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miércoles, 5 de febrero de 2020

Las tribulaciones del estudiante Törless.- Robert Musil (1880-1942)


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«Los días corrían ahora vacíos y aburridos para Törless; pero, mientras tanto, había alcanzado la pubertad e iban afianzándose, oscuros, sus nacientes instintos sexuales. En esa fase de su desenvolvimiento, trabó nuevas amistades que luego iban a tener suma importancia en su vida. Beineberg y Reiting, Moté y Hofmeier eran precisamente los jóvenes en cuya compañía habían ido a despedir a los padres a la estación.
 Era curioso el hecho de que esos jóvenes fueran precisamente los peores alumnos del curso. Verdad es que tenían talento y, por supuesto, pertenecían también a buenas familias; pero a veces eran violentos y revoltosos hasta la brutalidad. Y el que precisamente Törless se hubiera apegado a tales compañeros se debía acaso a su propia falta de iniciativa que, desde que se apartara del príncipe, se había acentuado notablemente. Y ello se manifestaba hasta en la dilación del rompimiento, pues tanto una cosa como la otra significaba un temor a sensaciones demasiado sutiles, contra las que la naturaleza robusta y sana de los otros camaradas reaccionaba espontáneamente.
 Törless se abandonó por entero a las influencias de sus amigos, pues su situación espiritual era aproximadamente ésta: a su edad, en el instituto se leía a Goethe, a Schiller, a Shakespeare y tal vez también a los modernos. Y así, apenas digeridos, se los copiaba, se los imitaba. Nacían tragedias romanas o poemas líricos que se desarrollaban en períodos de páginas enteras, como en la delicadeza de la obra de encaje calado. De tal modo, cosas que en sí mismas son ridículas tienen, a pesar de todo, un gran valor para asegurar el desarrollo de los jóvenes; porque, en efecto, esas asociaciones y sentimientos procedentes del exterior hacen que los muchachos eludan el peligroso y blando terreno de las sensaciones propias de esos años, en los que uno tiene que distinguirse en algo, siendo aún demasiado torpe para ello. Y no tiene importancia el que después quede algo de tales juegos en algunos y nada en otros, porque ya cada cual ha capitulado con su conciencia, de manera que el único peligro está en la edad en que se realiza la transición. Si hiciéramos comprender a cada uno de esos jóvenes la ridiculez de su modo de ser en ese momento, sentiría que se le hunde la tierra bajo los pies o caería en el abismo, como un atento caminante nocturno que, de pronto, no ve frente a sí más que el vacío.
 En el instituto faltaba esta ilusión, esta treta que favorecía el desenvolvimiento, pues la biblioteca contenía todos los clásicos, a los que no obstante encontraban aburridos, de manera que no quedaba otro remedio que leer novelitas sentimentales y humoradas militares carentes de ingenio.
 El pequeño Törless, en sus ansias de lectura, había leído todos los libros formales y alguna trivial y tierna historia había llegado a impresionarlo por un rato. Sólo que su carácter no recibió ninguna influencia verdadera.
 Por lo demás, en esa época, Törless no parecía tener ningún carácter.
 Por ejemplo, bajo la influencia de esas lecturas, escribió hasta una pequeña narración y comenzó a componer una epopeya romántica. Al conmoverse por las penas amorosas de sus héroes, se le enrojecían las mejillas, se le aceleraba el pulso y le brillaban los ojos.
 Pero cuando dejaba la pluma todo había pasado; era como si su espíritu viviera sólo en el movimiento. Luego pudo escribir también un poema y otro relato, pero siempre en esas condiciones. Se conmovía, pero así  y todo nunca tomaba realmente en serio su trabajo, que no le parecía importante. Nada trascendía de su persona y nada salía realmente de su interior. Le dominaba un sentimiento de indiferencia del que sólo una obligación exterior podía arrancarlo, como le ocurre a un actor que tiene la obligación de representar un  papel.
 Eran reacciones cerebrales; pero aquello que sentimos como el carácter o el alma de un hombre, en todo caso aquello frente a lo cual los pensamientos, las decisiones y los actos parecen poco significativos, fortuitos y cambiantes, lo que, por ejemplo, Törless, había relacionado con el príncipe más allá de todo juicio racional, en suma, ese fondo inmóvil de la personalidad, eso era algo que había desaparecido por completo de la vida de Törless en esa época.
 Sus compañeros evitaban ese trasfondo inmóvil del alma y lo sustituían por las bromas, el deporte y la brutalidad, del mismo modo como, en la escuela, las veleidades literarias son las encargadas de llenar este vacío.
 Contra la primera de estas posibilidades, Törless tenía una tendencia demasiado acusada por lo espiritual; contra la segunda, poseía un tacto demasiado agudo ante lo ridículo de los falsos sentimientos que la vida en el instituto hacía patentes a través de la coacción o la predisposición a las pelea y las discusiones a puñetazos. Por esta razón, su ser experimentaba algo indeterminado, una inquietud interior que no le permitía ni tan sólo encontrarse a sí mismo.
 Törless se apegó a sus nuevos amigos porque se sentía dominado por su violencia y su brutalidad y, como era orgulloso, intentó, en ocasiones, hasta competir con ellos, pero cada vez que lo hizo se quedó a mitad de camino y debió sufrir no pocas bromas. La experiencia volvió a intimidarlo. Toda su vida consistía, durante ese período crítico, sólo en la obstinación renovada de emular a sus rudos, viriles amigos, y en una profunda indiferencia interior respecto de esos empeños.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1984, en traducción de Roberto Bixio y Feliu Formosa. ISBN: 84-322-2205-4.]

