Mostrando entradas con la etiqueta Excomunión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Excomunión. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de febrero de 2021

Los libros malditos.- Mar Rey Bueno (1969)

Resultado de imagen de mar rey bueno 
Primera parte: Censores
Capítulo I: Índices de libros prohibidos

   «El 1 de noviembre de 1478 aparecía la bula Exigit sincerae devotionis affectus, publicada por el papa Sixto IV a solicitud de los Reyes Católicos Isabel y Fernando. Con ella quedaba instituido el Santo Oficio o Tribunal de la Santa Inquisición, erigido para inquirir casos de presunta herejía que, de ser descubiertos, debían desarraigarse. Pronto la Inquisición amplió su radio de acción no sólo al control de toda herejía, sino de la doctrina y de todo lo escrito tangente a ella. Empezó a vigilar y a censurar las expresiones de escritores y científicos que, aun de lejos, ofendieran la ortodoxia establecida, cuyo fiel guardián se consideraba. La censura, constante tentación de todo poder establecido ansioso por defenderse de presuntos o reales enemigos, halló una buena oportunidad de desarrollo en la lectura, merced a las facilidades que ofrecía la imprenta, de invención entonces reciente.

 Inquisición y censura

 Desde el nacimiento de la imprenta, uno de los elementos propagadores más eficaces con los que contó la sociedad fue el  libro. Por ello no debe resultarnos extraño que la Inquisición idease la forma de controlar la difusión de ideas a través del papel escrito. Fue así como nacieron los índices inquisitoriales, relaciones exhaustivas de todo aquello considerado por los censores fuera de lo permitido.
 Las primeras medidas destinadas a censurar libros están fechadas en 1515, cuando el Concilio V de Letrán adopta una legislación precisa que reglamenta las publicaciones impresas. La situación se verá modificada rápidamente por la Reforma protestante. La manera como Lutero y sus discípulos se sirven de la imprenta para difundir sus doctrinas provoca una viva reacción del sector católico, a fin de impedir por todos los medios la impresión, venta, posesión y lectura de los escritos considerados como subversivos. La sucesión de índices de libros prohibidos por universidades y autoridades eclesiásticas regionales o nacionales no se hace esperar: en 1544 aparece el índice de la Facultad de Teología de París; en 1545, 1547 y 1549 lo harán nuevas listas de la Sorbona parisina; 1546, 1550 y 1556 son los años de publicación de los catálogos de la Universidad de Lovaina; entre 1549 y 1554 aparecerán los catálogos del nuncio apostólico en Venecia, Giovanni della Casa, mientras que en 1547 y 1551 se publicarán aquellos catálogos por parte de la Inquisición portuguesa.
 España, estandarte de la religión católica por excelencia, no permanecerá al margen de este proceso censor. Las autoridades inquisitoriales españolas publicaron seis índices entre 1559 y 1707. El primero de ellos nació como consecuencia del miedo al peligro protestante y sus posibilidades de expansión en el seno de la monarquía hispánica, precipitándose con el descubrimiento de los focos luteranos de Valladolid y Sevilla (1557-1559). Vino acompañado, además, por la conocida pragmática de 22 de noviembre de 1559, que prohibía la salida de estudiantes españoles a territorios extranjeros.
 Tras quince largos años de búsqueda e investigaciones por parte de inquisidores, censores y calificadores de la Suprema, se publicaron los catálogos de 1583-1584, uno prohibitorio y otro expurgatorio. Compuestos por catorce reglas, la Suprema decidió que fueran leídos en las iglesias más importantes de cada obispado el primer domingo o fiesta de guardar en la misa mayor, al tiempo del ofertorio; después de la lectura se pronunciaría un sermón sobre lo que acababa de ser leído. El edicto, como todos los emanados del Santo Oficio, sería clavado después a la puerta de la iglesia para que todos tuvieran presentes las órdenes de la Suprema. Las disposiciones eran: entregar todos los libros que estuvieran contenidos en los índices (bien para su expurgación o bien para ser confiscados si eran prohibidos) y todos aquellos que se considerasen sospechosos o incluidos en las prohibiciones generales de las reglas; delatar cualquier otro libro sospechoso o prohibido del que se tuviera noticia y a todo aquel del que se supiera que guardaba libros vedados. Los comisarios debían entregar todos esos libros y enviar un memorial de los mismos al tribunal inquisitorial correspondiente, en el que se indicaría claramente el título del libro, el nombre del autor y del impresor, el lugar de impresión y el año. Se daba un plazo de tiempo brevísimo para todo ello (doce días) y se anunciaba que quien no cumpliera lo ordenado en ese plazo incurriría en pena de excomunión mayor y demás censuras que la Inquisición procediera contra los rebeldes “con todo rigor”.
Resultado de imagen de los libros malditos Los catálogos de 1583-1584 sentaron las bases de un miedo generalizado en España: leer y tener demasiados conocimientos podía ser motivo de acusación inquisitorial. La semilla quedaba sembrada y sus frutos no tardarían en fructificar. En la primera mitad del siglo XVI se publicaron, consecutivamente, tres índices, destinados a subsanar los defectos observados en índices anteriores. La idea era hacer un índice con el parecer de todos los expertos y con tiempo suficiente para poner al día todas las expurgaciones pendientes y las prohibiciones nuevas recogidas en índices romanos o en edictos particulares. La Inquisición trabajó con catálogos de libros y autores de las ferias de Francfort, que ya estaban configuradas entonces como el principal mercado europeo del libro. Además, los censores inquisitoriales utilizaron agentes informadores en el extranjero.
 El último índice prohibitorio apareció en 1707, si bien había comenzado a prepararse en 1679. El largo período sin un expurgatorio se cerraba setenta y siete años después de la salida del anterior, en 1640. Los problemas de la Inquisición para mantener el control sobre el mundo del libro y sus lectores, y continuar su labor de censura y reconducción ideológica, eran graves, y se habían manifestado una y otra vez en esos largos años. El Santo Oficio se encontraba en un período crítico, de anquilosamiento, del que ya no saldría, pese a ciertos fogonazos de actividad en la centuria siguiente. Sin embargo, en este largo período el mal ya estaba hecho, poco importaba la intensidad o no de la actividad inquisitorial.
 […]

