sábado, 26 de junio de 2021

El discurso vacío.- Mario Levrero (1940-2004)


Resultado de imagen de mario levrero
Segunda parte: El discurso vacío

El discurso
6 de enero

 «Hay una cantidad de cosas inútiles que son imprescindibles para el alma. Diría más: sólo las cosas inútiles son imprescindibles para el alma (aunque no todas ellas). Pero no lo digo por no caer en un extremismo del cual enseguida me habré de arrepentir. Estos extremismos son producto de las circunstancias, de mi rebeldía ante las circunstancias. Como estoy determinado por lo utilitario, mi defensa de las cosas inútiles se hace demasiado vehemente. Pierdo equilibrio y buen criterio.
 Estas reflexiones se generaron sin duda porque estoy nuevamente solo en casa (y es domingo). Amo estos fines de semana en que puedo estar solo, aunque deploro lo breve de este tiempo en soledad. No quiero decir que desearía vivir solo; en realidad, desearía vivir en medio de gentes que respetaran mi soledad, mi necesidad de silencio, de divagación. Mi mujer está aprendiendo a hacerlo, pero en una medida que todavía no me resulta suficiente; desearía que ella misma se plegara a este mundo, ideológicamente, por decirlo así, y que alguna vez llegara a disfrutar de la paz y del silencio como yo los disfruto.

