domingo, 1 de octubre de 2023

Hiperbórea y otros mundos perdidos.- Clark Ashton Smith (1893-1961)


Recordando a Clark Ashton Smith – ·Libros de Cíbola·
La historia de Satampra Zeiros


  «Yo, Satampra Zeiros de Uzuldaroum, me dispongo a escribir con mi mano izquierda, ya que carezco de la derecha, la historia de todo lo acaecido a Tirouv Ompallios y a mí mismo en el altar del dios Tsathoggua, cuyo culto fue abandonado por el hombre en las afueras de Commoriom invadidas por la jungla, aquella capital de los gobernantes hiperbóreos abandonada hace tanto tiempo. La escribiré con la savia violeta de palma de suvana, que se torna color rojo sangre con el paso de los años, sobre un papel de vitela hecho con la piel de un mastodonte, para advertir a todos los buenos ladrones y aventureros que pudieran escuchar alguna falsa leyenda sobre los tesoros perdidos de Commoriom y se sintieran tentados por ella.
   Pues bien, Tirouv Ompallios era mi amigo de toda la vida y mi leal compañero en cualquier empresa que requiriera dedos diestros y una mente tan rápida como aguda. Puedo afirmar sin exagerar en mi caso, ni tampoco en el caso de Tirouv Ompallios, que ambos llevábamos a cabo con incomparables resultados más de un encargo ante el que muchos de nuestros colegas de oficio de mucho más renombre que nosotros se hubieran acobardado. Para ser más explícito, me refiero al robo de las joyas de la reina Cunambria, que estaban guardadas en una habitación donde unos cuarenta reptiles venenosos se paseaban libremente; y el robo de la diamantina caja fuerte de Acromi, que contenía los medallones de una temprana dinastía de reyes hiperbóreos. Es verdad que resultó difícil y peligroso encontrar comprador para aquellos medallones y que tuvimos que venderlos a un precio nefasto al capitán de un navío bárbaro procedente de la remota Lemuria: no obstante, lograr abrir aquella caja fue una hazaña gloriosa, porque debía ser ejecutada en total silencio debido a la proximidad de una docena de guardias armados con tridentes. Empleamos un extraño y corrosivo ácido… pero no debo entretenerme demasiado tiempo ni tan profusamente, por muy fuerte que sea la tentación de divagar sobre heroicos recuerdos y recrearse en la sublime gloria de los actos de valor o destreza.
   En el ejercicio de nuestro oficio, como en el de cualquier otro, los reveses de la suerte con frecuencia deben ser tenidos en cuenta, y la diosa Fortuna no siempre es pródiga en favores. Así pues, Tirouv Ompallios y yo, en el momento del que ahora escribo, nos hallábamos en circunstancias de falta de liquidez, las cuales, aunque pasajeras, eran no obstante extremas y resultaban bastante inconvenientes y molestas, sobre todo al tener lugar justo después de días más prósperos y de noches más provechosas. La gente se había vuelto cada vez más precavida con sus joyas y otros objetos de valor, las ventanas y las puertas tenían dobles barrotes, se comenzaron a utilizar nuevos y desconcertantes cerrojos, los guardias estaban más vigilantes o menos somnolientos… resumiendo, todas las dificultades naturales de nuestra profesión se vieron multiplicadas. Llegó un momento en el que nos vimos obligados a robar mercancías más voluminosas y menos valiosas que las que estábamos acostumbrados a manejar, e incluso esto también conllevaba sus peligros. Aún ahora me siento humillado al recordar la noche en la que estuvieron a punto de atraparnos con un saco de ñames rojos, y menciono este incidente para no parecer en absoluto presuntuoso.
  Una noche, en un callejón del barrio más humilde de Uzuldaroum, paramos para contar los recursos de los que disponíamos y descubrimos que, entre los dos, teníamos exactamente tres pazoors… suficiente para comprar una botella grande de licor de granadas o dos barras de pan. Discutimos entonces sobre el problema del gasto.
  —El pan —argumentó Tirouv Ompallios— alimentará nuestros cuerpos, nos proporcionará fuerzas renovadas y mayor agilidad a nuestros miembros y a nuestros exhaustos dedos.
  —El licor de granadas —repliqué— enaltecerá nuestros pensamientos, inspirará e iluminará nuestras mentes y quizás nos revele un modo de escapar de nuestras actuales dificultades.
  Tirouv Ompallios cedió sin poner mayor reparos a mi superior razonamiento y buscamos la entrada de una taberna cercana. El licor no era de los mejores, en cuanto al sabor, pero la cantidad y potencia del brebaje eran todo lo que se podía desear. Nos sentamos en la abarrotada taberna y sorbimos el licor a nuestro ritmo, hasta que todo el fuego del brillante licor rojo se hubo transferido a nuestros cerebros. La oscuridad y las dudas sobre nuestros caminos futuros se iluminaron como si fueran alumbradas por la luz de pebeteros rosados, y el cruel semblante del mundo quedó maravillosamente suavizado.