Tipología de la censura

 Los tribunales inquisitoriales recibían delaciones de personas y libros considerados heréticos de forma sistemática. Sobre las personas, la Inquisición actuaba siempre por delación, que era estimulada por un pregonero público en presencia de los inquisidores cuando se proclamaban los llamados edictos de fe, que conminaban en conciencia a delatarse y delatar, lo cual favoreció el clima de terror y de suspicacia asociado a la actividad inquisitorial. En el caso concreto de los libros, los expedientes inquisitoriales podían ser iniciados por cualquiera, si bien solían ser lectores escrupulosos, censores espontáneos, vigilantes de fronteras y navíos o visitadores oficiales de librerías quienes hacían llegar sus delaciones hacia la red de comisarios de distrito y familiares del Santo Oficio, funcionarios locales inquisitoriales que eran los encargados, a su vez, de llevarlo a los trece tribunales regionales que se fueron formando, a lo largo de los siglos XV y XVI, en diversas ciudades españolas: Barcelona, Córdoba, Cuenca, Granada, Logroño, Llerena, Murcia, Santiago, Sevilla, Toledo, Valencia, Valladolid y Zaragoza. En última instancia, la información pasaba al tribunal general, más conocido como la Suprema, instalado en la villa y corte madrileña.
 En líneas generales, los procedimientos de censura fueron tres. El más común consistió en extractar del contexto una u otra frase sin tener en cuenta el diverso género de la obra en que aparecía o en su intención y aplicarle indistintamente notas de ofensiva a píos oídos, errónea, escandalosa, herética… Otro de los procedimientos fue el llamado expurgo: a fin de permitir libros declarados buenos en conjunto pero en los cuales se habían detectado algunas frases o párrafos suprimibles, se dio con la idea de expurgarlos tachando con gruesa tinta palabras o frases o arrancando páginas estimadas inaceptables. Fácilmente se entiende que la mera posesión o lectura de un libro expurgado incidía en la mala reputación de autor, lector y vendedor. Por último, si el libro en cuestión era de erudición clásica o de contenido científico, esto es, no tocaba de manera alguna el tema religioso, la mera clasificación de su autor como auctor damnatus (autor condenado), que había que estampar en la portada de los escritos por protestantes y sospechosos de otras heterodoxias, bastaba para alejar posibles lectores.
 De esta forma, una obra podía aparecer en los índices de libros prohibidos, como totalmente prohibida, si se consideraba que no podía leerse en su totalidad; expurgada, cuando se ordenaba que fuera sometida a expurgación, con el fin de autorizarla posteriormente; autorizada con nota, para permitir su circulación y lectura expresamente cuando su autor era considerado hereje, si bien la obra no contenía nada reprobable desde el punto de vista doctrina; prohibida hasta su expurgo, para señalar que debía considerarse prohibida hasta que se le señalara la correspondiente expurgación.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edaf, 2005, pp. 29-35. ISBN: 84-414-1626-5.]

