miércoles, 13 de abril de 2022

Candela.- Juan del Val (1970)

JUAN DEL VAL | Casa del Libro  «Joaquín me ha propuesto un par de planes para este fin de semana. Uno de ellos era viajar juntos a Granada para hacer algo de turismo e ir a los toros, porque al parecer hay allí una buena corrida. Otra posibilidad es irnos a Alicante y desde allí acercarnos a ver el hotelito que quiere montar al lado del mar cuando definitivamente pueda dejar a su hijo al cargo de sus restaurantes. Aunque creo que me va a horrorizar, tengo curiosidad por ir a los toros con él, de tanta pasión que pone al contarlo, y también me apetece ver su proyecto del hotel, que me describe con tanta ilusión. Me cuenta que se trata de un edificio abandonado que hay que renovar por completo, pero que está pegado al mar, en un lugar exclusivo. Me iría con él a Granada, a Alicante o a cualquier sitio, pero me parece demasiado arriesgado pasar juntos dos noches tan pronto. No es por aquello que le pasó, pero considero que debemos conocernos un poco más antes de levantarnos en la misma cama.
 Al final, vamos a ir a la ópera, a la que Joaquín también es muy aficionado. Yo no he ido en mi vida y, a pesar de la ilusión que me hace, siento nervios porque no sé si sabré comportarme, ni siquiera sé qué ponerme. Mi referencia más próxima a la ópera es la escena de Pretty Woman en la que Richard Gere lleva en avión a Julia Roberts a ver La Traviata y ella acaba llorando de la emoción. Las diferencias son notables entre Julia Roberts y yo, entre Joaquín y Richard Gere, el avión, el vestido largo de terciopelo rojo de ella, el esmoquin de él, la joya que Julia lleva en su cuello…, pero hay algo en lo desconocido del plan de esta noche que me hace mucha ilusión y me inquieta. No voy a ponerme un vestido largo, entre otras cosas porque no tengo ninguno, pero tampoco voy a ir en vaqueros. Joaquín no me ha sido de gran ayuda, porque al pedirle consejo sobre cómo debería ir vestida me ha contestado con la siguiente frase: “Tú ponte guapa”, algo que me ha confundido aún más.
 Joaquín tiene dos abonos en el teatro Real desde hace algunos años. Me cuenta que se aficionó a la ópera por su exmujer. A ella le estará siempre agradecido por haberle despertado el interés por los libros, la música, los viajes, la cultura en general. Era una mujer muy sofisticada, de buena familia, que ayudó a Joaquín a relacionarse socialmente y a abrirle la visión tan reducida del mundo que tenía hasta entonces. Luego se separaron y ella se volvió a casar, pero cuando Joaquín me habla de ella siempre lo hace con cariño y se intuye una buena relación.
 Esta noche quería venir a recogerme a mi casa, pero yo he preferido que nos viéramos cerca del teatro.
 —¡Qué guapa estás! —me dice, dándome dos besos.
 —¿Te gusta?
 —¡Es muy elegante!
 No se lo digo, pero todo lo que llevo es de estreno, hasta la ropa interior. Nada de lo que tenía en el armario me convencía, así que me fui de compras. Dudé mucho si proponerle a Araceli que me acompañara, más que nada porque me daba vergüenza, pero me pareció una buena excusa para volver a vernos. A ella le encantó la idea de pasar juntas una mañana como si fuéramos amigas, como si fuéramos hermanas…
 Desayunamos primero y luego me llevó a algunas tiendas por el barrio de Justicia para elegir mi vestido para la ópera. Finalmente me decanté por uno verde muy oscuro, que lleva algo de encaje y que creo que me favorece mucho. También me ayudó a elegir los zapatos negros de tacón alto, muy incómodos pero muy bonitos. Araceli y yo nos abrazamos al despedirnos y me agradeció que me hubiera acordado de ella para mis compras. Creo que hasta se emocionó un poco cuando me decía adiós, y sospecho que alguna lágrima se le cayó al darse la vuelta. A mí también me pasó.
 La ópera es de Wagner y se titula El oro del Rin. Joaquín me explica que seguramente no es la mejor para iniciarse, por su densidad, aunque dura menos de tres horas. Sólo tres, una de las más cortas de Wagner. Pienso que es una broma calificarla de corta, pero Joaquín me aclara que algunas de este compositor duran hasta cinco… Él saluda a los vecinos de asiento y al presentarme les cuenta a todos que es mi primera experiencia. Las señoras, muy elegantes, la mayoría mayores que yo, y casi todos los hombres con traje oscuro. Joaquín lo lleva negro y su corbata es verde oscuro, casualmente casi del mismo tono que mi vestido. Cualquiera diría que nos hemos vestido juntos. Todo el mundo se muestra amable con él y por supuesto conmigo. Al abrirse el telón vuelvo a acordarme de Julia Roberts en Pretty Woman cuando Richard Gere le dice que la música tiene tanta fuerza que no hace falta entender lo que cantan en el escenario. El saludo de la orquesta antes de empezar a tocar con todo el teatro en pie aplaudiendo me llega a emocionar, y eso que todavía no ha empezado…