  No tardó mucho en llegarme la inspiración.
  —Tirouv Ompallios —dije—, ¿hay alguna razón por la que tú y yo, hombres valientes y que hemos sucumbido a los miedos y supersticiones de la multitud, no deberíamos aprovechamos de los regios tesoros de Commoriom? Un día de viaje desde esta tediosa ciudad, una agradable excursión al campo, una tarde o una mañana de búsqueda arqueológica… y quién sabe lo que podríamos encontrar.
  —Hablas con sabiduría y valor, mi estimado amigo —replicó Tirouv Ompallios—. En efecto, no existe ninguna razón por la que no podamos sanear nuestras maltrechas finanzas a costa de unos cuantos reyes muertos, o dioses.
  Commoriom, como todo el mundo sabe, había quedado desierta hacía muchos cientos de años por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion, que había anunciado un indescriptible y abominable fin para todos los seres mortales que osaran permanecer en su entorno. Algunos dicen que aquella destrucción fue provocada por una plaga que llegó de las inmensidades del norte por las rutas de las tribus de la jungla; otros afirmaban que fue una forma de locura colectiva; en todo caso, nadie, ni rey ni sacerdote ni comerciante ni trabajador ni ladrón, permaneció en Commoriom para esperar su llegada, sino que todos partieron en una sola ola migratoria para fundar a un día de distancia la nueva capital, Uzuldaroum. Y se cuentan extrañas historias de horrores y espantos que ningún hombre sería capaz de afrontar ni superar, que acechan por siempre los altares y mausoleos y palacios de Commoriom. Y todavía perdura el lustre del mármol, el esplendor del granito, la multitud de agujas y cúpulas y obeliscos que los imponentes árboles de la jungla no han logrado cubrir, en un fértil valle interior de Hiperbórea. Y los hombres dicen que en sus cámaras intactas descansa el suntuoso tesoro de los monarcas de la antigüedad, entero y sin que haya sufrido ningún saqueo desde aquellos tiempos; que las tumbas construidas en lo alto guardan las piedras preciosas y las monedas de electro enterradas junto a sus momias; que los templos todavía conservan las vasijas de oro en sus altares y el mobiliario, y los ídolos sus piedras preciosas en orejas, bocas, narices y ombligos.
  Creo que habríamos partido esa misma noche de haber contado con el coraje y la inspiración que nos hubiera aportado una segunda botella de licor de granadas. Pero no fue así y decidimos partir al amanecer: el hecho de que careciéramos de fondos para nuestro viaje no importaba demasiado, porque, a menos que nuestras habilidades habituales nos fallaran, podríamos requisar pequeñas cantidades de impuestos involuntarios de las cándidas gentes del campo. Hasta entonces, nos retiramos a nuestros aposentos, donde el casero nos salió al paso dándonos la bienvenida a regañadientes y exigiendo que le pagáramos su dinero. Pero la dorada promesa de la mañana nos había inmunizado contra preocupaciones tan triviales y apartamos al tipo a un lado con un desprecio que pareció sorprenderlo, si no someterlo del todo.
 Nos dormimos tarde, y el sol ya había ascendido un buen trecho sobre el celeste declive de los cielos cuando dejamos atrás las puertas de Uzuldaroum y emprendimos el camino por la calzada norte que conduce a Commoriom. Desayunamos abundantemente unos melones ámbar, y un ave robada que asamos en el bosque, y luego retomamos el camino. A pesar de una fatiga que iba en aumento hasta el final del día, resultó un viaje agradable, y encontramos muchas cosas con las que entretenernos en los variopintos paisajes por los que pasamos, y en sus gentes. Algunos, estoy seguro, sin duda todavía nos recuerdan con rencor, porque no nos negábamos nada que estuviera al alcance de la mano y que tentara nuestros caprichos o nuestros apetitos.
 Era una región agradable, llena de granjas, huertos, riachuelos y bosques verdes y llenos de flores. Finalmente, en el curso de la tarde llegamos a la antigua calzada, en desuso desde hacía mucho tiempo y casi intransitable, que conducía desde la calzada principal y a través de la vieja jungla hacia Commoriom.
Los mundos perdidos de Clark Ashton Smith | La mano del extranjero  Nadie nos vio desviarnos por aquel camino, y desde ese momento no nos cruzamos con nadie. A tan sólo un paso, habíamos perdido cualquier contacto humano; y era como si el silencio del bosque que nos rodeaba no hubiera sido perturbado por la huella de un mortal desde la partida del legendario rey y sus ciudadanos hacía tantos siglos. Los árboles eran más grandes que los que estábamos habituados a ver, y estaban entrelazados por infinitas y laberínticas masas: las eternas circunvoluciones en forma de telaraña de las enredaderas casi tan viejas como los propios árboles. Las flores eran desagradablemente grandes, sus pétalos brillaban con una palidez letal o un escarlata sanguinolento, y sus perfumes eran excesivamente dulces o fétidos. Las frutas que encontrábamos por el camino eran de un tamaño enorme, de color morado y naranja rojizo, pero por algún motivo no nos atrevimos a hincarles el diente.
