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jueves, 1 de octubre de 2020

Si no te veo antes.- Eric Lindstrom (¿...?)

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Capítulo tres

  «El reglamento:
 Regla nº 1: No me tomes el pelo. Nunca. Y mucho menos a costa de mi ceguera. Y muchísimo menos en público.
 Regla nº 2: No me toques sin pedirme permiso o sin avisarme. No puedo verlo venir. Siempre me pilla por sorpresa, y es probable que te haga daño.
 Regla nº 3: No toques ni mi bastón ni mis cosas. Necesito que todo esté donde yo lo he dejado. Es evidente.
 Regla nº 4: No me ayudes a menos que te lo pida. De lo contrario, te estarás interponiendo en mi camino o molestándome.
 Regla nº 5: No me grites. No soy sorda. Te sorprendería saber lo mucho que me ocurre. Si no te sorprende, debería.
 Regla nº 6: No hables a la gente con la que estoy como si fueran mis adiestradores. Y sí, esto es algo que también me pasa constantemente.
 Regla nº 7: Tampoco hables por mí. A nadie, ni siquiera a tus amigos o tus hijos. Recuerda, no eres mi adiestrador.
 Regla nº 8: No me trates como si fuera estúpida o una niña. Ser ciego no implica tener ningún daño cerebral, así que no me hables despacio o uses diminutivos. ¿En serio hace falta que explique esto?
 Regla nº 9: No entres o salgas de la zona donde estoy sin avisarme. De lo contrario, no sé si estás o no estás. Es un tema de buena educación.
 Regla nº 10: No hagas sonidos para ayudarme o guiarme. Es estúpido y de mal gusto. Y, créeme, serás tú el que quede como un estúpido o haciendo el ridículo, no yo.
 Regla nº 11: No te sorprendas. En serio. Aparte de tener los ojos siempre cerrados, soy igual que tú, sólo que más lista.
 Regla nº ∞: NO hay segundas oportunidades. Si traicionas mi confianza nunca volveré a confiar en ti. La traición es imperdonable.
[…]
 
