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domingo, 7 de enero de 2018

Estambul. Ciudad y recuerdos.- Orhan Pamuk (1952)


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33.-Colegio extranjero, extranjero en el colegio

«Otra cosa que se une en mi mente a los recuerdos de aquellos años, algo que hacía con los mismos sentimientos de culpa y soledad y que continué practicando mientras estudiaba arquitectura en la Universidad Técnica, era hacer novillos. No obstante, en realidad se trataba de una actividad que había iniciado hacía mucho, ya en la escuela primaria.
 Al principio, mientras estaba en la escuela primaria, hacía novillos porque me aburría, porque me daba vergüenza algún fallo del que nadie se había dado cuenta o porque sabía que aquel día habría vacunaciones. También me escapaba por razones que no tenían relación con la escuela, porque mis padres habían discutido o por simples y pura pereza e irresponsabilidad o porque había perdido la costumbre de ir después de alguna larga enfermedad durante la cual me habían tenido en palmitas en casa. Un poema que había que memorizar, el maltrato en secundaria de algún matón difícil de manejar, o, en el bachillerato y la universidad, la amargura, la depresión o la angustia existencial, todo eran excusas para escaparme de clase. A veces también hacía novillos simplemente porque era un gato hogareño. Huía porque cuando mi hermano estaba en clase yo me quedaba a solas con mi madre, porque solo podría hacer mejor lo que más me apeteciera en nuestro cuarto, porque, de hecho, hacía ya tiempo que había comprendido que no podría ser tan buen estudiante como mi hermano. Pero la verdadera razón era más profunda y se situaba en un lugar relacionado con la amargura.
 Empecé a hacer novillos porque mi abuela no podía conmigo el invierno en que tuvo que cuidarnos cuando mis padres se fueron a Ginebra, donde mi padre había encontrado trabajo  tras agotar todo el dinero que nos había quedado de mi abuelo. Cuando el portero Ismail Efendi, que nos llevaba todas las mañanas a la escuela, llamaba al timbre de la puerta, mi hermano salía con la cartera en la mano y yo, con mis ocho años, empezaba a dar vueltas por la casa mascullando alguna excusa: no había terminado de preparar la cartera, me había acordado en el último momento de algo que se me había olvidado, que si la abuela podía darme una lira, que si me dolía la barriga, que si los zapatos estaban mojados, que si tenía que cambiarme de camisa... Mi hermano, que notaba mis malas intenciones y al que no le gustaba llegar tarde a clase, decía: "Vámonos, Ismail, ya volverás luego a recoger a Orhan".
 La escuela a la que nos llevaba el portero, el liceo Işik, estaba a cuatro minutos de casa. Cuando Ismail Efendi regresaba para llevarme después de haber dejado a mi hermano, las clases ya estaban a punto de empezar. Perdía un poco más el tiempo, aparentaba culpar a los demás de algo que me faltaba o que no estaba listo o, mientras el portero me estaba esperando en la puerta, simulaba no haber oído el timbre por el dolor de barriga. Como todos aquellos embustes y numeritos me ponían bastante nervioso y gracias a la ayuda de la leche que cada mañana me veía obligado a tomar con odio (todavía podía sentir asqueado en la nariz su calor espumoso y su olor repugnante), la verdad era que la barriga me dolía un poco realmente. Poco después entraba en acción el corazón de mantequilla de mi abuela:
 -Bueno, Ismail, ya se ha hecho tarde y han debido tocar la campanilla hace rato. Ya puestos, que tampoco vaya hoy-. Y se volvía hacia mí frunciendo el ceño-. Pero mírame, mañana vas, ¿entendido? O llamaré a la policía. Y les escribiré una carta a tus padres.
