Mostrando entradas con la etiqueta Rehabilitación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rehabilitación. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de marzo de 2021

El bebedor.- Hans Fallada (1893-1947)

Resultado de imagen de hans fallada
 17


 «Volvió la cabeza y me miró durante un largo tiempo. Noté lo asustada que estaba, la rapidez de su respiración, cómo intentaba tranquilizarse.
 -Erwin –dijo entonces con una voz atropellada-. ¡Erwin! ¡Qué aspecto tienes! ¿De dónde vienes en ese estado? ¿Dónde has estado tanto tiempo? ¡Ay, Erwin, Erwin, no sabes el miedo que he pasado por tu causa! ¡Que tengamos que vernos de nuevo de esta manera! ¡Erwin, piensa que en un tiempo nos queríamos! ¡No lo destruyas todo! Vuelve a mí.  Haré todo lo que esté en mis manos por ayudarte. Quiero ser muy paciente contigo, nunca más me pelearé contigo…
 Cada vez hablaba más atropelladamente, hizo una pausa sin aliento y me observó suplicante.
 Sin embargo a mí me movían unos sentimientos muy diferentes. Miraba a esa mujer arreglada, enrojecida por el sueño y en su camisón de seda azul con ira, con odio, con aversión, yo, que tenía una pinta como si me hubiera arrastrado por el fango, yo, que olía como una abubilla en época de cría. Creo que debió ser el aviso de nuestro amor de otro tiempo lo que me puso tan furioso. Sus palabras, en lugar de tranquilizarme, únicamente me habían hecho sentir la distancia que existía con el desde hacía tiempo sepultado pasado. Nos estábamos comparando, y allí estaba ella, que lo tenía todo, y aquí estaba yo, un candidato a la nada.
 Furioso me abalancé sobre Magda y casi me caí sobre una cuchara de servir de plata, miré a mi alrededor para verla, retrocedí un paso y la pisé. Magda gritó en voz baja. Yo, sin embargo, me volví a abalanzar sobre ella levantando los puños y grité:
 -¡Sí, eso es lo que quieres tú, que vuelva a ti! ¿y entonces qué? –Agitaba los puños cerca de su rostro-. Entonces me llevarás a la cama y procurarás que me duerma y en cuanto esté dormido avisarás a los médicos y dejarás que me lleven, para toda la vida, a un centro de rehabilitación para alcohólicos, y entonces te reirás de mí para tus adentros y te harás con mis propiedades, eso es lo que quieres. Sí, eso es lo que quieres.
 La observé fijamente, esta vez yo también sin aliento. Y Magda me volvió a mirar. Había empalidecido notablemente, pero yo podía ver que a pesar de mi conducta furiosa y amenazante no tenía miedo de mí. De repente mi estado de ánimo cambió; mi excitación se suavizó y frío y tranquilo le dije:
 -Quiero decirte lo que eres. Eres una carroña asquerosa, te digo esto a la cara.
 Ella no encogió los hombros y sólo me miraba.
 -Eres una traidora, traicionaste todo nuestro matrimonio en cuanto enviaste a los médicos detrás de mí. ¡Debería escupirte a la cara, lejos de mí, bruja!
 Me seguía mirando. Entonces dijo rápidamente:
 -Sí, envié a los médicos tras de ti, pero no para traicionarte, sino para salvarte, si es que aún es posible. Si aún quedara en ti alguna chispa de razón. Erwin, deberías comprenderlo. Deberías entender que no puedes seguir viviendo así un mes entero, quizá ni siquiera una semana…
 La interrumpí. Reí burlón.
 -¿Ni un mes más? ¿Ni una semana? Podré vivir así durante años, lo aguantaré todo, y justamente a pesar de de ti seguiré viviendo así, justamente a pesar de ti.
 Me incliné muy cerca de ella.
 -¿Quieres que te diga lo que haré la próxima vez que esté completamente borracho? Pues me pondré debajo de tu ventana y gritaré para que me oiga todo el mundo que eres una traidora, una carroña asquerosa, ávida de mi dinero, ávida de mis cuentas…
 -Sí –dijo ella enfadada-, me lo puedo creer muy bien que estás dispuesto a ello. Pero entonces no sólo te ingresarán en un sanatorio sino que irás a parar a la cárcel y no sé –dijo ahora también muy sarcástica- si eso te convendría.
 -¿Qué? –grité yo y mi rabia había alcanzado el cénit-, ¿ahora me quieres meter en la cárcel? ¡Espera un poco, no vuelvas a mencionar eso! Te voy a enseñar… -Y la agarré, estaba todo rojo. Quería cogerla del cuello, pero ella se resistió con fuerza. Era casi tan fuerte como yo y en mi estado actual quizá considerablemente más fuerte que yo. Forcejeamos, era una dulce sensación notar ese cuerpo en su momento tan querido y ahora enemigo tan cerca, ahora el pecho, los muslos, que se entrechocan. Un pensamiento me cruzó veloz la mente: ¡si ahora la besaras de repente, si le murmuraras palabras de amor en el oído! ¿Y si la engatusaras? Le murmuré en la oreja: “Mañana por la noche volveré y te mataré. Lo haré muy sigilosamente…”
 Magda gritó.
 -No, no, estoy bien, Else, ¡yo sola puedo con él! ¡Llame usted al doctor Mansfeld y a la policía, yo lo retendré aquí!
 Me di la vuelta de repente. Allí estaba Else, atraída por el ruido de nuestra lucha, se la veía preciosa, pero entonces desapareció en el vestíbulo en busca del teléfono. De un empellón me solté y exclamé:
 -¡No seré tuyo, por mucho tiempo, Magda!
 Le di un empujón, que le hizo caer de espaldad. A la carrera recogí la cubertería de plata que había dispersa por el suelo, también la cuchara de servir rota, y corrí hacia el vestíbulo. Lo metí todo en la maleta y me esforcé por cerrarla. Magda estaba de nuevo allí.
 -¡No te llevarás las cosas! ¡Mi cubertería de plata se queda aquí, no te la vas a pulir bebiendo!
 A un metro, Else estaba telefoneando con empeño. Oí la frase:
 -¡Quiere matar a su mujer!
 ¡Vaya por Dios con la chica!, pensé yo. Ambos nos peleábamos por la maleta. Entonces la dejé ir de repente y Magda volvió a caer al suelo. Le arranqué la maleta de la mano, le arreé una o dos veces y salí corriendo hacia el descansillo, agarré mis zapatos y salí en calcetines a la calle. Por un momento me tambaleé…
 -¡Deme usted la maleta, señor! –dijo la suave e insinuante voz de Polakowski-. Yo me adelantaré. ¡Rápido, que vienen las mujeres!
 De forma totalmente mecánica le entregué la maleta a Polakowski, él salió corriendo y yo tras él, adentrándome en la noche en calcetines…
[…]

