Mostrando entradas con la etiqueta Sensualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sensualidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de octubre de 2020

Letras e ideas.- Andrenio [Eduardo Gómez de Baquero] (1866-1929)

Resultado de imagen de andrenio 

Filosofía del género chico (Diálogo en un teatro)

  «Fue en un teatro de funciones por horas. No importa para el caso determinar cuál, ni tampoco qué se representaba. Mientras hacía por abreviar, con la lectura de un periódico, el aburrimiento del entreacto, cansado ya de curiosear con los gemelos en los palcos, ocupados por señoritas dudosas y horizontales auténticas, fijéme por casualidad en la conversación que dos espectadores, colocados en la fila anterior de butacas, sostenían.
 —¿Usted por aquí? —decía el uno.— Permita usted que le manifieste mi asombro al tropezar con todo un grave filósofo en este sitio cuyo imperio se dividen Terpsícore y Cíterea, sirviéndoles Talía de pantalla. ¿Qué busca por acá el señor amante de la sabiduría? ¿Supongo que no vendrá persiguiéndola?
  —¿Y por qué no? Puesto que usted me gradúa de buenas a primeras de filósofo, no tema usted que mi caso inspire a algún Luciano moderno para escribir un gracioso pleito entre el género chico y la Filosofía, en que la última reivindique mi interesante personalidad. Mi presencia no significa que cansado de los desdenes de la sabiduría, venga á pegársela con la farándula. Soy un enamorado fino y constante. Pero, amigo, la sabiduría no viene a llamar a la puerta de nuestra casa como amante sumisa que se entrega. Hay que seguirla a todas partes, como coqueta caprichosa que quiere hacerse desear.
 —Convengo en ello; mas me parece que no ha de frecuentar estos lugares.
 —Anda por el mundo, y mundo es esto...
 —¡Ya lo creo! y carne.
 —Hasta el otro enemigo del alma le concederé a usted, si se empeña. Pero la razón de las cosas hay que buscarla en la realidad, no en ese vago mundo de pálidas abstracciones en que ha morado la Filosofía tradicional. ¿No le ha asaltado a usted, al leer a ciertos filósofos, el recuerdo de la pradera de los asfódelos, en que colocaban los poetas antiguos las tenues sombras de los muertos? Y las sombras eran más reales que las entelequias filosóficas. Al fin eran residuos de seres vivos. Así se explica el atroz aburrimiento que la Filosofía produce a los profanos. Les hace asistir —valga el símil teatral, ya que en el teatro estamos— a una función representada por fantasmas, que hablan un lenguaje ininteligible. Ni se entera el espectador de si lo que se representa es drama o comedia.
 —Pero, hablando en plata, ¿qué materia filosófica puede usted hallar aquí? ¿La hallará usted en los chistes obscenos o picantes? ¿En los tipos grotescos? ¿En las mallas de la tiple, o en las pantorrillas del cuerpo de coros?
 —Sí, señor, en todo eso, y particularmente en las pantorrillas y en todo lo demás; en el desnudo, en la plástica femenina. ¿No aprendió usted en el Instituto que la Filosofía es la ciencia de lo permanente o cosa así? ¿Pues qué más permanente que el poder de las pantorrillas, que el atractivo de las buenas formas? Pasan siglos y más siglos, se hunden los imperios, se extinguen las religiones, no quedan de las que fueron civilizaciones florecientes más que unas cuantas momias o unos cuantos ladrillos cubiertos de garrapatos cuneiformes, y las pantorrillas siguen gustando como en Nínive.
 —Bien; pero al cabo, ¿qué puede ofrecer de interesante para un hombre de ideas elevadas y de sentimientos delicados, objeto tan vulgar como la baja sensualidad de las multitudes, como la animalidad atávica del rebaño, en todos los tiempos?