martes, 8 de octubre de 2019

Contra la "identidad".- Philip Pullman (1946)

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Contra la identidad

«En 2006, el gobierno británico sometió a aprobación una ley por la que se prohibía hablar o actuar de un modo que expresara lo que sus proponentes denominaban "odio religioso". No hará falta decir que había una buena razón para ello: los gobiernos siempre tienen una buena razón para obrar mal. "Es nuestra firme intención -decían- proporcionar a las personas de todos los credos religiosos la misma cobertura legal contra la incitación al odio basada en su religión."
 Lo malo de aquella proposición de ley era, evidentemente, que iba en grave detrimento de la libertad de expresión; y yo, como otros muchos escritores, me puse instintivamente en contra. Tratando de discernir el motivo de esta reacción mía, di en plantearme cada vez más en serio la cuestión de la "identidad", porque ahí parece estar el "quid" del problema. Nuestra "identidad" ¿en función de lo que somos, de lo que hacemos, o de ambos factores?
 Me parece que:
 1.-Podemos controlar lo que hacemos, pero no lo que somos.
 2.-Por otra parte, y simultáneamente, lo que hacemos depende de lo que somos (de lo que hemos de hacer con ello), y lo que somos puede verse modificado por lo que hacemos.
 3.-Lo que hacemos es moralmente significante. Lo que somos, no.
 4.-Con respecto al pasado: para algunos de nosotros tiene importancia saber que nuestros antepasados proceden de esta o aquella parte del mundo, conocer un poco la historia de nuestra familia, percibir que estamos conectados a un entorno, o a una lengua, o a un clima, o a una forma artística de expresión, o a una religión que nuestros antepasados consideraron propia.
 5.-Con respecto al presente: para todos nosotros es importante percibir nuestra adscripción a algún lugar o a algún grupo que de algún modo se nos asemeja. Necesitamos ser libres de vivir en  un lugar y entre unas personas que nos hacen sentirnos en casa, y no en el destierro, ni amenazados.
 6.-La alabanza o la condena, la virtud o la culpa, han de aplicarse a nuestros actos, no a nuestra ascendencia ni a nuestra adscripción a este o aquel grupo.
 7.-Las creencias religiosas o la fe son, en parte, resultado del temperamento. Mi temperamento puede inclinarme al escepticismo; el de otras personas puede inclinarlas a creer en las fuerzas sobrenaturales. En lo que atañe al componente temperamental de nuestras creencias, mi escepticismo no debe ser motivo de condena o alabanza, como tampoco la fe de otras personas.
 8.-Es cuando actuamos según nuestras creencias cuando entran en juego la alabanza o la condena. Ahí termina el componente temperamental de la religión y empieza el componente moral.
 Oficialmente, Gran Bretaña sigue siendo un país cristiano. La iglesia cristiana o, para ser más exactos, su parte anglicana, se halla estrechamente involucrada en los grandes rituales de la vida pública, como las coronaciones y los funerales de Estado; se reza al inicio de las sesiones parlamentarias; los obispos de la Iglesia de Inglaterra tienen derecho a un escaño en la Casa de los Lores; hay una ley contra la blasfemia que protege a la religión cristiana; los herederos del trono no pueden casarse con personas de religión católica.
 […]
 En alguno de sus aspectos, esta actitud es consecuencia directa del énfasis que pone la Iglesia reformada en la justificación por vía de la fe. No importaban las buenas obras que hicieras: tenías que comprometerte con la fe para acceder al perdón y la sanación por lo que pasabas a formar parte de los justos, quedando ya transformado para siempre. De ahí el moderno fenómeno norteamericano del renacimiento: nacer de nuevo no consiste sólo en modificar el comportamiento. Es tener una nueva "identidad", dejar atrás al pecador que fuimos, ser una persona distinta.
 Pero el énfasis en la interioridad de la "identidad" tiene unas raíces muy profundas.
 […]
 En su manifestación más extremada, esta actitud puede llevar a una especie de disonancia cognoscitiva, cuando alguien se arroga una "identidad" interior que no guarda relación alguna con sus actos. "Sí, he matado a mi mujer y a mis hijos, pero soy una buena persona." El New York Times pone en boca del abogado defensor de un jefe de los boyscouts condenado hace poco por pornografía infantil las siguientes palabras: "No me queda más remedio que decírselo a ustedes: es un buen hombre."
 De manera que "ser", a ojos de muchas personas, posee aparentemente su propia condición moral, que puede ser buena o mala, pero que se resiste a toda forma de cambio, excepto el milagroso (nacer de nuevo). "Ser" manda en "hacer". No resulta nada fácil reflejar el desconcierto y el disgusto que genera en mí esta actitud con respecto a la "identidad". Creo, con bastante apasionamiento, que lo que somos en verdad es cuestión privada, algo casi infinitamente complejo y ambiguo, interno y externo al mismo tiempo, y de naturaleza doble, o triple, o múltiple, y en gran parte misterioso, incluso para nosotros mismos; y, además, que lo que somos es sólo una parte de nosotros, porque la identidad, a diferencia de la "identidad", debe incluir lo que hacemos. Y me parece que encontrarse, en todos los aspectos de esta complejidad, reducido a ojos del público a una propiedad que aparentemente incluye todas las demás ("gay", "negro", "musulmán", lo que sea) equivale a ser víctima de una extraordinaria vulgaridad intelectual. Literalmente, vulgar de "vulgus". Pensamiento de muchedumbre.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 2010, en traducción de Ramón Buenaventura. ISBN: 978-84-322-4320-2.]