domingo, 7 de abril de 2024

El amigo.- Sigrid Nunez (1951)


Nunez, Sigrid - Editorial Anagrama
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 «Más que escribir sobre lo que sabéis, nos dijiste, escribid sobre lo que veis. Asumid que sabéis muy poco y que nunca sabréis mucho hasta que hayáis aprendido a ver. Llevad una libreta para anotar lo que veis, por ejemplo, cuando salís a la calle.
 Dejé de llevar cualquier tipo de libreta o diario hace mucho tiempo. Ahora lo que me parece ver a menudo cuando salgo a la calle es gente sin hogar o gente que parece tan desamparada que asumo que son personas sin techo. Sin embargo, no es raro ver a una persona así con un teléfono móvil. Y, si no me equivoco, cada vez más tienen mascotas.
 En Broadway, en Astor Place, veo un perro totalmente solo rodeado de distintas pertenencias: una mochila llena, unos cuantos libros de bolsillo, un termo, un saco de dormir, un despertador y algunos contenedores de comida de corcho blanco. Es la ausencia humana lo que hace que la escena sea insoportablemente conmovedora.
 Veo a un borracho que se ha hecho pis encima despatarrado ante un portal. SOY EL ARQUITECTO DE MI PROPIO DESTINO, dice su camiseta. Al lado, un mendigo con un letrero escrito a mano: EN SU DÍA FUI ALGUIEN.
 En una librería: un hombre va de mesa en mesa, cogiendo tal libro y luego tal otro, sin ni siquiera mirarlos después. Lo sigo un rato, curiosa por ver qué libro le dicta comprar este método, pero se marcha de la tienda con las manos vacías.
 Aquí hay algo que no vi pero que habría visto si hubiese doblado la esquina solo unos minutos antes: una persona salta de la ventana de un edificio de oficinas. Cuando llegué, ya habían cubierto el cadáver. Lo único que pude averiguar más tarde fue que era una mujer de cincuenta y tantos. Justo antes del mediodía de un buen día de otoño, en una manzana abarrotada de gente. ¿Cómo hizo sus cálculos, me pregunto, para no chocar contra nadie? O simplemente tuvo…, simplemente tuvimos… suerte.
 Grafiti en el edificio de Filosofía: Una vida con examen tampoco merece la pena ser vivida.
  
 En la ceremonia de un premio literario celebrado en un club privado del Upper East Side. Emerjo del metro en la Quinta Avenida. El club está a seis manzanas. Veo a dos personas que también acaban de salir del metro: una mujer que parece tener sesenta y tantos acompañada de un hombre de la mitad de esa edad. Podrían ir a un millón de sitios en ese barrio, pero me da por pensar que se dirigen a donde yo me dirijo. Cosa que acaba siendo correcta. ¿Qué advertí en ellos? No sabría decirlo. Para mí es un enigma que la gente del mundillo literario sea tan identificable. Como aquella vez que pasé por delante de tres hombres en el reservado de un restaurante de Chelsea y los calé incluso antes de que uno dijese: Esto es lo bueno de escribir para The New Yorker.

 En el buzón, las galeradas de una novela y una carta del editor: Espero que te parezca esta primera novela tan falsamente profunda como a mí.
  
 Notas para clase.
 Todos los escritores son monstruos. Henry de Montherlant.
 Los escritores siempre están vendiendo a alguien. [Escribir] es un acto agresivo, incluso hostil…, la táctica de un maltratador secreto. Joan Didion.
 Todo periodista… sabe… que lo que hace es moralmente indefendible. Janet Malcolm.
 Todo escritor que se precie sabe que solamente una pequeña proporción de la literatura de verdad compensa en parte a las personas por el daño que han sufrido al aprender a leer. Rebecca West.
 Parece no haber remedio para el vicio de la literatura; esos enfermos persisten en el hábito a pesar del hecho de que ya no se deriva ningún placer de ello. W. G. Sebald.
 Cada vez que veía sus libros en un comercio, sentía que se había salido con la suya, dijo John Updike.
 Que también expresó la opinión de que una persona agradable no se convertiría en escritor.
 El problema de la baja autoestima.
 El problema de la vergüenza.
 El problema del desprecio hacia uno mismo.
 Una vez lo dijiste así: Cuando estoy tan harto de algo que estoy escribiendo que decido dejarlo y, luego, más adelante, siento irresistibles ganas de volver a ello, siempre pienso: Como un perro hacia su vómito.
 Si alguien me pregunta de qué doy clase, dice uno de mis colegas, por qué nunca puedo decir “escritura” sin sentirme avergonzado.
    
