miércoles, 27 de mayo de 2020

Viajes de Gulliver.- Jonathan Swift (1667-1745)

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Viaje a Liliput
Capítulo VI

«Aunque nosotros usualmente consideramos la recompensa y el castigo como los dos ejes sobre los que gira todo gobierno, nunca he visto esta máxima puesta en práctica en ninguna nación, salvo en Liliput. Cualquiera que acredite con suficientes pruebas haber observado estrictamente las leyes de su país durante setenta y tres lunas tiene derecho a ciertos privilegios según su calidad y condición de vida, con una proporcionada cantidad de dinero, que se toma de un fondo existente al efecto. Además, adquiere el título de Snilpall o legal, el cual se añade a su nombre, si bien no se transmite a su descendencia. Y los liliputienses juzgaban que es un prodigioso defecto político entre nosotros el que nuestras leyes sean impuestas sólo a fuerza de penalidades sin mención alguna de recompensa. Por ello, en sus tribunales, la figura de la justicia se representa con seis ojos, dos delante, dos detrás y uno a cada lado, para significar la circunspección, y con un saco de oro abierto en la mano derecha y una espada envainada en la izquierda, mostrando que está tan dispuesta a castigar como a recompensar.
 Al elegir personas para cualquier cargo atienden más a su buena moral que a sus capacidades, ya que, siendo el gobierno necesario al género humano, creen que el molde común de la comprensión humana es apto para un estado u otro, ya que la Providencia no se ha propuesto nunca hacer del manejo de los asuntos públicos un misterio sólo al alcance de unas cuantas personas de genio sublime, de las que rara vez nacen tres en una era. Creen, en cambio, que la verdad, la justicia, la temperancia y análogas virtudes están expeditas a todo hombre, y juzgan que su práctica, asistida por la experiencia y la buena intención, califica a cualquier persona para el servicio de su país, salvo en las materias que requieren especial estudio. Y a tal punto entienden que la falta de virtudes morales está muy lejos de ser substituida por superiores capacidades de la mente, que los cargos no son nunca puestos en tan peligrosas manos como las de personas así calificadas, opinando por ende que los errores cometidos por ignorancia y con buena intención nunca pueden ser tan perniciosos para el bien público como lo ejecutado por un hombre de inclinaciones corrompidas y cuyas grandes facultades le permitan multiplicar y defender sus cohechos.
 De modo semejante, la incredulidad en la Divina Providencia hace allí incapaz a un hombre de ejercer ningún cargo público, porque, declarándose los reyes representantes de la Providencia, los liliputienses juzgan que no hay nada más absurdo para un príncipe que emplear hombres que niegan la autoridad en cuyo nombre actúan.
 Al explicar éstas y otras siguientes leyes, sólo quiero referirme a las instituciones originales y no a las escandalosas corrupciones en que esas gentes han caído a causa de la degenerada naturaleza del hombre. Tal es, por ejemplo, la infame práctica de adquirir grandes cargos danzando en la cuerda tensa, o distinciones y honores saltando bastones y arrastrándose bajo ellos. Ha de hacerse notar que estas costumbres fueron introducidas por el abuelo del emperador hoy reinante, habiéndose desarrollado hasta el extremo presente a causa del gradual crecimiento de partidos y facciones.
 La ingratitud se considera entre ellos un crimen capital, como leemos que sucedía en otros países, porque los liliputienses razonan diciendo que cualquiera que devuelva a su favorecedor mal por bien, forzosamente ha de ser común enemigo de todo el género humano, del que no ha recibido bien alguno, y, por tanto, hombre tal no debe vivir.
