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viernes, 21 de agosto de 2020

Defensa del sentido común y otros ensayos.- George Edward Moore (1873-1958)

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X.-Certeza

  «Como todos ustedes pueden ver, en este momento estoy en una habitación y no al aire libre. No estoy ni sentado ni tumbado, sino de pie. No estoy totalmente desnudo, sino que voy vestido. Ni canto ni cuchicheo ni guardo un absoluto silencio, sino que estoy hablando en voz alta. En mi mano tengo algunas hojas escritas. Hay muchas otras personas en la misma habitación. Además, en aquella pared hay ventanas y una puerta en esta otra.
 Acabo de hacer cierto número de afirmaciones diferentes, con gran seguridad, como si no hubiese ninguna duda de su verdad. Es decir, aunque no he dicho expresamente que cada una de estas cosas distintas es no sólo verdadera, sino también cierta, sin embargo, al afirmarlas tal y como lo hice he dado a entender que de hecho eran ciertas. Es decir, he dado a entender que en el momento de pronunciar aquellas palabras conocía con certeza que de hecho ocurría lo que afirmaban. No creo que se me pueda acusar en justicia de dogmatismo o exceso de confianza por haber afirmado estas cosas positivamente del modo en que lo hice. Por lo que respecta a ciertos tipos de afirmaciones y en ciertas circunstancias, una persona puede en justicia ser acusada de dogmatismo por afirmar algo positivamente. Pero por lo que respecta a afirmaciones como las que he formulado, hechas en las condiciones en que las hice, la acusación sería absurda. Por el contrario, había incurrido en un absurdo si, en estas circunstancias, no hubiese hablado positivamente sobre estas cosas, si es que he hablado sobre ellas después de todo. Supongamos ahora que en lugar de decir "Estoy en un edificio" dijese "Creo que estoy en un edificio, aunque tal vez no sea así, no es seguro que lo esté", o en lugar de decir: "Voy vestido", dijese: "Pienso que voy vestido, aunque es posible que no". ¿No parecería más bien ridículo que ahora, en estas circunstancias, dijese: "Creo que voy vestido", o incluso: "No sólo creo que voy vestido, sino que además sé que es muy probable, aunque no pueda estar totalmente seguro"? Para algunas personas no sería en absoluto absurdo expresarse de este modo dubitativo en circunstancias. Supongamos, por ejemplo, que hubiese un ciego que padeciese una anestesia general, el cual supiese, porque alguien se lo hubiese dicho, que de cuando en cuando sus médicos lo desnudaban y lo vestían de nuevo, si bien él no viese ni sintiese la diferencia. Podría llegar un momento en que tal persona describiese correctamente la situación diciendo que pensaba que llevaba puestas algunas ropas, o que sabía que era muy probable que las llevase, aunque no estuviese muy seguro. Pero sería totalmente ridículo que yo, en plena posesión de mis sentidos, me expresase de este modo, puesto que las circunstancias son tales que hacen que sea completamente obvio  no sólo que pienso, sino que sé que voy vestido. Sería absurdo que dijese que pensaba que no estaba desnudo, ya que al decirlo daría a entender que no lo sabría, cuando todos ustedes pueden ver que estoy en situación de saberlo. Mas si ahora no incurro en dogmatismo al afirmar positivamente que no estoy desnudo, ciertamente, tampoco incurrí en dogmatismo cuando lo afirmé en una de aquellas frases con que comencé la conferencia. Sabía entonces que llevaba ropas, del mismo modo que sé ahora que las llevo.
 Naturalmente aquellas siete afirmaciones con que comencé, en ciertos aspectos no eran todas exactamente del mismo tipo. Por ejemplo: frente a la séptima, las seis primeras versaban todas ellas (entre otras cosas) sobre mí. Por el contrario, la séptima decía que había ventanas en aquella pared y una puerta en ésta. Incluso entre aquellas que versaban sobre mí había diferencias obvias. Por lo que respecta a dos de ellas -las afirmaciones de que estaba en una habitación y que había muchísimas otras personas conmigo en la misma habitación-, se puede decir que respondían en parte a la cuestión de qué tipo de medio era aquel en que me encontraba cuando las formulé. Por lo que respecta a las otras -la afirmaciones de que iba vestido, que hablaba en voz alta y que tenía en la mano algunas hojas de papel-, también se puede decir, aunque de un modo menos natural, que respondían parcialmente al mismo problema. Si iba vestido, si estaba en un lugar en que los sonidos altos eran audibles, y si tenía en la mano algunas