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domingo, 2 de octubre de 2022

Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la revolución.- Dariel Alarcón Ramírez, "Benigno" [1939-2016)


Dariel Alarcón Ramírez - EcuRed
Quinta parte: Sobrevivientes comprometidos.

42.-Prefiero que me fusilen antes de volver a meterme en una revolución

 «Vale la pena volver bastantes años para atrás, pues es importante mencionar la zafra de los diez millones, como se le llamó a la zafra de 1970, porque aquella burrada queda como uno de los mejores ejemplos de la irresponsabilidad de Fidel. En aquella fecha Fidel se había encaprichado en hacer diez millones de toneladas de azúcar y, para cumplir con su palabra, no le importó poner en peligro todos los recursos del país. Como no teníamos la técnica suficiente para garantizar la zafra, fue necesario sacar de los centros de trabajo más del cincuenta por ciento de los trabajadores, ya fueran obreros de la construcción, obreros industriales, de ferrocarriles, del comercio, de las escuelas. Prácticamente todas éstas se cerraron para garantizar la presencia de profesores en la zafra. Hasta se movilizó a la fuerza aérea en aquellos momentos, cuando era necesaria una guardia aérea permanente y los pilotos tenían que hacer un esfuerzo tan extraordinario, poniendo en juego no solamente su vida, sino equipos que costaban tanto dinero. Algunos de ellos se negaron por no entender que se les exigiera ir quince días a cortar caña; los que quedaban en la base aérea tenían que realizar doble trabajo; luego, los que regresaban de la caña tomaban el relevo de éstos, y éstos a su vez se iban a la caña, o sea, que no tenían descanso alguno y es conocido que un piloto necesita obligatoriamente tener descanso para poder pilotear, sobre todo, aviones de guerra. Hubo específicamente el caso del capitán Sergio Pérez, hijo del comandante Crescencio Pérez, que por negarse a cortar caña lo expulsaron del Partido y le dieron baja de las Fuerzas Armadas, y el hombre fue a parar al ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos), de conductor de un vehículo de piquera y allí estuvo hasta que le llegó su jubilación. Y como ese caso hubo muchos. El compañero Orlando Borregos, un colaborador muy cercano del Che para asuntos económicos, que era viceministro del Azúcar en aquellos momentos, fue destituido de su cargo porque le planteó al Comandante, y fue el único en hacerlo, que no era posible llegar a los diez millones de toneladas de azúcar con la técnica y la fuerza de trabajo que se tenía y, además, que de acuerdo a la cantidad de caña que se había sembrado ni moliendo la tierra se darían diez millones de toneladas. Fidel se molestó grandemente, le dijo que era un imbécil, que no sabía nada, destituyó al viceministro de Azúcar, y efectivamente, escasamente se pudo llegar a ocho millones de toneladas. Pero para alcanzar esos ocho millones de toneladas, hubo que invertir, en capital y mano de obra, lo que representa un valor de veinte millones de toneladas de azúcar, así que, aunque se hubieran logrado, hubiera sido una victoria totalmente pírrica o, mejor dicho, una derrota. El mismo Fidel planteó que había sido un revés convertido en victoria, pero la victoria no sólo no la vimos porque las necesidades seguían siendo las mismas, sino que se fundió el país: toda la economía y la fuerza de trabajo se puso en función de la zafra. Se paralizó absolutamente toda la economía del país; sólo continuaron funcionando las escuelas de entrenamiento para extranjeros. Llegaba cualquier delegación al país y veía tanto a los obreros como a los profesores y universitarios cortando caña, entonces consideraban que era una fuerza muy grande, que allí había un amor muy grande por Fidel y la Revolución, pero no era así: se iba a cortar caña obligado, por no quedarse marcado para toda su vida. El que se negara a ir se le consideraba como contrarrevolucionario y, por lo tanto, cuando en su centro de trabajo se fuera a vender un refrigerador, un televisor, una máquina de coser, una bicicleta, una lavadora, esa persona no tenía los méritos para solicitarla. Entonces, para tener derecho a cualquier equipo electrodoméstico, había que comerse el mundo. También, para despertar el interés del pueblo, se llevó una campaña para formar brigadas de hombres extraordinarios en el corte de caña; a esos hombres se les regalaba un auto o un refrigerador al terminar la zafra o se le daba un viaje a algún país del campo socialista con los gastos pagados. Se puede decir que eso fue un intento de hacer llegar hasta el propio pueblo la corrupción en la que empezaban a vivir todos los dirigentes.
