lunes, 7 de septiembre de 2015

"El unicornio".- Manuel Mujica Láinez (1910-1984)


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II.- La endemoniada de Poitiers
 
Ithier explica el amor mundano

 "Ithier, otro vencido, tomó a su cargo la tarea compleja de conseguir que Pons, menos sutil que los demás personajes de este episodio, por moverse en un cerrado círculo austero de convicciones estrictas, donde lo bueno y lo malo se encastillaban en exactas posiciones y donde todo se regulaba de acuerdo con las exigencias de una religión inflexible, captara los matices del vínculo que, al cabo de los años, prevalecía entre Ozil y Berta, y no entorpeciera con actitudes insólitas un diálogo del cual dependía el futuro de Aiol. No fue sencillo lograrlo. Pons actuaba como un hombre para el cual dos y dos son invariablemente cuatro, y para quien Ozil no representaba nada más que la imagen de un pecador, de un ser que desvirtuaba, con cada uno de sus gestos, el santo espíritu de la cruzada, de los cruce signati, un individuo que había contribuido a empujar a Berta por la senda viciosa (como si ella lo necesitara), y no le importaba un comino el detalle de que perteneciera al linaje feudal de Lusignan y de que hubiera paladeado la intimidad de los reyes de Jerusalén. Dividía a los humanos en dos clases únicas y adversarias: pecadores y no pecadores; Ozil formaba parte de la primera, de la que él, con sus oraciones y propósitos de disciplinada vida, había rescatado a Berta, llevándola del lado de los virtuosos. Y no había más vueltas que darle, porque la verdad no se confunde con una zanfonía cuyo manubrio se hace girar a gusto. Así como una estatua de la Virgen o de un apóstol, está bien o mal esculpida y es imposible errar sobre sus justos méritos, resultaba vano acumular argumentos para demostrarle a Pons que una conciencia negra era blanca. Se reía de los señores (lo dijo, con una sonrisa forzada, al disgustado Ithier que aspiró a empinarse como favorito del rey de Castilla); para él no había más señores que los canónigos que encargaban sus obras. Además, a esa disposición intransigente se añadían sus celos que apenas velaba. Lo sacaba de quicio la atrevida confianza de ese caballero, sin duda más pobre que él, a quien tildaba de inútil, un hueco apostador incorregible en torneos donde se juega la cabeza (nueva infracción de los preceptos divinos) y, pero eso no se advertía casi pues era lo que más quería esconder, lo espantaba e indignaba la idea de que Ozil, obviamente más fascinante que él, pudiera inquietar con su encanto personal a la sosegada Berta y modificar el cristiano ritmo que le había comunicado a sus actividades. El tolerante y trivial Ithier, mucho más elástico y mañoso, empleó en la función de convencerlo los razonamientos que le procuraba la extraña moda de entonces, en lo que ataña a las relaciones entre esposos, sin tener en cuenta que su dialéctica frívola y mundana, inspirada por las costumbres de un medio aristocrático que en nada correspondía a la realidad del tallista y la posadera, sólo lograría acentuar la suspicacias irascibles de su hermano.
