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miércoles, 26 de mayo de 2021

Tratado y discurso sobre la moneda de vellón.- Juan de Mariana (1536-1624)


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Capítulo III.- El rey no puede bajar la moneda de peso o de ley sin la voluntad del pueblo


 «Dos cosas son aquí ciertas; la primera, que el rey puede mudar la moneda cuanto a la forma y cuños, con tal que no la empeore de cómo antes corría, y así entiendo yo la opinión de los juristas que dice puede el príncipe mudar la moneda. Las casas de la moneda son del rey y en ellas tiene libre administración y en el capítulo Regalía, entre los otros provechos del rey, se cuenta la moneda; por lo cual, como sea sin daño de sus vasallos, podrá dar, la traza que por bien tuviere. La segunda, que si aprieta alguna necesidad como de guerra o cerco, la podrá por su voluntad abajar con dos condiciones; la una que sea por poco tiempo, cuanto durare el aprieto, la segunda, que pasado tal aprieto restituya los daños a los interesados. Hallábase el emperador Federico sobre Faenza un invierno, alargose mucho el cerco, faltóle el dinero para pagar y socorrer la gente, mandó labrar moneda de cuero, de una parte su rostro, y por revés las águilas del imperio; valía cada una un escudo de oro. Claro está que para hacerlo no pudo juntar ni juntó la dieta del imperio, sino por su voluntad se ejecutó; y él cumplió enteramente, que trocó a su tiempo todas aquellas monedas en otras de oro. En Francia se sabe hubo tiempo en que se labró la moneda de cuero con un clavito de plata en medio; y aún el año de 1574, en un cerco que se tuvo sobre León de Holanda, se labró moneda de papel. Refiérelo Budellio en el lib. I De monet., cap. 1, núm. 34. Todo esto es de Colenucio en el lib. IV de la Historia de Nápoles. La dificultad es si sin estas modificaciones podrá el príncipe socorrerse con abajar las monedas o si será necesario que el pueblo venga en ello. Digo que la opinión común y cierta de juristas con Ostiense, en el título De censib. ex quibus, Inocencia y Panormitano sobre el cap. 4 De jur. jur, es que para hacerlo es forzosa la aprobación de los interesados. Esto se deduce de lo ya dicho, porque si el príncipe no es señor, sino administrador de los bienes de los particulares, ni por este camino ni por otro les podrá tomar partes de sus haciendas, como se hace todas las veces que se baja la moneda, pues le dan por más lo que vale menos y si el príncipe no puede echar pechos contra la voluntad de sus vasallos ni hacer estanques de las mercaderías, tampoco podrá hacerlo por este camino, porque todo es uno y todo es quitar a los del pueblo sus bienes por más que se les disfrace con dar más valor legal al metal de lo que vale en sí mismo, que son todas invenciones aparentes y doradas, pero que todas van a un mismo paradero como se verá más claro adelante. Y es cierto que, como a un cuerpo no le pueden sacar sangre, sea a pausas, sea como quisieren, sin que se enflaquezca o reciba daño, así el príncipe, por más que se desvele no puede sacar hacienda ni interés sin daño de sus vasallos, que donde uno gana, como citan de Platón, forzosamente otro pierde. Así hallo en el cap. 4º De jur. jur. que el papa Inocencio da por ninguno el juramento que hizo el rey de Aragón don Jaime el Conquistador por conservar cierta moneda por un tiempo que su padre el rey don Pedro II labró baja de ley; y entre otras causas apunta ésta: porque hizo el tal juramento sine populi consensu, sobre la cual palabra Panormitanó e Inocencio notan lo que de suyo se dijo, que ninguna cosa que sea en perjuicio del pueblo la puede el príncipe hacer sin consentimiento del pueblo (llámase perjuicio tomarles algunas partes de sus haciendas). Y aún sospecho yo que nadie le puede asegurar de incurrir en la excomunión puesta en la bula de la Cena; pues como dije de los estanques, todas son maneras disfrazadas de ponerles gravezas y tributos y desangrarlos y aprovecharse de sus haciendas. Que si alguno pretende que nuestros reyes tienen costumbre inmemorial de hacer esta mudanza, por sola su voluntad, digo que no hallo rastro de tal costumbre, antes todas las leyes que yo hallo en esta razón de los Reyes Católicos, del rey don Felipe II y de sus antecesores, las más muy razonables, se hallará que se hicieron, en las Cortes del reino.