 La música es extraña, yo diría que poco rítmica, pero es impresionante la potencia con la que suena a través de la orquesta, tocando a tan poca distancia. Una mujer canta sola en escena y pronto se le añaden otras dos más con las que aparentemente discute; lo hacen en alemán, así que más bien es intuición. A pesar de los subtítulos que van pasando en las pantallas, me parece tan complicada que no me entero. Además, se me olvida leerlos mientras miro los gestos de los cantantes. La verdad es que no sé lo que está pasando, no sé si los hombres son monjes y ellas diosas o si son mujeres normales y ellos soldados… Me agobia no entender nada. Toda la música me suena trágica y las voces muy impresionantes, la verdad, pero también me parecen un poco desquiciantes. El público a mi alrededor parece pintado, absolutamente inerte ante lo que pasa en el escenario. Sin que se me note, miro el reloj y veo que llevamos poco más de media hora. Joaquín me mira y me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa, disimulando que El oro del Rin me está resultando efectivamente demasiado densa. Por un momento pienso en las que duran cinco horas y me entra la risa. Un señor con túnica canta junto a una mujer y otros dos hombres, que creo que representan espíritus —yo qué sé—, deambulan por el escenario y de vez en cuando cantan algo parecido a una contestación a los actores principales. Mi risa va en aumento y eso me empieza a preocupar. Estoy a punto de no poder controlarla y es algo que me pone un poco nerviosa, espero que no me dé un ataque en medio de este dramón. Esa reflexión me hace más gracia y empiezo a taparme la cara y a esconderla para que no se me note que no puedo parar. Me lloran los ojos, me entra calor, es imposible contener la risa porque todo me hace cada vez más gracia. Yo vestida de estreno, las mujeres y los hombres del escenario con sus voces privilegiadas cantando o hablando en alemán, algo que aumenta mi desasosiego, el público tan concentrado en la obra y mi risa que cada vez me da más risa. Joaquín se da cuenta del ataque que me ha entrado y al mirarme se pone serio, parece que se enfada conmigo. Es sólo un momento porque al volver a mirarle, él también se ríe.
Candela - Juan del Val | Planeta de Libros —¡Voy un momento al baño! —le hablo al oído, entrecortada por la risa.
 —Y yo contigo —me responde.
 Menos mal que estamos al lado del pasillo y nos marchamos de allí sin molestar demasiado mientras en el escenario continúan cantando en alemán profundo una tragedia que sigo sin comprender.
 —Debería haber visto La Traviata —le digo a Joaquín, un poco avergonzada, nada más salir del teatro.
 —¡La verdad es que ésta es un coñazo! —me reconoce entre risas.
 Nos abrazamos y nos besamos en la misma puerta del teatro y por un momento me veo protagonista de una comedia romántica. Hacía mucho que no me reía tanto, y Joaquín me gusta cada vez más.
[…]
 Creo que en mi familia no se hacen las cosas bien. Ni antes, cuando vivía con mi madre y mi abuela, ni ahora que lo hago yo sola. Algo falla o no está lo suficientemente bien. Es una sensación difícil de explicar, pero siempre me parece que en mi casa todo sale peor que en otras casas. Pienso que mi baño está más sucio que el de los demás, que mi sofá es más incómodo que la mayoría de sofás, que mi tele se ve peor, que debajo del resto de camas no hay pelusas, que nunca se pudre nada en otras neveras, que las sartenes están impecables, que las otras personas no sudan las almohadas, que su wifi funciona siempre y lo hace más rápido… Pienso en esos detalles sin demasiada importancia, pero creo que también hay algo en mi vida que debo esconder. Una parte fea de la que todo el mundo podría reírse y yo me moriría de vergüenza, como cuando las niñas se daban codazos al ver a mi madre con el parche en el ojo.
 —¡Le pasa a todo el mundo! —me asegura Araceli, riendo.
 —¿Tu wifi tampoco va bien?
 —Y mis sartenes también se pegan en cuanto pasan unas cuantas semanas.
 Araceli y yo nos reímos en una mesa al lado de la ventana. Es la primera vez que viene a El Cancerbero. Quería que supiera dónde trabajo y cómo es el lugar en el que he pasado la mayor parte de mi vida.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Espasa Libros, 2019, pp. 128-131 y 164. ISBN: 978-84-670-5553-5.]

