viernes, 24 de marzo de 2017

"Las suplicantes".- Eurípides (480 a.C. - 406 a.C.)


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«Teseo: (Dirigiéndose al Coro.) Iba a hacerte algunas preguntas mientras apurabas por el ejército tu llanto, pero no lo haré. Ahí os dejo y guardo mis palabras. Ahora, en cambio, voy a interrogar a Adrasto. (Dirigiéndose a Adrasto.) ¿Cuál es el origen, en buena hora, de que estos hombres destacasen  tanto, en virtud de la fortaleza de su ánimo, entre los mortales? Cuéntaselo, en calidad de hombre más sabio que estos ciudadanos, a estos jóvenes, pues tú lo sabes mejor. Yo conocía la audacia de sus actos –superiores a lo que podría contarse con meras palabras- con los que abrigaban la esperanza de conquistar la ciudad. Una única cosa no te preguntaré, a fin de que no seas objeto de mofas: con quién luchó cada uno de ellos en la batalla y de qué enemigo recibió la herida de la lanza. Estas palabras son de poco fundamento tanto por parte de quienes las oyen como de quien las relata, quienquiera que sea y que, habiéndose encontrado allí en la batalla, con un constante ir y venir de lanzas ante sus ojos, pretenda relatar quién fue verdaderamente valiente. Yo no sería capaz ni de preguntar esos detalles ni de creer a quienes se atreviesen a contarlos, toda vez que apenas alguien podría ver lo más mínimo, si efectivamente a pie firme se mantiene haciendo frente a los enemigos.
 Adrasto: Ahora escucha tú. Como me das la oportunidad –y yo con gusto la acepto- de hablar en honor de estos hombres, quiero sobre mis amigos relatar la verdad en modo justo. ¿Ves a quién ha atravesado de parte a parte el rayo con toda su energía? Se trata de Capaneo. Poseía en vida enormes recursos pero en modo alguno presumía de su riqueza y su orgullo no era mayor que el de un hombre pobre. Huía de todos aquellos que en la mesa se hinchaban desmesuradamente y despreciaban lo que debía bastarles. Afirmaba que la virtud consiste no en engordar el vientre sino en tener suficiente con una mesa moderada. Era amigo verdadero de sus amigos, tanto si estaban presentes como si no lo estaban; su número no era grande. Su carácter no era falso. Su boca, afable: nunca habló con palabras salidas de tono ni a sus esclavos ni a sus ciudadanos. Y del segundo hablo ahora, de Eteoclo, que moldeaba otra clase de bondad. De joven carecía de recursos mas gozaba de la mayor estima en tierra de Argos. Sus amigos muchas veces le obsequiaron con dinero pero no permitió que entrase en su casa de suerte que esclavizasen sus costumbres si éstas se sometían al yugo del dinero. A los que cometían faltas, los odiaba pero no a su ciudad puesto que, a su parecer, en nada era responsable la ciudad si tenía mala reputación a causa de un mal timonel. Por su parte, el tercero de estos, Hipomedonte, era de esta naturaleza que ahora te voy a contar. Cuando era solo un niño tuvo el valor de no volcarse con todo su empeño hacia los placeres de las Musas, a la vida muelle, sino que, viviendo en el campo y endureciendo su naturaleza, disfrutaba con la virilidad. Y cuando iba de caza disfrutaba de los caballos y tensaba el arco con sus dos manos porque quería ofrecer a la ciudad un cuerpo sano y robusto. Y ese otro, el hijo de la cazadora Atalanta, el joven Partenopeo, de aspecto el más guapo y sobresaliente, era arcadio pero como vino a las corrientes del Ínaco fue educado en Argos. Mientras se estuvo criando allí, según deben los extranjeros metecos, no fue molesto ni motivo de envidia para la ciudad, ni un testarudo agitador de disputas (por lo que incómodo en sumo grado sería tanto un ciudadano como un  extranjero). Durante su incorporación a filas, defendía el territorio como si hubiese nacido en Argos y, cuando a la ciudad le iba bien, se alegraba, mas, si algo marchaba mal, lo soportaba con pena. Aunque podía disponer de muchos amantes y de cuantas mujeres desease, procuraba no cometer ninguna falta. De Tideo haré un elogio en breves palabras, mas no por ello menos importante: por sus palabras no era un personaje brillante, pero con el escudo era un maestro formidable a la hora de trazar numerosos planes inteligentes. Inferior a su hermano Meleagro en sabiduría, se procuró un nombre igual gracias al arte de la guerra, al idear una ciencia perfecta con el escudo. De carácter muy ambicioso, su orgullo estaba a la par de sus hechos, no de sus palabras. A partir de todo esto que te he contado no te preguntes ya con admiración, Teseo, cómo estos hombres tuvieron el valor de morir delante de las torres. La educación sin cobardía conlleva pundonor; y todo hombre, si ha practicado el bien, se avergüenza de ser cobarde. La hombría de bien puede aprenderse si a un niño, desde pequeñito, se le enseña a decir y escuchar aquello que no sabe. Y si adquieren estos conocimientos querrán conservarlos hasta la vejez. Por consiguiente, a vuestros hijos educadlos bien.
Coro: ¡Oh, hijo! ¡Infeliz te llevé dentro de mí, en mi vientre! ¡Infeliz, yo te crié, con el trabajo y dolor que me costó parirte! ¡Ahora es Hades quien tiene el fruto de mi fatiga! ¡Qué lucha la mía! ¡Ya no tengo de mi vejez el báculo aunque di a luz un hijo! ¡Qué desgraciada!
Teseo: Y eso no es todo. Al noble hijo de Ecles, aunque los dioses lo arrastraron vivo a las profundidades de la tierra junto con su cuadriga, lo elogian abiertamente. Y del hijo de Edipo –a Polinices me refiero-, si hablásemos a su favor, no diríamos mentira alguna, pues era mi huésped antes de que dejase la ciudad de Cadmo y se dirigiese a Argos en exilio voluntario. Pero, lo que quiero que hagas con estos, ¿lo sabes?
Adrasto: No sé nada, menos una cosa: obedecer tus palabras.
Teseo: A Capaneo que fue fulminado por el rayo de Zeus…
Adrasto: ¿Acaso vas a enterrarlo aparte como a cadáver sagrado?
Teseo: Sí, y a todos los demás en una sola pira.»

