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miércoles, 23 de febrero de 2022

La guaracha del Macho Camacho.- Luis Rafael Sánchez (1936)


Resultado de imagen de luis rafael sanchez  «PERDONES, MIL PERDONES, cinco mil perdones no pagarán el precio tamaño de otra interrupción pero interrumpimos para comunicar que, según la opinión opinionísima de observadores imparciales imparcializados, la bomba de alto poder destructivo que estalló en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico no fue colocada por los estudiantes políticos, agitadores, extremistas de siempre dado que la bomba de alto poder destructivo estalló en las oficinas de los profesores políticos, agitadores, extremistas de siempre. En añicos, en reguerote desparramado, en constelación de cantos: efigie de los barbudos Betances y Hostos y De Diego; la bandera puertorriqueña fraccionada en trapería roja y blanca y azul; los discursos de Albizu Campos ennegrecidos por la chamusquina. Extra: el Decano de la Facultad de Ciencias Sociales ha solicitado una investigación, el Rector de la Universidad de Puerto Rico ha solicitado una investigación, el Presidente de la Universidad de Puerto Rico ha solicitado una investigación, el Presidente del Consejo de Educación Superior de Puerto Rico ha solicitado una investigación, el Presidente de la Cámara de Representantes de Puerto Rico ha solicitado una investigación, el Presidente del Senado de Puerto Rico ha solicitado una investigación, el Gobernador de Puerto Rico ha solicitado una investigación. Señoras y señores: la bomba se investiga. Amigas y amigos, por tratarse de una bomba que si patatín que si patatán, la investigación de la bomba no tomará un año, la investigación de la bomba tomará muchos años. El Senador Vicente Reinosa –Vicente es decente y razonado hasta la muerte- recuesta la cabeza sobre el volante. El fracaso temporero de su epopeya de sangre lo desinfla. Vuelta y vuelta, como un cirquero derrotado recoge en cubetas la sangre acariciada: de las cabezas molidas por la libertad de las macanas, de las caras momificadas por la fraternidad de las macanas, de las espaldas corcovadas por la igualdad de las macanas. Vuelta y vuelta, como un archivero de orquesta, recoge la partitura para pechos precursores: hematomas, moretones, cardenales. Vuelta y vuelta, como un evangelista; desahuciado, se traga las palabras ensayadas: porque el orden clamado en las urnas, porque el espejo de la ley, porque domésticamente hablando, porque el socialismo ateo, porque el terrorismo de las ideas, porque no pasarán, porque por qué.

PROMESAS DE CAMPAÑA electoral: que los buitres y las auras tiñosas innominadas vilipendien mi postrera forma si este hombre que hoy les habla, Vicenteesdecente, Vicenteesdecente, Vicenteesdecente: cohetes unísonos elevados por el Comité de Damas con Vicente. Si este hombre que hoy les habla no consigue la ansiada paz en la Universidad: el dedo infamante, el dedo inflamatorio: los mercaderes del templo echemos: mingos de moscovitas, el compadrazgo con Mao, fámulos de Fidel: sulfurado, necesitado de vaso de agua, repercutido por la bravura de los aplausos y los comentarios que titilan en el cielo de las bocas: ése es, no hay pa más nadie, tres veces inteligente, agarrado a la verdad como a un bollo de pan, ése es, las caras destornilladas como muñecones de guiñol. Promesa de campaña electoral: traer al terruño amado, traer al lar borincano, traer al bay puertorriqueño, traer a la tierra favorita de Dios la paloma de la paz: Vicenteesdecente, Vicenteesdecente, Vicenteesdecente. Promesa de campaña electoral: la liquidación definitiva de las formas nacionalistas, aislacionistas e independentistas. Recholera la negra adelantada: traigamos el estado cincuenta y uno que pa eso somos jamericanos: aleluya zarrapastrosa, con ascensión de brazos que manifiestan apoyo y vuelta y vuelta el Vicenteesdecente, Vicenteesdecente, Vicenteesdecente. Promesa de campaña electoral: qué bromaza ésa del hombre insular, del hombre de este país: el postrero en estampida, jaleo en las cajas torácicas: mueran los independentistas, la negra recholera adelantada se sueña del brazo de George Wallace y Betsy Rose. Redondea el orador: qué tomada de pelo el hombre puertorriqueño cuando en el extremo alter está el hombre universal, el ciudadano del globo, qué simpleza el localismo, la necia limitación: Vicenteesdecente, Vicenteesdecente, Vicenteesdecente. Sacado en hombros, sacado en río de vítores, sacado en las primeras páginas de la prensa de este país: de tú a tú con el Che Perón y el Rey Faisal, peleándole el recuadro central al temido asesino Toño Bicicleta: helo aquí que viene saltando por las montañas el ¿futuro gobernador?: go especulativo de columnista influyente que en el reparto de papeles del gran teatro del mundo se asignó el papel de Vate: vate totémico en el pronunciamiento de sus acertijos: ¿futuro gobernador?: recorte recortado y pegado en scrap book y contestado con pluma Parker y ambición delatada por una grafología tiesa como un bofetón en la cara: sí.

