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viernes, 22 de noviembre de 2019

La revolución romana.- Ronald Syme (1903-1989)

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IV.- César, dictador

«La melancolía que se apoderó de César ha dejado un testimonio insuperable: "Mi vida ha sido ya lo bastante larga, tanto si se cuenta en años como en gloria." Sus palabras fueron recordadas. El más elocuente de sus contemporáneos no tuvo inconveniente en plagiarlas.
 La cuestión de sus intenciones últimas resulta superflua. César fue muerto por lo que era, no por lo que pudiera ser en el futuro. La investidura de una dictadura vitalicia pareció burlar y disipar cualquier esperanza de una vuelta al gobierno normal y constitucional. Su soberanía era mucho peor que la hegemonía violenta e ilegal de Pompeyo. El presente era insoportable; el futuro, sin esperanza. Era necesario actuar de inmediato; la ausencia, el paso del tiempo y los sustanciosos beneficios de la paz y el orden podrían amortiguar el resentimiento de los hombres contra César, adaptando insensiblemente sus espíritus a la servidumbre y la monarquía. Una facción reclutada entre los elementos más dispares planificó y llevó a cabo el asesinato del Dictador.
 El Dictador mismo había declarado que su eliminación no sería un remedio para la República, sino una fuente de males mayores. Su dictamen fue reivindicado con sangre y sufrimientos, y la posteridad ha considerado apropiado condenar el acto de los Libertadores, pues así fueron llamados, como algo peor que un crimen, como una locura. El veredicto es prematuro y juzga por los resultados. Es demasiado fácil motejar a los asesinos de adeptos fanáticos de teorías griegas acerca de la virtud suprema del tiranicidio, ciegos a la verdadera naturaleza de las consignas políticas y a las necesidades urgentes del Estado romano. El carácter y los propósitos de Marco Bruto, la figura más representativa de la conspiración, podría dar unos visos de plausible a semejante teoría. Pero no es en modo alguno evidente que la naturaleza de Bruto hubiera sido muy distinta si nunca hubiera abierto un libro de filosofía estoica o académica. Es más, el verdadero motor del complot, el frío y militarista Casio, era un epicúreo convencido y todo menos un fanático. En cuanto a los principios estoicos, éstos podían sostener doctrinas de muy mal gusto para los republicanos romanos, como, por ejemplo, las de la monarquía o la fraternidad de los hombres. Las enseñanzas estoicas en realidad no hacían más que corroborar y defender en teoría ciertas virtudes tradicionales de la clase gobernante de un estado aristocrático y republicano. La cultura helénica no explica a Catón; y la virtus acerca de la cual Bruto escribió un volumen era una cualidad romana, no una importación extranjera.
 La palabra significa coraje, la virtud suprema de un hombre libre. La virtus lleva aparejadas a libertas y a fides, fundidas en un ideal arrogante de carácter y de conducta: firmeza en la resolución y en la acción, independencia de modales, de carácter y de lenguaje, integridad y fidelidad. El privilegio y el rango imponían deberes para con la familia, la clase y los iguales en primer lugar, pero también con los clientes y subalternos. Una oligarquía no podía sobrevivir si sus miembros se negaban a observar las reglas, a respetar "la libertad y las leyes".
 Para sus contemporáneos, Marco Bruto, firme de espíritu, recto y leal, grave y altivo en sus modales, parecía encarnar el ideal de aquel carácter, admirado por quienes no se preocupaban de imitarlo. No era la suya una personalidad sencilla, sino apasionada, vehemente y reprimida. Tampoco su conducta política se podía predecir del todo. Bruto hubiera podido ser un cesariano; ni él ni César estaban predestinados a ser seguidores de Pompeyo. Servilia educó a su hijo para odiar a Pompeyo, urdió la alianza cesariana y tenía pensado que Bruto casase con la hija de César. Su plan se frustró por el giro que tomaron los acontecimientos en el fatídico consulado de Metelo. César fue captado por Pompeyo; Julia, la novia destinada a Bruto, selló la alianza.
 Después de esto, las sendas de Bruto y de César siguieron rumbos muy divergentes durante once años. Pero Bruto, después de Farsalia, abandonó en seguida la causa perdida, obtuvo de César el perdón, la alta estima, el gobierno de una provincia y, por último, la pretura para el año 44 a.C. Aun así, Catón, apenas muerto, afirmó su viejo dominio sobre su sobrino con más fuerza que lo había hecho en vida. Bruto llegó a sentir vergüenza por su falta de lealtad, y compuso un folleto en honor del republicano que había muerto fiel a sus principios y a su clase. Después robusteció su vínculo familiar y su obligación de venganza, divorciándose de su Claudia y casándose con su prima Porcia, la viuda de Bíbulo. No había confusión posible sobre el significado del acto, y Servilia lo desaprobó. Había causas aún más profundas en la resolución de Bruto de matar al tirano: la envidia de César y el recuerdo de los amores de César, públicos y notorios, con Servilia. Pero, por encima de todo, para Bruto como para Catón, que estaban del lado de los ideales antiguos, la figura de César, ávida de esplendor, de gloria y de poder, parecía dispuesta a servirse de su nacimiento y de su rango para derribar a su propia clase; figura siniestra del aristócrata monárquico, recuerdo de los reyes de Roma y ruinosa para cualquier República.
 Bruto y sus adláteres podían invocar la filosofía o un antepasado que había liberado a Roma de los Tarquinios, primer cónsul de la República y el instaurador de la Libertas. Historia dudosa e irrelevante. Los Libertadores sabían lo que iban a hacer. Hombres honorables empuñaban la daga del asesino para matar a un aristócrata romano, a un amigo y a un benefactor por razones más sólidas que aquéllas. Se alzaban, sí, no sólo por las tradiciones e instituciones de la República Libre, sino muy precisamente por la dignidad y los intereses de su propio orden. La libertad y las leyes son palabras altisonantes. Muchas veces han de ser traducidas, mirándolas fríamente, como privilegio e intereses creados.
 No hace falta creer que César proyectase implantar en Roma una "monarquía helenística", cualquiera que sea el significado que se dé a esta expresión. La Dictadura era suficiente. El gobierno de los nobiles, se percataba él, era un anacronismo en un imperio mundial, y lo mismo el poder de la plebe romana cuando toda Italia gozaba de la ciudadanía. César era en realidad mucho más conservador y más romano de lo que muchos han imaginado, y ningún romano podía concebir el gobierno salvo mediante una oligarquía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Taurus, 1989, en traducción de Antonio Blanco Freijeiro. ISBN: 84-306-1299-8.]

