domingo, 8 de mayo de 2022

Flores para la señora Harris.- Paul Gallico (1897-1976)


Paul Gallico - Wikipedia, la enciclopedia libre
II


 «Todo había comenzado unos años antes, aquel día que, mientras cumplía con sus obligaciones en casa de lady Dant, la señora Harris había abierto un armario para ordenarlo y se había encontrado dos vestidos colgados en el interior. Uno de ellos era toda una monada de tonos crema y marfil, de raso y encaje; el otro, una explosión de satén y tafetán carmesí, adornado con grandes lazos rojos y una enorme flor también roja. Dejó de moverse, como si se hubiera quedado sin habla, porque en toda su vida nunca había visto algo tan emocionante ni tan bonito.
 Por muy anodina y gris que pareciera su existencia, la señora Harris siempre había deseado verse rodeada de belleza y color, algo que hasta el momento se había manifestado en una gran afición a las flores. Tenía muy buena mano para la jardinería, así como unos conocimientos nada desdeñables sobre la materia, y lograba que las plantas le florecieran allí donde le resultaba prácticamente imposible a otra persona.
 Delante de las ventanas de su semisótano se veían dos jardineras de geranios, su flor preferida, y, en el interior, donde quedaba sitio, había macetitas en las que se observaba algún geranio que intentaba por todos los medios conquistar ese entorno, o un único jacinto o un tulipán, comprados en un puesto ambulante a cambio de un chelín ganado con grandes sudores.
 Y, además, las personas para las que trabajaba le regalaban a veces las flores cortadas que descartaban, que, en un estado marchito, ella se llevaba a casa para tratar de que recuperaran la lozanía, y, de vez en cuando, sobre todo en primavera, se compraba una pequeña maceta de pensamientos, prímulas o anémonas. Mientras tuviera flores, la vida que llevaba no le inspiraba grandes quejas a la señora Harris. Constituían la vía de escape del desierto lúgubre y pedregoso en el que vivía. Esos intensos estallidos de color le daban alegría. Eran algo a lo que volver por la tarde, junto a lo que despertarse por las mañanas.
  Pero ahora, mientras estaba delante de las deslumbrantes creaciones que colgaban en el armario, se vio frente a un tipo nuevo de belleza: una belleza artificial, creada por la mano de un hombre y un artista, pero artera y directamente dirigida al corazón de la mujer. En ese mismo instante quedó bajo el influjo del artista; en ese mismo instante nació en su interior el deseo de tener un vestido semejante.
  Aquello no tenía ni pies ni cabeza, ella nunca iba a ponerse un traje así, que no encajaba en su vida. Su reacción fue puramente femenina. Lo vio y lo quiso con todas sus ganas. Algo dentro de ella lo deseaba, y trataba de alcanzarlo de forma tan instintiva como un niño en una cuna quiere alcanzar un objeto brillante. En ese momento, ni ella misma se dio cuenta de lo profundo que era ese deseo, de lo potente que resultaba. Sólo pudo quedarse embelesada, extasiada y hechizada, contemplando los vestidos, apoyada en la bayeta, con sus zapatos de vodevil, sucia de arriba abajo, mientras el cabello ralo le enmarcaba la cara: la clásica imagen de una señora de la limpieza.
  Así fue como la encontró lady Dant cuando pasó casualmente por allí, viniendo de su saloncito.
  —¡Oh —exclamó—, mis vestidos! —Y después, al fijarse en la actitud y en el gesto de la señora Harris, añadió—: ¿Le gustan? Todavía no he decidido cuál me voy a poner esta noche.
 La asistenta apenas fue consciente de que lady Dant estaba hablando: aún reclamaban toda su atención esas creaciones vivas de seda y tafetán y gasa, de colores que alegraban el corazón, de audaces cortes, rígidas gracias a una ingeniosa construcción interna por la que parecía que se sostenían en pie prácticamente solas, como si fueran criaturas dotadas de vida propia.
 —Madre mía —logró decir al fin—. Pero qué bonitos son. Seguro que cuestan un ojo de la cara.
  Lady Dant fue incapaz de resistirse a la tentación de impresionar a la señora Harris. Cuesta apabullar a una señora de la limpieza londinense: de hecho son las personas menos impresionables del mundo. La empleada siempre le había dado un poco de miedo y ahora se le presentaba la ocasión de anotarse un tanto. Soltó una de sus forzadas carcajadas y dijo:
  —La verdad es que sí, hasta cierto punto. Este de aquí, “Ivoire”, costó trescientas cincuenta libras, y ese largo, el rojo, que se llama “Deslumbrante”, salió por unas cuatrocientas cincuenta. Siempre voy a Dior, cómo no. Claro que así una siempre sabe que acierta.