 Años después, y ya que en el instituto nadie se enteraba si no iba a clase, hacer novillos se convirtió en algo mucho más placentero. Como el precio del sentimiento de culpabilidad hacía más valioso cada paso que daba por las calles de la ciudad y como no tenía ningún otro objetivo en la mente sino hacer novillos, durante mis paseos por las calles me fijaba en cosas que sólo podría ver alguien sin objetivo alguno, un holgazán, un vagabundo: las enormes alas del sombrero de esa señora, la cara quemada de ese mendigo, en la que nunca me había fijado a pesar de pasar a su lado todos los días, los barberos y sus aprendices leyendo el periódico en la barbería, la chica del anuncio de conservas en el muro lateral del edificio de enfrente, el interior del reloj en forma de hucha de la plaza de Taksim (si no me hubiera escapado del instituto nunca habría estado allí a esas horas para ver cómo lo arreglaban), la soledad de los establecimientos de hamburguesas, los cerrajeros, los traperos, los tapiceros y los colmados de las calles de atrás de Beyoğlu, las tiendas de filatelia, de instrumentos musicales, de libros viejos, de sellos de caucho o de máquinas de escribir de la cuesta de Yüksekkaldirim, y todo me resultaba tan real y bonito como nunca lo había notado en otros momentos, por ejemplo cuando pasaba por allí con mis amigos o cuando paseaba de niño con mi madre, y tan interesante que me habría gustado tocarlo. Compraba a los vendedores ambulantes que veía por la calle lo que más me apeteciera: roscos de pan, mejillones fritos, arroz, castañas, albóndigas a la parrilla, bocadillos de pescado, galletas de harina, ayran, jarabes... Tenía momentos de extrema felicidad, como cuando me paraba en un rincón con una botella de gaseosa en la mano y contemplaba a los niños jugar al fútbol en la calle (¿habrían hecho novillos como yo  o es que ni siquiera iban a la escuela?) o al bajar por una cuesta hasta entonces desconocida, pero también había otros en que no apartaba la mirada del reloj, en los que tenía la cabeza en lo que estarían haciendo en ese momento en el colegio o en los que me asfixiaban los sentimientos de culpabilidad y la amargura.
 Escapándome de clase en mis años de instituto descubrí Bebek, las calles de atrás de Ortaköy, las colinas de Rumelihisari, los muelles de los barcos de Rumelihisari, Emirgân e Ístinye, la mayor parte de los cuales todavía funcionaba entonces, y lo cafés de pescadores de los alrededores, los lugares donde se podía pasear en barca, los parajes a los que se podía ir en los barcos que salían de allí, el placer de montarme en los vapores del Bósforo, los pueblecitos de la ruta y las calles laterales en las que todavía se pueden ver viejas casas rumíes que no cierran las puertas de día, ancianas que dormían junto a las ventanas y gatos felices.
 Tras cometer aquellos delitos, tomaba muchas decisiones que me habrían de llevar por el buen camino: sería mejor estudiante, pintaría más, iría a Estados Unidos a estudiar pintura, no fastidiaría más a mis profesores norteamericanos, convertidos en caricaturas de pura buena voluntad, ni a los turcos, que de puro desalentados y malintencionados no sabían hacer más que fastidiarnos a su vez, y no me echarían más de clase. Con la ayuda de mis sentimientos de culpabilidad, en poco tiempo me transformé en un ambicioso "idealista". Gracias a dicho idealismo, podía condenar rápidamente y sin dudar lo más mínimo a todos los adultos, profesores o mayores por mentirosos, perezosos, hipócritas o numereros. Por aquellos años, para mí el pecado más imperdonable y más frecuente de los adultos era que no fueran lo bastante honestos, auténticos, originales o sinceros.»  
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Mondadori, 2006, en traducción de Rafael Carpintero Ortega. ISBN: 84-397-2029-7.]
 

