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martes, 2 de octubre de 2018

Fabliaux: cuentos franceses medievales.- Garin lo Brun (s. XII)


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La grulla

«Aunque he tardado en hacerlo desde que me lo pidieron, ahora quisiera componer un fabliau de una historia que oí contar en Vercelay, durante una partida de dados. Es muy breve y el que me la contó no suele mentir: escuche ahora quien quiera oír.
 Esto cuenta Garin que sabe contar: hubo una vez un noble que no era loco ni villano sino cortés y bien enseñado. Tenía una hija extraordinaria, de gran belleza, pero el noble señor no quería que la viesen demasiado ni que con ella hablase ningún hombre. Tanto la quería y apreciaba que la había encerrado en una torre; con ella sólo estaba su nodriza que no era tonta ni loca sino mujer prudente y de gran sabiduría. Había cuidado siempre de la doncella y la había educado.
 Un día por la mañana, quiso la nodriza preparar la comida de la doncella. Necesitaba una escudilla y se fue corriendo hasta la casa, que no estaba lejos, a buscar lo que necesitaba dejando abierta la puerta de la torre. Mientras tanto pasó por delante de la torre un joven que llevaba una grulla que había cogido: la llevaba en la mano derecha. La doncella, que estaba en la ventana, se entretenía mirándolo. Llamó al joven que llevaba la grulla y le dijo: "Querido amigo, dime, ¿qué pájaro es ése que llevas?" -"Señora, por todos los santos de Orleáns, es una buena y hermosa grulla". -"Por Dios, que es muy grande y gorda, nunca había visto una igual. Si quisieras te la compraría". -"Señora, si ello os place os la venderé." -"Sí, ¿qué te daré por ella?" -"Señora, es vuestra por un polvo." -"Por la fe que debo a San Pedro el apóstol, no tengo ningún polvo para darte a cambio; no te quiero engañar, si lo tuviese, así Dios me ayude, la grulla sería mía." -"Señora, bromeáis; estoy seguro de que si buscase, encontraría a montones; daos prisa y pagadme." Ella jura por Dios que nunca vio un polvo.
 "Joven, le dice, sube. Busca por arriba y por abajo, debajo de los bancos, de la cama, por donde quieras, a ver si encuentras un polvo." El joven era bastante cortés y subió rápidamente; simuló buscar por todos lados: "Señora, sospecho que está debajo de vuestra pelliza." Ella, que era ingenua y tonta, le dijo: "¡Ven y mira!" El joven no se lo hizo repetir: abrazó a la doncella que ya se alegraba con la grulla. La puso sobre la cama, le levantó la camisa y también las piernas. No tardó en encontrar lo que buscaba. La doncella le dijo suspirando: "Joven, buscas con demasiada brusquedad." Él, que estaba muy atareado, se echó a reír y contestó: "Es justo que os dé mi grulla, ya es vuestra." -"Has hablado bien, ahora vete."
 La dejó triste y pensativa. Salió de la torre y no tardó en llegar la nodriza. Vio la grulla y se le estremeció la sangre. Preguntó rápidamente: "¿Quién ha traído aquí este pájaro? Señorita, decídmelo." -"Lo he comprado yo. Se lo compré a un joven que me lo trajo aquí." -"¿Qué le diste?" -"Un polvo, señora, eso fue lo único que le di, por mi alma." -"¡Un polvo! ¡Desgraciada, infeliz! ¡Qué loca fui cuando os dejé sola! ¡Cien veces me siente mal cuanto he comido en mi vida! ¡Ahora sí que tengo un buen plato! Y me temo que por mucho tiempo." Por poco no perdió el juicio la nodriza, cayó al suelo desmayada. Cuando volvió en sí desplumó la grulla y la preparó. No la quería con ajos, le apetecía con pimienta. A menudo había oído decir en muchos sitios: la desgracia que acaba en el fogón vale más que la que no aprovecha. Aunque le pese, prepara la grulla y se va a buscar un cuchillo para vaciarla. La doncella volvió a mirar por la ventana; vio pasar de nuevo al joven muy contento de su aventura. La joven lo interpeló de inmediato: "Joven, venid aquí, mi nodriza se enfadó porque os habíais llevado mi polvo y me habíais dejado la grulla. Por favor, venid a devolvérmelo. No debéis enfadaros conmigo; venid y me dejaréis en paz." -"Con gusto, señorita, ahora subo." Volvió a tumbar a la joven y a meterse entre sus piernas. Cuando hubo acabado se fue, pero no dejó la grulla sino que se la llevó con él. Volvió la nodriza que quería ensartar el ave. "Señora, dijo la infeliz, no necesitáis ensartarla. Se la ha llevado el que sale por la puerta y os aseguro que me ha devuelto el polvo." Cuando la oye la nodriza se desespera y maldice: "¡Maldita sea la hora en que os guardé! Mala guardia hice cuando así estáis empolvada y yo sin grulla; yo misma di lugar a ello: el mal guardián da de comer al lobo."»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2005, en traducción de Felicia de Casas. ISBN: 84-376-1265-9.]
  