domingo, 10 de abril de 2022

Antropología teológica fundamental.- Alejandro Martínez Sierra (1924-2014)


Ha fallecido Alejandro Martínez Sierra
Segunda parte: El hombre

Capítulo VII: El hombre, imagen de Dios

 «Abordamos un tema central en la antropología teológica. Escribe Auer: “Por lo que respecta a la teología de hoy puede decirse en general que es necesario repensar la doctrina de la semejanza divina, porque es la verdad revelada más importante acerca del hombre. Con ese parecido a Dios no se expresa ninguna cualidad del hombre, lo que se afirma más bien es la determinación estructural decisiva del hombre. En esa afirmación revelada coinciden las ideas de creación y alianza junto con las enseñanzas teológicas sobre naturaleza y gracia, pecado y redención”.

1. Antiguo Testamento

 Gen 1,26. La singular creación del hombre del sacerdotal presenta al hombre como la única creatura creada a “su imagen y semejanza”. Muchas y variadas han sido las interpretaciones de este binomio en la historia de la exégesis. Todavía hoy no existe una coincidencia de todos los pareceres. Algunos han querido ver la imagen de Dios en la postura erecta del hombre, en su alma espiritual, en la intersubjetividad, que se manifiesta en la sexualidad, en el dominio sobre la creación, en la totalidad del ser humano.
 El contexto inmediato parece establecer una relación entre la imagen y semejanza y el dominio que el hombre ha de ejercer en toda la tierra. Era costumbre en oriente que el soberano de una gran nación mandase erigir estatuas suyas por las distintas provincias del imperio como signo de su presencia y soberanía sobre todos los habitantes del país. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, recibe el encargo de dominar la tierra entera. Es el lugarteniente de Dios y el colaborador a la obra de la creación: creced, multiplicaos, dominad la tierra y sometedla.
 La expresión a imagen y semejanza de Dios indica una clara distinción entre el hombre y Dios y al mismo tiempo una semejanza. El hombre no es Dios. Una cosa es la imagen y otra aquello de lo que es imagen. Por otra parte, el hombre tiene un parecido a Dios que ninguna de las demás creaturas posee. Al afirmar que el hombre es imagen de Dios se afirma a la vez la trascendencia y la inmanencia de Dios en la existencia humana.
 Comenta Juan Pablo II la narración del yavista a propósito del tema del hombre como imagen de Dios: “El relato del capítulo segundo, en cambio, no habla de la ‘imagen de Dios’; pero revela, según su propio modo, que la completa y definitiva creación del ‘hombre’ (sometido en un primer momento a la experiencia de la soledad originaria) se expresa en el dar vida a esa communio personarum que el varón y la mujer forman. De este modo, el relato yavista armoniza con el contenido del primer relato. Si, viceversa, queremos sacar también del relato del texto yavista el concepto de ‘imagen de Dios’, podemos entonces deducir que el hombre ha llegado a ser ‘imagen y semejanza’ de Dios no solamente a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas, que el hombre y la mujer forman desde el inicio. La función de la imagen es la de reflejar a quien es el modelo, la de reproducir el propio prototipo. El hombre llega a ser imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión. Él, en efecto, es desde el ‘principio’ no solamente imagen en la cual se refleja la soledad de una Persona que rige el mundo, sino también, y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas”.
Eclo 17,1-12. El autor del Eclesiástico ve en el hombre, creado de la tierra a imagen de Dios, al lugarteniente que tiene dominio sobre todas las cosas, concedido por su Creador, dotado de consejo y lengua, ojos y oídos y un corazón para pensar, con una inteligencia que puede conocer el bien y el mal. Se han unido en este comentario al Génesis la dimensión histórica y la ontológica de la imagen, es decir, el hacer del hombre en la creación y las cualidades esenciales del hombre, que como persona le hacen reflejo del ser personal de Dios.
 Sab 2,23. También el autor de la Sabiduría recoge el tema del hombre creado a imagen de Dios, que está en el destino que tiene a la inmortalidad. Fue creado para la inmortalidad y por eso Dios le hizo a su imagen.

