Mostrando entradas con la etiqueta Eurípides. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eurípides. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de marzo de 2017

"Las suplicantes".- Eurípides (480 a.C. - 406 a.C.)


Resultado de imagen de euripides  
«Teseo: (Dirigiéndose al Coro.) Iba a hacerte algunas preguntas mientras apurabas por el ejército tu llanto, pero no lo haré. Ahí os dejo y guardo mis palabras. Ahora, en cambio, voy a interrogar a Adrasto. (Dirigiéndose a Adrasto.) ¿Cuál es el origen, en buena hora, de que estos hombres destacasen  tanto, en virtud de la fortaleza de su ánimo, entre los mortales? Cuéntaselo, en calidad de hombre más sabio que estos ciudadanos, a estos jóvenes, pues tú lo sabes mejor. Yo conocía la audacia de sus actos –superiores a lo que podría contarse con meras palabras- con los que abrigaban la esperanza de conquistar la ciudad. Una única cosa no te preguntaré, a fin de que no seas objeto de mofas: con quién luchó cada uno de ellos en la batalla y de qué enemigo recibió la herida de la lanza. Estas palabras son de poco fundamento tanto por parte de quienes las oyen como de quien las relata, quienquiera que sea y que, habiéndose encontrado allí en la batalla, con un constante ir y venir de lanzas ante sus ojos, pretenda relatar quién fue verdaderamente valiente. Yo no sería capaz ni de preguntar esos detalles ni de creer a quienes se atreviesen a contarlos, toda vez que apenas alguien podría ver lo más mínimo, si efectivamente a pie firme se mantiene haciendo frente a los enemigos.
 Adrasto: Ahora escucha tú. Como me das la oportunidad –y yo con gusto la acepto- de hablar en honor de estos hombres, quiero sobre mis amigos relatar la verdad en modo justo. ¿Ves a quién ha atravesado de parte a parte el rayo con toda su energía? Se trata de Capaneo. Poseía en vida enormes recursos pero en modo alguno presumía de su riqueza y su orgullo no era mayor que el de un hombre pobre. Huía de todos aquellos que en la mesa se hinchaban desmesuradamente y despreciaban lo que debía bastarles. Afirmaba que la virtud consiste no en engordar el vientre sino en tener suficiente con una mesa moderada. Era amigo verdadero de sus amigos, tanto si estaban presentes como si no lo estaban; su número no era grande. Su carácter no era falso. Su boca, afable: nunca habló con palabras salidas de tono ni a sus esclavos ni a sus ciudadanos. Y del segundo hablo ahora, de Eteoclo, que moldeaba otra clase de bondad. De joven carecía de recursos mas gozaba de la mayor estima en tierra de Argos. Sus amigos muchas veces le obsequiaron con dinero pero no permitió que entrase en su casa de suerte que esclavizasen sus costumbres si éstas se sometían al yugo del dinero. A los que cometían faltas, los odiaba pero no a su ciudad puesto que, a su parecer, en nada era responsable la ciudad si tenía mala reputación a causa de un mal timonel. Por su parte, el tercero de estos, Hipomedonte, era de esta naturaleza que ahora te voy