LOS VIAJES DE GULLIVER de Jonathan Swift: Bien Rustica (1984 ... Sus nociones respecto a los deberes e padres e hijos difieren mucho de las nuestras. No opinan que un hijo tenga deber alguno hacia su padre por haberle engendrado, ni a su madre por haberlo traído al mundo, lo que, considerando las miserias de la vida humana, no es un beneficio en sí mismo, ni así se lo proponían sus progenitores, cuyos pensamientos, durante su relación amorosa, estaban ocupados en cosa diversa. Fundándose en estas y parecidas razones, su opinión es que los padres son las personas menos idóneas para encargarse de la educación de sus hijos, y, por tanto, en todas las ciudades existen casas públicas para la infancia, estando obligados todos los padres, excepto los campesinos, a enviar a ellas a sus hijos de ambos sexos desde que alcanzan la edad de veinte lunas, en cuyo tiempo se supone que han adquirido algunos rudimentos de docilidad. Tales escuelas son de varios géneros, según las diferentes circunstancias, y las hay para ambos sexos. Existen en ellas ciertos profesores diestros en preparar a los niños para las condiciones de vida propias del rango de sus padres, con arreglo a sus capacidades y a sus inclinaciones. Hablaré primero de las escuelas de niños y después de las de niñas.
 Las casas que acogen a los niños de rango noble o eminente están atendidas por graves y doctos profesores y sus pasantes. Las ropas y alimentación de los niños son sencillas y sobrias. Se les educa en los principios del honor, el valor, la justicia, la modestia, la clemencia, la religión y el amor de su patria. Siempre están ocupados en alguna actividad, salvo a las horas de comer y dormir, que son muy breves, más dos horas consagradas a la distracción,  generalmente consistente en ejercicios corporales. Hasta la edad de cuatro años son vestidos por hombres, y luego quedan obligados a vestirse ellos solos, por elevada que sea su calidad. Para los servicios mecánicos se emplean criadas de edad proporcional a la nuestra de cincuenta. No se les permite hablar con los criados y practican sus juegos en grupos y bajo la vigilancia de un profesor o un pasante, lo que evita las tempranas malas impresiones de locura y vicio a que nuestros niños viven sujetos. Los padres sólo pueden visitar a los niños dos veces al año, por espacio de una hora. Se les permite besar a sus hijos al verlos y al separarse de ellos; pero el profesor, siempre presente en tales ocasiones, les impide cuchicheos, frases cariñosas o regalos de juguetes, dulces o cosas análogas.
 La pensión que cada familia ha de pagar por la educación y mantenimiento de un niño es, en caso de falta de pago, recabada legalmente por los oficiales del emperador.
 Las escuelas de niños de hidalgos corrientes, mercaderes, negociantes y artesanos, funcionan, en proporción de la misma manera, si bien los designados para ejercer oficios o tratos son colocados a los once años como aprendices, mientras las personas de calidad continúan sus estudios hasta los quince, que corresponden a los veintiuno nuestros. Pero su aislamiento se aminora en los tres últimos años. […]
 Los labradores y granjeros mantienen a sus hijos en sus casas, porque, limitándose su ocupación a cultivar y arar la tierra, su educación es de escasa consecuencia para la comunidad. Los ancianos o enfermos de esta clase son mantenidos en hospitales, ya que la mendicidad es práctica desconocida en este imperio.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1984, en traducción de Juan G. de Luaces. ISBN: 84-7291-711-8.]