 2. Nuevo Testamento

  1 Cor 11,7; Sant 3,9. Se refieren al hombre en cuanto imagen de Dios en el orden natural. El NT insiste más en la afirmación de la imagen sobrenatural por la incorporación del hombre a Cristo. Pablo es quien más abunda en este tema.
 Col 1,15; 2 Cor 4,4; Heb 1,3 presentan a Cristo como la imagen perfecta de Dios. Él es la auténtica, la verdadera imagen en una unidad perfecta de naturaleza con el Padre. El destino del cristiano es reproducir esa imagen de Dios (Rom 8,29). El pecado la había deteriorado y Cristo la restituye con nuevo esplendor. En él volvemos a encontrar el verdadero rostro de Dios. Contemplando a Cristo y siguiendo su ejemplo el hombre puede llegar a la meta de su vida: ser imagen del Hijo. Para ello hay que despojarse del hombre viejo y seguir a Cristo con fidelidad (2 Cor 3,18; 4,4-6; Col 3,9; Ef 4,23).
 La imagen de Dios no se recibe en el hombre de una vez para siempre, de suerte que permanezca perfecta e intocable, ni en la primera, ni en la segunda creación por el bautismo. Esta imagen puede ser perfeccionada de día en día. El último retoque lo recibirá en la parusía. Al cristiano le urge su fe en Cristo a bruñir cada día el espejo de su alma para que el resplandor de la gloria de Dios se refleje en él con la mayor perfección posible.
 A la luz del NT la expresión del Génesis adquiere un significado más profundo. El hombre ha sido creado a imagen de Dios. Ahora bien, Cristo hace visible la imagen del Padre, porque Él es su imagen más perfecta. Por esta razón se puede decir que Cristo explica el sentido profundo de la afirmación genesíaca. Desde el NT se puede afirmar que el hombre ha sido creado a imagen de Cristo. Pero al mismo tiempo también desde la teología paulina se puede añadir que el ser imagen de Dios no es sólo la cualidad más importante del ser humano, sino que al mismo tiempo es una tarea. Porque hemos sido destinados a reproducir la imagen de Cristo (cf. Rom 8,29). En este sentido Cristo aclara al hombre su propia dignidad y se convierte en camino para todo hombre que quiera lograr su propio destino (GS 22).