Resultado de imagen de luis rafael sanchez la guaracha del SÍ, SÍ, SÍ: como novio que reitera el asentimiento hasta parecerlo al hambre, sueño diurno de mando, sueño nocturno de mando, una pupa la ambición que lo corroe, ambición mimada y mudada de culero con la industria de una hormiguita, ambición cultivada mediante actos de gentileza espumosa: un cómo está la nena espetado en el corazón movedizo de padre primerizo: qué criatura hermosa, qué precisión de rasgos, merece la menina un retratista del siglo diecisiete; cuántas idas a la funeraria Ehret, cuántas idas a Puerto Rico Memorial y a Buxeda Funeral Home, cuánto pésame dado con el rostro tormentado: trance pungente éste que padecemos pero aliviado el mismo por la certeza de que en paz descansará, samaritano como fue y otras etcéteras tránsidas; cada apretón de manos un voto computado, golpecitos en la espalda a un idiota importante, hambre de verlo tenía a un talentudo oficial, su verticalidad es faro rutilante en el mar proceloso de la vida a un magistrado a quien se le llena el tanque de adulación y arranca divinamente, perito del botón que estimula esta debilidad, cirujano del halago imperceptible. Sí, sí, sí: en campaña permanente: sácala la brújula al viéndolo y sábela dóndela sóplala.

 EL SENADOR VICENTE Reinosa –Vicente es decente y su meollo es esplendente- mira a los reinos de los cielos, después versicula: la campaña me costó un cojón completo y la mitad del otro: a duras penas levanté un capitalito, capitalito tambaleante levantado a través del calvario petitorio: cuál político honesto no tiene andado el Getsemaní: rifas de automóviles, banqueros de a cien dólares cabeza, maratones televisados, premiere insular de la alentadora película The green berets protagonizada por las balas canonizadas de John Wayne: suspirosa su alma buena. Descartada mi persona, la única que no importa, importa el cúmulo de voluntades: Damas. Por La Reelección de Vicente Reinosa, Jóvenes con Vicente, Amigos de Vicente Reinosa: olas de cruzados, olas de membretes adheridos a olas de automóviles, olas de membretes con olas de cuñas, con olas de leyendas alusivas a mi talento y bonhomía: Vicente es decente y buena gente, Vicente es decente y su conciencia transparente, Vicente es decente y de la bondad paciente, Vicente es decente y con el pobre es condoliente, Vicente es decente y su talento es eminente, Vicente es decente y su idea es consecuente, Vicente es decente y nunca miente, Vicente es decente y no ha tenido un accidente, Vicente es decente y su carácter envolvente, Vicente es decente y su verbo es contundente, Vicente es decente y su honor iridiscente, Vicente es decente y su hacer es eficiente, Vicente es decente y su estampa es absorbente, Vicente es decente y su mente omnipotente, Vicente es decente y nació inteligente, Vicente es decente y respeta al disidente, Vicente es decente y su entraña fluorescente, Vicente es decente y su razón es excelente, Vicente es decente y su meollo es esplendente: olas de cuñas publicitarias ensartadas por la admiración de una inteligencia admiradora de la mía. Falso, cuñas de su única invención y único aprecio aunque mintiera la autoría y el recoleto anonimato con mirada santurrona y túnica floreada de pudores y recatos.

 MENOS MAL QUE la estudiante, pongamos que se llama Lola, se colocará en el carril exterior de la vía derecha, lo que supone o hace suponer que en la luz próxima doblará a la derecha. Si el Senador Vicente Reinosa –Vicente es decente y su dignidad creciente- sigue y persigue a la estudiante pongamos que se llama Lola, bordeará la zona portuaria, observará las maniobras marítimas de la nova armada invencible, contaminará su almario de granadas pestilencias, cruzará el cruce de Bayamón a Cataño, llegará en volandas a Punta Salinas, por un callejón arenoso entrará, en algún cubujón estarán el carro y la estudiante, pongamos que se llama Lola, como un fauno bellaco esperará, esperará verla emerger como Venus de la espuma, esperará que los muslos de la estudiante se le escapen como peces sorprendidos: mala cosa si le da a la intemperie la gripe lorquiana, toserá completo el Romancero gitano. Visión dantesca consumirá, visión merecedora de un Canto de Maldoror, una vida imaginaria de Marcel Schwob, un nuevo informe de Brodie: la peluca de la estudiante, pongamos que se llama Lola, colgará de un uvero, las tetas del burlesco Mother of eight colgarán de un arbusto de hicacos. ¡Extraordinario, colosal, asombroso! Lola no es Lola, Lola no es Lolo, Lola es Lole: un mariconazo hormónico y depilado. Cámara rápida, movimiento adulterado por la rapidez funambulesca, chaplinesca, tatiesca, totoesca, cantinflesca, agrelotesca, correrá y correrá y correrá.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2000, en edición de Arcadio Díaz Quiñones, pp. 280-285. ISBN: 84-376-1863-0.]

lunes, 10 de mayo de 2021

Canudos. Diario de una expedición.- Euclides da Cunha (1866-1909)