El amigo - Nunez, Sigrid - 978-84-339-8038-0 - Editorial Anagrama Horas de oficina. El estudiante se refiere a cierto hecho de su vida y dice: Pero esto usted ya lo sabía. No, le digo, no lo sabía. Parece molesto. ¿Qué quiere decir? ¿No leyó mi relato? Le explico que nunca asumo automáticamente que una obra de ficción sea autobiográfica. Cuando le pregunto por qué piensa que yo debería saber que él estaba escribiendo sobre sí mismo, se muestra confundido y dice: ¿Sobre quién más podría estar escribiendo?
  
 Una amiga mía que está escribiendo unas memorias dice: Odio la idea de escribir como una especie de catarsis, porque parece imposible que eso genere un buen libro.
  
 No puedes esperar consolarte de tu dolor escribiendo, advierte Natalia Ginzburg.
 Recurramos entonces a Isak Dinesen, que creía que cualquier pena se podía hacer soportable metiéndola en un relato o contando una historia sobre ella.
  
 Supongo que yo hice hacia mí misma lo que los psicoanalistas hacen por sus pacientes. Expresé alguna emoción duradera y profunda. Y, al expresarla, la expliqué y la dejé descansar. Woolf está hablando de escribir acerca de su madre, ya que los pensamientos sobre ella la habían obsesionado entre los trece (su edad cuando su madre murió) y los cuarenta y cuatro, cuando, en un gran ataque aparentemente involuntario, escribió Al faro. Tras cuya escritura, la obsesión cesó: Ya no oigo su voz; ya no la veo.

 P. ¿La eficacia de la catarsis depende de la calidad de la escritura? Y si alguien llega a la catarsis por escribir un libro, ¿es relevante o no que el libro sea bueno?
 Mi amiga también está escribiendo acerca de su madre.
 A los escritores les encanta citar a Miłosz: Cuando en el seno de una familia nace un escritor, la familia termina.
 Cuando metí a mi madre en una novela, nunca me lo perdonó.
 Nada que ver con, pongamos, Toni Morrison, a la que le parecía que basar un personaje en una persona real era violar los derechos de autor. Una persona es dueña de su vida, dice. No ha de usarse en la ficción.
  
 En un libro que estoy leyendo el autor habla de gente de palabras en oposición a gente de puños. Como si las palabras no pudieran también ser puños. O no fuesen a menudo puños.
 Un tema importante en la obra de Christa Wolf es el miedo a que escribir acerca de alguien sea una manera de matar a esa persona. Transformar la vida de alguien en una historia es como convertir a esa persona en una estatua de sal. En una novela autobiográfica, Wolf describe un sueño recurrente de infancia en el que ella mata a su madre y a su padre escribiendo sobre ellos. El remordimiento por ser escritora la persiguió toda su vida.
  
 Me pregunto cuántos psicoanalistas realmente hacen por sus pacientes lo que Woolf hizo por sí misma. Apuesto a que no muchos.
  
 Podrán desacreditar las ideas de Freud a su capricho, decías, pero nadie osará decir que el tipo no era un gran escritor.
 ¿Freud fue una persona real?, oí preguntar a un alumno una vez.
 Fue un psicoanalista, por supuesto, quien dio con la expresión bloqueo del escritor. Edmund Bergler, como Freud, judío austriaco, fue seguidor de las teorías freudianas. Según la Wikipedia, Bergler creía que el masoquismo era la causa de todas las demás neurosis humanas, que lo único peor que la inhumanidad de unas personas hacia otras era la inhumanidad del hombre hacia sí mismo.
 (Pero una escritora tiene ración doble, dijo Edna O’Brien: el masoquismo de mujer y el de la artista.)»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2019, en traducción de Mercedes Cebrián, pp. 38-40. ISBN: 978-84-339-4047-6.]

domingo, 31 de marzo de 2024

Justine o los infortunios de la virtud.- Marqués de Sade (1740-1814)