 —¿Y qué, no es interesante el vulgo? ¿No lo es esa inmensa muchedumbre humana que no ha metido ruido en la Historia, que la ignora, como ella a su vez ignora a la Historia; que se limitó a vivir, como nacen, se desarrollan y mueren las plantas y los animales, sin preguntarse el por qué de la vida, ni maldecir de ella, ni pretender alambicarla; con la serena inconsciencia del ser que cumple una ley inexorable? ¿Qué somos sino un islote microscópico en el inmenso mar humano, los que nos preocupamos con el arte y la ciencia, con las fantasmagorías y los ensueños de lo psíquico? ¿Con qué títulos nos pretendemos representantes del genio de la raza, siendo en ella excepciones, casos anómalos? Un plebiscito universal nos declararía, acaso, locos o monstruos. Una exigua minoría ilustrada, un grupo de iniciados, transmite a los de la generación siguiente unos cuantos nombres y unas cuantas fórmulas. Esos nombres y esas fórmulas llenan la Historia. Los unos son proclamados luminares de la humanidad; las otras, cifra y compendio de la sabiduría; pero el que juzgamos estupendo vocerío de la fama, no llega a la gran masa humana que llena la tierra y desarrolla su vida a la luz del sol, de ese sol bajo el cual no hay cosa nueva, como dijo el sabio. O si llega a la muchedumbre, llega como el chirrido lejano de un insecto o el canto de un ave desconocida. Los supuestos luminares del género humano no son visibles para la inmensa mayoría. Centenares de millones de hombres ignoran a Homero. Centenares de millones ignoran que hubo un geómetra, a quien se le ocurrió un día declarar la relación de los cuadrados construidos sobre la hipotenusa y los catetos. La leyenda de la civilización es una gran mentira. La literatura, el arte, la ciencia, son tal vez ficciones de una reducida minoría. La historia que escribimos no es la historia humana, sino la historia de ese grupito de iniciados, que conserva y transmite, de generación en generación, el recuerdo de sus principales adeptos y la serie de sus elucubraciones.
 —Se va usted por los cerros de Úbeda, maestro. ¿Qué tiene que ver con esa humanidad semiinconsciente el público del género chico ? Aquí nos hallamos entre personas relativamente civilizadas. El hecho de venir al teatro supone ya cierto grado de cultura. De seguro, muchos de los espectadores han oído hablar de Homero, alguno tal vez le haya leído, acaso habrá otros que le presientan, como decía Fernández y González. Mire usted, aquel señor calvo tiene cara de haber leído la llíada, aunque sólo haya sido en la traducción de Hermosilla. Y lo que es estos jóvenes, estudiantes por las señas, de seguro han oído discutir en clase si existió Homero, o si su nombre es la razón social de una serie de rapsodas desconocidos. Y luego, ¿qué falta hace Homero para apreciar los Cuadros disolventes, v. gr.? ¿Puede pedirse, acaso, en un país donde muchos, muchísimos, no han leído a Cervantes, que se conozca al poeta griego?
Resultado de imagen de andrenio letras e ideas —Claro que no. Usted viene a confirmar lo que sostengo. Homero es un mito que hemos inventado. Si no fuera por ciertas reminiscencias de mis lecturas juveniles, sostendría que los que aseguran haber leído la Ilíada y la Odisea no dicen más verdad que los antiguos viajeros que afirmaban haber visto en los desiertos de Libia hombres sin cabeza, con los ojos en el pecho, empusas, demonios y quimeras. ¿Está usted seguro de que hayan existido la Ilíada y la Odisea? ¿No serán otros poemas de Ossian, falsificados por algún Macpherson de hace muchos siglos? Pero dejemos en paz al viejo cantor de Aquiles y de Ulises, y volvamos al público, ya que a él ha venido rodando nuestra conversación. A mi juicio, las gentes que aquí vienen no son precisamente vulgo, aunque a éste pertenezca la mayoría. Vienen