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Bahía, 16 de agosto


 «Al llegar aquí  y asaltado en seguida por nuevas y variadas impresiones, perturbadoras de un juicio acertado, creo a veces que valoré de modo inexacto la situación y dominado acaso por la opinión general entre los que volvían de Canudos dije también con ellos:
 -La lucha está a punto de terminar y no habrá más víctimas.
 Hombres de mayor responsabilidad que, por excusado, me permito no citar, afirmaron categóricamente que la población sitiada no llegaba, quizá, a los doscientos rebeldes, los cuales, además, disminuían cada noche por causa de fugas a través de la carretera franca de O Cambaio y por los estragos de un bombardeo persistente. Otros testigos oculares aseguraron, unánimes, que, en los combates subsiguientes a la gran batalla del 18 de julio, los jagunços fueron vistos desmoralizados y acobardados, hasta el punto de pelear entre dos adversarios: los soldados por delante y los jefes por la retaguardia, que los llevaban, azuzados a bastonazos, al combate no deseado.
 Hay muchos testigos oculares de este hecho, que descubre máximo desánimo entre los fanáticos.
 Por otra parte, prisioneros de ambos sexos concuerdan en afirmar un hecho que evidencia un principio de discordia: el Conselheiro quiso ceder rindiéndose, lo que fue tenazmente impedido por Vila Nova, especie de jefe temporal de la grey rebelde.
 -Sigue: ¡haz tus milagros! –fue la intimidación enérgica y dominadora del cabecilla. Y el profeta claudicante que había garantizado que las tropas del gobierno del diablo no verían esta vez ni siquiera las torres sagradas de las iglesias de Belo Monte (Canudos), roto el primitivo encanto, cedió.
 Además de todo esto, la más profunda miseria y el hambre, reflejadas en los cuerpos al borde de la inanición, carcasas casi vacías de los prisioneros –y de los muertos, cuya extraña flaqueza es la nota constante de los relatos que hacen los soldados-, ciertamente iban completando poco a poco la destrucción.
 Las carreteras, totalmente francas y practicables, libres de las emboscadas del principio, recorridas tranquilamente por los que han llegado hasta aquí, indican que la región está totalmente libre de enemigos.
 Ahora bien: todas esas versiones ya son viejas en el tormentoso momento en que una hora posee inmenso valor; ya tienen quince días.
 Hace quince días que se espera a cada minuto la rendición del pueblo, ya ocupado en parte por nuestras fuerzas y que tiene apenas doscientos enemigos debilitados por las fatigas y por el hambre, divididos por la discordia y desalentados hasta el punto de ir a la batalla a palos.
 Y si consideramos que ellos saben que continúan los refuerzos y que hoy, en este momento, deben de estar llegando a Canudos a fin de completar el cerco, y de cerrarles definitivamente la última carretera libre, que no aprovechan, desde hace tiempo, como huida de una muerte inevitable, nos sentimos obligados a estimar la campaña, en vez de próxima a su término, a la manera antigua, incomprensible, misteriosa.
 Lo ha sido desde su comienzo; desde el principio en que los desastres sobrevienen y sorprenden a todo el mundo inesperadamente, al decaer de improviso en el momento en que se espera la victoria y se anticipan ovaciones triunfales.
 ¿Por qué razón los jagunços, desmoralizados, en número reducido, teniendo aún franca la fuga hacia el sertao difuso e intransitable, donde no serán descubiertos en el seno de una naturaleza que es su mejor arma de guerra, esperan a que se les cierre la única carretera a la salvación, aguardan que se complete el asedio del que derivará la rendición y sus funestas consecuencias?
 Dejando aparte la hipótesis de una entrega sobrehumana que les imponga sucumbir bajo los muros derruidos de los templos que han levantado, uno casi se inclina por fuerza a pensar en una nueva celada cayendo ex abrupto, confundiendo una vez más los planes de la campaña.
 Del mismo modo que nuestras tropas ansían los nuevos refuerzos que llegan, ¿no esperarán ellos acaso, de los sertoes desconocidos que se desdoblan al norte y noroeste de Canudos, fuertes contingentes que pongan a los nuestros entre dos fuegos?
 ¿No será también lícito conjeturar, excluida esta suposición, que el número relativamente pequeño de los que permanezcan en el pueblo, encarando todos los peligros, tenga como único objetivo atraer al ejército hasta allí y retenerlo, engañado durante un tiempo, hasta que los fanáticos se recuperen y se reúnan y refuercen en cualquier otro punto de más difícil acceso, más hondamente enclavado en el sertao?
 Estos interrogantes crecen en mi espíritu desde el día en que, intentando adquirir un conocimiento de las opiniones que por aquí circulan, no lo conseguí y comprendí que gran parte de los que vuelven de aquellos parajes desconoce la situación en tan alto grado como los que no han ido.
 Hay que añadir que si aún ayer oficiales distinguidísimos me aseguraban, unánimes, que el poblado estaba casi abandonado y destruido, hoy distinguidísimos oficiales, recién llegados, cuyos nombres puedo citar, afirman que aún tiene mucha gente, perfectamente abastecida y apta para larga y tenaz resistencia.
 Buscar la verdad en este torbellino es imponerse la tarea estéril y fatigosa de Sísifo.
 El espíritu más robusto y disciplinado se agota en conjeturas vanas; nada deduce, oscila indefinida, intermitentemente, en una inútil agitación de dudas, entre conclusiones opuestas, del completo desánimo a la más alta esperanza. Los propios soldados, rudos hombres sinceros, destrabados de las pasiones que atan a los que actúan en un plano superior de la vida, no concuerdan a menudo en lo que afirman. Muchos han estado allí desde las primeras expediciones y confiesan ingenua, lealmente, que no saben nada, que nunca han visto al enemigo sino después de muerto, que nunca lo han visto frente a frente, cuerpo a cuerpo, en la refriega del combate, no lo conocen en absoluto, no saben cuántos son.
Resultado de imagen de canudos diario de una expedicion Como si todo esto no bastara para impresionar vivamente y hacer vacilar al espíritu más enérgico, ahí están esas irrupciones diarias, cuya descripción he trazado sin exageración, de heridos, en número que asombra, que llegan invariablemente todos los días, que abarrotan todos los hospitales y ya los desbordan, derivando hacia el seno de los conventos. Y ahí están, más tristes aún, si cabe, más dolorosas y deplorables, esas incalificables solicitudes de retirada hechas ante el enemigo, bajo la bandera de la patria traspasada de balas; tres o cuatro tal vez que duelen más que la derrota de una brigada y cuya noticia llega de un modo lúgubre en el seno de los que se aprestan para la lucha.
 Y ante todo esto, ante tantas opiniones discrepantes acerca de un enemigo que permanece firme dentro de un círculo de hierro, y que genera tantos males, que produce estas multitudes de mártires heroicos, menos tristes, digámoslo de pasada, que la media docena de los que tienen el coraje sobrehumano de decir al país entero que son cobardes, ante esta situación realmente indefinible, se justifican ampliamente todas las dudas, se comprenden los interrogantes que nos hemos hecho.
 Y si consideramos aún que, realmente, según declaramos ayer, este incidente de Canudos es sólo un síntoma, y que falsea la verdad quien lo considere reducido a las agitaciones de un pueblo del sertao, pues justamente a esta hora, y hablo con entero conocimiento de causa, en esta gran capital –cuya población, en su mayoría, es de una nobleza admirable y se ha revelado de una generosidad sin par en esta emergencia-, justamente a esta hora, aquí, hay velas que se encienden en recónditos altares y preces fervorosamente murmuradas en favor del siniestro evangelizador de los sertoes, cuyos prosélitos no están todos allá; si consideramos esto, entonces no hay conjeturas que no se justifiquen, por más atrevidas que sean.
 Realmente, cualquiera que en el momento actual, subordinado a una ley elemental de filosofía, pretenda, en este medio, calcar las concepciones subjetivas sobre los materiales objetivos, no las tendrá seguras y estimulantes cuando éstos sean tan incoherentes e inconexos.
 Yo deseo, con todo, estar en un error; deseo vivamente que estas líneas sean exageradas divagaciones y que el futuro permanezca eternamente mudo ante estas interrogantes. Que al llegar ahí esta carta –alarmante, tal vez, sincera ciertamente- llegue también la noticia de la victoria, destruyéndola e impidiendo su publicación.
 Nunca he deseado tanto recibir una réplica rotunda, una contradicción victoriosa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2008, en traducción de Xavier Rodríguez Baixeras, pp. 67-74. ISBN: 978-84-8367-108-5.]       