 Esta mañana, al despertar solo en casa, en medio de un gran silencio, de una gran paz, se me dio una colección de inutilidades, de esas que son gratas al alma. Mientras desayunaba leí algunas cartas de Dylan Thomas; en una de ellas, de su juventud, decía que no podía considerar hermosa ninguna cosa efímera; que la belleza es cuestión de eternidad. Yo no estuve de acuerdo pues no puedo pensar en nada que no sea efímero. Aun las formas puras necesitan de una mente efímera para existir. La belleza está en la mente, no en las cosas; y las formas puras sólo existen en la mente.
 Después puse un casete al azar y lo primero que se escuchó fue una versión –por una orquesta para mí desconocida- de un tema popularizado hace muchos años por la orquesta de Enrique Rodríguez (algo así como “Noches de Hungría” o “Amor en Estambul”). Me produjo una sensación deliciosa, y de inmediato se me presentó la imagen de un gran galpón o una barraca que habíamos visto con mi mujer días atrás en una playita cercana al hipódromo; un viejo edificio lleno de vidrios. En aquel momento había deseado tener una cámara fotográfica para retratar ese paisaje de vidrios (algunos sanos, muchos rotos) en la luz especial de la puesta de sol. Y además de esos vidrios había maquinarias y bobinas abandonadas entre pastizales y yuyos. Delicioso: me produce un placer casi erótico la contemplación de ciertas ruinas, de casas abandonadas, de casas demolidas, sobre todo cuando son invadidas por la vegetación.
 Recuerdo ahora una casa en Pan de Azúcar, abandonada o bien sin terminar, casi un esqueleto de casa; tal vez haya sido abandonada antes de terminarse de construir. A través del hueco de una ventana salía la rama de un árbol crecido en su interior. Diga lo que diga Dylan Thomas, esto es belleza para mí. Como es belleza, y constituyó según creo mi primera vivencia místico-religiosa auténtica, la contemplación –en ese mismo camino que desde Piriápolis lleva a Pan de Azúcar- de una iglesia abandonada, cayéndose materialmente a pedazos, y con un horrible cristo de madera sobre el portal (después me contaron que ese cristo había llegado a la costa flotando en las olas del mar).
 La orquesta de Enrique Rodríguez es algo parecido a todo eso. Cuando regresábamos con mi mujer de un largo viaje en auto, durante un buen rato nos había acompañado un programa de radio dedicado precisamente a Enrique Rodríguez. Fue algo maravilloso, sólo empañado por la imposibilidad de compartirlo con mi mujer, concentrada en el volante y muy incómoda por verse obligada a escuchar semejante mamarracho.
 Yo puedo gozar de Bach y de Vivaldi tanto como ella y sé distinguir entre Bach o Vivaldi y Enrique Rodríguez. Pero en ese momento no podía explicarle que esa orquesta es para mí algo similar a la contemplación de ruinas invadidas por la vegetación. No por el tiempo transcurrido, aunque en cierta forma el tiempo transcurrido acentúa el efecto, sino que, en este caso particular, ya la intención original de Enrique Rodríguez era en su momento una ruina invadida por la vegetación. Eso es lo que me dice su música y lo que hoy, después del desayuno, se sumó a mi discusión secreta con Dylan Thomas y al recuerdo de la puesta de sol en la playita próxima al hipódromo. Y así fue como rescaté una parte esencial de mí mismo, perdida en medio del fragor de estos últimos años.
*
 Cree la gente, de modo casi unánime, que lo que a mí me interesa es escribir. Lo que me interesa es recordar, en el antiguo sentido de la palabra (=despertar). Ignoro si recordar tiene relación con el corazón, como la palabra cordial, pero me gustaría que fuera así.