hojas de papel, se sigue en cada caso que los alrededores de mi cuerpo eran diferentes, en un aspecto al menos, de lo que habrían sido en el caso contrario. El término "medio" se usa en ocasiones de tal modo que un enunciado verdadero del que se sigue que los alrededores de mi cuerpo eran diferentes en algún aspecto de lo que podrían haber sido, suministra alguna información, por pequeña que sea, sobre el tipo de medio en el que estaba. Pero aunque puede decirse que, de ser verdaderos, cada uno de esos enunciados ha dado en cierto sentido alguna información sobre la naturaleza de mi medio en el momento en que lo formulé, uno de ellos, la afirmación de que estaba hablando en voz alta, no se limita sólo a esto: de ser verdad, dio también alguna información de tipo muy distinto. Decir que hablaba en voz alta no es sólo decir que había sonidos audibles en mis cercanías y que esos sonidos eran palabras, sino también que algunos sonidos de este tipo los estaba haciendo yo: una proposición causal.
DEFENSA DEL SENTIDO COMÚN Y OTROS ENSAYOS: Amazon.es: Moore ... Por lo que respecta a la sexta proposición sobre mí -la afirmación de que estaba de pie-, difícilmente podría decirse que informaba sobre la naturaleza de mi medio cuando la formulé. Podría decirse perfectamente que daba  información sólo sobre la postura de mi cuerpo en el momento en cuestión. Por lo que respecta a las dos afirmaciones formuladas que no versaban sobre mí -las afirmaciones de que había ventanas en esa pared o una puerta en ésa-, aunque en cierto sentido versaban sobre mi medio, ya que las dos paredes sobre las que hablaba, de hecho, estaban en mis cercanías en aquel momento, sin embargo, al formularlas no afirmaba expresamente que estuviesen en mis cercanías (si lo hiciese, habrían sido afirmaciones relativas a mí mismo). Lo que afirmaba expresamente es algo que podría haber sido verdad, aunque no estuviesen en mis cercanías. De la proposición de que hay una puerta en esa pared no se sigue que esa pared esté en mis inmediaciones, mientras que de la proposición de que estoy en una habitación se sigue que hay una pared en mis inmediaciones.
 Mas a pesar de estas y otras diferencias, esas siete u ocho afirmaciones diferentes se parecen en varios aspectos importantes.
 (1) En primer lugar, esas siete u ocho afirmaciones distintas que hice al comienzo de la conferencia se asemejaban por lo siguiente: todas ellas podrían haber sido falsas, aunque de hecho no lo fuesen. Considérese, por ejemplo, el momento en que dije que estaba de pie. Evidentemente en ese preciso momento podría haber estado sentado, aunque de hecho no lo estuviese. Si hubiese estado sentado en aquel momento, entonces mi afirmación de que estaba de pie habría sido falsa. Por tanto, puesto que podría haber estado sentado en ese preciso momento, se sigue que mi afirmación de que estaba de pie podría haber sido falsa, aunque no lo fuera. Como es obvio, puede decirse esto mismo de todas las demás afirmaciones que he hecho. En el momento en que dije que estaba en una habitación, podría haber estado al aire libre; cuando dije que iba vestido, podría haber estado desnudo; y asimismo en todos los demás casos.
 Ahora bien, del hecho de que una afirmación dada puede haber sido falsa, siempre se sigue que su negación o la contradictoria de la proposición afirmada no es una proposición autocontradictoria. Decir que una proposición dada podría haber sido falsa equivale a decir que su negación o contradictoria podría haber sido verdadera; y del hecho de que una proposición dada pueda haber sido verdadera siempre se sigue que la proposición en cuestión no es autocontradictoria, ya que si lo fuese no sería posible que fuese verdadera. Según esto, todas aquellas cosas que afirmé en el comienzo de esta conferencia eran cosas cuyas contradictorias no eran autocontradictorias. Por ejemplo, si cuando dije "Estoy en pie" hubiese dicho en su lugar "no es el caso que esté de pie", que sería la proposición contradictoria, hubiese sido correcto decir "Esa proposición no es autocontradictoria, es falsa". Esto mismo ocurre con todas las demás proposiciones. Como abreviatura de la expresión larga "proposición que no es autocontradictoria y cuya contradictoria tampoco lo es" los filósofos han empleado a menudo el término técnico "proposición contingente". Empleando en ese sentido el término "contingente" podemos decir, pues, que uno de los aspectos en que se asemejan esas siete proposiciones que formulé al comienzo de esta conferencia es que todas eran contingentes