 Le puntualizó que el criterio había evolucionado diametralmente desde que Pons, veinteañero cincelador de pórticos catedralicios, recorría con el atado al hombro las carreteras de Francia y de Alemania. No se concedía, ahora, trascendencia a prejuicios que antes habían embotado a las gentes. Ahora un amor cortés, inteligente, razonado, en que si el cuerpo concernía al marido, el corazón concernía al amador -puesto que no podía florecer el amor verdadero dentro del matrimonio-, sucedía al apadrinado por las viejas condiciones. El marido debía sentirse orgulloso de los homenajes de los cuales era objeto su cónyuge, y oponerse a ellos constituía una falta garrafal de gusto. Chrétien de Troyes lo había explicado nítidamente en sus novelas, como heraldo de la condesa de Champaña. Tanto la mojigatería de la dama como los celos del esposo eran considerados vulgares. Gracias a esas ideas progresistas -recalcaba Ithier- se había terminado el aburrimiento feroz de los castillos; ya nadie se aburría en los castillos, donde anteriormente, después de la misa matinal, la jornada se estiraba con temible pesadez para el castellano, cuando no era época de cacería o guerra. Hoy en día quedaba el recurso intrincado de ocuparse de los sentimientos, jugando a un juego peligroso y exquisito. la nobleza y los juglares se amaban sin que la obsesión torpe de la posesión física prevaleciera; se aspiraba a poseer el alma, primorosamente, poéticamente, conservando en su lugar exacto a los privilegios fundamentales que otorga el matrimonio. Pero Pons no entendía o se negaba a entender. Él no era ni un gran señor atosigado de tedio ni un trovador atormentado por el alambique ingenioso del trovar oscuro, clus; era un tallista de imágenes y como tal trabajaba mientras el sol lo permitía. Carecía de tiempo para fantasías ociosas. Amaba decentemente a su mujer y eso era todo. ¿Con qué le salían, entonces? ¿Cuál era esa diferencia ridícula, ese matiz entre esposo y amante? ¿El caballero Ozil era el amante de su mujer? No... no... no... (hay que comprender, Pons, hay que comprender), no era el amante; era un caballero, y por su condición afrontaba los asuntos del amor de otro modo muy diverso. ¿El amor? ¿Estaba Ozil enamorado de Berta? No, no estaba. Se trataba de algo mucho más complejo que Pons no comprendía y debía esforzarse por comprender. Y dale, dale". 