martes, 26 de mayo de 2020

Edad de hombre.- Michel Leiris (1901-1990)

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V.-La cabeza de Holofernes

  «Uno de los recuerdos más remotos que guardo es el que tiene que ver con la escena siguiente: tengo seis o siete años y estoy en la escuela mixta. En mi mismo banco se sienta una niña con un vestido de terciopelo gris y largos cabellos rizados y rubios. Ella y yo estudiamos juntos una lección en el mismo libro de Historia sagrada colocado sobre la mesa de madera negra. Aún veo con bastante claridad la imagen que mirábamos en ese momento: se trataba del sacrificio de Abraham. Sobre un niño arrodillado con las manos juntas y la garganta estirada, el brazo del patriarca se levantaba armado de un enorme cuchillo y el viejo elevaba los ojos hacia el cielo sin ironía, buscando la aprobación del dios malvado al que ofrecía su hijo en holocausto.
 Este grabado -adorno bastante pobre de una de las páginas de un libro para jóvenes- me ha dejado una impresión imborrable y a su alrededor gravitan varios otros recuerdos. En primer lugar, otras leyendas leídas en manuales de historia o mitología, como el mito de Prometeo, con el hígado devorado por un buitre, o la historia del niño espartano que había robado un zorro, lo había escondido bajo su túnica y, aunque el animal le mordía cruelmente el pecho, no dijo nada y prefirió sufrir mil muertes antes que revelar su hurto. Y luego sueños, los primeros que recuerdo haber tenido: en una ocasión me encuentro en un bosque, seguramente en medio de un claro; alrededor, todo es verde y la hierba está salpicada de amapolas y margaritas. De repente aparece un lobo con el hocico abierto y se abalanza sobre mí -con sus orejas puntiagudas, sus ojos brillantes, se enorme lengua rosada y húmeda que le cuelga entre los dientes blancos- y me devora. Otra vez es un caballo de tiro el que me come. Aún recuerdo angustiado una vieja carreta pintada de amarillo y negro a imitación de un enrejado, mojada por la lluvia y conducida por un sórdido cochero, tocado con un viejo sombrero blanco de copa. Hay más imágenes del mismo libro de Historia sagrada: el Mar Rojo tragándose al ejército del faraón, los suplicios infligidos a los Macabeos por Antíoco, rey de Siria, el hermano de Judas Macabeo muriendo aplastado bajo el elefante que acaba de apuñalar, Moisés y la zarza ardiendo.
 Esos recuerdos diversos se asocian en mí a la amenaza proferida cierto día por mi hermano mayor de operarme de apendicitis con un sacacorchos, así como a la de mi compañero de clase con el que me había peleado, que me dijo una vez que su padre me abriría el cráneo a hachazos. Se relacionan también con la desagradable impresión que me dejó un accidente sufrido por un muchacho de mi misma edad, que se hizo un corte profundo en la muñeca y llevaba un enorme vendaje bajo cuya blancura adivinaba la muñeca sanguinolenta y casi completamente cercenada, con la mano separada, por así decir, del antebrazo. Aparecen luego, por oleadas cada vez más espaciadas e imprecisas, recuerdos de hechos diversos tales como los ruidos de una riña oídos una tarde que salía con mis padres de la casa de un tío que vivía en un barrio de mala fama, o los gritos espantosos lanzados por una mujer que acababa de arrollar el metro, en una de las estaciones más siniestras del metro elevado que hace el servicio de los bulevares periféricos.
 Completamente dominado por esos pavores de la infancia, veo mi vida como la de un pueblo perpetuamente preso de terrores supersticiosos y colocado bajo el dominio de sombríos y crueles misterios. El hombre es un lobo para el hombre y los animales sólo están hechos para devorarnos o para ser devorados. Es posible que esta forma pánica de ver las cosas esté en relación con diversos recuerdos que tengo referentes a hombres heridos.