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Carlos Solís. ISBN: 84-7530-432-X.]
  

jueves, 14 de mayo de 2020

Los lógicos.- Jesús Mosterín (1941-2017)

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Prólogo

  «La matemática es la más grande aventura del pensamiento. En otras actividades también pensamos, obviamente, pero contamos además con la guía y el control de la observación empírica. En la matemática pura navegamos por un mar de ideas abstractas, sin más brújula que la lógica.
 Jacobi pensaba que la finalidad única de la matemática consiste en honrar al espíritu humano. Por otro lado, la matemática y el pensamiento abstracto impregnan toda la ciencia y la tecnología actuales. Desde la cosmología hasta la economía, nuestro conocimiento de la naturaleza y de la sociedad sería inconcebible sin las matemáticas. A diferencia de la ciencia antigua, que buscaba una comprensión cualitativa de los fenómenos, la ciencia moderna se basa en la construcción de modelos teóricos (es decir, matemáticos) de la realidad. La realidad es excesivamente compleja para poder ser directamente comprendida por nuestras limitadas entendederas. Lo único que podemos hacer es buscar en el universo matemático una estructura que se parezca en algún aspecto relevante a la porción de la realidad por la que nos interesemos, y usar esa estructura como modelo teórico simplificado de la realidad. Una vez que disponemos de un modelo teórico, podemos traducir al lenguaje de las matemáticas las preguntas que nos hacemos en la vida real, podemos computar la respuesta dentro del modelo y, finalmente, podemos retraducir esa respuesta matemática al lenguaje de la vida real.
 Si queremos calcular trayectorias de aviones o barcos sobre la superficie terrestre, modelamos la Tierra mediante una esfera o un elipsoide. En las teorías científicas avanzadas las estructuras matemáticas que utilizamos como modelos son más complicadas. La cosmología usa la teoría general de la relatividad, que modela el espacio-tiempo físico como una variedad diferencial provista de una cierta métrica (un campo tensorial). La mecánica cuántica modela los sistemas atómicos como espacios de Hilbert (ciertos espacios vectoriales de un número infinito de dimensiones).
 ¿De dónde sacamos esas esferas y elipsoides, de dónde sacamos los números, los vectores, las probabilidades, las variedades diferenciales, los campos tensoriales, los espacios de Hilbert? Los sacamos del universo matemático. Y ¿de dónde sacamos el universo matemático? Nos lo sacamos de la cabeza. Es una creación del espíritu humano, pero no es una creación arbitraria, sino constreñida por una lógica implacable. El resultado de esa creación, el universo matemático, es un depósito inagotable de todo tipo de estructuras imaginables e inimaginables. Algunas de esas estructuras pueden reducirse a otras en el sentido de ser definibles a partir de ellas. La ontología matemática -es decir, la teoría de conjuntos- trata de reducir la vertiginosa variedad de las estructuras a sus componentes básicos, que en último término son los conjuntos. A partir del conjunto vacío e iterando unas pocas operaciones, el matemático -como un compositor- construye la gran sinfonía del universo matemático, con todos sus números y espacios.
 En los modelos calculamos y obtenemos mediante computaciones las respuestas que buscamos. Los computadores son "cerebros electrónicos", extensiones de nuestras cabezas, máquinas que implementan programas formales y nos permiten resolver nuestros problemas, al menos en la medida en que estos sean computables. Qué problemas sean computables y hasta qué punto lo sean es aquí una cuestión crucial.