viernes, 9 de abril de 2021

Los cigarrillos son sublimes.- Richard Klein (1941)


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VII.- Una conclusión polémica


  «Este libro parece sugerir que la actual campaña contra los cigarrillos en Estados Unidos, y su repercusión internacional, no es más que un brote de censura moral camuflado de preocupación por la salud. A juzgar por la historia del antitabaquismo, esta nueva ola se inscribe en un proceso cíclico de represión y vuelta de la conducta reprimida, que garantiza el inevitable vaivén del péndulo hacia el lado opuesto, especialmente en períodos de tensión social provocados por crisis económicas o políticas. Este movimiento pendular puede que ya haya empezado. La creciente oleada de histerismo ha logrado ahogar las voces de quienes defendían los beneficios sociales y culturales de los cigarrillos: esa cualidad misteriosa que los ha llevado a conquistar el mundo, como dice Cocteau. A fin de cuentas, se trata de un mundo en el que, durante casi un siglo, al menos una tercera parte de la población adulta ha fumado miles de millones de cigarrillos al día.
 En 1631, el parlamento de París, alarmado por los informes médicos sobre la salud de los presos, prohibió fumar en las cárceles. En 1659 los padres de la ciudad de Colmar prohibieron fumar a los burgueses e instaron a la población, en nombre del civismo, a denunciar a quienes no respetasen esta prohibición (Vigié 58). No sabemos el grado de éxito obtenido por esta campaña entre la población reclusa, pero acaso podamos intuir lo persuasivo que resultó el argumento a juzgar por las líneas iniciales del Don Juan de Molière –representada ante el rey en 1665-, que se atreve a poner en boca de Sganarelle un exaltado himno al tabaco en el que se afirma sentenciosamente: “Una vida sin tabaco no merece la pena ser vivida”. La represión del tabaco suele garantizar su regreso bajo una forma mucho más virulenta. La demonización de un hábito por sus efectos nocivos para su salud lo convierte en algo irresistible, lo envuelve con la seducción del vicio y el poderoso atractivo de lo que debe permanecer oculto. La censura estimula irremisiblemente la práctica que se propone inhibir y, por lo general, la vuelve más compulsiva, precisamente por su clandestinidad. Pensemos, por ejemplo, en la masturbación.
 En La historia de la sexualidad, Michel Foucault distingue entre dos tipos de leyes históricas promulgadas con el fin de controlar el placer. Por un lado están las prohibiciones, como las que se lanzaban durante la Edad Media contra el adulterio, que efectivamente resultaban disuasorias. Por otro lado están las incitaciones, como las reglas y normas contra la masturbación promulgadas en el siglo XIX por pedagogos, médicos, sacerdotes y moralistas, que al convertir esta práctica en un vicio no sólo no conseguían reducirlo, sino que, antes al contrario, todo se volvía súbitamente masturbatorio. Lo que en otro tiempo podría haber sido una minucia se convirtió en objeto de recelos moralizantes, y bastaba con decirlo para que fuese cierto. Como la masturbación, lo que hoy llamamos drogas ha calado en todas las clases sociales. Durante años, el gobierno y el clero han apostado por la guerra y el problema es hoy tal vez mayor que nunca. Los cigarrillos son malos, no es necesario demonizarlos. Como ocurrió en el caso de la masturbación, se sirve mejor, no sólo a la verdad sino también a la salud pública, demostrando un poco de compasión hacia el diablo.
 Hablar de censura en lo que respecta a los cigarrillos presupone lo que este libro ha pretendido demostrar: que fumar cigarrillo no es sólo un acto físico sino un acto discursivo, una forma de expresión muda pero elocuente. Se trata de un discurso perfectamente codificado, complejo desde el punto de vista retórico, con un amplio repertorio de convenciones presentes en todo momento en la historia literaria, filosófica y cultural del tabaco. En el momento actual, el hecho de fumar se ha convertido en una especie de obscenidad, del mismo modo en que la obscenidad se ha convertido en una cuestión de salud pública. Por supuesto, los censores siempre afirman velar por el bienestar físico y moral del cuerpo, al que desean proteger de los daños que supuestamente se derivan del comportamiento socialmente proscrito. Puesto que fumar es un acto sin palabras, se trata de una forma de expresión especialmente susceptible de ser suprimida por censores que, sin embargo, vacilan a la hora de prohibir el lenguaje. Los crecientes ataques contra el tabaco en las décadas pasadas podrían considerarse como el preludio a la ola de censura que amenaza con arrasar Estados Unidos. Como el baile flamenco, que fue prohibido en el carnaval francés, fumar cigarrillos se ha convertido en algo que despierta temores irracionales e impulsos en exceso represivos, aun cuando es cierto que merece ser desaprobado de manera civilizada. Los cigarrillos son nocivos para la salud, como tantas otras cosas que se consumen treinta veces al día; aunque puede que ellos sean aún peores. Pero la historia demuestra que las leyes destinadas a suprimirlos pueden producir precisamente lo contrario de lo que se proponen, y esta paradoja genera recelos hacia los motivos y actitudes ocultos tras esta imposición.