aquí sabios e ignorantes, personas de gusto delicado y personas de gusto grosero, mas todos vienen con un propósito vulgar, espontáneo, humano: el propósito de divertirse. No digo vulgar en sentido despectivo. Dígolo como cosa común, normal, que no tiene asomos de excepción ni de artificio. Represéntese usted la cultura, o mejor la mentalidad humana, como una serie indefinida de círculos concéntricos: pongamos en el más interior los genios, los espíritus elegidos, las almas refinadas; supongamos en los otros los sucesivos grados descendentes. Los primeros son las flores de estufa, los individuos más alejados del tipo genérico, verdaderos casos anormales, que representan dentro del marco general de la vida de la especie un producto artificial o raro. En algún  sentido son los menos humanos, Los antropólogos, que consideran al genio como una anomalía especial, de linaje superior, aciertan, al menos en alguna parte de su teoría. Lo que satisface y deleita a estos espíritus no será nunca popular. La igualdad es un gran error moderno. El progreso no destruye la jerarquía de los espíritus: antes la hace más complicada y la aumenta con multitud de grados intermedios. Hoy hay más diferencias mentales y más hondas que en las épocas de ignorancia y de barbarie. Pero el fondo común, el substratum de la especie no desaparece, en cambio, en esos hombres superiores. La superioridad suya es incomunicable, pero las cualidades y aficiones generales se extienden a ellos, por mucho que las modifique  la nota específica, lo genial de estos espíritus excepcionales, no me atrevo a decir privilegiados, por ser dudoso que su especialidad sea privilegio. Un lugar al que se va a divertirse es un terreno neutral donde caben todos. ¿Ha pensado usted lo que significa el vengo a divertirme con que contestaría el espectador si le preguntaran a qué viene a este teatro o a otro semejante? Venir a divertirse es venir a experimentar sensaciones agradables, que no exijan esfuerzo ni produzcan movimientos de ánimo violentos; que sean para el espíritu, no reactivo enérgico, sino suave cosquilleo. Es venir a ver cosas que recreen los ojos y la fantasía; es hacer una escapatoria al imperio de la risa, huyendo de la seriedad de la vida, que a todos nos acosa bajo diversas formas y con preocupaciones diferentes. Para unos toma la espantable figura de la escasez, para otros la fea catadura de las enfermedades; a éste le da el acíbar de los desengaños amorosos, a estotro la sed de las ambiciones no satisfechas o el amargor de las injusticias padecidas; acaso a alguno el desaliento del vano esfuerzo de nuestra inteligencia frente al misterio que nos rodea...
 —Pero esa distracción, esa escapatoria que nos hacemos la ilusión de hacer, esa fuga ilusoria de este valle de lágrimas y de todo lo que en ellas se contiene, ¿no puede obtenerse por otros medios más artísticos, más elevados que estos espectáculos? ¿No tenemos la lectura? ¿No tenemos el otro teatro, el teatro serio? ¿No nos convidan a su contemplación la Naturaleza y las obras de arte?
 —Sí; claro que hay otros medios. Pero los que usted cita exigen más esfuerzo. Son placeres, en cierto modo, aristocráticos. El arte reserva sus revelaciones para unos pocos; la Naturaleza aburre enormemente al vulgo. El hábito nos pone en los ojos una venda, al través de la cual no percibimos la magnificencia del espectáculo del mundo. Todavía para la ruda intuición del hombre inculto, conservan las cosas la sacra majestad del misterio. Para la multitud semi-ilustrada, los librejos de física y las nociones astronómicas han destruido la sublime poesía del cosmos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Imprenta de Henrich y Cia, editores, 1905, pp. 9-15.]
 