La mala nueva del marqués de Sade | El Cultural
Segunda parte


  «–¡Oh, señor, qué horror!
 –¿Acaso no podía cometer otro mayor?... Estuve a punto, te lo confieso; pero estaba convencido de que ibas a quedar reducida a los últimos extremos: esta idea me satisfizo, te abandoné. Dejemos eso, Thérèse, y pasemos al objeto que me ha hecho desear verte.
 Este gusto increíble que siento por las dos virginidades de una jovencita no me ha abandonado en absoluto, Thérèse –continuó Saint–Florent; ocurre con esto como con todos las restantes extravíos del libertinaje: cuanto más envejeces, más fuerza adquieren; de los antiguos delitos nacen nuevos deseos, y nuevos crímenes de estos deseos. Todo eso carecería de importancia, querida, si lo que se utiliza para satisfacerlo no fuera en sí mismo muy culpable. Pero como la necesidad del mal es el primer móvil de nuestros caprichos, cuanto más criminal es lo que nos empuja, más excitados nos sentimos. Una vez ahí, sólo deploramos la mediocridad de los medios: cuanto más se extiende su atrocidad, más excitante se vuelve nuestra voluptuosidad, y más nos hundimos así en el cenagal sin el más leve deseo de salir de él.
 Es mi historia, Thérèse; cada día, mis sacrificios precisan dos jovencitas. ¿He disfrutado?, no sólo no vuelvo a ver los objetos, sino que se hace incluso esencial para la absoluta satisfacción de mis fantasías que estos objetos salgan inmediatamente de la ciudad: saborearía mal los placeres del día siguiente si imaginara que las víctimas de la víspera siguen respirando el mismo aire que yo. El medio de liberarme de ellas es fácil. ¿Lo creerías, Thérése? Son mis excesos los que llenan el Languedoc y la Provenza de la multitud de objetos de libertinaje que encierra su seno: una hora después de que estas jovencitas me hayan servido, unos emisarios de confianza las embarcan y las venden a las alcahuetas de Nîmes, de Montpellier, de Toulouse, de Aix y de Marsella. Este comercio, en el que llevo dos tercios del beneficio, me compensa ampliamente de lo que los sujetos me cuestan, y así satisfago dos de mis más queridas pasiones, la lujuria y la codicia. Pero los descubrimientos y las seducciones me dan trabajo; además, la clase de sujetos es extremadamente importante para mi lubricidad: quiero que todas ellas procedan de estos asilos de la miseria en los que la necesidad de vivir y la imposibilidad de conseguirlo, absorbiendo el valor, el orgullo y la delicadeza, enervando finalmente el alma, determina, en la esperanza de una subsistencia indispensable, a todo lo que parece tener que asegurarla. Hurgo despiadadamente en todos estos reductos: no puedes imaginar lo que me dan. Voy más lejos, Thérèse: la actividad, la industria, un poco de bienestar, enfrentándose a mis sobornos, me arrebatarían una gran parte de los sujetos; yo opongo a estos escollos el crédito de que disfruto en esta ciudad, provoco unas oscilaciones en el comercio, o unas carestías en los víveres, que, multiplicando las clases de pobreza, quitándole por una parte los medios de trabajo, y dificultándole por otra los de la vida, aumentan en proporción igual la suma de los sujetos que la miseria me entrega. La astucia es conocida, Thérèse: estas escaseces de leña, de trigo y de otros comestibles, que han estremecido a París durante tantos años, no tenían otro objetivo que los que me animan; la avaricia, el libertinaje, estas son las pasiones que, desde el seno de los dorados artesonados, tienden una maraña de redes hasta el humilde techo del pobre. Pero, por mucha habilidad que ponga en práctica para apretar por un lado, si mis manos diestras no arrancan rápidamente del otro, me quedo sin nada que llevarme a la boca, y la máquina funciona tan mal como si yo no agotara mi imaginación en recursos y mi crédito en operaciones. Así que necesito una mujer lista, joven, inteligente, que, habiendo pasado ella misma por los espinosos senderos de la miseria, conozca mejor que nadie los medios de seducir a las que transitan por ellos; una mujer cuya mirada penetrante adivine la adversidad en sus géneros más tenebrosos, y cuya mente sobornadora decida a las víctimas a escapar de la opresión