domingo, 2 de octubre de 2022

Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la revolución.- Dariel Alarcón Ramírez, "Benigno" [1939-2016)


Dariel Alarcón Ramírez - EcuRed
Quinta parte: Sobrevivientes comprometidos.

42.-Prefiero que me fusilen antes de volver a meterme en una revolución

 «Vale la pena volver bastantes años para atrás, pues es importante mencionar la zafra de los diez millones, como se le llamó a la zafra de 1970, porque aquella burrada queda como uno de los mejores ejemplos de la irresponsabilidad de Fidel. En aquella fecha Fidel se había encaprichado en hacer diez millones de toneladas de azúcar y, para cumplir con su palabra, no le importó poner en peligro todos los recursos del país. Como no teníamos la técnica suficiente para garantizar la zafra, fue necesario sacar de los centros de trabajo más del cincuenta por ciento de los trabajadores, ya fueran obreros de la construcción, obreros industriales, de ferrocarriles, del comercio, de las escuelas. Prácticamente todas éstas se cerraron para garantizar la presencia de profesores en la zafra. Hasta se movilizó a la fuerza aérea en aquellos momentos, cuando era necesaria una guardia aérea permanente y los pilotos tenían que hacer un esfuerzo tan extraordinario, poniendo en juego no solamente su vida, sino equipos que costaban tanto dinero. Algunos de ellos se negaron por no entender que se les exigiera ir quince días a cortar caña; los que quedaban en la base aérea tenían que realizar doble trabajo; luego, los que regresaban de la caña tomaban el relevo de éstos, y éstos a su vez se iban a la caña, o sea, que no tenían descanso alguno y es conocido que un piloto necesita obligatoriamente tener descanso para poder pilotear, sobre todo, aviones de guerra. Hubo específicamente el caso del capitán Sergio Pérez, hijo del comandante Crescencio Pérez, que por negarse a cortar caña lo expulsaron del Partido y le dieron baja de las Fuerzas Armadas, y el hombre fue a parar al ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos), de conductor de un vehículo de piquera y allí estuvo hasta que le llegó su jubilación. Y como ese caso hubo muchos. El compañero Orlando Borregos, un colaborador muy cercano del Che para asuntos económicos, que era viceministro del Azúcar en aquellos momentos, fue destituido de su cargo porque le planteó al Comandante, y fue el único en hacerlo, que no era posible llegar a los diez millones de toneladas de azúcar con la técnica y la fuerza de trabajo que se tenía y, además, que de acuerdo a la cantidad de caña que se había sembrado ni moliendo la tierra se darían diez millones de toneladas. Fidel se molestó grandemente, le dijo que era un imbécil, que no sabía nada, destituyó al viceministro de Azúcar, y efectivamente, escasamente se pudo llegar a ocho millones de toneladas. Pero para alcanzar esos ocho millones de toneladas, hubo que invertir, en capital y mano de obra, lo que representa un valor de veinte millones de toneladas de azúcar, así que, aunque se hubieran logrado, hubiera sido una victoria totalmente pírrica o, mejor dicho, una derrota. El mismo Fidel planteó que había sido un revés convertido en victoria, pero la victoria no sólo no la vimos porque las necesidades seguían siendo las mismas, sino que se fundió el país: toda la economía y la fuerza de trabajo se puso en función de la zafra. Se paralizó absolutamente toda la economía del país; sólo continuaron funcionando las escuelas de entrenamiento para extranjeros. Llegaba cualquier delegación al país y veía tanto a los obreros como a los profesores y universitarios cortando caña, entonces consideraban que era una fuerza muy grande, que allí había un amor muy grande por Fidel y la Revolución, pero no era así: se iba a cortar caña obligado, por no quedarse marcado para toda su vida. El que se negara a ir se le consideraba como contrarrevolucionario y, por lo tanto, cuando en su centro de trabajo se fuera a vender un refrigerador, un televisor, una máquina de coser, una bicicleta, una lavadora, esa persona no tenía los méritos para solicitarla. Entonces, para tener derecho a cualquier equipo electrodoméstico, había que comerse el mundo. También, para despertar el interés del pueblo, se llevó una campaña para formar brigadas de hombres extraordinarios en el corte de caña; a esos hombres se les regalaba un auto o un refrigerador al terminar la zafra o se le daba un viaje a algún país del campo socialista con los gastos pagados. Se puede decir que eso fue un intento de hacer llegar hasta el propio pueblo la corrupción en la que empezaban a vivir todos los dirigentes.