Capítulo IV.- De los valores que tiene la moneda

Tratado Y Discurso Sobre La Moneda De Vellon - Mariana Juan De (Libro) Dos valores tiene la moneda, el uno intrínseco natural, que será según la calidad del metal y según el peso que tiene, a que se llegará el cuño, que todavía vale alguna cosa el trabajo que se pone en forjarla; el segundo valor se puede llamar legal y extrínseco que es el que el príncipe le pone por su ley y que puede tasar el de la moneda como el de las demás mercadurías. El verdadero uso de la moneda y lo que en las repúblicas bien ordenadas se ha siempre pretendido y practicado es que estos valores vayan ajustados, porque cómo sería injusto en las demás mercadurías que lo que vale ciento se tase por diez, así es en la moneda. Trata este punto Budellio, lib. I num. De monet., capítulo 67 y otros que todos llaman la contraria opinión irrazonable, ridícula y pueril; que si es lícito apartar estos valores, lábrenla de cuero, lábrenla de cartones o de plomo, como en ocasiones se hizo, que todo se saldrá a una cuenta y será de menos costa que se cobre. Yo no soy de parecer que el príncipe esté obligado a acuñar el metal a su costa, antes siento, y está muy puesto en razón que por el cuño se añada algún poco al valor natural y toda la costa que tiene el acuñar y no sería muy injusto que por el señoraje quedase algún poquito de ganancia al príncipe, como lo dispone la ley que esta razón se hizo en Madrid, año 1556, acerca de acuñar los cuartillos, y aun Inocencio sobre el cap. 4. De jur. jur. lo da a entender, si no lo dice claramente. Pero digo y me afirmo en esto, que estos valores deben ir muy ajustados. Esto se saca de Aristóteles, lib. I De las políticas, capítulo 6, donde dice que al principio los hombres, trocaban unas cosas por otras; después de común consentimiento se convinieron en que el trueque sería a propósito si se hiciese con estos metales de hierro y oro en que se excusaban los portes de las mercadurías pesadas: y de lejanas tierras. Así trocaban una oveja por tantas libras de cobre, un caballo por tantas de plata. Hallábase dificultad de pesar cada vez el metal, e introdújose que con autoridad pública se señalase para que conforme a la señal se entendiese qué peso tenía cada pedazo. Éste fue el primer uso y el más legítimo de la moneda; todas las demás invenciones y trazas salen de lo que conviene y de lo antiguo. Así se verá por nuestras leyes por dejar las antiguas y que siempre se tuvo respecto a ajustar esto, valores de plata y oro no hay duda porque de un marco de plata se acuñan por ley del reino sesenta y siete reales, y el marco mismo, sin labrar vale por las mismas leyes sesenta y cinco reales de suerte que por el cuño y señoraje sólo se les añaden dos reales, por donde cada real tiene de plata casi treinta y tres maravedís. De un marco de oro se acuñan sesenta y ocho coronas; poco menos vale el oro en pasta, y por él le labran. Vengamos a la moneda de vellón en que parece hay mayor dificultad. […] En la moneda que al presente se labra no se mezcla plata ninguna, y de un marco de cobre se acuñan doscientos ochenta maravedís, la costa que tiene de labrar es un real, la del cobre cuarenta y seis maravedís, que todo llega a ochenta maravedís; de suerte que en cada marco se gana doscientos maravedís, que es de siete partes las cinco, y en la misma cantidad se aparta el valor legal del valor natural o intrínseco de la moneda dicha, daño que es contra la naturaleza de la moneda como queda deducido, y que no se podrá llevar adelante. Demás que de todas partes la gente falseará alentada con tan grande ganancia porque estos valores forzosamente con tiempo se ajustan, y nadie quiere dar por la moneda más del valor intrínseco que tiene, por grandes diligencias que en contrario se hagan. Veamos, ¿podría el príncipe salir con que el sayal se vendiese, por terciopelo el veintedoceno por brocado? No por cierto, por más que lo pretendiese y que cuanto a la conciencia fuese lícito; lo mismo en la mala moneda. En Francia muchas veces han bajado los sueldos de ley; por el mismo caso subían nuestros reales y los que se gastaban por cuatro sueldos en  mi tiempo llegaron a valer siete y ocho, y aún creo que llegaron a más; que si baja el dinero del valor legal, suben todas las mercadurías sin remedio, a la misma proporción que abajaron la moneda y todo se sale a una cuenta, como se verá adelante más en particular.