miércoles, 7 de febrero de 2018

Una tumba para Boris Davidovich.- Danilo Kiš (1935-1989)


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La navaja con la empuñadura de palo de rosa
 
Los vínculos misteriosos
«A finales de noviembre de 1934, la policía de Anatovka arrestó a un tal Aymike, E. V. Aymike, bajo sospecha de haber causado el incendio del almacén de la empresa Digtaryev. Ese acontecimiento puso al descubierto una cadena de misteriosos y velados vínculos. En el momento en el que se inició el incendio, Aymike se refugiaba en la vecina taberna del pueblo, a la que los ochos de las ondulantes huellas de los neumáticos de su bicicleta, claramente dibujados en el espeso barro otoñal, guiaron a la policía, como si siguiera el hilo de Ariadna. La policía se llevó al asustado Aymike; después siguió una fantástica e inesperada confesión: había sido él quien informaba a las autoridades sobre las clandestinas reuniones políticas en el sótano de la casa de la calle Jefimovska 5. Además de un montón de confusos y contradictorios motivos que lo habían llevado a ese modo de actuar, aludió a sus simpatías hacia los anarquistas. No le creyeron. Después de aguantar un par de días más en la celda de aislamiento y arrinconado en una investigación de preguntas cruzadas, Aymike mencionó el caso de la muchacha asesinada. Ésa tenía que ser la prueba clave a su favor: como los miembros de la célula tenían motivos irrefutables para sospechar que alguien les estaba delatando, se veía obligado a sacrificar a alguno de los miembros. Hanna Krzyzewska, que se había agregado a la organización recientemente, había sido la más adecuada, por varios motivos, para ser proclamada traidora. Añadió una descripción detallada de la muchacha, el lugar y el modo del homicidio, como también el nombre del ejecutor.