Capítulo cinco
 
[…] -Soy el entrenador Underhill. ¿Puedo hablar un momento contigo, Parker?
Yo me ahogo un poquito y me toso en la parte interior del brazo.
 -¿Yo? Ya he completado todos mis créditos de Educación Física. Pregúntele a la entrenadora Rivers… Ella se lo confirmará.
 -No es por eso. Es que te he visto corriendo esta mañana.
 Se me eriza el vello de la nuca. […]
 -Cuando corres demuestras mucha seguridad. ¿Alguna vez has tenido un perro lazarillo?
 -No, nunca lo he necesitado. Al menos para lo que suelo hacer. Quizá dentro de un tiempo, cuando me gradúe en el instituto y necesite moverme sola por lugares que no conozco y en los que haya mucha gente.
 -¿Te importa si te pregunto quién te enseñó a correr?
 Ahora que sé que mi secreto está a salvo me siento mejor, pero esto me está fastidiando.
 -¿Por qué iba que tener nadie que enseñarme a correr?
 -Bueno, porque hay maneras de correr y maneras de correr. Y, por cómo lo haces tú, parece que te han entrenado.
 -Ah. Pues mi padre era corredor. Me enseñó algunas cosas. Cómo respirar y eso.
 -¿Alguna vez te has planteado participar en alguna carrera?
 -No. ¿Entiende por qué corro a las seis de la mañana en el campo Gunther, verdad? Es grande, está vacío, es cuadrado. No hay calles que respetar. No hay gente alrededor.
 -Muchos corredores tienen algún grado de discapacidad visual. Si no te molesta que te lo pregunte,  ¿cuánto puedes ver?
 -Mmmm… No veo nada.
 -Entiendo... Pero, quiero decir, al menos percibes algo de luz, ¿no? Es sólo que no puedes enfocar.
No me gusta hablar de esto, así que decido cortar por lo sano.
 -No. Nada. Negrura total. Un accidente de coche me destrozó los nervios ópticos. Tengo los ojos bien, pero estoy completamente a oscuras.
 -Lo siento. No debería haber asumido que...
 -No pasa nada. La mayoría de los ciegos pueden ver mínimamente. Sólo ha apostado por lo más probable.
 -No, es que pensaba que debías de tener algún problema de sensibilidad a la luz, porque... Bueno, ¿por qué, si no, ibas a llevar vendas en los ojos?
 Me río otra vez.
 -Esto sólo son adornos. Como ponerse un sombrero. Una moda que nadie más puede copiar porque, si lo hicieran, no podrían ver.
 No se ríe, lo que me parece un poco triste, pero percibo una sonrisa en su voz, cuando dice:
 -Es que me parecía curioso. En realidad, en las categorías paralímpicas, todos los corredores con discapacidad visual llevan gafas negras para que los que pueden ver algo no tengan ventaja.
 -Eso es terrible... -río.
Resultado de imagen de eric lindstrom si no te veo antes -De todas maneras, todos tienen corredores lazarillos. Si quisieras correr una carrera, ya se nos ocurriría algo.
 -No, gracias -respondo. Y para dar por concluida la conversación, estiro el brazo hacia la puerta, pero sólo palpo aire. Camino lentamente hacia ella, agitando el brazo.
 -No hay nada que temer.
 Resoplo y, por fin, mi mano palpa el pomo de la puerta.
 -¿Parezco asustada?
 -Cuando estabas corriendo, no. Pero sí cuando has pensado que podía haber gente viéndote correr.