a contar. Cuando era solo un niño tuvo el valor de no volcarse con todo su empeño hacia los placeres de las Musas, a la vida muelle, sino que, viviendo en el campo y endureciendo su naturaleza, disfrutaba con la virilidad. Y cuando iba de caza disfrutaba de los caballos y tensaba el arco con sus dos manos porque quería ofrecer a la ciudad un cuerpo sano y robusto. Y ese otro, el hijo de la cazadora Atalanta, el joven Partenopeo, de aspecto el más guapo y sobresaliente, era arcadio pero como vino a las corrientes del Ínaco fue educado en Argos. Mientras se estuvo criando allí, según deben los extranjeros metecos, no fue molesto ni motivo de envidia para la ciudad, ni un testarudo agitador de disputas (por lo que incómodo en sumo grado sería tanto un ciudadano como un  extranjero). Durante su incorporación a filas, defendía el territorio como si hubiese nacido en Argos y, cuando a la ciudad le iba bien, se alegraba, mas, si algo marchaba mal, lo soportaba con pena. Aunque podía disponer de muchos amantes y de cuantas mujeres desease, procuraba no cometer ninguna falta. De Tideo haré un elogio en breves palabras, mas no por ello menos importante: por sus palabras no era un personaje brillante, pero con el escudo era un maestro formidable a la hora de trazar numerosos planes inteligentes. Inferior a su hermano Meleagro en sabiduría, se procuró un nombre igual gracias al arte de la guerra, al idear una ciencia perfecta con el escudo. De carácter muy ambicioso, su orgullo estaba a la par de sus hechos, no de sus palabras. A partir de todo esto que te he contado no te preguntes ya con admiración, Teseo, cómo estos hombres tuvieron el valor de morir delante de las torres. La educación sin cobardía conlleva pundonor; y todo hombre, si ha practicado el bien, se avergüenza de ser cobarde. La hombría de bien puede aprenderse si a un niño, desde pequeñito, se le enseña a decir y escuchar aquello que no sabe. Y si adquieren estos conocimientos querrán conservarlos hasta la vejez. Por consiguiente, a vuestros hijos educadlos bien.
Coro: ¡Oh, hijo! ¡Infeliz te llevé dentro de mí, en mi vientre! ¡Infeliz, yo te crié, con el trabajo y dolor que me costó parirte! ¡Ahora es Hades quien tiene el fruto de mi fatiga! ¡Qué lucha la mía! ¡Ya no tengo de mi vejez el báculo aunque di a luz un hijo! ¡Qué desgraciada!
Teseo: Y eso no es todo. Al noble hijo de Ecles, aunque los dioses lo arrastraron vivo a las profundidades de la tierra junto con su cuadriga, lo elogian abiertamente. Y del hijo de Edipo –a Polinices me refiero-, si hablásemos a su favor, no diríamos mentira alguna, pues era mi huésped antes de que dejase la ciudad de Cadmo y se dirigiese a Argos en exilio voluntario. Pero, lo que quiero que hagas con estos, ¿lo sabes?
Adrasto: No sé nada, menos una cosa: obedecer tus palabras.
Teseo: A Capaneo que fue fulminado por el rayo de Zeus…
Adrasto: ¿Acaso vas a enterrarlo aparte como a cadáver sagrado?
Teseo: Sí, y a todos los demás en una sola pira.»