jueves, 23 de marzo de 2017

"Leylâ y Mecnûn".- Mehmet Sulayman Fuzûlî (1483-1556)

 
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 Ésta es la augusta plegaria al rey del Islam y la alabanza majestuosa de los seres heroicos

«Escanciador, demuestra generosidad, haz pasear las copas,
no te detengas, lleva los cuencos de un lado para el otro,
no concedas al mundo demasiada importancia,
haz pasear las copas, no te detengas en ningún sitio.
Toma en tus manos la jarra de plata,
vierte en las copas el vino que reanima.
Obedéceme manifestando todo tipo de consideraciones.
Contempla mi soledad y actúa en conciencia.
Tengo tantas cosas que hacer en este mundo
y no tengo más ayuda que la tuya.
No sientas vergüenza por ser mi amigo;
no tomes por costumbre sentir odio hacia mí.
Si de verdad ignoras qué clase de persona soy,
qué fuente de tinieblas es toda mi vida,
pregúntale al vino por la abundancia de mis talentos,
al bocado de carne por lo quemado que tengo el pecho.
Si le dieras la mano a alguien tan desgraciado como yo
Dios ha de venir siempre en ayuda de tu brazo.
Soy un poeta, el Moisés de la palabra,
el milagro absoluto para los hechiceros.
Soy un mago, un mago de raza babilónica;
en asuntos como éste soy maestro de Harut.
Desperdiciando valentía para la comprensión de la palabra
me erigí en cabecilla de todos sus dominios.
Suelo cantar a veces en forma de casidas,
mi halcón, entonces, vuela en las alturas,
otras veces se vuelve un "gazel" mi poesía,
mis esfuerzos, entonces, insuflan alma a dicha forma.
Cuando me siento atraído por el "mesneví"
he de exigirle perlas puras a este océano.
Con todos los corazones comparto mi secreto,
a todos los amores yo les presto mi pluma.
De mil maneras utilizo la regla y el compás,
deseando sin tregua atraer a las almas.
Que mi negocio goce de estimación en el mercado,
que los clientes encuentren de todo en mi bazar.
Escanciador, ¿qué fue de ese cuenco color de rosa?
¿Quién ha cambiado el color de mi cara?
Estoy ya ebrio, mi palabra se vuelve polvo;
cualquier cosa que diga es ya un error.
Escanciador, ¿qué ha sido de esta rosácea copa de vino
que tan grandes cambios llevó siempre a mi rostro y a mi alma?
Me embriagó por completo, mis palabras se volvieron polvo inútil;
ya todo lo que digo me parece equivocado, vano y fútil.
Sacó a la luz del día los pensamientos de los cuales tengo el cerebro repleto,
divulgó el lado escondido de mi naturaleza, mi sentimiento más secreto.
Ahora ya no sé dónde estoy ni dónde me encuentro,
ya no sé qué decir, cómo poder expresarme con talento;
si las palabras que pronuncio y los cantos que dedico tuvieran calidad
me hubiera hecho merecedor de honores, riquezas y gran prosperidad,
me considerarían digno del respeto de todo el género humano
y sería admitido a inclinarme ante la corte de mi Soberano;
aceptarían recibirme y colmarme en la gran capital del Imperio,
llegaría hasta los pies del Rey de reyes de todo un hemisferio,
[...]
oh, gran Sultán, tuyos son, sólo tuyos, los dones y los regalos
de la justicia con la que tratas a los hombres del arte y de la poesía,
sean árabes o turcos o sean persas los que cantan con armonía.
Eres como el océano que lleva sus olas a las orillas que le imploran,
eres la esperanza de todo lo que ha de llegar a los que gimen y lloran,
regalas perlas y joyas a todos los que se encuentran postrados a tus pies,
envías tus nubes refrescantes a los súbditos que tan lejos y tan cerca tienes;
[...]
eres como la rueda de la Fortuna que gira sobre nuestras cabezas,
a manos llenas, pródigamente distribuyes tesoros y riquezas;
eres como el Sol en toda su magnificencia, en todo su decoro,
que va esparciendo por doquier, pila a pila, sus monedas de oro;
[...]
si el haz de tus miradas se deslizara y resbalara hacia el suelo
la tierra presumiría de un tesoro portador de vida y de consuelo; [...]»