 No creo que el Che hubiera aceptado nunca ese sistema de corrupción que se ha impuesto en Cuba. Considero que Camilo en los primeros momentos era un hombre incorruptible, pero por el amor que le tenía a Fidel —él decía que prefería dejar de respirar antes que dejar de creer en Fidel—, él hubiera terminado por corromperse al lado de Fidel, hubiera tenido que virarse; no para defender su honor, sino el de Fidel.
Memorias de un Soldado Cubano Memories of a Cuban Soldier by ... En Cuba los actos públicos han desaparecido; eso, primero, porque es muy difícil conseguir que la gente acuda o que no se marche al poco tiempo. Ya nadie quiere escuchar a Fidel, ni los propios revolucionarios, porque se llevan treinta y tantos años oyendo el mismo discurso: en materia de derechos humanos somos un ejemplo para el mundo entero, somos esto y somos lo otro, cumplimos y sobrecumplimos tal y tal cosa, tenemos las fábricas más grandes, los puertos pesqueros más activos, etcétera, pero el pueblo ni ve pescado, ni ve tejido, ni ve nada. Y el gobierno, dándose cuenta de eso, ha llevado a realizar estos actos a teatros. Y cada vez, al otro día del discurso, el Comité Central orienta a la televisión a hacer la retransmisión del discurso de Fidel simultáneamente por todos los canales, durante una semana, un día sí un día no. Radio Reloj y Radio Rebelde los leen todo el día durante esa semana, y en esos días nunca se corta la luz. Independientemente de eso, el discurso es publicado en todos los periódicos. Hay controles a nivel de cuadra, a ver quién escucha a Fidel y quién no, entonces todo el mundo pone la tele para que se oiga que la han puesto, aunque la gente no escuche. Y resulta ser un acto de alegría cuando Fidel por fin concluye con la frase “Patria o muerte”.
  En los teatros donde ahora se celebran los discursos de Fidel, los organismos tienen que mandar una cuota determinada de invitados, todos militantes del Partido, buscando que todos aplaudan a lo que dice Fidel. Y es como se dice en Cuba: «Al que no quiere caldo le dan tres tazas». Puesto que ese señor va a hablar, entonces se divide el país por municipios, cada municipio en varias zonas, y en cada zona se abre una casa que se tiene como salón de reuniones, allí se cita a todos los militantes de la Juventud y el Partido, y éstos obligatoriamente, sin excusa ni pretexto, tienen que ir a esa cita. Y entonces da pena ver que entre toda aquella masa militante, doscientas, trescientas o cuatrocientas personas, todo el mundo se va durmiendo, nadie se entera de que Fidel está hablando. Por supuesto, siempre hay dos o tres alcahuetes a los que se les oye decir:
 —Pero caballeros, coño, despiértense, el Comandante está hablando.
 Y siempre también hay quien contesta:
 —No jodas, chico, no jodas, estáte tranquilo.
 El que tiene sueño y se está durmiendo trata de retirarse para un lado donde ese individuo no le vea, a ese punto hemos llegado nosotros. Ya se entiende que no es que nosotros queramos esta Revolución, sino que nos obligan a quererla, y a quererla tal y como Fidel se la plantee, aunque así no esté al gusto de nosotros. Yo sí hice la revolución y la hice a pecho abierto, pero si tales son las revoluciones de las cuales tanto se ha anunciado en el mundo entero, pues yo no quiero saber más de ningún tipo de revolución en mi vida, y ya no haré nada, no moveré un dedo para ningún tipo de revolución. De eso sí que estoy seguro, no importa quién me quiera obligar, aunque me pase como a Arnaldo Ochoa: incluso prefiero que me fusilen, mejor que seguir viviendo en una Revolución como ésa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2003, en edición de Elizabeth Burgos, pp. 294-296. ISBN: 9788483108949.]