lunes, 10 de septiembre de 2018

Los cantos de Maldoror.- Conde de Lautréamont (1846-1870)


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Canto primero

«Plegue al cielo que el lector, enardecido y momentáneamente feroz como lo que lee, halle, sin desorientarse, su abrupto y salvaje sendero por entre las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno; pues, a menos que ponga en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual, como mínimo, a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro embeberán su alma como azúcar en agua. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro ese fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de adentrarte más por semejantes landas inexploradas, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia delante. Escucha bien lo que te digo: dirige hacia atrás tus pasos y no hacia adelante, como la mirada de un hijo se aparta, respetuosamente, de la contemplación augusta de la faz materna; o, mejor, como el ángulo perdiéndose en el horizonte de las friolentas grullas tan meditabundas que, durante el invierno, vuela poderosamente a través del silencio, con todas las velas tendidas, hacia un punto preciso del horizonte de donde, súbitamente, brota un viento extraño y fuerte, precursor de la tormenta. La grulla más vieja, que forma por sí sola la vanguardia, al verlo, mueve su cabeza como una persona razonable y, en consecuencia, también su pico que hace restallar, y no está contenta (tampoco yo lo estaría en su lugar), mientras su viejo pescuezo, desprovisto de plumas y contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en irritadas ondulaciones, presagio de la tempestad que se acerca cada vez más. Tras haber mirado, con sangre fría, varias veces a todas partes con ojos que atesoran experiencia, prudentemente, en primer lugar (pues a ella corresponde el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las demás grullas de inferior inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela, para rechazar al enemigo común, vira con flexibilidad el vértice de la figura geométrica (tal vez sea un triángulo, pero no se ve el tercer lado que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), bien a babor, bien a estribor, como un hábil capitán; y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, puesto que no es tonta, toma así otro camino filosófico y más seguro.
 Lector, tal vez desees que invoque el odio al comienzo de esta obra. ¿Quién te dice que no vas a respirar, bañado en innumerables voluptuosidades, tanto como lo desees, por tus orgullosas fosas nasales, amplias y delgadas, volviéndote panza arriba al igual que un tiburón, en el aire negro y hermoso, como si comprendieras la importancia de este acto y la no menor importancia de tu legítimo apetito, lenta y majestuosamente, sus rojas emanaciones? Te lo aseguro, alegrarán los dos informes agujeros de tu asqueroso hocico, ¡oh!, monstruo, siempre que antes te apliques en respirar tres mil veces seguidas la maldita conciencia del Eterno. Tus fosas nasales se habrán dilatado desmesuradamente de inefable satisfacción, de éxtasis inmóvil, y no pedirán al espacio, embalsamado como con perfumes e incienso, nada mejor; pues se habrán ahitado de felicidad perfecta, como los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los agradables cielos.
 Estableceré en pocas líneas que Maldoror fue bueno durante sus primeros años en los que vivió feliz; ya está hecho. Advirtió, luego, que había nacido malo: ¡fatalidad extraordinaria! Ocultó su carácter lo mejor que pudo durante muchos años, pero, por fin, a causa de esta concentración que no le era natural, cada día la sangre se le subía a la cabeza, hasta que, sin poder ya soportar semejante vida, se arrojó resueltamente a la carrera del mal... ¡grata atmósfera! ¡Quién lo hubiera dicho!, cuando besaba a un niño pequeño de rostro rosado hubiese querido rebanarle las mejillas con una navaja, y lo habría hecho con frecuencia si Justicia, con su largo cortejo de castigos, no se lo hubiera impedido cada vez. No era mentiroso, confesaba la verdad y decía que era cruel. Humanos, ¿habéis oído?, ¡se atreve a repetirlo con esta pluma temblorosa! De modo que existe un poder más fuerte que la voluntad... ¡Maldición! ¿Querrá la piedra sustraerse a las leyes de la gravedad? Imposible. Imposible que el mal quiera aliarse con el bien. Es lo que antes he afirmado.