 La gente incluso suele decirme: “Ahí tiene un argumento para una de sus novelas”, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma y no invenciones.
 El alma tiene su propia percepción y en ella viven cosas de nuestra vigilia pero también cosas particulares y exclusivas de ella, pues participa de un conocimiento universal de orden superior, al cual nuestra conciencia no tiene acceso en forma directa. De modo que la visión del alma, de las cosas que suceden dentro y fuera de nosotros, es mucho más completa que lo que puede percibir el yo, tan estrecho y limitado.
Resultado de imagen de mario levrero el discurso vacio caballo de troya Hoy recuperé esos distintos tipos de ruinas, y sé que con eso el alma me está diciendo que yo soy esas ruinas. Mi contemplación casi erótica de las ruinas es una contemplación narcisista. Y si bien tiene su precio, esa autocontemplación es placentera aunque la visión sea triste. Me miro en el espejo y veo a alguien que no me gusta del todo, pero es alguien en quien puedo confiar. Lo mismo sucede con estas contemplaciones interiores: no importa si percibo un retrato feo, mientras sea auténtico.
 Claro que no sé hasta dónde mi alma es mía; más bien yo pertenezco al alma y esta alma no está, como señala más de un filósofo, necesariamente dentro de mí. Es simplemente algo que no conozco; el yo no es otra cosa que una parte modificada, en función de cierta conciencia práctica, de un vasto mar que me trasciende y sin duda no me pertenece; un espécimen surgido, o emergente, de un vasto mar de ácidos nucleicos. Pero qué hay detrás, cuál es el impulso que se expresa mediante el ácido. Ese deseo, esa curiosidad, esa voracidad subyacente en las partículas materiales.
 No tengo, en verdad ya no tengo, curiosidad por conocer respuestas; hoy me basta con las preguntas –o ni siquiera necesito las preguntas. El discurso hoy ha tomado esta forma justamente por mis carencias, porque he vislumbrado durante unos instantes esos fragmentos de memoria, memoria del alma, y me he recordado por unos instantes, y el resto de mi vida, fuera de esos instantes, se vuelve, por el contraste, todavía más insustancial.
[…]

 Ejercicios: 12 de enero

 Insisto en tratar de disciplinarme en aquellas cosas que, como estos ejercicios, pueden darme una cierta estructura en medio del caos pre-mudanza. Pero para que realmente esta disciplina resulte útil, debe ser un ejercicio fundamentalmente del dibujo de la letra, sin dejarme llevar por los contenidos del discurso. Debo procurar una letra más grande y, por supuesto, perfectamente legible. Respiro profundamente para tratar de calmar la ansiedad, sin pensar en todo lo que debo hacer luego –pero como realmente no puedo dejar de pensar en ello, más vale que lo escriba. Debo empaquetar mis libros, es decir formar con ellos pilar armoniosas y atarlas con trozos de cuerda. Debo también mirar un número apreciable de vídeos, parte de ellos en relación a un trabajo encarado, y parte para aprovechar el dinero gastado en el alquiler de la videocasetera. Debo ocuparme de otros detalles en relación con la mudanza, que en este momento no tengo muy claros, aunque debería tenerlos; debo, pues, pensar en ellos y hacer una lista. También debo ocuparme de entrar oficialmente en el año 1991, poniendo al día mis agendas –y debo comprar una agenda de este año-. Luego debo, o debería, ocuparme de preparar la publicación, o el intento de publicación, de ciertos libros míos. Como se ve, el tiempo no me alcanza; entonces opto por desentenderme de todo y jugar con la computadora.

