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lunes, 16 de marzo de 2020

La guerra de los mundos.- Herbert G. Wells (1866-1946)

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Libro segundo: La Tierra en poder de los marcianos
7.-El hombre de Putney Hill

«-[…] Todos ésos, toda esa gente que vivía en esas casas, todos esos malditos oficinistas que viven de ese modo, no sirven para nada. Carecen de valor, de sueños vigorosos y de enérgicos deseos, y, ¡Dios mío...!, ¿para qué sirve un hombre que carezca de estas cosas sino para temblar y esconderse...? Todas las mañanas se encaminaban a su trabajo (yo los he visto a centenares) con el bocado en la boca, corriendo a todo escape para no perder el tren correspondiente a sus abonos, temerosos de ser despedidos si no llegaban a tiempo; por la tarde, se volvían con el mismo paso, para que no se les enfriara la comida; luego se quedaban en sus casas por miedo a las cales solitarias; se acostaban con sus esposas, con las que se habían casado no tanto por necesitarlas, sino para que sus dinerillos les garantizaran la miserable carrera por el mundo. Se aseguraban la vida con compañías de seguros y ahorraban algunos cuartos en previsión de enfermedades. Y al llegar el domingo se dedicaban a temer la otra vida, ¡como si se hubiese hecho el infierno para los conejos...! Pues para estas gentes serán los marcianos una bendición: jaulas bonitas y espaciosas, alimento a discreción, crianza esmerada y ausencia de preocupaciones. Después de vagabundear una semana o dos por los campos con el estómago vacío, se dejarán coger alegremente. Al poco tiempo estarán satisfechos y no tardarán en preguntarse lo que hacían las gentes en el mundo antes de que los marcianos se cuidaran de ellas. ¿Y los borrachines y los jugadores y los cantantes? Desde aquí los veo, ¡sí!, los veo... -exclamó con tono de satisfacción sombría-. En ellos irá a refugiarse el sentimiento y la religiosidad; pero hay mil cosas que había visto yo toda la vida y que ahora empiezo a comprender. Hay gentes gordas y estúpidas que tomarán las cosas como vengan y muchas otras a quienes les torturará la idea de que va mal el mundo y es preciso hacer algo. Pero cuando las cosas se ponen de tal modo que empieza a creer la gente que es preciso hacer algo, los espíritus débiles y los que se debilitan a fuerza de pensar demasiado, acaban por formar una especie de religión del No Hacer Nada, muy piadosa y superior, y se someten a las persecuciones y a la voluntad de Dios. Ya lo habrá usted notado. Es la energía vuelta al revés por una ráfaga de miedo. En esas jaulas abundarán los cánticos, las letanías y las devociones... Y los que sean menos simples se inclinarán un poco al..., ¿cómo lo llama usted...?, al erotismo.
 Se calló un momento y prosiguió.
 -Es lo más probable que los marcianos tengan sus favoritos entre esa gente, que les enseñen a hacer monadas..., ¡sabe Dios...!, que dediquen versos sentimentales al pobre niño mimado a quien tengan que matar... Y a otros les enseñarán a cazarnos.
 -¡No! -respondí-. ¡Eso es imposible...! ¡Ningún ser humano...!
 -¿Por qué hemos de repetir eternamente tales majaderías...? Hay hombres que nos cazarán gustosos... ¡Es tonto pretender lo contrario!
 Su convencimiento me hizo callar.
 -¡Y si alguno me siguiera! ¡Cielo santo...! ¡Si alguno me siguiera! -y el rostro del artillero adquirió una expresión sombría.
 Yo también me puse a meditar sobre esas cosas. No se me ocurría argumento que oponer a sus razones. Antes de la invasión nadie hubiera discutido mi superioridad mental -la de un escritor reputado que se ocupa en cuestiones filosóficas, sobre la de un militar inculto-, y, sin embargo, esta hombre formulaba con claridad una situación cuando yo apenas acertaba a comprenderla.