lunes, 9 de diciembre de 2019

El barón rampante.- Italo Calvino (1923-1985)

Resultado de imagen de italo calvino 

XIII

«Con el trato con el bandido, pues, Cósimo había adquirido una desmesurada pasión por la lectura y el estudio, que mantuvo luego durante toda su vida. La actitud habitual en que se lo encontraba ahora, era con un libro abierto en la mano, sentado a horcajadas de una rama cómoda, o bien apoyado en una horqueta como en un pupitre de escuela, con una hoja encima de una tablilla, el tintero en un hueco del árbol, escribiendo con una larga pluma de oca.
 Ahora era él quien iba a buscar al abate Fauchelafleur para que le diese clase, para que le explicase Tácito y Ovidio y los cuerpos celestes y las leyes de la química, pero el viejo cura salvo un poco de gramática y algo de teología se ahogaba en un mar de dudas y de lagunas, y ante las preguntas del alumno abría los brazos y alzaba los ojos al cielo.
 -Monsieur l'Abbé, ¿cuántas mujeres se pueden tener en Persia? Monsieur l'Abbé, ¿quién es el vicario de Saboya? Monsieur l'Abbé, ¿me puede explicar el sistema de Linneo?
 -AlorsMaintenantVoyons… -empezaba el abate, luego se perdía y ya no continuaba.
 Pero Cósimo que devoraba libros de todas clases, y la mitad de su tiempo se lo pasaba leyendo y la otra mitad cazando para pagar la cuenta del librero Orbecche, siempre tenía algo nuevo que contar. De Rousseau que paseaba herborizando por los bosques de Suiza, de Benjamín Franklin que atrapaba los rayos con las cometas, del barón de la Hontan que vivía feliz entre los indios de América.
 El viejo Fauchelafleur prestaba oídos a estas disertaciones con atención maravillada, no sé si por verdadero interés o si solamente por el alivio de no tener que ser él quien enseñara; y asentía e intervenía con: "Non! Dites-le moi!", cuando Cósimo se dirigía a él preguntando: "¿Y sabéis cómo es que...?", o bien con: "Tiens! Mais c'est épatant!", cuando Cósimo le daba la respuesta y a veces con unos: "Mon Dieu!", que tanto podían ser de alegría por las nuevas grandezas de Dios que en ese momento se le revelaban, como de pesar por la omnipresencia del Mal que bajo cualquier apariencia dominaba sin salvación posible el mundo.
 Yo era demasiado niño y Cósimo no tenía amigos más que entre las clases iletradas, por lo que su necesidad de comentar los descubrimientos que iba haciendo en los libros la desahogaba sepultando con preguntas y explicaciones al viejo preceptor. El abate, como sabéis, tenía una disposición sumisa y acomodaticia que procedía de una superior consciencia de la vanidad del todo; y Cósimo se aprovechaba de ello. De modo que la relación se invirtió: Cósimo hacía de maestro y Fauchelafleur de alumno. Y era tanta la autoridad que mi hermano había adquirido que conseguía arrastrar detrás de él al viejo tembloroso en sus peregrinaciones por los árboles. Le hizo pasar toda una tarde con las flacas piernas colgando de una rama de un castaño de Indias, en el jardín de los de Ondariva, contemplando las plantas raras, y la puesta de sol que se reflejaba en el estanque de los nenúfares, y discurriendo sobre las monarquías y las repúblicas, lo justo y lo verdadero de las distintas religiones y los ritos chinos, el terremoto de Lisboa, la botella de Leiden, el sensismo. […]