 Garganta cortada

Edad de hombre - Editorial Laetoli S.L. A los cinco o seis años fui víctima de una agresión. Quiero decir que sufrí en la garganta una operación que consistió en operarme de vegetaciones. La intervención tuvo lugar de una manera brutal y sin anestesia. Primero mis padres cometieron la falta de llevarme al cirujano sin decirme a dónde me conducían. Si mis recuerdos son ciertos, me imaginaba que íbamos al circo. Estaba, por tanto, muy lejos de adivinar la broma siniestra que me reservaban el viejo médico de la familia, que ayudaba al cirujano, y el cirujano mismo. Fue de principio a fin una mala jugada y tuve la impresión de que me habían conducido a una emboscada abominable. Así ocurrieron las cosas: dejando a mis padres en la sala de espera, el viejo médico me llevó hasta otra habitación, donde me esperaba el cirujano con una gran barba negra y una blusa blanca (tal es al menos su imagen de ogro que conservo). Divisé instrumentos cortantes y, seguramente, me espanté, pues, tomándome en sus rodillas, el viejo médico dijo para tranquilizarme: "Ven, monín, vamos a jugar a las cocinitas". A partir de ese momento no recuerdo nada más que el ataque repentino del cirujano, que hundió un instrumento en mi garganta, el dolor que sentí y el grito de animal destripado que lancé. Mi madre, que me oía desde la habitación de al lado, estaba despavorida.
 En el coche que nos llevó de vuelta no dije nada. El golpe había sido tan violento que durante veinticuatro horas fue imposible sacarme una palabra; mi madre, completamente desorientada, se preguntaba si no me había quedado mudo. Todo lo que recuerdo del período inmediato que siguió a la operación es la vuelta en coche, las vanas tentativas de mis padres por hacerme hablar, y más tarde, en casa, a mi madre sosteniéndome en sus brazos delante de la chimenea del salón, los sorbetes que me hacían tragar y la sangre que cada cierto tiempo escupía, y que para mí se confundía con el color fresa de los sorbetes.
 Creo que éste es el más penoso de mis recuerdos infantiles. No sólo no comprendía que me hubieran causado tanto dolor, sino que veía en ello una treta, una trampa, una perfidia atroz por parte de los adultos que no me habían mimado más que para entregarse a la más salvaje agresión contra mi persona. Toda mi imagen de la vida se vio marcada por ella: el mundo, lleno de trampas, no es más que una vasta prisión o quirófano; sólo estoy sobre la tierra para ser pasto de los médicos, carne de cañón, carne de ataúd; igual que la promesa falaz de llevarme al circo o de jugar a las cocinitas, todo lo que puede ocurrirme de agradable entre tanto no es más que un cebo, una manera de dorarme la píldora para conducirme con más seguridad al matadero al que seré llevado tarde o temprano.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Laetoli, 2005, en traducción de Eliana Graciela Wacquez. ISBN: 84-933698-7-X.]

lunes, 25 de mayo de 2020

Víctimas del deber.- Eugene Ionesco (1909-1994)

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  «Interior pequeño burgués. Choubert se halla sentado en un sillón junto a la mesa y lee el diario. Su esposa, Magdalena, sentada en una silla delante de la mesa, remienda calcetines. Silencio.