  —Cuatrocientas cincuenta libras —repitió la señora Harris—. ¿De dónde saca la gente tanto dinero?
  Los estilos de París no le eran desconocidos, porque leía con asiduidad números atrasados de revistas de moda que a veces le daban sus clientas, y había oído hablar de Fath, Chanel y Balenciaga, Carpentier, Lanvin y Dior; este último nombre despertó ciertas ideas en su espíritu necesitado de belleza.
  Porque una cosa era encontrarse con fotografías de vestidos mientras iba pasando las páginas satinadas de Vogue o Elle en las que, y a en color o en blanco y negro, los trajes eran algo impersonal y tan ajeno a su mundo y fuera de su alcance como la luna o las estrellas; y otra muy distinta tener justo delante el vestido real y poder deleitarse la vista con cada una de las ingeniosas puntadas, tocarlo, olerlo, quererlo, y de pronto verse consumida por el fuego del deseo.
  La señora Harris no notó en absoluto que, al responder a lady Dant, ya había expresado la determinación de tener un vestido semejante. No había querido decir: “¿De dónde saca la gente tanto dinero?”, sino: “¿De dónde voy a sacar tanto dinero?” Evidentemente, esta pregunta no tenía respuesta, o, más bien, sólo tenía una. Había que ganárselo. Pero las probabilidades de conseguirlo eran tan remotas como los planetas.
 Lady Dant quedó absolutamente encantada con la impresión que le parecía haber causado, e incluso descolgó cada vestido y se lo enseñó a la señora Harris para que ésta pudiera hacerse una idea del efecto que creaba. Y, como las manos de la señora de la limpieza estaban impolutas gracias al agua con jabón en la que se hallaban inmersas casi todo el rato, la dama le permitió tocar los materiales, cosa que ella hizo como si éstos fueran el Santo Grial.
 —Pero qué preciosidad —musitó de nuevo.
Flores para la señorita harris - paul gallico - - Vendido en Venta ... Lady Dant no supo que en ese instante la señora Harris ya había decidido que lo que más anhelaba en esta vida, y también en la otra, era tener un vestido de Dior suyo y colgado en el armario.
 Con una sonrisa taimada, y muy pagada de sí misma, lady Dant cerró la puerta del ropero, pero no pudo quitarle de la cabeza a su empleada lo que ésta había visto dentro: belleza, perfección, el acicalamiento más insuperable que una mujer podía desear. Y la señora de la limpieza no era menos mujer que lady Dant, o que cualquier otra. Quería, quería, quería un vestido de la que indudablemente debía ser la tienda más cara del mundo, la del señor Dior en París.
 La señora Harris no era nada tonta. Ni se le pasó por la cabeza la idea de llegar a ponerse en público un vestido semejante. Si sabía algo, era cuál era su sitio. No lo compartía con nadie, y pobre de quien intentara meterse en él. Su sitio era un mundo de incesantes fatigas, pero su independencia lo iluminaba. En él no cabían los dispendios ni los vestidos bonitos.
  Pero lo que deseaba ahora era poseer uno, hacerlo de forma física y femenina; tenerlo colgado en el armario, saber que ahí se quedaba cuando ella se marchaba, abrir la puerta al volver y ver que la esperaba: algo que resultaba exquisito al tocarlo, al contemplarlo, al tenerlo. Le parecía que todo aquello de lo que se había visto desprovista en la vida por culpa de la pobreza, de las circunstancias en que había nacido y de su clase social podía compensarse si se convertía en dueña de aquel ejemplo glorioso de elegante moda femenina. La misma cantidad de dinero enorme e impensable podía verse también reflejada en una joya, en un único diamante que duraría para siempre. A la señora Harris no le interesaban los diamantes. El hecho mismo de que un solo vestido pudiera representar una cantidad tan grande de dinero aumentaba su carácter deseable y el deseo que le inspiraba. No se le escapaba que el hecho de que ella lo quisiera no tenía ni pies ni cabeza, pero eso no impedía en absoluto que así fuera.
  El resto de aquel día húmedo, triste y brumoso, le infundieron calor las imágenes de las creaciones que había visto, y, cuanto más pensaba en ellas, más crecía el deseo en su interior.
