 2018

Los cantos de Maldoror.- Conde de Lautréamont (1846-1870)


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Canto primero

«Plegue al cielo que el lector, enardecido y momentáneamente feroz como lo que lee, halle, sin desorientarse, su abrupto y salvaje sendero por entre las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno; pues, a menos que ponga en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual, como mínimo, a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro embeberán su alma como azúcar en agua. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro ese fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de adentrarte más por semejantes landas inexploradas, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia delante. Escucha bien lo que te digo: dirige hacia atrás tus pasos y no hacia adelante, como la mirada de un hijo se aparta, respetuosamente, de la contemplación augusta de la faz materna; o, mejor, como el ángulo perdiéndose en el horizonte de las friolentas grullas tan meditabundas que, durante el invierno, vuela poderosamente a través del silencio, con todas las velas tendidas, hacia un punto preciso del horizonte de donde, súbitamente, brota un viento extraño y fuerte, precursor de la tormenta. La grulla más vieja, que forma por sí sola la vanguardia, al verlo, mueve su cabeza como una persona razonable y, en consecuencia, también su pico que hace restallar, y no está contenta (tampoco yo lo estaría en su lugar), mientras su viejo pescuezo, desprovisto de plumas y contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en irritadas ondulaciones, presagio de la tempestad que se acerca cada vez más. Tras haber mirado, con sangre fría, varias veces a todas partes con ojos que atesoran experiencia, prudentemente, en primer lugar (pues a ella corresponde el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las demás grullas de inferior inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela, para rechazar al enemigo común, vira con flexibilidad el vértice de la figura geométrica (tal vez sea un triángulo, pero no se ve el tercer lado que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), bien a babor, bien a estribor, como un hábil capitán; y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, puesto que no es tonta, toma así otro camino filosófico y más seguro.
 Lector, tal vez desees que invoque el odio al comienzo de esta obra. ¿Quién te dice que no vas a respirar, bañado en innumerables voluptuosidades, tanto como lo desees, por tus orgullosas fosas nasales, amplias y delgadas, volviéndote panza arriba al igual que un tiburón, en el aire negro y hermoso, como si comprendieras la importancia de este acto y la no menor importancia de tu legítimo apetito, lenta y majestuosamente, sus rojas emanaciones? Te lo aseguro, alegrarán los dos informes agujeros de tu asqueroso hocico, ¡oh!, monstruo, siempre que antes te apliques en respirar tres mil veces seguidas la maldita conciencia del Eterno. Tus fosas nasales se habrán dilatado desmesuradamente de inefable satisfacción, de éxtasis inmóvil, y no pedirán al espacio, embalsamado como con perfumes e incienso, nada mejor; pues se habrán ahitado de felicidad perfecta, como los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los agradables cielos.
 Estableceré en pocas líneas que Maldoror fue bueno durante sus primeros años en los que vivió feliz; ya está hecho. Advirtió, luego, que había nacido malo: ¡fatalidad extraordinaria! Ocultó su carácter lo mejor que pudo durante muchos años, pero, por fin, a causa de esta concentración que no le era natural, cada día la sangre se le subía a la cabeza, hasta que, sin poder ya soportar semejante vida, se arrojó resueltamente a la carrera del mal... ¡grata atmósfera! ¡Quién lo hubiera dicho!, cuando besaba a un niño pequeño de rostro rosado hubiese querido rebanarle las mejillas con una navaja, y lo habría hecho con frecuencia si Justicia, con su largo cortejo de castigos, no se lo hubiera impedido cada vez. No era mentiroso, confesaba la verdad y decía que era cruel. Humanos, ¿habéis oído?, ¡se atreve a repetirlo con esta pluma temblorosa! De modo que existe un poder más fuerte que la voluntad... ¡Maldición! ¿Querrá la piedra sustraerse a las leyes de la gravedad? Imposible. Imposible que el mal quiera aliarse con el bien. Es lo que antes he afirmado.