jueves, 23 de mayo de 2019

Prosistas griegas. Testimonios y fragmentos.- Johann Christian Wolf (1679-1754)


Resultado de imagen de johan christian wolf 
11.-Leoncio

«Esta filósofa epicúrea alcanzó su floruit o apogeo en torno al año 330 a.C. Escribió un libro en el que defendía las doctrinas de Epicuro frente a Teofrasto, cuyo ingenio y estilo fue alabado por Cicerón.
 
11.1.-La tortuosa relación con Epicuro
Leoncio a Lamia
 Nada hay más triste, al parecer, que un viejo que se ha vuelto adolescente. Tal es como me trata ese Epicuro que lo critica todo, que sospecha de todo, que me escribe cartas irresolubles y me echa del Jardín. ¡Por Afrodita!, si Adonís tuviera ya cerca de ochenta años, no lo soportaría, piojoso como es, enfermizo y todo cubierto de vellones en vez de ropas. ¿Hasta cuándo soportará una a este filósofo? ¡Que se quede con sus máximas capitales sobre la naturaleza y con sus retorcidas normas! A mí que me deje mi máxima principal de mí misma cómodamente, que no se encoleriza ni ultraja. Realmente, tengo a un asaltante como éste, no como tú, Lamia, a Demetrio.
 ¿No va a ser posible vivir con moderación por culpa de este hombre? Quiere socratizar, charlatanear, ironizar y considera a uno Alcibíades o Pitocles y piensa que me va a convertir en Jantipa. En última instancia, me levantaré y huiré a cualquier parte de la tierra antes que soportar sus cartas descosidas. Y ya se ha atrevido a lo más terrible e insoportable de todo por lo que te he escrito, deseosa de recibir tu opinión sobre qué he de hacer.
 Sin duda conoces al hermoso Timarco de Cefisia. No niego que tengo trato familiar con este joven desde hace mucho y conviene que tú me digas la verdad, Lamia. Hace poco que he conocido con él a mi primera Afrodita, pues él me ha desflorado, siendo como soy su convecina. Desde aquel momento, no ha dejado de enviarme todo tipo de obsequios: vestidos, joyas de oro, esclavas, esclavos, indios, indias... Lo demás me lo callo. Incluso se anticipa a los más mínimos detalles para que nadie pruebe antes que yo los frutos de la estación. Y me dice: "Aparta de ti ahora a tal amante y que no se te acerque". Y, ¿con qué nombres crees que lo llama? Ni ático ni filósofo, sino el primer llegado de Capadocia a Grecia. Pero yo, aunque en toda la ciudad de Atenas no hubiera más que Epicuros, ¡por Artemis! que no los sopesaría a todos en el brazo de Timarco, o más bien, ni siquiera en su dedo. ¿Qué dices tú, Lamia? ¿No es verdad esto? ¿No tengo razón? No, por Afrodita, te pido que no te acuda eso a la mente, sino un filósofo, uno ilustre y que tiene trato con muchos amigos. Que coja lo que tengo, que enseñe a otros, porque a mí no me sirve de nada la gloria.
 Pero, ¡oh, Démeter!, concédeme al que quiero, a Timarco. Es que, por mi culpa, este joven se ha visto obligado a todo tipo de cosas: a abandonar el Liceo, su propia juventud, a sus camaradas y su compañía, y a vivir con él, a adularlo y a celebrar sus inconsistentes opiniones. Y le dice: "Tú, Atreo, sal de mi finca solitaria y no te acerques a Leoncio". Igual que él no te va a replicar con más razón que ésta, ¡no te acerques tú a la mía! Pero él, joven como es, soporta a otro rival amoroso viejo, mientras que el otro no soporta a quien lo es con más derecho. ¿Qué puedo hacer, ¡por los dioses!, te lo suplico, Lamia? Por los misterios, por el alejamiento de estas desgracias que, considerando la ausencia de Timarco, hace poco que expiro, sudo y mis extremidades y mi corazón me dan vueltas. Te pido que me acojas contigo unos pocos días y haré que este se dé cuenta de qué clase de bienes ha disfrutado teniéndome en su casa.
 Ya no soporta al muchacho, lo sé de sobra, e inmediatamente nos enviará como embajadores a Metrodoro, a Hermarco y a Polieno. ¿Cuántas veces crees que yo, Lamia, me he presentado en privado ante él y le he dicho: "¿Qué haces, Epicuro? ¿No te das cuenta de que Timócrates, el hijo de Metrodoro, se burla de ti por esto en las asambleas, en los teatros ante los demás sabios?". Pero ¿qué se puede hacer con él? Es un desvergonzado en el amor. Así que también yo seré igual de desvergonzada que él y no dejaré a mi Timarco. Salud.
Alciphr. 2, 2.
 
 11.2.-Amores de Leoncio y Epicuro
"Cuentan que Epicuro" cohabitaba con la hetera Leoncio.
"Cuentan que Epicuro" la ensalzaba y la halagaba en las Cartas dirigidas a Leoncio: ¡Soberano Peán, querida Leoncito! ¡Con que aplauso nos hemos llenado al leer tu cartita! 
 Y "cuentan que Epicuro" escribía a otras muchas heteras, pero en particular a Leoncio, de la que también Metrodoro se había enamorado.
 "Cuentan que Epicuro" gastaba una mina diaria en comer, según él escribe en la carta dirigida a Leoncio.
 Siendo tal y como era, entregó a su hermana Bátide como esposa a Idomeneo y cogió a Leoncio, la hetera ática, a la que tuvo por concubina.
 D.L. 10, 4, 5, 6, 7, 23.
 
 11.3.-Los placeres epicúreos
 Las veces que se reunieron con Hedea y Leoncio, sin duda bebían vino de Tasos y ¡cuántos vigésimos días cenaron con todo lujo!
 Delicadezas, vino de Tasos, perfumes, guisos, pasteles regados en abundancia con el líquido de la abeja de amarillas alas los buscan los apetitos de los lujuriosos. Y, además de eso, mujeres bellas y jóvenes, como Leoncio, Boidio, Hedea y Nicedio que campaban por el Jardín.
 Plu. Non posse suaviter vivi secundum Epicurum 1089 C, 1097 D.
 