  Esa noche, mientras la densa niebla londinense se deshacía en gotas de lluvia, la señora Harris se acomodó en medio de la agradable calidez de la cocina de la señora Butterfield para llevar a cabo la importante ceremonia de rellenar los cupones de la quiniela de fútbol semanal.
  Desde que recordaba, le daba la impresión de que ninguna de las dos había dejado nunca de dedicarle tres peniques todas las semanas a esa fascinante lotería nacional. El precio no era caro: la esperanza, la ilusión y la intriga que podían adquirirse por apenas tres peniques por cabeza. Porque, cuando el cupón ya se había rellenado y se había echado al buzón de correos, representaba una opulencia incalculable hasta que llegaban los periódicos con los resultados y la desilusión, pero nunca se producía una auténtica decepción, porque la verdad era que no esperaban ganar. En una ocasión, la señora Harris había logrado un premio de treinta chelines, y a la señora Butterfield le había tocado el reintegro varias veces, o más bien la posibilidad de jugar gratis la semana siguiente, pero, evidentemente, nada más. Los fabulosos premios importantes nunca habían dejado de ser cuentos de hadas llenos de glamour que alimentaban ambiciones y que de vez en cuando llegaban a salir en los periódicos.
  Como la señora Harris no era aficionada a los deportes ni tenía tiempo para seguir las vicisitudes de los equipos de fútbol, y como además las combinaciones y permutaciones posibles se contaban por millones, se había acostumbrado a elegir recurriendo a la adivinación y a Dios. Había que predecir los resultados de unos treinta partidos (victoria, derrota o empate), y el método de la señora consistía en detenerse, con el lápiz preparado, en cada línea, y esperar a que le llegase un mensaje interior o exterior que le dijese qué anotar. Le daba la sensación de que la suerte era algo tangible que flotaba en el aire y que a veces se posaba en grandes cantidades sobre la gente. La suerte era algo que podía notarse, cogerse, morderse; la suerte podía rodear completamente a una persona en determinado momento y desaparecer al siguiente. Por eso, en el instante de atraer a la buena suerte en lo referente a las quinielas de fútbol, la señora Harris trataba de sintonizar con lo desconocido. Normalmente, mientras hacía esa pausa, si no notaba una violenta corazonada o si no sentía nada, marcaba la casilla del empate.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2015, en traducción de Ismael Attrache. ISBN: 9787-84-9065152-0.] 


miércoles, 4 de mayo de 2022

Alguien voló sobre el nido del cuco.- Ken Kesey (1935-2001)


Ken Kesey - Wikipedia
Segunda parte


  «—Después de lo ocurrido —prosigue el doctor—, nadie puede decir que estamos ante un hombre corriente. No, desde luego que no. Y, sin duda, constituye un factor perturbador, salta a la vista. Luego… ah… a mi entender, el propósito de esta discusión debe ser decidir la línea de actuación a seguir con él. Creo que la enfermera convocó esta reunión —corríjame si me equivoco, señorita Ratched—para comentar la situación y contrastar las opiniones del personal en cuanto a las medidas a adoptar con respecto al señor McMurphy.
  Le lanza una mirada plañidera, pero ella sigue sin abrir la boca. Ha levantado los ojos hacia el techo, seguramente en busca de rastros de suciedad, y no parece haber oído ni una palabra de lo que acaba de decir el doctor.
  Este se vuelve hacia los internos alineados al otro lado de la habitación: todos han cruzado la misma pierna sobre la otra y apoyan la taza de café en la misma rodilla.
  —Veamos, amigos —dice el doctor—, comprendo que no han contado con tiempo suficiente para dar un buen diagnóstico del paciente, pero todos han tenido una oportunidad de observarlo en acción. ¿Qué opinan ustedes?
  La pregunta les hace estallar la cabeza. Con gran astucia, el doctor acaba de pasarles la papeleta. Todos miran alternativamente al doctor y a la Gran Enfermera. De algún modo ella ha logrado recuperar su antiguo poder en cosa de escasos minutos. Solo con permanecer ahí sentada, sonriéndole al techo y sin decir nada, ha conseguido hacerse otra vez con el control y que todos tomen conciencia de que aquí tendrán que habérselas con ella. Si esos muchachos no se portan bien, corren el riesgo de concluir su período de prácticas en el hospital para alcohólicos de Portland. Todos empiezan a mostrarse tan inquietos como el doctor.
  —Su influencia es bastante perturbadora, sin duda.
  El primer interno no quiere correr riesgos.