miércoles, 22 de marzo de 2017

"Desde las alturas".- Chang-Rae Lee (1965)


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 «Conocí a Rita hace casi veinticinco años, en un barco. Yo estaba en uno de esos cruceros alcohólicos del viernes al atardecer -dos horas de parranda- que solían organizar en el verano en el Estrecho. Unos cuantos años después (puede que unos cinco o diez) una mujer de Commack cayó al agua y -se supone- se ahogó (el cuerpo nunca fue encontrado), y a la empresa se le puso una querella y tuvo que cerrar. Yo había ido sólo un par de veces y la segunda vez conocí a Rita. Éramos unos sesenta jóvenes solteros apiñados en la cubierta de un yate de motor; habíamos pagado veinte dólares por cabeza (diez las mujeres) por una barra de copas de pago, brie al horno y verduras crudas con salsa para untar, y un disc-jockey poniendo música funk y disco y algunos viejos éxitos (era 1977, cuando los viejos éxitos parecían más "viejos éxitos" que hoy, quizá porque se oían en discos de vinilo y literalmente sonaban a antiguos). Yo trabajaba mucho entonces; fue después de que muriera Daisy, y mi madre se quedaba con los niños, y algunas vecinas echaban una mano siempre que podían y al final hubo una serie de niñeras que nunca consiguieron que la cosa funcionara como es debido.
 Una noche me topé con un compañero de secundaria, Rick Steinitz, en los entonces recién inaugurados multicines de la Route 110. Salíamos los dos de ver Encuentros en la tercera fase. Rick me llamó por mi nombre y, de alguna manera, supe quién era y aunque él estaba con una chica (una guapa morena de bonitas y largas piernas), o quizá precisamente por eso, parecía querer alargar el encuentro y charlar. Era podólogo, con consulta en Huntington. No habíamos sido amigos en el instituto y en realidad apenas nos conocíamos. Según recuerdo, los dos éramos tímidos y solitarios, ni populares ni vilipendiados, aunque Rick disentiría vehementemente de mi memoria de él. La verdad última, aquí, no tiene mayor importancia. Basta saber que la nuestra era una de esas amistades maduras entre dos hombres que nacen no de unos intereses compartidos, como el alcohol o el golf o incluso el placer de la mutua compañía, sino una necesidad acuciante de nuevas relaciones. Rick se estaba divorciando por segunda vez, y se había estancado en la rutina, y cuando se enteró de que me había quedado viudo hacía más de un año y seguía sin pareja tuvo una inspiración, como si le hubiera planteado un caso a resolver particularmente interesante. Cuando la chica se excusó para ir al aseo, Rick insistió en que fuera con él a uno de esos cruceros alcohólicos que partían de Northport.
 Rick era un asiduo en aquel barco: formaba parte de un grupo de hombres y mujeres que aún no habían encontrado su media naranja y que normalmente lo intentaban unos con otros y al final lo dejaban, y a nadie le parecía mal ese estado de cosas. Se emborrachaban como cubas en la primera media hora, y siempre empezaban el baile, y el resto de los pasajeros parecían disfrutar de aquel jolgorio desaforado, que en otro lugar sin duda habría resultado zafio y embarazoso y allí no era sino el ánimo festivo apropiado. Bajo cubierta había un par de camarotes espartanos, que según me había informado Rick podían ser "visitados" previa propina de un billete de veinte al segundo del capitán, un petimetre eurotrash alto y delgado como un junco y con coleta aclarada, que llevaba chaquetas malva y en los momentos tranquilos de la travesía hojeaba furtivamente libros de bolsillo de Kerouac. Pero creo que las visitas a los camarotes eran bastante raras, ya que la mayoría de la gente prefería exhibiciones públicas que podían parecerles atrevidas y llenas de posibilidades y en realidad no eran sino manifestaciones bastante castas y ceremoniales. Por ejemplo, la noche en que conocí a Rita el doctor Rick había abierto consulta en la cubierta de proa y "leía" las plantas de los pies de las damas, y les ofrecía una terapia de frotes extra a quienquiera que la deseara, que era la mayoría de ellas.
 Rita no estaba en la cola de las que solicitaban que les mirara los pies, ni era ninguna juerguista ni ninguna cualquiera. Para ser absolutamente sinceros, al principio me llamó la atención -a mí y seguramente a todos los demás- porque era la única participante que no era blanca. A nadie le descubro nada si digo que en la mayoría de los sitios la gente tiende a juntarse con los que le son afines, o al menos con quienes ellos piensan que lo son, y en la mitad de esta zona media de Long Island no somos diferentes, y casi todos los que habíamos embarcado en aquel crucero éramos descendientes de las oleadas clamorosas de irlandeses e italianos y polacos y demás que arribaron a esta tierra hace aproximadamente un centenar de años, pero uno no es cabalmente consciente de ello hasta que aparece alguien que, sin intención alguna por su parte, instala un filtro en la escena y altera los efectos familiares. Cuando ella y su amiga subieron por la escalerilla oí que un idiota mascullaba a mi espalda: "Mira, alguien ha invitado a su criada", pero a nadie más le molestó lo más mínimo salvo a una dama de cierta edad que hizo una mueca. El tipo tenía los ojos fijos en Rita. Cualquiera podía ver que, puertorriqueña o no, era una auténtica preciosidad. llevaba una impecable chaqueta entallada de color crema y una falda a juego que le llegaba hasta muy por encima de la rodilla, y sus piernas eran turgentes y llenas y te hacían pensar que si fueras su marido o su novio se las cogerías con resuelto embeleso. Fui la primera persona que habló a Rita, no por alguna razón honorable sino porque estaba de pie a su lado cuando la embarcación soltó amarras, y les hacíamos adiós a los marineros de agua dulce del muelle como si fuéramos marineros de verdad. Más tarde, el tipo que había hecho el comentario estaba justo a mi espalda en el bar, con su traje de poliéster, y cuando me sirvieron los daiquiris de fresa que había pedido para Rita y su amiga Susie y para mí, me volví y me di de bruces con él, bruscamente, y le dejé una ancha y rosada mancha de Rorschach -con la forma exacta de una boca de mujer-, y aunque le pagué las copas que había pedido y le di un dinero para la tintorería he de decir que el resto de la velada fue para él un auténtico fracaso.»
 

