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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Vacas, cerdos, guerras y brujas.- Marvin Harris (1927-2001)

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El macho salvaje

  «Si prescindimos de la concepción y de la especialización sexual relacionada, la asignación de roles sociales en base al sexo no se deriva automáticamente de las diferencias biológicas entre hombre y mujer. Si sólo conociéramos los hechos de la biología y anatomía humanas, no podríamos predecir que las hembras fueran el sexo socialmente subordinado. La especie humana es única en el reino animal, ya que no hay correspondencia entre su dotación anatómica hereditaria y sus medios de subsistencia y defensa. Somos la especie más peligrosa del mundo no porque tengamos los dientes más grandes, las garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen las funciones de dientes, garras, aguijones y piel con más eficacia que cualquier simple mecanismo anatómico. Nuestra forma principal de adaptación biológica es la cultura, no la anatomía. No cabe esperar que los hombres dominen a las mujeres por el mero hecho de ser más altos y más fuertes, más de lo que cabe esperar que la especie humana sea gobernada por el ganado vacuno o los caballos, animales cuya diferencia de peso con respecto al marido corriente es treinta veces superior a la existente entre éste y su esposa. En las sociedades humanas, el dominio sexual no depende de qué sexo alcanza un mayor tamaño o es innatamente más agresivo, sino de qué sexo controla la tecnología de la defensa y de la agresión.
 Si sólo conociera la anatomía y capacidades culturales de los hombres y de las mujeres, me inclinaría a pensar que serían las mujeres, y no los hombres, quienes controlarían la tecnología de la defensa  y de la agresión y que si un sexo tuviera que subordinarse a otro, sería la hembra quien dominaría al varón. Aunque quedaría impresionado por el dimorfismo físico -mayor altura, peso y fuerza de los varones- en especial en relación con las armas que se manejan con la mano, todavía me causaría mayor asombro algo que las hembras tienen y que los hombres no pueden conseguir, a saber, el control del nacimiento, el cuidado y la alimentación de los niños. En otras palabras, las mujeres controlan la crianza, y gracias a ello pueden modificar potencialmente cualquier estilo de vida que las amenace. Cae dentro de su poder de negligencia selectiva el producir una proporción entre los sexos que favorezca mucho más a las hembras que a los varones. También tienen el poder de sabotear la "masculinidad" de los varones, recompensando a los chicos por ser pasivos en vez de agresivos. Cabría esperar que las mujeres centraran sus esfuerzos en criar hembras solidarias  y agresivas en vez de varones y, por añadidura, que los pocos supervivientes masculinos de cada generación fueran tímidos, obedientes, trabajadores y agradecidos  por los favores sexuales. Predeciría que las mujeres monopolizarían la dirección de los grupos locales, serían responsables de las relaciones chamánicas con lo sobrenatural y que Dios sería llamado ELLA. Finalmente, esperaría que la forma de matrimonio ideal y más prestigioso sería la poliandria, en la cual una sola mujer controla los servicios sexuales y económicos de varios hombres.