 Los primeros capítulos de este libro se proponían demostrar que la demonización de que han sido objeto los cigarrillos durante los últimos veinte años es el anverso de las cualidades benéficas  que en otras épocas se ha atribuido al tabaco. Un demonio es un dios muy viejo cuyo culto ha sido reprimido pero cuya capacidad de seducción sobre el oficiante consigue invertir su signo: lo que antes era objeto de adoración resulta ahora atemorizante y enormemente tentador. En su afán por combatir al diablo, los cazadores de brujas encuentran el mal en todas partes, porque es el rostro que atribuyen a sus propios impulsos negativos. Dice el refrán que a grandes males grandes remedios y, como ocurre con las guerras de religión, la campaña antitabaco se presta al fanatismo cruel y la indignación farisaica. Está prohibido fumar en edificios públicos en los que se podría habilitar algún espacio para fumar. La persecución fanática refuerza por lo general el culto que se propone abolir, favoreciendo así la práctica de ceremonias secretas y movimientos clandestinos de perversa teología. Este libro se propone revelar al dios oculto tras la máscara del mal de los cigarrillos, demostrar su capacidad para seguir poseyéndonos. Si hay alguna posibilidad de que la sociedad renuncie al tabaco, sin duda no se conseguirá con censuras, que sólo servirán para estimular su consumo. Cuando la sociedad vislumbre al fin el aura de divinidad que se esconde tras esta horrible máscara comprenderá la naturaleza de su vieja fascinación y podrá inventar nuevos dioses para estos nuevos tiempos.
Resultado de imagen de los cigarrillos son sublimes En los capítulos precedentes hemos analizado algunos de los beneficios y los placeres relacionados con el consumo de cigarrillos, su sabiduría y su belleza. Hemos estudiado la descripción que de ellos se hace en la literatura y en la filosofía, como ejemplos de la noble ambición de apropiarse del mundo simbólicamente. Fumar genera formas de satisfacción estética y estados de conciencia propios de las más irresistibles variedades de experiencia artística y religiosa. Los cigarrillos han estado ligados, por lo general, a poderosas corrientes liberadoras en lo político y en lo sexual. Han servido a generaciones de hombres y mujeres en períodos de angustia para controlar y mitigar la ansiedad, como un sucedáneo de la oración. Son para muchos un instrumento sutil y eficaz que favorece la interacción social, un arma contra la intromisión de otras subjetividades y una especie de varita mágica que invita a la intromisión de un modo sumamente seductor. Y, sin embargo, pese a los múltiples beneficios y la innegable belleza que tienen los cigarrillos, en la actualidad sólo se habla de sus efectos nocivos. Para eliminarlos basta con decir que los cigarrillos son muy perjudiciales para la salud. Pero esto nos lleva a preguntarnos, ¿se atribuye hoy a la salud tanto valor como para convertirla en el único criterio válido a la hora de definir lo que es bueno y lo que es hermoso? Tal vez no baste con sopesar los pros y los contras de los cigarrillos, puesto que son precisamente sus efectos nocivos lo que los hace sublimes, puesto que nadie fumaría si fuesen inofensivos. La buena salud, en opinión de Svevo, está reñida en lo esencial con el progreso de la civilización, que por su propia naturaleza aumenta la enfermedad. La vida es en sí misma una enfermedad progresiva de la que sólo nos curamos póstumamente; porque si la salud es la ausencia de enfermedad, sólo se alcanza con la muerte. Vivir significa elegir los propios venenos. El héroe de Svevo es capaz de renunciar a su adicción al tabaco sólo al final de su vida, cuando abandona la persistente ilusión de que algún día estará definitivamente sano.
 El culto a la salud forma parte de la ideología dominante en Estados Unidos, por razones que resultan a la vez ingenuas y siniestras y sirven para enmascarar los efectos devastadores de una cruel industrialización, al tiempo que favorecen los intereses directos de uno de los principales sectores de la economía. Esta tendencia ha distorsionado y oscurecido otras visiones más acertadas de nuestra biología y de la relación entre vida y supervivencia. Ha generado formas de hipocresía cuya transparencia resulta más evidente en otros países, pero que tiene consecuencias para la calidad de vida y la libertad social en este país.
 En 1990, en un discurso pronunciado  en la Universidad de Pennsylvania, Louis W. Sullivan, Secretario de Salud y Servicios Sociales, declaró nuevamente la guerra al tabaco, empleando la retórica que el Papa Pablo VI utilizara en 1965 ante las Naciones Unidas para pedir el fin de la guerra: “Hagamos que esto sea el comienzo de un nuevo esfuerzo supremo para combatir los intentos de la industria del tabaco de enriquecerse a costa de la salud y el bienestar de nuestros pobres ciudadanos. Esta especulación con la salud debe concluir. ¡Basta! (New York Times, 7 de noviembre de 1990).»