domingo, 6 de septiembre de 2015

"La actualidad de la filosofía".- Theodor Adorno (1903-1969)


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La actualidad de la filosofía

 "Plenitud material y concreción de los problemas es algo que la filosofía sólo podría tomar del estado contemporáneo de las ciencias particulares. Tampoco se podría permitir elevarse por encima de las ciencias particulares tomando sus "resultados" como algo acabado y meditando sobre ellos a una distancia prudencial, sino que los problemas filosóficos se encuentran en todo momento, y en cierto sentido indisolublemente, encerrados en las cuestiones más definidas de las ciencias particulares. La filosofía no se distingue de la ciencia, como afirma todavía hoy una opinión trivial, en virtud de un mayor grado de generalidad, ni por lo abstracto de sus categorías ni por lo acabado de lo material. La diferencia, mucho más honda, radica en que las ciencias particulares aceptan sus hallazgos, en todo caso sus hallazgos últimos y más fundamentales, como algo ulteriormente insoluble que descansa sobre sí mismo, en tanto la filosofía concibe ya el primer hallazgo con el que se tropieza como un signo que está obligada a descifrar. Dicho de una forma más llana: el ideal de la ciencia es la investigación; el de la filosofía, la interpretación. Con lo que persiste la gran paradoja, quizás perpetua, de que la filosofía ha de proceder a interpretar una y otra vez, y siempre con la pretensión de la verdad, sin poseer nunca una clave cierta de interpretación: la paradoja de que en las figuras enigmáticas de lo existente y sus asombrosos entrelazamientos no le sean dadas más que fugaces indicaciones que se esfuman. La historia de la filosofía no es otra cosa que la historia de tales entrelazamientos; por eso le son dados tan pocos "resultados"; por eso constantemente ha de comenzar de nuevo; por eso no puede aun así prescindir ni del más mínimo hilo que el tiempo pasado haya devanado, y que quizás complete la trama que podría transformar las cifras en un texto. Según esto, la idea de interpretación no coincide en absoluto con un problema del "sentido" con el que se la confunde la mayoría de las veces. Por una parte, no es tarea de la filosofía exponer ni justificar un tal sentido como algo positivamente dado ni la realidad como "llena de sentido".
 La ruptura en el Ser mismo prohíbe toda justificación semejante de lo existente; ya pueden nuestras imágenes perceptivas ser figuras, que el mundo en que vivimos y que está constituido de otro modo no lo es; el texto que la filosofía ha de leer es incompleto, contradictorio y fragmentario, y buena parte de él bien pudiera estar a merced de ciegos demonios; sí, quizás nuestra tarea es precisamente la lectura, para que precisamente leyendo aprendamos a conocer mejor y a desterrar esos poderes demoníacos. Por otra parte, la idea de interpretación no exige la aceptación de un segundo mundo, un trasmundo que se haría accesible mediante el análisis del que aparece. El dualismo de lo inteligible y lo empírico tal como lo estableció Kant y como, según la perspectiva postkantiana, lo habría afirmado ya Platón, cuyo cielo de las ideas con todo aún permanece en el mismo sitio y abierto al pensamiento -ese dualismo hay que incluirlo en la cuenta del ideal de investigación antes que en la del ideal de interpretación, un ideal de investigación que espera reducir la pregunta a elementos dados y conocidos, y en donde nada sería más necesario que la sola respuesta-. Quien al interpretar busca tras el mundo de los fenómenos un mundo en sí que le subyace y sustenta, se comporta como alguien que quisiera buscar en el enigma la copia de un ser que se encontraría tras él, que el enigma reflejaría y en el que se sustentaría, mientras que la función del solucionar enigmas es iluminar como un relámpago la figura del enigma y hacerla emerger, no empeñarse en escarbar hacia el fondo y acabar por alisarla. La auténtica interpretación filosófica no acierta a dar con un sentido que se encontraría ya listo y persistiría tras la pregunta, sino que la ilumina repentina e instantáneamente y al mismo tiempo la hace consumirse".