Ah, bueno, pero es que eso es completamente distinto.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2017, en traducción de Sara Cano. ISBN e-book: 978-84-204-8566-9.] 
 

martes, 18 de agosto de 2020

Antología poética.- António Osório (1933)

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Aglomeración de abejas [de Aforismos mágicos]

  «Aforismos mágicos, incluso en sánscrito, no existen: el mundo es heredero de sí mismo, de ritmos y ordenaciones alternantes.
 Cuando mucho, puede haber aforismos análogos a pases de magia: aislados, facilísimos y, a veces, sutiles.
 Aforismo poético: un esplendor sensible, en el que la razón participa soñando, y que enaltece seres y cosas dilectos, o que revuelve, inconciliable, el cielo y la tierra.
 Quintaesencia extraída de otras, en extrema o extremada decantación.
 A la sabiduría de la duda prefieren algunos la sabiduría de la busca.
 Jamás la concisión es ingeniosa, corresponde al grado de simplicidad interior.
 Los gemelos conllevan una doble y precisa curiosidad; exactamente como los aforismos.
 El más bello "aforismo" de Saba: nulla riposa della vita come la vita.
 Sin excepción conocida, las sepulturas familiares comprueban la más lapidaria greguería de Ramón Gómez de la Serna: "La muerte es hereditaria".
 Los centauros, los hombres-caballos, proyectan un único deseo común.
 El esplendor del caballo es consecuencia de lo siguiente: en uno blanco, auténtico, candidísimo, vendrá, en el Apocalipsis, Cristo; y es la imagen sin caballero, de Buda, él mismo, definitivamente ausente.
 Ningún pobre aspira a la pobreza; es necesario tener mucho, y sentirse confundido de afianzar tan poco.
 Cuando simula la muerte del toro, el espada piensa que ha dejado un ambivalente aforismo.
 Con desplante, el aforismo elige los terrenos más peligrosos, para ligar su faena de redondos circulares entre la vida y la muerte.
 Al contrario de la ley, que las coloca después de las necesarias y de las útiles, lo que queda de una civilización (o de un individuo) son las mejores suntuarias.
 Desde el punto de vista de las abejas, el colmenero se encuentra en permanente estado de gracia.
 Lo máximo que puede desear un aforista: asir una aglomeración levitante de abejas.
 Todos los refraneros se repiten y se perpetúan por su clara rudeza.
 Los aforismos de Dios no debían ser sólo inconmensurables, debían ser literalmente milagrosos.
 Los que aplauden al comandante por el suave aterrizaje, quieren la perfección incólume de la vida.
 Ante la persona que se ama, y si está desnuda y a nuestro lado, el embarazo, la gran duda es no saber por dónde se debe empezar.
 Acaricia a un caballo en la grupa y haz lo mismo al dorso de una coneja núbil: pertenecen a una amplia comunidad.
 En los más cercanos símbolos celestes, Sol y Luna, se encuentran los más altos símbolos humanos, Cristo y Buda.
 Más vale un corazón dócil, inerme, transmigrante, que tres centinelas de guardia.
 No se debe comerciar con el amor, aunque sea posible vivir de él.