  El bosque se hizo más espeso y exuberante a medida que avanzábamos, y la calzada, aunque estaba pavimentada con bloques de granito, se hacía más intransitable porque entre los intersticios habían echado raíces árboles que con frecuencia desgajaban los bloques. Aunque el sol todavía no se había acercado al horizonte, las sombras que arrojaban sobre nosotros los gigantescos troncos y ramas se hicieron más densas, y nos movíamos en un crepúsculo verde oscuro lleno de olores sofocantes de vida exuberante y podredumbre vegetal. No había pájaros ni otros animales, como uno habría esperado encontrar en cualquier bosque frondoso, pero entre prolongados intervalos alguna sigilosa víbora de pálido y grueso cuerpo huía deslizándose de nuestros pies entre las fétidas hojas de la carretera, o alguna enorme polilla con motas barrocas y de malignos colores volaba delante de nosotros y desaparecía en la penumbra de la jungla. Ya en un claro a media luz, enormes murciélagos de color púrpura con ojos como diminutos rubís alzaban a nuestro paso el vuelo desde las frutas de aspecto venenoso con las que se estaban dando un festín, y nos miraban con malévola atención mientras flotaban silenciosamente en el aire sobre nuestras cabezas. Y, por algún motivo, sentimos que estábamos siendo observados por otras presencias invisibles; nos invadió una especie de pánico, y un vago temor a la monstruosa jungla, y desde ese momento dejamos de hablar en voz alta, o con demasiada frecuencia, y nos limitamos a algún que otro susurro.
  Entre otras cosas, durante el viaje, nos las ingeniamos para conseguir una bota grande llena de vino de palma. Unos cuantos sorbos del ardiente licor ya nos habían servido más de una vez para aligerar el tedio de la marcha, y ahora iba a mantenernos en pie y a buen paso. Bebimos un buen trago y la jungla se hizo menos impresionante, y nos preguntamos por qué habíamos permitido que el silencio y la penumbra, los atentos murciélagos y la inquietante inmensidad pesaran sobre nuestro ánimo aunque sólo fuera por un breve instante, y creo que tras un segundo trago comenzamos a cantar.
  Cuando cayó el crepúsculo y una luna creciente brillaba alta en los cielos después de que el astro diurno se escondiera, estábamos tan inmersos en el fragor de la aventura que decidimos continuar y llegar a Commoriom aquella misma noche. Cenamos algunos víveres que sisamos a los campesinos y nos pasamos la bota de vino en varias ocasiones. Entonces, bastante repuestos y henchidos de la audacia y el valor necesarios para afrontar una arriesgada empresa, continuamos la marcha.
  De hecho, no tuvimos que avanzar mucho más. Mientras discutíamos con un ardor que nos hizo olvidar nuestro largo periplo, sobre qué valioso objeto debíamos elegir saquear primero de entre todos los tesoros míticos de Commoriom, observamos bajo los rayos de la luna el brillo de unas cúpulas de mármol que sobresalían entre las copas de los árboles y, a continuación, entre ramas y troncos divisamos los lívidos pilares de pórticos en penumbra. Unos cuantos pasos más allá encontramos calles pavimentadas perpendiculares a la calzada por la que avanzábamos y que por ambos lados conducían al inmenso y exuberante bosque, donde las hojas de enormes helechos cubrían los techos de casas antiguas.
  Nos paramos y, de nuevo, el silencio de la desolación del pasado selló nuestros labios. Las casas eran blancas y silenciosas como sepulcros, y las profundas sombras que se cernían a su alrededor eran gélidas y siniestras y misteriosas como la mismísima sombra de la muerte. Parecía que el sol no había brillado durante siglos en aquel lugar… que nada más cálido que los rayos espectrales de la luna cadavérica había tocado el mármol y el granito desde la migración universal provocada por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion.
  —Ojalá fuera de día —murmuró Tirouv Ompallios. Sus tonos bajos eran extrañamente sibilantes, y excesivamente audibles en la total quietud.
  —Tirouv Ompallios —repliqué—, confío en que no te estarás volviendo supersticioso. Me resisto a pensar que estás sucumbiendo a los cuentos infantiles de la chusma. En todo caso, tomemos otro trago.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Valdemar, 2014, en traducción de Marta Lila Murillo, pp. 123-127. ISBN: 97884-7702-778-2.]