46

Resultado de imagen de hans fallada el bebedor Pertenecía a las incoherencias de nuestra administración que con este grupo de cincuenta y seis decrépitos, brutales y criminales hombres también compartieran su vida dos jovencitos, uno de diecisiete y otro de dieciocho años. Uno podía pensar que esta casa, en cuyas paredes repercutían continuamente obscenidades, improperios y peleas, cuya atmósfera estaba bañada de odio e infamia, no era el lugar más idóneo para educar a una juventud a la que aún le quedaba toda la vida por delante. Pero se encontraban entre nosotros y no de forma pasajera, sino por mucho tiempo, compartían nuestro dormitorio, nuestra mesa y nuestro trabajo. No dudo que compartían nuestra manera de pensar y de sentir y si algo les diferenciaba de nosotros los adultos era que su maldad era una cara de su fulgor, aunque más interesada y afinada que la nuestra. Ambos eran jóvenes y guapos; uno, de apellido Kolzer, se aparta completamente sobre lo que he contado del extravagante estilo de vida de Hans Hagen, quizá hable de él más adelante en otro contexto. El otro, de dieciocho años, de apellido Schmeidler, pertenecía al más estrecho círculo de Hans Hagen. También pertenecía a este estrecho círculo Liesmann, al que ya había mencionado antes, ese pendenciero sombrío y lacónico con un parche de cuero negro en el ojo derecho; además de un personaje alto, extraño, algo donquijotesco, de veintinueve años de edad, un medio polaco, de apellido Brachowiak. Ellos tres, y a diferencia de Hans Hagen, tenían en común que desde los seis años habían estado internados en instituciones públicas. Los habían internado en un orfanato y en centros de asistencia social, habían tenido que ir a la cárcel y habían aterrizado finalmente en esta casa. A pesar de que siempre se habían rebelado contra esta presión social y gruñían sobre ello, se sentían más que bien viviendo en este tipo de instituciones, su atmósfera envenenada suponía para ellos el aliento de la vida. Todos ellos habían sido puestos en libertad en repetidas ocasiones a modo de prueba y los tres no habían sabido salir airosos: tras cuatro, seis semanas ya habían vuelto a sus seguras casas, generalmente primero a la cárcel, pues fuera rechazaban todo trabajo y sólo querían vivir del robo.
 Con un asombro inaudito escuché primero que Liesmann, al que veía siempre en la radiante cercanía de Hagen, que era su amigo más íntimo, con el que lo compartía todo, era aquel con quien el rey Hagen se había peleado tan salvajemente, lo que le había supuesto ocho semanas de riguroso arresto. Pero tuve que creérmelo, pues lo oí en boca del mismo supervisor, que aparte de sus pequeñas peleas, Hagen ya se había pegado tres veces “con éxito” con Liesmann: en una ocasión le había dislocado la mandíbula, en otra ocasión le había perforado la mano y, en la última ocasión, le había malherido de tal forma el ojo que a raíz de ello Liesmann casi perdió la vista. Sí, debía creerlo, pues el mismo Hagen fue quien en una ocasión levantó el parche negro del ojo de Liesmann, me mostró el ojo fijo y oscuro y dijo:
 -Ahí es donde le he soltado una al muy majadero. ¿Ya puedes volver a ver un poco, majadero?
 Sonaba como si estuviera tiernamente preocupado.
 -Bueno, como si hubiera estado mirando demasiado rato el sol… -contestaba Liesmann pacífico.
 Sí, eran los mejores amigos, cuidaban el uno del otro. Liesmann se puso en marcha y consiguió tabaco, extorsionaba a los más débiles sin consideración, les pegaba y entonces ellos dos se repartían el botín. Cuidaban el uno del otro, y de repente se pegaban, no se pegaban un poco, sino que se peleaban a vida o muerte, convencidos de que “éste tiene que diñarla”, incitados por unos celos coléricos. Pues ahí estaba ese pequeño y guapo joven de dieciocho años, Schemeidler, ese chapero, que en general ambos compartían pacíficamente. […] El amor, una flor sobre un montón de basura, perturbaba esta casa; otros hombres se deslizaban lascivos alrededor de este círculo y no se atrevían a acercarse, ya que temían la violencia cruel de Liesmann y los golpes astutos de jiu-jitsu de Hagen. Aunque Schemeidler, el niño, la puta, tampoco descuidaba a estos lejanos y mudos admiradores, “los cocinaba”, les cogía lo que les quedaba de tabaco, a cambio de una sonrisa recibía pan, por agarrarlos rápida y tiernamente se quedaba con lo mejor del paquete de comida que acababa de llegar. […] ¿No he dicho ya que vivíamos en un infierno? No faltaba de nada en este infierno, tampoco el amor, ¡aunque también el amor estaba podrido, apestaba!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral, 2012, en traducción de Christian Martí-Menzel, pp. 100-104 y 256-259. ISBN: 978-84-322-0969-7.]
  

domingo, 11 de octubre de 2020

Más allá del bien y del mal. Experiencias de una psicóloga forense.- Virginia Barber Rioja (1977)