   [El texto pertenece a la edición en español de Turner Publicaciones, 1993, en traducción de Catalina Martínez, pp. 195-198. ISBN: 978-84-7506-864-0.]
                      

lunes, 26 de junio de 2017

"Historias del Imperio Romano".- Amiano Marcelino (h. 330-h. 395)

 
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Libro XVIII

  Beneficios de la presencia de Juliano en las Galias. Cuida de que en todas partes se administre bien la justicia. Repara las murallas de los fuertes reconquistados al enemigo en las orillas del Rhin, tala parte del territorio de los alemanes y obliga a cinco reyes suyos a pedir la paz y devolver los prisioneros. Barbación, jefe de la infantería, es decapitado con su esposa por orden de Constancio.

«En cuanto llegó la estación propicia para la campaña, Juliano reunió las tropas y se puso a su frente. Gran deseo tenía, antes de que estuviesen muy empeñadas las hostilidades, de apoderarse y poner en estado de defensa muchas ciudades fuertes cuya destrucción databa de antiguo, y también en reedificar sus almacenes de subsistencias, que habían sido incendiados, y en los que se proponía guardar las ordinarias remesas de granos de la Bretaña. Los almacenes, rápidamente construidos, quedaron en seguida repletos de víveres; ocupó siete ciudades, a saber, el campo de Hércules, Quadriburgium, Tricesimo Novesium, Borma, Autunnacum y Bingio, donde se le reunió oportunamente Florencio, prefecto del pretorio, que le traía refuerzos y víveres para larga campaña.
 Faltaba reedificar las murallas de las siete ciudades, obra esencial y que urgía dejar terminada antes de que pudiesen entorpecerla. En esta ocasión pudo apreciarse el ascendiente que había conquistado el César, por temor, sobre los bárbaros y por amor, sobre los soldados. Los reyes alemanes, fieles al pacto ajustado el año anterior, enviaron en carros parte de los materiales necesarios para las construcciones, y se vio a los soldados auxiliares, tan recalcitrantes para este servicio, prestarse gozosos al deseo del general, hasta el punto de llevar alegremente a hombros vigas de cincuenta y más pies, y ayudar con todas sus fuerzas a los trabajos de la construcción.
  Tocaba a su término la obra, cuando volvió Hariobaudo a dar cuenta de su misión, siendo su llegada la señal de marcha, poniéndose en movimiento todo el ejército hacia Moguntiacum, donde se promovió agrio altercado, sosteniendo Florencio y Lupicino, que había sucedido a Severo, que era necesario lanzar allí un puente para cruzar el río, y negándose Juliano con inquebrantable persistencia, porque si se sentaba el pie en territorio de los reyes con quienes estábamos en paz, las costumbres devastadoras de los soldados acarrearían inevitablemente la ruptura de los tratados.
  Entretanto, aquella parte del pueblo alemán contra la que se dirigía la expedición, viendo acercarse el peligro, intimó con amenazas al rey Suomario, uno de los comprendidos en los tratados anteriores, que nos impidiesen pasar el Rhin; porque en efecto, sus posesiones tocaban a la otra orilla. Declarando éste que con sus fuerzas solas no podría conseguir el objeto, marchó de pronto a aquel punto imponente masa de bárbaros, decidida a emplear todos los esfuerzos para evitar el paso del ejército; comprendiéndose entonces que el César había tenido doblemente razón en su negativa, y que para lanzar el puente era necesario buscar el punto más favorable, allí donde no hubiese exposición de devastar tierras de su amigo, ni sacrificar multitud de vidas en desesperada lucha con aquella multitud.
  Los bárbaros de la otra orilla seguían atentamente todos nuestros movimientos. En cuanto veían desplegar las tiendas, hacían alto y pasaban la noche con las armas en la mano, esperando alarmados alguna tentativa nuestra para pasar el río. Llegando al fin al punto elegido, el ejército descansó después de haberse fortificado. El César llamó a Lupicino a consejo, y dio a los tribunos de su mayor confianza la orden de tener dispuestos trescientos hombres armados a la ligera y provistos de estacas, sin explicar en qué quería emplearlos, ni qué servicio iban a prestar. A media noche hizo montar el destacamento en cuatro barcas, no habiendo podido procurarse más, mandándoles bajar el río con el mayor silencio, sin emplear siquiera los remos, por temor de que su ruido llamase la atención de los bárbaros y emplear todos los esfuerzos posibles para ganar la otra orilla, mientras el enemigo tenía fija la atención en nuestras hogueras.
  Cuando se preparaba esta sorpresa, el rey Hortario que, sin pensar en enemistarse con nosotros conservaba relaciones de buena vecindad con sus compatriotas, había invitado a los reyes alemanes, enemigos nuestros, con sus parientes y vasallos a un festín que, según la costumbre de estos pueblos, se prolongó hasta la tercera vigilia de la noche. La casualidad hizo que, al retirarse, se encontrasen con los nuestros, no siendo muerto ni hecho prisionero ninguno de los convidados, gracias a la velocidad de sus caballos, que lanzaron al azar; pero de los esclavos y criados que les seguían a pie escaparon muy pocos, y estos lo debieron a la obscuridad.