Los lógicos - jesús mosterín - espasa - tapa du - Vendido en Venta ... Alguien podrá pensar que algo tan abstracto como la lógica sólo podría atraer a personalidades frías y exangües. Pero las apariencias engañan. Bajo el hielo de la razón pura arde a veces una llama abrasadora y un corazón atormentado. A los veinte años Jean van Heijenoort se había entregado totalmente a la causa de la revolución mundial. Como secretario particular y guardaespaldas de Trotski, lo acompañó en su exilio en Turquía, Francia, Noruega y México. Asesinado Trotski, van Heijenoort se puso a estudiar lógica y matemáticas y se convirtió en historiador prominente de la lógica. Lejos de cualquier frialdad, se pasó la vida en tormentosas pasiones amorosas con sus diversas esposas y amantes. Cuando yo lo traté, bajo las cenizas de la edad todavía ardían brasas incandescentes. Su última mujer, la mexicana Ana María, nada más conocerlo, lo describió como "una llama de fuego puro". En ese fuego se quemaron los dos. Ya separados, y dedicado Jean en Stanford a la edición de las obras completas de Gödel, Ana María lo conminó a volver a México inmediatamente, porque ella quería suicidarse y matarlo a él. Él canceló todos sus compromisos y tomó el primer avión a México. Allí, en la cama, ella le disparó tres tiros en el cráneo y a continuación se disparó a sí misma en la boca, como había anunciado. En fin, cualquier cosa excepto una vida fría y aburrida. De todos modos, su contribución creativa a la lógica, aunque apreciable, fue modesta. Quine, sin embargo, aunque mucho más importante como filósofo y lógico, y aunque coronado por el éxito académico, ha tenido la vida previsible y desangelada del típico profesor universitario, como su propia autobiografía se encarga de documentar, dicho sea con el respeto y admiración que cuantos lo conocemos le profesamos. ¿No habrá habido lógicos que hayan combinado el interés humano de una vida extrema con la plenitud del genio creador? Sí, los ha habido, y de algunos de ellos trata este libro.
 Aunque hace mucho tiempo que los seres humanos razonan, clasifican y calculan, sólo a finales del siglo XIX y principios del XX se ha logrado una cierta claridad acerca de la lógica, las clases y los algoritmos, temas todos ellos íntimamente imbricados entre sí. Esta clarificación es el fruto de una de las mayores revoluciones intelectuales de todos los tiempos, que incluyó la creación de la lógica moderna, la teoría de conjuntos y la teoría de la computación, la aritmetización del análisis y la transformación de la filosofía teórica. Esos progresos fueron llevados a cabo por varios pensadores geniales, que eran a la vez filósofos y matemáticos, y a los que aquí vamos a llamar los lógicos. De entre los lógicos que hicieron la revolución, hemos elegido a seis héroes intelectuales, de obra decisiva y vida interesante: Frege, Cantor, Russell, von Neumann, Gödel y Turing. Por su obra, podríamos haber elegido también a otros (como Dedekind, Hilbert, Zermelo o Tarski), pero su vida no fue tan dramática.
 Espero que esta combinación de biografía y lógica, de anécdota y concepto, de contexto histórico y desarrollo abstracto, resulte digerible para el lector y sea de su agrado. En el mejor de los casos, el lector lego en lógica y matemáticas puede aprender algo de esa disciplinas leyendo este libro, y el lector ducho en esas materias puede aprender algo acerca de los hombres atormentados que las crearon y de la época en que les tocó vivir.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa Calpe, 2000. ISBN: 84-239-9755-3.]

martes, 17 de diciembre de 2019

Discurso del método.- René Descartes (1596-1650)

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Segunda parte: Principales reglas del método