Mendigo de ojos [de El lugar del amor]

 Dioses, ¿cabrá en vuestro seno alguien / que de la inmortalidad dude?
¿Aceptáis un amuleto, algo que del pasado / os proteja? Es verdad, el escarabajo
resucita, el pardo escarabajo del desierto, / ¿pero qué hacer de su bola de excrementos
tejida a semejanza de la seda? / ¿Será el lodo de los humanos? ¿Cuántos
dioses me piden la palabra, que dibuje / en este papiro su jeroglífico en oro
y minerales de cobre, cobalto, adicionando / cola al blanco de tiza y al blanco de yeso?
 Dentro del túmulo de Nofretari, el escriba, decenas / de adolescentes liceales viendo la muerte, y dos
guías, una tímida, otra, de blue jeans, espléndida. / ¿Tímida por temer a su cuerpo? ¿Espléndida por saber utilizarlo?
 ¿Cuál me daría mayor placer? / Ninguna daría el placer de mirar
a estos jóvenes dentro de un túmulo, / estos hijos que renacen de los muertos
y otros muertos inventan, / acariciándose las manos,
dejando el talismán de sentir el fin lejos.
 Dioses, permitid que yo escriba / como los astronautas cuando son expulsados de la tierra,
su corazón late a ciento veinte pulsaciones, / dejan la cola abrasadora de un cometa,
permitid que yo escriba / como estos pintores fúnebres
que delicadamente iluminan todo lo que sabían / del mundo y eran dentro de la roca mendigos
de profesión, mendigos de ojos.

Azor [de La ignorancia de la muerte]

 Aterciopelado / carnicero de nidos
y padre solícito, helo / ahogador de un pato salvaje:
las patas sumergen al amigo / del agua: barco
hundido poco a poco, expira. / A la orilla lo lleva;
oculto, acuchilla. / Y Dios lo ha visto todo, ciego.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Olifante, Ediciones de poesía, 1986, en traducción de Ángel Crespo. ISBN: 84-85815-11-4.]

viernes, 31 de mayo de 2019

Lo que aprendí de los otros.- Félix Carrasquer (1905-1993)


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Problemas y horizontes
Período exploratorio