martes, 21 de marzo de 2017

"De donde son los cantantes".- Severo Sarduy (1937-1993)


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 Curriculum cubense

«Plumas, sí, deliciosas plumas de azufre, río de plumas arrastrando cabezas de mármol, plumas en la cabeza, sombrero de plumas, colibríes y frambuesas; desde él caen hasta el suelo los cabellos anaranjados de Auxilio, lisos, de nylon, enlazados con cintas rosadas y campanitas, desde él a los lados de la cara, de las caderas, de las botas de piel de cebra, hasta el asfalto la cascada albina. Y Auxilio rayada, pájaro indio detrás de la lluvia.
 -¡No puedo más! -chilla, y abre un hueco en las migas de pan.
 -¡Revienta! -es Socorro la que habla-. Sí, revienta, aguanta, muérete, quéjate al estado, quéjate a los dioses, drop dead, cáete abierta en dos como una naranja, ahógate en cerveza, en frankfurter chucrute, jódete. Conviértete en polvo, en ceniza. Eso querías. 
 Auxilio aparta las mechas. Se asoma, quevediana:
 -Seré ceniza, mas tendré sentido.
 Polvo seré, mas polvo enamorado.
 Socorro - Tu me casses les cothurnes! (en français, dans le texte). Calla. Yo tampoco puedo más. Sécate esas lágrimas. Ten pudor. Ten compostura. Aguanta. Toma el vanity.
 El espejito hace señales. Dirige el sol hasta el rascacielos de cristal. Al balcón del piso veinte sale una niña con otro espejo en la mano. Da saltitos y lo mueve buscando la llamada.
 -Mírate. Las lágrimas te han hecho un surco en las cinco primeras capas de maquillaje. Evita que lleguen a la piel. Verdad es que para eso haría falta un taladro. Has perdido la crema de espárragos. La fresa subyacente se está confundiendo con la capa de piña ratón de Max Factor. Cuadriculada estás. Vasarélica. Cantemos:

 siempre ausente, siempre ausente
 hace el mal gratuitamente.