«Pero, como hombre que anda solo y en las tinieblas, me resolví a caminar tan lentamente y a usar de tanta circunspección en todas las cosas, que aunque sólo avanzase muy poco, por lo menos me preservase de caer. Ni siquiera quise comenzar a rechazar completamente ninguna de las opiniones que se hubiesen podido deslizar antaño en mis creencias por otras vías que las de la razón, sin antes haber dedicado bastante tiempo a formar el proyecto de la obra que iba a emprender y a buscar el verdadero método para llegar al conocimiento de todas las cosas de que mi mente fuese capaz.  
 Siendo más joven, había estudiado yo un poco, entre las partes de la filosofía, la lógica, y entre las matemáticas, el análisis de los geómetras y el álgebra, tres artes o ciencias que, al parecer, debían contribuir en algo a mi propósito. Pero, al examinarlas advertí que, por lo que respecta a la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus restantes instrucciones sirven más bien para explicar a otro las cosas que se saben, o incluso, como el arte de Lulio, para hablar sin juicio de las que se ignoran, que para aprenderlas; y, aunque ella contiene, en efecto, muchos preceptos verdaderos y buenos, hay, no obstante, mezclados con ellos tantos otros nocivos o superfluos, que es casi tan difícil separarlos de aquéllos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol que no esté todavía abocetado. En cuanto al análisis de los antiguos y al álgebra de los modernos, además de que sólo abarcan materias muy abstractas y que no parecen de ningún uso, la primera se restringe siempre tanto a la consideración de las figuras, que no puede ejercitar el entendimiento sin fatigar mucho la imaginación; y en la última está uno siempre tan sujeto a ciertas reglas y a ciertas cifras, que se ha hecho de ella un arte confuso y oscuro que embaraza la mente, en lugar de una ciencia que la cultive. Lo cual fue causa de que yo pensase que era menester buscar algún otro método que, comprendiendo las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y, así como la muchedumbre de las leyes proporciona con frecuencia excusa para los vicios, de suerte que un Estado está mucho mejor regulado cuando, teniendo sólo unas pocas, son observadas muy estrechamente; de la misma manera, en lugar de ese gran número de preceptos de que la lógica está compuesta, creí yo que tendría bastante con los cuatro siguientes, con tal de que tomase la firme y constante resolución de no dejar de observarlos ni una sola vez.
 Era el primero, no aceptar nunca cosa alguna como verdadera que no la conociese evidentemente como tal, es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente, que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda.
 El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinase en tantas partes como fuera posible y como se requiriese para su mejor resolución.
 El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo, incluso, un orden entre los que no se preceden naturalmente.
 Y el último, hacer en todas partes enumeraciones tan completas y revistas tan generales que estuviese seguro de no omitir nada.
 Esas largas cadenas de razones tan simples y fáciles de que los geómetras acostumbran a servirse para llegar a sus más difíciles demostraciones, me habían dado ocasión de imaginarme que todas las cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hombres se siguen unas a otras de la misma manera, y que sólo con abstenerse de recibir como verdadera ninguna que no lo sea, y con guardar siempre el orden que es menester para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna tan alejada que finalmente no se alcance, ni tan culta que no se descubra. […]
 Pero lo que más me contentaba de este método era que con él estaba seguro de usar de mi razón en todo, si no perfectamente, al menos lo mejor que estuviese en mi poder; además de que, al practicarlo, sentía que mi mente se acostumbraba poco a poco a concebir más clara y distintamente sus objetos; y, no habiéndolo limitado a ninguna materia en particular, me prometía aplicarlo a las dificultades de las demás ciencias […]
 Pero, habiendo advertido que los principios de todas las ciencias debían ser tomados de la filosofía, en la que no se encontraba todavía ninguno seguro, pensé que, ante todo, era menester que tratase de establecerlos en ella; y, siendo ésta la cosa más importante del mundo y aquella en que eran más de temer la precipitación y la prevención, creí que no debía intentar llevarla a cabo hasta que no hubiese alcanzado una edad mucho más madura que la de veintitrés años, que entonces tenía, y hasta que no hubiese empleado mucho tiempo en prepararme para ello, tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones que había recibido anteriormente, como haciendo acopio de experiencias diversas, que suministrasen después la materia para mis razonamientos, y siempre sin dejar de ejercitarme en el método que me había prescrito, con objeto de afirmarme en él cada vez más.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Antonio Rodríguez Huéscar. ISBN: 84-7530-371-4.]