 No creo que el Che hubiera aceptado nunca ese sistema de corrupción que se ha impuesto en Cuba. Considero que Camilo en los primeros momentos era un hombre incorruptible, pero por el amor que le tenía a Fidel —él decía que prefería dejar de respirar antes que dejar de creer en Fidel—, él hubiera terminado por corromperse al lado de Fidel, hubiera tenido que virarse; no para defender su honor, sino el de Fidel.
Memorias de un Soldado Cubano Memories of a Cuban Soldier by ... En Cuba los actos públicos han desaparecido; eso, primero, porque es muy difícil conseguir que la gente acuda o que no se marche al poco tiempo. Ya nadie quiere escuchar a Fidel, ni los propios revolucionarios, porque se llevan treinta y tantos años oyendo el mismo discurso: en materia de derechos humanos somos un ejemplo para el mundo entero, somos esto y somos lo otro, cumplimos y sobrecumplimos tal y tal cosa, tenemos las fábricas más grandes, los puertos pesqueros más activos, etcétera, pero el pueblo ni ve pescado, ni ve tejido, ni ve nada. Y el gobierno, dándose cuenta de eso, ha llevado a realizar estos actos a teatros. Y cada vez, al otro día del discurso, el Comité Central orienta a la televisión a hacer la retransmisión del discurso de Fidel simultáneamente por todos los canales, durante una semana, un día sí un día no. Radio Reloj y Radio Rebelde los leen todo el día durante esa semana, y en esos días nunca se corta la luz. Independientemente de eso, el discurso es publicado en todos los periódicos. Hay controles a nivel de cuadra, a ver quién escucha a Fidel y quién no, entonces todo el mundo pone la tele para que se oiga que la han puesto, aunque la gente no escuche. Y resulta ser un acto de alegría cuando Fidel por fin concluye con la frase “Patria o muerte”.
  En los teatros donde ahora se celebran los discursos de Fidel, los organismos tienen que mandar una cuota determinada de invitados, todos militantes del Partido, buscando que todos aplaudan a lo que dice Fidel. Y es como se dice en Cuba: «Al que no quiere caldo le dan tres tazas». Puesto que ese señor va a hablar, entonces se divide el país por municipios, cada municipio en varias zonas, y en cada zona se abre una casa que se tiene como salón de reuniones, allí se cita a todos los militantes de la Juventud y el Partido, y éstos obligatoriamente, sin excusa ni pretexto, tienen que ir a esa cita. Y entonces da pena ver que entre toda aquella masa militante, doscientas, trescientas o cuatrocientas personas, todo el mundo se va durmiendo, nadie se entera de que Fidel está hablando. Por supuesto, siempre hay dos o tres alcahuetes a los que se les oye decir:
 —Pero caballeros, coño, despiértense, el Comandante está hablando.
 Y siempre también hay quien contesta:
 —No jodas, chico, no jodas, estáte tranquilo.
 El que tiene sueño y se está durmiendo trata de retirarse para un lado donde ese individuo no le vea, a ese punto hemos llegado nosotros. Ya se entiende que no es que nosotros queramos esta Revolución, sino que nos obligan a quererla, y a quererla tal y como Fidel se la plantee, aunque así no esté al gusto de nosotros. Yo sí hice la revolución y la hice a pecho abierto, pero si tales son las revoluciones de las cuales tanto se ha anunciado en el mundo entero, pues yo no quiero saber más de ningún tipo de revolución en mi vida, y ya no haré nada, no moveré un dedo para ningún tipo de revolución. De eso sí que estoy seguro, no importa quién me quiera obligar, aunque me pase como a Arnaldo Ochoa: incluso prefiero que me fusilen, mejor que seguir viviendo en una Revolución como ésa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2003, en edición de Elizabeth Burgos, pp. 294-296. ISBN: 9788483108949.]