sábado, 5 de septiembre de 2015

"Diálogos sobre la educación".- Juan Luis Vives (1493-1540)


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Diálogo 13.- La escuela

 "Tiro: ¡Gimnasio elegante y magnífico en verdad! Pienso que en esta academia no hay otro tan elegante.
 Espúdeo: Piensas bien. Añade también -y esto es lo que más hace al caso- que en ninguna otra parte encontrarás maestros más sabios y prudentes y que enseñen con mayor destreza.
 Tiro: Se deben tener aquí en gran aprecio las Ciencias y las Letras.
 Espúdeo: Y también se aprende con gran facilidad y rapidez.
 Tiro: ¿Por cuánto enseñan'
 Espúdeo: ¡Vete rápido de aquí con pregunta tan grosera e inoportuna! ¿Es que en casa tan importante hay que preguntar por el precio? Ni los enseñantes mismos conciertan lo que se les ha de dar, mucho menos los discípulos han de pensar siquiera en ello. ¿Se les puede, acaso, pagar con algo? ¿No has oído nunca aquel dicho de Aristóteles, de que a los dioses, a los padres y a los maestros nunca podremos pagarles el bien que nos han hecho? Dios creó al hombre, los padres engendraron el cuerpo y el maestro forma el alma.
 Tiro: ¿Qué enseñan aquí y durante cuánto tiempo?
 Espúdeo: Cada uno tiene su aula separada y hay varios maestros. Unos tratan de enseñar a los muchachos a lo largo del día los primeros rudimentos de la Gramática. ¡Y con cuántos trabajos y molestias! Otros enseñan las reglas más difíciles del Arte; otros de la Retórica, la Dialéctica y demás disciplinas llamadas liberales o nobles.
 Tiro: ¿Por qué reciben ese nombre?
 Espúdeo: Porque son propias de cualquier hombre superior y porque se oponen a las artes no liberales, tales como las mecánicas y sórdidas que se ejercen corporal o manualmente, y son propias de criados o siervos, o de hombres que carecen de talento. Entre éstos hay Tirones y Batallari.
 Tiro: ¿Qué significan estas dos palabras?
 Espúdeo: Tanto Tirones como Batallari son términos tomados de la milicia. Tyro es un vocablo para designar a aquél que se enrola en el ejército. Batallari es, por el contrario -según la expresión francesa-, aquel soldado que ha intervenido alguna vez en la guerra -que ellos llaman batalla-, luchando, a mano armada, contra el enemigo. De la misma manera en la palestra literaria de París, se comenzó a llamar "adelantado o bachiller" a quien había disputado ya públicamente sobre cualquier arte o disciplina. De estos últimos son nombrados los doctores, llamados Licenciados, por la licencia que se les da para enseñar, aunque mejor sería llamarlos designados o nominados. Finalmente, alcanzan el doctorado imponiéndoseles el birrete en un solemne acto académico. Con este acto se le deja libre, en cierto modo, y queda en situación de graduado. Este es el honor supremo y el grado más alto de la carrera.
 Tiro: ¿Quién es aquél que va tan acompañado y precedido de bedeles con mazas de plata?
 Espúdeo: Es el rector de la Academia. Muchos le siguen por razón de su oficio.
 Tiro: ¿Cuántas veces al día se enseña a los muchachos?
 Espúdeo: Durante algunas horas. Una casi al amanecer, dos por la mañana y dos por la tarde.
 Tiro: ¡Tantas!
 Espúdeo: Ésa es la costumbre y la vieja tradición académica. Además, los discípulos repasan y repiten durante dos horas lo que recibieron de los maestros, rumiándolo como si fuese blanda comida.
 Tiro: ¿Con tantas voces y gritos?
 Espúdeo: Es que se están ejercitando.
 Tiro: ¿En qué?
 Espúdeo: En aprender.
 Tiro: Se diría que en gritar, pues no parece que estén meditando, sino pregonando. Y aquél de allí está loco, con toda seguridad, pues si estuviera en su sano juicio ni vociferaría, ni gesticularía ni se retorcería tanto.
 Espúdeo: Son españoles y franceses, un poco acalorados. Como quiera que sostienen ideas o convicciones opuestas, con tanto mayor ardor disputan, como si lo hicieran pro aris et focis ["por la religión y la patria"], según el dicho antiguo.
 Tiro: ¿Es que los doctores siguen aquí diversas opiniones?
 Espúdeo: A menudo enseñan doctrinas contrarias.
 Tiro: ¿Qué autores interpretan?
 Espúdeo: No todos siguen los mismos. Cada uno los selecciona según su capacidad e inclinación".

viernes, 4 de septiembre de 2015

"De ratones y hombres".- John Steinbeck (1902-1968)