 Algunos teóricos que vivieron en el siglo XIX postularon en realidad este tipo de sistemas sociales dominados por las mujeres como la condición primordial de la humanidad. Por ejemplo, Friedrich Engels, quien tomó sus ideas del antropólogo americano Lewis Henry Morgan, creía que las sociedades modernas habían pasado por una fase de matriarcado en la cual la filiación se trazaba exclusivamente por la línea femenina y en la que las mujeres dominaban políticamente a los hombres. En la actualidad, muchos movimientos de liberación de la mujer continúan creyendo en este mito y en sus consecuencias. Probablemente, los varones subordinados rechazaron y derrocaron a las matriarcas, les arrebataron sus armas y, desde entonces, han estado conspirando para explotar y degradar al sexo femenino. Algunas mujeres que admiten este tipo de análisis arguyen que sólo una contraconspiración militante, equivalente a una especie de guerra de guerrillas entre los sexos, podría instaurar el equilibrio entre el poder y la autoridad masculinos y femeninos.
Vacas, cerdos, guerras y brujas: Los enigmas de la cultura: Amazon.es:  Harris, Marvin: Libros Hay un planteamiento incorrecto en esta teoría: nadie ha podido demostrar jamás un solo caso que fuera representativo del verdadero matriarcado. La única evidencia para esta fase, prescindiendo de los antiguos mitos de las amazonas, es que aproximadamente de un 10 a un 15% de las sociedades del mundo trazan el parentesco y la filiación exclusivamente a través de las hembras. Pero el cálculo de la filiación a través de las hembras es la matrilinealidad, no el matriarcado. Aunque la posición de la mujer en los grupos de parentesco matrilineales tiende a ser relativamente buena, faltan los rasgos principales del matriarcado. Son los varones, en definitiva, quienes dominan la vida económica, civil y religiosa y quienes gozan del acceso privilegiado a varias esposas a la vez. Si el padre no es la principal autoridad dentro de la familia, tampoco lo es la madre. La figura autoritaria en las familias matrilineales es otro varón: el hermano de la madre (o el hermano de la madre de la madre o bien el hijo de la hermana de la madre de la madre).
 El predominio de la guerra acaba con la lógica que constituye la premisa de la predicción del matriarcado. Las mujeres están capacitadas teóricamente para resistir e, incluso, subyugar a los varones a los que ellas mismas han alimentado y socializado; pero los varones criados en otra aldea o tribu presentan un tipo diferente de desafío. Tan pronto como los varones empiezan, por la razón que sea, a llevar el peso del conflicto intergrupal, las mujeres no tienen otra opción que criar el mayor número posible de varones feroces.
 La supremacía del varón es un caso de "realimentación positiva" o de lo que se ha llamado "amplificación de la desviación": el proceso que se produce cuando las instalaciones de micrófonos y altavoces recogen y reamplifican sus propias señales, produciendo chirridos que parecen taladrar la cabeza. Cuanto más feroces son los varones, mayor es el número de guerras emprendidas y mayor la necesidad de los mismos. Asimismo, cuanto más feroces son los varones, mayor es su agresividad sexual, mayor la explotación de las hembras y mayor la incidencia de la poliginia, el control que ejerce un solo hombre sobre varias esposas. A su vez, la poliginia agrava el déficit de mujeres, aumenta  nivel de frustración entre los varones jóvenes e incrementa la motivación para ir a la guerra. La amplificación alcanza un clímax intolerable; se desprecia y se mata en la infancia a las mujeres, lo que obliga a los hombres a emprender la guerra para capturar esposas y poder criar así un mayor número de hombres agresivos.
 Para comprender la relación entre machismo y guerra es mejor que examinemos los estilos de vida de un grupo específico de sexistas militares primitivos. He elegido a los yanomamo, un grupo tribal de unos 10.000 amerindios que habita la frontera entre Brasil y Venezuela.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1992, en traducción de Juan Oliver Sánchez Fernández. ISBN: 84-206-1755-5.]

