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lunes, 26 de octubre de 2020

Cuentos romanos.- Alberto Moravia (1907-1990)

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Engendros

 «Nunca sabemos muy bien quiénes somos, ni quiénes son los que están por encima de nosotros y los que están por debajo. Por mi parte, yo exageraba en el sentido de considerarme el peor de todos. Es cierto que no nací jarro de hierro; digamos que soy un jarro de barro. Pero yo me consideraba jarro de vidrio, más aún, de cristal, y esto era excesivo. Me acobardaba. A menudo me decía: pasemos revista a las cualidades. Así, pues, fuerza física: cero, soy pequeño, contrahecho, raquítico, las piernas y los brazos como palillos, una araña; inteligencia: poco más de cero, desde el punto y hora en que, entre tantos oficios, no he logrado pasar de marmitón de hotel; belleza: menos de cero, tengo un rostro  estrecho y amarillo, los ojos color de perro que huye, una nariz que parece hecha para una cara dos veces más ancha que la mía, grande y afilada, que semeja caer para luego, en la punta, remangarse como una lagartija que levante el hocico. Otras cualidades, como valor, prontitud, encanto personal, simpatía... Más vale no hablar de ello. Es natural que, con estas reflexiones, evitase hacer la corte a las mujeres. La única a la que se me había ocurrido abordar, una camarera del hotel, me había puesto en mi lugar con la palabra exacta: engendro. Por eso, poco a poco, me había convencido de que no valía nada y de que mejor sería estarme quietecito, en un rincón, para no molestar a nadie.
 Quien pase a primera hora de la tarde por la calle de detrás del hotel donde trabajo, verá una hilera de ventanas que se abren a nivel del suelo, de las que sale un fuerte olor a platos sucios. Aguzando la vista en la oscuridad, verá también pilas y pilas de platos que se amontonan hasta el techo, sobre las mesas y en el mármol del fregadero. Pues bien, ése era mi rincón, el rincón de la vida que yo había escogido para no llamar la atención. Pero lo que es la fatalidad... Podía esperar cualquier cosa excepto que precisamente en aquel rincón, quiero decir en aquella cocina, vendría a sorprenderme alguien, a cogerme como una flor oculta entre la hierba. Fue Ida, la nueva pincha que ocupó el puesto de Giuditta cuando se quedó encinta. Ida, entre las mujeres, era lo mismo que yo entre los hombres: un engendro. Como yo, era bajita, contrahecha, flacucha, insignificante. Pero agitada, inquietante, alegre, un verdadero diablo. Pronto nos hicimos amigos, por aquello de estar de pie ante los mismos platos, la misma agua grasienta; y luego, entre una cosa y otra, me indujo a invitarla un domingo a ir al cine. La invité por cortesía y quedé muy sorprendido cuando, en la oscuridad del cine, ella me cogió la mano, metiendo sus cinco dedos entre los míos. Pensé que era un error, incluso intenté soltarme, pero ella me susurró que me estuviera quieto. ¿Qué mal había en tenerse la mano? Luego, a la salida, me explicó que hacía tiempo que se había fijado en mí, puede decirse que desde el día en que la habían contratado en el hotel. Que desde entonces no hacía más que pensar en mí. Que ahora esperaba que la quisiera yo también un poco, porque ella sin mí, no podía vivir. Era la primera vez que una mujer, aunque fuera una mujer como Ida, me decía semejantes cosas y yo perdí la cabeza. De manera que le contesté todo lo que quería y más aún.