  Beben sorbos de café y meditan. Después, el siguiente comenta:
  —Y podría representar un verdadero peligro.
  —Así es, así es —dice el doctor.
  El chico cree haber dado en el clavo y prosigue:
  —Todo un peligro, a decir verdad —dice y se inclina hacia delante en su silla —. No debemos olvidar que este hombre ha realizado actos violentos con el mero propósito de eludir el trabajo de la granja y acceder a la vida relativamente menos dura de este hospital.
   —Ha planeado actos violentos —añade el primer interno.
  Y el tercero musita:
  —Pero, en realidad, el mismo carácter de su plan podría indicar que se trata simplemente de un astuto embaucador y no de un enfermo mental.
  Echa un vistazo a su alrededor para comprobar cómo se lo toma la enfermera y ve que esta aún no se ha movido ni ha hecho el menor gesto. Pero el resto del personal se queda mirándolo como si hubiese pronunciado una terrible obscenidad. El chico comprende que ha errado el tiro e intenta fingir que era una broma, a base de soltar una risita y añadir:
   —Ya saben, “El que no marca el paso es que oye otro tambor” .
  Pero es demasiado tarde. El interno que ha hablado en primer lugar se vuelve hacia él, deja su taza de café sobre la mesa y saca del bolsillo una pipa del tamaño de un puño:
  —Francamente, Alvin —le dice al tercer muchacho—, me has defraudado. Incluso sin haber leído su historial, basta con observar su comportamiento en la galería para comprender lo absurdo de tal sugerencia. Ese hombre no solo está gravemente enfermo, sino que le considero sin lugar a dudas como un Agresivo en Potencia. Creo que las sospechas de la señorita Ratched iban en ese sentido cuando decidió convocar esta reunión. ¿No has identificado en él al prototipo del psicópata? Nunca había visto un caso más claro. Ese hombre es un Napoleón, un Gengis Khan, un Atila.
  Luego interviene otro. Recuerda los comentarios de la enfermera con relación a la sala de Perturbados.
  —Robert tiene razón, Alvin. ¿No has observado cómo actuó hoy ese hombre? En cuanto falló uno de sus planes se levantó de un salto, dispuesto a cometer cualquier violencia. ¿Por favor, doctor Spivey, qué dice su historial en cuanto al uso de la violencia?
  —Se evidencia una notoria falta de disciplina y respeto de la autoridad — responde el doctor.
  —Exactamente, Alvin, su historial demuestra que en repetidas ocasiones ha dirigido su hostilidad contra figuras que representaban la autoridad: en la escuela, en el servicio militar, ¡en la cárcel! Y creo que su actuación después de la rabieta de la votación de hoy es un indicio perfectamente claro de lo que podemos esperar de él en el futuro.
  Se interrumpe y frunce el entrecejo con la mirada fija en su pipa, vuelve a llevársela a la boca, enciende una cerilla y aplica la llama a la cazoleta con una sonora aspiración. Cuando por fin consigue encender la pipa, mira subrepticiamente a la Gran Enfermera a través de la nube de humo amarillo; debe considerar que su silencio indica aprobación, pues sigue adelante, con mayor entusiasmo y aplomo que antes.
  —Detente a pensarlo un minuto, Alvin —dice, con palabras algodonosas a causa del humo—, supón lo que le ocurriría a uno de nosotros si se encontrase a solas con el señor McMurphy en una sesión de Terapia Individual. ¡Piensa lo que ocurriría cuando llegases a un detalle particularmente doloroso y él decidiera que y a estaba harto de ti —¿cómo diría él?—, de tu “maldita curiosidad de métomeentodo”! Y cuando le dijeras que no debía mostrarse agresivo, te mandaría al infierno, y aunque tú le dijeras que se serenase, en tono autoritario, sin duda, ahí lo tendrías, noventa kilos de psicópata irlandés pelirrojo lanzados sobre ti, por encima mismo de la mesa de la consulta. ¿Estás preparado —alguno de nosotros lo está— para hacerte cargo del señor McMurphy cuando se plantee una situación de ese tipo?
  Vuelve a colocarse la pipa del número diez en la comisura de los labios, apoya las manos abiertas sobre las rodillas y espera. Todos piensan en los gruesos brazos rojos de McMurphy, en sus manos llenas de cicatrices y en su cuello que asoma por la camiseta como un grueso tarugo aherrumbrado. El interno llamado Alvin ha palidecido solo de pensar en ello, como si el amarillento humo de pipa, que le está echando en la cara su compañero, se la hubiese manchado toda.