 Auxilio, más bien cantando:
 -Sí, es él. La adivinanza de las adivinanzas. La pregunta de los sesenta y cuatro mil dólares, la definición del ser. Se acabó lo que se daba. Se acabó el jamón. No hay queso ya. Ésta es la situación: nos hemos quedado y los dioses se fueron, cogieron el barco, se fueron en camiones, atravesaron la frontera, se cagaron en los Pirineos. Se fueron todos. Ésta es la situación: nos fuimos y los dioses se quedaron. Sentados. Achantados, durmiendo la siesta, encantados de la vida, bailando la Ma Teodora, el son inicial, el son repetitivo, dando vueltas en el aire, como ahorcados.
 -Calla. Eso querías.
 -No. No quise esto. Pedí la vida, entera, con cascabeles y panderetas. Pedí el pan y el chorizo, de cada día. Nada. Nada. Me enviaron la pelona, la cabecipelada, la calva, la raspada, la sola.
 -Se te ve una mejilla. Es como la cara de la luna: llena de cráteres.
 -Crápula. Granuja. Rana. Que te trague el Ser. Que te aspire. Que se te rompa el aire acondicionado. Que a tu alrededor se abra un hueco. Que te chupe la falla lacaniana. Que seas absorbida, desapercibida por inadvertida.
 -Se acabó. Me voy. Ahora sí. Como sea. Me sacan de aquí. Estoy atacada y doy golpes de lanza a diestra y siniestra, al derecho y al revés, atrás y alante, como un guerrero japonés contra un enemigo invisible.
 Auxilio mueve la cabeza. Flecos dorados contra los cristales. Mechas de estambre. Aspas.
 -Vete. Inesencial. Dejas la Casa. Sí, la casa con mayúscula. La Domus Dei. Y mueve la cabeza.»
 

lunes, 20 de marzo de 2017

"Felicidad".- Katherine Mansfield (1888-1923)


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 Je ne parle pas français

 «Puede decirse que empecé a vivir desde que tuve un pisito de soltero, en lo alto de una casa lo suficientemente limpia, y en una calle que podía pasar por discreta. Muy útil me fue esto. Allí surgí, salí a la luz y saqué mis dos cuernos teniendo a cuestas un despacho, un dormitorio y una cocina, todos ellos con auténticos muebles. En el dormitorio había un armario de luna, una cama grande con una colcha pespunteada y mullida, una mesita de noche y un juego de tocador de loza salpicado de manzanitas; en el despacho una mesa escritorio tipo inglés con cajones, libros, un sillón, una mesita auxiliar con una lámpara, un cortapapeles y, en las paredes, estudios de desnudos. La cocina sólo me servía para echar en ella los papeles inútiles.
 Aún parece que me estoy viendo aquella primera tarde cuando, una vez despedidos los hombres que habían traído los muebles y habiendo conseguido librarme de la horrible portera, andando de puntillas por el piso y con las manos en los bolsillos, me miré al espejo y dije a mi radiante persona reflejada en la luna: "Soy un joven que tiene su piso, que escribe en dos periódicos y que, además, quiere tomar en serio la literatura. Tengo abierto un porvenir. El libro que escribiré dejará asombrado a los críticos. Trataré asuntos que no han sido nunca tocados. Me haré un nombre escribiendo sobre temas de los barrios humildes. Pero no de la manera que otros lo han hecho hasta ahora. ¡Oh, no! Sino muy ingenuamente, con una especie de humor tierno e íntimo, como si todo fuese sencillo y natural. Veo mi camino con mucha claridad. Nadie lo ha hecho antes que yo, porque los demás no han tenido mi experiencia. Soy, por lo tanto, rico."
 A pesar de ello, tenía tan poco dinero entonces como ahora. Lo extraordinario está en cómo puede uno conseguir vivir sin dinero... Tengo, sí, muchos trajes, ropa interior de seda, un smoking y un frac, cuatro pares de zapatos de cuero finísimo, gran cantidad de objetos pequeños, guantes, estuches de manicura, perfumes y pastillas de jabón muy bueno; pero nada de esto está pagado. Si de momento necesito algún dinero suelto... siempre hay a mano alguna planchadora negra y un lugar aparente, y como yo soy muy franco y bon enfant consigo luego que el bollo frito tenga una buena cantidad de azúcar.
 Y ahora quisiera, no por vanidad, sino más bien para producir una sensación de asombro, dejar registrado aquí algo mío, muy personal. Hasta ahora, nunca he sido yo el que se ha insinuado o ha propuesto algo a una mujer. Y no es que haya conocido sólo a una clase de ellas; no, no, de ninguna manera. Pero tanto en las prostitutas, como en las mantenidas; tanto en las viudas de cierta edad, como en las dependientas; tanto en las esposas de hombres muy respetables, como incluso en las modernas señoras literatas a las que conocí en las cenas o fiestas más distinguidas, he encontrado siempre de una manera invariable, no sólo la misma facilidad, sino el mismo insinuárseme  y ofrecérseme. Al principio esto me sorprendió. Miraba con asombro a la señora que tenía enfrente en la mesa y pensaba: "¿Es posible que esa joven y distinguida dama, que está discutiendo sobre Kipling con ese caballero de barba castaña, sea realmente la que me toca el pie?" Y nunca estaba seguro del todo hasta que era yo quien le tocaba el suyo.
 Es curioso, ¿verdad?, porque no puede decirse que mi tipo sea el de un hombre deseable para las muchachas. Soy bajo y menudo, tengo la piel de color de aceituna, los ojos negros, las pestañas largas, el cabello también negro y sedoso y unos dientes diminutos que asoman cuando sonrío. Mis manos son flexibles y pequeñas. Una vez cierta repostera me dijo que eran muy apropiadas para hacer delicados pasteles.
 Sin embargo, reconozco que desnudo soy bastante atractivo. No estoy delgado y mi cuerpo casi parece el de una muchacha. Llevo una pulsera de oro en la muñeca izquierda.
 Pero, ¿no os parece extraño que haya escrito tantas cosas a propósito de mi cuerpo y de mí mismo? Esto es el resultado de mi mala vida en los más turbios ambientes. Soy como esas mujerzuelas que para trabar conversación en los cafés le enseñan a uno un puñado de retratos: "Ésta soy yo en camisa, saliendo de una cáscara de huevo... Aquí estoy boca abajo en un columpio con un traje de volantes parecido a una coliflor..." Ya conocen ustedes a esta clase de gente.
 