domingo, 25 de septiembre de 2022

El origen del pensamiento.- Armando Palacio Valdés (1853-1938)


Biografia de Armando Palacio Valdés
V


 «A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con creciente asombro: “¡El excremento!”. Y esta idea, maravillosamente fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido jamás había soñado.
  Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de La Época, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba vueltas en torno del Ángel caído que cuando se sentaba frente al Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle los secretos que guarda en su seno.
  Don Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles añosos, que bordeaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora. Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para estudiar los organismos inferiores.
  —¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No sabe usted que está prohibido entrar?
  La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso, la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo Don Pantaleón, en la inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.
  Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas, mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.
  Mientras Don Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología, química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.
 —Me sorprende muchísimo, señor de Moreno —le dijo un día Don Pantaleón, después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las enfermedades de la sangre del ratón»—, me extraña muchísimo que con los grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero, o por lo menos doctor en ciencias.
  La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica. Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz, y dijo al cabo sordamente:
  —Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres veces suspenso?
  Sánchez le miró con ojos interrogantes.
  —Vamos, imagíneselo usted.
  Don Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.
  —¡En fisiología!
  Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.
  —¡Pero eso es un absurdo! —profirió al cabo con trabajo Don Pantaleón.
  —¡Ahí verá usted! —repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas producidas por la risa.
  —¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo castigo —manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.
  —Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano… pero… amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy débil.
  —¡El hambre! —exclamó Sánchez estupefacto.
  —Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre precisa nutrirse… Yo no me nutro, porque no como carne.
Descargar] El origen del pensamiento - Armando Palacio Valdés en ...  Don Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia calculaban que debían de ser bien humildes.
  —Señor Moreno, yo no pensaba…
  —¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo! —exclamó el joven con un gesto de resolución desesperada.
  Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el balcón, profirió al fin sordamente:
  —La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento, un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas, pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la lucha por la existencia… Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más aptos… He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez, mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.
  Don Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias, y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora. Lo único que se aventuró a decir fue:
  —Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede menos de abrirse camino en el mundo.
  —¡El mérito! ¡el mérito! —murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica—. Ahí está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.
  Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena de sustancia aromática debajo del ombligo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Dédalo, 1957.]

domingo, 18 de septiembre de 2022

Relatos completos.- Dylan Thomas (1914-1953)