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"George se quitó el sombrero. Dijo, con voz quebrada:
 -Quítate el sombrero, Lennie. Este aire es muy agradable.
 Lennie se quitó obedientemente el sombrero y lo dejó en tierra, frente a sí. Más azul estaba ahora la sombra en el valle, y la noche se acercaba velozmente. Llevado por el viento llegó a ellos el sonido de pisadas en los matorrales.
 -Explícame cómo vamos a vivir -suplicó Lennie.
 George había estado escuchando los distantes sonidos. Al momento siguió hablando apresuradamente.
 -Mira al otro lado del río Lennie y yo te lo explicaré de manera que casi puedas ver lo que te cuento.
 Lennie volvió la cabeza y miró a través de la laguna y hacia las laderas de las montañas Gabilán, oscurecidas ya.
 -Vamos a comprar un trozo de tierra -dijo George. Metió la mano en un bolsillo lateral y sacó la Luger de Carlson; quitó de un golpe el seguro, y luego mano y arma descansaron sobre la tierra detrás de la espalda de Lennie. Miró la nuca de Lennie, en el sitio donde se juntaban la columna vertebral y el cráneo.
 Una voz de hombre llamó desde lejos, río arriba, y otro hombre respondió.
 -Sigue -rogó Lennie.
 George alzó la pistola y su mano tembló, y otra vez dejó caer la mano al suelo.
 -Sigue -insistió Lennie-. Dime cómo va a ser. Vamos a comprar un trozo de tierra.
 -Tendremos una vaca -continuó George-. Y tal vez podamos tener un cerdo y gallinas... y tendremos un pedazo sembrado... un poco de alfalfa...
 -Para los conejos -gritó Lennie.
 -Para los conejos -repitió George.
 -Y yo tengo que cuidar los conejos.
 -Y tú tienes que cuidar los conejos.
 Lennie rió de felicidad.
 -Y viviremos como príncipes.
 -Sí.
 Lennie volvió la cabeza.
 -No, Lennie. Mira allá a lo lejos, al otro lado del río, para que puedas ver casi el terreno.
 Lennie lo obedeció. George bajó la mirada hacia la pistola.
 En ese momento se oyeron pisadas que aplastaban ramas en el matorral. George se volvió y miró en esa dirección.
 -Vamos, George. ¿Cuándo lo vamos a comprar?
 -Pronto.
 -Yo y tú.
 -Tú... y yo. Todos van a ser buenos contigo. No va a haber más líos. Nadie va a hacer daño a los demás ni a robarles.
 -Creí que te habías enfadado conmigo, George.
 -No. No, Lennie. No estoy enfadado. Nunca me enfadé, y menos ahora. Quiero que sepas eso.
 Se acercaron las voces. George alzó la pistola y escuchó las voces.
 -Vamos ahora -pidió Lennie-. Vayamos ahora a ese lugar.
 -Claro, ahora mismo. Lo tengo que hacer. Lo tenemos que hacer.
 Y George elevó la pistola y la afirmó, y puso la boca del cañón cerca de la nuca de Lennie. La mano tembló violentamente, pero se endureció la cara y la mano se calmó. Apretó el gatillo. El estampido del disparo rodó laderas arriba y regresó laderas abajo. Lennie se estremeció, y luego fue cayendo lentamente hacia adelante hasta la arena, y yació sin estremecerse.
 George tuvo un temblor y miró el arma, y luego la arrojó lejos de sí, cerca de la orilla, junto al montón de cenizas viejas.
 El matorral pareció llenarse de gritos y del sonido de pies en carrera. La voz de Slim llamó:
 -George, ¿dónde está George?
 Pero George se sentó endurecido en la orilla del agua y miró su mano derecha, la mano que había arrojado el arma a lo lejos. El grupo irrumpió en el claro, y Curley estaba al frente. Vio a Lennie tendido en la arena.
 -Lo has matado, por Dios.- Se acercó y miró a Lennie allí tendido, y luego volvió la vista hacia George.- Bien en la nuca -dijo suavemente.
 Slim se acercó directamente a George y se sentó a su lado, se sentó muy cerca.
 -No importa, no te aflijas -le consoló Slim-. A veces el hombre tiene que hacer cosas como ésta".

jueves, 3 de septiembre de 2015

"Peer Gynt".- Henrik Ibsen (1828-1906)


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Escena Séptima

Otro lugar del páramo.