 13 de enero

 El ejercicio caligráfico de ayer me ha ayudado sin duda a centrarme un poco en mis cosas, e incluso pude comenzar sin desesperarme el trabajo de ordenar y atar los libros. En estos momentos estoy escribiendo con bastante incomodidad, porque de los libros se han desprendido algunos grumos de pintura y revoque a su vez desprendidos de la pared, que se habían ido acumulando sobre ellos durante un largo período, y muchos de esos pequeños grumos han quedado debajo de este papel donde escribo, dificultándome la tarea y causándome irritación. No sé por qué no se me ha ocurrido limpiar la tapa del escritorio (creo recordar que no se dice tapa sino tabla). Tampoco sé por qué no lo hago ahora. Sigo escribiendo.
 BBBBBBBBBBBBBB Bien, otra vez había olvidado la manera de escribir la B. El problema es que olvido por dónde comenzar a trazarla, y si no me sale espontáneamente, pensándolo no puedo conseguirlo. Hay algún truco en alguna parte y no termino de descubrirlo.
 Soy consciente de que no estoy haciendo buena letra. Escribo muy rápida y nerviosamente. La carga de stress y ansiedad por el asunto de la mudanza es muy grande. Debo seguir atando libros en paquetes y hacer muchas cosas más. No tengo ganas de hacerlo. No quiero mudarme. Estoy harto de mudanzas y cambios. Pero hay que hacerlo, porque así lo han dispuesto las fuerzas supremas.»


  [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Caballo de Troya, 2007, pp. 118-128. ISBN: 978-84-96594-12-8.]


viernes, 25 de junio de 2021

El hueco que deja el diablo.- Alexander Kluge (1932)


Resultado de imagen de alexander kluge
El diablo en la Casa Blanca
Una inhibición natural a la mentira

 «Hemos dejado de usar el detector de mentiras, dijo el criminalista; los delincuentes ya no le tienen miedo. En el ámbito en que trabaja la policía militar, hay soldados que han aprendido a dominar sus nervios y en última instancia también todos los reflejos vasomotores. ¿Qué es un soldado sino alguien que se domina? Por eso hemos reemplazado con TEST DE CONOCIMIENTO DE LOS HECHOS todas las pruebas en las que el nerviosismo se considera sinónimo de culpabilidad. Aquéllos se basan en que cada delito presenta ciertas singularidades que sólo puede conocer alguien que hubiese estado en la escena del crimen. ¿Era rojo el vehículo? Si era de ese color, en el test de conocimiento de los hechos el polígrafo registra una reacción.
 Debemos intentar medir la mentira directamente en el lugar de origen, es decir, en el cerebro. De ahí que hayamos adoptado el procedimiento de los psicólogos Lawrence A. Farwell y Emanuel Dondrie, de la Universidad de Illinois. El aparato recurre al componente P-300, cuya presencia en el cerebro se puede constatar más o menos trescientos milisegundos después de enviarle estímulos sensoriales: un eco no disimulable. Sólo hay que pedirle al detenido que escoja algunos estímulos poco habituales: sonidos agudos o palabras. A los estímulos difundidos de manera aleatoria el cerebro responde con un componente P-300.