 Magdalena: (interrumpiendo su trabajo). ¿Qué hay de nuevo en el diario?
 Choubert: Nunca sucede nada. Cometas, un trastorno cósmico en alguna parte del universo. Casi nada. Multas para los vecinos porque sus perros hacen porquerías en la acera.
 Magdalena: Bien hecho. Es muy fastidioso cuando se pasa por encima.
 Choubert: Y para las personas que viven en la planta baja. Abren las ventanas por la mañana, ven eso y los irrita para todo el día.
 Magdalena: Son demasiado sensibles.
 Choubert: Es la nerviosidad de la época. El hombre moderno ha perdido la serenidad de antaño. (Silencio). ¡Ah! Hay también un comunicado.
 Magdalena: ¿Qué comunicado?
 Choubert: Es bastante interesante. La Administración preconiza, para los habitantes de las grandes ciudades, el desprendimiento. Dice que ése es el único medio que nos queda para remediar la crisis económica, el desequilibrio espiritual y los engorros de la vida.
 Magdalena: Todo lo demás ya ha sido probado. No ha dado resultado. Tal vez nadie tenga la culpa.
 Choubert: Por el momento, la Administración no hace más que recomendar amistosamente esa solución suprema. Pero no nos dejemos engañar: sabemos perfectamente que la recomendación se convierte siempre en orden.
 Magdalena: ¡Siempre te apresuras a generalizar!
 Choubert: Sabemos que las sugestiones adquieren bruscamente la forma de reglamentos, de leyes severas.
 Magdalena: ¿Qué quieres, mi pobre amigo? La ley es necesaria, y siendo necesaria e indispensable, es buena y todo lo bueno es agradable. Es, en efecto, muy agradable obedecer las leyes, ser un buen ciudadano, cumplir su deber, poseer una conciencia pura.
 Choubert: Sí, Magdalena. En realidad, eres tú quien tienes razón. La ley tiene algo bueno.
 Magdalena: Evidentemente.
 Choubert: Sí, sí. El renunciamiento tiene la ventaja importante de ser al mismo tiempo político y místico. Da sus frutos en dos planos.
 Magdalena: Eso permite matar dos pájaros de un tiro.
 Choubert: Es lo que lo hace interesante.
 Magdalena: ¿Lo ves?
 Choubert: Por otra parte, si recuerdo bien mis lecciones de historia, ese sistema administrativo, el sistema de desprendimiento, fue experimentado hace ya tres siglos, y luego hace cinco siglos, y hace diecinueve siglos, y también el año pasado...
 Magdalena: ¡Nada nuevo bajo el sol!
 Choubert: … con buen éxito, en poblaciones enteras, en las metrópolis, en el campo (Se levanta), en naciones, ¡naciones como la nuestra!
 Magdalena: Siéntate. (Choubert vuelve a sentarse).
Choubert: (sentado). Pero la verdad es que eso exige el sacrificio de ciertas comodidades individuales. De todos modos es fastidioso.
 Magdalena: ¡Oh, no forzosamente!... El sacrificio no es siempre difícil. Hay sacrificio y sacrificio. Aunque sea molesto al principio deshacerse de ciertos hábitos, una vez que se ha deshecho de ellos se ha deshecho y ya nadie piensa en ellos en serio. (Silencio).
 Choubert: A ti, que vas con frecuencia al cine, te gusta mucho el teatro.
 Magdalena: Como a todos, por supuesto.
 Choubert: Más que a todos.
 Magdalena: Sí, más bien más.
 Choubert: ¿Qué opinas del teatro actual, cuáles son tus concepciones teatrales?
 Magdalena: ¡Otra vez tu teatro! Te obsesiona, te vas a hacer una psicosis.
 Choubert: ¿Crees verdaderamente que se puede hacer algo nuevo en el teatro?
la cantante calva (y otras obras de teatro), eú - Comprar Libros ... Magdalena: Te repito que nada hay nuevo bajo el sol. Ni siquiera cuando no hay sol. (Silencio).
 Choubert: Tienes razón. Sí, tienes razón. Todas las obras teatrales que se han escrito, desde la antigüedad hasta nuestros días, sólo han sido policiales. Toda obra teatral es una pesquisa llevada a buen término. Hay un enigma que se nos revela en la última escena. Y algunas veces antes. Se busca y se encuentra. Sería mejor revelarlo todo desde el comienzo.
 Magdalena: Debería citar ejemplos, amigo mío.
 Choubert: Pienso en el milagro de la mujer que Nuestra Señora impidió que quemaran viva. Si no se tiene en cuenta la intervención divina, que verdaderamente nada tiene que ver en el asunto, queda una gacetilla: una mujer hace asesinar a su yerno por dos matones circunstanciales y por motivos ambiguos...
 Magdalena: E inconfesables...
 Choubert: Llega la policía, se hace una investigación y se descubre al culpable. Eso es teatro policial, teatro naturalista. El teatro de Antoine.
 Magdalena: En efecto.
 Choubert: En realidad, el teatro nunca ha evolucionado.
 Magdalena: Es una lástima.
 Choubert: Como ves, se trata de teatro enigmático y el enigma es policial. Siempre ha sido así.
 Magdalena: ¿Y el clasicismo?
 Choubert: Es un teatro policial distinguido. Como todo naturalismo.
 Magdalena: Tienes ideas originales. Tal vez sean justas. De todos modos, deberías consultar la opinión de personas autorizadas.
 Choubert: ¿Qué personas?
 Magdalena: Las hay entre los aficionados al cine, los profesores del Colegio de Francia, los miembros influyentes del Instituto Agronómico, los noruegos, ciertos veterinarios... Los veterinarios, sobre todo, deben de tener muchas ideas al respecto.
 Choubert: Todo el mundo tiene ideas. No es eso lo que falta. Pero son los hechos los que cuentan.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Losada, 1978, en traducción de Luis Echávarri. Según depósito de la ley 11.723.]