domingo, 24 de septiembre de 2023

La plaga.- Ann Benson (1949)


Ann Benson
Nueve


 «Durante tres días Alejandro y sus desconcertados colegas recibieron lujoso hospedaje en el palacio papal, mientras De Chauliac vigilaba su intenso aprendizaje. Cada médico ocupaba habitación propia con baño privado. Deseoso de ganarse su lealtad incondicional, el Papa les daba buena comida y toda clase de atenciones. De Chauliac ejercía influencia y tutela absolutas sobre ellos, enseñándoles con detalle sus procedimientos para mantener al Papa libre de contagios, y observándolos atentamente para ver si poseían las cualidades innatas precisas para llevar a cabo la tarea a que se encaminaba su instrucción, cualidades que no podían aprenderse de ningún modo.
 Los embajadores médicos recibían lecciones diarias en una de las suntuosas salas palaciegas. De Chauliac se colocaba encima de un podio y hablaba durante horas con tono profesional, impresionando a Alejandro por sus condiciones de orador infatigable. Ama su profesión tanto como yo, pensaba el pupilo de su profesor.
 —Debéis consultar a los astrólogos —dijo De Chauliac el primer día de instrucción—, a fin de saber qué días son más propicios para el baño, el paseo o cualquier otra de las actividades normales de la vida diaria. Debéis mostraros recelosos de cuantos actos puedan parecer normales a vuestros pacientes, ya que desconocemos cuáles son las actividades más propensas a poner al individuo en contacto con la enfermedad. Hallaréis que vuestros reales pacientes, tan acostumbrados a que se cumplan sus caprichos, se resistirán a que les deis instrucciones sobre cuándo y cómo deben hacer según qué cosas. Mostraos firmes, y no consintáis que cuestionen vuestra autoridad.
 Alejandro procuró imaginarse a sí mismo dando órdenes a un rey, pero le resultaba demasiado inverosímil.
 —¿Y si siguen resistiéndose? —preguntó.
 —Rogadles que recuerden que el poder de Dios Omnipotente os ha sido conferido a través de Su Santidad, y que si es necesario lo utilizaréis para proteger su salud.
 Por la noche, al acostarse, Alejandro se sentía minúsculo y confuso. Lo más difícil de esta misión, pensó, será domeñar a los pacientes arrogantes.
 Durante el segundo día, De Chauliac expuso sus teorías acerca del contagio.
 —Guiado por la observación, he concluido que existen en el aire humores y vapores invisibles por los que se difunde la peste. Cuando está con vida, la víctima difunde esos humores con la respiración, y dispersa el maligno contagio sin que nadie lo advierta, dejando sin escapatoria a la siguiente víctima. Por lo tanto, hay que aislar a los pacientes. Confinadlos en sus castillos. No permitáis que entren comerciantes o viajeros sin inspeccionarlos antes; y, puesto que es imposible asistir a la formación de esos vapores y humores, lo más prudente es impedir toda clase de contacto con el mundo exterior. Mi estimado predecesor, Henri de Mandeville, tenía ideas claras acerca del contagio; enseñó a quienes me enseñaron a mí a lavarse las manos antes y después de tocar a un paciente, por creer que los humores podían ser transmitidos igualmente a través de las manos. La biblioteca de Su Santidad contiene copias de los textos de De Mandeville que versan sobre el tema, y están a disposición de quien desee leerlos.
 ¡Pero si esa teoría también la tengo yo!, pensó Alejandro, comprobando con entusiasmo que otros médicos compartían sus creencias sobre la importancia de la higiene. Volvió a interrumpir el discurso del maestro.
 —También me he dado cuenta de que una ablución con vino hace sanar más rápido las heridas. Se diría que una parte del vino ataca a la sepsis.
 —A lo mejor la sepsis se emborracha y ya no puede seguir su camino hacia la herida —terció otro hombre, provocando un estallido de carcajadas.
 Alejandro se ruborizó, pero De Chauliac levantó la mano y el grupo volvió a guardar silencio.
 —Nadie debe tomarse a risa las observaciones de un colega —dijo—. Ni siquiera el más sabio de nosotros sabe curar la peste. La ignorancia nos hace iguales a todos. —Miró directamente a Alejandro—. Ya hablaremos del tema en privado.
 Todas las cabezas se volvieron hacia el judío, que se limitó a asentir a su instructor y bajar la mirada.
 —Por tanto —continuó De Chauliac—, y a pesar de que no os será fácil obtener su consentimiento, debéis pedir a los astrólogos de la corte que les digan que cada día es propicio al baño…