 -¿Y qué hace usted? -le pregunté bruscamente-. ¿Cuál es su plan?
 Dudó antes de responderme.
Resultado de imagen de la guerra de los mundos seix barral -¡Pues bien..., éste es mi plan...! ¿Qué hemos de hacer? Tenemos que inventar un género de vida en la que puedan vivir los hombres, reproducirse y gozar de suficiente seguridad para educar a los hijos. ¡Sí...! Espere un segundo y le diré claramente lo que pienso que se debe hacer... Los domesticados por los marcianos se pondrán como todos los animales domésticos. Dentro de pocas generaciones serán gordos, hermosos, de sangre rica y estúpidos; ¡basura...! El peligro que corren los que conserven la libertad es el de volverse salvajes, el de degenerar en una especie de ratas salvajes... Porque yo creo que habremos de vivir bajo tierra. He pensado en las alcantarillas. Los que no las conocen se figuran que son parajes espantosos; pero bajo este Londres hay millas y más millas, cientos de millas, que en cuanto llueva varios días en la ciudad abandonada, se convertirán en habitaciones agradables y limpias. Las principales son bastantes grandes y aireadas para satisfacer al más exigente. Y desde los sótanos, las bóvedas y los almacenes situados bajo tierra se pueden abrir pasos fáciles de cerrar. Contamos también con los túneles y con el ferrocarril subterráneo. ¿Qué tal...? ¿Empieza usted a comprender...? Y constituimos una partida de hombres vigorosos e inteligentes, porque no vamos a recoger a todos los incapaces que quieran agregársenos... ¡Fuera los débiles!
 -¿Es lo que quería hacer usted conmigo?
 -Le diré..., yo parlamentaba...
 -Bueno, no hemos de reñir por eso. Continúe.
 -Los que vengan con nosotros tendrán que obedecer. También necesitamos mujeres vigorosas e inteligentes: madres y maestras. ¡Nada de señoritas quejumbrosas que pongan los ojos en blanco! No queremos idiotas ni incapaces. La vida vuelve a ser natural, y los inútiles, los engorrosos y los malos tienen que morir. Tienen que morir. Debieran morirse de buena voluntad. Después de todo, es una clase de traición al vivir para inficionar la raza. Y no pueden ser felices. Además, la muerte no es cosa tan horrible: es el miedo lo que la hace antipática... Nos reuniremos en esos lugares. Londres será nuestro distrito. Podremos hasta organizar un servicio de vigilancia para salir al aire libre cuando se alcen los marcianos, y acaso armar partidas de "cricket". Y de este modo salvaremos la raza. ¿Qué tal? ¿Es posible? Pero no todo consiste en salvar la raza; esto es lo que hacen las ratas. Lo que nos hace falta es salvar nuestro saber y aumentarlo. Para esto servirán los hombres como usted. Preparemos locales especiales en sitios muy profundos y llevaremos allí todos los libros que podamos; nada de novelas ni de versos; nada de tonterías, sino ideas, libros de ciencia. En eso emplearemos a hombres como usted. Iremos al Museo Británico y cogeremos todos los libros de ese género. Necesitamos conservar nuestros conocimientos científicos y agrandarlos mucho. Observaremos a los marcianos; les espiarán algunos de nosotros; iré yo mismo cuando esté todo organizado. Hasta habrá que dejarse coger. Lo principal es que dejemos en paz a los marcianos. Ni siquiera debemos robarles nada. Donde nos encontremos nos echamos a un lado. Tenemos que probarles que no nos guían malos propósitos. Sí, ya lo sé, pero son seres inteligentes y si nada les hace falta nos tratarán al fin como a gusanos inofensivos.
 Se detuvo el artillero y me agarró del brazo con una mano sucia.
 -Después de todo es muy posible que no necesitemos aprender gran cosa...»
     