por los medios que yo presento; una mujer inteligente finalmente, tan carente de escrúpulos como de piedad, que no descuide nada para triunfar, ni siquiera cortar los escasos recursos que, apoyando todavía la esperanza de estas infortunadas, les impide decidirse. Yo tenía una excelente, y segura: acaba de morir. Es imposible imaginar hasta donde llevaba esta inteligente criatura su desvergüenza; no solamente aislaba a esas miserables hasta el punto de obligarlas a acudir a implorarlas de rodillas, sino que si esos medios no aparecían con suficiente rapidez para acelerar su caída, la malvada no vacilaba en robarlas. Era un tesoro: yo sólo necesito dos sujetos por día, ella me hubiera dado diez, de haberlos querido. Se deducía de ahí que yo tenía las mejores opciones, y que la superabundancia de materia prima de mis operaciones me compensaba de la mano de obra. A esa mujer hay que sustituir, querida; tendrás cuatro a tus órdenes, y dos mil escudos de emolumentos: ya te lo he dicho, contesta, Thérèse, y sobre todo que unas quimeras no te impidan aceptar tu dicha cuando el azar y mi mano te la ofrecen.
 –¡Oh, señor! –dije a aquel hombre deshonesto, estremeciéndome ante sus discursos–, ¿cómo es posible que podáis concebir tales voluptuosidades, y que os atreváis a proponerme servirlas? ¡Qué horrores acabáis de hacerme oír! Hombre cruel, bastaría con que fuerais desdichado sólo dos días y veríais como estos sistemas de inhumanidad no tardarían en aniquilarse en vuestro corazón: la prosperidad es lo que os ciega y os endurece; os aburrís con el espectáculo de los males de los que os creéis al amparo, y como confiáis en no sentirlos jamás, os suponéis en el derecho de infligirlos; ¡ojalá jamás me llegue la felicidad si es capaz de corromperme hasta este punto! ¡Oh, cielo santo! ¡No contentarse con abusar del infortunio! ¡Llevar la audacia y la ferocidad hasta incrementarlo, hasta prolongarlo, por la única satisfacción de vuestros deseos! ¡Qué crueldad, señor! Los animales más feroces no nos dan ejemplos de una barbarie semejante.
 –Te equivocas, Thérèse, no hay astucias que el lobo no invente para atraer al cordero a sus trampas: estas tretas están en la naturaleza, y la beneficencia no cuenta entre ellas; sólo es una característica de la debilidad preconizada por el esclavo para enternecer a su amo y predisponerle a una mayor dulzura. Sólo se anuncia en el hombre en dos casos: si es el más débil, o si teme serlo. La prueba de que esta supuesta virtud no existe en la naturaleza es que es ignorada por el hombre más próximo a ella. El salvaje, despreciándola, mata sin piedad a su semejante, bien por venganza, bien por avidez... ¿Acaso no respetaría esa virtud si estuviera inscrita en su corazón? Pero jamás apareció, jamás se encontrará allí donde los hombres sean iguales. La civilización, al depurar a los individuos, al distinguir los rangos, al ofrecer un pobre a los ojos de un rico, al hacer temer a éste una variación de estado que podía precipitarle en la nada del otro, colocó inmediatamente en su mente el deseo de aliviar al infortunado para ser aliviado a su vez, en el caso de que perdiera sus riquezas. Entonces nació la beneficencia, fruto de la civilización y del temor: así pues, sólo es una virtud circunstancial, pero no, en absoluto, un sentimiento de la naturaleza que jamás emplazó en nosotros otro deseo que el de satisfacernos, al precio que fuera. Sólo confundiendo así todos los sentimientos, y sin analizar jamás nada, podemos cegarnos sobre todo y privarnos de todos los goces.