 
 Si creéis que lo que le he escrito hasta aquí es simplemente superficial, descarado y grosero, os equivocáis. Admito que tal vez lo parezca, pero no lo es lo más mínimo. Si lo fuese, ¿cómo sería posible que hubiese experimentado tanta emoción al leer aquella frase en francés, escrita con tinta verde en el papel secante color rosa? Eso prueba que hay mucho más en mí de lo que a primera vista parece, y que soy realmente una persona importante. ¿Acaso he recargado o añadido algo para expresar la angustia de aquel momento? No, por cierto. Así fue cómo lo sentí.
 -Camarero, un whisky.
 Detesto el whisky.
 Detesto el whisky. Cada vez que lo pruebo, se me subleva el estómago y el que tienen en este café debe de ser de la peor clase, pero lo he pedido porque voy a escribir la historia de un inglés. Nosotros, los franceses somos bastante anticuados, casi caducos en algunas cosas. Me extraña no haber pedido al camarero, al mismo tiempo que el whisky, un pantalón de golf, una pipa, unos dientes largos y un par de patillas rubias como la cerveza.
 -Gracias, mon vieux. ¿No tiene por casualidad unas patillas?
 -No, señor -me contestó, melancólico-. No tenemos bebidas americanas.»
 

domingo, 19 de marzo de 2017

"Memorias de un nómada".- Paul Bowles (1910-1999)