 Capítulo V.- El fundamento de la contratación es la moneda, pesos y medidas

 No hay duda sino que el peso, medida y dinero son el fundamento sobre que estriba toda la contratación y los nervios con que ella toda se traba, porque las más cosas se venden por peso y medida y todas por el dinero. Lo que pretendo decir aquí es que como el cimiento del edificio debe ser firme y estable, así los pesos, medidas y moneda se deben mudar porque no bambolee y se confunda todo el comercio. Esto tenían los antiguos bien entendido, que para mayor firmeza hacían y para que hubiese mayor uniformidad acostumbraban a guardar la muestra de todo esto en los templos de mayor devoción y majestad que tenían. Así lo dice Fanio en el libro De pesos y medidas; hay ley de ello de Justiniano, emperador authent. de collat. coll. 9 y en el Levítico cap. 27, núm. 25, se dice: “Omnis aestimatio siclo sanctuarii ponderatur”. Algunos son de parecer que si el siclo era una moneda como de cuatro reales; se guardaba en su puridad y justo precio en el templo, para que todos acudiesen a aquella muestra y nadie se atreviese a bajarla de ley ni de peso. Es cosa tan importante que en estas cosas no hay alteración, que ninguna diligencia tenían por sobrada, y aun santo Tomás lib. II De regim. princ.., cap. 14, aconseja que los príncipes no fácilmente por antojo alteren la moneda, por donde, no se tiene por acertado lo que estos años se hizo por causa de los millones que fue alterar el azumbre, medida del vino y del aceite. Causa esto grande confusión para ajustar lo antiguo con moderno y unas naciones con otras y parece bien que los que andan en el gobierno no son personas muy eruditas, pues no han llegado a su noticia las turbaciones y revueltas que en todo tiempo han sucedido por esta causa entre las otras naciones y dentro de nuestra casa y con cuánto tiento se debe proceder en materias semejantes. El arbitrio de bajar la moneda muy fácil era de entender que de presente para el rey sería de grande interés y que muchas veces se ha usado de él; pero fuera razón juntamente advertir los malos efectos que se han seguido, y cómo siempre  ha redundado en notable daño del pueblo y del mismo príncipe que le ha puesto en necesidad, devolver atrás y remediarle a veces con otros mayores, como se verá en su lugar. Es como la bebida dada al doliente fuera de sazón, que de presente refresca, mas luego causa peores accidentes y aumenta la dolencia. Para que se vea el cuidado que se tenía para que no se alterasen estos fundamentos de la contratación, es cierto y autores muy graves lo dicen y yo lo probé bastantemente en el libro De pond. et mens., capítulo 8, que la onza antigua de romanos y la nuestra es la misma, y por consiguiente lo mismo se ha de decir de los otros pesos mayores y menores.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Deusto, 2017, pp. 25-40. ISBN: 978-84234-2885-4.]

martes, 23 de abril de 2019

María.- Jorge Isaacs (1837-1895)