Justine o Los infortunios de la virtud La Sonrisa Vertical: Amazon ... –¡Ah, señor! –le interrumpí acaloradamente–. ¿Puede haber alguno más dulce que el de aliviar el infortunio? Dejemos a un lado el horror de sufrirlo uno mismo: ¿existe una satisfacción más grande que la de complacer?... Disfrutar de las lágrimas de la gratitud, compartir el bienestar que se acaba de esparcir entre unos desdichados que, semejantes a vos, carecían sin embargo de las cosas que para vos son vuestras primeras necesidades, oírles entonar vuestros elogios y llamaros padre, reinstaurar la serenidad sobre unas frentes oscurecidas por el desfallecimiento, por el abandono y por la desesperación. No, señor, ninguna voluptuosidad en el mundo puede igualarla: es la de la propia divinidad, y la dicha que promete a quienes la hayan servido en la tierra sólo será la de ver o de hacer dichosos en el cielo. Todas las virtudes nacen de ésa, señor; se es mejor padre, mejor hijo, mejor esposo, cuando se conoce el encanto de aliviar el infortunio. Al igual que los rayos del sol, diríase que la presencia del hombre caritativo esparce, en todo lo que lo rodea, la fertilidad, la dulzura y la alegría; y el milagro de la naturaleza, a partir de este foco de la luz celeste, es el alma honesta, delicada y sensible cuya felicidad suprema es trabajar en favor de la de los demás.
 –¡Cuentos, Thérèse! Los placeres del hombre están en relación con el tipo de órganos que ha recibido de la naturaleza; los del individuo débil, y por consiguiente de todas las mujeres, deben llevar a unas voluptuosidades morales, más excitantes, para tales seres, que las que sólo influirían sobre un físico totalmente desprovisto de energía: ocurre lo contrario con las almas fuertes, que, mucho mejor complacidas con los choques vigorosos impresos sobre lo que las rodea de lo que lo estarían por las impresiones delicadas percibidas por esos mismos seres que existen a su alrededor, prefieren inevitablemente, a partir de esta constitución, lo que afecta a los demás en sentido doloroso a lo que sólo los conmovería de una manera más dulce. Esta es la única diferencia entre las personas crueles y las personas bondadosas; unas y otras están dotadas de sensibilidad, pero cada cual a su manera. Yo no niego que existan goces en ambas clases, pero sostengo, al igual que, sin duda, muchos filósofos, que los del individuo constituido de la manera más vigorosa serán incontestablemente más vivos que todos los de su adversario; y una vez establecidos estos sistemas, puede y debe encontrarse un tipo de hombres que encuentre tanto placer en todo lo que inspira la crueldad como los otros lo saborean en la beneficencia. Pero estos serán unos placeres suaves, y los otros unos placeres muy vivos: los primeros serán los más seguros, los más auténticos sin duda, ya que caracterizan las inclinaciones de todos los hombres todavía en la cuna de la naturaleza, y de los mismos niños, antes de que hayan conocido el dominio de la civilización; los otros sólo serán el efecto de esta civilización, y por tanto unas voluptuosidades engañosas y sin ninguna finura. Por otra parte, hija mía, como estamos aquí menos para filosofar que para consolidar una determinación, sé tan amable como para darme tu última palabra... ¿Aceptas, o no, el encargo que te propongo?
 –Con toda seguridad lo rechazo, señor –respondí levantándome–... Soy muy pobre... ¡oh, sí, muy pobre, señor!; pero, más rica por los sentimientos de mi corazón que por todos los dones de la Fortuna, jamás sacrificaré los primeros para poseer los otros: sabré morir en la indigencia, pero no traicionaré la virtud.
 –Vete –me dijo fríamente aquel hombre detestable–, y sobre todo que no tenga que temer indiscreciones tuyas: no tardarías en ir a dar a un lugar donde ya no tendría que temerlas.
 Nada estimula tanto la virtud como los temores del vicio: mucho menos tímida de lo que habría supuesto, me atreví, prometiéndole que no tendría nada que temer de mí, a recordarle el robo que me había hecho en el bosque de Bondy, y contarle que, en la circunstancia en que me hallaba, ese dinero me resultaba indispensable. Entonces el monstruo me contestó duramente que sólo de mí dependía ganarlo, y que me negaba a ello.
 –No, señor –contesté con firmeza– os lo repito, moriré mil veces antes que salvar mis días a este precio.
 Y yo –dijo Saint–Florent- no hay nada que no prefiriera a la pena de dar mi dinero sin que se lo ganen: pese al rechazo que has tenido la insolencia de darme, quiero pasar todavía un cuarto de hora contigo. Vamos, pues, al tocador, y unos instantes de obediencia pondrán tus fondos en una mejor situación.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1994, en traducción de Joaquín Jordá, pp. 191-194. ISBN: 978-84-7223-738-4.]