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1984, en traducción de Ramiro de Maeztu. ISBN: 84-322-2210-0.]

martes, 30 de abril de 2019

Mecanoscrito del segundo origen.- Manuel de Pedrolo (1918-1990)


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6.-¿Es Alba la madre de la humanidad actual?

«Como algunos lectores ya saben y otros ignoran, el primer ejemplar del Mecanoscrito del segundo origen fue descubierto hace ahora cuatro mil doscientos dieciocho años por un erudito hoy prácticamente olvidado, Eli Raures, que lo retuvo sin publicar, hasta que al cabo de treinta y cuatro años una segunda copia de la obra cayó en manos de Olguen Dalmasas, un anticuario que, poco antes, lo había adquirido en un lote de objetos procedentes de la liquidación de los bienes de una familia campesina. Contra el parecer general, quiso ver en él una crónica, diario o memorias de uno de los escasos supervivientes de la gran catástrofe que, por motivos hasta entonces desconocidos, estuvo a punto de aniquilar totalmente la vida humana de nuestro planeta. Raures, que cuando se produjo este segundo hallazgo ya debía de tener ochenta años, sostenía que se trataba de una de tantas obras de aquello que los antiguos llamaban ciencia ficción, con la única particularidad de que ésta nos había llegado de forma mecanoscrita; el autor, argumentaba, había intentado resucitar un género que en aquellos momentos ya no tenía aceptación. Según él, el procedimiento Brau/Sorfa de datación, al cual había sometido al mecanoscrito (papel, tinta, tipo de letra), demostraba que el texto no era anterior a TT/1200.
 Durante la controversia entre los dos hombres, Dalmasas sostuvo: a) que la división del mecanoscrito en cuadernos hacía pensar que se trataba de la transposición de una obra anterior, probablemente manuscrita; en ese caso, las fechas que proporcionaba la datación Brau/Sorfa no afectaban a la antigüedad del texto; b) que el texto pretendía fundamentar de una manera suficientemente específica la denominación cronológica que ahora es la nuestra; c) que la escritura era demasiado ingenua a todos los niveles como para pertenecer a un profesional; y d) que se recogían, en forma de presente histórico, una serie de hechos que, más o menos desnaturalizados, nuestra civilización conserva en forma de leyendas o mitos.
 Eli Raures, que dejó de lado el argumento de la datación, quizá también porque le pareció lógico el que aquella división de los capítulos hiciera mención a un texto más antiguo, escrito a mano en distintos cuadernos, fue capaz de citar toda una retahíla de obras de ciencia ficción tan ingenuas o más, y se encogió de hombros ante los otros dos argumentos; el autor, dijo, no tenía ningún mérito "fundando" una datación que ya existía, y de la cual únicamente pretendía dar una explicación fantasiosa, ni buscando un origen arbitrario a aquellos mitos y leyendas sobre el origen que nutren nuestro folklore.
 Este criterio, quizá porque el texto ofendía a algunos tabúes de nuestra sociedad que aún hoy conservan su fuerza, fue el que prevaleció. Y es así como, bajo la etiqueta de "novela de ciencia ficción", el Mecanoscrito del segundo origen ha pasado a nuestros manuales y se ha editado, a intervalos espaciados, once veces más.
 Pero ahora, en TT/7138, estamos mejor informados. Lo estamos, concretamente, desde el año pasado, cuando los galaxonautas de nuestro último programa Alfa 3 descubrieron un planeta, ahora bautizado como Volvia, totalmente desierto, y en el cual aún quedan rastros de una civilización de tipo humanoide altamente evolucionada. Nuestros científicos han encontrado allí fragmentos de máquinas que podrán corresponder perfectamente a los platillos volantes o aviones mencionados en el mecanoscrito; y más importante y decisivo, han recogido allí unas placas de un metal prácticamente indestructible idénticas a las que encontramos citadas en nuestro texto. Igualmente importante es la existencia, en Volvia, de extensos archivos conservados en hojas del mismo metal, escritos con un llamémosle alfabeto que únicamente conoce varias formas de líneas y puntos. Todo esto es del dominio público.