 Pero quedé sumido en un profundo asombro, y aunque ella continuaba repitiéndome que estaba loca por mí, no lograba convencerme. Así, las otras veces que salimos juntos, volvía a insistir a menudo, en parte por el placer de oírselo decir y en parte también por incredulidad:
 -Pero, dime, ¿se puede saber qué encuentras en mí? ¿Cómo puedes amarme?
 ¿Lo creerán ustedes? Ida se colgaba de mi brazo con las dos manos, alzaba hacia mí un rostro extasiado, y me contestaba:
 -Te amo, porque tienes todas las cualidades... Para mí, eres lo más perfecto del mundo.
 Yo repetía, incrédulo:
 -¿Todas las cualidades? ¡Mira!... ¡Y yo que no lo sabía!
 -Sí, todas... En primer lugar, eres guapo...
 Me daba la risa, lo confieso, y me decía:
 -¿Guapo yo?... Pero ¿me has mirado bien?
 -Claro que te he mirado... No hago otra cosa.
 -Pero ¿y mi nariz? ¿Has mirado mi nariz?
 -Precisamente tu nariz es lo que más me gusta -respondía ella, y después, tomándome la nariz entre dos dedos y sacudiéndola como una campanilla, agregaba-: Nariz, nariz... No sé qué haría yo por esta nariz.
 Añadía luego:
 -Y, además, eres inteligente.
 -¿Inteligente yo? Pero si todos dicen que soy tonto.
Resultado de imagen de cuentos romanos moravia  -Lo dicen por envidia -respondía ella, con lógica femenina-; pero eres inteligente, inteligentísimo... Cuando hablas te escucho con la boca abierta... Eres la persona más inteligente que me he echado a la cara.
 -Pero no dirás que soy fuerte... -continuaba, tras un instante-; eso sí que no puedes decirlo.
 -Sí, eres muy fuerte..., mucho, mucho.
 Ésta era una mentira tan gorda que durante un momento me quedaba sin habla. Ella agregaba, entonces:
 -Y, además, ¿quieres que te lo diga? Tienes un no sé qué que me encanta.
 Le preguntaba entonces:
 -Pero ¿qué es ese no sé qué si puede saberse?
 -¿Cómo te lo diría? -respondía ella-. Será la voz, la expresión, el modo en que te mueves... Lo cierto es que nadie lo tiene como tú.
 Naturalmente, durante mucho tiempo no me lo creí; y me hacía repetir toda esta conversación, sólo porque me divertía compararla con lo que yo había pensado siempre de mí mismo. Pero al oír esas cosas, día tras día, empecé a engreírme, lo confieso. A veces me decía: "¿Y si fuese verdad?" No es que creyera realmente ser distinto, materialmente, de lo que hasta entonces había pensado. Pero la frase de Ida sobre aquel "no sé qué" me sumía en la duda. En esa frase, me daba cuenta, estaba la explicación del misterio. Por ese "no sé qué" -yo lo sabía- a las mujeres les gustaban los jorobados, los enanos, los viejos, incluso los monstruos. ¿Por qué no iba a gustarles yo, que no era precisamente jorobado, enano ni viejo?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1984, en traducción de Mª Esther Benítez, pp. 95-98. ISBN: 84-206-1269-3.]
 

