Sátiras, II, 7
Horacio y su esclavo
«-Hace rato que te escucho y quisiera decirte algunas palabras; pero yo soy tu esclavo y siento miedo.
-¿Eres tú, Davo?
-Sí, Davo, servidor fiel del amo que lo compró, y todo lo sobrio que es preciso; es decir, que puedes estar tranquilo, por mi vida.
-¡Bien! Ya que nuestros antepasados así lo quisieron, usa de la libertad de diciembre. Habla.
-Entre los hombres, aman algunos el vicio con constancia y persiguen sin cesar su meta; muchos nada, otros se afirman en el bien, otros son dóciles agentes del mal. Reconocido muchas veces por sus tres anillos, Prisco fue durante toda su vida la irregularidad misma: cambiaba cada hora el laticlavo por el augusticlavo, salía de un palacio para encerrarse en lugares de los que un liberto un poco escrupuloso no hubiera podido salir decentemente; unas veces optaba por seducir a las mujeres en Roma, otras por enseñar filosofía en Atenas, como hombre nacido bajo la influencia maligna de todos los Vortumnos reunidos. Volanerio, el dicharachero, cuando la bien merecida gota entumeció las articulaciones de sus dedos, contrató a un hombre a sueldo diario para que agitase e introdujese en su lugar los huesos en el cubilete; cuanta mayor constancia demostró en sus propios vicios, tanto más suave fue su desdicha y su parte mejor que la de aquel otro que sufre con la cuerda tensa unas veces, relajada otras.
-¿Vas a decime de una vez, bribón, a dónde se encaminan esas pláticas?
-A ti, sí, a ti.
-¿Cómo, malvado?
-¿Dónde hay una piedra?
-¿Para qué?
-¿O flechas?
-Este hombre está loco, o compone versos.
-Si no marchas pronto de aquí, irás a ocupar el noveno lugar entre los trabajadores de mi finca sabina.»
[El texto pertenece a la edición en español de la obra "Literatura Latina" por Jean Bayet, Editorial Ariel, 1981, en traducción de Andrés Espinosa Alarcón, pp. 245-247. ISBN: 84-344-3905-0.]