 Pero no hay que olvidar que en el viejo jansenista este estado de pasiva aceptación de todo se alternaba con momentos de vuelta a su originaria pasión por el rigor espiritual. Y si, mientras estaba distraído y era más flexible, acogía sin resistencia cualquier idea nueva o licenciosa, como por ejemplo la igualdad de lo hombres ante la ley, o la honestidad de los pueblos salvajes, o la influencia nefasta de las supersticiones, un cuarto de hora después, asaltado por un acceso de austeridad y de absolutividad, se identificaba con aquellas ideas aceptadas poco antes tan a la ligera y les aportaba toda su necesidad de coherencia y de severidad moral. Entonces en sus labios los deberes de los ciudadanos libres e iguales o las virtudes del hombre que sigue la religión natural se convertían en reglas de una disciplina despiadada, artículos de una fe fanática, y al margen de todo esto sólo veía un negro cuadro de corrupción y los nuevos filósofos eran todos demasiado blandos y superficiales en la denuncia del mal, y el camino de la perfección, si es que era arduo, no admitía arreglos o términos medios. […]
 Pero entre una y otra disposición de su ánimo, dedicaba ahora sus jornadas a seguir los estudios emprendidos por Cósimo e iba y venía de los árboles en donde éste se hallaba a la tienda de Orbecche, para pedirle libros que tenían que encargarse a libreros de Ámsterdam o París, y a recoger los recién llegados. Y así preparaba su desgracia. Porque el rumor de que en Ombrosa había un clérigo que estaba al corriente de todas las publicaciones más excomulgadas de Europa, llegó hasta el tribunal eclesiástico. Una tarde, los esbirros se presentaron a nuestra villa para inspeccionar la pequeña celda del abate. Entre sus breviarios encontraron las obras de Bayle, todavía con las hojas por cortar, pero eso bastó para que lo prendiesen allí mismo y se lo llevasen con ellos.
 Fue una escena muy triste, en aquella tarde nublada, la recuerdo tal como la vi, asustado, desde la ventana de mi habitación y dejé de estudiar la conjugación del aoristo porque ya no habría más clase. El viejo padre Fauchelafleur se alejaba por la alameda entre aquellos valentones armados y alzaba los ojos a los árboles y en cierto momento pegó un brinco, como si quisiera correr hacia un olmo y trepar a él, pero le fallaron las piernas. Cósimo ese día estaba de caza en el bosque y no sabía nada; por lo que no se despidieron.
 No pudimos hacer nada para ayudarlo. Nuestro padre se encerró en su habitación y no quería probar bocado porque tenía miedo de que lo envenenaran los jesuitas. El abate pasó el resto de sus días entre cárceles y conventos en continuos actos de abjuración, hasta que murió, sin haber comprendido, tras una vida entera dedicada a la fe, en qué creía, pero tratando de creer firmemente en ella hasta el final.
 De cualquier forma, el arresto del abate no implicó ningún perjuicio a los progresos de la educación de Cósimo. De esa época data su correspondencia epistolar con los mayores filósofos y científicos de Europa, a quienes se dirigía para que le resolvieran problemas y objeciones, o incluso sólo por el placer de discutir con los espíritus mejores y al mismo tiempo ejercitarse en las lenguas extranjeras. Lástima que todos sus papeles, que él guardaba en cavidades de árboles que nadie más conocía, no se hayan encontrado nunca, y sin duda habrán acabado roídos por las ardillas o enmohecidos; se encontrarían cartas escritas de puño y letra por los sabios más famosos del siglo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1985, en traducción de Francesc Miravitlles. ISBN: 84-322-2245-3.]