  Habían pasado el río, y lo mismo que las expediciones anteriores, los Romanos consideraban terminados sus trabajos, puesto que habían alcanzado al enemigo; pero la sorpresa aterró a los reyes alemanes y a toda su multitud, cuya única idea consistía en impedir la construcción de un puente.
 Entonces tuvo lugar una dispersión general, y a la indomable furia siguió en cada cual vivo apresuramiento por buscar a lo lejos seguridad para sí propio, para su familia y bienes. Entonces se construyó el puente sin obstáculos, y la población alemana, contra lo que esperaba, vio a nuestras legiones cruzar sin causar daño alguno las posesiones del rey Hortario; pero en cuanto hollaron tierra enemiga, todo lo llevaron a sangre y fuego.
  Después de degollar multitud de habitantes y de incendiar sus débiles moradas, el ejército, que ya no encontraba más que moribundos o gentes que pedían perdón, llegó al fin al punto llamado Capellatium o Palas, donde se encontraban los mojones que señalaban los límites de los territorios alemanes y de los burgondios. Allí acamparon los Romanos para recibir en actitud menos hostil la sumisión de dos hermanos, los reyes Macriano y Hariobaudo, que habían oído venir el huracán y se apresuraban a conjurarlo: ejemplo que siguió inmediatamente el rey Vadomario, cuyas posesiones lindaban con Rauracos, y que hizo valer en favor suyo una carta muy afectuosa de Constancio; por lo que se le recibió con las consideraciones debidas a un príncipe adoptado desde muy antiguo por el Emperador como cliente del pueblo romano. Macriano, lo mismo que su hermano, se veían por primera vez en medio de nuestras águilas y estandartes; y asombrado por el aspecto de nuestros soldados y la brillante variedad de las armas, se apresuró a pedir gracia para los suyos. Vadomario, que era vecino nuestro y desde muy antiguo estaba en relaciones con nosotros, no se cansaba de admirar nuestro aparato militar, pero como quien no lo contemplaba por primera vez. Después de larga deliberación, al fin se acordó conceder la paz a Macriano. En cuanto a Vadomario, como tenía el encargo, además del cuidado de sus propios intereses, de solicitar a nombre de los reyes Urio, Ursicino y Velstrapo, había dificultades para la contestación.   
  Los bárbaros no se ligan por convenio, y un tratado concluido por intermediario no habría tenido fuerza para ellos desde el momento en que no los contuviese la presencia del ejército. Pero en cuanto quemaron sus mieses y sus casas, y mataron o cogieron parte de sus gentes, se apresuraron a negociar por legados directos y suplicaron con el mismo tono que si hubiesen causado los estragos, que habían sufrido: humildad que les valió paz en iguales condiciones que a los otros, imponiéndoles la inmediata entrega de todos los prisioneros que habían hecho en sus excursiones.
  Mientras, con el auxilio divino, se restablecían nuestros negocios en las Galias, en la corte de Constancio iba a surgir otra tempestad política, sirviendo un incidente baladí de preludio a escenas de luto y lágrimas. En la casa de Barbación, general de la infantería, se había presentado un enjambre de abejas. Inquieto por el presagio, consultó con los adivinos, respondiéndole éstos que se encontraba en vísperas de algún acontecimiento grave. Fundábase el pronóstico en la costumbre de espantar las abejas del punto donde han depositado el producto de su trabajo, ya ahumándolas o ya haciendo mucho ruido con címbalos. La esposa de Barbación, llamada Assyria, era tan indiscreta como imprudente, y, encontrándose ausente en una expedición su marido, muy preocupada por el vaticinio, ocurriósele, en su inquietud mujeril, dirigirle una carta lacrimosa en la que le pedía, como próximo sucesor de Constancio (cuya muerte consideraba Assyria muy cercana) que no la pospusiese a la emperatriz Eusebia, a pesar de su extraordinaria belleza. Habíase servido Assyria de una esclava muy hábil en escritura y cifras, recibida con la herencia de Silvano. Remitióse la carta con todo el secreto posible; pero, al regreso de la expedición, la esclava que la había escrito al dictado de su señora, se fugó una noche, recogiéndola apresuradamente Arbeción, a quién entregó una copia. No perdió éste tan preciosa ocasión para desplegar su destreza, y con la copia en la mano se presentó al Emperador. Como de costumbre, se procedió rápidamente. Barbación no pudo negar que había recibido la carta, y como su esposa quedó convicta de haberla escrito, ambos fueron decapitados. Pero no puso fin su muerte a los procedimientos, sino que sufrieron el tormento multitud de desgraciados, inocentes o culpables, encontrándose entre los primeros Valentino, que acababa de pasar de oficial de los protectores a tribuno: so pretexto de complicidad se le sujetó varias veces al tormento, que soportó hasta el fin, sin contestar otra cosa que su completa ignorancia de todo lo que había ocurrido. Más adelante, por vía de indemnización, le otorgaron el título de duque de Iliria.» 
 

martes, 9 de mayo de 2017

"Marranadas".- Marie Darrieussecq (1969)