  —¿Por lo tanto, en su opinión —pregunta el doctor—, sería aconsejable enviarle a Perturbados?
  —Opino que, como mínimo, sería lo más seguro —responde el chico de la pipa, que ha cerrado los ojos.
  —Creo que tendré que retirar mi sugerencia y apoyar a Robert —dice Alvin dirigiéndose a todos en general—, aunque solo sea por mi propia seguridad personal.
  Todos ríen. Se les ve más relajados, con la certeza de que han logrado dar con el plan que ella esperaba. Todos beben un sorbo de café, excepto el chico de la pipa, demasiado ocupado con el artefacto que constantemente se le apaga, gasta un montón de cerillas y no para de chupar y fruncir los labios. Por fin consigue un encendido de su agrado y dice, con un cierto tono de orgullo en la voz:
   —Sí, creo que la Galería de Perturbados será lo más conveniente para el viejo McMurphy, el Rojo. ¿Saben lo que he pensado después de observarle estos pocos días?
   —¿Reacción esquizofrénica? —pregunta Alvin. El de la pipa mueve negativamente la cabeza.
  —¿Homosexual Latente con Formación Reactiva? —apunta el tercero.
Alguien voló sobre el nido del cuco (COMPACTOS): Amazon.es: Kesey ...  El de la pipa vuelve a negar con la cabeza y cierra los ojos.
  —No —dice, y lanza una sonrisa a cuantos le rodean—, Edipo Negativo.
  Todos le felicitan.
  —Sí, creo que hay muchos detalles que apuntan en ese sentido —añade—. Pero, independientemente del diagnóstico definitivo, no debemos olvidar una cosa: nos las habemos con un hombre fuera de lo corriente.
  —Se… equivoca por completo, señor Gideon.
  Es la voz de la Gran Enfermera.
  Todos vuelven la cabeza hacia ella, sobresaltados; y o también la miro, pero me contengo a tiempo y finjo que solo pretendía limpiar una mancha que acabo de descubrir en la pared, por encima de mi cabeza. No cabe duda de que todos se han quedado desconcertados; creían estar proponiendo exactamente lo que ella deseaba, justo lo que ella misma había pensado proponer en la reunión. Hasta yo lo había pensado. La he visto enviar a la galería de Perturbados a hombres que no le llegaban ni al hombro a McMurphy, por la mera razón de que había un ligero riesgo de que le escupiesen a alguien, y ahora se enfrenta con este toro que se ha burlado de ella y de todo el resto del personal, un tipo del que ella había dicho esta misma tarde que debía salir de esta galería y, ahora, va y dice que no.
  —No. No estoy de acuerdo. En absoluto —lanza una sonrisa dirigida a todos en general—. No creo que debamos mandarlo a Perturbados; eso no sería más que un fácil recurso para transferir nuestro problema a otra galería y no estoy de acuerdo en que sea una especie de personaje extraordinario… una especie de “super” psicópata.
  Hace una pausa aunque nadie tiene la intención de contradecirla. Por primera vez desde el principio de la reunión bebe un sorbo de café; cuando retira la taza de su boca, está teñida de ese color rojo anaranjado. No puedo evitar el echar una mirada al borde de la taza; no es posible que use un lápiz de labios de ese color. La mancha que ha dejado en la taza debe ser producto del calor, el contacto con sus labios ha comenzado a fundirla.
  —Debo reconocer que cuando empecé a advertir la fuerza perturbadora que puede representar McMurphy también pensé que, sin lugar a dudas, lo indicado era enviarlo a Perturbados. Pero creo que ya es demasiado tarde. ¿Suprimiríamos con ello el mal que ya ha hecho en nuestra galería? No lo creo, no después de lo ocurrido esta tarde. Creo que enviarle a Perturbados ahora sería proceder exactamente como esperan los pacientes. Lo convertiríamos en un mártir. Jamás tendrían la oportunidad de comprobar que ese hombre no es — como decía usted, señor Gideon— una “persona fuera de lo corriente”. Bebe otro sorbo de café y deja la taza sobre la mesa; suena como un mazazo; los tres residentes se yerguen en sus sillas.