 -¿Se podría “mentir” apretando el botón como respuesta a todos los estímulos, los que se conocen, los desconocidos y los “delatores”?
 -El eco sólo lo producen los “conocidos” y los “delatores”.
 -¿Lo ha probado?
 -Sí, hemos formado como “espías” a participantes en el experimento, colegas de nuestras propias filas; después los hemos interrogado. Su misión era “mentir”, pero ninguna mentira consiguió engañarnos.
 -¿Una inhibición natural?
 -En el centro del cerebro, más o menos a la izquierda del centro, en el lugar en el que Descartes suponía que se alojaba la lámpara del alma.
 -¿Cómo puede alguien salvarse de usted?
 -No diciendo absolutamente nada.
 -¿Y entonces se lo considera culpable?

 Mientras tanto, en la Universidad de Illinois se ha desarrollado una variante: en lugar de la actividad cerebral, se mide el tiempo de reacción en las sinapsis. Si se dice la verdad, el botón NO se pulsa en medio segundo; si se miente, el tiempo de reacción supera el segundo. Ni siquiera después de un entrenamiento intensivo se detectó una aceleración de ese minúsculo movimiento del cerebro. 
  
Sobre un supuesto derecho a mentir por amor a la humanidad

 «En 1797 aún estaban vivos en el recuerdo de la opinión pública europea los tribunales que durante la Revolución Francesa habían mandado a la guillotina a tantos y tantos presos. ¿Qué valía una mentira que significaba la salvación? ¿Qué cabe esperar de la veracidad de un delator, de un denunciante? Si una facción sedienta de sangre quiere aniquilar a sus adversarios con el instrumento de la justicia, ¿deja de ser vigente después el orden jurídico y, con él, la verdad?
 Durante este período de la historia, el escritor político Benjamin Constant citaba a un FILÓSOFO ALEMÁN (refiriéndose a Immanuel Kant) que había afirmado que la humanidad tiene derecho a la VERDAD: la mentira es improcedente. Así, según dicho filósofo, escribe Constant, “a un asesino que pregunta por su víctima a quienes la alojan, debe informársele verazmente de su presencia en la casa aunque eso signifique su muerte”.
 La mentira bienintencionada es un acto de omnipotencia, repuso Kant por escrito en una polémica pública. Presupone que el mentiroso conoce de antemano todas las cadenas causales y las consecuencias jurídicas de su repuesta. ¿Qué buenas intenciones quedan de su mentira después de responder (contrariamente a la verdad) “no” a la pregunta de si el perseguido está en casa, y si, entretanto, el huésped ha dejado la casa y cae después en manos del asesino? A la inversa: si responde verazmente pero el perseguido ha dejado la casa, el asesino entonces se marcha de vacío, éste ha perdido tiempo y no sacia su sed de sangre porque lo han confundido con una declaración veraz.
 El filósofo insistió en esta sentencia: “Ser VERAZ (sincero) en todo lo que se dice es, en consecuencia, un mandato de la razón, sagrado y apodíctico, que ninguna conveniencia ha de limitar”

 -¿Admitiría usted, como kantiano que es, que en un proceso de 1937 en la Unión Soviética decir la verdad era peligroso para la vida e inútil para la justicia?
 -No niego las circunstancias, pero el principio es irrenunciable. No se debe mentir.
 -¿Y si las mentiras se arrancan con torturas? ¿Si la falta de veracidad se convierte en vehículo de una acusación tergiversada, de confusión, y así, en causa de una sentencia de muerte?
 -La sentencia de Kant es válida o no lo es. No es negociable.

 Un grupo de interrogadores de la CIA dejó de hacerle preguntas a un presunto miembro de Al Qaeda y cedió el asunto a unos servicios secretos afines que, según la legislación de su país, pueden aplicar la tortura. Para suavizar la tortura, los interrogadores le mienten al sospechoso en lo tocante a la traición de sus camaradas. ¿Está permitida una mentira así, bienintencionada? Para el kantiano, en absoluto. ¿Cómo puede usted saber lo que delata el torturado? ¿A cuántos de los delatados por el torturado, o por el hombre engañado con mentiras, pretende entregar a la persecución, sean inocentes o no?