domingo, 24 de mayo de 2020

Mi viaje a Lhasa.- Alexandra David-Néel (1868-1969)

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Capítulo 9
"Chivos expiatorios" humanos

  «La historia se repite, el espíritu de invención de los hombres se mueve en un círculo muy restringido. Sin que se les pueda considerar sospechosos de plagio, reproducen, con siglos de intervalo y en religiones muy distantes unas de otras, las costumbres, las creencias y los ritos de pueblos de los que no han oído hablar. Pude tener en Lhasa una nueva prueba de ello.
 Lo mismo que los hebreos, los tibetanos celebran todos los años una ceremonia, al final de la cual echan fuera de la ciudad a un "chivo expiatorio". Sin embargo, este "chivo" no tiene nada en común con el animal del que habla la Biblia, ni con la función que cumple: no es un animal, sino un hombre, consciente del papel que asume.
 Los tibetanos creen que algunos lamas expertos en magia tienen el poder de transferir a la cabeza de esta víctima voluntaria todas las impurezas espirituales, todas las transgresiones morales y religiosas del pueblo y que provocan la cólera de las divinidades, manifestada en las malas cosechas, las epidemias y otras calamidades.
 Así, cada año, por medio de un rito especial, un hombre llamado Lud kong kyi gyelpo*, carga con todas las iniquidades del soberano y de sus súbditos y después se le echa a las arenas de Samye.
 La tarea difícil de llevar, con las faltas de toda una nación, la carga aún más terrible de la animosidad de los demonios, es aceptada, generalmente, por un pobre desgraciado que trata de sacar el provecho considerable que va unido a estas funciones.
 Es muy posible que los que se ofrecen así como víctimas tengan serias dudas sobre la existencia de los demonios, pero por muy escéptica que pueda ser la opinión de un tibetano de las clases populares sobre este tema, siempre está lejos de alcanzar la incredulidad completa. Los chivos expiatorios esperan, sobre todo, con la ayuda de honorarios elevados, asegurarse la ayuda de lamas aún más versados en magia que los que les han cargado con el peso maldito y, gracias a ellos, liberarse y escapar a los ataques de los malos espíritus.
 Sin embargo, es tan difícil para un Lud kong kyi gyelpo confiar plenamente en la eficacia de los ritos celebrados en su favor, como dejar de creer en el poder de los que le han entregado a las deidades terribles. "Autosugestionados", los pobres "chivos expiatorios" justifican, a menudo, las ideas que sus compatriotas sustentan sobre los peligros que atraen sobre ellos. Les está permitido desempeñar esta función varios años seguidos, y después del tercero reciben un título honorífico y una pensión del gobierno. Sin embargo, esta ocasión se les presenta pocas veces. Casi siempre, se dice, los actores que desempeñan este extraño papel mueren prematuramente, unos súbitamente, sin causa aparente, otros en circunstancias raras o aquejados de enfermedades desconocidas.
 Un ex "chivo expiatorio" murió estando yo en Lhasa, la víspera del día en que su sucesor debía ser expulsado de la ciudad.
 Durante las dos semanas que preceden a la celebración del rito imprecatorio, a Lud kong kyi gyelpo se le autoriza a pedir limosna con una cola de yak en la mano, distintivo de la función que va a desempeñar. No es una limosna lo que pide, en realidad, sino un verdadero impuesto autorizado por el gobierno. Cada uno debe darle algo, ya en dinero, ya en especies, de acuerdo con su fortuna, su negocio o su situación. Los donantes crean así un lazo entre ellos y el "chivo expiatorio" y gracias a su largueza las causas capaces de atraer las desgracias sobre ellos las transmiten al que se ofrece para asumir los riesgos.