  —No. No se sale de lo corriente. No es más que un hombre, pura y simplemente, y experimenta todos los temores, toda la cobardía y toda la timidez que sienten los demás. Tengo la certeza de que bastarán unos cuantos días para que así lo demuestre, ante nosotros y también ante el resto de los pacientes. No me cabe la menor duda de que si lo retenemos en la galería pronto cederá su osadía, su rebelión personal se desvanecerá y… —sonríe, como si supiera algo que los demás ignoran—… nuestro héroe pelirrojo quedará reducido a algo que todos los pacientes conocerán en su justo valor y le perderán todo respeto: un fanfarrón y un charlatán de esos que se suben a una caja de jabón y gritan para ganarse adeptos, como todos hemos visto hacer al señor Cheswick, pero que se echan atrás cuando comienzan a correr un verdadero riesgo personal.
  —El Paciente McMurphy —el chico de la pipa considera que debe intentar defender su posición y salvar un poco el tipo— no me produce la impresión de ser un cobarde.
  Esperaba que la enfermera se enfureciese, pero no; se limita a echarle una mirada como diciendo « ya veremos» y añade:
  —No he dicho que sea un cobarde, señor Gideon; oh, no. Lo único que sucede es que le tiene mucho apego a alguien. Como psicópata que es, le tiene demasiado apego a un tal señor Randle Patrick McMurphy y no lo expondrá a ningún riesgo innecesario. —No me cabe la menor duda de que la sonrisa que le lanza al chico apagará definitivamente su pipa—. No tenemos más que esperar un poco y nuestro héroe… ¿cómo dicen los estudiantes?… ¿Bajará del burro? ¿Es eso?
  —Pero podrían pasar semanas… —objeta el muchacho.
  —Disponemos de tantas semanas como queramos —dice ella. Se levanta, con el aire más complacido que le he visto desde que McMurphy ingresó y empezó a crearle problemas hace una semana—. Disponemos de semanas, meses, e incluso años. No olvide que el señor McMurphy está internado. El período de tiempo que pase en este hospital depende absolutamente de nosotros. Ahora, si nadie tiene nada más que añadir…»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Mireia Abelló Bofill. ISBN: 978-84-3397-260-6.]

domingo, 1 de mayo de 2022

Bambilandia.- Elfriede Jelinek (1946)


Elfriede Jelinek - Malos Tratos
Babel


 «Se fue hace mucho ese hombre por quien tanta devoción siento, a quien idolatro, a alguien tiene que idolatrar uno, su pensamiento inició un camino retrógrado, que lo alejó de nosotros, ahora su carácter no dejará su impronta en milenios, sino sólo en mí, la afectada, que espera y espera. Este hombre, como dije, ejerció un efecto extraordinario sobre el cuerpo, no, sobre el cuerpo no, sobre todos los cuerpos, o mejor dicho, podría haberlo hecho, pero no se aprovechó de ello, usó su miembro de forma relajada, como quien dice, consciente de su hiperdesarrollo, pero oigan, no estoy hablando del hiperdesarrollo de su miembro, ¡sino del de toda su persona! Debe haber irradiado algo esta persona, ¿era poder? No, no. Pero sí. Fue el poder de, a partir de un individuo indiferente como yo, formar un pueblo, como quien funda una religión, un pueblo que lo venera y que lo seguirá venerando por siempre para que él le depare la salvación. Determinaría mi destino durante milenios si pudiera seguir mi destino tanto tiempo. Como no puedo, lo que hago es perseguirlo sólo a él, que es mi destino. Hoy en día, la crónica informativa se reduce a tetas, culos, coños, que los periódicos serios deben tapar, y sí, ahora es un conocimiento que poseemos todos, cómo son estas partes, ¡Pero antes solamente en el culto a los héroes lograba uno llegar a ver alguna parte íntima! ¡Se rendía culto a los dueños del sexo!, cuál sexo no importa, al fin y al cabo hay uno solo. La escritura de la historia, en la que ahora a nosotros no nos dejan participar, los norteamericanos son los únicos que se pueden poner el carnet de miembro en el miembro, si uno tiene otro carnet, entonces en seguida lo controlan, sólo a los norteamericanos les dan los carnets de la historia, ¿pero quién soy yo?, ¿quién me creo que soy?, ay, pero a ver, ¿qué era lo que quería decir?, la escritura de la historia, la crónica de los hechos, la crónica de los destinos de los individuos que ejercieron el dominio, obviamente no sobre nosotros, de los destinos de los conquistadores, obviamente tampoco nuestros conquistadores, demasiado insignificantes éramos nosotros como para que los dominadores nos registrarán siquiera, en conclusión: la crónica de los