 3. Padres

 El tema de la imagen ha sido muy frecuente en la reflexión teológica de los Padres sobre todo al comentar Gen 1,26. En esta época la reflexión teológica sobre este tema está muy influenciada por la filosofía de Platón y el filósofo judío Filón, que bebe también en la fuente platoniana.
 Para Platón las ideas son modelos divinos, cuya realización o copia son las cosas materiales. El alma humana pertenece al mundo de las ideas. Con la reflexión filosófica el hombre adquiere la conciencia de su origen divino y actúa luego consecuentemente, es decir, inspirándose en el mundo de las ideas, y así recupera su semejanza con Dios y su propia felicidad.
 Para Filón la imagen de Dios está en el alma, no en el cuerpo. El alma es imagen del Logos en su invisibilidad, incomprensibilidad y la familiaridad con el mundo. La semejanza impresa en el alma con la creación no se perdió con el pecado. Solamente cesó la familiaridad con el mundo. Señal de esa permanencia de la imagen es el dominio
del hombre sobre el mundo.
  Clemente Alejandrino distingue tres clases de imágenes de Dios: el Verbo, el cristiano y el hombre. El hombre es imagen en cuanto obra el bien y ejercita el dominio sobre las cosas. El cristiano es imagen más perfecta en el conocimiento y en el amor.
  Orígenes. El hombre es su alma, dotada de libertad, porque sólo ella puede ser imagen de Dios. Distingue entre las dos creaciones. Gen 1,26 se refiere a la creación del hombre ideal, creado a imagen y semejanza de Dios. En Gen 2,7 se narra la creación del hombre caído. “Nuestra principal sustancia nos ha sido dada en cuanto somos creados a imagen del Creador; no aquella que nos viene de la caída por el cuerpo que hemos recibido, plasmado del fango de la Tierra”. La imagen se le ha dado al hombre por la creación, la semejanza ha de conseguirla por la imitación de Dios. Dentro del alma es la mente (nous) donde se realiza la imagen de Dios. Se pregunta quién es la imagen a cuya semejanza ha sido creado el hombre y se responde: Nuestro Salvador. Por eso en la imitación de Cristo está el camino para llegar a la perfección de la imagen.
El Blog de Marcelo: ANTROPOLOGÍA TEOLÓGICA FUNDAMENTAL  Ireneo escribe: “Porque Él hizo al hombre a imagen de Dios. Y la imagen de Dios es el Hijo; a la imagen del cual ha sido hecho el hombre. He ahí por qué en los últimos tiempos se manifestó para dar a entender que la imagen era semejante a sí”. Comenta el P. Orbe: “Imagen de Dios es el Hijo. A imagen de Dios, el hombre. Luego el hombre, imagen del Hijo, será imagen de la imagen de Dios”. Frente a los gnósticos, que desprecian la materia, Ireneo pone la imagen de Dios también en el cuerpo. Todo el hombre es imagen de Dios. Cristo es la imagen perfecta del hombre. El modelo es la carne gloriosa de Cristo. La imagen se le da al hombre por la creación, la semejanza ha de adquirirla por una asimilación progresiva.
  Gregorio Niseno cree como verdad revelada que el hombre es imagen de Dios. Ahora bien, imagen quiere decir semejanza o reproducción fiel. Como Dios es el sumo bien, el hombre en cuanto imagen está también lleno de todo bien, por eso en nosotros se encuentra toda expresión de lo que es honesto. Distingue los dos relatos de la creación. En el primero aparece la imagen ideal del hombre y en el segundo la imagen histórica. Los rasgos que nos asemejan a Dios, según la imagen ideal, están más en el alma que en el cuerpo: espiritualidad, libertad, incorruptibilidad, conocimiento, dominio sobre el mundo como signo de su dignidad superior; la mano libre para coger las cosas y expresar el pensamiento; los órganos de la palabra; los sentidos; la cara reflejo del espíritu. En la imagen histórica entra la sexualidad que asemeja al hombre a los animales. La vida del hombre está en tensión entre estas dos direcciones. De su libertad depende ofuscar esa imagen o hacerla resplandeciente con la ayuda de la gracia.
  Agustín ve en todas las cosas semejanzas de Dios por su metafísica de la participación y ejemplaridad, según la cual todo está hecho conforme a un modelo supremo, que es Dios. Pero no todas las cosas son imágenes. Las creaturas son vestigios de Dios, el hombre imagen. El constitutivo esencial de esa imagen es el alma y más en concreto la mente. Distingue dos aspectos en la mente: inferior, es decir, la mente que se dirige a las cosas de este mundo y guía al hombre en las decisiones prácticas; y la superior, que se dirige a Dios. La imagen está en esta segunda, porque ella sola es incorruptible, conoce a Dios, lo invoca, lo ama, está en comunicación con Él. Esta imagen de Dios quedó deformada por el pecado, pero Dios hizo posible su restauración por medio de Cristo.
  Este breve muestrario a través de los Padres nos muestra la importancia y el contenido antropológico que, en la teología de los primeros siglos, se encerraba en la consideración del hombre como imagen de Dios. Era sobre todo el comentario al Génesis la ocasión más propicia para abordarlo. Los caminos señalados por la teología patrística fueron recorridos por los teólogos posteriores. Por la brevedad inherente a nuestro texto tenemos que poner aquí punto final. Únicamente recogemos la doctrina del Vaticano, porque en ella salta a la vista la permanencia de la doctrina patrística en nuestros días.
 El Concilio Vaticano II, sin tratar directamente el tema, se ha hecho eco de él, sobre todo en la constitución Gaudium et spes. El hombre es imagen de Dios, en cuanto capaz de conocer y amar a Dios, y en su señorío sobre el mundo. A él le compete por ser imagen construir el mundo en colaboración con el Creador. En esta característica fundamental del hombre está el fundamento de la dignidad humana sin distinción de razas y pueblos. Todo hombre, por ser imagen de Dios, es objeto de derechos y deberes, que han de ser tenidos en cuenta por todos sus semejantes. El hombre aparece así a sus semejantes como algo sagrado. Esta imagen ha sido afectada por el pecado. Ha quedado disminuida. Cristo, imagen perfecta del Padre y del hombre, ha restaurado lo que había borrado o debilitado el pecado.