viernes, 28 de septiembre de 2018

Carta a un amigo japonés.- Jacques Derrida (1930-2004)


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La deconstrucción en filosofía

«Cuando elegí esta palabra, o cuando se me impuso -creo que fue en De la gramatología-, no pensaba yo que se le iba a reconocer un papel tan central en el discurso que por entonces me interesaba. [...]
 También hay que decir que la palabra era de uso poco frecuente, a menudo desconocido en Francia. Ha tenido que ser reconstruido en cierto modo, y su valor de uso ha quedado determinado por el discurso que se intentó en la época, en torno y a partir de De la gramatología. Este valor de uso es el que voy a tratar ahora de precisar y no cualquier sentido primitivo, cualquier etimología al amparo o más allá de toda estrategia contextual.
 Dos palabras más, referentes al "contexto". El "estructuralismo" dominaba por aquel entonces. "Deconstrucción" parecía ir en ese sentido, ya que la palabra significaba una cierta atención a las estructuras (que, por su parte, no son simplemente ideas, ni formas, ni síntesis, ni sistemas). Deconstruir era asimismo un gesto estructuralista, en cualquier caso, era un gesto que asumía una cierta necesidad de la problemática estructuralista. Pero era también un gesto antiestructuralista; y su éxito se debe, en parte, a este equívoco. Se trataba de deshacer, de descomponer, de desedimentar estructuras (todo tipo de estructuras, lingüísticas, "logocéntricas", "fonocéntricas" -pues el estructuralismo estaba, por entonces, dominado por los modelos lingüísticos de la llamada lingüística estructural que se denominaba también saussuriana- socio-institucionales, políticos, culturales y, ante todo y sobre todo, filosóficos) [...].
 En cualquier caso, pese a las apariencias, la deconstrucción no es ni un análisis ni una crítica [...]. No es un análisis, sobre todo porque el desmontaje de una estructura no es una regresión hacia el elemento simple, hacia un origen indescomponible. Estos valores, como el de análisis, son ellos mismos filosofemas sometidos a la deconstrucción. Tampoco es una crítica, en un sentido general o en un sentido kantiano. La instancia misma del krinein o de la krisis (decisión, elección, juicio, discernimiento) es, como lo es por otra parte todo el aparato de la crítica trascendental, uno de los "temas" o de los "objetos" esenciales de la deconstrucción.
 Lo mismo diré con respecto al método. La deconstrucción no es un método y no puede ser transformada en método. Sobre todo si se acentúan, en aquella palabra, la significación sumarial o técnica [...].
 No basta con decir que la deconstrucción no puede reducirse a una mera instrumentalidad metodológica, a un conjunto de reglas y de procedimientos transportables. No basta con decir que cada "acontecimiento" de deconstrucción resulta singular o, en todo caso, lo más cercano posible a algo así como un idioma y una firma. Es preciso, asimismo, señalar que la deconstrucción no es siquiera un acto o una operación. No sólo porque, en ese caso, habría en ella algo "pasivo" o algo "paciente" (más pasivo que la pasividad, diría Blanchot, que la pasividad tal como es contrapuesta a la actividad). No sólo porque no corresponde a un sujeto (individual o colectivo) que tomaría la iniciativa de ella y la aplicaría a un objeto, a un texto, a un tema, etc. La deconstrucción tiene lugar; es un acontecimiento que no espera la deliberación, la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad. Ello se deconstruye. El ello no es, aquí, una cosa impersonal que se contrapondría a alguna subjetividad egológica. Está en deconstrucción (Littré decía: "deconstruirse... perder su construcción"). Y en el "se" del "deconstruirse", que no es la reflexibilidad de un yo o de una conciencia, reside todo el enigma [...]    
 Para ser muy esquemático, diré que la dificultad de definir y, por consiguiente, también de traducir la palabra "deconstrucción" procede de que todos los predicados, todos los conceptos definitorios, todas las significaciones relativas al léxico e, incluso, todas las significaciones sintácticas que, por un momento, parecen prestarse a esa definición y a esa traducción son asimismo deconstruidos o deconstruibles, directamente o no, etc. Y esto vale para la palabra, para la unidad misma de la palabra "deconstrucción", como para la de toda palabra. De la gramatología pone en cuestión la unidad "palabra" y todos los privilegios que, en general, se le reconocen, sobre todo bajo la forma nominal. Por consiguiente, sólo un discurso, o mejor, una escritura puede suplir esta incapacidad de la palabra para bastar a un "pensamiento". Toda frase del tipo "la deconstrucción es X" o "la deconstrucción no es X" carece a priori de toda pertinencia: digamos que es, por lo menos, falsa. [...] una de las bazas principales de lo que, en los textos, se denomina "deconstrucción" es, precisamente, la delimitación de lo ontológico y, para empezar, de ese indicativo presente de la tercera persona: S es P.
 La palabra "deconstrucción", al igual que cualquier otra, no posee más valor que el que le confiere su inscripción en una cadena de sustituciones posibles, en lo que tan tranquilamente se suele denominar un "contexto". Para mí, para lo que yo he tratado o trato todavía de escribir, dicha palabra no tiene interés más que dentro de un contexto en donde sustituye a y se deja determinar por tantas otras palabras, por ejemplo, "escritura", "huella", "différance", "suplemento", "himen", "fármaco", "margen", "encentadura", "parergon", etc. Por definición, la lista no puede cerrarse y eso que sólo he citado nombres; lo cual es insuficiente y meramente económico. De hecho, habría que haber citado frases y encadenamientos de frases que, a su vez, determinan, en algunos de mis textos, estos nombres [...].»
 