martes, 15 de septiembre de 2020

El Libro de las cosas nunca vistas.- Michel Faber (1960)

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10.- El día más feliz de mi vida

  «La felicidad era algo tan difícil de localizar... Era como una polilla camuflada que podía o no esconderse en el bosque que tenemos delante, o que tal vez hubiese salido volando. Una mujer joven, recién llegada a Cristo, le había dicho una vez: "Si me hubieras visto hace un año, de borrachera con mis colegas, éramos tan felices, nos partíamos de risa, nunca dejábamos de reír, la gente se daba la vuelta para ver qué era tan gracioso, querían pasárselo tan bien como nosotros, íbamos a tope, yo estaba pletórica, pero, por debajo, pensaba sin parar: Dios, ayúdame, no puedo con esta puta soledad, no puedo con esta puta tristeza, ojalá estuviese muerta, no aguanto esta vida ni un minuto más, ¿entiendes a qué me refiero?". Y luego estaba Ian Dewar, siempre despotricando de sus tiempos en el ejército, quejándose de los tacaños y los contables cicateros que les quitaban a los soldados los suministros básicos, "cómprate tú los prismáticos, colega, aquí tienes un chaleco de fragmentación por cada dos tíos, y si te salta un pie por los aires, tómate dos pastillitas de éstas, porque no tenemos morfina para darte". Después de quince minutos escuchando una de estas diatribas, consciente de que había otra gente esperando pacientemente para hablar con él, Peter lo había interrumpido: "Ian, perdóname, pero no hace falta que sigas dándole vueltas a esas cosas. Dios estaba allí. Estaba allí contigo. Vio lo que pasaba. Lo vio todo". Ian se había derrumbado, sollozando y le había dicho que lo sabía, que lo sabía, y que era por eso por lo que, por debajo de todo, por debajo de las quejas y la rabia, era feliz, sinceramente feliz.
 Y luego estaba Beatrice, el día que le pidió que se casara con él, un día en el que todo lo imaginable había salido mal. Se declaró a las 10,30 de la mañana, con un calor sofocante, delante de un cajero automático de la calle mayor, cuando se disponían a comprar algo de comida en el supermercado. A lo mejor debería haberse arrodillado, porque el "Sí, venga" de ella había sonado vacilante y poco romántico, como si no considerara su proposición de matrimonio nada más que una solución pragmática al inconveniente de los alquileres altos. Entonces el cajero se tragó su tarjeta de débito y ella tuvo que entrar en el banco a solucionarlo, lo que supuso hablar con el director de la oficina y un lamentable episodio en el que la interrogaron durante media hora como si fuese una impostora intentando defraudar a otra Beatrice a la que había robado la tarjeta. Esta humillación terminó con Bea liquidando su relación con el banco con furia justificada. Luego fueron a comprar, pero apenas se podían permitir la mitad de cosas de la lista, y cuando salieron al aparcamiento descubrieron que un gamberro había rascado una tosca esvástica en la pintura del coche. Si hubiese sido cualquier otra cosa en lugar de una esvástica -un pene caricaturesco, una palabrota, cualquier cosa- seguramente habrían aprendido a vivir con ello, pero eso no había más remedio que arreglarlo y les iba a costar un dineral.
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 Y así siguió el día: el teléfono de Bea se quedó sin batería y se apagó, el primer taller al que fueron estaba cerrado; el segundo no tenía ni un solo hueco y no estaban interesados; un plátano que intentaron comer a la hora del almuerzo estaba podrido por dentro; una tira estropeada del zapato de Bea se rompió, por lo que andaba coja; el motor del coche empezó a hacer un ruido misterioso; un tercer taller les dio la mala noticia de lo que iba a costar una nueva capa de esmalte, y les señaló además que tenían el tubo de escape oxidado. Al final, tardaron tanto en volver al piso de Bea que las carísimas chuletas de cordero que habían comprado se estropearon por culpa del calor. Aquello, para Peter, fue la gota que colmó el vaso. La rabia corrió por su sistema nervioso; agarró la bandeja y se dispuso a tirarla al cubo de la basura, tirarla con una fuerza brutalmente excesiva, para castigar a la carne por ser tan vulnerable a la descomposición. Pero no era él quien la había pagado y consiguió -por poco- controlarse. Guardó la comida en la nevera, se mojó la cara con agua y fue a buscar a Bea.
 La encontró en el balcón, mirando abajo, al muro de ladrillos que rodeaba su bloque de pisos, un muro coronado con alambre de espino y púas de cristal roto. Tenía las mejillas mojadas.
 -Lo siento -dijo él.
 Ella buscó con torpeza su mano, y sus dedos se entrelazaron.
 -Estoy llorando porque soy feliz -explicó ella, y el sol se dejó ocultar por las nubes, el aire se hizo más templado y una brisa suave acarició sus cabellos-. Hoy es el día más feliz de mi vida.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Inga Pellisa. ISBN: 978-84-339-7944-5.]

lunes, 13 de abril de 2020

Historia de una escalera.- Antonio Buero Vallejo (1916-2000)