 Los hay que escriben para conseguir los aplausos humanos, gracias a las nobles cualidades del corazón que la imaginación inventa o que pueden poseer. Yo, por mi parte, me sirvo del genio para pintar las delicias de la crueldad. Delicias ni efímeras ni artificiales, por el contrario, comenzaron con el hombre y terminarán con él. ¿No puede el genio aliarse con la crueldad en los secretos designios de la Providencia?, ¿o, acaso, el ser cruel impide tener genio? En mis palabras se hallará la prueba; sólo de vosotros depende escucharme, si así lo deseáis... Perdón, he creído que los cabellos se habían erizado en mi cabeza, pero no es nada, pues he conseguido fácilmente, con mi mano, colocarlos de nuevo en su posición inicial. El que canta no pretende que sus cavatinas permanezcan desconocidas, por el contrario, se envanece de que los pensamientos altivos y malvados de sus héroes estén en todos los hombres.
 He visto, durante toda mi vida, a los hombres de estrechos hombros, sin exceptuar uno solo, cometer actos estúpidos y numerosos, embrutecer a sus semejantes y pervertir las almas por todos los medios. Llaman «gloria» a los motivos de sus acciones. Viendo tales espectáculos quise reír como los demás, pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé una navaja cuya hoja tenía un filo acerado y me abrí las carnes en los lugares donde se unen los labios. Por un instante creí alcanzado mi objetivo. Miré en un espejo esa boca lacerada por mi propia voluntad. ¡Era un error! La sangre que corría en abundancia de ambas heridas impedía, además, distinguir si aquella era en realidad la risa de los demás. Pero, tras unos momentos de comparación, vi que mi risa no se parecía a la de los humanos, es decir, que no me reía. He visto a los hombres de fea cabeza y horribles ojos hundidos en las oscuras órbitas, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, el insensato furor de los criminales, las traiciones del hipócrita, a los más extraordinarios comediantes, la fortaleza de carácter de los curas y a los seres más ocultos para el exterior, los más fríos de los mundos y del cielo; fatigar a los moralistas hasta descubrir su corazón y hacer que caiga sobre ellos la cólera implacable de las alturas. Les he visto, todos a una, dirigiendo, unas veces, al cielo el más robusto puño, como el de un niño perverso ya contra su madre, excitados probablemente por algún espíritu infernal, con los ojos llenos de un remordimiento urente y rencoroso al mismo tiempo, en un silencio glacial, sin osar emitir las vastas e ingratas meditaciones que su seno albergaba, tan llenas de injusticia y horror estaban, y entristecer así de compasión al Dios de misericordia; otras, en todo instante del día, desde el comienzo de la infancia hasta el fin de la vejez, esparciendo increíbles anatemas, sin sentido común alguno, contra todo cuanto respira, contra sí mismo y contra la Providencia, prostituir a las mujeres y los niños y deshonrar, así, las partes del cuerpo consagradas al pudor. Entonces, los mares levantan sus aguas, engullen los maderos en sus abismos; los huracanes, los terremotos derriban las casas; la peste, las diversas enfermedades diezman las rezadoras familias. Pero los hombres no lo advierten. Les he visto, también, ruborizándose, palideciendo de vergüenza por su conducta en esta tierra; raras veces. Tempestades, hermanas de los huracanes; azulado firmamento cuya fuerza no admito; hipócrita mar, imagen de mi corazón; tierra de misterioso seno; habitantes de las esferas; universo entero; Dios que lo creaste con magnificencia, a ti te invoco: ¡muéstrame a un hombre que sea bueno!... Pero que tu gracia multiplique mis fuerzas naturales, pues ante el espectáculo de semejante monstruo puedo morir de asombro; por menos se ha muerto.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Sed de Belleza, en traducción de Luis Manuel Pérez Boitel. ISBN: 959-229-097-0.]