 En cambio, no lo es el que los primeros resultados, aún parciales y sujetos a revisión, del trabajo de descifrado al que se dedican nuestros hombres de ciencia parecen señalar, entre otras cosas, dos puntos que nos interesan particularmente en relación con el mecanoscrito: una enfermedad epidémica de origen desconocido, que los médicos de Volvia no podían controlar, se iba extendiendo hace unos 8.000 años por el planeta y amenazaba con exterminar a todos sus habitantes, los cuales, y éste es el segundo punto que señalar, emprendieron una expedición ultragaláctica con vistas  a localizar otro planeta que reuniera unas condiciones ambientales semejantes al suyo y al que pudieran emigrar y, si podían, salvar la raza. Y siempre según esta interpretación, que, repetimos, no es definitiva, encontraron tres; uno de ellos, no hay duda, fue la Tierra. Pero estos planetas, o al menos el nuestro, estaban habitados y era necesario limpiarlos antes de poder instalarse en ellos.
 El procedimiento, que confirma los datos de nuestro texto, nos es muy familiar desde el conflicto bélico de TT/6028-30, cuando por primera vez uno de los contendientes descubrió y utilizó el sistema Grac/D, desde entonces prohibido, y gracias al cual aniquiló simultáneamente dos ciudades, Romana y Nuclis. Resulta claro que los habitantes de Volvia disponían ya de él unos cuantos miles de años antes, si bien no tan perfeccionado tal vez, puesto que las vibraciones microestructurales que utilizaron no eran lo bastante potentes como para destruir los edificios de raíz; sí lo eran, en cambio, para provocar el conocido colapso cardíaco que, en Romana y Nuclis, no dejó ni a una persona con vida. Por otra parte, es sabido que estas vibraciones únicamente pueden propagarse en un medio de una densidad más o menos homogénea, y por lo tanto no pueden comunicarse, por ejemplo, del aire al agua.
 Los volvianos, hemos dicho, querían instalarse en la Tierra. Pero no lo hicieron. ¿Por qué? Ahora entramos en el terreno de las conjeturas. Una de dos: o bien la epidemia progresó más rápidamente de lo que habían previsto, o bien prefirieron, en último extremo, emigrar a otro de los planetas que tenían en perspectiva. Si es esto último, un día lo sabremos; es inevitable que, tarde o temprano, nuestros galaxonautas acaben por encontrarlos.
 Todos estos datos, ignorados, naturalmente, cuando el erudito y el anticuario discutían entre sí, tienden a dar al Mecanoscrito del segundo origen la proyección histórica que, con una intuición tan acertada, pretendía Olguen Dalmasas. Es cierto que nunca se han encontrado ni los supuestos cuadernos originales ni el alma mortífera arrebatada a una criatura ajena a la Tierra, pero esto no puede sorprendernos; no es un argumento contra la autenticidad del mecanoscrito. Como tampoco es una prueba a favor el que actualmente perdure, todavía, el apellido Clarés.
 La obra, pues, fue escrita probablemente por uno de los pocos supervivientes del ataque de los habitantes de Volvia, por esa Alba que, con su compañero, pensó inmediatamente en salvar los archivos del saber humano, los libros, y en asegurar la continuidad de nuestra especie. Es hora, nos parece, de preguntarnos seriamente si Alba no será la madre de la humanidad actual. Nosotros nos inclinamos a afirmarlo. Tenía que ser alguien con un temple como el suyo.
                                                                                                                              El Editor.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1998, en traducción de Domingo Santos. ISBN: 84-226-7014-3.]