11.4.-Leoncio y Hedea
 Claro que sí, voy a vivir con la hetera Hedea y a convivir con Leoncio y a "escupir en la belleza" y a situar el bien "en la carne y los cosquilleos"; estos ritos requieren la oscuridad, requieren la noche y los acompañan el olvido y la ignorancia.
 Plu. De latentr vivendo 1129 B.»
 
 
    [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2011, en traducción de Manuel González Suárez. ISBN: 978-84-8367-338-6.]

 
 

martes, 1 de enero de 2019

Maurice.- Edward Morgan Forster (1879-1970)

Resultado de imagen de e m forster 

Segunda parte
XII

«Clive, de muchacho, vio pronto el problema con bastante claridad. Su sincera naturaleza, su agudo sentido del bien y del mal, le habían llevado a creer que pesaba sobre él una maldición. Profundamente religioso, con un vivo deseo de alcanzar a Dios y de complacerle, viose asaltado a edad muy temprana por este otro deseo, que era claramente de Sodoma. No tenía duda alguna al respecto: sus emociones, más firmes que las de Maurice, no estaban escindidas entre lo animal y lo ideal, ni le costó años vadear el río. En él se alzaba el impulso que había destruido a la Ciudad de la Llanura. Jamás llegaría a materializarse en la carne, pero ¿por qué entre todos los cristianos había de ser él precisamente víctima de aquel castigo?
 Al principio, pensó que Dios estaba probándole y que si no blasfemaba le recompensaría como a Job. En consecuencia, humilló su cabeza, ayunó y se mantuvo alejado de aquellos hacia los que por su inclinación se sentía atraído. El año que cumplió sus dieciséis, fue un período de interminable tortura. No contó nada a nadie y finalmente enfermó y tuvo que abandonar el colegio. Durante la recuperación se enamoró de un primo suyo que le llevaba su silla de convaleciente, un joven casado ya. No había esperanza, estaba condenado.
 Estos terrores habían visitado a Maurice, pero de modo mucho más confuso. Para Clive eran definidos, constantes y le asaltaban lo mismo que cuando comulgaba en cualquier otro momento. Siempre le resultaban inconfundibles, pese a que sujetaba con firmeza las riendas. Podía controlar el cuerpo: era el alma corrompida la que se burlaba de sus oraciones.
 El muchacho había sido siempre un intelectual, sensible al mundo de la letra impresa, y los horrores que la Biblia le había evocado fueron apagados por Platón. Jamás podía olvidar la emoción que experimentó al leer por primera vez Fedro. En él vio delicadamente descrito su mal, tranquilamente, como una pasión que puede dirigirse, como cualquier otra, hacia el bien o hacia el mal. No había allí ninguna invitación al desenfreno. Al principio, no podía creer en su buena suerte, pensaba que debía haber algún mal entendido y que él y Platón estaban pensando en cosas diferentes. Después vio que el mesurado pagano le comprendía realmente y, prescindiendo de la Biblia más que oponiéndose a ella, le ofrecía una nueva guía para vivir. "Aprovechar al máximo lo que poseo." No aplastarlo, no desear en vano que fuese distinto, sino cultivarlo de modo que no ofendiese ni a Dios ni al hombre.
 Se veía forzado de todos modos a desembarazarse del cristianismo. Los que basan su conducta sobre lo que son más que sobre lo que deben ser, han de acabar desembarazándose de él tarde o temprano, y además entre el temperamento de Clive y tal religión existía un pleito secular. Ningún hombre ilustrado puede combinar ambas cosas. Los instintos naturales, citando la fórmula legal, son "algo que no debe mencionarse entre cristianos" y cuenta una leyenda que todo el que cedía a ellos moría en la mañana de la Navidad. Clive lamentaba esto. Procedía de una familia de abogados y señores rurales, gente en general honrada y capaz, y no deseaba apartarse de aquella tradición. Ansiaba llegar a alguna suerte de compromiso con el cristianismo y buscaba en las Escrituras un apoyo que lo justificase. Allí se topó con David y Jonatán; y hasta con el "discípulo a quien Jesús amaba". Pero la interpretación de la Iglesia se alzaba contra él y no podía hallar en su seno descanso para el alma sin mutilar ésta y viose arrastrado cada vez con mayor fuerza hacia el mundo clásico.
 A los dieciocho era excepcionalmente maduro y mantenía sobre sí tal control que podía permitirse una relación de camaradería con cualquiera que le atrajese. La armonía había sucedido al ascetismo. En Cambridge cultivaba tiernos sentimientos hacia otros estudiantes, y su vida, tan gris hasta entonces, vino a teñirse suavemente de cálidos matices. Cauto y sano, avanzaba, sin que ni el detalle más nimio escapase a su cautela. Y estaba dispuesto a ir más allá si lo consideraba justo.
 Durante su segundo año en Cambridge conoció a Risley, que a su vez era "de aquella forma". Clive no correspondió a la confianza que se le otorgó bastante gratuitamente, ni le gustó Risley ni su grupo. Pero aquello significó un estímulo. Le alegró saber que había más como él allí, y su franqueza le empujó a hablar a su madre de su agnosticismo; era todo lo que podía contarle a ella. La señora Durham, una mujer mundana, apenas sí protestó. El problema surgió en Navidad. Siendo la única familia distinguida de la parroquia, los Durham comulgaban separados del resto de los feligreses, y la perspectiva de tener a todo el pueblo mirando cómo ella y sus hijas se arrodillaban en medio de aquel largo reclinatorio sin Clive, la hacía enrojecer de vergüenza y la llenaba de cólera. Discutieron. Él vio lo que ella era realmente -un ser vacío, ajeno, cerrado-, y en su desilusión se sorprendió pensando vívidamente en Hall.
 Hall: uno de los hombres hacia los que se sentía atraído. Era cierto que también él tenía madre y dos hermanas, pero Clive era demasiado sagaz para pretender que éste fuera el único lazo entre ambos. Debía de gustarle Hall más de lo que suponía, debía de estar un poco enamorado de él. Y tan pronto como se vieron le envolvió una ola de emoción que le empujó a la intimidad.
 Era un hombre tosco, estúpido, burgués: el peor de los confidentes.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1973, en traducción de José Mª Álvarez Flórez y Ángela Pérez Gómez. ISBN: 84-08-46201-6.]