  [El fragmento pertenece a Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura, en traducción de C. de Peretti.]

sábado, 24 de diciembre de 2016

"Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco".- Arthur C. Clarke (1917-2008)

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  La melodía ideal

  «-No sé por qué a la mayoría de los científicos les interesa la música -prosiguió Harry Purvis-, pero es un hecho innegable. Conozco muchos laboratorios importantes que poseen orquestas sinfónicas de aficionados, algunas incluso muy buenas. Entre los matemáticos se podrían encontrar razones obvias para justificar esta afición: la música, especialmente la música clásica, es, formalmente, casi matemática. Además, se apoya en la teoría: relaciones armónicas, análisis de las ondas, distribución de la frecuencia, y cosas por el estilo. Constituye en sí misma un estudio apasionante que atrae fuertemente a las mentes científicas y que no excluye -aunque muchas personas crean lo contrario- una apreciación puramente estética.
 Pero he de confesar que el interés musical de Gilbert Lister era completamente cerebral. Era, en primer lugar, un fisiólogo, especializado en el estudio del cerebro. Por eso la palabra cerebral debe ser tomada literalmente.
 No distinguía entre una canción vaquera y la Sinfonía Coral. No le interesaban los sonidos por sí mismos sino por los efectos que causaban en el cerebro.
 Entre personas tan cultas como las presentes -dijo Harry, con tal énfasis que sonó como un insulto-, no habrá nadie que ignore el hecho de que gran parte de la actividad cerebral se realiza por medio de electricidad. Constantemente se producen pulsaciones de ritmo regular que pueden detectarse y analizarse con la ayuda de modernos instrumentos. Este era el campo de Gilbert Lister. Adosaba electrodos en el cuero cabelludo de una persona, y un sistema de amplificadores registraba las ondas cerebrales en cinta magnética. Tras examinarlas, podía dar todo tipo de información sobre la persona en cuestión. En última instancia, afirmaba, es posible identificar a cualquiera a partir de un encefalograma -para utilizar el término correcto- con mayor precisión que a través de las huellas dactilares.
 Mediante una intervención quirúrgica, puede cambiarse la piel de una persona, pero si llegáramos a un avance tecnológico tal que pudiera cambiarse el cerebro -bueno, esa persona ya no sería la misma, de modo que no podría acusarse al sistema de haber fallado.
 Mientras estudiaba los ritmos alfa, beta y demás de cerebro, Gilbert empezó a interesarse por la música. estaba seguro de que existía alguna conexión entre los ritmos musicales y los mentales. Se propuso tocar música ante sus pacientes para analizar los efectos producidos en sus frecuencias cerebrales normales. Como era de esperar, los efectos fueron múltiples y los descubrimientos de Gilbert le llevaron a adentrarse en campos más filosóficos.