miércoles, 10 de junio de 2015

"El sonido y la furia".- William Faulkner (1897-1962)


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Seis de abril de 1928

 "-Ya sé que no tienes ninguno de los libros: sólo quiero saber lo que has hecho con ellos, si no es demasiada indiscreción. Claro que a lo mejor no tengo ningún derecho a preguntártelo -digo yo-. Sólo soy el que pagué los once dólares y sesenta y cinco centavos que costaron en septiembre pasado.
 -Madre es la que me paga los libros -dice ella-. Yo no gasto ni un centavo tuyo. Antes me muero de hambre.
 -¿De verdad? -digo yo-. Cuéntale eso a tu abuela y verás lo que te dice. Y no me parece que andes por ahí desnuda -digo-, aunque eso que te pones en la cara te tapa más que toda la demás ropa que te echas encima.
 -¿Acaso crees que me la he comprado con dinero tuyo o de ella? -dice.
 -Eso pregúntaselo a tu abuela -digo yo-. Pregúntale a ella qué ha sido de esos cheques. Ya viste cómo quemaba uno de ellos, me parece.
 Ni siquiera me escuchaba. Tenía la cara embadurnada de pintura y los ojos fijos como los de un perro.
 -¿Sabes tú lo que haría yo si creyera que esta ropa se pagó con dinero tuyo o de ella? -dice Quentin, señalándose el vestido.
 -¿Qué es lo que harías? -digo yo-. ¿Vestirte con un barril?
 -Me la quitaría y la tiraría a la calle -dice ella-. ¿No me crees?
 -Seguro que lo harías -digo yo-. Lo haces siempre.
 -Vas a ver si lo hago -dice ella. Se agarró el escote del vestido con las dos manos y trató de desagarrarlo.
 -Si rompes ese vestido -digo yo-, te daré una zurra aquí mismo de la que no te olvidarás en toda la vida.
 -Pues vas a ver -dice ella. Entonces vi que quería rompérselo de verdad, arrancárselo. Cuando conseguí detener el coche  y cogerle las manos ya había una docena de personas mirando. Eso me puso tan furioso que durante un momento estuve como ciego.
 -Vuelve a hacer una cosa así y haré que te arrepientas de haber nacido -digo yo.
 -Lo siento -dice ella. Se quedó quieta, luego sus ojos adquirieron una expresión extraña y yo me digo: si te echas a llorar aquí en el coche, en mitad de la calle, te pego. Te mato a palos. Por suerte para ella no lo hizo, así que le solté las muñecas y seguí conduciendo. Además, estábamos cerca de una calleja por la que podíamos dar un rodeo y pasar por una calle poco transitada y evitar la plaza. Ya estaban montando la carpa en el solar de Beard. Earl ya me había dado los dos pases por poner los anuncios en el escaparate. Ella estaba sentada con la cara vuelta mordiéndose los labios. -Lo siento -repite-. No sé por qué habré nacido.
 -Y yo conozco por lo menos a otra persona que tampoco lo sabe -digo yo-. Me detuve delante del colegio. La campana ya había sonado y estaban entrando las últimas. -Al menos, esta vez has llegado a la hora -digo yo-. ¿Piensas entrar y quedarte o quieres que te acompañe y que te obligue a quedarte? Se bajó y cerró la puerta de golpe. -Acuérdate de lo que te he dicho -digo yo-. Lo haré, no lo dudes. Como vuelva a enterarme de que te escapas y andas por los sitios oscuros con uno de esos malditos polloperas...
 Ante esas palabras se dio la vuelta.
 -Yo no me escapo -dice-. Desafío a cualquiera que diga que sabe lo que hago.
 -Pero si lo sabe todo el mundo -digo yo-. Toda la gente de este pueblo sabe lo que eres. Pero esto no va a seguir así, ¿me oyes? Personalmente, a mí no me importa lo que hagas -digo-, pero tengo una posición que mantener en este pueblo, y no voy a permitir que ningún miembro de mi familia ande por ahí como si fuera una negra. ¿Me oyes?
 -No me importa -dice ella-. Soy mala y voy a condenarme y no me importa nada. Prefiero estar en el infierno que en un sitio donde estés tú.
 -Como vuelva a oír que has faltado a una sola clase, ya lo creo que preferirás estar en el infierno -digo yo-. Se dio la vuelta y atravesó el patio corriendo. -Que no me entere, recuérdalo -digo-. No miró hacia atrás".