Dylan Thomas | British author | Britannica
Hacia el comienzo

La historia verdadera

  «La anciana del piso de arriba estaba muriéndose desde que Helen alcanzaba a recordar. Estaba tendida en las sábanas, como una mujer de cera, desde que Helen era una niña que acudía a la casa con su madre para llevar fruta recién cogida y verdura fresca a la moribunda. Ahora, Helen era una mujer hecha y derecha, con su delantal y su vestido estampado; llevaba el cabello claro recogido en un moño en la nuca. Se levantaba todas las mañanas con los primeros rayos del sol, encendía el fuego en el hogar, dejaba entrar al gato de ojos rojos. Preparaba una tetera y subía al dormitorio, a la parte de atrás de la casa de campo, para inclinarse sobre la anciana cuyos ojos invidentes jamás estaban cerrados. Todas las mañanas le miraba a las cuencas de los ojos y pasaba las manos por delante. Sin embargo, no se movían sus párpados, y a ella le resultaba imposible saber si la anciana respiraba o no. «Son las ocho, las ocho en punto», decía. Y los ojos esbozaban una sonrisa. Una mano decrépita asomaba de las sábanas y permanecía quieta hasta que Helen la tomaba entre sus manos carnosas y la cerraba en torno a la taza de té. Cuando se vaciaba la taza, Helen la volvía a llenar; cuando la tetera se terminaba, retiraba las blancas sábanas de la cama. Allí estaba la anciana, estirada en su camisón, y el color de su piel era tan grisáceo como el del cabello. Helen aseaba las sábanas, las remetía y atendía a las necesidades de la anciana. Luego se llevaba la tetera.
  Todas las mañanas preparaba el desayuno para el mozo que faenaba en la huerta. Iba a la puerta de atrás, la abría y lo veía, a lo lejos, con la azada. “Son las ocho y media”, le decía. Era un feo mozo, con los ojos más rojos que el gato, como dos taimadas ranuras abiertas en la frente desde las que espiaba las primeras sombras que se formaban en el seno de Helen. Ella le ponía el desayuno delante. Cuando se levantaba, al terminar, siempre le hacía la misma pregunta: “¿Quieres que te haga alguna cosa?”. Ella nunca contestaba “sí”. El mozo volvía a sacar patatas del campo arado o a contar los huevos que habían puesto las gallinas, y si había moras o frambuesas que recoger en los matorrales que rodeaban la huerta, ella se le sumaba antes del mediodía. Al ver cómo se apilaban las frambuesas en la palma de su mano, ella a veces pensaba en la mancha del dinero bajo el colchón de la anciana. Si había que matar una gallina, ella le cortaba el pescuezo con más limpieza que el mozo, que dejaba el cuchillo en la herida y luego se limpiaba la hoja ensangrentada contra la manga. Ella tomaba la gallina, notaba su sangre caliente y la veía correr descabezada por el camino. Luego iba a lavarse las manos.
  Fue durante las primeras semanas de la primavera cuando ella tomó la resolución de matar a la anciana del piso de arriba. Tenía tan solo veinte años. Eran muchas las cosas que deseaba. Deseaba tener un hombre que fuera solo suyo, deseaba un vestido negro para los domingos y un sombrero adornado con una flor. No tenía ningún dinero. Los días en que el mozo llevaba los huevos y las verduras al mercado, le daba los seis peniques que la anciana le daba a ella, y el dinero que el mozo traía a la vuelta, en un pañuelo, ella lo depositaba en las manos de la anciana. Trabajaba para ganarse el pan y el cobijo, tal como trabajaba el mozo, aunque ella dormía en una habitación del piso de arriba y él dormía en un jergón de paja, encima de los establos vacíos.
  Una mañana de mercado salió a dar una vuelta por la huerta, para que su plan se asentase en su ánimo. Era un espléndido día del mes de mayo, sin más que un par de nubes en el cielo, como dos manos amorfas que se cerraban sobre la cabeza del sol. “Si pudiera volar —pensó—, echaría a volar, entraría por la ventana y le hincaría los dientes en el cuello”. Sin embargo, el viento fresco se llevó sus pensamientos a otra parte. De sobra sabía que no era una muchacha normal y corriente, pues en las tardes de invierno se dedicaba a leer libros, mientras el mozo se dedicaba a soñar tumbado en el jergón y la anciana permanecía a solas y a oscuras. Había leído una historia sobre un dios que se transformaba en dinero, había leído cosas sobre las serpientes que tienen las voces de los hombres, había leído sobre un hombre que estuvo en la cima de un monte hablando con una hoguera.