 Sólo en una ocasión hablé con él extensamente sobre sus teorías. No porque fuera reservado -nunca he conocido a un científico que lo fuera, pensándolo bien-, sino porque no le gustaba discutir sobre su trabajo hasta saber a dónde le iba a llevar. Pero lo que dijo fue suficiente para demostrar que había abierto un campo muy interesante y, en consecuencia, me propuse ayudarle. Mi empresa suministró parte del equipo y yo no me mostré reacio a obtener un pequeño beneficio marginal. Se me ocurrió que si las teorías de Gilbert funcionaban, iba a necesitar un representante en menos que canta un gallo... 
 Porque lo que Gilbert intentaba hacer era encontrar el fundamento científico para llegar a una teoría sobre las canciones de éxito. Por supuesto, no pensaba sobre el asunto en estos términos: él lo consideraba como un simple proyecto de investigación y su única ambición consistía en publicar su trabajo en las Actas de la Asociación de Física. Pero yo reconocí las implicaciones financieras en seguida. Eran asombrosas.
 Gilbert estaba seguro de que una melodía o una canción de moda impresiona la mente porque, de algún modo, se adapta a los ritmos eléctricos fundamentales del cerebro. Utilizaba una analogía para explicarlo: "Es como meter una llave en una cerradura. Las guardas de una tienen  que acoplarse a las de la otra para que funcione."
 Enfocó el problema desde dos ángulos. En primer lugar, recogió cientos de melodías populares y clásicas y analizó su estructura -o, como él decía-, su morfología.
 Un analizador de armonías realizaba esta operación automáticamente, clasificando las frecuencias. Por supuesto, era mucho más complicado, pero estoy seguro de que habréis entendido la idea básica.
 Al mismo tiempo, trataba de ver la adecuación entre las ondas resultantes y las vibraciones eléctricas naturales del cerebro. La teoría de Gilbert consistía -y aquí nos adentramos en aguas filosóficas más profundas- en que todas las melodías existentes son aproximaciones burdas a una melodía ideal. Los músicos de todos los tiempos la han buscado a ciegas, porque ignoraban la relación entre música y mente. Una vez revelada esta relación, sería posible descubrir la Melodía Ideal.
 -¡Eh! -exclamó John Christopher-. Eso es una refundición de la teoría platónica de los Arquetipos. Ya se sabe: todos los objetos del mundo material son burdas copias de la silla o la mesa, o lo que sea, ideales. Así que tu amigo buscaba la melodía ideal. ¿La encontró?
 -Lo sabrás a su debido tiempo -prosiguió Harry sin inmutarse-. Gilbert tardó un año en completar el análisis, y a continuación comenzó con la síntesis. Para entendernos: fabricó una máquina capaz de construir modelos de sonidos, automáticamente, acordes con las leyes que había descubierto. Tenía montones de osciladores y mezcladores; en realidad, lo que hizo fue modificar un órgano electrónico ordinario para esta parte del aparato, controlado por la máquina compositora. De esta forma tan infantil con que los científicos bautizan a sus vástagos, llamó al invento "Ludwig".
 Se entendería mejor el funcionamiento de Ludwig si se le concibe como una especie de kaleidoscopio sonoro, en lugar de visual. Pero el kaleidoscopio obedecía a unas ciertas leyes, y esas leyes -al menos Gilbert así lo creía- estaban basadas en la estructura fundamental de la mente humana. Con los arreglos necesarios, Ludwig llegaría, tarde o temprano, a encontrar la Melodía Ideal a través de todos los modelos musicales posibles.»