lunes, 2 de mayo de 2016

"Fedra".- Jean Racine (1639-1699)


Resultado de imagen de jean racine   
Prefacio
 
 "He aquí otra tragedia cuyo asunto está tomado de Eurípides. [...] Nada puede extrañar que este personaje haya tenido tanta éxito en tiempos de Eurípides, y que en nuestro siglo haya ejercido también tanta atracción, puesto que posee todas las cualidades que Aristóteles exige en el héroe de la tragedia y que deben suscitar la compasión y el espanto. En efecto, Fedra no es ni del todo culpable ni del todo inocente. Su destino y la cólera de los dioses le inspiran una pasión ilícita de la que ella es la primera en horrorizarse. Hace los máximos esfuerzos para vencerla. Prefiere dejarse morir que comunicarla a otros. Y cuando se ve obligada a manifestarla, habla de sus sentimientos con tal turbación que bien se echa de ver que su crimen es un castigo de los dioses más que un impulso de su voluntad.
 Incluso he procurado hacerla un poco menos odiosa de como aparece en las tragedias de los antiguos, en las que toma la resolución de acusar a Hipólito. He creído que la calumnia era algo demasiado ruin y aborrecible para ponerla en labios de una princesa que muestra, por otra parte, sentimientos tan nobles y tan virtuosos. Semejante ruindad me ha parecido más adecuada en su nodriza, que podía tener propósitos más serviles, y que sin embargo no lanza esa falsa acusación más que para salvar la vida y el honor de su señora. Fedra sólo consiente en ello por encontrarse en una agitación de espíritu que la tiene fuera de sí, y un momento después reaparece con la intención de justificar al inocente y declarar la verdad.
 En Eurípides y en Séneca, Hipólito es acusado de haber forzado efectivamente a su madrastra: Vim corpus tulit. ("Tomó su cuerpo por la fuerza".) Pero aquí sólo se le acusa de haberlo deseado. He querido evitar a Teseo un deshonor que hubiera podido hacerle menos grato a los espectadores.
 Por lo que se refiere al personaje de Hipólito, había advertido que los antiguos reprochaban a Eurípides haberle pintado como un filósofo exento de toda imperfección; por lo cual la muerte de ese joven príncipe causaba mucha más indignación que piedad. Me ha parecido preferible atribuirle alguna flaqueza que le hiciese un poco culpable respecto a su padre, sin privarle por ello de esa grandeza de ánimo que le mueve a salvar el honor de Fedra y a dejarse calumniar sin acusarla. Llamo flaqueza a la pasión que siente a pesar suyo Aricia, que es hija y hermana de los mortales enemigos de su padre.
 La tal Aricia no es un personaje de mi invención. Virgilio dice que Hipólito, después de que Esculapio le resucitara, la desposó y tuvo de ella un hijo. Y he leído además en otros autores que Hipólito había desposado y llevado a Italia a una joven ateniense de noble cuna que se llamaba Aricia, y que había dado su nombre a una pequeña ciudad de Italia.
 Cito estas autoridades porque me he mostrado muy escrupuloso en ser fiel a la leyenda. Hasta he seguido la historia de Teseo tal como figura en Plutarco.
 En este historiador he leído que lo que había hecho creer que Teseo había descendido a los infiernos para raptar a Proserpina fue un viaje que ese príncipe había hecho a Epiro hacia las fuentes del Aqueronte, en las tierras de un rey a cuya esposa quería raptar Piritoo; el tal monarca mantuvo prisionero a Teseo, después de haber dado muerte a Piritoo. De esta manera he tratado de conservar la verosimilitud de la historia sin renunciar al ornato de la fábula, que tanto contribuye a la poesía. Y el rumor de la muerte de Teseo, fundado en ese viaje fabuloso, da lugar a Fedra a hacer una declaración de amor que se convierte en una de las causas principales de su desdicha, y que nunca se hubiese atrevido a hacer de suponer vivo a su esposo.
 Por otra parte, tampoco me atrevo a asegurar que ésta es la mejor de mis tragedias. Dejo que los lectores y el tiempo decidan lo que verdaderamente vale. Lo que sí puedo asegurar es que en ninguna de mis restantes obras se da como en ésta tanto realce a la virtud. La sola idea del crimen es considerada con tanto horror como el crimen mismo".     

domingo, 31 de mayo de 2015

"Hipólito".- Eurípides (480 a.C. - 406 a.C.)