«El discutir casi a diario de proyectos libertarios y criticar con afanes renovadores cuanto sucedía en nuestro entorno nos llevó a la constitución de un grupo de la FAI al que llamaríamos Inquietud, palabra que simbolizaba nuestro estado de preocupación. Lo componíamos Concha Pérez, Mary Jiménez, Prados, Martínez, Robles, Floreal, Vicente, el paisano José Castro y nosotros tres. En el grupo hablamos del proyecto de organizar una escuela nueva y todos se solidarizaron con la idea. Expuse luego el plan en el Ateneo de Sans, donde no fue acogido con verdadero entusiasmo, hallando finalmente en el Ateneo de Las Corts un grupo comprensivo, al que pertenecían Conchita, Robles y Martínez. Conseguimos que se convocaran a tal efecto unas asambleas en las que yo expondría las motivaciones que me inducían a la fundación de esa escuela. Pensábamos demostrar en ellas la posibilidad de una educación auténticamente libre en la que los chicos fueran los artífices de su personalidad.
 Les había propuesto el desarrollo de dos conferencias. En la primera expondría las razones de la creación de la escuela y en la segunda explicaría algún detalle de su praxis. A la primera acudieron muchas personas. Me ocupé de la libertad y sostuve que en las escuelas es donde el autoritarismo y una obediencia ciega van atrofiando nuestro anhelo de libertad y nos convierten en autómatas sin sentido crítico. Si queremos que nuestros hijos sean auténticamente libres, solidarios y que aprendan continuamente, es indispensable que la escuela estimule permanentemente su curiosidad. Y esto sólo podría conseguirse en un ambiente de libertad fraguado por ellos mismos y en una dinámica de cooperación activa y confiada.
 Al terminar la charla percibí que el clima de la sala no era de indiferencia sino que pronto brotaron las preguntas. Me pareció entonces que la escuela de mis sueños ya estaba en marcha.
 El sábado siguiente tenía que dar la conferencia sobre la manera de llevar a la práctica el desenvolvimiento de aquella escuela ejemplar. Esta segunda charla fue más fácil para mí, después de todas mis experiencias en el pueblo y de lo que había visto en las escuelas racionalistas. El argumento central fue la libertad de iniciativa. Los niños orientarían su aprendizaje, serían los investigadores de las materias que deseaban aprender. Su curiosidad sería el motor dinamizador. Todo lo adquirirían placenteramente y, por lo tanto, les quedaría grabado en su mente de forma indeleble. Terminada la exposición, algunos dudaban de que dejándolos en libertad los zagales fueran capaces de desenvolverse y comportarse convenientemente. Otros temían que al trabajar juntos chicos y chicas se produjera un clima desordenado y vicioso. No faltaron quienes se mostraron a favor de mis tesis, aconsejando que tuviéramos más confianza en la juventud. A todas las cuestiones respondí con datos psicopedagógicos, unos extraídos de mi propia experiencia y otros recogidos de la experiencia de quienes trabajaban con la imprenta Freinet en la escuela. Un compañero tomó la palabra y dijo, muy serio, que le parecía extraño que no mencionara a Ferrer Guardia. Su intervención me pareció muy lógica, ya que tratándose de una escuela de tipo racionalista -como eran las que fundaban los sindicatos- resultaba algo incongruente no referirse a Ferrer. Por lo tanto, le contesté haciendo una evocación del fundador de la Escuela Moderna. Sostuve que la pedagogía había avanzado mucho en las últimas décadas y que había que introducir sistemas y actitudes nuevas, susceptibles de dar al niño mayor libertad y a la escuela un funcionamiento más eficaz desde todos los puntos de vista. Aproveché para abundar en la explicación de nuestro proyecto de trabajo en la escuela que íbamos a poner en marcha. En ella los maestros serían auxiliares y amigos de los chicos, pero no sus dirigentes o mentores. Mi insistencia en que teníamos que dar a los alumnos el derecho a ejercer la responsabilidad y la iniciativa prolongó el debate sobre la importancia que tiene en la configuración de la personalidad de los chicos el cultivo de su iniciativa y la práctica de la libertad. Pusimos de relieve que entre la escuela y la familia debían existir vínculos de confianza y de entendimiento. Insistí en la necesidad que tendríamos de realizar asambleas periódicas en las que padres, maestros y amigos de la escuela pudieran exponer sus opiniones acerca del dinamismo escolar. Sólo colaborando en un clima de confianza lograríamos vitalizar una escuela capaz de marcar nuevos senderos hacia una enseñanza libre y alegre. Que defendiéramos la alegría como un componente del aprendizaje también sorprendió a algunos de los presentes, que siempre habían oído decir que "la letra con sangre entra". Defendí que libertad y alegría suelen ir unidas. La primera exigencia del quehacer educativo es la de brindar a los jóvenes el clima de bienestar y de alegría que necesitan para aprender con holgura y entusiasmo y alcanzar por esa vía la plenitud que nuestra dimensión humana requiere.
 Un joven tomó la palabra para decir que le extrañaba que fuera precisamente un ciego quien viniera a proponer un ambiente de alegría y de estimulantes perspectivas. Se prodigó en elogios, aunque de sus palabra se desprendía un cierto sentimiento de duda con respecto a mis posibilidades para desarrollar el plan educativo que les había diseñado. Yo, con la tranquilidad emanada de mi íntima convicción, quise hacerles comprender a todos que, aunque la luz sea muy importante para percibir el mundo físico que nos rodea, la verdadera fuerza del hombre reside, sobre todo, en su imaginación y en su amor a los otros. Para llevar mayor seguridad al ánimo de los congregados, les hice saber que en las clases no estaría yo solo, que los alumnos recibirían en el momento oportuno la ayuda que precisaran.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2017. ISBN: 978-84-16933-45-7.]