miércoles, 7 de agosto de 2019

De un experto en demoliciones. Críticas para Le Chat Noir.- Léon Bloy (1846-1917)

Resultado de imagen de leon bloy 

León XIII y la conspiración de los imbéciles (Inédito)
I

«Está escrito que la cantidad de imbéciles es infinita. Juzguen la fuerza destructiva de semejante conspiración. León XIII lanzó una nueva advertencia a la supuesta sociedad cristiana, a la que tantas veces se ha advertido en vano. No cabe duda de que la encíclica que acaba de ser publicada in extenso no será mucho más escuchada que las bulas de Clemente XII y Benedicto XIV durante el último siglo.
 En la primera de ellas, fechada el 27 de abril de 1738, el papa, "al reflexionar sobre los grandes males causados por la sociedad clandestina denominada francmasónica, que le hacía temer por la tranquilidad de los estados y por la salud de las almas, prohibía a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, promoverla, agregarse a ella y asistir a sus reuniones".
 Esta excomunión, reservada especialmente al sumo pontífice, implicaba el más formidable carácter de reprobación y sólo él podía conceder su absolución.
 El 18 de mayo de 1751, Benedicto XIV confirmaba mediante una segunda bula la constitución apostólica de su predecesor en todas sus disposiciones. Estos actos de la autoridad religiosa suprema fueron renovados en 1821 por Pío VII, en 1825 por León XII -aterrorizado por el avance de la secta- y, por último el 25 de septiembre de 1865 por Pío IX, quien tuvo el honor de protestar prácticamente solo, con gran energía y arriesgando su propia vida , contra todas las sandeces homicidas de su siglo.
 De este modo, queda perfectamente establecido que no se puede ser al mismo tiempo francmasón y católico. Sin embargo, parece que es algo terriblemente difícil de comprender, pues no sólo los imbéciles que conforman la inmensa mayoría de las naciones, sino también un buen número de intelectuales no han conseguido enterarse.
 Hoy, el desventurado sucesor de Pío IX renueva la reprobación. ¿Volverá alguien a escucharla y a creérsela? La infalibilidad doctrinal del santo padre es una simple falacia para el noventa y nueve por ciento de la humanidad civilizada, e incluso se trata de un interrogante para muchos católicos ruinosos, semejantes al padre Didon, que carecen de la virilidad necesaria para optar entre una verdadera apostasía y la perfecta adhesión del corazón.
 ¿Pero cómo quieren ustedes que una sociedad tan profundamente mediocre acoja unas proposiciones tan absolutas y rigurosas?
 Dios es el autor de la soberanía y de la sociedad civil; aquéllos sobre quienes recae la soberanía deben ser considerados cooperadores o ministros de Dios. Es totalmente falso que los pueblos tengan el derecho de librarse de la obediencia según su voluntad.
 Seguro que un encogimiento de hombros nacional será el único efecto de este clamor paternal sobre nuestra república de soberbios decrépitos, y el antiguo honor de Francia, en absoluto recuperado, continuará revolcándose y agonizando por el suelo, asesinado por banqueros y venerables.

II

La francmasonería referida por la encíclica y la vieja herejía jansenista tienen en común que no se desenmascaran en ningún caso y que jamás han consentido triunfar por la ostentación de su poder. Por contra, tanto una como la otra han adorado siempre el secreto y el argot del misterio.
 El victorioso procedimiento del jansenismo consistía en negarse a sí mismo, en no dejar de declarar su perfecta sumisión a la autoridad eclesiástica y en considerar que se dirigían a los demás las sanciones o condenas que esta autoridad ridiculizada le atribuía a él directamente.
 A su vez, los francmasones defendían invariablemente su inalterable simplicidad. No son más que un puñado inofensivo de personas asociadas con un fin filantrópico, risueñas y sin ninguna intención de actuar directa o indirectamente en nada. Así se expresaba, hace varios días, el periódico Le Temps, voz acreditada de todas las idioteces intermedias, tras la lectura del resumen de la encíclica. 
 En la mente de León XIII -decía-, todo el mal proviene de la francmasonería... Eso demuestra una noción claramente exagerada de la acción de la francmasonería en nuestra época y creemos que León XIII, a pesar de su habitual lucidez, confunde los tiempos y la situación... La francmasonería es sólo un medio de acercamiento pacífico entre un determinado número de personas. Es como un gran círculo donde las conversaciones, las alocuciones y las ceremonias tradicionales sustituyen a las cartas y al billar. Es sobre todo una institución de beneficencia contra la cual no existe hoy en día ninguna razón de luchar. Si el papa quiere encontrar las causas de los males de los que se queja, debe buscar en otro lugar.
 Ése es el constante sofismo de estos Tartufos insignes. Por mucho que las refutaciones históricas más atroces los dejen en evidencia, no pierden la compostura y jamás se esfuerzan en disfrazar sus nuevas mentiras. Siempre presumen de una humanidad bonachona y modesta, satisfecha de progresar con lentitud y desdeñosa hacia las intrigas subterráneas de las que se les acusa. Las revoluciones, según ellos, son los frutos naturales del terreno social sembrado por el viento de las filosofías, madurados bajo el sol de la razón.
 Pero, para ser estrictos, hay que distinguir entre dos tipos de francmasones. Según su propio testimonio, de los ocho millones de adeptos repartidos por el universo, "no hay más que quinientos mil miembros activos". Los demás sólo comen, beben, cantan y pagan. Es el inmenso ejército de los imbéciles, el criadero, siempre lleno, de la bufonería orgullosa, rebelde sólo ante la autoridad de la Iglesia, de donde los ocultos cocineros de la alta iniciación extraen a su antojo las combinaciones diabólicas de su política.
 Entre los miembros de la secta -dice la encíclica-, tal vez sean muchos los que, aunque no estén exentos de falta por haberse afiliado a tales sociedades, tampoco estén involucrados en sus actos criminales e ignoren el objetivo final que esas sociedades se esfuerzan en alcanzar.
 Con total seguridad se puede presentar a este bonito rebaño como la obra maestra ideal del embrutecimiento humano, consecuencia de una simple transposición de la ley de obediencia.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Berenice, 2014, en traducción de Teresa Lanero. ISBN: 978-84-15441-62-5.]