 Por la noche, un guardia papal acudió a la habitación de Alejandro y lo escoltó hasta los aposentos privados de De Chauliac. Alejandro dejó atrás varios tramos de escalera de una alta torre, precedido por el guardia, cuyo paso se veía entorpecido por el peso de su ropa y armadura.
 Se asomó a la habitación, y De Chauliac le hizo señas de que entrara sin miedo.
 —Adelante, adelante —dijo—, sentaos. —Indicó a Alejandro un mullido diván—. Poneos cómodo.
 Alejandro se sentó con timidez, acomodándose con cautela sobre la blanda superficie del asiento. El estricto pedagogo había dado paso a un cortés y elegante anfitrión. El contraste entre ambos era sorprendente.
 —Sois un hombre distinto, doctor De Chauliac —dijo Alejandro con cautela.
 De Chauliac le ofreció vino en una pesada copa de plata que su huésped aceptó.
 —¿Y en qué lo notáis? —preguntó, arqueando una ceja con curiosidad.
 Alejandro tomó un largo trago de vino antes de responder.
 —Sois un profesor severo, y vuestra presencia es… —Tardó en encontrar la palabra adecuada—. Imponente.
 De Chauliac rió con cinismo.
La plaga: Amazon.es: Benson, Ann: Libros —Cuando se enseña a tontos hay que dar sensación de autoridad —dijo—; si no, no aprenden nada, y se malgastan esfuerzos. Detesto impartir conocimientos valiosos a gente que no entiende su importancia.
Alejandro no pudo dejar de mostrarse ofendido, y quiso protestar.
 —Señor… —empezó.
 —No me refiero a vos —se apresuró a añadir De Chauliac—; si os tuviera en tal concepto, no os habría hecho llamar. Hablo más bien de los demás, que me parecen una panda de imbéciles. Parece que la peste se haya llevado a los mejores y sólo queden los médicos más idiotas. —Dejó su asiento por uno más próximo a Alejandro, inclinándose hacia él con expresión entusiasta—. En cambio, veo en vuestros ojos un fuego, un amor al estudio, cuya vista me alegra el corazón.
 —Señor, me honráis en demasía.
 De Chauliac lo miró con atención.
 —No lo creo —dijo—. He visto cómo escucháis mis clases, y no podéis ocultar la marca de vuestra inteligencia. Tenía muchas ganas de hablar con alguien que creyera en la sepsis, como yo. Debéis explicarme cómo habéis llegado a la conclusión de que el vino contribuye a curar las heridas.
 Comprendiendo que no lo habían descubierto, sino que De Chauliac compartía su ansia de saber, Alejandro se relajó.
 —He hecho varios experimentos, lavando la herida con líquidos distintos después de las intervenciones. Muchos no surtían el menor efecto, y hasta había algunos que retrasaban la curación; el vino, en cambio, aun el más imbebible, siempre la acelera; al menos eso indican mis observaciones. Me di cuenta por primera vez cuando estaba en Montpellier…
 —¿Habéis estudiado en Montpellier?
 —En efecto —contestó Alejandro.
 —A menudo doy clases en Montpellier. ¿Cuándo estuvisteis? Quizá asistierais a alguna de mis lecciones.
 —Estuve —Alejandro cortó en seco la frase, pues sólo se acordaba del año según el cómputo judío. El pánico empezó a adueñarse de él. ¿Cómo explicar a De Chauliac que no recordaba la fecha exacta?
 —Estuve… mmm… hace seis años.
 —En 1342.
 —Eso es.
 Alejandro empezó a notar que le sudaba la frente.
 —Ah, entonces es posible que no nos viéramos —dijo De Chauliac—; pasé todo ese año en París, cuidando al rey. Padece una gota monstruosa, y no me sorprende: a pesar de su inexplicable delgadez, sigue una dieta excesivamente rica. Cuando le supliqué moderación no me hizo caso. —De Chauliac alzó la copa con gesto aparatoso y bebió de ella—. Como su majestad no quería ver a otro médico que no fuera yo, no tuve más remedio que renunciar a mis clases mientras durara su enfermedad. ¡Qué lástima no habernos conocido entonces! Me acordaría de un estudiante tan notable como vos, y habría disfrutado instruyéndoos.
 Yo seguro que también me acordaría, pensó Alejandro; ahora bien, lo que se dice disfrutar…
 —En fin, poco importa —dijo De Chauliac—. Ahora estáis aquí. ¿Qué trae a Aviñón a un español?
 Tras unos instantes de silencio, Alejandro dijo con calma:
 —Es voluntad de mi familia.
 No añadió nada más a su respuesta; tampoco De Chauliac le preguntó más detalles de su vida personal, dada su impaciencia por hablar de otros asuntos.
 —¿Decís que llegasteis a vuestra conclusión acerca del vino tan sólo a base de hacer pruebas hasta conocer el efecto de cada sustancia? ¡Qué estupenda originalidad! Demasiado a menudo esperamos que el propio curso de las cosas nos enseñe por dónde ir, e incluso en esas ocasiones nos cuesta aprender…»
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés, 1998, en traducción de Jofre Homedes, pp. 184-188. ISBN: 978-8401011399.]