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V

«En mi ausencia, mi padre había mejorado sus propiedades notablemente: una costosa y bella fábrica de azúcar, muchas fanegadas de caña para abastecerla, extensas dehesas con ganado vacuno y caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de habitación, constituían lo más notable de sus haciendas de tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos, hasta donde es posible estarlo en la servidumbre, eran sumisos y afectuosos para con su amo. Hallé hombres a los que, niños poco antes, me habían enseñado a poner trampas a las chilacoas y guatines en la espesura de los bosques: sus padres y ellos volvieron a verme con inequívocas señales de placer. Solamente a Pedro, el buen amigo y fiel ayo, no debía encontrarlo: él había derramado lágrimas al colocarme sobre el caballo el día de mi partida para Bogotá, diciendo: "amito mío, ya no te veré más". El corazón le avisaba que moriría antes de mi regreso.
 Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato cariñoso a sus esclavos, se mostraba celoso por la buena conducta de sus esposas y acariciaba a los niños.
 Una tarde, ya a puestas del sol, regresábamos de las labranzas a la fábrica de mi padre, Higinio (el mayordomo) y yo. Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer; a mí me ocupaban cosas menos serias: pensaba en los días de mi infancia. El olor peculiar de los bosques recién derribados y el de las piñuelas en sazón; la greguería de los loros en los guaduales y guayabales vecinos; el tañido lejano del cuerno de algún pastor, repetido por los montes: las castrueras de los esclavos que volvían espaciosamente de las labores con las herramientas al hombro; los arreboles vistos al través de los cañaverales movedizos: todo me recordaba las tardes en que abusando mis hermanas, María y yo de alguna licencia de mi madre, obtenida a fuerza de tenacidad, nos solazábamos recogiendo guayabas de nuestros árboles predilectos, sacando nidos de piñuelas, muchas veces con grave lesión de brazos y manos, y espiando polluelos de pericos en las cercas de los corrales.
 Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre a un joven negro de notable apostura:
 -Conque Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado para pasado mañana?
 -Sí, mi amo -le respondió quitándose el sombrero de junco y apoyándose en el mango de su pala.
 -¿Quiénes son los padrinos?
 -Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.
 -Bueno, Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo lo que necesitabas para ella y para ti con el dinero que mandé darte?
 -Todo está ya, mi amo.
 -¿Y nada más deseas?
 -Su merced verá.
 -El cuarto que te ha señalado Higinio ¿es bueno?
 -Sí, mi amo.
 -¡Ah!, ya sé. Lo que quieres es baile.
 Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura deslumbrante, volviendo a mirar a sus compañeros.
 -Justo es; te portas muy bien. Ya sabes -agregó dirigiéndose a Higinio-: arregla eso y que queden contentos.
 -¿Y sus mercedes se van antes? -preguntó Bruno.
 -No -le respondí-; nos damos por convidados.
 En la madrugada del sábado próximo se casaron Bruno y Remigia. Esa noche a las siete montamos mi padre y yo para ir al baile, cuya música empezábamos a oír. Cuando llegamos, Julián, el esclavo capitán de la cuadrilla, salió a tomarnos el estribo y a recibir nuestros caballos. Estaba lujoso con su vestido de domingo, y le pendía de la cintura el largo machete de guarnición plateada, insignia de su empleo. Una sala de nuestra antigua casa de habitación había sido desocupada de los enseres de labor que contenía, para hacer el baile en ella. Habíanla rodeado de tarimas; en una araña de madera suspendida de una de las vigas, daba vueltas media docena de luces; los músicos y cantores, mezcla de agregados, esclavos y manumisos, ocupaban una de las puertas. No había sino dos flautas de caña, un tambor improvisado, dos alfandoques y una pandereta; pero las finas voces de los negritos entonaban los bambucos con maestría tal, había en sus cantos tan sentida combinación de melancólicos, alegres y ligeros acordes, los versos que cantaban eran tan tiernamente sencillos, que el más culto dilettante hubiera escuchado en éxtasis aquella música semisalvaje. Penetramos en la sala con zamarros y sombreros. Bailaban en ese momento Remigia y Bruno: ella con follao de boleros azules, tumbadillo de flores rojas, camisa blanca bordada de negro y gargantilla y zarcillos de cristal color de rubí, danzaba con toda la gentileza y donaire que eran de esperarse de su talle cimbrador. Bruno, doblados sobre los hombros los paños de su ruana de hilo, calzón de vistosa manta, camisa blanca aplanchada y un cabiblanco nuevo a la cintura, zapateaba con destreza admirable.
 Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos cada pieza de baile, tocaron los músicos su más hermoso bambuco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remigia, animada por su marido y por el capitán, se resolvió al fin a bailar unos momentos con mi padre: pero entonces no se atrevía a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos espontáneos. Al cabo de una hora nos retiramos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1986. ISBN: 84-376-0610-1.]

