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martes, 10 de septiembre de 2019

La familia de Pascual Duarte.- Camilo José Cela (1916-2002)

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«Tres años me tuvieron encerrado, tres años lentos, largos como la amargura, que si al principio creí que nunca pasarían, después pensé que habían sido un sueño; tres años trabajando, día a día, en el taller de zapatero del penal; tomando, en los recreos, el sol en el patio, ese sol que tanto agradecía; viendo pasar las horas con el alma anhelante, las horas cuya cuenta -para mi mal- suspendió antes de tiempo mi buen comportamiento.
 Da pena pensar que las pocas veces que en esta vida se me ocurrió no portarme demasiado mal, esa fatalidad, esa mala estrella que, como ya más atrás le dije, parece como complacerse en acompañarme, torció y dispuso las cosas de forma tal que la bondad no acabó para servir a mi alma para maldita la cosa. Peor aún: no sólo para nada sirvió, sino que a fuerza de desviarse y de degenerar siempre a algún mal peor me hubo de conducir. Si me hubiera portado mal hubiera estado en Chinchilla los veintiocho años que me salieron, me hubiera podrido vivo como todos los presos, me hubiera aburrido hasta enloquecer, hubiera desesperado, hubiera maldecido de todo lo divino, me hubiera acabado por envenenar del todo, pero allí estaría, purgando lo cometido, libre de nuevos delitos de sangre, preso y cautivo -bien es verdad-, pero con la cabeza tan segura sobre mis hombros como al nacer, libre de toda culpa, si no es el pecado original; si me hubiera portado ni fu ni fa, como todos sobre poco más o menos, los veintiocho años se hubieran convertido en catorce o dieciséis, mi madre se hubiera muerto de muerte natural para cuando yo consiguiese la libertad, mi hermana Rosario habría perdido ya su juventud, con su juventud su belleza, y con su belleza su peligro, y yo -este pobre yo, este desgraciado derrotado que tan poca compasión en usted y en la sociedad es capaz de provocar- hubiera salido manso como una oveja, suave como una manta, y alejado probablemente del peligro de una nueva caída. A estas horas estaría quién sabe si viviendo tranquilo, en cualquier lugar, dedicado a algún trabajo que me diera para comer, tratando de olvidar lo pasado para no mirar más que para lo por venir; a lo mejor lo había conseguido ya... Pero me porté lo mejor que pude, puse buena cara al mal tiempo, cumplí excediéndome lo que se me ordenaba, logré enternecer a la justicia, conseguí los buenos informes del director..., y me soltaron; me abrieron las puertas, me dejaron indefenso ante todo lo malo. Me dijeron:
 -Has cumplido, Pascual; vuelve a la lucha, vuelve a la vida, vuelve a aguantar a todos, a hablar con todos, a rozarte otra vez con todos.
 Y creyendo que me hacían un favor, me hundieron para siempre.
 Estas filosofías no se me habían ocurrido de la primera vez que este capítulo -y los dos que siguen- escribí; pero me los robaron (todavía no me he explicado por qué me los quisieron quitar), aunque a usted le parezca tan  extraño que no me lo crea, y entristecido por un lado con esta maldad sin justificación que tanto dolor me causa, y ahogado en la repetición, por la otra banda, que me fuerza el recuerdo y me decanta las ideas, a la pluma me vinieron y, como no considero penitencia el contrariarme las voluntades, que bastantes penitencias para la flaqueza de mi espíritu, ya que no para mis muchas culpas, tengo con lo que tengo, ahí las dejo, frescas como me salieron, para que usted las considere como le venga en gana.
 Cuando salí encontré al campo más triste, mucho más triste, de lo que me había figurado. En los pensamientos que me daban cuando estaba preso, me lo imaginaba -vaya usted a saber por qué- verde y lozano como las praderas, fértil y hermoso como los campos de trigo, con los campesinos dedicados afanosamente a su labor, trabajando alegres de sol a sol, cantando, con la bota de vino a la vera y la cabeza vacía de malas ocurrencias, para encontrarlo a la salida yermo y agostado como los cementerios, deshabitado y solo como una ermita lugareña al siguiente día de la patrona...
 Chinchilla es un pueblo ruin, como todos los manchegos, agobiado como por una honda pena, gris y macilento como todos los poblados donde la gente no asoma los hocicos al tiempo, y en ella no estuve sino el tiempo justo que necesité para tomar el tren que me había de devolver al pueblo, a mi casa, a mi familia; al pueblo que volvería a encontrar otra vez en el mismo sitio, a mi casa que resplandecía al sol como una joya, a mi familia que me esperaría para más lejos, que no se imaginaría que pronto habría de estar con ellos, a mi madre que en tres años a lo mejor Dios había querido suavizar, a mi hermana, a mi querida hermana, a mi santa hermana, que saltaría de gozo al verme.
 El tren tardó en llegar, tardó muchas horas. Extraño estoy de que un hombre que tenía en el cuerpo tantas horas de espera notase con impaciencia tal un retraso de hora más, hora menos, pero lo cierto es que así ocurría, que me impacientaba, que me descomponía el aguardar como si algún importante negocio me comiese los tiempos. Anduve por la estación, fui a la cantina, paseé por un campo que había contiguo... Nada; el tren no llegaba, el tren no asomaba todavía, lejano como aún andaba por el retraso. Me acordaba del penal, que se veía allá lejos, por detrás del edificio de la estación; parecía desierto, pero estaba lleno hasta los bordes, guardador de un montón de desgraciados con cuyas vidas se podían llenar tantos cientos de páginas como ellos eran. Me acordaba del director, de la última vez que le vi; era un viejecito calvo, con un bigote cano, y unos ojos azules como el cielo; se llamaba don Conrado. Yo le quería como a un padre, le estaba agradecido de las muchas palabras de consuelo que -en tantas ocasiones- para mí tuviera. La última vez que le vi fue en su despacho, adonde me mandó llamar.
 -¿Da su permiso, don Conrado?
 -Pasa, hijo.
 Su voz estaba ya cascada por los años y por los achaques, y cuando nos llamaba hijos parecía como si se le enterneciera más todavía, como si le temblara al pasar por los labios. Me mandó sentar al otro lado de la mesa; me alargó la tabaquera, grande, de piel de cabra; sacó un librito de papel de fumar que me ofreció también.
 -¿Un pitillo?
 -Gracias, don Conrado.
 Don Conrado se rio.
 -Para hablar contigo lo mejor es mucho humo. ¡Así se te ve menos esa cara tan fea que tienes!»