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 XI
«Éramos muy pobres entonces y habíamos gastado el dinero sobrante del viaje de novios por América Central en instalarnos en Èze. Me irritaba bastante haberlo dejado todo y haber vuelto a Estados Unidos fiándonos de una promesa que no se materializó. Creía que debía haber recibido alguna compensación por mi trabajo y mis problemas, algo más de los cien dólares que me dieron. Pero no había nada que hacer al respecto. Encontré un lugar barato para vivir, en una vieja casa bastante extraña, en la esquina de la calle 18 y la Séptima Avenida; la regentaba una anciana llamada Saunders. Se dedicaba a construir chimeneas y estanterías para los inquilinos y a tomar vino con curiosos personajes del barrio. Se hacía llamar "Lady" y era lo que podríamos calificar de adicta al alcohol. Si el alquiler no llegaba a su debido tiempo, a veces sonreía y pedía uno o dos dólares prestados. Incluso una vez en que el fuego demasiado fuerte de la chimenea de nuestra habitación incendió el suelo y tuvimos que llamar a los bomberos, ella se limitó a sonreír y se puso inmediatamente a reconstruir la chimenea. Tardó tanto en hacerlo, y había tales corrientes en aquel lado de la habitación, que aceptamos la amable oferta de un amigo y pasamos los meses más fríos en su apartamento con él.
 Por entonces conocí a la señora McFarlane, directora del Programa Federal de Música; le parecía una gran idea crear una plantilla de compositores y encargarles trabajos específicos que utilizarían los grupos de intérpretes vocales e instrumentales de la WPA. Me aseguró que si conseguía que los compositores figuraran en nómina como tales y no camuflados de cualquier otra cosa, yo sería el primero que contrataran. El problema era que para poder figurar en el programa tenías que estar en el paro. No era así cuando trabajé en el Programa Federal de Teatro.
 Traté de averiguar cómo conseguir la tarjeta del paro. Me aconsejaron que preguntara en la oficina de beneficencia más próxima, pero se me ocurrió algo mejor. Fui a la sede del Partido Comunista, expuse mi problema y pregunté cómo solucionarlo. El individuo que me atendió fue claro y práctico. Primero tenía que establecer mi residencia en una vivienda barata, preferiblemente en un barrio pobre. Luego debía ir al centro más próximo de la Liga Obrera y declarar que no tenía empleo. Ellos procurarían acelerar los trámites y que enviaran pronto a un inspector. También harían todo lo posible para que el inspector designado fuera una persona comprensiva, aunque no podían garantizármelo. Lo más difícil para conseguir entrar en la beneficencia era esperar que se estudiara tu caso.
 Como no había dejado la habitación de Water Street de Brooklyn, me pareció el lugar ideal para instalarme y esperar la visita del inspector, pues tenía que recibirle personalmente. Di las gracias al funcionario y seguí sus instrucciones. La inspectora llegó antes de lo que yo me había atrevido a esperar y fue amabilísima. Era una muchacha inteligente y atractiva; se llamaba Kaminsky y  le interesaba mucho la cultura. Le expliqué que estaba escribiendo una ópera e interpreté parte del segundo acto de Denmark Vesey, en el que estaba trabajando. Le conté que había dejado mi casa en Francia para trabajar en Nueva York para el teatro Mercury y que me habían dejado en la estacada. Se mostró indignada y me dijo que tendría que demandar al teatro, pero insistí en que no quería meterme en pleitos, sólo conseguir la tarjeta del paro. Prometió hacer todo lo posible por ayudarme y aventuró que tal vez podría llevármela el viernes. Le propuse que fuera a cenar el viernes a Sutton Place, a casa de John Becker, que en realidad era donde vivíamos Jane y yo. Los invitados, el champaña y las obras de arte complacieron muchísimo a la señorita Kaminski. Me llevó la tarjeta y cuando se marchó a casa a las dos de la madrugada estaba tan contenta como yo. Una vez resuelto esto, iba todas las semanas a Brooklyn, que era donde me correspondía y conseguía azúcar, mantequilla, ciruelas y harina. La idea de conseguir algo por nada siempre es emocionante (aunque fuera precisamente esa idea perniciosa, según papá, la que había llevado al país a su rápida decadencia). Y empecé a cobrar 23,86 dólares semanales otra vez, en este caso como compositor.
 Aquél me pareció el momento oportuno para ingresar en el Partido Comunista y así se lo dije  a Harry, que se alegró muchísimo. Touche ya pertenecía al partido, aunque por alguna razón no lo confesaba; lo averigüé después. A Jane y a mí nos enviaron a un curso de siete semanas para nuevos afiliados. Cuando me preguntaron con qué nombre queríamos inscribirnos, dije:
 -¿Cómo lo preferís vosotros?
 El hombre se quedó mirándome.
 -Bueno, preferiríamos que utilizarais el nombre verdadero, claro.
 -Muy bien.
 Así que nos inscribimos como Paul y Jane Bowles. Luego nos enviaron a la Escuela Obrera a una clase aburridísima de marxismo-leninismo.
 -No me entero de nada -se quejó Jane cuando estudiábamos el libro de texto. Yo sí, pero era todavía peor. Procuramos compensar nuestra falta de devoción al marxismo-leninismo yendo a ver todas las películas rusas que estrenaban en Nueva York.
 El Group Theatre seguía funcionando. Robert Lewis iba a dirigir My heart's in the Highlands, de William Saroyan, y me pidió que hiciera la partitura musical. Me dejó el apartamento de Cliffords Odets seis semanas; Odets estaba en la costa del Pacífico, así que podría trabajar sin interrupciones. Me senté a su órgano Hammond y empecé enseguida.»

sábado, 18 de marzo de 2017

"Las alegres aventuras de Robin Hood".- Howard Pyle (1853-1911)

 
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 Segunda parte
 I.-Robin Hood se hace carnicero