 Si alguno duda, regatea, o intenta no dar la ofrenda, el futuro "rey de los rescates" agita la cola del yak sobre la cabeza del recalcitrante. Este gesto comporta una maldición que, según los crédulos tibetanos, lleva consigo las consecuencias más terribles. Así pues, se dan las limosnas, pero se intenta a veces un tímido regateo cuando el pedigüeño es demasiado exigente.
 No dejé, naturalmente, de pasearme por la ciudad para observar, a cierta distancia, a Lud kong kyi gyelpo procediendo a su colecta. Muy bien vestido, con un hermoso traje tibetano, hubiera pasado desapercibido si no hubiera llevado en la mano la cola de yak revelando su personalidad. Se detenía en el umbral de las tiendas y se paseaba por el mercado. Sin duda, todos le daban con liberalidad, porque no tuve ocasión de verle agitar la cola de yak. Una vez, sin embargo, se entabló una discusión; estaba demasiado lejos para oír lo que decía, pero no había duda. El futuro "chivo expiatorio" se impacientó y empezó a levantar la mano en la que llevaba su curiosa insignia, pero en seguida intervinieron algunos hombres y todo debió terminar bien, porque les oí reír.
MI VIAJE A LHASA - Tushita Edicions Lud kong kyi gyelpo recoge así un botín considerable. Además, cuando sale de la ciudad, perseguido por los abucheos y silbidos de la multitud, le arrojan monedas y otros objetos, sobre todo los que tienen un interés particular en descargar sobre él el peso de una mala acción cuyo recuerdo les pesa, o de una enfermedad que les atormenta, o de cualquier otro infortunio que se irá lejos, con el demonio que es el causante de ello. Estos últimos regalos son recogidos cuidadosamente por un pariente del "chivo expiatorio", que le sigue con ese fin.
 Me preguntaba si Lud kong kyi gyelpo visitaría mi posada, pero pensé que los mendigos que vivían allí y las pocas moneditas que iba a recoger no merecerían la pena de que se molestara. Sin embargo, mi buena suerte me llevó a encontrarle a la vuelta de una esquina y el singular personaje me tendió la mano. Por divertirme y deseándole ver agitar la enorme cola peluda que llevaba como un cetro, le dije: 
 --Soy una peregrina... Vengo de muy lejos y no tengo dinero.
 Me miró severamente y pronunció una sola palabra:
 -¡Dad!
 -Pero no tengo nada -repetí.
 Entonces levantó lentamente el brazo, como se lo había visto hacer en el mercado, y me hubiera podido divertir siendo el objeto de su extraño anatema si dos damas muy bien vestidas que pasaban en ese momento por allí no le hubieran detenido, gritando:
 -¡Nosotras te daremos por ella!
 Le dieron unas cuantas monedas y el hombre siguió su camino.
 -Atsi madre. No sabéis lo que os esperaba -me dijo una de las dos generosas mujeres-. Si hubiera elevado esa cola por encima de vuestra cabeza, no hubierais visto más vuestro país.»

*Lud tiene el sentido de rescate, redención. Se llama así al dinero dado como rescate por la vida de un hombre o de un animal, o toda cosa ofrecida a una divinidad o a un demonio para librarse de él. Lud kong kyi Gyelpo ('el rey de los rescates') se ofrece en lugar de los pecadores y de los enfermos, para que caigan sobre él la venganza de los dioses y la malignidad de los demonios.

    [El texto pertenece a la edición en español de Tushita ediciones, 2018, en traducción de Milagro Revest Mira. ISBN: 978-84-948958-0-7.]