Peer Gynt: (Cantando.)
 ¡Un sepulturero, un sepulturero! ¿Por dónde andáis perros?
 Un canto como un balido en boca de sacristanes...
 Rodeando el sombrero, una cinta de luto.
 Tengo muchos muertos, y he de acompañaros.
(El Fundidor de botones, con una caja de herramientas y un gran cazo de fundir, llega por un camino lateral.)
El Fundidor: ¡Bien hallado, anciano!
 Peer Gynt: ¡Buenas noches, amigo!
 El Fundidor: ¿Llevas prisa? ¿A dónde vas?
 Peer Gynt: A unos funerales.
 El Fundidor: ¡Ah!, ¿sí? No lo veo claro... Perdona, ¿no te llamas Peer Gynt?
 Peer Gynt: Peer Gynt me llaman.
 El Fundidor: ¡Esto sí que es suerte! ¡Precisamente a Peer Gynt tenía que buscar yo esta noche!
 Peer Gynt: ¿De veras? ¿Qué quieres?
 El Fundidor: Como ves, soy fundidor. Has de entrar en mi cazo.
 Peer Gynt: ¿Y qué voy a hacer yo en tu cazo?
 El Fundidor: Vas a ser fundido de nuevo.
 Peer Gynt: ¿Fundido?
 El Fundidor: He aquí el cazo limpio y vacío. Tu fosa está cavada; ya se ha encargado tu ataúd. En tu cuerpo se darán los gusanos un festín opíparo. Pero yo tengo orden del maestro de llevarme sin tardanza tu alma.
 Peer Gynt: ¡No es posible! Así, sin avisar...
 El Fundidor: Ya es una vieja regla establecida, tratándose de funerales y bautizos, designar en secreto el día del festejo, sin avisar al invitado de honor.
 Peer Gynt: Sí, es verdad. Todo da vueltas en mi cerebro. ¿Así pues, tú eres?...
 El Fundidor: Ya has oído: el fundidor.
 Peer Gynt: ¡Comprendo! El amiguito recibe diversos nombres. ¡De manera, Peer, que en éstas debías acabar! Pero, buen hombre, no es honrado ese proceder. Sé que me merezco un trato más benigno; no soy tan malo como quizá crea usted. He practicado mucho el bien en este mundo. En el peor de los casos, podía calificarme de granuja, pero nunca de gran pecador.
 El Fundidor: ¿Sí? Pues en eso, por cierto, está el inconveniente, hombre; en el sentido más alto de la palabra, no eres un pecador... ¿Lo ves? Por eso justamente es por lo que te libras de los tormentos y vas a ir, como otros, al cazo del fundidor.
 Peer Gynt: Llámalo como quieras: cazo o pecina. Munngatt y bjer son cerveza ambos. ¡Apártate, Satán!
 El Fundidor: Supongo que no serás tan grosero como para imaginarme trotando sobre cascos de caballo...
 Peer Gynt: Sobre cascos de caballo o sobre patas de zorro. ¡Lárgate de aquí!
 El Fundidor: Amigo mío, estás en un craso error. Los dos llevamos prisa; de modo que, para ganar tiempo, te explicaré lo más fundamental de la cuestión. Como tú mismo has dicho, no eres lo que se llama un pecador importante..., ni siquiera un mediano pecador.
 Peer Gynt: ¡Vamos, vamos! Ya empiezas a ser razonable...
 El Fundidor: Aguarda un poco... Llamarte virtuoso sería ir demasiado lejos...
 Peer Gynt: Tampoco tengo yo semejante pretensión.
 El Fundidor: De modo que una cosa intermedia, ¿no es así?... Nada más vulgar... No se encuentra fácilmente hoy día un pecador escogido. No basta con patalear en el fango; hacen falta energía y seriedad para el pecado.
 Peer Gynt: Sí, es exacto lo que dices; es preciso ser temerario.
 El Fundidor: Pero tú has tomado el pecado a la ligera, amigo.
 Peer Gynt: Sólo superficialmente, como una salpicadura de lodo...
 El Fundidor: ¡No! Así, pues, amigo mío, has de ser fundido de nuevo".  

miércoles, 2 de septiembre de 2015

"Seminario sobre la juventud".- Aldo Busi (1948)


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El retrato de Madame D'Orian