martes, 12 de marzo de 2019

El amor de un hombre de cincuenta años.- Anthony Trollope (1815-1882)


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Volumen I
II.-El señor Whittlestaff

«El señor Whittlestaff no había sido un hombre con suerte, teniendo en cuenta lo que la gente considera suerte. No había tenido éxito en los negocios que había emprendido. En efecto, sólo había experimentado superficialmente su necesidad de éxito en cuanto al dinero se refiere, pero había fracasado en algunos otros asuntos que le habían afectado de cerca. Su vida había cosechado éxitos en algunos aspectos; pero ésos eran asuntos que la gente no consideraba como la buena suerte que, por lo general, propiciaba la felicidad de un hombre. Nunca le dolía la cabeza, se había resfriado muy pocas veces y no tenía gota en absoluto. Se había torcido un dedo meñique y le habían recomendado que bebiera whisky, cosa que hizo de buen grado porque era barato. Ahora tenía cincuenta años y estaba tan dispuesto como siempre para el trabajo duro, tanto física como mentalmente. Y tenía mil libras al año para gastar y las gastaba sin jamás sentir la necesidad de ahorra un chelín. Y además, no odiaba a nadie, y todos los que le conocían le apreciaban. No pisaba a nadie para beneficiarse y, en términos generales, era el hombre más estimado de la parroquia. Estas características no suelen considerarse como señales de la buena suerte; pero sí aumentan la felicidad de la que un hombre goza en este mundo. Se necesitaría una crónica de su vida algo más extensa para hablar de sus desgracias. Pero aquí tan sólo hace falta mostrar las circunstancias. Se había opuesto a todas las expectativas de su padre. Éste, quien le consideraba un muchacho inteligente, había planeado en un principio que fuera abogado. Pero él rechazó por completo toda actividad jurídica antes de abandonar Oxford. "¿Qué demonios quieres ser?", le preguntó su padre que, por aquel entonces, podía darle a su hijo dos mil libras al año. El hijo contestó que trabajaría para obtener una beca y que se dedicaría a la literatura. El viejo almirante mandó la literatura al infierno y le dijo a su hijo que era idiota. Pero el muchacho no consiguió la beca y ni su padre ni su madre supieron nunca lo mucho que sufrió por ese motivo. Inspiraba lástima, escribía poesía y se gastaba sus ahorros para publicarla, lo que de nuevo le provocaba sufrimiento, no por la pérdida de su dinero sino por la oscuridad de su poesía. Tuvo que admitir que Dios no le había concedido el don de escribir poesía; y, tras aceptarlo, nunca más volvió a escribir dos líneas seguidas. No dijo nada de todo esto; pero la sensación de fracaso apenó su corazón. Y en esos difíciles momentos, su padre sólo se burlaba de él, sin creerse las palabras de su mujer que, de vez en cuando, le aseguraba que su hijo estaba sufriendo.
 Entonces el viejo almirante declaró que, como su hijo no haría nada por sí mismo, él debía trabajar por su hijo. Y olvidó su vejez para ir a la ciudad y especular con acciones. Entonces el almirante murió. Las acciones no llegaron a nada y hubo reclamaciones; y cuando la señora Whittlestaff siguió a su marido, su hijo, considerando la situación, compró Croker's Hall, recortó gastos y prescindió del criado, lo que para la señora Bagget fue un asunto que le causó una profunda tristeza.
 Pero el señor Whittlestaff se había enfrentado al mayor sufrimiento de su vida antes de eso. Ni la beca perdida, ni la poesía rechazada le habían causado tanto sufrimiento como eso. Había amado a una joven, ésta lo había aceptado pero luego la joven lo había dejado plantado. Por aquel entonces rondaba los treinta; y en lo que respecta al mundo exterior, la catástrofe le dejó totalmente confuso. Hasta ese momento había sido un moderado deportista, había pescado bastante, había disparado un poco y había salido de caza únicamente con su caballo. Pero desde que sucedió la desgracia, nunca más volvió a pescar, a disparar o a cazar. [...]
 