sábado, 8 de enero de 2022

El rey siempre está por encima del pueblo.- Daniel Alarcón (1977)


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El puente


 «Mi viejo lleva tres años en el manicomio. Apenas tiene sesenta y ocho, joven para el estado en que se encuentra. Cada vez que lo visito es una persona distinta, como si estuviera probando diversas patologías para ver cuál le queda mejor. Su deterioro se produjo tan lentamente que casi pasó inadvertido para mí, hasta el día, hace tres años y medio, en que atacó a un hombre en la corte –su propio cliente-. Lo acuchilló varias veces en el cuello y el pecho con un abrecartas, y casi lo mata. El hecho nos tomó totalmente por sorpresa y a la prensa le encantó la historia. Hablaron de ella durante meses y ningún detalle del escándalo quedó sin publicarse. Por ejemplo, se mencionó con evidente deleite que el cliente de mi padre, la víctima –acusado de lavado de dinero- podría terminar encerrado junto con su ex abogado si lo declaraban culpable. Un columnista aprovechó el tema para discutir la posibilidad de una reforma carcelaria, mientras que un malvado caricaturista político presentó a los protagonistas como una pareja de amantes, tomados de las manos y jugando a la casita en una bien equipada celda. Mi madre dejó de contestar el teléfono o leer los diarios; de hecho, rara vez salía de casa. Pero toda la palabrería resultó irrelevante al final: el blanqueador de dinero fue absuelto; mi padre, no.
 Afortunadamente, su juicio fue breve. Mi viejo, acusado de asalto e intento de asesinato y enfrentado a una sentencia que lo mantendría tras las rejas hasta bien entrados sus ochenta años, optó por declararse demente. Considerando su posición social e historial profesional, le consiguieron un lugar en el manicomio y aunque al inicio su presencia era notablemente discordante, con el tiempo se ha vuelto, en esencia, indistinguible del resto de los internos.
 Una enfermera pálida y de aspecto cansado me hizo pasar a la sala de visitas y me comentó que mi viejo había estado de mal humor en los últimos días.
 -Ha estado haciendo algunas escenitas.
 Nunca la había visto antes.
 -¿Es usted nueva? –le pregunté.
 Caminaba con brío y yo me esforzaba por seguirle el paso. Me dijo que la habían transferido del pabellón de mujeres. Traté de darle conversación, sobre cómo eran las cosas en el nuevo pabellón, si se adaptaba bien a las inevitables diferencias de género, pero el tema no le interesaba, sólo quería hablarme de mi padre.
 -Es un encanto –me dijo.
 Estaba preocupada por él. No comía y algunos días se negaba a tomar sus medicinas. La semana anterior, había arrojado su plato de comida a un hombre que por casualidad tropezó con él en la fila del almuerzo.
 -Ese día servían tallarines con salsa de tomate. Ya se imaginará el escándalo.
 Y, por si no podía imaginármelo, continuó describiéndome la escena: cómo mi viejo se alejó a paso tranquilo de su víctima, se sentó frente al televisor en una esquina de la cafetería y se quedó viendo un documental sobre animales en la Amazonía, sin volumen, mientras esperaba a que vinieran las enfermeras; y cómo, cuando éstas llegaron, cruzó las muñecas y extendió los brazos hacia el frente, como esperando que lo esposaran, aunque, me aseguró la enfermera, “rara vez usamos las esposas en hombres como su padre”. Mientras esto ocurría, algunos pacientes aterrorizados habían empezado a llorar: pensaban que la víctima se estaba desangrando frente a sus propios ojos, que se le habían salido las entrañas del cuerpo malherido. La enfermera suspiró pesadamente. Entre los residentes del asilo circulaban todo tipo de ideas. Algunos creían que había ladrones que robaban los riñones, hígados y pulmones de los pacientes, y era imposible convencerlos de lo contrario.
 Llegamos hasta una puerta cerrada. Le agradecí por la información.
 -Usted debería visitarlo más seguido –me dijo.
 Una luz fluorescente brillaba sobre nosotros, fría, clínica. Clavé la vista en la enfermera hasta que vi el color agolpándose en sus mejillas. Me acomodé la corbata.
 -¿Visitarlo más seguido? –le dije-. ¿Le parece una buena idea?
 La enfermera bajó la mirada, inquieta y nerviosa.
 -Discúlpeme.
 Sacó un llavero del bolsillo de su chaqueta, y al hacerlo, su cigarrera de plata cayó con estrépito, y una docena de cigarrillos largos y delgados se esparcieron por el piso de cemento, como formando la confusa silueta de un cadáver.
 Me agaché para ayudarla a recogerlos. Su rostro tenía ahora un rojo intenso.
 -Me llamo Yvette –dijo-. Por si necesita algo.
 No le respondí.