lunes, 13 de mayo de 2019

El hombre de Apulia.- Horst Stern (1922-2019)


Resultado de imagen de horst stern 
El hombre de Apulia

«El tiempo exige algo terrible a los hijos de los soberanos que los utilizan como peones en su lucha política, echando a perder para toda la vida el recuerdo de su infancia. Si bien no puedo compartir el lamento general del historiador sobre el curso de mi primera juventud, lo cierto es que crecí en un ambiente  salvaje, más dedicado al juego que a los deberes propios de un muchacho, libre de educadores clericales y sus hábitos enmohecidos y de polvorientas institutrices de la corte y libre también de la etiqueta y los deberes de gobierno. Fui, por lo tanto, mucho más niño que rey, mientras a Enrique le ocurrió lo contrario. Todos -emperador y Papa, obispos y príncipes- le arrastramos en nuestra lucha por el poder desde la cuna hasta la tumba. Aún vestía pañales cuando tuve que coronarle rey de Sicilia en 1212, antes de mi marcha a Alemania, por urgente deseo del Papa. De lo contrario, Inocencio III no hubiera hecho nada para impedir que Otto fuese entronizado como nuevo rey de Alemania. Más tarde, cuando ya era emperador, tuve que prometer a Inocencio que renunciaría a todo ejercicio del poder en Sicilia y dejaría el estado normando en manos del Papa, con Enrique, todavía muy niño, como rey menor de edad y vasallo de la Santa Sede, que de este modo pudo evitar durante muchos años el mordisco de las tenazas de los Hohenstaufen en torno a Roma.
 En esta época contaba Enrique sólo un año de edad y por ello no le preocupaba todavía nuestra primera degradación ni que su pequeña alma fuese material de juego en la lucha por el poder en Europa. Sin embargo, cuando empezó a tener uso de razón en el año '16, mandé llevar al pequeño de cinco años a Alemania, no porque le echara de menos ni por amor paternal, sino por cálculo político: el poderoso Papa Inocencio, que se veía a sí mismo como el verus Imperator de la cristiandad, se aproximaba a su fin terrenal y hacía tiempo que yo había concertado con los príncipes alemanes la elección de Enrique como rey de Alemania. Hacía dos semanas justas que había muerto Inocencio  cuando coronaron con prontitud al niño... para gran indignación del nuevo Papa Honorario, que, políticamente, no llegaba a su antecesor en la Santa Sede ni a la suela del zapato.
 Esta elección fue ciertamente otro abuso contra Enrique, pues los príncipes alemanes, en especial los eclesiásticos, no le eligieron por amor a él o a mí, el padre, sino única y exclusivamente porque, como ya he dicho, así podrían comprarme algunas regalías, muy gratificantes, aparte de que veían todos con muy buenos ojos tener un rey niño para poder ejercer ellos el poder sin ninguna traba. En lo que a mí respecta, utilicé dos veces al hijo para mi diplomacia: ni era mi intención cumplir la promesa dada a Inocencio de abstenerme de todo ejercicio del poder en Sicilia en favor de Enrique, ni pensaba abandonar la idea imperial -a la que había renunciado ante él- de unir a Alemania y la Italia lombarda con el Estado siciliano-apuliano bajo un solo gobierno (el mío). Al débil Honorio pude tranquilizarle comunicándole mi larga ausencia de Europa en una cruzada; mientras tanto, el niño Enrique permanecería bajo la tutela de Engelbert von Borg, arzobispo de Colonia, hombre d confianza del Papa y gubernator de Alemania.