       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1983. ISBN: 84-322-2161-9.]

domingo, 17 de junio de 2018

Romulus, mi padre.- Raimond Gaita (1946)


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Capítulo 11

«Mi padre era un hombre de una compasión extraordinaria. Esto se reflejó a lo largo de toda su vida en la ayuda que prestaba siempre a quienes la necesitaban, y en el visible dolor que sentía frente al dolor de los demás. Era literalmente incapaz de no ayudar a los demás si estaba en su mano. Cada vez que tenía algo de dinero -primero el que ganaba con sus negocios y, más tarde, el que obtuvo de vender la tierra y el taller- buscaba a quien tuviese necesidad de él. No podía tener dinero sin compartirlo son los demás, del mismo modo que era incapaz de comer carne y no darle una poca a los perros.
 Fue así desde que era un muchacho. Durante años estuvo enviando miles de dólares a sus parientes en Yugoslavia. [...]
 Abusaron de su generosidad muchas veces, pero aunque le doliese, eso no disminuía la generosidad de sus impulsos. Una vez pagó los billetes de avión de una familia entera: el marido, la mujer y los tres hijos. En aquellos días -a mediados de los sesenta- esto costaba casi lo mismo que una casa en Maryborough modesta como la suya. El marido le había asegurado a mi padre que le devolvería el dinero tan pronto como pudiese, pero en cuanto llegó a Australia y empezó a vivir en casa de mi padre con su familia, dijo que no había firmado ningún pagaré por escrito. A pesar de todo mi padre le permitió quedarse. [...] Aquel hombre se marchó y vivió durante años en Maryborough, donde trabajó duro hasta comprarse una casa y un coche, pero nunca mencionó la posibilidad de devolverle un céntimo a mi padre. [...] Los parientes de mi padre y de Milka en Yugoslavia no se portaron mejor. Solían escribir pidiendo dinero, muchas veces fingiéndose enfermos, pero cuando él y Milka fueron a visitarlos descubrieron que habían empleado el dinero que él les enviaba en arreglar y amueblar unas casas más grandes y lujosas que la suya. Estando en Yugoslavia, un familiar llegó a pedirle a Milka el abrigo que llevaba puesto. Ella se lo dio.
 Aunque son ejemplos extremos, es lo que sucedía con casi todos los parientes de mi padre. [...] También hubo familiares de mi padre que se volvieron fanáticos de la religión, abandonando su fe ortodoxa para convertirse en bautistas evangélicos e instándole a él con fervor a hacer lo mismo. Hubo una epidemia de conversiones de este tipo. [...]
 No había ninguna posibilidad de convertirlo. Miraba con suspicacia a todo aquel que cambiaba de religión, cualquiera que fuese su doctrina y cualquiera que fuese su razón para cambiarla. Rezaba cada día a un Dios que, para él, debía de estar dispuesto a escuchar cualquier plegaria que tuviese como origen un corazón limpio. Para él era absurdo pensar que Dios escucharía sólo las oraciones de quienes perteneciesen a una institución particular; tan absurdo como pensar que sólo escuchase las oraciones en un idioma determinado.
 Mi padre vivía la religión, en su sentido más profundo, como algo distinto de las supersticiones que lo atormentaron durante su enfermedad y que más tarde se convirtieron en parte de su vida. Si esas supersticiones hubiesen tenido alguna relevancia religiosa, si hubiesen sido parte de la dimensión espiritual de su vida, entonces le habrían enfrentado polémicamente a las creencias especulativas de otras religiones. Pero tales creencias siempre le parecieron nimiedades frente a lo que él consideraba la auténtica religiosidad. No tenía ningún interés en doctrinas. La idea central de su religión era la de un corazón puro siempre dispuesto a ayudar a quien tuviera necesidad. Por sí misma, esta idea no convertía a mi padre en una persona religiosa, pero sí el hecho de que él la conectaba con la oración más que con cualquiera de sus creencias espiritualistas.