domingo, 17 de septiembre de 2023

El tercermundismo.- Carlos Rangel (1929-1988)


CARACAS: A 28 años de la muerte de Carlos Rangel | Reportero24
9.-Más allá del tercermundismo


 «El auge del Tercermundismo es uno de los hechos centrales de la historia actual, y uno de los más ominosos. Por todos lados nos acosa la evidencia de que la adopción del Socialismo conduce al reforzamiento monstruoso del Estado, al acorralamiento y eventual asfixia de la sociedad civil, al autoritarismo y finalmente al totalitarismo. Ahora bien, aunque haya todavía quien se aferre de buena fe a la ilusión marxista ortodoxa de que esa evidencia no viene al caso para los países capitalistas avanzados, nadie salvo los fanáticos o los propagandistas puede negarla con relación a los países pobres y atrasados. Y el hecho de que semejante invariable resultado no haya mermado el prestigio ni frenado el avance del Tercermundismo, sino que sea seguramente uno de sus atractivos, obliga a una reflexión sobre las perspectivas futuras globales (y no sólo en el Tercer Mundo) de las libertades consustanciales con la civilización del Capitalismo y con las abrumadoras ventajas de ésta para la sociedad.
 Según Claudel, el hombre no está hecho para la felicidad. Podría ser que tampoco lo esté para la libertad y la prosperidad, y que el Socialismo en sus diferentes formas y desde luego en su versión tercermundista sea la oferta política que en nuestro tiempo conviene a esa situación. En todo caso, parece convenir perfectamente al escaso interés que los dirigentes políticos, los terratenientes, las castas sacerdotales, clericales y guerreras (y en general todos aquellos privilegiados y que cuentan con seguir siéndolo o hasta con acrecentar su poder en la misma medida en que crezca el poder de los gobiernos) han mostrado en todo tiempo por el bienestar y la libertad del pueblo común, de la plebe. La libertad y la prosperidad generales, allí donde se han desarrollado como exigencia, la una, y resultado, la otra, del auge del comercio y de la artesanía (o, en nuestro tiempo, de la industria) lo han hecho a pesar de los señores, de los letrados y de los sacerdotes, quienes fácilmente las equiparan a la indisciplina y al apoltronamiento, perjudiciales a la salud del Estado, al buen gusto y a la salvación del alma.
 Un fenómeno muy distinto y mucho más inquietante es el desapego de los hombres comunes y corrientes que han gustado los frutos del Capitalismo (esa misma plebe, la gran mayoría de la cual la civilización del capitalismo rescató en los últimos cien años de la miseria y de la servidumbre) por la libertad, en cuanto han disfrutado de ella durante cierto tiempo. Nunca más que ahora ha tenido vigencia la fábula de las ranas pidiendo rey.
 Inversamente, el bienestar más insólito y más prodigiosamente superior a todo cuanto pudo haber sido soñado, por ejemplo en Europa Occidental todavía en 1950, aparece a esa misma mayoría como insuficiente y a la vez sin vínculo perceptible (para ellos) con las estructuras económicas capitalistas que lo produjeron y que además han logrado defenderlo mucho mejor de lo que era razonable esperar contra el golpe brutal del costo decuplicado de la energía. Incapaces de percibir por otra parte (a pesar de disponer, gracias al Capitalismo, de una información más completa que nunca antes) lo que significa la crisis económica mucho más severa y además verdaderamente perversa, esa sí, de los países socialistas de historia previa comparable (los de Europa central) un número creciente de los presuntos beneficiarios del igualmente presunto saqueo del Tercer Mundo encuentran de nuevo verosímil la gastada alegación socialista de que sólo la economía de mercado (el Capitalismo) impide el florecimiento explosivo de las fuerzas productivas que ella misma ha creado, y que bastará arrinconarla antes de darle más tarde el golpe de gracia para lograr la reanudación triunfal del crecimiento económico, el empleo asegurado para todos, trabajar menos y consumir más. Es con este programa disparatado que por ejemplo en Francia el Socialismo ha logrado, por primera vez plenos poderes para salvar a ese país del Capitalismo. Aquí y allá algunos aguafiestas, sin osar demasiado poner en duda que pueda ser cumplida la promesa de semejantes mágicos resultados económicos, se inquietan al menos por las posibles consecuencias, para la libertad, del enorme reforzamiento de los poderes del Estado implícito en el proyecto del PS francés (como, inevitablemente, en cualquier proyecto que merezca el calificativo de “socialista”). Pero si las ranas estaban tan fastidiadas de no tener rey que se consolaban calificando al anterior presidente de “monarca” y dibujándolo con testa coronada en las portadas de las revistas, el trueque de esa pobre lámpara vieja, la libertad, que tan poco estiman, por la reluciente lámpara nueva de más consumo por menos trabajo les parecerá el mejor negocio de sus vidas.