Resultado de imagen de virginia barber rioja 

4.-Peligrosidad

  «En noviembre de 2009 acudí a mi primera reunión en la oficina de la Fiscalía del distrito de Queens. Hacía cuatro meses que me había graduado como doctora en psicología forense, y dos desde que empecé mi primer trabajo como directora clínica del juzgado de salud mental del distrito.
 Queens es uno de los cinco barrios de Nueva York; tiene una población de aproximadamente 2,3 millones de habitantes y es el sitio con más diversidad cultural del mundo. Se hablan alrededor de 138 idiomas, lo que lo convierte en un lugar muy interesante, aunque también muy complejo para ejercer como psicóloga, ya que a veces es casi imposible distinguir los comportamientos patológicos de los que se encuentran normalizados dentro de determinadas culturas, algunas de las cuales son muy distintas entre sí y también de la mía.
 Mientras esperaba en uno de los despachos de la Fiscalía, me preguntaba por qué el fiscal quería hablar conmigo en persona. Una semana antes me había llamado su secretario para informarme de que la reunión sería sobre un detenido, Yusuf, acusado de acosar a un vecino, es decir, un delito menor. […]
 Mi trabajo en el juzgado de salud mental de Queens consistía principalmente en realizar evaluaciones diagnósticas y valoraciones sobre la peligrosidad, que el juez y el fiscal utilizaban después para decidir qué detenidos podían beneficiarse del tratamiento en la comunidad como alternativa a las medidas de privación de libertad. En Estados Unidos, estos juzgados de jurisprudencia especial se crearon en los años noventa bajo el marco teórico de la "justicia terapéutica", con el objetivo de aplicar una perspectiva de carácter más rehabilitador en aquellos casos en los que el detenido sufría un trastorno mental grave (TMG).
 […] La situación era confusa. Mi programa sólo trabajaba con delitos estatales, no federales, y el delito que había llevado a Yusuf a la cárcel era un delito estatal menor. Entonces el fiscal me explicó que, aparte de ese delito, el detenido tenía dos casos abiertos en la Corte federal por acosar a una escritora famosa en otro estado y además el FBI lo había perfilado como un potencial asesino en masa. Llevaban siguiéndolo desde hacía unos tres años, monitoreando todos sus movimientos. "Doctora Barber, necesitamos que nos diga si el detenido es peligroso", dijo el fiscal. Esa fue la primera vez que entendí realmente la responsabilidad que entrañaba el título recibido tan sólo unos meses atrás.
 […] La "peligrosidad" es un concepto jurídico-legal recogido en la legislación penal vigente y basado en el principio de que ciertos individuos son peligrosos para la sociedad. Sin embargo, tiene muy poca utilidad clínica. Decir que alguien es peligroso contribuye poco a determinar cómo prevenir la violencia, o a entender bajo qué circunstancias resulta más probable que la persona sea violenta. Además, no se especifica qué tipo de violencia se predice cuando se asegura que alguien es peligroso; por ejemplo, no es lo mismo predecir la violencia sexual que la violencia de género. […]
 La psicopatología que presentaba Yusuf era complicada. Por un lado, había sido diagnosticado de un trastorno delirante (TD). Éste forma parte del grupo de los trastornos psicóticos y se caracteriza por la presencia de una o más ideas delirantes que se encuentran fuera de la realidad. Las personas con TD creen en tales ideas firmemente y resulta muy difícil, a veces imposible, lograr que cambien de parecer, incluso cuando se los confronta con suficiente evidencia como para contradecir dichas creencias. Estas ideas delirantes son persistentes en el tiempo y, a diferencia de otros trastornos