 Franqueamos la puerta y entramos a un cuarto común, enorme y casi desierto. Había unos pocos sofás deteriorados y a lo largo de una pared blanca colgaba un anaquel de madera prensada con sus repisas casi vacías, excepto por un delgado manual de reparación de canoas, una novela amarillenta sobre espionaje durante la Guerra Fría y algunas revistas de moda deshojadas. No había más de una docena de hombres y la habitación se encontraba en silencio.
 ¿Dónde estaban todos?
 Yvette me explicó que muchos de los pacientes –había usado esa palabra todo el tiempo, no internos, ni reclusos como los llamaban otros- estaban aún en la cafetería y que algunos se habían retirado a sus habitaciones.
 -¿A sus celdas? –pregunté.
 Yvette apretó los labios.
 -Si usted lo prefiere.
Resultado de imagen de daniel alarcon el rey siempre esta por ecnima del pueblo Y prosiguió: muchos estaban fuera, en los jardines. El día había amanecido despejado en esta parte de la ciudad, y me imaginé un tranquilo juego de voleibol, un par de hombres parados a uno y otro lado de una red vacilante, pero pronto me di cuenta de que esas imágenes provenían de películas y que, de hecho, yo no tenía ni la menos idea de qué podrían hacer en uno de estos raros días de sol límpido y brillante aquellas personas encerradas contra su voluntad en un hospital para criminales insanos. Quizás se echarían sobre el pasto a tomar una siesta, recogerían flores, o escucharían el canto de las aves o los ruidos no tan distantes del tráfico de la ciudad. O tal vez se deslizarían por el patio, donde el césped amarillento cedía más terreno cada día a la tierra oscura y pelada, en estos mal llamados jardines, donde cada interno es sólo un hombre  dentro de un baile más decadente y mucho más solitario. Mi padre prefería quedarse bajo techo. Al inicio no le permitían salir y ya se había acostumbrado, como un gato casero, a mirar por las ventanas, demasiado orgulloso para admitir que le interesaba lo que quedaba afuera. En los tres años que llevaba visitándolo, habíamos paseado por los jardines sólo en una ocasión: una mañana gris bajo un cielo solemne, el día de su cumpleaños, el primero luego del divorcio. Había caminado cabizbajo todo el tiempo. Le mencioné esto a Yvette y ella asintió.
 -Bueno, es que no son exactamente jardines, usted sabe.
  Claro. Así como Yvette no era exactamente un enfermera, y esta prisión no era exactamente un hospital. Por supuesto que lo sabía. Observé a una mujer leyendo a un grupo de internos algo que resultó ser un cuento para niños. Apenas sí podía terminar una oración sin que la interrumpieran. Mi padre estaba sentando en su lugar de siempre, junto al ventanal del rincón más alejado, que daba a los pocos usados senderos que cruzaban por entre los árboles alrededor del edificio principal. Estaba solo, y eso me molestó, hasta que me di cuenta de que todos los pacientes de este grupo estaban solos; incluso aquellos que se encontraban, al menos a primera vista, acompañados. Una docena dispersa de hombres solitarios, perdidos en sus pensamientos o drogados hasta la somnolencia, en un espacio donde el contacto visual, la base misma de toda interacción humana, incomodaba.
 Yvette me tocó el brazo y se marchó sin decir una sola palabra.
 Avancé hacia mi padre. Pasé junto a una pequeña mesa repleta de juegos y folletos ubicada contra una pared de color salmón. Allí, colgado, un tablero de información anunciaba el programa de la semana –“Noche de poesía”, “Noche de deportes”, “Noche de cebiche”-. Hasta donde pude ver, casi no había noche en la que no hubiera alguna actividad planeada; con razón estos hombres se veían tan cansados. Todos usaban su propia ropa, desde la más gastada hasta la más o menos elegante; esta carencia de vestido uniforme funcionaba como una especie de indicador taquigráfico que revelaba a primera vista quiénes habían sido abandonados y quiénes mantenían aún, no importaba cuán tenuamente, alguna conexión con el mundo exterior. Había sujetos desmelenados con los pantalones deshilachados y camisetas raídas, y otros que lucían como si fueran a tener una cita de negocios más tarde, que aún se preocupaban por mantener sus zapatos de cuero embetunados y lustrados. Un hombre vestido con un overol de jean escribía una carta en una de las dos mesas largas. Un televisor desconectado se ubicaba en ángulo frente al pequeño sofá. Su ojo gris y bulboso reflejaba la luz que se colaba por las ventanas. Las cortinas estaban abiertas, pero las ventanas no podían abrirse y la habitación estaba sumamente calurosa.
 Me senté en el alféizar de la ventana.
 -Hola, papi –dije.
 Él no me respondió, sólo cerró los ojos y sujetó los brazos de la silla, como alistándose a saltar o para evitar caerse.»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2010, en traducción de Jorge Conejo Calle,  pp. 71-76. ISBN: 978-84204-0612-1.]