 4. Reflexión final

 La condición humana de ser imagen de Dios es considerada en la teología actual como el centro de toda la antropología cristiana. A partir de ella pueden estructurarse todas las verdades que la teología afirma acerca del hombre tanto en su relación a Dios, dimensión vertical del hombre, como en su relación a sus semejantes y al mundo, dimensión horizontal del hombre. La perfección de la imagen en el seguimiento de Cristo descubre la dimensión histórica del hombre, en la que cada uno ha de realizar la gran tarea de su vida.
 Ser imagen de Dios es en el hombre, más que una cualidad, la determinación estructural. Todo hombre en cuanto persona es imagen de Dios. Hay una referencia desde lo más profundo de su ser a Dios como fundamento y figura de su existencia. Abierto al mundo y en él al Absoluto, hay una predisposición radical en el hombre a entablar un diálogo con ese Absoluto, que se le muestra en la misma creación. Su capacidad de respuesta a esa palabra de Dios en la creación le pone frente a Dios como un «tú», a quien Dios en su bondad quiere comunicarse y hacerle feliz.
 La semejanza del hombre con Dios apunta, desde un primer momento, a esa plenitud de vida y de imagen que se le comunica por la gracia de Cristo. El Verbo es el que está delante del Padre y por eso es la imagen perfecta, al darle la respuesta completa, en el reflejo total de la esencia divina en su propio ser. Como hombre se declara el obediente, que mira al Padre y cumple en todo su voluntad (Jn 4,34).
 Por eso Cristo descubre la grandeza del hombre y es el camino para llegar a ella. En su conocimiento y seguimiento se logra que el reflejo de Dios sea lo más perfecto posible en cada uno de los hombres.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, pp. 99-105. ISBN: 84-7914-529-3.]

miércoles, 6 de abril de 2022

Memorias de una joven formal.- Simone de Beauvoir (1908-1986)