 -¿Debe responder no, a la pregunta de si lo conoce, la telefonista que reconoció al conspirador del 20 de julio de 1944, el alcalde retirado Goerderler? ¿Lo condena a muerte si no lo hace?
 -Como kantiano digo que no; como patriota alemán diría sí.
 -¿No es de aplicación Kant a la sombra de Hitler?
 -No.
 -¿Se halla eso en el pensamiento del maestro?
 -No. Para Kant no hay en todo el universo caso alguno en el que sus reglas no sean de aplicación. En ese sentido, yo tiendo al compromiso cuando digo que, en las circunstancias del 20 de julio de 1944, ya no es válida la exclusión de la mentira.
 -A mí me violaron en Prusia oriental en marzo de 1945. Sé que mi marido no me lo perdonará. Es una cuestión de dignidad y de moral, un problema clásico de una clase especial, no una posibilidad emocional. ¿Debo exigirle a su alma lo imposible o debo mentirle?
 -Si mi marido me quiere, debe componérselas con eso; de lo contrario, no me quiere.
 -Otro caso: ha cometido usted un desliz, irreflexivamente.
 -¿Pero él me quiere?
 -¿Estrangularía usted, por ese azar, el amor que se profesan?
 -No.
 -¿De qué depende la posibilidad de desviarse del principio kantiano? ¿Cómo lo fundamenta?
 -Él no quiere saber la verdad.
Resultado de imagen de alexander kluge el hueco que deja el diablo -¿Y usted cómo lo sabe?
 -Me lo dice el sentimiento.

La metempsicosis según Fourier
Prolegómenos a una astrología racional

 Los seres (después almas), cuando intentan llegar al Planeta Azul, pasan por delante de los astros transatúrnicos y, luego, junto a los dos grandes planetas gaseosos; dan una vuelta, dice la cábala, alrededor del lucero vespertino como si fueran cuerpos volantes que necesitan reducir la velocidad y sólo después (de los seres surgen almas y, de ellas, caracteres) aterrizan en uno de los lugares habitados por seres humanos. Es el conocimiento de esta conexión –escribe Walter Benjamin-, que también se percibe físicamente bajo la luna de las noches meridionales, lo que le falta a la CONCIENCIA PARTIDISTA, la materia prima de la que destilamos lo POLÍTICO. De ahí que a lo político le falten también aroma y esencia, dos cosas que, sin embargo, nuestro cuerpo y nuestra capacidad de compromiso sí conocen. Los ciegos que llevamos dentro (mónadas, líbido), lo que nos constituye, se sienten defraudados.
 Charles Fourier calculó matemáticamente la transmigración de las almas (los caminos de los seres que llegan a nosotros y salen de nosotros para luego regresar). En El libro de los pasajes, Walter Benjamin atribuye especial importancia a esos datos del socialista temprano. El alma humana, dice Fourier, debe adoptar ochocientas diez formas distintas hasta completar la vuelta al planeta y volver a la tierra. De estas existencias en el cosmos, setecientos veinte años son felices, cuarenta y cinco son favorables, y cuarenta y cinco son desfavorables o infelices. ¡Tras la caída de nuestro planeta, las almas escogidas emigrarán al sol! Escogidas serán sólo aquéllas que hayan completado su recorrido. Antes de que las almas pasen ochenta mil años en nuestro planeta, deben haber habitado todos los otros planetas y mundos. La especie humana habrá disfrutado de setenta mil años de aurora boreal. Con todo, el influjo principal que anima la metamorfosis  de las almas es el PODER DEL TRABAJO ATRACTIVO. Gracias a ella, la GRAVITACIÓN DE LA FUERZA DE TRABAJO, escribe Fourier, el clima de Senegal, se volverá tan suave como el verano francés; dado que el mar, bajo la influencia del carácter morfológico del trabajo colectivo voluntario, se convertirá en limonada, los peces de los océanos se refugiarán en el mar Caspio, en el lago de Aral y en el Mar Negro, porque en esas aguas saladas el efecto de la luz boreal es menor. No obstante, los peces se irán acostumbrando cada vez más a la limonada. Benjamin: “Fourier dice también que en el octavo período los seres humanos serán capaces de vivir como peces en el agua y de volar como pájaros, y que después alcanzarán una estatura de dos metros quince y, como mínimo, los ciento cuarenta y cuatro años de edad. Después, todos podrán convertirse en anfibios, pues adquirirán la capacidad de abrir o cerrar a voluntad el orificio que comunica las dos cámaras del corazón; de ese modo, la sangre irá directamente al corazón sin tener que pasar por los pulmones […] La naturaleza, afirma Fourier, evolucionará de tal manera que llegará un tiempo en el que los naranjos florecerán en Siberia y los animales más peligrosos serán sustituidos por sus opuestos. Los ANTI-LEONES, las ANTI-BALLENAS, estarán entonces al servicio del hombre y la bonanza moverá sus barcos. De esta manera, siempre según Fourier, el león podrá usarse como el mejor de los caballos y el tiburón será para la pesca tan útil como ahora el perro para la caza. Surgirán nuevas estrellas que sustituirán a la luna que, por lo demás, a esas alturas empezará a pudrirse.
 En sus últimos años, Fourier […] quería […] fundar un falansterio en el que sólo podrían vivir niños de tres a catorce años, de los cuales él reuniría doce mil; pero su llamamiento no resultó en la realización de ese plan”.
 La libido, sostiene Walter Benjamin, repite su “experiencia primigenia”, que viene de las estrellas y tiene que ver con el “fango” del que surgieron los cuerpos. Un proceso revolucionario (o la emancipación, la racionalidad) que no conoce o no respeta la red de conexiones que surge de él, sólo conseguirá que los hombres se aparten de él. Por eso, una revolución siempre lucha contra el curso del tiempo. Con cada día que pasa, menor es la probabilidad de que termine imponiéndose. Reduce los objetivos hasta que no queda nada que defender.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, en traducción de Daniel Najmías, pp. 338-346. ISBN: 978-84-339-7457-0.]