domingo, 24 de marzo de 2024

El Canillitas.- Artemio de Valle-Arizpe (1884-1961)

Artemio de Valle-Arizpe
Segunda parte

Octavo tranco
En el que se va a decir en dónde, cómo y por qué el Canillitas estuvo a punto de ser devorado   

 «Imponente era la borrachera que llevaba Félix. Era amplísima, de las de agarra-pollos, llamadas así con exacta propiedad porque con su peso avasallador se camina enteramente agachado, casi en cuclillas, como si se anduviese persiguiendo para tratar de atraparlas a unas de esas pequeñas y piadoras aves de corral.
 Lo echaba de un lado para otro su fabulosa ebriedad y en uno de estos irrefrenables bambaleos fue a darse un magno encontrón con un descuidado transeúnte y le puso un zapato encima de un pie, haciéndole lanzar una exclamación adecuada al dolor que sufrió, con unos indispensables pesiatales aforrados de porvidas, y exclamó luego que acabó de soltarlos:
 —¡Salvaje, qué pisotón me diste! Me has deshecho de este pie tres dedos por lo menos.
 —No se lo he dado. ¡Qué capaz que yo dé algo! Soy muy avaro, sépalo. Sólo se lo presté.
 —¿Conque sí? ¿Conque me lo prestó? Pues como por ahora no lo necesito para nada téngalo, se lo devuelvo.
 Y diciendo y haciendo asentó el pie de lleno en uno de los de Félix con una patada bestial.
 —No urgía la devolución, señor, se pudo haber quedado con él por más tiempo.
 —Como soy forastero y me voy de la ciudad, por eso le he hecho la entrega. ¡Yo para qué me voy a llevar nada prestado, ni menos de usted, a quien no conozco! Ah, oiga, como ganó buen interés por el tiempo que lo tuve en mi poder aquí tiene el rédito legal para que lo aproveche y lo goce. Y dígame si aún falta algo.
 Y sin más ni más el muy lebrón le bregó a Félix las piernas a pisotones, con los que casi se las desbarató, haciéndolo ver cometas encendidos y mil estrellas errantes de todos los colores; pero así y todo respondió muy comedido y suave, tragándose la dolencia:
 —Acepto los réditos porque yo voy a la ganancia, y como no quiero más de lo que me corresponde, pues usted me ha dado un gran excedente, aquí le devuelvo el sobrante. Recójalo.
 En un santiamén le asestó dos pares de excelentes zapatadas con las que casi le trituró una espinilla, lo cual al instante, hizo hervir a borbotones la ira del acoceado, y tanta era la ferocidad que mostraba en los ojos, que en cada uno de ellos tenía temblando una luz; parecía que sus niñas tenían presa una luciérnaga. Y a toda mano, con un milagro de sencillez, le dio un trascuernazo con el que lo echó boca abajo, y así caído como estaba, le suministró con galanura singular, una buena pisa de coces, y eso que estaba obscuro; con alguna claridad habría sido más pulida la pateadura y se la hubiese distribuido mejor por todo el cuerpo. Era cosa bien sabida que de todos los golpes que se repartían en la ciudad, al Canillitas le tocaba siempre una buena parte. Tenía estrellas contrarias.
 Félix para defenderse con algo, empezó a lanzar un sinnúmero de pedradas verbales, con las que le sangró la honra a su agresor, pues entre ellas salieron a relucir bonitamente el padre, la madre y no sé cuántos más de sus ascendientes, pero no solos, sino bien acompañados de sonoros y significativos epítetos. Les decía piadosos responsos de vituperios y anatemas. De repente el enfurecido golpeador suspendió su atareado trabajo y gritó con efusión:
 —¡Recáspita! ¡Si es el Canillitas! Por la voz y los voquibles lo he conocido. ¿Verdad que tú eres, Canillitas?
 —Sí, yo soy ¿y qué? ¿Y tú quién eres, carajuelo?
 —Tu amigo el doctor Pretinas, hombre. Otros me apodan Pelechotes.
 —En tus partos habías de andar, Pelechotes, hijo de mala madre y de los demonios, y no sobre mi cuerpo.