 En 1217 nombré a Enrique duque de Suabia y le otorgué el sello de Suevorum dux para que por lo menos pudiera firmar, ya que no sabía leer ni escribir; tenía seis años. En 1219 le abrumé con la dignidad de rector del reino vecino de Borgoña, la patria de origen de mi abuela y esposa de Barbarroja, Beatriz. En 1220, en Frankfurt, por deseo (que compré con la cesión de algunas regalías) de los príncipes alemanes, fue elegido rey, un niño de ocho años muy cómodo para ellos, que ahora ya era rey por partida doble: de Sicilia y de Alemania y que en 1222 fue coronado por Engelbert en Aquisgrán rey romano de pleno derecho.
 Cuando me separé del muchacho en 1220, el año de mi coronación como emperador, no sólo le había arrebatado el alma y empujado al camino de una juventud en que necesariamente tenía que asfixiarse bajo tanta púrpura, sino que también le quité a la madre. Constanza, que me lo había traído a Alemania en 1216, viajó conmigo de regreso a Italia para nuestra coronación conjunta por Honorio en Roma. Los sucesos de Hagenau no le habían pasado por alto porque yo no tardé en renunciar a las primeras tímidas tentativas de ocultárselos, en un rebelde alarde a favor de los derechos de la naturaleza y la majestad. Pero no quise añadir a su dolor, que tenía algo que ver con su edad mucho mayor que la mía, la humillación de mantenerla alejada, además de mi cama, del trono imperial preparado en Roma para nosotros. Guardó silencio acerca de todo y dejó para siempre a su hijo (esto lo intuyó) entre un pueblo cuya lengua ella ni siquiera entendía ni se había esforzado por entender. Murió dos años después de la coronación romana. Fue enterrada en la catedral de Palermo, única entre mis esposas cerca de mi abuelo Roger, mi padre Enrique y mi madre Constanza. En su antiguo sarcófago hice esculpir las siguientes palabras, influidas por sentimientos de afecto y de culpa: Fui la reina Constanza de Sicilia y esposa de emperador. Aquí descanso ahora, Federico, tuya. Coloqué en su tumba mi propia corona real siciliana.
 Durante quince años no volví a pisar suelo alemán. Hacía más de diez años que no veía a Enrique y esto no fue bueno para él; ya lo he escrito antes. En 1232, en el Cividale de Friul, adonde le mandé acudir a la recepción de la corte, después de que el año anterior él no atendiera mi invitación a Ravena, le hice jurar obediencia y amor a mi persona y a los príncipes de Germania, de los cuales depende (así los adulé) nuestra exaltación y nuestra caída. Debía pedir por carta al Papa que le excomulgara por perjurio. De este modo reconquisté a los príncipes y perdí de nuevo al hijo. Enrique volvió a Alemania y yo regresé a Apulia. Naturalmente -es decir, por la naturaleza de un hijo que se pudre a la sombra de un padre demasiado poderoso-, cayó una vez más en la desobediencia: la única posibilidad para él de no tener que pasar de largo cada espejo. Cuando volví a Alemania al cabo de tres años, emperador del mundo desde hacía tiempo gracias a la reconquista del Santo Sepulcro de manos de los árabes y mi propia coronación allí como rey de Jerusalén, el hijo no encontró a su padre sino a un juez, que en la cólera por la molesta perturbación de sus círculos imperiales no se percató de que el hijo, en un gesto de la máxima sumisión, cubrir el suelo con su cuerpo juvenil, enterraba bajo sí los escombros de su infancia y los restos de su amor por su padre.
 Le hice enterrar en la catedral de Cosenza con los honores propios de un rey. ¡Ay de mí, que por sentimientos de culpa y remordimientos de conciencia -todo lo que escribo ahora ya lo presentí entonces- no supe encontrar el camino hacia el hijo ni siquiera a la hora de su muerte! Un fraile mendicante le cerró el ataúd, un último servicio de amor que yo había prestado en sus entierros a santa Elisabeth en Marburgo y a Carlomagno en Aquisgrán, pero no al propio hijo en Italia.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1988, en traducción de Pilar Giralt Gorina. ISBN: 84-226-2471-0.]