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sábado, 22 de mayo de 2021

Eloísa está debajo de un almendro.- Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)


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Acto primero


  «Edgardo: (Contento, a Fermín.) Oye, me parece que este chico nos va a servir, Fermín.
 Fermín: Ya le dije al señor que le gustaría.
 Edgardo: Me alegro mucho, aunque también lo lamento, pues cuando él entre a mis órdenes, te perderé de vista a ti…
 Fermín: Yo bien quisiera seguir en mi puesto, señor… pero el servicio de esta casa le desgasta a uno tanto…
 Edgardo: Sí. Aquí se quema mucha servidumbre; es una pena. Bueno, pues sigue adiestrándole. Ya sabes: durante ocho o diez días, que no se separe de ti, que te siga a todas partes, que se fije bien en todo lo que hagas tú y que tome buena cuenta de todo cuanto vea y de cuanto oiga. Y así que le des de alta, me lo dices, para liquidarte a ti y despedirte.
 Fermín: Sí, señor.
 Edgardo: ¡Ah! Oye… No olvides prepararlo todo, que dentro de cinco minutos salimos para San Sebastián.
 (En ese momento, por el foro izquierdo, aparece Micaela hablando a grandes voces.)
 Micaela: ¡Edgardo! ¡Edgardo! ¿Estoy yo loca o has dicho que te vas a San Sebastián?
 Edgardo: Las dos cosas, Micaela.
  (Esta Micaela merece párrafo aparte también. Se trata de una dama igualmente distinguida e igualmente singular que el resto de la familia que vamos conociendo. Es un poco mayor que Edgardo. Micaela viste totalmente de negro, es rígida y altiva; se expresa siempre de un modo dominante, como si se hallase colocada a 1200 metros sobre el nivel del mar y en el momento en que la conocemos lleva dos grandes perros sujetos con una cadena. Avanza de prisa, tirando de los perros, y con destreza de persona ya habituada a ello, por entre los muebles, hacia la cama de Edgardo.)
 Micaela: (De un modo patético.) ¡Insiste por ese camino Edgardo! Insiste por ese camino, que algún día acabarás por decir algo ingenioso. Pero, dejando aparte tus sarcasmos, que ya no me hieren ni me ofenden, yo me pregunto si no puedes irte a San Sebastián mañana por la noche u otra noche cualquiera, que no sea la noche de hoy, precisamente…
 Edgardo: ¿Y por qué en la noche de hoy no debo irme a San Sebastián?
 Micaela: Porque esta noche van a venir ladrones, Edgardo. Te lo estoy anunciando desde el lunes. ¡Y no  me lo discutas! No me lo discutas porque ya sabes que a mí eso no se me puede discutir…
 Edgardo: Ya, ya lo sé. Y no pienso discutírtelo. (Volviendo a Fermín.) Aíslame, Fermín.
 Fermín: Sí, señor.
 (Toca el resorte de la pared y la especie de persiana de madera que aísla una habitación de otra comienza a bajar.)
 Micaela: (Patéticamente.) ¡Aislándote no evitarás que los ladrones vengan, Edgardo!
 Edgardo: Pero dejaré de verte y oírte, Micaela.
 (La persiana baja del todo, tapando la cama y el trozo de habitación correspondiente.)
 Micaela: (Digna y pesarosa.) Bien está. Cuando yo digo que ésta es una casa de locos… Irse a San Sebastián esta noche, justamente esta noche, que toca ladrones… (Dando un enorme suspiro.) ¡En fin! Por fortuna, vigilo yo y vigilan “Caín” y “Abel”. (Por los perros.) Que si no estuviésemos aquí nosotros tres, no sé lo que sería de todos… (Se va por el primero a la derecha.)
 Leoncio: (Estupefacto.) ¿Quién es ésta?
 Fermín: La hermana mayor del señor.
 Leoncio: ¿Y que es eso de que esta noche toca ladrones?
 Fermín: Pues que se empeña en que vienen ladrones todos los sábados. Está más perturbada aún que el señor: es un decir. De día no sale nunca de su cuarto, y ésta es la que colecciona búhos. Tal como usted la ve, con los perros a la rastra, se pasará toda la noche en claro, del jardín a la casa y de la casa al jardín.
 Leoncio: Pues habría que oírles a los perros si supieran hablar.
 Fermín: Creo que están aprendiendo, para desahogarse.
 Leoncio: (Riendo.) ¡Hombre! Eso me ha hecho gracia.
 Fermín: ¡Chist! No se ría usted, que aquí las risas están muy mal vistas.