 Los hay que escriben para conseguir los aplausos humanos, gracias a las nobles cualidades del corazón que la imaginación inventa o que pueden poseer. Yo, por mi parte, me sirvo del genio para pintar las delicias de la crueldad. Delicias ni efímeras ni artificiales, por el contrario, comenzaron con el hombre y terminarán con él. ¿No puede el genio aliarse con la crueldad en los secretos designios de la Providencia?, ¿o, acaso, el ser cruel impide tener genio? En mis palabras se hallará la prueba; sólo de vosotros depende escucharme, si así lo deseáis... Perdón, he creído que los cabellos se habían erizado en mi cabeza, pero no es nada, pues he conseguido fácilmente, con mi mano, colocarlos de nuevo en su posición inicial. El que canta no pretende que sus cavatinas permanezcan desconocidas, por el contrario, se envanece de que los pensamientos altivos y malvados de sus héroes estén en todos los hombres.
 He visto, durante toda mi vida, a los hombres de estrechos hombros, sin exceptuar uno solo, cometer actos estúpidos y numerosos, embrutecer a sus semejantes y pervertir las almas por todos los medios. Llaman «gloria» a los motivos de sus acciones. Viendo tales espectáculos quise reír como los demás, pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé una navaja cuya hoja tenía un filo acerado y me abrí las carnes en los lugares donde se unen los labios. Por un instante creí alcanzado mi objetivo. Miré en un espejo esa boca lacerada por mi propia voluntad. ¡Era un error! La sangre que corría en abundancia de ambas heridas impedía, además, distinguir si aquella era en realidad la risa de los demás. Pero, tras unos momentos de comparación, vi que mi risa no se parecía a la de los humanos, es decir, que no me reía. He visto a los hombres de fea cabeza y horribles ojos hundidos en las oscuras órbitas, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, el insensato furor de los criminales, las traiciones del hipócrita, a los más extraordinarios comediantes, la fortaleza de carácter de los curas y a los seres más ocultos para el exterior, los más fríos de los mundos y del cielo; fatigar a los moralistas hasta descubrir su corazón y hacer que caiga sobre ellos la cólera implacable de las alturas. Les he visto, todos a una, dirigiendo, unas veces, al cielo el más robusto puño, como el de un niño perverso ya contra su madre, excitados probablemente por algún espíritu infernal, con los ojos llenos de un remordimiento urente y rencoroso al mismo tiempo, en un silencio glacial, sin osar emitir las vastas e ingratas meditaciones que su seno albergaba, tan llenas de injusticia y horror estaban, y entristecer así de compasión al Dios de misericordia; otras, en todo instante del día, desde el comienzo de la infancia hasta el fin de la vejez, esparciendo increíbles anatemas, sin sentido común alguno, contra todo cuanto respira, contra sí mismo y contra la Providencia, prostituir a las mujeres y los niños y deshonrar, así, las partes del cuerpo consagradas al pudor. Entonces, los mares levantan sus aguas, engullen los maderos en sus abismos; los huracanes, los terremotos derriban las casas; la peste, las diversas enfermedades diezman las rezadoras familias. Pero los hombres no lo advierten. Les he visto, también, ruborizándose, palideciendo de vergüenza por su conducta en esta tierra; raras veces. Tempestades, hermanas de los huracanes; azulado firmamento cuya fuerza no admito; hipócrita mar, imagen de mi corazón; tierra de misterioso seno; habitantes de las esferas; universo entero; Dios que lo creaste con magnificencia, a ti te invoco: ¡muéstrame a un hombre que sea bueno!... Pero que tu gracia multiplique mis fuerzas naturales, pues ante el espectáculo de semejante monstruo puedo morir de asombro; por menos se ha muerto.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Sed de Belleza, en traducción de Luis Manuel Pérez Boitel. ISBN: 959-229-097-0.]

lunes, 9 de enero de 2017

"Sadako y las mil grullas de papel".- Eleanor Coerr (1922-2010)