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Segunda parte


 «Al principio del año escolar, el abuelito cayó enfermo. Todas sus empresas habían fracasado. Su hijo había imaginado, años atrás, un modelo de latas de conservas que se abrían con una moneda; quiso explotar ese invento, pero le robaron la patente; intentó ponerle un pleito a su competidor y lo perdió. En sus conversaciones volvían a menudo palabras inquietantes: acreedores, pagarés, hipotecas. A veces cuando yo almorzaba en su casa llamaban a la puerta: él ponía un dedo sobre sus labios y reteníamos la respiración. En su rostro violáceo su mirada se había petrificado. Una tarde en casa, cuando se levantó para irse, se puso a farfullar: “¿Dónde está mi raparguas?” Cuando volví a verle estaba sentado en un sillón, inmóvil, los ojos cerrados; se desplazaba con dificultad y dormitaba todo el día. De vez en cuando alzaba los párpados: “Tengo una idea –le decía a la abuelita-. Tengo una buena idea: vamos a ser ricos”. La parálisis se apoderó de él por completo y no se levantó más de su gran cama de columnas retorcidas; su cuerpo se cubrió de llagas que despedían un olor atroz. La abuelita le cuidaba y tejía durante todo el día ropa de niño. El abuelito siempre había sido propenso a las catástrofes; la abuelita aceptaba su suerte con tanta resignación y los dos eran tan viejos que su desdicha me impresionó apenas.
 Yo estudiaba con más fervor que nunca. La inminencia de los exámenes, la esperanza de ser pronto una estudiante universitaria, me aguijoneaban. Fue un año fasto. Mi cara mejoraba, mi cuerpo ya no me estorbaba; mis secretos eran menos pesados. Mi amistad por Zaza dejó de ser un tormento. Yo tenía nuevamente confianza en mí misma; y además Zaza cambió: no me pregunté por qué pero de irónica se volvió soñadora. Empezó a gustarle Musset, Lacordaire, Chopin. Seguía criticando el fariseísmo de su medio, pero sin condenar a toda la humanidad. Me ahorró sus sarcasmos.
 En el colegio Désir formábamos un grupo aparte. En el instituto sólo preparaban para latín y lenguas. El señor Mabille quería que su hija tuviera una formación científica; a mí me gustaba lo que se resistía: las matemáticas me gustaban. Hicieron venir a una repetidora que nos enseñó álgebra, trigonometría, física. Joven, vivaz, competente, la señora Chassin no perdía tiempo en discursos morales: trabajábamos sin tonterías. Nos quería mucho. Cuando Zaza se perdía demasiado rato en sus sueños le preguntaba gentilmente: “¿Dónde está Elizabeth?” Zaza se sobresaltaba, sonreía. Teníamos como condiscípulas a dos mellizas siempre enlutadas y casi mudas. La intimidad de esas clases me encantaba. En latín habíamos logrado saltar un año y pasar directamente al curso superior: la competencia con las alumnas de sexto año me hacía jadear. Cuando me encontré, el año de bachillerato, con mis condiscípulas corrientes, y me faltó el excitante de la novedad, el saber del padre Trécourt me pareció más bien corto; no evitaba siempre los contrasentidos; pero ese hombre gordo de cutis lleno de espinillas era más abierto, más jovial que las señoritas y sentíamos por él una simpatía que visiblemente él nos retribuía. Como a nuestros padres les divertía que también nos presentáramos a latín y lenguas, empezamos en enero a aprender italiano y supimos descifrar muy pronto Cuore y Le mie prigioni. Zaza estudiaba alemán; no obstante, como mi profesora de inglés no pertenecía a la cofradía y me demostraba amistad, seguía sus cursos con placer. En cambio, soportábamos con impaciencia los patrióticos sermones de la señorita Gontran, nuestra profesora de historia; y la señorita Lejeune nos irritaba por la estrechez de sus parcialidades literarias. Para ampliar nuestros horizontes leíamos mucho y discutíamos entre nosotras. A menudo en clase defendíamos tercamente nuestros puntos de vista; no sé si la señorita Lejeune fue bastante perspicaz para adivinarme pero parecía desconfiar más de mí que de Zaza.
 Nos juntamos con algunas compañeras; nos reuníamos para jugar a las cartas y para conversar; en verano nos encontrábamos el sábado por la mañana en una pista de tenis en la rue Boulard. Ninguna de ellas contó mucho ni para Zaza ni para mí. A decir verdad, las alumnas mayores del colegio Désir carecían de seducción. Once años de asiduidad me habían valido una medalla plateada, mi padre aceptó sin entusiasmo asistir a la distribución de premios; a la noche se quejó de no haber visto más que chicas feas. Sin embargo, algunas de mis condiscípulas tenían rasgos agradables; pero para vestirnos nos endomingaban; la austeridad de los peinados, los colores violentos o almibarados de los rasos y de los tafetanes apagaban todos los rostros. Lo que debió impresionar sobre todo a mi padre fue el aire triste y oprimido de esas adolescentes. Yo