Volumen II
XIII.- En Little Alresford
 
 El señor Hall era un agradable caballero inglés que ya rozaba los setenta años y que "jamás en la vida había tenido un quebradero de cabeza", como solía alardear, pero que vivía cautelosamente, como quien procura no tener demasiados quebraderos de cabeza. Sin duda alguna, él no tenía ninguna intención de calentarse la cabeza con problemas mundanos. Era un hombre muy bien acomodado, es decir, con bastantes miles de libras al año y se las apañaba para vivir con la mitad de ese dinero. Esto había sido así durante muchos años, ya que se habían reducido los derechos de propiedad de la finca de un pariente lejano y porque había escogido no dejar a su progenie en la indigencia. Cuando llegaron las chicas, él decidió de inmediato que nunca iría a Londres y mantuvo su resolución. Se suponía que no era necesario ir a un peluquero londinense más que una vez cada tres o cuatro años; y estaba bastante satisfecho de tener a un médico fuera de Alresford, al que pagaba un chelín,  incluido el desplazamiento. En estos tiempos difíciles, sus aparceros siempre habían pagado los alquileres, pero lo habían hecho porque éstos no habían aumentado desde que el terrateniente había llegado al trono. El señor Hall sabía perfectamente que si deseaba librarse de quebraderos de cabeza en ese sentido, lo mejor que podía hacer era arrendar sus tierras facilitando el pago. Era muy hospitalario, pero nunca ofrecía tortugas marinas de Londres o pescado de Southampton, ni tampoco fresas o guisantes a primeros de abril. Podía servir una cena sin champaña y hasta dar cuarenta chelines para pagar doce botellas de porto o de Jerez o incluso un burdeos. Tenía un carruaje para sus cuatro hijas y no le contaba a nadie, por nada del mundo, que los caballos pasaban la mitad de su tiempo en faenas de labranza. Las cuatro hijas tenían dos sillas de montar para repartirse entre ellas y el padre tenía una para su uso particular. No cazaba el zorro (viviendo en esa zona de Hampshire, creo que hacía bien) y disparaba igual que nuestros antepasados; salía a dar una vuelta, por ejemplo, con el señor Blake y quizás el señor Whittlestaff y traía a casa tres faisanes, cuatro perdices, una liebre y los conejos que la cocinera pudiera haber pedido. Era un hombre decidido a no vivir por encima de sus posibilidades y no tenía gran necesidad de parecer rico; no sentía especial cariño por nadie, ni tampoco es que fuera especialmente generoso. Aquellos que lo conocían, y a quienes no les gustaba, decían que era un egoísta. Aquellos que estaban de su parte decían que jamás había debido un chelín que no pudiera pagar y que sus hijas estaban muy contentas de tener un padre así. Era un hombre atractivo y de bonitas facciones, pero de los que se tienen que ver a menudo para recordarlos, y como he dicho antes, él "jamás en la vida había tenido un quebradero de cabeza".»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Funambulista, 2012, en traducción de Alma Fernández Simón y Maite Roig Costa. ISBN: 978-84-940293-8-7.]