  Al fondo de la huerta, donde la cerca mantenía a raya la maleza y los campos asilvestrados, llegó a un montón de tierra. Allí había enterrado al perro que mató porque se dedicaba a perseguir y a matar a las gallinas. Sobre una tosca cruz estaba escrita al revés la fecha de su muerte, de modo que el perro aún no había muerto. “Podría enterrarla aquí mismo —se dijo Helen—. Lo haría al lado de la tumba, de modo que nadie la encontraría jamás”. Se frotó las manos y llegó a la puerta de atrás de la casa, antes de que las dos nubes rodeasen el sol.
  Dentro todavía tenía que preparar la comida para la anciana, tenía que hacer un puré de patata. Con el cuchillo en la mano y las peladuras en el regazo pensó en el asesinato que estaba a punto de cometer. El único sonido era el que producía el cuchillo, pues ya no soplaba el viento, y su corazón estaba tan callado como si lo hubiese envuelto en un trapo. En la casa no se movía nada; tenía la mano quieta en el regazo; no se le ocurrió pensar que el humo subiera por la chimenea y que saliera al cielo aquietado. Su ánimo, a solas en el mundo, tictaqueaba lentamente. Luego, cuando todo estaba en silencio, cantó el gallo y ella recordó al mozo, que no, tardaría en regresar del mercado. Había tomado la determinación de matar antes de su regreso, pero era preciso abrir una tumba y rellenar el agujero con la tierra. Helen notó que la mano se le moría de nuevo en el regazo. Y en medio de su muerte oyó que la mano del mozo retiraba el pestillo del cerrojo. Entró en la cocina, la vio pelar patatas y dejó el pañuelo sobre la mesa. Al oír el tintineo del dinero, alzó la mirada y sonrió. Él no la había visto sonreír nunca.
💥 Relatos completos de Dylan Thomas 🥇 libro gratis pdf y epub ...  No tardó en servirle la comida, y se sentó de costado junto al fuego del hogar. Cuando él se llevó el cuchillo a la boca, por el rabillo del ojo notó que ella lo miraba.
  —¿Le has subido la comida? —preguntó él.
  Ella no contestó. Cuando hubo terminado de comer, se levantó de la mesa.
  —¿Quieres que te haga alguna cosa? —preguntó el mozo, igual que se lo había preguntado un millar de veces.
  —Sí.
  Ella nunca le había dicho “sí”. Él nunca había oído hablar de esa manera a una mujer. Nunca habían estado tan oscuras las primeras sombras de sus senos. Se acercó trastabillando hacia ella, y ella alzó las manos para ponérselas en los hombros.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —le preguntó ella, y se aflojó los tirantes del vestido, de modo que se quedó con los pechos a la vista. Le tomó la mano y se la colocó sobre las carnes. Él miró fijamente su desnudez, pronunció su nombre y la tomó. Ella lo sujetó muy cerca de sí.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —insistió. Dejó que todo su vestido cayera al suelo, y se despojó deprisa del resto de sus ropas—. Harás lo que yo quiera —añadió, y las manos de él cayeron sobre ella.
  Al cabo de un minuto se desasió de su abrazo y echó a correr por la cocina. Desnuda, de espaldas a la puerta que llevaba al piso de arriba, le indicó que se acercase y le dijo qué había de hacer.
  —Ayúdame y seremos ricos —dijo. Él sonrió y asintió. Trató de palparla de nuevo, pero ella le sujetó los dedos, abrió la puerta y lo condujo al piso de arriba—. Quédate quieto aquí —dijo. En la habitación de la anciana miró a su alrededor como si fuera la última vez: miró la jarra desportillada, la ventana entreabierta, la cama, la inscripción de la pared—. Es la una —dijo, y con un movimiento súbito golpeó la cabeza de la anciana contra la pared. Le bastaron tres golpecitos, y la cabeza se cascó como un huevo.
  —¿Qué es lo que has hecho? —exclamó el mozo. Helen le llamó. Se quedó boquiabierto mirando a la mujer desnuda, que se limpiaba las manos con la ropa de cama, y mirando la sangre que había formado una mancha roja y redonda en la pared.
  —Quieto —dijo Helen, pero él volvió a gritar nada más oír su voz tranquila, y bajó las escaleras de tres en tres.
  “Así que Helen tendrá que volar —se dijo—. Hay que salir volando del cuarto de la anciana”. Abrió más la ventana y salió. “Estoy volando”, se dijo.
Pero no lo estaba.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debolsillo, 2003, en traducción de Miguel Martínez-Lage, pp. 29-32. ISBN: 978-8497596190]