Una Nostalgia Reaccionaria

  Tantos autoengaños y de tanta monta no pueden explicarse por causas coyunturales. Algo debe haber en la civilización capitalista que hace disonancia con nuestras emociones. Algo tiene que tener el Socialismo que armoniza con ellas. Chafarevich (en El Fenómeno Socialista, París, Seuil, 1977) propone que la fascinación perenne con el Socialismo, presente en todas las utopías, desde Platón, tiene que responder a un requerimiento psíquico irracional que paradójicamente se disfraza de racionalismo exacerbado. Karl Popper (en La Sociedad Abierta y sus Enemigos, edición original de 1943, 5ª edición, revisada, Princeton University Press, 1966) supone una nostalgia universal por la sociedad tribal, estática, donde no existía el individuo. En la sociedad abierta, en desarrollo desde hace apenas diez o doce mil años, los hombres se ven constantemente en la necesidad de tomar decisiones personales. No nos hemos habituado a esa, la mayor de las revoluciones. Desde luego nuestra capacidad crítica ha sido liberada y la libertad se ha convertido, en teoría, en el valor supremo, tanto que hasta los tiranos aseguran que son ellos quienes la garantizan. Pero vivimos en tensión, en inseguridad, en angustia. Es preciso a cada paso escoger, interrogarse, autodisciplinarse, adaptarse, competir, ganar y también perder. El shock del paso de la sociedad tribal a la sociedad abierta, biológicamente muy reciente, no ha sido superado. Las expresiones de comprensión de las ventajas, para el hombre, de la sociedad abierta jalonan la historia desde Pericles. Pero igualmente, desde Platón, las expresiones de nostalgia reaccionaria por la sociedad tribal. Estas últimas son mucho más estimadas. El utopismo es generalmente considerado moralmente virtuoso y estéticamente agradable, a pesar de los monstruos políticos que ha generado en la práctica, entre los cuales se cuentan todos los experimentos totalitarios. En cambio el libertarianismo sufre de cierta desconsideración, por intuírselo fundado en la comprensión de que los hombres son imperfectos y dispuesto a acomodarse a esa realidad, en lugar de proponer construir un “hombre nuevo”, un “superhombre”.
El tercermundismo: Amazon.es: Carlos Rangel: Libros El ánimo socialista es, pues, literalmente reaccionario. El verdadero hombre nuevo sería aquel que pudiere liberarse de esa atadura con un pasado (reciente) cuando la especie humana era muy semejante a otros animales de presa quienes, por la obligación en que se encuentran de cazar en grupo, son, en efecto, “colectivistas”.
 La aparente novedad del Socialismo marxista se debe a su coincidencia y a su correspondencia con una situación inédita en la historia: la sociedad capitalista industrial. Antes de la revolución capitalista con su productividad insólita, las sociedades humanas no habían podido detenerse a prestarle ninguna atención a la idea extravagante de que pudiere aliviarse la gran miseria de la mayoría de sus integrantes. Mucho menos podía preocuparles la pobreza de otras sociedades, como hoy sí preocupa a los pueblos prósperos la pobreza del Tercer Mundo. El estado normal de la sociedad era el nivel de mera subsistencia, siempre al borde del desastre, perennemente prisionera de lo que Galbraith ha denominado “el equilibrio de pobreza”. No sólo las desgracias (la sequía, la peste, la guerra) sino también cualquier alteración aparentemente afortunada (siete años de “vacas gordas”, con sus consiguientes menor mortalidad y mayor vulnerabilidad ante la segura próxima escasez) anunciaba un inevitable subsiguiente desastre. La vida de los hombres transcurría en un estado de sitio permanente por fuerzas fuera de su control.
 Ahora bien, una comunidad en peligro mortal no cuestiona la necesidad de someterse a un gobierno autoritario. El peor desastre que le puede ocurrir a una ciudad rodeada de enemigos es una claudicación de su liderazgo, un hiato en el gobierno resuelto y sin contemplaciones. Aun en nuestro tiempo no nos asombra ver impuesta la ley marcial tras alguna catástrofe, y a los saqueadores fusilados sin fórmula de juicio. Esa situación, que las sociedades capitalistas avanzadas ya no conocen, aunque la lleven grabada en el subconsciente y estén tal vez destinadas a enfrentar en un futuro, era la condición normal de la humanidad antes de que el Capitalismo creara primero un excedente pequeño, y luego uno inmenso, por encima de lo mínimo necesario.
 Fueron hombres de mente crítica y racional (“capitalista”) viviendo en tiempos desafortunados de guerra civil o de dominación extranjera, hombres como Hobbes y Machiavelli, quienes encontraron por primera vez la expresión descarnada de lo que todo el mundo sabía pero que antes del inicio de la civilización capitalista no había sido posible o admisible formular: que el mundo es un sitio peligroso y brutal, y que dada la escasez de recursos todavía normal en el siglo XV (Machiavelli) o en el XVII (Hobbes) los hombres en estado de anarquía están condenados a luchar como hienas entre sí, con lo cual causan y se causan todavía más miseria; que lo mismo vale para las relaciones entre grupos humanos y que por lo tanto los grupos débiles, anarquizados, sin liderazgo efectivo, están destinados a ser víctimas de los grupos más fuertes. De allí que, entre todas las desgracias que pueden acaecer a la sociedad, ninguna sea peor o más terrible que la disensión entre miembros del mismo grupo, la guerra civil. El poco bienestar, tranquilidad y seguridad de que los hombres puedan disfrutar encontrarán sitio sólo una vez que el mal de la anarquía, y de la disensión o la guerra civil hayan sido reemplazados por el mal menor de un gobierno autoritario e implacable.