psicóticos, las personas con TD pueden presentar un funcionamiento personal o social inalterado al margen del impacto que los delirios puedan tener en su vida diaria. A menudo, las personas que padecen TD son capaces de mantener sus trabajos o su vida social y sólo en casos extremos requieren ser hospitalizadas. Lo cierto es que no hay demasiada investigación al respecto y se sabe poco con relación a su nosología o tratamiento, debido, en parte, a que las personas que lo sufren raramente buscan ayuda psiquiátrica o psicológica. Sin embargo, en el ámbito forense no resulta infrecuente encontrarse con este diagnóstico, casi siempre relacionado con arrestos por acoso.
 El DSM-5 describe varios tipos de TD en función de la temática. El que mejor describía los delirios de Yusuf era el de tipo erotomaníaco, que se define, entre otros criterios, por la idea de que otra persona está locamente enamorada de uno. Durante años tuvo la certeza de que Vanesa estaba enamorada de él, y esta idea había surgido a partir de una conversación de escasos minutos. Pero además del delirio erotomaníaco, también albergaba algunas ideas delirantes de tipo persecutorio, relacionadas con el hecho de que era gravemente discriminado por no ser blanco. Aunque es muy probable que parte de dicha sospecha estuviera basada en la realidad, la cantidad de tiempo y energía mental que él pasaba pensando en ello, es decir, la obsesión con esta idea, elevaba aquella a un nivel psicótico.
 En definitiva, él aseguraba que todos sus problemas, tanto en el trabajo como con los vecinos y en el amor, se los generaba su origen paquistaní.
Resultado de imagen de mas alla del bien y del mal virginia barber rioja El cuadro clínico que presentaba Yusuf era complejo porque, además de TD, tenía rasgos de personalidad narcisista. Aunque es cierto que se trataba de una persona muy inteligente, poseía una visión desmedida de su valía. Pensaba que era más inteligente que nadie y que, por lo tanto, merecía un trato especial y diferente a los demás. Despreciaba a su familia por no tener formación académica y por trabajar "simplemente cocinando en un restaurante", y trataba con condescendencia a todos los que le rodeaban: médicos, trabajadores sociales, guardias, etcétera. Resultaba difícil determinar con precisión si su grandiosa visión de sí mismo formaba parte de un trastorno narcisista o de otra idea delirante de tipo psicótico.
 Los diagnósticos psiquiátricos se intentan organizar como categorías claras agrupadas en síntomas; sin embargo, es frecuente que se solapen de manera que algunos síntomas aparezcan en más de una categoría diagnóstica. […]
  Al contrario de lo que la mayor parte de la sociedad cree, el trastorno mental grave en sí mismo no aumenta de manera significativa el riesgo de violencia, si bien hay cierto síntomas y aspectos de la enfermedad mental que sí lo hacen. En este caso, los delirios erotomaníacos y las fantasías violentas constituían claros factores de riesgo para Yusuf, además de la personalidad narcisista y la falta de introspección asociada a su enfermedad.
 Yusuf tenía muchas fantasías violentas e ideas homicidas, que representan importantes factores de riesgo. Aunque la medicación antipsicótica no hacía desaparecer los delirios por completo, cuando la tomaba de forma continuada su percepción era más próxima a la realidad, podía entender con mayor claridad las consecuencias de llevar a cabo sus fantasías y los pensamientos obsesivos disminuían, gracias a lo cual experimentaba menos ansiedad. La medicación, sin embargo, no mejoraba nada su personalidad narcisista.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2019, pp. 77-95. ISBN: 978-84-9992-953-8.]
 