 "Luego se lo cuento de golpe:
-¡Tengo la sífilis!
-Yo he tenido dos abortos: uno a los diecinueve años y otro a los veintiuno.
 Y ambos añadimos:
-Ah, bon.
Y nos echamos a reír y comienza inmediatamente la fiesta: vaciamos la nevera, descorchamos la botella de champagne -que nos gusta tan poco a ella como a mí- y comenzamos a entrar en detalles.
 Yo:
-Hablemos de tus abortos.
 Ella:
 -Bueno. El veinticinco de mayo de mil novecientos cincuenta y ocho conozco a un español, tan tímido como yo; lo conozco por la tarde y por la noche estoy ya... Todo lo que recuerdo es un gran dolor, y luego el miedo, el miedo de que mi madre llegara a saberlo. Suzanne me acompaña a visitar a una mujer, muy competente, una profesional; pero yo quería tener el niño, habría querido tenerlo. Pero él se larga, vuelve a España... y yo acababa de empezar a trabajar en París; significaba regresar a casa, madre soltera, en aquel ambiente. No, no, mejor abortar, insistía Suzanne. Aborto y Suzanne me envía un año a Londres, a perfeccionar el inglés, llega incluso a ponerse en contacto con mi familia, va a conocerlos, les convence de que me dejen ir, asegurándoles que a la vuelta recuperaré mi puesto de trabajo y ganaré mucho más. Y así es como me fui con los Bentley. Pero soporté un año de remordimientos y de agotamiento; de no haber sido por Suzanne, no sé, no sé.
 Yo:
 -El primero. ¿Y el segundo?
 A esta pregunta, Arlette se levanta del borde de la cama y comienza a describir círculos en torno a mi jergón inundado por la luz del ventanal abierto de par en par, como si estuviera buscando algo. Pero no lo encuentra: estaba sin duda buscando una nueva versión, o tal vez corregir la primera declaración. Como si se esforzara por oír sus palabras, el sonido que producían, pero ya habían volado fuera. Da un golpecito a la jaulita, que comienza a oscilar, oigo dos suspiros, veo que mueve la cabeza y enciende con mano temblorosa un cigarrillo. Debo asistir a la habitual pantomima de los discursos de niña idiota de las colonias antes de que empiece de nuevo.
 -Vuelvo a trabajar. El español regresa a París. Se presenta cuando hace sólo dos días que he vuelto al trabajo porque, dice, quiere saber si es varón o hembra, y luego desaparecerá para siempre. Yo no le digo nada a Suzanne, la cual no me habría permitido volver a verle; así que él telefonea a la oficina y, como siempre, Suzanne está allí, en la mesa de enfrente, hojeando un libro de contabilidad y hablando de abejas y de polen; yo hago como si nada, y me parece que el corazón me va a estallar, no sé qué hacer, digo únicamente: "Sí", a todas las preguntas que me hace. Quería volverle a ver por el daño que me había hecho, sobre todo porque se había ido de ese modo; por el contrario, me lo callo todo y cuando hago el amor, bien... lo desprecio por su cobardía, pero...
 -Te gustaba hacer el amor con él...
 -Exacto. Me hacía enloquecer. Gritaba.
 -No me mires así, Arlette, yo no tengo que emular a nadie, y mucho menos a ese Pablo.
 -¿Qué quieres decir?
 -Quiero decir que yo no tengo que hacer el amor contigo, simplemente porque sexualmente las mujeres me dejan indiferente. Y nada más, no hay nada personal en ello. Pero me mirabas como si quisieras que yo me planteara el problema de si alguna vez conseguiré hacerte enloquecer como el español. Te acabo de decir que tengo un sifiloma anal y tú lo borras de un plumazo y te inventas una pugna entre machos.
 -Pero una cosa no excluye la otra.
 -Bueno, para mí la excluye.
 -Pablo también era homosexual. Él era...
 -...
-... soltaba fuego por las narices...
-Un Minotauro. ¡Pero qué tipo tan ridículo!
-Ridículo lo serás tú -dice Arlette, mirándome furiosa".

martes, 1 de septiembre de 2015

"Tratado del Primer Principio".- Duns Scoto (1266-1308)


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Capítulo IV: De la simplicidad, la infinitud y la intelectualidad del primer ente