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Acto segundo

«Elvira: ¿En qué quedamos? Esto es vergonzoso. ¿Les damos o no les damos el pésame?
  Fernando: Ahora no. En la calle lo decidiremos.
 Elvira: ¡Lo decidiremos! Tendré que decidir yo, como siempre. Cuando tú te pones a decidir nunca hacemos nada. (Fernando calla, con la expresión hosca. Inician la bajada.) ¡Decidir! ¿Cuándo vas a decidirte a ganar más dinero? Ya ves que así no podemos vivir. (Pausa.) ¡Claro, el señor contaba con el suegro! Pues el suegro se acabó, hijo. Y no se te acaba la mujer no sé por qué.
 Fernando: ¡Elvira!
 Elvira: ¡Sí, enfádate porque te dicen las verdades! Eso sabrás hacer: enfadarte y nada más. Tú ibas a ser aparejador, ingeniero, y hasta diputado. ¡Je! Ese era el cuento que colocabas a todas. ¡Tonta de mí, que también te hice caso! Si hubiera sabido lo que me llevaba... Si hubiera sabido que no eras más que un niño mimado... La idiota de tu madre no supo hacer otra cosa que eso: mimarte.
 Fernando: (Deteniéndose.) ¡Elvira, no te consiento que hables así de mi madre! ¿Me entiendes?
 Elvira: (Con ira.) ¡Tú me has enseñado! ¡Tú eras el que hablaba mal de ella!
 Fernando: (Entre dientes.) Siempre has sido una niña caprichosa y sin educación.
 Elvira: ¿Caprichosa? ¡Sólo tuve un capricho! ¡Uno sólo! Y...
 (Fernando la tira del vestido para avisarle de la presencia de Pepe, que sube. El aspecto de Pepe denota que lucha victoriosamente contra los años para mantener su prestancia.)
 Pepe: (Al pasar.) Buenos días.
 Fernando: Buenos días.
 Elvira: Buenos días.
 (Bajan. Pepe mira hacia el hueco de la escalera con placer. Después sube monologando.)
 Pepe: Se conserva, se conserva la mocita.
 (Se dirige al IV, pero luego mira al I, su antigua casa y se acerca. Tras un segundo de vacilación ante la puerta, vuelve decididamente al IV y llama. Le abre Rosa, que ha adelgazado y empalidecido.)
 Rosa: (Con acritud.) ¿A qué vienes?
 Pepe: A comer, princesa.
 Rosa: A comer, ¡eh? Toda la noche emborrachándote con mujeres y a la hora de comer, a casita, a ver lo que la Rosa ha podido apañar por ahí.
 Pepe: No te enfades, gatita.
 Rosa: ¿Sinvergüenza! ¡Perdido! ¿Y el dinero? ¿Y el dinero para comer? ¿Tú te crees que se puede poner el puchero sin tener cuartos?
 Pepe: Mira, niña, ya me estás cansando. Ya te he dicho que la obligación de traer dinero a casa es tan tuya como mía.
 Rosa: ¿Y te atreves...?
 Pepe: Déjate de romanticismos. Si me vienes con pegas y con líos, me marcharé. Ya lo sabes. (Ella se echa a llorar y le cierra la puerta. Él se queda divertidamente perplejo frente a ésta. Trini sale del III con un capacho. Pepe se vuelve.) Hola, Trini.
 Trini: (Sin dejar de andar.) Hola.
las meninas. historia de una escalera. antonio - Comprar Libros ... Pepe: Estás cada día más guapa... Mejoras con los años, como el vino.
 Trini: (Volviéndose de pronto.) Si te has creído que soy tonta como Rosa, te equivocas.
 Pepe: No te pongas así, pichón.
 Trini: ¿No te da vergüenza haber estado haciendo el golfo mientras tu padre se moría? ¿No te has dado cuenta de que tu madre y tu hermana están ahí (Señalando), llorando todavía porque hoy le dan tierra? Y ahora, ¿qué van a hacer? Matarse a coser, ¿verdad? (Él se encoge de hombros.) A ti no te importa nada. ¡Puah! Me das asco.
 Pepe: Siempre estáis pensando en el dinero. ¡Las mujeres no sabéis más que pedir dinero!
 Trini: Y tú no sabes más que sacárselo a las mujeres. ¡Porque eres un chulo despreciable!
 Pepe: (Sonriendo.) Bueno, pichón, no te enfades. ¡Cómo te pones por un piropo!
 (Urbano, que viene con su ropita de paseo, se ha parado al escuchar las últimas palabras y sube rabioso mientras va diciendo.)
 Urbano: ¡Ese piropo y otros muchos te los vas a tragar ahora mismo! (Llega a él y le agarra por las solapas, zarandeándole.) ¡No quiero verte molestar a Trini! ¿Me oyes?
 Pepe: Urbano, que no es para tanto...
 Urbano: ¡Canalla! ¿Qué quieres? ¿Perderla a ella también? ¡Granuja! (Le inclina sobre la barandilla.) ¡Que no has valido ni para venir a presidir el duelo de tu padre! ¡Un día te tiro! ¡Te tiro!
 (Sale Rosa, desolada, del IV para interponerse. Intenta separarlos y golpea a Urbano para que suelte.)
 Rosa: ¿Déjale! ¡Tú no tienes que pegarle!
 Trini: (Con mansedumbre.) Urbano tiene razón... Que no se meta conmigo.
 Rosa: ¡Cállate tú, mosquita muerta!
 Trini: (Dolida.) ¡Rosa!
 Rosa: (¡A Urbano.) ¡Déjale, te digo!
 Urbano: (Sin soltar a Pepe.) Todavía le defiendes, imbécil.
 Pepe: ¡Sin insultar!
 Urbano: (Sin hacerle caso.) Venir a perderte por un guiñapo como éste... Por un golfo... Un cobarde.
 Pepe: Urbano, esas palabras...
 Urbano: ¡Cállate!
 Rosa: ¿Y a ti qué te importa? ¿Me meto yo en tus asuntos? ¿Me meto en si rondas a Fulanita o te soplan a Menganita? Más vale cargar con Pepe que querer cargar con quien no quiere nadie...
 Urbano: ¡Rosa!»
    