miércoles, 14 de marzo de 2018

Solaris.- Stanislaw Lem (1921-2006)


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 Los pensadores

«Al colocar el tomo de Gravinski en su sitio, encontré justo al lado -los libros estaban colocados por orden alfabético-, un pequeño folleto de Grattenstrom, apenas visible entre los gruesos lomos, una de las manifestaciones más peculiares de la literatura solariana. Se trata de una publicación que, en su esfuerzo por comprender lo extrahumano, estaba enfocada en contra de la gente, en contra del ser humano. Anteriormente, el autor había publicado unos sorprendentes apuntes acerca de ciertas ramas muy exactas y marginales de la física cuántica. El libelo que ahora tenía entre las manos era un trabajo extremadamente frío escrito por un autodidacta empeñado en demostrar, en menos de veinte páginas, que incluso los logros de la ciencia, los aparentemente abstractos, los más teóricos y basados en cálculos matemáticos, en realidad estaban a uno o dos pasos de la prehistórica, sensorial y antropomórfica idea del mundo que nos rodea. Entre las fórmulas de teoría de la relatividad, del teorema de campos magnéticos, de la paraestática y en la hipótesis del campo cósmico unificado buscó indicios del cuerpo humano, de la estructura de nuestro organismo,  de las limitaciones e imperfecciones de la fisiología animal del hombre; aquello llevó a Grattenstrom a la conclusión definitiva de que el Contacto del hombre con una civilización no antropomorfa ni humanoide nunca había sido, ni sería posible. Era un panfleto en contra de toda la especie que, sin mencionar en ningún momento el océano inteligente, lograba que su presencia, disimulada bajo un desdeñoso silencio triunfador, se percibiera casi en cada frase. Eso fue lo que sentí al familiarizarme por primera vez con el folleto de Grattenstrom. En cualquier caso, aquel trabajo era más una mera curiosidad que un ejemplo propiamente dicho de la literatura solariana y si se hallaba en la biblioteca clásica era porque Gibarian lo había colocado allí personalmente; fue él quien me animó a leerlo.
 Con cuidado y con una extraña sensación de respeto, volví a dejar la fina copia impresa, ni siquiera estaba encuadernada, en la estantería. Toqué con la punta de los dedos las verdes y marrones tapas del Almanaque Solarista. Era innegable que, pese al caos y la impotencia que nos rodeaban, gracias a las vivencias de los últimos diez días, habíamos alcanzado cierta certeza respecto de varias cuestiones básicas, en cuya investigación se había gastado un mar de tinta, puesto que había sido objeto de disputas, estériles por su carácter irresoluble.
 La cuestión de si el océano era un ser vivo podría seguir planteando dudas a un obstinado amante de las paradojas. En cambio, era imposible negar la existencia de su psique, independientemente de lo que uno entendiera por ese término. Era obvio que notaba nuestra presencia sobre su superficie. Aquella única constatación suprimía de golpe una rama de la solarística bastante desarrollada, según la cual el océano era "un mundo independiente", "un ser independiente" desprovisto de órganos sensoriales a causa de un proceso degenerativo; un ente encerrado en una espiral de gigantescas corrientes mentales cuyo origen, presente y destino eran el abismo arremolinado bajo dos soles.
 Además, habíamos averiguado que era capaz de llevar a cabo la síntesis artificial de nuestros cuerpos, algo de lo que nosotros no éramos capaces, e incluso de perfeccionarlos, transformándolos en una estructura subatómica de incomprensibles cambios que, con toda seguridad, algo tenían que ver con sus objetivos.
 Por lo tanto, existía, vivía, actuaba; la posibilidad de reducir el "problema de Solaris" a un sinsentido, o de desecharlo, o la opinión de que no se trataba de ningún Ser Vivo (por lo que nuestro fracaso no era tal), se estaban derrumbando de una vez por todas. Había llegado el momento de que el ser humano aceptase, lo quisiera o no, la presencia de un vecino que, pese a estar separado de él por billones de kilómetros de vacío y por un buen puñado de años luz, se había cruzado en su camino hacia la expansión; y la tarea de comprenderlo era más difícil que cualquier otra que pudiera plantear el resto del Universo.
 "Quizás estemos en un momento decisivo de la historia", pensé. Barajaba la posibilidad del abandono, de la retirada en un futuro inmediato, o a medio plazo; incluso consideraba viable el cierre de la propia Estación. Sin embargo, no creí que, gracias a eso, fuese posible salvar nada. El simple hecho de pensar en un coloso inteligente nunca más dejaría indiferente al ser humano. Aunque atravesase galaxias enteras, aunque lograse relacionarse con otras civilizaciones de seres parecidos a nosotros, Solaris seguiría siendo un eterno desafío impuesto al hombre.
 Encontré otro volumen más, encuadernado en piel, perdido entre los anales el Almanaque. Examiné atentamente, durante unos instantes, la portada desgastada por el tacto antes de abrirlo. Era un viejo libro, la Introducción a la solarística de Muntius; recordé la noche que pasé leyéndolo y la sonrisa de Gibarian mientras me entregaba su propio ejemplar, y el amanecer terrestre visto desde mi ventana al llegar a la palabra "fin". La solarística, decía Muntius, es un sucedáneo de religión de la era cósmica, fe disfrazada de ciencia; el Contacto, el objetivo que pretende, no es menos vago y oscuro que el trato con los santos o el sacrificio del Mesías. Empleando fórmulas metodológicas, la exploración equivale a liturgia, el humilde trabajo de los investigadores se traduce en espera de una epifanía, de una Anunciación, ya que no existen, ni deben existir puentes entre Solaris y la Tierra. Ese paralelismo obvio, al igual que muchos otros (falta de experiencias comunes, carencia de ideas transmisibles) es rechazado por los solaristas, de la misma forma que los creyentes rechazaban los argumentos que cuestionan su dogma de fe. ¿Qué es lo que espera la gente que suceda, una vez establecida la "conexión informativa" con los mares inteligentes? ¿Un registro de viviendas relacionadas con una existencia interminable, tan remota que no recuerda ni siquiera sus inicios? ¿La descripción de los deseos, pasiones, esperanzas y sufrimiento liberados durante los momentáneos partos de las montañas vivas? ¿La transformación de la matemática en existencia encarnada, y de la soledad y el abandono en absoluta plenitud? Todo ello constituye una amalgama de conocimientos intransferibles y si intentamos traducirlos a cualquier lengua terrestre, los valores y los significados pretendidos se perderán, quedándose para siempre al otro lado. En cualquier caso, los "fieles" no esperan ese tipo de descubrimientos, más dignos de la poética que de la ciencia, no; sin darse cuenta, lo que de verdad esperan es una Revelación que les explique el sentido del ser humano en sí. La solarística es, pues, un sepulcro de mitos ya fallecidos, una manifestación de añoranzas místicas que los labios humanos no se atreven a pronunciar en voz alta; su piedra angular, escondida en lo más hondo de sus cimientos, la constituye la esperanza de la Redención.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, en traducción de Joanna Orzechowska. ISBN: 978-84-15130-09-3.]