"Undécima conclusión. Es decir, que Tú eres el único Dios fuera del cual no hay otro, tal como has dicho por el profeta.
 Para mostrarla, creo que no falta una razón. Para esta conclusión propongo cinco proposiciones, probada cualquiera de las cuales se infiere la conclusión principal propuesta.
 La primera es: un intelecto infinito es solamente el único en número.
 La segunda: una voluntad infinita es única en número.
 Tercera: una potencia infinita es única en número.
 Cuarta: un ser necesario es único en número.
 Quinta: sólo hay una única bondad infinita.
 Es evidente que de una cualquiera de estas proposiciones se deduce la conclusión propuesta. Se prueban en orden.
 En primer lugar la primera: un entendimiento infinito lo entiende todo del modo más perfecto, es decir, en cuanto es inteligible; y en el entender no depende de ningún otro, porque no sería infinito. Si hubiera dos intelectos infinitos, sean A y B, en cada uno de ellos independientemente faltará una intelección perfecta. Pues A, si entiende a B por B, dependerá en el inteligir al B del mismo B como un acto de su objeto cuando no es lo mismo. Pero si A mismo entiende a B y no por B, no entenderá a B tan perfectamente como B es inteligible; porque nada es más perfectamente presente si no es o en sí o en algo que lo contiene de modo eminentísimo. Pero A no contiene en sí a B. Si dices que es similar, digo contra eso: el conocimiento por lo que es similar es sólo un conocimiento en universal, en cuanto que los objetos son asimilados, y por un conocimiento así no serían conocidos los objetos por las características propias que los distinguen. Además, este conocimiento en universal no es intuitivo sino abstractivo; y el conocimiento intuitivo es más perfecto. Además: el mismo acto no tiene dos objetos adecuados; A es el objeto adecuado de aquel intelecto; luego no entiende a B.
 En segundo lugar se prueba la proposición de la voluntad infinita: ella ama el sumo bien amable; pero A no ama sumamente a B, porque naturalmente se ama más a sí (por lo tanto, similarmente por voluntad libre y recta se ama a sí) y porque sería feliz en B, destruido el cual no sería menos feliz. Por lo tanto, es imposible que el mismo ser sea capaz de hacerse feliz en dos objetos; esto se sigue de las doctrinas establecidas; porque A no usa este B; por lo tanto, disfruta; luego en él es feliz A.
 La tercera proposición referente a la potencia infinita se prueba así: si hubiese dos potencias infinitas, cada una de ellas sería primera con respecto a las mismas cosas, porque la dependencia esencial se refiere a la naturaleza e igualmente a todo en la naturaleza. Las mismas cosas no pueden depender de dos primeros (según la conclusión decimosexta del tercer capítulo), luego una pluralidad de principados no es buena, porque o es imposible o cada uno de los príncipes estará disminuido y será parcialmente principiante; y entonces habremos de preguntarnos en virtud de qué están unidos en el principiando.
 La cuarta proposición, sobre el ser necesario, se prueba así: la especie multiplicable es multiplicable por sí infinitamente; por lo tanto, si un ser necesario puede multiplicarse podrá haber una infinidad de seres necesarios; luego los habría, puesto que si un ser necesario no es, no puede ser.
 La quinta, del bien, se muestra así: muchas cosas buena son mejor que una cuando una añade bondad a otra; nada hay mejor que un bien infinito. Según esto, se argumenta así: toda voluntad se satisface completamente en el único bien infinito; pero si hubiera otro, la voluntad podría desear uno más bien que otro; luego no estaría satisfecha completamente en el único sumo bien.
 Podrían aducirse otras razones, pero por ahora basta lo dicho.
 ¡Señor, Dios nuestro! Tú eres uno naturalmente. Tú eres uno numeralmente. Dijiste en verdad que fuera de Ti no hay Dios. Pues aunque haya muchos dioses nominalmente o en opinión, Tú eres el único por naturaleza. Tú eres el verdadero Dios, del que provienen todas las cosas, en quien están todas y por el cual son todas, que eres bendecido por los siglos. Amén."