Cambiar el Mundo

 No por accidente aquellos individuos (o clases) que por cualesquiera circunstancias se encontraron en capacidad para asumir y conservar el liderazgo requerido, extrajeron un alto precio por sus servicios. La razón suficiente de un relevo radical de una clase dirigente ha solido ser que esos servicios ya no estaban siendo suministrados, y ese relevo ha sido invariablemente protagonizado por quienes podían a su vez restablecer la seguridad interna y externa de la sociedad en cuestión. El economicismo marxista excluye de su campo de visión este fundamento puramente político de la transferencia de poder de una elite a otra.
 Las sociedades pre-capitalistas fueron tradicionalmente gobernadas por castas sacerdotales, en combinación con aristocracias militares, minorías parásitas extorsionadoras de una proporción exorbitante de la escasa producción social. Pero esto resultaba para el cuerpo social parasitado un mal menor que la aniquilación o la reducción a la esclavitud que habrían sido las consecuencias de un asalto externo exitoso.
 La brutalidad de semejantes arreglos sociales no podía dejar de conducir a una doble reflexión, política y religiosa. Puesto que la sociedad en su estado precapitalista de bajísima productividad no podía encontrar una solución política distinta y mejor que el sometimiento a una autoridad implacable, todo el pensamiento político pre capitalista tuvo tendencia a girar en torno a las maneras de legitimar esa situación. El expediente más socorrido fue asociar el poder a la divinidad, y la sumisión a la piedad. El rechazo a la crueldad y a la hipocresía de esta situación no podía ser político, sino religioso heterodoxo (puesto que la ortodoxia era parte del sistema de control social) con la aspiración a la justicia remitida a una dimensión diferente a la del orden secular. “Mi reino no es de este mundo” y “Dad al César lo que es del César” son formulaciones clásicas de esta sabiduría frente al dominio brutal, ambiguo y sucio de la conducción política de la sociedad. Esto no exoneraba a los heterodoxos de la obligación de intentar alcanzar la justicia, pero no a través de la ambición insensata de pretender transformar este mundo, sino por la adición infinitamente paciente de actos de caridad individuales, cuya suma terminaría algún día por hacer desaparecer, literalmente, el falso mundo de la injusticia.
 Un apólogo hasídico ilustra perfectamente esa actitud. Haskele decide componer el mundo y se pregunta por dónde comenzar. El mundo entero es demasiado vasto.
 ¿Comenzará por su país? Sería todavía una ambición satánica. ¿La provincia, el distrito, el pueblo, su calle, su familia? Cada vez Haskele reflexiona que hay una presunción pecaminosa en pretender reformar a los demás. El proyecto de salvar el mundo no puede acometerse sino emprendiendo en primer lugar la tarea humilde, aunque ella misma infinitamente difícil, de mejorar nuestra propia persona, tratando de ser justos en todos nuestros actos.»

        [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1982, pp. 162-166. ASIN: B0012QVROE]