 Este espiritualismo -que no tenía nada que ver con su profunda espiritualidad- era superficial y pagano: creía en espíritus que flotaban separados de los cuerpos, durante el sueño y después de la muerte, y que podían viajar a otros planetas. Hablaba a menudo sobre ellos, pero aparte de la época de su enfermedad, en que las malignas intenciones de estos espíritus lo mantenían en estado de alerta, siempre reducía estas creencias a lo que solía definir como "hablar por hablar" -especular-, y no tenían ninguna relación con su conducta moral.
 Su creencia en una vida después de la muerte no estaba conectada con su sentido del bien y el mal o del castigo y la recompensa, ni tampoco con cualquier concepto del juicio final. Pero cuando hablaba sobre religión seriamente, por ejemplo cuando me suplicaba a mí que rezase, entristecido porque yo era incapaz de hacerlo, yo no tenía la sensación de que me estuviese sugiriendo que adoptase un medio sobrenatural para conseguir un fin natural -ni tampoco sobrenatural. Su profunda convicción de que teníamos que rezar obedecía a otra cosa: expresaba su creencia de que sólo una vida de oración podía permitir a una persona soportar una larga sucesión de desgracias y darle fuerzas para salvarla de la desesperación. Por eso, me parece, el único sentido en que ese espiritualismo conectaba con algún aspecto de cierta profundidad en su vida era en su fatalismo. El Dios al que rezaba era el que había conocido en las historias de la Biblia que leía en la infancia, casi todas del Antiguo Testamento: el Dios de Abraham, Isaac, Jacob y Job.
 Consideraba a la mayoría de sus familiares estafadores e hipócritas, poco sinceros de palabra y hechos y movidos por la ambición pese a predicar el puritano evangelio de los baptistas. Sin embargo, cuando conseguían mantener la conversación alejada de la religión, a él le gustaba su compañía. Echaba de menos la sociedad europea y solía decir que se sentía "como un prisionero" en Australia. Con ello quería decir que, aunque tenía buenos vecinos, en Maryborough casi no tenía a nadie con quien disfrutar de las abiertas y hospitalarias formas de convivencia europeas que él había conocido. [...]
 Para escapar de su "cárcel", hablaba de regresar a Yugoslavia cuando cayese el régimen comunista. Viajó allí en 1981, pero de regreso a Australia se quejó de la rudeza de muchas personas, rayana en la brutalidad, y también de su desinterés por la suerte del vecino aunque estuviesen dispuestos a charlar y a llenar la mesa de comida y slivovitz para los visitantes. Encontró pésimos los servicios públicos y hasta tuvo que pasar una noche terrible esperando que lo atendiesen en un hospital donde los pacientes yacían en sábanas manchadas con las heces de otras personas. Su experiencia en Yugoslavia renovó su aprecio por la vida en Australia, pero aun así echaba de menos -y lo haría toda su vida- la sociabilidad europea que había conocido de muchacho, incluso en Alemania, y con sus amigos y sus familiares en Melbourne.» 
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Bronce, en traducción de Isabel Alonso Breto. ISBN: 84-89854-96-3.]