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espasa-Calpe, 1979. ISBN: 84-239-2003-8.]

martes, 3 de diciembre de 2019

La busca.- Pío Baroja (1872-1956)

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Segunda parte
II.-El corralón o la casa del tío Rilo. Los odios de vecindad.

«Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían mujeres.
 Era la Corrala un microcosmos; se decía que, puestos en hilera los vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza de Progreso; allí había hombres que lo eran todo y no eran nada: medio sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio comerciantes, medio ladrones.
 Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo aspecto de miseria y de consunción. Todos tenían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias.
 Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos ni nada.
 Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no salían más que en un momento de ira o de indignación.
 El dinero era para ellos la mayoría de las veces una desgracia. Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se sentían generosos y, cuando, después de soltar baladronadas, se creían dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías ficticias del alcohol, que se iban disipando.
 Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los hombres y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba tenían todas el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras, desmelenadas, iracundas; gritaban y se desesperaban por cualquier cosa.
De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría, penetraba en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra vez a su inercia moral, resignada y pasiva.
 Los vecinos constantes del Corralón se contaban entre los del primer patio. En el otro, la mayoría ambulantes, pasaban en la casa a lo más un par de semanas, y luego, como se decía allí, ahuecaban el ala.
 Un día se presentaba un leñador con su gran zurrón, su berbiquí y sus alicates que gritaba por las calles, con voz bronca: "¡A componer tinajas y artesones... barreños, platos y fuentes!", y después de pasar una corta temporada se largaba; a la semana siguiente aparecía un vendedor de telas de saldo, que pregonaba a gritos pañuelos de seda a diez y quince céntimos; otro día se hospedaba un buhonero con sus cajas llenas de alfileres, horquillas y pasadores, o algún comprador de galones de oro y plata. Ciertas épocas del año daban un contingente de tipos especiales, la primavera se revelaba por la aparición de vendedores de burros, caldereros, gitanos y bohemios; en otoño se presentaban cuadrillas de paletos con quesos de La Mancha y pucheros de miel y en el inverno abundaban los nueceros y castañeros.
 De los vecinos constantes del primer patio, los que se trataban con el señor Ignacio, el zapatero, eran: un corrector de pruebas, a quien llamaban el Corretor; un tal Rebolledo, barbero e inventor, y cuatro ciegos, que se conocían por los remoquetes de el Calabazas, el Sopistas, el Brígido y el Cuco, los cuales vivían decentemente con sus mujeres respectivas y tocaban por las calles los últimos tangos, tientos y coplas de zarzuela.
 El corrector tenía una familia numerosa: su mujer, la suegra, una hija de veinte años y una lechigada de chiquillos; no le bastaba el jornal que ganaba corrigiendo pruebas en un periódico y solía pasar grandes apuros. El corrector solía llevar un macfarlán destrozado, lleno de flecos, un pañuelo grande y sucio anudado a la garganta y un hongo amarillo, blanco y mugriento.
 Su hija, Milagros de nombre, una muchacha esbelta, fina como un pajarito, en relaciones con Leandro, el primo de Manuel.
 Los novios solían tener alternativas en sus amores, unas veces por coqueterías de ella, otras por la mala vida de él.
 No se entendían, porque la Milagros era un poco entonada y ambiciosa, se consideraba como venida a menos y Leandro tenía, en cambio, un genio brusco e irascible.
 El otro vecino del zapatero, el señor Zurro, tipo pintoresco y curioso, no se trataba con el señor Ignacio y odiaba cordialmente al corrector. El Zurro andaba siempre agazapado tras de unas antiparras azules, llevaba gorra de piel y balandres largos.
 -Se llama Zurro de apellido -decía el corrector-; pero es un zorro en sus actos; de estos zorros camperos, maestros en malicias y habilidades.
 Según se hablaba, el Zurro entendía su negocio; tenía un puesto en la parte baja del Rastro, una choza oscura e infecta rellena de trapos, casacas antiguas, retales de telas viejas, tapicerías, trozos de casullas, y además de esto, botellas vacías, botellas llenas de aguardiente y coñac, sifones de agua de Seltz, cerraduras roñosas, escopetas tomadas por la herrumbre, llaves, pistolas, botones, medallas y otras baratijas sin valor.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores y Alianza Editorial, 1969. Depósito legal: M. 8546-1969.]