domingo, 5 de agosto de 2018

Poemas y fragmentos.- Safo de Mitilene (630 a.C. - 580 a.C.)


Resultado de imagen de safo 
[Fr. 16 P]

«Dicen que una tropa de carros unos, / otros que de infantes, de naves otros,
es lo más hermoso en la negra tierra; / yo que todo aquello de lo que uno mismo
se ha enamorado.

Y es sencillo hacer que cualquiera entienda / esto, pues Helena, que aventajaba
en belleza a todos, a su marido, / alto en honores,
lo dejó y se fue por el mar a Troya, / y ni de su hija o sus propios padres
quiso ya acordarse, pues fue llevada


y esto me recuerda que mi Anactoria / no está presente,
de ella ver quisiera el andar amable / y la clara luz de su rostro antes
que a los carros lidios o a mil guerreros llenos de armas.

[Fr. 23 P]
Pues cuando te miro a la cara creo / que jamás Hermiona fue tan bella
y que no está mal que a la rubia Helena yo te compare…

 [Fr. 47 P]
… me ha agitado Amor los sentidos / como en el monte se arroja a los pinos el viento.

 [Fr. 52 P]
… no es que pretenda tocar con mis manos el cielo.

 [Fr. 105 (c) P]
Igual que al jacinto en el monte los hombres pastores
lo pisan dejando en el suelo sangrienta la flor…

 [Fr. 120 P]
… No soy de las que guardan sus enojos, / que tengo las entrañas serenadas…

 [Fr. 121 P]
Sigue siendo mi amigo, / pero busca una esposa más fresca;
que vivir no podría contigo / siendo yo la más vieja.

[Fr. 126 P]
… dormirías sobre el pecho de una blanda amiga…

[Fr. 137 P]
(a) Quisiera decir algo, mas el pudor me impide.

(b) Si tuvieras deseos de bondad y belleza / y no fuera algo malo lo que tu lengua agita,
no tendrías pudor entre los ojos / y hablarías de ello limpiamente.

 [Fr. 158 P]
Cuando la ira se esparce por el pecho / hay que frenar la lengua charlatana.

[Fr. 94 D (P.adesp.)]
 
Las Pléyades ya se hundieron, / la luna también, y media
la noche, la hora pasa, / y voy a acostarme sola.»

  
[Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Ediciones Hiperión, en traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal. ISBN: 84-7517-528-7.]