 La confesión
 Cuando Checoslovaquia pactó con la Unión Soviética las ayudas mutuas y, con eso, por lo menos temporalmente, aplazó la delicada cuestión de las fronteras, a los cuerpos de policía de ambos países se les desvelaron los amplios horizontes de la mutua colaboración. La policía checa pasó a los soviéticos nombres de algunos alemanes de los Sudetes, reconocidos espías del Reich, y, a cambio, los soviéticos les ofrecieron datos sobre algunos antiguos ciudadanos checos, en su mayoría sin gran importancia para los servicios secretos soviéticos, o sobre aquellos que no podían explicar su huida a la Unión Soviética con claros argumentos ideológicos. Entre estos últimos, estaba el nombre de un tal Miksat Hantescu, llamado Miksa. Como las autoridades checas no vieron en él más que un asesino, pues no les resultaba difícil relacionar el caso de la muchacha asesinada, la desaparición de Hantescu y la declaración de Aymike, pidieron su extradición. No fue hasta entonces que las autoridades soviéticas prestaron atención al ciudadano M. L. Hanteshi, quien trabajaba en el sovjós Krasnaia Svoboda. Era un obrero muy trabajador en el matadero, dos veces stajanovista. Lo arrestaron en noviembre de 1936. Después de pasar nueve meses en la celda de aislamiento y, tras terribles torturas, en cuyo transcurso le sacaron casi todos los dientes y le rompieron la clavícula, Miksa pidió que le trajeran al interrogador. Le ofrecieron una silla, una hoja de papel de baja calidad y un lápiz. Le dijeron: "¡Escribe y déjate de exigencias!". Miksa escribió en su confesión, negro sobre blanco, que hacía algo más de un año había matado, cumpliendo con su deber hacia el Partido, a la traidora y provocadora Hanna Krzyzewska, pero negaba tajantemente haberla violado. Mientras escribía la confesión con su dura caligrafía de campesino, desde la pared del modesto despacho del investigador le observaba el retrato de aquél en el que había que tener fe. Miksa miró ese retrato, ese benévolo rostro sonriente, el buen rostro de un anciano sabio, tan parecido al de su abuelo, lo miró humildemente y con amoroso respeto. Después de meses de pasar hambre y sufrir palizas y torturas, aquél fue un momento positivo en la vida de Miksa, ese cálido y agradable despacho del interrogador en el que restallaba una vieja estufa rusa, como hacía mucho tiempo en la casa de la familia de Miksa en Bukovina, esa paz en la que no penetraban los gritos de los presos ni los mezquinos golpes, ese retrato que, de manera paternalista, le sonreía desde la pared. En una repentina exaltación religiosa, Miksa escribió su confesión: que había sido agente de la Gestapo, que trabajaba para socavar la autoridad soviética. En aquella ocasión, nombró a otros doce cómplices del gran complot. Éstos son sus nombres: I.V. Torbukov, ingeniero; I.K. Goldman, jefe de la planta de la fábrica química en Kamerovo; A.K. Berlicky, geodesta, secretario del partido de los sovjós; M.V. Korelin, juez del juzgado regional; F.M. Olsevska, presidente del koljós Krasnoyarsk; S.I. Solovyeva, historiadora; E.V. Kvapilova, profesor; M.M. Nehavkim, sacerdote; D.M. Dogatkin, físico; J.K. Maresku, tipógrafo; E.M. Mendel, artesano sastre; M.L. Yusef, sastre.
 A todos ellos les cayeron veinte años. El que había sido nombrado líder y organizador del complot, A.K. Berlicky, fue fusilado, acompañado por el estruendo de los motores de los tractores, al alba del 18 de mayo de 1938, en el patio de la prisión Butirek, junto a los veintinueve miembros de un segundo grupo conspirador.
 Mijaíl Hantescu murió de pelagra en el campo de prisioneros de Izvestkovo, en vísperas del Año Nuevo de 1941.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2006, en traducción de Nevenka Vasiljevic. ISBN: 978-84-96489-99-8.]