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«Me dejaron allí, en el agua. Ya no podía más. Aqualand cerraba sus puertas y yo allí, desnuda como una idiota. Uno de los negrazos que trabajaban de vigilantes se me acercó y me dijo que como siguiera organizando barullo llamaría a la policía. Yo sabía perfectamente, con todas las cosas que pasan en Aqualand, que no iba a hacerlo. Le supliqué que me diera cualquier cosa para ponerme. Se echó a reír, igualito que la ballena disecada que decora el fondo del recinto. Al cabo de un momento, sin embargo, me arrojó una especie de albornoz que me quedaba pequeñísimo. Salí del agua como pude. En esas, vi llegar a unos gendarmes  y me dije que aquello era el final, que por primera vez en mi vida iban a llevarme a comisaría, yo que había llevado siempre una vida decente. Me eché a llorar. Pero los gendarmes no venían por mí. Escoltaban a un montón de señores muy elegantes que llegaban a la piscina. Y sin embargo Aqualand estaba cerrado. Las negras en tanga les colgaban collares de flores en el cuello a los señores, los señores les metían billetes en el tanga. Enseguida se formaron parejas entre los señores y las negras, y entre los señores y los negros también, se ve cada cosa. A algunos incluso les faltó tiempo para ponerse a retozar y se arrojaron vestidos al agua con sus respectivos negros o negras, yo me quedé patitiesa al ver aquello. Y eso que sabía que las fiestas privadas de Aqualand no eran cualquier cosa, pero aún así, en el agua... Luego alguien habló por un micrófono y una gran mesa atestada de comida y bebidas se deslizó sola hasta el borde la piscina. Los señores se arrojaron encima, otros descorcharon botellas de champán en el agua y corrió a chorros por todas partes, al precio que va. Una chica con patines hizo un strip-tease en la pasarela que queda encima del agua. Me daba pánico que me descubrieran, más que nada porque todos aquellos señores empezaban a estar borrachos de verdad y, yo lo sabía por Honoré, el alcohol transforma por completo a la gente. Un hombre que ha bebido, lo digo por las jóvenes a quienes se autorice a leer este testimonio, olvida su natural amable. Yo creo que lo mejor para las jóvenes de ahora, me permito emitir este juicio después de todo lo que me ha tocado vivir, es encontrar un buen marido que no beba, porque la vida es dura y una mujer no funciona como un hombre, y por otra parte no son los hombres los que se van a ocupar de los niños, y todos los gobiernos lo dicen, no hay bastantes niños. La chica de los patines remató su número trepando desnuda a una palmera para desplegar un inmenso cartel, y entonces todo el mundo aplaudió. El cartel rezaba: Edgar no sé cuántos, por un mundo más sano. Intenté escuchar el discurso que siguió, pero siempre me ha costado mucho concentrarme en ese tipo de cosas, pues no tengo muchos estudios. Lo que entendí es que aquel señor decía que todo iría mejor; que estábamos en un período de cambio de lo más indecente pero que gracias a él saldríamos adelante. Me enteré de que iban a celebrarse elecciones. Edgar parecía agradable, pensé que tampoco perdía nada al fin y al cabo, que si las cosas se ponían feas siempre podría prometerle mi voto. Salí lo más discretamente posible de mi mangle. Todo el mundo estaba borracho. Sonaba una música estruendosa, se atenuaron las luces, me dije que aquello favorecía mi huida. Unos rayos láser o no sé qué empezaron a girar y a dar vueltas por el recinto, todo el mundo brincaba y se empujaba al agua. Caí de pleno entre las zarpas de un tipo que no estaba borracho. Me puso un enorme revólver en la sien. Pensé que me moría. Me empujó a una pequeña habitación que había allí al lado. Unos señores con chaleco antibalas me hicieron una serie de preguntas. [...] En esas entró un señor trajeado. Preguntó qué pasaba allí y me ayudó a incorporarme bastante galantemente. Los hombres con chaleco antibalas no chistaron y el que se había puesto nervioso se enfundó el arma. El señor dijo que había oído gritar, como si estuviesen degollando a un cerdo. Me miró como compadecido. Me llevó con él y me invitó a una copa de ron. Se advertía que meditaba mientras me miraba. Me preguntó cómo me encontraba y todo eso. Luego me arrojó una toalla para que me lavase y ordenó a una negra que me trajese un vestido. Imagínense, dos vestidos nuevos el mismo día. Y además bonitos. El señor llamó a alguien con su teléfono móvil y vi aparecer, no se lo creerán, a una de mis antiguas compañeras de la tienda. No dijo nada cuando me vio, pero saltaba a la vista que se preguntaba qué podían ver en mí y por qué estaba yo allí y no ella. Me peinó dándome tirones, dijo que no había manera de hacer nada con mi pelo, el señor dijo que no era grave. "Cuanto más paleta parezca, mejor", dijo. No me atreví a protestar. La chica me maquilló. [...] El señor despidió a la chica y me hizo acompañarle a un despacho donde estaban Edgar y otros dos señores muy elegantes, con dos o tres chicas. "He encontrado la joya que buscábamos", dijo el señor con expresión triunfante. [...] Yo ya me veía haciendo una gran carrera en el cine y, la verdad, no iba muy descaminada. Imagínense que a los dos minutos se presentó un fotógrafo con una Polaroid y empezó a acribillarme a fotos. Luego, los señores se olvidaron de mí y se pusieron los tres a contemplar las fotos. Y yo, allí, a la expectativa, preguntándome qué podían ver en mí. "¡Por un mundo más sano!", se puso a berrear uno de los señores, y empezaron a reírse todos a mandíbula batiente. Pensé que se burlaban de mí. El fotógrafo me llevó a su casa. Tuve que pasarme toda la noche posando para él, y que si ahora te cambio la luz y que si ahora te empolvo la jeta. [...] Si bostezaba, el fotógrafo me insultaba, me obligaba a sonreír, a ponerme de tal o cuál manera, no te digo. El fotógrafo me puso un fajo de billetes en la mano y me despachó. A mí me pareció correcto. Lo único que lamentaba era no haber visto el final de la fiesta en Aqualand, yo que nunca había estado invitada a semejantes saraos.»