 «Así cantaba Robin Hood, y todos los que se encontraban cerca le escuchaban admirados; al terminar su canción, golpeó ruidosamente el cuchillo y el afilador y gritó a grandes voces:
 -¿Quién compra? ¿Quién compra? Tengo cuatro precios fijos. A los frailes gordos les cobro doble porque no quiero que se acostumbren mal; a los concejales, el precio justo, porque no me importa si compran o no; a las señoras les cobro la mitad, porque me caen bien; y a las mozas guapas con debilidad por los carniceros, no les cobro más que un beso, porque son las que mejor me caen de todos. ¿Quién compra?
 La gente empezó a congregarse en torno al puesto, muerta de risa porque jamás había visto vender de aquella manera. Pero su asombro fue mayúsculo cuando comprobaron que cumplía lo prometido; a las señoras les vendía por un penique lo que en otros puestos costaba tres, y si la mujer era viuda o se advertía que era pobre, le regalaba la carne. Y cuando llegó una jovencita y le dio un beso, tampoco le cobró ni un penique, así que pronto acudieron muchas más, pues el carnicero tenía unos ojos azules como el cielo en junio y una risa muy agradable, que no escatimaba con nadie. Lógicamente, la carne se iba vendiendo a toda velocidad, sin que los demás carniceros hicieran una sola venta.
 Entonces los carniceros comenzaron a murmurar y uno de ellos dijo:
 -Debe de tratarse de un ladrón que ha robado el carro, la carne y el caballo.
 -No -dijo otro-. ¿Cuándo habéis visto un ladrón que se desprenda tan alegremente de su botín? Será un heredero que acaba de vender las tierras de su padre y quiere retirarse a vivir la buena vida mientras le dure el dinero.
 Esta opinión acabó por prevalecer, y al fin unos cuantos carniceros se acercaron a trabar conocimiento con Robin.
 -Escuchad, hermano -dijo el que iba a la cabeza-. Puesto que somos todos del mismo oficio, ¿por qué no coméis con nosotros? Precisamente hoy el sheriff ha invitado a comer al Gremio de Carniceros. Habrá buena comida y abundante bebida, y o mucho me equivoco o esto último te gusta.
 -¡Qué demonios! Lo contrario sería indigno de un carnicero -respondió jovialmente Robin-. Por supuesto que comeré con vosotros, queridos colegas, y sin perder un minuto -y, puesto que ya había vendido toda su carne, recogió el tenderete y fue con los demás a la cena del gremio.
 El sheriff se encontraba ya sentado a la mesa y le rodeaban muchos carniceros. Cuando entraron en el comedor Robin y sus acompañantes, riéndose de un chiste que alguien acababa de contar, los comensales más próximos al sheriff le murmuraron al oído:
 -Ése que entra está completamente loco. Hoy ha estado vendiendo carne a menos de la mitad de su precio, y a las muchachas bonitas les regalaba la carne a cambio de un beso.
 -Debe de tratarse de alguien que acaba de vender sus tierras y está dispuesto a dilapidar el oro y la plata -añadió alguien.
 Entonces el sheriff llamó a Robin, sin reconocerlo a causa de su disfraz de carnicero, y le hizo sentar junto a él, a su derecha, pues le gustaban los jóvenes que se mostraban pródigos con sus riquezas, especialmente si existía la posibilidad de aligerar sus pródigos bolsillos en beneficio de su propia bolsa. De modo que se mostró muy amable con Robin, conversando con él y riéndole las gracias más y mejor que ningún otro.
 Cuando sirvieron la comida, el sheriff le pidió a Robin que bendijera la mesa; Robin se puso en pie y dijo:
 -Que el cielo bendiga todos los magníficos alimentos y bebidas de esta casa, y que todos los carniceros sean y sigan siendo tan honrados como yo.
 Todos se echaron a reír, y el sheriff reía más que ningún otro, mientras se decía: "Verdaderamente, se trata de un tipo pródigo, y quizá pueda vaciarle los bolsillos de ese dinero con el que tan generoso se muestra, el muy tonto." Pero lo que dijo en voz alta, mientras le palmeaba el hombro a Robin, fue:
 -Sois un tipo simpático y me caéis bien.
 Al oír lo cual, Robin se echó también a reír y dijo:
 -Sí, ya sé que os gusta la gente simpática. ¿Acaso no fuisteis vos quien convocó el concurso de tiro y le entregó la flecha de oro a ese bromista de Robin Hood?
 El sheriff se puso pálido y todos los carniceros menos Robin dejaron de reírse, aunque algunos se guiñaban el ojo maliciosamente:
 -¡Vamos, vamos, tomemos unos tragos! -exclamó Robin-. Seamos felices mientras podamos, pues el hombre no es más que polvo y no dispone más que de una vida antes de que los gusanos le hinquen el diente, como dice el Santo Libro. No pongáis tan mala cara, señor sheriff. ¿Quién sabe? Quizá pudierais capturar a Robin Hood si bebierais menos vino y rebajarais un poco de grasa de la barriga y le sacudierais un poco el polvo al cerebro. ¡Alegraos, señor!
 El sheriff se echó a reír de nuevo, pero no parecía que la broma le hubiera hecho mucha gracia. Los carniceros empezaron a murmurar:
 -Vive Dios, que jamás habíamos visto un loco tan deslenguado. El sheriff acabará por enfurecerse.
 -¡Vamos, vamos, hermanos! -seguía gritando Robin-. ¡Alegraos! ¡No contéis los peniques, que esta comida la pago yo, aunque cueste doscientas libras! ¡Que nadie se reprima de comer y beber, y que nadie eche mano a la bolsa! ¡Os juro que ni el sheriff ni los carniceros pagarán un penique por este banquete!
 -¡A fe mía que sois generoso! -dijo el sheriff-. Supongo que debéis poseer una buena manada de reses y muchas hectáreas de tierra para gastar tan alegremente el dinero.
 -Sí, así es -respondió Robin sin dejar de reír-. Entre mis hermanos y yo tenemos más de quinientas reses, y nunca habíamos vendido ninguna hasta que yo me hice carnicero. En cuanto a las tierras, jamás le he preguntado a mi mayordomo cuántas hectáreas mide.»