viernes, 22 de septiembre de 2017

"El año del Mono de Oro".- Colin Forbes (1923-2006)


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Primera parte: Los terroristas
1

«En enero se produjeron dos asesinatos de importancia en el Oriente Medio. El recién coronado rey de Arabia Saudí, que contaba 30 años de edad, fue asesinado mientras hacía el amor con una de sus numerosas esposas. Fue apuñalado por la espalda de modo tan brutal que la hoja del cuchillo penetró incluso en el cuerpo de la muchacha que yacía bajo él, atravesándole el corazón. Uno de sus primos asumió el poder nominal e hizo una inmediata declaración en la que afirmaba que no descansaría tranquilo hasta que las tropas árabes patrullasen por las calles de Jerusalén. Esto sirvió para tranquilizar a todo el mundo al este de Suez, ya que dejó en claro que el rey pensaba en la forma que se esperaba de él y estaba entregado a la causa del aniquilamiento del Estado de Israel.
 Pero la figura verdaderamente significativa de este drama era el hombre que lo había planeado. El jeque Gamal Tafak pasó a ser inmediatamente ministro del Petróleo y de Hacienda, dado que su predecesor en tales cargos se vio obligado a abandonar el país, al igual que tantos otros moderados, para salvar la vida. Tafak, fanático e inteligentísimo, creía sinceramente que, para recuperar Palestina, los árabes debían utilizar hasta las últimas consecuencias el arma del petróleo que el azar había colocado en sus manos. Fue a partir de este momento cuando el poder de los jeques se ejerció de un modo efectivo contra Occidente.
 El grifo del petróleo fue cerrado en enero, en medio de un durísimo invierno en Europa, y Tafak en persona visitó las capitales de Occidente para informar a sus preocupados anfitriones que esta vez, a diferencia de 1973, no habría concesiones...
 -Occidente no debe seguir apoyando a Israel ni con un solo vaso de agua -informó a los ministros de Asuntos Exteriores europeos-. Hasta tanto no se haya cumplido esta condición vamos a reducir el suministro de petróleo a Europa y Estados Unidos en un 50 por ciento. Es nuestra intención declarar el estado de bloqueo...
 Tafak estaba en Londres cuando unos jóvenes soldados a las órdenes directas del coronel Selim Sherif asesinaron a culatazos al hábil político que ocupaba la presidencia de Egipto. El propio Selim vació su revólver contra el presidente, ya moribundo; al cabo de unas pocas horas era proclamado nuevo presidente de Egipto. Y tranquilizó a las multitudes de El Cairo con un discurso que pronunció desde un balcón:
 -El traidor que se sentó a la mesa con nuestros enemigos ha muerto. En Occidente nos llaman monos, pero ahora les mostraremos cuál es la verdadera fuerza de los monos...
 Sherif hacía referencia a un artículo que había escrito un exasperado corresponsal de Washington en el que calificaba a ciertos jeques autócratas como "monos de oro, que amontonan el dinero en sus cajas fuertes mientras su pueblo aún sigue nómada por el desierto...". Sherif, que era un astuto propagandista, tomó esta frase y la amplió hasta incluir en ella a todo el mundo árabe.
 Había sucedido lo que más temía Occidente. Los líderes árabes moderados, que habían luchado con todas sus fuerzas para lograr una cooperación con el resto del mundo, habían sido barridos o enterrados. Y, como sucede a menudo cuando es un gran poder el que está en juego, los extremistas habían tomado las riendas. En Londres, poco después del discurso que pronunciara desde el balcón el coronel Sherif, también el jeque Gamal Tafak hizo su propio discurso en un banquete en la City... para gran consternación de sus anfitriones.
 -Esta vez no habrá naciones favorecidas, como en 1973. Todo Occidente debe sufrir como estamos sufriendo en Palestina, en donde una raza extraña oprime a nuestro pueblo, ha robado sus tierras y le ha convertido en una masa de refugiados, sin un Estado, sin patria, ni esperanza...
 Había empezado el Año del Mono de Oro...