hechos se ha metido en la crónica de las tetas, le ha cedido su lugar. Ahora las tetas y los coños hacen historia, y todos se dan prisa por meterse allí dentro, no importa cuantos hayan estado antes allí, para convertirse en un ser histórico y en el ser, la esencia de la historia, lo que queda de ella, cuando están dentro, mucha no queda, pero bueno, por favor, entonces, ese ser aprehende el ser, esencia de la historia a través del proceso de convertirse en cuerpo. Y ahora por favor otro favor, porque esto siempre fue así: tomaos de las manos en alto, en parejas, una detrás de la otra, en una fila, así yo me cuelgo de nuestras manos como de una escalera horizontal en la gimnasia deportiva, ¡y así voy avanzando y así os puedo seguir! La historia ha manufacturado cuerpos como la fábrica de conservas de Inzersdorf, o la que sea, pero la historia de los últimos tiempos consiste en que los cuerpos están ahí, ahí se quedan, a menos que estén en el extranjero, que los cuerpos pongan manos a la obra los unos sobre los otros. Matar se volvió superfluo. Follar también se volvió de algún modo impersonal, ¿no? Como lo hacen todos y lo pueden hacer en cualquier momento y en cualquier lugar, es como le pasó a la historia, cómo decirlo: se despersonalizó. La verdad, una pena, ¿no? Y como el polvo público tiene lugar entre beldades, uno quiere ser una beldad, disfrutar de ello, tenemos derecho a disfrutarlo, porque todos somos seres públicos, o no, en realidad no. Más bien digamos que no. Pero todo es y se hace público, eso no se discute. Lo que uno observa, las observaciones tienen lugar en el aire, no en el espíritu, hasta que parte el alma del moribundo que exhala el último suspiro, y precisamente por eso es que la gente se dice: hala, hala, y aprovecha la primera ocasión para quitarse la ropa. Algunos se cambian de ropa para aparecer renovados ante su pareja y luego poder volver a decepcionarla. Pero, insisto, observen esto: las nuevas circunstancias y relaciones históricas se reducen a esos ocultos e impersonales momentos donde uno se encuentra entre nos y dentro de uno mismo y dentro del otro. Lo que sucede porque somos seres animados, sí no no podríamos hacer nada, pero fijaos, una vez que todo fue animado por la televisión, llegó entonces la ciencia para volver a quitarle el alma a una parte del mundo y desarrollar una pantalla plana y la televisión digital. ¡Pero no, no, todo esto no guarda relación con las relaciones! Las relaciones son concretas, y de ellas se encarga la Misión de San Cristóbal. Ahí se sube uno sobre los hombros del otro, por ejemplo, un niño sobre un pedófilo, un portador de Dios que carga a la izquierda, y el niño es llevado en andas atravesando el río, la verga, el portador, no el portador de la verga sino del niño, se la ha puesto antes cómodamente sobre el hombro derecho, y las piernas del niño se las ha puesto pegadas alrededor del cuello, como uno de esos abrelatas, casi lo asfixia, esa postura casi lo asfixia mientras va avanzando por el agua, pero si el niño se cae y se ahoga, a San Cristóbal le quedará todavía su verga, no la suya, la del niño por supuesto, y las piernas puestas como un abre- apetitos carnales, como un abrelatas, uno de esos con aros de metal de distintos tamaños, yo también tengo uno de esos, en los que según el tamaño de la lata se elige el aro y se lo coloca alrededor del coño, digo de la lata, para abrirla, y luego vaciar su contenido, no importa adónde vaya el contenido después. Los seres humanos pastan el uno en el otro, así que no necesitan abridor, todo es campo de pastoreo. No es uno un animal y el otro el campo de pastoreo, Son dos campos de pastoreo que se devoran mutuamente y luego bajan la cabeza hacia el suelo entristecidos. Pero por quien lloran es por sí mismos, porque están solos. Tampoco necesitamos ya más lo animal que hay en nosotros, sin esa parte animal igual hacemos historia punto matamos sin necesidad y sin que nadie nos mande hacerlo. Para la historia también es importante que la economía tenga relaciones, Que la forma de alimentación tenga una relación con nosotros, que tengamos herramientas que Por su parte tienen relaciones entre ellas cuando descienden en Marte, en la arena en la arena en la arena, y todo resulta estéril estéril estéril, y que las caminatas que hace la gente por los senderos de montaña tengan relaciones o por lo menos las costumbres las construyan: en el refugio alpino se construye de forma precaria con los cuerpos