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 Buenas señales

«Sadako nació para ser una gran corredora. Su madre solía decir que Sadako había aprendido a correr aun antes de saber caminar.
 Una mañana de agosto de 1954, Sadako se despertó, se vistió deprisa y salió corriendo a la calle. El sol de la mañana reflejaba mechas de color castaño rojizo en su pelo negro. No había ni una sola nube en el cielo azul, lo cual era una buena señal. Sadako siempre buscaba señales de buena suerte.
 En la casa, su hermana y sus dos hermanos todavía dormían plácidamente. Sadako se acercó a su hermano mayor, Masahiro, y le dijo:
 -¡Despiértate, holgazán! Hoy es el Día de la Paz.
 Masahiro protestó entre bostezos. Quería seguir durmiendo, pero, como a la mayoría de los chicos de catorce años, tampoco le faltaba el apetito. Apenas le llegó el rico olor de la sopa de verduras, se levantó. Mitsue y Eiji lo hicieron poco después.
 Sadako ayudó a Eiji a vestirse. El pequeño tenía seis años, pero a veces perdía un calcetín o la camisa. Luego dobló los edredones, ayudada por su hermana Mitsue, que tenía nueve años, y los guardó en el armario.
 Sadako entró como un torbellino en la cocina, gritando:
 -¡Mamá, me muero de ganas de ir al carnaval! ¿Está listo el desayuno?
 Su madre estaba cortando los rábanos para servirlos con el arroz y la sopa. Se detuvo, miró a Sadako severamente y le dijo:
 -Tienes once años. Ya eres lo suficientemente mayor para saber que hoy no es día de carnaval. Todos los años, el 6 de agosto, recordamos a los que murieron cuando la bomba atómica cayó sobre nuestra ciudad. Hoy es un día conmemorativo.
 El señor Sasaki entró en ese momento por la puerta de atrás.
 -Así es -dijo-. Sadako chan, debes ser más respetuosa. Tu propia abuela murió ese horrible día.
 -Pero yo respeto a Oba chan -se excusó Sadako-. Todas las mañanas rezo por su espíritu. Lo que sucede es que hoy me siento contenta...
 -Por cierto, es hora de rezar -dijo su padre.
 La familia Sasaki se congregó alrededor del pequeño altar presidido por una fotografía de Oba chan, enmarcada en un cuadro dorado. Sadako levantó la vista al techo y se preguntó si el espíritu de su abuela flotaría sobre el altar.
 -¡Sadako chan! -la regañó su padre.
 Sadako bajó la cabeza al instante. Mientras su padre hablaba, ella se entretenía moviendo los dedos de los pies. El señor Sasaki rezó para que los espíritus de sus antepasados hubiesen encontrado la paz y la felicidad. Dio gracias por su barbería y por los hijos tan buenos que tenía. Y rogó para que su familia fuese protegida de aquella enfermedad tan terrible, producida por la bomba atómica, que se llamaba leucemia.
 Muchas personas seguían falleciendo a causa de esa enfermedad. Aunque hacía ya nueve años que la bomba había caído sobre Hiroshima, el aire había quedado inundado de radiación, una especie de veneno que permanecía en el cuerpo de las personas durante mucho tiempo.
 Sadako se comió el arroz en un santiamén y se tomó la sopa a grandes sorbos. Masahiro aprovechó para comentar que algunas niñas comían como si fuesen dragones hambrientos. Pero Sadako no le prestó atención. Sus pensamientos estaban en otra parte: en el Día de la Paz del año anterior. Le encantaba el gentío, la música, los fuegos artificiales y podía saborear, en su mente, el delicioso algodón de azúcar.
 Sadako fue la primera que acabó de desayunar. Al levantarse de la mesa, casi la vuelca. Era más alta de lo normal para su edad y sus largas piernas siempre tropezaban con algo.
 -Acaba Mitsue chan -apremió Sadako-. Cuanto antes freguemos los platos, más rápido podremos salir.
  Una vez limpia y recogida la cocina, Sadako se ató las trenzas con unos lazos rojos y se plantó en la puerta de la casa a esperar impaciente.
 -Sadako chan -le dijo su madre con dulzura-, no saldremos hasta las siete y media. ¿Por qué no te sientas tranquila hasta que sea la hora de irnos?
  Sadako se dejó caer sobre la estera de tatami. Sus padres nunca tenían prisa por nada. Mientras esperaba sentada, observó una araña que se paseaba, atareada, de un lado a otro de la habitación. Una araña era señal de buena suerte. Ahora Sadako estaba convencida de que sería un magnífico día. Tomó la araña entre sus manos, con mucho cuidado, salió afuera y la puso en libertad.
 -¡Qué tontería! -dijo Masahiro-. Las arañas no traen buena suerte.
 -Ya lo veremos -le contestó Sadako alegremente.»