lunes, 31 de agosto de 2015

"El sombrero de tres picos".- Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891)


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1.-De cuándo sucedió la cosa

 "Comenzaba este largo siglo, que ya va de vencida. No se sabe fijamente el año. Sólo consta que era después del 4 y antes del 8.
 Reinaba, pues, todavía en España don Carlos IV de Borbón, por la gracia de Dios, según las monedas, y por olvido o gracia especial de Bonaparte, según los boletines franceses. Los demás soberanos europeos descendientes de Luis XIV habían perdido ya la corona (y el jefe de ellos la cabeza) en la deshecha borrasca que corría esta envejecida parte del mundo desde 1789.
 No paraba aquí la singularidad de nuestra patria en aquellos tiempos. El Soldado de la Revolución, el hijo de un oscuro abogado corso, el vencedor en Rívoli, en las Pirámides, en Marengo y en otras cien batallas, acababa de ceñirse la corona de Carlo Magno y de transfigurar completamente la Europa, creando y suprimiendo naciones, borrando fronteras, inventando dinastías y haciendo mudar de forma, de nombre, de sitio, de costumbres y hasta de traje a los pueblos por donde pasaba en su corcel de guerra como un terremoto animado, o como el Anticristo, que le llamaban las potencias del Norte... Sin embargo, nuestros padres -Dios los tenga en su santa Gloria-, lejos de odiarlo o de temerle, complacíanse aún en ponderar sus descomunales hazañas, como si se tratase del héroe de un libro de caballerías, o de cosas que sucedían en otro planeta, sin que ni por asomos recelasen que pensara nunca venir por acá a intentar las atrocidades que había hecho en Francia, Italia, Alemania y otros países. Una vez por semana -y dos, a lo sumo- llegaba el correo de Madrid a la mayor parte de las poblaciones importantes de la Península, llevando algún número de la Gaceta -que tampoco era diaria-, y por ella sabían, las personas principales -suponiendo que la Gaceta hablase del particular-, si existía un Estado más o menos allende al Pirineo, si se había reñido otra batalla en que peleasen seis u ocho reyes y emperadores, y si Napoleón se hallaba en Milán, en Bruselas o en Varsovia...; por lo demás, nuestros mayores seguían viviendo a la antigua usanza española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición y sus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley, con sus privilegios, fueros y exenciones personales, con su carencia de toda libertad municipal o política, gobernados simultáneamente por insignes obispos y poderosos corregidores -cuyas respectivas potestades no era muy fácil deslindar, pues unos y otros se metían en lo temporal y en lo eterno -y pagando diezmos, primicias, alcabalas, subsidios, mandas y limosnas forzosas, rentas, rentillas, capitaciones, tercias reales, gabelas, frutos civiles y hasta cincuenta tributos más cuya nomenclatura no viene a cuento ahora.
 Y aquí termina todo lo que la presente historia tiene que ver con lo militar y política de aquella época; pues nuestro único objeto, al referir lo que entonces sucedía en el mundo, ha sido venir a parar a que el año de que se trata -supongamos que el de 1805- imperaba todavía en España el antiguo régimen en todas las esferas de la vida pública y particular, como si, en medio de tantas novedades y trastornos, el Pirineo se hubiese convertido en otra muralla de la China.

 2.-De cómo vivía entonces la gente

 En Andalucía, por ejemplo -pues precisamente aconteció en una ciudad de Andalucía lo que vais a oír-, las personas de suposición continuaban levantándose muy temprano, yendo a la Catedral a misa de prima; aunque no fuese día de precepto; almorzando a las nueve un huevo frito y una jícara de chocolate con picatostes; comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y principio, si había caza y, si no, puchero solo; durmiendo la siesta después de comer, paseando luego por el campo; yendo al rosario, entre dos luces, a su respectiva parroquia; tomando otro chocolate a la Oración -éste con bizcochos-; asistiendo los muy encopetados a la tertulia del corregidor, del deán o del título que residía en el pueblo, retirándose a casa a las Animas; cerrando el portón antes del toque de la queda; cenando ensalada y guisado por antonomasia, si no habían entrado boquerones frescos, y acostándose incontinenti con su señora -los que la tenían-, no sin antes hacerse calentar primero la cama durante nueve meses del año...
 ¡Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por los siglos! ¡Dichosísimo tiempo aquel en que había en la sociedad humana variedad de clases, de afectos y de costumbres! ¡Dichosísimo tiempo, digo..., para los poetas especialmente, que encontraban un entremés, un sainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o una epopeya detrás de cada esquina, en vez de esa prosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legó al cabo la Revolución francesa! ¡Dichosísimo tiempo, sí!... Pero esto es volver a las andadas. Basta ya de generalidades y de circunloquios, y entremos resueltamente en la historia de El sombrero de tres picos".