Resultado de imagen de eurípides 

"Fedra: Mujeres de Trozén que habitáis esta entrada de la tierra de Pélope, son muchas veces ya las que, en el largo espacio de la noche, he meditado sobre lo triste que es la vida de los hombres. Yo creo que sus desgracias no dependen de su entendimiento, pues muchos de ellos son sensatos; más bien hay que mirarlo de este modo: sabemos, conocemos lo que es bueno, pero no lo cumplimos; los unos, por cobardes y los otros, prefiriendo un placer en lugar de lo honroso. Son muchos los placeres de la vida: la larga charla y el ocio -dulce mal- y la falsa vergüenza. Hay dos: una que es buena y otra que es ruina de la casa; si se las definiera claramente, no serían dos con la misma palabra.
 Y pues que pienso así, no iba a borrarlo con ningún encantamiento hasta cambiar de pensamiento. Voy a contarte los caminos de mi mente. Cuando el amor me hirió, busqué el modo de soportarlo mejor. Comencé por callar y encubrir mi mal, porque no es fiel la lengua que sabe reprender la audacia de los otros pero recibe muchos males por obra de sí misma. Luego quise hacer frente a la pasión venciéndola con mi buen juicio. Y, al fin, en tercer término, después de que no logré por estos medios derrotar a Afrodita, me resolví a morir, que es el consejo más seguro: nadie podrá negarlo. Ojalá me sea dado, cuando obro el bien, no hacerlo inadvertido y si realizo el mal, que no sea con testigos. Mi acción y mi pasión, bien lo veía, eran infames; y además, siendo mujer, sería odiada por todos. Oh, ¡muriera con infamia la primera que deshonró su lecho con extraños! Fue de mansiones nobles de donde se extendió este mal a las mujeres; cuando las de alta cuna aceptan algo deshonroso, mucho más a las gentes parecerá que es cosa noble. Y odio a las recatadas en palabras pero que ocultamente tienen audacias de pecado. ¿Cómo, diosa Afrodita, hija del mar, miran al rostro de su esposo y no temen que sus cómplices, las sombras y paredes de la casa, cobren voz?
 Esto es, amigas, lo que me hace morir, para que nunca me sorprendan llevando deshonor a mi marido ni tampoco a los hijos que he dado a luz: libres, pudiendo hablar ante cualquiera, habiten la noble ciudad de Atenas, teniendo un nombre limpio por su madre. Pues hace esclavo a un hombre, aun valeroso, el saber la deshonra de su madre o su padre. Sólo una cosa dura hasta el fin de la vida: una conducta recta y noble, cuando existe. A los malvados los saca a la luz el tiempo, cuando llega, poniéndoles su espejo ante la vista, igual que a una muchacha; no sea contada yo entre ellos.
 Coro: ¡Ah! ¡Qué hermosa es siempre la virtud! Recoge buena fama entre los hombres.
 Nodriza: Dueña mía, hace un momento, tu pasión me hizo sentir un terror repentino; pero ahora veo que fui demasiado ligera, pues entre los mortales son más sabios los segundos pensamientos. Nada extraño has sufrido, ni fuera de razón: te ha infundido su pasión la diosa. Amas: ¿qué maravilla es esto? Igual que muchas otras. Y siendo así, ¿vas a perder tu vida por causa del amor? No va a compensar a los enamorados y a los que hayan de estarlo, si es que deben morir. A Afrodita no puede hacerse frente cuando se lanza con violencia: al que encuentra soberbio y desdeñoso, lo aprisiona -no lo dudes- y se ensaña con él. Camina por el aire, está en la ola del mar, todo nació de ella. Siembra los hijos, da el amor, del cual hemos nacido todos cuantos vivimos en la tierra. Los que conocen los escritos de los hombres de otro tiempo y tienen trato con las musas saben que Zeus ansió la boda de Semele y saben que la Aurora de hermosa luz llevó al Olimpo a Céfalo, al lado de los dioses, por amor, y sin embargo, viven en el cielo y no se ocultan de los dioses sino que, en mi sentir, están contentos de que el amor les derrotara.
 Y tú, ¿no cederás? En ese caso, debería tu padre haberte dado el ser como a un ser diferente o bajo el reino de otros dioses, si es que no has de aceptar ahora estas leyes. ¿Cuántos maridos, hombres sensatos, imaginas que, al ver su lecho deshonrado, fingieron no ver nada? ¿Y cuántos padres no ayudaron a sus hijos a conseguir algún amor culpable? Esto es propio de sabios: que no se vea lo que no es honorable. Los mortales no deben de querer su vida demasiado perfecta, pues ni el techo que cubre su morada son capaces de ajustarlo exactamente. Y tú, caída en el océano del poderío divino, ¿cómo podrás nadar hasta la orilla? En verdad, si hay más de bueno que de malo en ti, siendo humana, es grande ya tu ventura.
 Ea, pues, niña querida, deja tu obstinación y cesa en tu impiedad; pues impiedad es esto: querer tener más fuerza que los dioses. Ten el valor de amar: la diosa lo ha querido. Ya que sufres de amor, vence tu sufrimiento. Porque hay encantamientos, filtros de amor; encontraremos una medicina para este dolor. ¡Si no hallamos recursos las mujeres, difícilmente los hallarán los hombres!"