martes, 10 de septiembre de 2019

La familia de Pascual Duarte.- Camilo José Cela (1916-2002)

Resultado de imagen de camilo jose cela 

[17]

«Tres años me tuvieron encerrado, tres años lentos, largos como la amargura, que si al principio creí que nunca pasarían, después pensé que habían sido un sueño; tres años trabajando, día a día, en el taller de zapatero del penal; tomando, en los recreos, el sol en el patio, ese sol que tanto agradecía; viendo pasar las horas con el alma anhelante, las horas cuya cuenta -para mi mal- suspendió antes de tiempo mi buen comportamiento.
 Da pena pensar que las pocas veces que en esta vida se me ocurrió no portarme demasiado mal, esa fatalidad, esa mala estrella que, como ya más atrás le dije, parece como complacerse en acompañarme, torció y dispuso las cosas de forma tal que la bondad no acabó para servir a mi alma para maldita la cosa. Peor aún: no sólo para nada sirvió, sino que a fuerza de desviarse y de degenerar siempre a algún mal peor me hubo de conducir. Si me hubiera portado mal hubiera estado en Chinchilla los veintiocho años que me salieron, me hubiera podrido vivo como todos los presos, me hubiera aburrido hasta enloquecer, hubiera desesperado, hubiera maldecido de todo lo divino, me hubiera acabado por envenenar del todo, pero allí estaría, purgando lo cometido, libre de nuevos delitos de sangre, preso y cautivo -bien es verdad-, pero con la cabeza tan segura sobre mis hombros como al nacer, libre de toda culpa, si no es el pecado original; si me hubiera portado ni fu ni fa, como todos sobre poco más o menos, los veintiocho años se hubieran convertido en catorce o dieciséis, mi madre se hubiera muerto de muerte natural para cuando yo consiguiese la libertad, mi hermana Rosario habría perdido ya su juventud, con su juventud su belleza, y con su belleza su peligro, y yo -este pobre yo, este desgraciado derrotado que tan poca compasión en usted y en la sociedad es capaz de provocar- hubiera salido manso como una oveja, suave como una manta, y alejado probablemente del peligro de una nueva caída. A estas horas estaría quién sabe si viviendo tranquilo, en cualquier lugar, dedicado a algún trabajo que me diera para comer, tratando de olvidar lo pasado para no mirar más que para lo por venir; a lo mejor lo había conseguido ya... Pero me porté lo mejor que pude, puse buena cara al mal tiempo, cumplí excediéndome lo que se me ordenaba, logré enternecer a la justicia, conseguí los buenos informes del director..., y me soltaron; me abrieron las puertas, me dejaron indefenso ante todo lo malo. Me dijeron:
 -Has cumplido, Pascual; vuelve a la lucha, vuelve a la vida, vuelve a aguantar a todos, a hablar con todos, a rozarte otra vez con todos.
 Y creyendo que me hacían un favor, me hundieron para siempre.
 Estas filosofías no se me habían ocurrido de la primera vez que este capítulo -y los dos que siguen- escribí; pero me los robaron (todavía no me he explicado por qué me los quisieron quitar), aunque a usted le parezca tan  extraño que no me lo crea, y entristecido por un lado con esta maldad sin justificación que tanto dolor me causa, y ahogado en la repetición, por la otra banda, que me fuerza el recuerdo y me decanta las ideas, a la pluma me vinieron y, como no considero penitencia el contrariarme las voluntades, que bastantes penitencias para la flaqueza de mi espíritu, ya que no para mis muchas culpas, tengo con lo que tengo, ahí las dejo, frescas como me salieron, para que usted las considere como le venga en gana.
 Cuando salí encontré al campo más triste, mucho más triste, de lo que me había figurado. En los pensamientos que me daban cuando estaba preso, me lo imaginaba -vaya usted a saber por qué- verde y lozano como las praderas, fértil y hermoso como los campos de trigo, con los campesinos dedicados afanosamente a su labor, trabajando alegres de sol a sol, cantando, con la bota de vino a la vera y la cabeza vacía de malas ocurrencias, para encontrarlo a la salida yermo y agostado como los cementerios, deshabitado y solo como una ermita lugareña al siguiente día de la patrona...
 Chinchilla es un pueblo ruin, como todos los manchegos, agobiado como por una honda pena, gris y macilento como todos los poblados donde la gente no asoma los hocicos al tiempo, y en ella no estuve sino el tiempo justo que necesité para tomar el tren que me había de devolver al pueblo, a mi casa, a mi familia; al pueblo que volvería a encontrar otra vez en el mismo sitio, a mi casa que resplandecía al sol como una joya, a mi familia que me esperaría para más lejos, que no se imaginaría que pronto habría de estar con ellos, a mi madre que en tres años a lo mejor Dios había querido suavizar, a mi hermana, a mi querida hermana, a mi santa hermana, que saltaría de gozo al verme.
 El tren tardó en llegar, tardó muchas horas. Extraño estoy de que un hombre que tenía en el cuerpo tantas horas de espera notase con impaciencia tal un retraso de hora más, hora menos, pero lo cierto es que así ocurría, que me impacientaba, que me descomponía el aguardar como si algún importante negocio me comiese los tiempos. Anduve por la estación, fui a la cantina, paseé por un campo que había contiguo... Nada; el tren no llegaba, el tren no asomaba todavía, lejano como aún andaba por el retraso. Me acordaba del penal, que se veía allá lejos, por detrás del edificio de la estación; parecía desierto, pero estaba lleno hasta los bordes, guardador de un montón de desgraciados con cuyas vidas se podían llenar tantos cientos de páginas como ellos eran. Me acordaba del director, de la última vez que le vi; era un viejecito calvo, con un bigote cano, y unos ojos azules como el cielo; se llamaba don Conrado. Yo le quería como a un padre, le estaba agradecido de las muchas palabras de consuelo que -en tantas ocasiones- para mí tuviera. La última vez que le vi fue en su despacho, adonde me mandó llamar.
 -¿Da su permiso, don Conrado?
 -Pasa, hijo.
 Su voz estaba ya cascada por los años y por los achaques, y cuando nos llamaba hijos parecía como si se le enterneciera más todavía, como si le temblara al pasar por los labios. Me mandó sentar al otro lado de la mesa; me alargó la tabaquera, grande, de piel de cabra; sacó un librito de papel de fumar que me ofreció también.
 -¿Un pitillo?
 -Gracias, don Conrado.
 Don Conrado se rio.
 -Para hablar contigo lo mejor es mucho humo. ¡Así se te ve menos esa cara tan fea que tienes!»

       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1983. ISBN: 84-322-2161-9.]