algo correcto y adecuado con el solo fin de que uno pueda pasar por sus puertas, Y las puertas están ahí, solas, no, la verdad es que solas no están, tienen pareja, así que olvídense de ellas, no están disponibles, las casas del cuerpo abren ellas las puertas, y entonces entramos nosotros. Crecimiento demográfico, descontento popular y cambios climáticos son las consecuencias luego. Al gran hombre, el representante, el soberano, ya no le cabe ningún otro papel salvo el de oportunista de masas, qué consiste en representar oportunistamente las aspiraciones de las masas, y quien las represente mejor, ese será respetado como un grande mientras que los más seguirán teniendo poca importancia. Es en realidad fortuito que las aspiraciones de las masas se logren corporeizar en una persona, quiero decir, que se halle una persona que pueda corporizar algo así como una aspiración de la masa, y entonces después todos los otros cuerpos, cuyos pétalos se han abierto como Jesús en la cruz, sí, el de la herida en el costado. Podría hablar mucho sobre esa herida, sobre esa vulva ensangrentada que se abre en el costado, Amfortas y todo eso, el Sagrado Corazón de Jesús, en fin, ¡todos los demás se quieren mostrar de un modo tan exhibicionista! ¡Ustedes también se lo podrían haber ahorrado! No tienen más que esperar, en cualquier momento algo se va a abrir, algo seguro que se abre, sí siempre se trata de eso, de que se abra algo, un pantalón, una casa, en ese afán, en esa aspiración algo se abre y hace saltar los puntales por los Aires como calzoncillos que se arrancan y destrozan. 
Bambilandia (Áncora & Delfin): Amazon.es: Jelinek, Elfriede: Libros Después la gente destroza sus relaciones y no ve el momento de entrar en una nueva relación, o quizá más bien de descentrarse y hundirse en una relación, o que la relación lo hunda, oh señor, yo no soy digna de que entre en tu casa. Pero tú encarnas y apuntarlas mis aspiraciones tan bien, que a ti te elijo, y te autorizo a que me introduzcas un sólido puntal bien puesto como corresponde, quiero decir qué así quizá mejore mi resistencia, ¿pero por qué jadeas así? ¿Se te hace ya demasiado largo? ¿Y has notado también esa discrepancia entre tu persona y tu órgano genital? ¿Te resulta demasiado grande, demasiado pequeño, demasiado mediano? A mí me llamó la atención enseguida, apenas te vi, antes incluso de ver siquiera tu órgano genital me imaginé: ¡aquí seguro que habrá fuertes discrepancias! Uno demasiado grande, el otro demasiado pequeño, a ti te dejo ver cuál es cuál, no, no te dejo eso a ti, a ti te dejo como máximo la elección del local a donde ir a cenar, pero las elecciones locales ya no te las dejo más a tu cargo, se las dejaré a otro, elegiré a mi propio representante, ¡y contra él, te digo, no tienes ni una oportunidad! Por ahora, por ahora todavía estoy a tu merced, Dios cretino, ¡cuánto confías en tu naturaleza! Pero ella no puede hacer absolutamente nada. Espera solo, hasta que ya no sea más yo, ¡entonces te encontrarás metido y atrapado en otra y no sabrás qué hacer! Y entonces surgirán las discrepancias. No, las discrepancias comenzaron hace ya mucho tiempo, es solo que nunca nos dimos cuenta. Pero las discrepancias aparecen también entre la postura que guardan nuestros órganos de pensamiento y nuestros órganos sexuales, y vaya postura en que quedó guardado todo ese mobiliario de mal gusto que el mundo adquirió de nuevo en una liquidación, porque él quiere y quiere acostarse al lado de alguien, es como una obligación para él, y por querer adquirió algo, como suele suceder, algo que en todos los casos está de más, en fin en fin, ¿qué quería decir?, que es por medio del pensamiento que aparecen esas discrepancias entre nuestros órganos sexuales, y aparentemente no encajan porque nadie los quiere, él quiere solo los de él, los míos no los quiere, le parece que no encajamos entonces yo: quisiera esos, pero en un tamaño más grande, digo, ¿los tendrá en la mediana? ¿no?, entonces llevo la pequeña, pero ahí él no querrá entrar cuando quiera entrar, pero la grande sería demasiado grande, bueno, bueno, decía que sí, bueno que es por medio del pensamiento que se deben allanar esas discrepancias de modo que los seres humanos puedan volver a follar como se debe. Quiero decir que ya no necesiten pensar antes, bueno, ya está, asunto acabado.»   

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2006, en traducción de Claudia Baricco, pp. 88-95. ISBN: 84-233-3834-7.]