martes, 15 de enero de 2019

Iron John.- Robert Bly (1926)


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Capítulo I.- La almohada y la llave

«Se habla mucho acerca del "hombre americano", como si hubiese alguna cualidad constante que permaneciese inalterable a lo largo de las décadas, o inclusive a lo largo de una sola década.
 Los varones de hoy guardan poca o ninguna relación con el granjero saturnal de mentalidad arcaica y orgullosamente introvertido que llegó a Nueva Inglaterra en 1630 dispuesto a asistir a tres servicios seguidos en una iglesia sin calefacción. En el Sur se desarrolló un caballero expansivo y criado en un entorno matriarcal. Estos dos "hombres americanos" se parecían muy poco al codicioso empresario ferroviario que más tarde se desarrolló en el Noroeste y a los temerarios colonos sin cultura del Oeste.
 Aun en nuestra era, el modelo paradigmático ha cambiado enormemente. Durante la década de los cincuenta, por ejemplo, apareció un personaje americano con cierta consistencia que se convirtió en modelo de masculinidad adoptado por muchos varones: el hombre de los cincuenta.
 Trabajaba desde temprano, era responsable, mantenía a su mujer y a sus hijos y admiraba la disciplina. Reagan es una especie de versión momificada de este tipo tenaz. Esta clase de varón no tenía en demasiada consideración el alma de las mujeres, pero apreciaba su cuerpo; y su visión de la cultura y del papel que desempeñaban los Estados Unidos en ésta era infantil y optimista. Tenía muchas cualidades fuertes y positivas, pero bajo el encanto y la fanfarronería había, y sigue habiendo, mucho aislamiento, privación y pasividad. Necesita un enemigo para saberse vivo.
 Al varón de los cincuenta supuestamente le gustaba el fútbol, era agresivo, fiel a los Estados Unidos, incapaz de llorar y generoso. Pero en la imagen de este varón faltaban el espacio receptivo o el espacio íntimo. Su personalidad carecía de fluidez. Su psique carecía de compasión, lo que se vio claro en la loca persistencia en la Guerra de Vietnam, igual que, más tarde, la carencia de lo que podríamos llamar "zona ajardinada" en la cabeza de Reagan se tradujo en la insensibilidad y la brutalidad hacia los desposeídos en El Salvador, o hacia los ancianos, los parados, los colegiales y los pobres en general de los Estados Unidos.
 El varón de los cincuenta tenía una idea clara de lo que era un hombre, pero el confinamiento y la parcialidad de su visión revestían peligro.
 Durante la década de los sesenta, apareció otro tipo de hombre. La futilidad y la violencia de la Guerra de Vietnam hicieron que el hombre se preguntase si sabía realmente lo que significaba ser un varón adulto. Si la masculinidad significaba Vietnam, ¿querían ser varones? Mientras tanto, el movimiento feminista animó a los hombres a tener en cuenta a las mujeres, forzándolos a tomar conciencia de los problemas y los sufrimientos que el varón de los cincuenta se había esforzado por ignorar. A medida que los hombres empezaron a considerar la historia y la sensibilidad de las mujeres, algunos hombres empezaron a descubrir y prestar atención a lo que se denominaba su lado femenino. Este proceso ha seguido hasta nuestros días, y me atrevería a afirmar que la mayoría de los varones contemporáneos están involucrados en él de una manera u otra.
 Hay algo maravilloso en este desarrollo -me refiero a la práctica masculina de asumir y educar la propia conciencia "femenina"-, y esto es importante. En los últimos veinte años, el varón se ha vuelto más reflexivo, más tierno. Pero mediante este proceso, no se ha vuelto más libre. Es un buen chico que contenta no sólo a su madre sino también a la joven mujer con la que vive.
 En los setenta, empecé a detectar por todo el país un fenómeno que podríamos denominar "el varón suave". Incluso hoy en día, cuando hablo en público, más o menos la mitad de los varones jóvenes son del tipo suave. Se trata de gente encantadora y valiosa -me gustan-, y no quieren destruir la Tierra o dar comienzo a una guerra. Su forma de ser y su estilo de vida denotan una actitud amable hacia la vida.
 Pero muchos de estos varones no son felices. Uno nota rápidamente que les falta energía. Preservan la vida, pero no la generan. Y lo irónico es que a menudo se les ve acompañados de mujeres fuertes que definitivamente irradian energía.
 Nos encontramos ante un joven de fina sensibilidad, ecológicamente superior a su padre, partidario de la total armonía del universo y sin embargo con poca vitalidad que ofrecer.
 La mujer fuerte o generadora de vida que se graduó en los sesenta, por decirlo así, o que heredó un espíritu más viejo, desempeñó un papel importante en la creación de este hombre preservador, que no generador, de vida.
 Recuerdo una pegatina de los años sesenta en la que se leía: "LAS MUJERES DICEN SÍ A LOS HOMBRES QUE DICEN NO." Sabemos que hacía falta tanto valor para resistirse al reclutamiento, ir a la cárcel o exiliarse al Canadá, como para aceptar el reclutamiento e ir a Vietnam. Pero las mujeres de hace veinte años decían claramente que preferían al varón más suave y receptivo.
 De modo que el desarrollo del hombre se vio ligeramente afectado por esta preferencia. La virilidad no receptiva era equiparada a la violencia, mientras que la receptiva era premiada.
 Algunas mujeres enérgicas, tanto entonces como ahora en los noventa, elegían y siguen eligiendo a hombres suaves como amantes y, tal vez, como hijos. La nueva distribución de energía "yang" entre las parejas no se dio accidentalmente. Los jóvenes, por diversas razones, querían mujeres más duras y las mujeres empezaron a desear hombres más suaves. Durante un tiempo parecía un buen arreglo, pero ya lo hemos experimentado lo bastante como para saber que no funciona.»
     [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1993, en traducción de Daniel Loks Adler. ISBN: 84-226-4538-6.]