jueves, 24 de junio de 2021

Adiós. Hasta mañana.- William Maxwell (1908-2000)


Resultado de imagen de william maxwell
La maquinaria judicial


 «Clarence estaba asegurando la puerta de los prados con un alambre cuando de pronto tuvo el presentimiento de que ella se había ido. Salió corriendo. Se imaginó la nota apoyada sobre el azucarero, en la mesa de la cocina. Abrió la puerta de golpe y encontró a su mujer delante del fogón, con el pelo mojado por el vapor, removiendo la ropa en el gran barreño de cobre. Se miraron un momento y ella dijo:
 -No, todavía sigo aquí.
 Cuando se marchó, seis semanas más tarde, Clarence no tuvo ninguna premonición.
 El abogado de Fern le informó, por correo, de que cualquier intento de comunicarse con ella o con los niños debía hacerse a través de él, de lo contrario se consideraría constitutivo de acoso y tomarían cuantas medidas fueran necesarias para protegerla.
 A continuación, Clarence recibió una citación judicial: ella solicitaba el divorcio.
 Poco después, Fern Smith acudió al bufete de su abogado para discutir un comunicado que había recibido del abogado de Clarence. El asunto ya no estaba en manos de ninguno de los dos. Habían dejado de gritarse y habían puesto su fe en la justicia. Por tanto, lo que contaba a partir de ese momento no era cómo fuesen las cosas realmente sino lo que pareciesen.
 La demanda de divorcio y la contrademanda se dirimieron en una vista única durante el otoño. En el estrado y en la sala había hombres a los que Clarence Smith conocía y, apartando su mirada de ellos, tuvo que sentarse y oír cómo se aireaban públicamente los detalles más íntimos de su vida. No reconoció la descripción que se hizo de su persona y se preguntó cómo el abogado de Fern pudo formular con tal aplomo afirmaciones que sabía sin ninguna base de verdad. Tampoco entendió que ella se sentara allí, con aire de víctima, cuando había sido la causante de todo. El abogado de Fern había encontrado a media docena de testigos dispuestos a declarar que él tenía mal carácter, lo cual sorprendió mucho a Clarence. No sabía que tuviera enemigos. Él, por su parte, sólo tenía un testigo, pero confiaba en que demostrase la falsedad de todo cuanto allí se había dicho.
 Absolutamente irreconocible, con un traje nuevo y afeitado por el barbero, el empleado de Clarence testificó sobre ciertas “intimidades”. Usó palabras distintas de las que el abogado de Clarence Smith había puesto en su boca. En varias ocasiones, dijo, había visto a la demandante y a Wilson abrazándose o besándose, o a éste metiendo la mano por debajo de la blusa de ella. Dijo también que, cuando su jefe se ausentaba de la propiedad, Wilson entraba en la casa y luego se veía su sombra en el dormitorio del piso de arriba y tardaba en salir una hora, o incluso más.
 Sin dejar de pasear frente al estrado, el abogado de Fern Smith habló con elocuencia  de los estrechos vínculos que unían a las dos familias y, en particular, de la amistad entre los dos hombres. ¿No era un hecho, no era un hecho irrefutable, que durante muchos años antes de que surgiese la discordia y con pleno conocimiento y aprobación por parte de Clarence Smith, Lloyd Wilson había visitado con frecuencia la casa de los Smith cuando Smith se encontraba ausente? Antes de examinar la contrademanda, quiso ofrecer, como prueba de la falta de credibilidad del testimonio ofrecido por aquel testigo, el hecho de que su aliento apestaba siempre a alcohol y de que había pasado en prisión la noche del 4 de julio en estado de embriaguez.
 El abogado de Clarence se puso en pie de un salto y exclamó:
 -¡Protesto, señoría!
 A lo que el juez respondió con acritud:
 -Protesta denegada.
 No fue difícil enredar a Víctor para que dijese cosas que no quería decir, y que no podían ser ciertas, y su confusión era tal que la sala estallaba en carcajadas una y otra vez. Finalmente, Clarence fue llamado al estrado, donde se le tomó juramento y se le obligó a escuchar un relato de sus propios actos que no pudo negar de manera convincente. Lo que el abogado de Fern se cuidó de ocultar a los miembros del jurado fue la provocación que desencadenó aquel comportamiento violento. Y cuando Clarence intentó decirlo, el juez le ordenó que se limitase a responder a las preguntas de los letrados.
 Nadie dijo en el tribunal que Clarence Smith tenía el corazón destrozado porque su mujer no lo amaba, aunque el hecho de que alguien lo hubiese dicho tampoco habría cambiado las cosas.
 El periódico vespertino publicó que la señora Fern Smith había ganado la demanda contra su esposo alegando extrema y reiterada crueldad, y que los cargos que figuraban en la contrademanda de éste no pudieron ser probados ante el tribunal. Clarence fue condenado a pagar una pensión mensual de cincuenta dólares y a ella se le concedió la custodia de los niños.
[…]