 2
 Hacia el mes de marzo la reducción del suministro de petróleo estaba ahogando las economías de Europa, los Estados Unidos y el Japón. El precio había subido a treinta dólares el barril. El oro, el indicador de los desastres internacionales, estaba llegando al nivel de los 500 dólares la onza. Y el jeque Gamal Tafak regresó a Jeddah desde Washington, tras haber comunicado a los estadounidenses que por el momento no había ningún indicio de que la situación mejoraría.
 Para algunas personas era una pesadilla, para otras un sueño: la destrucción de Israel. Para Gamal Tafak, un hombre apuesto de cabello oscuro y negra barba, era un sueño que estaba a punto de ser realizado. Dentro de algunos meses los ejércitos árabes bajo el mando único del coronel Sherif, avanzarían y aplastarían al enemigo, ocupando su país. La ocupación tendría que ser seguida por medidas muy duras, que persuadiesen a los tres millones de israelíes que habitaban en Palestina de que la abandonaran para siempre.
 La clave del plan de Tafak era conseguir inmovilizar a Occidente en el momento crítico, para impedir el suministro de nuevas armas a Israel cuando este país estuviese al borde de su extinción. Mientras miraba hacia abajo desde el reactor, que ahora volaba sobre el Egeo, Tafak pensó que no dejaba de ser irónico que el plan que iba a hacer de él el árabe más famoso del siglo XX dependiese, en aquel momento, de dos europeos: un inglés y un francés.
 
 Jean Jules LeCat tenía 42 años y era un hombre con un pasado violento, un presente nada prometedor y un futuro sin esperanzas. Era lo bastante inteligente como para comprenderlo, por lo que se sintió muy aliviado cuando el brazo derecho del jeque Gamal Tafak en Argel, Ahmed Riad, mantuvo con él una entrevista secreta una semana después de su inesperada liberación de la prisión de la Santé de París. Riad le ofreció 200.000 dólares por llevar a cabo una matanza.
 -El aventurero inglés, Winter, estará nominalmente al mando de la operación -le dijo Riad-, pero usted matará a los rehenes. No creemos que Winter sea capaz de hacerlo a sangre fría...
 -No lo es -contestó LeCat-. Trabajamos juntos durante dos años en el Mediterráneo antes de que alguien me traicionase y fuera a dar con mis huesos en la Santé. Conozco a Winter. Está lleno de remilgos...
 A una persona normal aquella propuesta le habría parecido brutal. Para LeCat se trataba solamente de una misión muy peligrosa, pero que debía aceptar dada la importancia de la compensación económica. Y su violento pasado le hacía contemplar fríamente esta transacción.
 LeCat era el resultado de una breve relación entre una muchacha árabe y un capitán del ejército francés, antes de la Segunda Guerra Mundial. El niño nació en Constantina, Argelia, y su padre le arrancó en seguida de los brazos de su madre, que aceptó encantada unos cuantos centenares de francos con la condición de que nunca volviese a ver al niño. Luego de obtener el permiso necesario, Jules LeCat, el padre, llevó al chico a Francia.»