 —Voy a asistir a uno y tengo prisa en llegar, pues ya sabes, hermano Canillitas, que es cosa exacta, bien probada, que después de las alegres noches de posadas, a los nueve meses justos de esas fiestas, aumentan los nacimientos más que en ninguna otra época del año. Y es el caso que como los niños se encargan generalmente de noche, siempre vienen a las altas horas para desesperación de nosotros los infelices ayudadores a bien parir, en las cuales deberíamos estar en la ocupación continua y virtuosa de regalarnos el cuerpo con buenas bebidas, con el rostro abierto al regocijo, y no hacia una gritona parturienta. Ésta es una desconsideración de las mujeres para con nosotros, que las servimos en esos aprietos que tienen por culpa suya y de sus maridos o de sus amigos.
El canillitas: Artemio de Valle-Arizpe: Amazon.com.mx: Libros —Perdona lo que te presté, querido doctor Pretinas, o Pelechotes, como tú mejor atiendas y te acomode el nombre.
 —Perdona lo que te devolví, Canillitas.
 —También disculpa lo que te dije. Te puse de asco.
 —¿A mí? A mí no me dijiste nada, absolutamente nada, tranquilízate, no me pusiste de ningún modo. Ha sido a mi padre y a mi madre. A mí ni siquiera me mentaste. Yo no te había conocido; en esta viva tiniebla de las calles ¿quién se va a conocer? No hay ni un mal farol que alivie la obscuridad, con lo que se expone el pobre transeúnte, a que lo atropelle un alumbrado como tú. Pero yo, en justa compensación, al acabar el alumbramiento al que voy a asistir, también me alumbraré tanto o más que tú para celebrar, porque soy patriota, que mi querido México ha aumentado su población con un nuevo habitante, acaso con dos, según es la inflazón que he visto. Te convido, a tragar lo que quieras, sólido o líquido, luego que salga esa señora de su cuidado.
 —¡Ya lo creo que me convidarás! Pero no digas que salga de su cuidado, sino de su descuido. Sé que tiras buenos gajes, porque ustedes los curanderos ganan bastante.
 —No lo creas, los médicos nos hacen mucha competencia.
 —Si careces de blanca o de calderilla yo soy ése que convida ampliamente a los alifuces de rigor para nuestra mutua iluminación. Si no hay un bien nacido tabernero que nos los dé gratis e d’amore, me robo por ahí alguna cosilla baladí, la vendo, y con lo que me den por ella, producto honrado de mi trabajo de proponerla en venta, procuraremos emborracharnos, pues tengo intenciones de agarrar esta noche una buena borrachera.
 —Pues a la que traes ahora, ¿qué defecto le pones?
 —Entonces, si te parece, solamente me la perfeccionaré; le pondré adornos vistosos. Así —no se me olvida nunca— tu hermano el Molcas y yo nos adornamos con muchas y variadas galas una muy preciosa que traíamos ambos en una alegre tarde de toros. Por cierto que hace bastante que no veo al Molcas. ¿Qué es de él, vive o ya pudre?
 —Vive, sí; pero está medio tonto.
 —¿Ah, sí? ¿Medio tonto, dices? Entonces ha mejorado.
 Cada uno de estos bellacos tomó su derrota bajo la noche llena de tinieblas palpables. El doctor Pretinas o Pelechotes, como se le quiera decir, se lanzó rápido a sacar al mundo a aquel retoño, como buen recibidor o comadrón que era, y el Canillitas, columpiando el cuerpo con un gran vaivén, a lo de vas o vienes, lo llevó su fino instinto de ebrio a la bulliciosa taberna “La Virgen Adúltera”, de la que era propietario un jácaro dicho el doctor Falfurrias, y a donde llegó jadeando, y en la que a diario se reunía con sus amigachos, gente ociosa y corrillera, tahura, pendenciera y salaz. Allí no se oían más que roncas y porvidas, bravatas y pésetes, reniegos, votos y mentises.
 Como se ponía por las noches esa “Virgen Adúltera”, resultarían en parangón suyo lugares silenciosos de recogimiento y devoción, la torre de Babel o las cenas de aquel famoso Sardanápalo. Al ver al Canillitas los rufianes, asiduos concurrentes a ese establecimiento de holgorio, con aquella extraña facha y con aquella cara tan escuálida que los carrillos se le besaban por dentro, con más arrugas que un traje viejo, y creo que iba hasta más dentón que de costumbre, prorrumpieron en largas carcajadas caudalosas y elementales, y, entre tanto, el disfrazado jácaro, con los ojos llenos de azoro, no atinaba más que a decir con voz entrapajada a todos los rufos:
 —¡Ay, vengo hecho añicos!
 —¿Por qué añicos? ¡Años! No te los trates con tanto cariño.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Conaculta, 2007, pp. 246-249. ISBN: 978-97-0351-278-2.]