 -¿Te quedarás a comer el domingo con nosotros, verdad? –preguntó su madre-. Ven directamente al salir de la iglesia, para que puedas estar más tiempo.
 Si Clarence hubiera podido decir que no, lo habría dicho. Tampoco le dijo que había dejado de ir a la iglesia.
 Cuando se sentaron a la mesa, vio que su madre había preparado todos sus platos favoritos e intentó comer, a pesar de que no tenía hambre. Por la inquietud de su padre y la estudiada ausencia de expresión en el rostro de su madre, supo que sentían heridos. Ella esperaba que les contase todo lo que no había podido contar ante el juez y el jurado, y como no lo hizo, pensó que no confiaba en ellos.
 -Esperábamos que los niños vinieran a visitarnos –dijo la madre-, pero hasta ahora no han venido. Me parece que Fern no se lo permite.
 -No creo que haga eso –dijo Clarence, evitando la mirada de ella.
 Su padre y su madre eran las dos únicas personas en el mundo en las que confiaba llegado a este punto, mas ¿por dónde empezar? ¿Por el hecho de que tenía problemas para reunir el dinero y pagarle a su ex mujer la pensión alimenticia? Todo lo que pudiera decirles no haría más que causarles dolor y, además, no soportaba hablar de ello.
 Sabía lo que le habían hecho, pero no lo que había hecho él para merecerlo.
Resultado de imagen de william maxwell adios hasta mañana Le habría ayudado que, en algún momento, algún predicador baptista apoyase los brazos sobre el púlpito y, arqueando los hombros, dijese: La gente ni tiene lo que merece ni merece lo que tiene. A los bondadosos y a los confiados se les pisotea. El hombre rico siempre acaba pasando por el ojo de la aguja, y de poco o de nada sirve depositar la fe en la Divina Providencia… Pero, ¿cómo iba a decir tal cosa un predicador, baptista o no?

 El abogado de Fern dijo que era preferible que ella y Lloyd Wilson no se viesen durante algún tiempo. Cuando se escribían, se ocupaban de echar las cartas al correo personalmente. Las cartas de ella eran muy largas, las de él muy cortas. No estaba acostumbrado a plasmar sus sentimientos sobre el papel. Pero ella leía sus cartas una y otra vez, poniendo con su imaginación palabras que no estaban escritas, hasta convencerse de que él realmente la amaba tanto como ella lo amaba a él.
[…]

 En una ciudad del tamaño de Lincoln no hay secretos bien guardados. Alguien le habló a alguien que le habló a alguien que le habló a alguien que le habló a Clarence de las abultadas cartas sin remite que Fern echaba en el gran buzón verde de la oficina de correos después de que anocheciera. No pasó mucho tiempo antes de que esto ocurriera. O de que Fern descubriese que Clarence lo sabía.
 Ahora, después de haber ganado aquella larga batalla, se sentía asustada. Se sorprendía a sí misma pensando en Clarence por primera vez. En lo que le había hecho. Y en lo que él sería capaz de hacer. Ella no quería aceptar la asignación de cincuenta dólares mensuales. Fue idea de su abogado. Se había sentido aliviada cuando Clarence cogió el atizador y la amenazó. Y en momentos similares.

 La perra bajó corriendo por el camino y se abalanzó sobre Cletus, y éste soltó la bicicleta y hundió el rostro en el pelo del animal. Pero, después de aquello nada fue como él había imaginado. Esperaba ir con su padre de un lado a otro, ayudándolo en sus tareas, pero en lugar de eso se pasaron la tarde sentados en casa, sin saber qué decir.
 “No dirás falso testimonio”, decía la Biblia… pero ¿por qué no, si el jurado era incapaz de apreciar la diferencia entre la verdad y una sarta de mentiras, y al juez le pasaba lo mismo? Vestida de negro y cubierta con un velo, como si guardase luto por él, secándose los ojos con el pañuelo, ella los embaucó a todos. La Biblia también decía: “No desearás a la mujer de tu prójimo”, y a él le obligaron a pagarles cincuenta dólares al mes. Ésa fue su recompensa por haber violado los Diez Mandamientos.
 ¿Cómo iba Clarence a explicarle aquello a un adolescente? Además se sentía avergonzado, avergonzado y desconcertado por todo lo que había tenido que pasar su hijo. Sabía que Cletus hubiera preferido quedarse con él, pero ni siquiera había conseguido eso.
 Tras aquel humillante día en el juzgado la noción causa-efecto de Clarence Smith quedó distorsionada para siempre. Tenía la cabeza llena de ideas que, tomadas una a una, eran perfectamente razonables, pero consideradas en conjunto carecían por completo de sentido.
 No se daba cuenta de lo largos que eran algunos de sus silencios.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 1998, en traducción de Catalina Martínez Muñoz, pp. 111-113, 115-116 y  117-118. ISBN: 84-7844-385-1.]