estaba tan acostumbrada que cuando vi aparecer a una nueva recluta que reía con una risa verdaderamente alegre, me quedé azorada; era campeona internacional de golf, había viajado mucho; su pelo corto, su blusa bien cortada, su ancha falda tableada, su aspecto deportivo, su voz osada denotaban que había crecido muy lejos de Saint-Thomas-d’Aquin; hablaba inglés  perfectamente y sabía bastante latín como para presentarse a los quince años y medio al primer examen de bachillerato; Corneille y Racine la hacían bostezar. “La literatura me aburre”, me dijo. Me escandalicé: “¡No diga eso!” “¿Por qué no si es verdad?” Su presencia refrescaba la fúnebre “sala de estudios” del colegio. Había cosas que le aburrían, otras que le gustaban, en su vida había placeres y se adivinaba que esperaba algo del porvenir. La tristeza que se desprendía de mis otras compañeras venía menos de su apariencia opaca que de su resignación. Terminados sus dos bachilleratos, seguirían algún curso de historia y de literatura, asistirían a la escuela del Louvre o de la Cruz Roja, harían pintura sobre porcelana, repujado, encuadernación y se ocuparían de obras de beneficencia. De vez en cuando las llevarían a oír Carmen o a dar vueltas alrededor de la tumba de Napoleón para entrever a algún muchacho; con un poco de suerte se casarían con él. Así vivía la mayor de las Mabille: cocinaba y bailaba, era la secretaria de su padre y la costurera de sus hermanas. Su madre la arrastraba de entrevista a entrevista. Zaza me contó que una de sus tías profesaba la teoría del “flechazo sacramental”: en el minuto en que los novios pronuncian ante el sacerdote el “sí” que los une, la gracia baja sobre ellos y se aman. Esas costumbres indignaban a Zaza; un día declaró que no veía diferencia entre una mujer que se casaba por interés y una prostituta; le habían enseñado que una cristiana debía respetar su cuerpo: no lo respetaba si se entregaba sin amor por razones de conveniencia o de dinero. Su vehemencia me sorprendió; parecía que sintiera en su propia carne la ignominia de ese tráfico. A mí, no se me planteaba ese problema. Me ganaría la vida, sería libre. Pero en el medio de Zaza había que casarse o entrar en el convento. “El celibato –decía- no es una vocación”. Ella empezaba a temerle al porvenir: ¿era ésa la causa de sus insomnios? Dormía mal; a menudo se levantaba de noche y se hacía fricciones con agua de colonia de pies a cabeza; por la mañana para animarse bebía mezclas de café y de vino blanco. Cuando me contaba esos excesos me daba cuenta de que muchas cosas de ella se me escapaban. Pero alentaba su resistencia y ella me lo agradecía; yo era su única aliada. Compartíamos muchas repulsiones y un gran deseo de felicidad.
Resultado de imagen de memorias de una joven formal circulo de lectores Pese a nuestras diferencias solíamos reaccionar en forma idéntica. Mi padre había recibido de su amigo el actor dos entradas gratuitas para una matinée en el Odeón; nos las regaló; ponían una obra de Paul Fort, Carlos VI. Cuando estuve sentada en un palco, a solas con Zaza, sin carabina, exulté. Se oyeron los tres golpes y asistimos a un drama; Carlos perdía la razón; al final del primer acto erraba por el escenario, desorientado, monologando con incoherencia; me hundía en una angustia tan solitaria como su locura. Miré a Zaza: estaba pálida. “Si esto se repite, nos vamos”, le propuse, Aceptó. Cuando se alzó el telón, Carlos, en camisón, se debatía entre las manos de unos enmascarados vestidos de cogullas. Salimos. La acomodadora nos detuvo: “¿Por qué se van?” “Es demasiado atroz”, dije. Se echó a reír. “Pero, chicas, no es cierto; es teatro”. Lo sabíamos, pero no por eso habíamos dejado de entrever algo horrible.
 Mi entendimiento con Zaza, su estima, me ayudaron a liberarme de los adultos y a verme con mis propios ojos. Un incidente, sin embargo, me recordó hasta qué punto yo dependía todavía de su juicio. Explotó, inesperado, cuando yo empezaba a instalarme en la despreocupación.
 Como todas las semanas, traduje con cuidado palabra por palabra la versión latina y la transcribí en dos columnas. Luego había que ponerla en “buen francés”. Resultó que el texto estaba traducido en  mi manual de literatura latina con una elegancia que me pareció inigualable: en comparación, todos los giros que acudían a mi espíritu me parecían de una afligente torpeza. Yo no había cometido ninguna falta de sentido, estaba segura de obtener una nota excelente, no calculé; pero el objeto, la frase, tenía sus exigencias, debía ser perfecta; me repugnaba sustituir al modelo ideal, proporcionado por el manual, mis torpes inventos. Poco a poco terminé por copiar la página impresa.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1993, en traducción de Silvina Bullrich, pp. 180-185. ISBN: 84-226-4532-7.]