jueves, 7 de junio de 2018

El Palacio de los Sueños.- Ismaíl Kadaré (1936)


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IV.-El día de descanso

«Había llegado por fin ante el Café de los Peregrinos, donde acudía habitualmente cuando estaba... (de modo instantáneo su cerebro eludió las palabras "vivo" y después "despierto"). Había llegado, pues, ante el local al que acudía de forma cotidiana cuando no era más que un joven desocupado de la capital. Empujó la puerta y entró. Sin echar siquiera una mirada en torno, caminó hacia el rincón izquierdo del salón, donde acostumbraba  instalarse y se sentó en un sillón. Le gustaba aquel lugar porque, al contrario que los salones de té a la vieja usanza, los divanes y cojines habían sido sustituidos por taburetes bajos tapizados de cuero muy confortables.
 El rostro del patrón le pareció ceniciento.
 -¿Mark-Alem? -exclamó sorprendido, acercándose con la taza de café en la mano-. ¿Dónde te has metido todo este tiempo? Imaginé que estarías enfermo porque, si quieres que te diga la verdad, me resistía a creer que te hubieras hecho cliente de ningún otro.
 Mark-Alem sustituyó la explicación que el otro le demandaba por una sonrisa. Su interlocutor sonrió también y, acercando la cabeza, le dijo en voz baja:
 -Pero después me enteré de qué se trataba... El café, ¿como de costumbre, con poco azúcar? -añadió al comprobar que el rostro de su cliente se tornaba adusto.
 -Sí, como siempre -asintió Mark-Alem sin levantar los ojos.
 Hizo lo posible por ahogar un suspiro, siguiendo con la vista el chorro de café que se vertía en la gruesa taza. Después, cuando el camarero se hubo alejado, miró con cautela alrededor en busca de los parroquianos habituales. Estaban prácticamente todos allí, el mullá de la mezquita vecina en compañía de dos hombres altos de los que jamás se oía una palabra: el acróbata Alí, rodeado como siempre de un grupo de admiradores; un hombre calvo y bajito, doblado como de costumbre sobre unos viejos escritos, acerca de los cuales el patrón daba explicaciones diferentes de acuerdo con su propio humor. Unas veces afirmaba que eran manuscritos antiguos que su cliente, un erudito, se esforzaba en transcribir; otras, documentos de un viejo pleito perdido; otras, en fin, unos garabateos inútiles y carentes de sentido, hallados en no se sabe bien qué baúl mohoso de puro viejo.
 Allí están también los ciegos, se dijo Mark-Alem. Estaban sentados en el lugar que solían ocupar, a la derecha de la entrada. ¡La que me ha caído encima con ellos!, se le había lamentado un día el camarero. Yo podría tener sin duda una clientela respetable si esos tipos, con su aspecto repulsivo, no vinieran a diario y ocuparan, como a propósito, el lugar más visible del café. Pero qué le voy a hacer, tengo las manos atadas. Los protege el Estado, es imposible echarlos. Mark-Alem le preguntó qué significaba "los protege el Estado" y entonces el patrón, que esperaba la pregunta, le relató algo que le dejó estupefacto. Los ciegos que acudían al café no lo eran por causa de una enfermedad o algún accidente, ni tampoco por haber sido heridos en la guerra. De ser así les daría gustoso la bienvenida en su establecimiento. Pero la causa de su ceguera era bien distinta y, por otro lado, de muy difícil explicación. Aunque vagamente, Mark-Alem recordaba de la infancia un decreto famoso, el Firmán de la Ceguera, por medio del cual el Estado impuso el cegamiento de decenas de miles de personas que, con su mirada maléfica, hacían peligrar el Imperio; pero fue sólo gracias al dueño del café como supo que había sucedido en realidad: el terror generalizado, la caza de los poseedores de tal mirada, finalmente las pensiones que el Estado concedió a todos aquellos que se presentaron voluntariamente para librarse de sus propios ojos. ¿Comprendes ahora por qué no puedo echarlos del café? Se sienten orgullosos del sacrificio de sus ojos. Vete a saber por quiénes se toman a sí mismos, seguro que por verdaderos héroes.
 Era curioso pero, al contrario que tiempo atrás, ni siquiera con su trapo negro atado sobre la frente le parecían ese día tan espantosos a Mark-Alem. Él había visto allí infinidad de miradas que helaban la sangre, y ahora que los recordaba, majestuosos y terroríficos a un tiempo, eran ojos que no se abrían sobre una frente humana sino en la misma orilla del cielo o en las entrañas de un monte, bañados a veces por un llanto de luna que chorreaba helado de sus bordes, como las aguas con la escarcha.
 Su mente regresó de nuevo, esta vez casi con emoción, a los territorios rasos de allí, al avellanar o el erial del otro lado, en medio del cual su vecina podía igualmente aparecerse bajo la apariencia de una novia o de un hoxha virgen. A veces pensaba que al cabo de unos años no le causarían la menor impresión las maravillas ni los horrores de este mundo; a fin de cuentas no eran más que pálidas cuentas de los de allí, que habían logrado franquear la línea divisoria entre este mundo y el otro. Infierno y paraíso están juntos allí, se decía cuantas veces escuchaba las palabras qué maravilla o qué horror...
 La puerta del café se abrió para dejar paso a unos funcionarios del consulado extranjero cuyo edificio se encontraba enfrente. Así que continúan viniendo a tomar café aquí, pensó Mark-Alem. En la mesa del acróbata se hizo un breve silencio. Antes también él acogía con cierta envidia y emoción la entrada de los extranjeros y sus ojos admiraban secretamente sus indumentarias europeas, pero hoy, qué extraño, éstos se le antojaban asimismo desprovistos de todo misterio.
 Era mediodía, la hora de mayor afluencia en el café. Mark- Alem reconoció a los funcionarios de la Banca Vaki*, que se encontraba a unos veinte pasos; después entró el policía de la esquina, quien, al parecer, acababa de terminar el servicio; y tras él algunos clientes desconocidos. En la mesa del acróbata y sus admiradores se dejó oír una risa apagada. Por qué no vais a reír, se dijo Mark-Alem; para vuestros cerebros huecos el mundo es un lecho de flores...»
 
*Banca Vaki: bienes de mano muerta, de las fundaciones religiosas, procedentes de los impuestos y propiedad formal del sultán, que servían al mantenimiento de las mezquitas y escuelas, y a la manutención de los dedicados a la contemplación y al estudio.
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, en traducción de Ramón Sánchez Lizarralde. ISBN: 84-376-1761-8.]