 (Por la escalera del fondo surge entonces como un obús Práxedes. Es una muchacha pequeña y menuda que personifica la velocidad. Trae una bandeja grande con una cena completa, dos botellas, vasos, mantelería, etc. y avanza con todos sus bártulos, como un gato por un vasar, vertiginosamente, y sin rozar ni un objeto, hasta una mesa donde deposita la bandeja y, con rapidez nunca vista, arregla y sirve un cubierto sin dejar un instante de hablar, no se sabe si con Fermín o consigo misma.)
 Práxedes: ¿Se puede? Sí, porque no hay nadie. ¿Qué no hay nadie? Bueno; hay alguien, pero como si no hubiera nadie. ¡Hola! ¿Qué hay? ¿Qué haces aquí? Perdiendo el tiempo, ¿no? Tú dirás que no, pero yo digo que sí. ¿Qué? ¡Ah! Bueno, por eso… ¿Qué por qué vengo? Porque me lo han mandado. ¿Quién? La señora mayor. ¿Qué traigo? La cena de la señora, porque es sábado y esta noche hay que vigilar. ¿Qué por qué cena vigilando? Porque no va a vigilar sin cenar. ¿Te parece mal que vigile? Y a mí, también. Pero, ¿podemos nosotros remediarlo? ¡Ah! Bueno, por eso… Y ahora a dejárselo todo dispuesto y a su gusto. ¿Que lo hago demasiado deprisa? Es mi genio. Pero ¿lo hago mal? ¿No? ¡Ah! Bueno, por eso… Y no hablemos más. Ya está: es un voleo. ¿Bebidas? ¡Claro! No iba a comer sin beber. Aunque tú bebes, aunque no comas. ¿Lo niegas? Bien. Allá tú. Pero ¿es cierto, sí o no? ¡Ah! Bueno, por eso… (Yendo hacia Fermín y Leoncio.) ¿Y la señora? ¿Se fue? Lo supongo. Por aquí, ¿verdad? (El primero derecha.) Como si lo viera. ¿Qué si voy a llamarla? Sí. (Señalando a Leoncio, y mirándole.) Este va a ser el criado nuevo, ¿no? Pues, por la pinta, no parece gran cosa… ¿Qué sí lo es? ¡Ah! Bueno, por eso… Aquí lo que nos hace falta es gente lista. Ahí os quedáis. (Inicia el mutis.) ¿Decíais algo? ¿Sí? ¿El qué? ¿Qué no decíais nada? ¡Ah! Bueno, por eso… (Se va por el primero derecha.)
 Leoncio: Y ésta es otra loca de la familia, claro.
 Fermín: No. Esta es la señorita de compañía de doña Micaela, y está en su juicio.
 Leoncio: ¿Que está en su juicio?
 Fermín: Sí. ¿Es que ha notado usted algo raro en ella?
 Leoncio: ¿Cómo que si he notado algo raro en ella? ¿Y usted no nota nada oyéndola hablar?
 Fermín: Yo es que ya no discierno, acostumbrado como estoy a… ¡Claro! Si no podré aguantar ni ocho días más… Si también el criado que estuvo antes que yo perdió la chaveta…
 Leoncio: ¡Pero, hombre!
 Fermín: Si de aquí salgo para una celda de corcho…
 Leoncio: No sea usted pesimista, caramba.
 Fermín: (Mirando el reloj y alarmándose.) ¡Ahí va! Dos minutos para el tren de San Sebastián. Hay que arreglarlo todo en un vuelo. (Pone junto a la cama unas maletas y manipula en el cine.)
 Leoncio: (Siguiéndole.) Oiga usted, ¿pero eso de San Sebastián era fetén?
 Fermín: ¿El qué?
 Leoncio: El viaje del señor.
 Fermín: Hombre, claro. Rara es la noche que no va a algún sitio… No ve que tiene toda clase de cosas para distraerse, y a ratos hasta tira al blanco desde ahí: que por eso exige que a su criado no le importen los tiros; pero llega un momento en que la cama le aburre, y necesita viajar.
 Leoncio: Pero, ¿sin moverse de la cama?
 Fermín: Sí, claro. De la cama no se mueve más que lo justo para que yo se la arregle, por las mañanas. Y para estirar las piernas por aquí un ratillo, porque, si no, a estas horas ya estaría paralítico. ¿No ve que lleva así veintiún años?
 Leoncio: ¡Hay que ver!
Resultado de imagen de eloisa esta debajo de un almendro salvat Fermín: Pues para viajar acostado es para lo que tiene usted que aprenderse los horarios y los trayectos ferroviarios. Porque el señor, a veces, se duerme viajando; pero uno tiene que estar ojo avizor toda la noche para tocar la campana al salir el tren de cada ciudad, que hay que hacerlo a la hora exacta; cantar los nombres de las estaciones y vocear las especialidades de la localidad.
 Leoncio: Oiga usted, ¿y paran ustedes en muchos sitios?
 Fermín: La noche que el señor va en el correo, sí; pero otras noches que tiene prisa coge el rápido y entonces la cosa es llevadera.
 Leoncio: ¿Y con ese aparato qué hay que hacer?
 Fermín: Esto es para proyectar vistas de los sitios principales por donde se pasa. (Se acercan ambos a la linterna.) ¿Ve? (Enseñándole una caja.) Aquí están las del itinerario de San Sebastián, numeradas y por orden de proyección. (Mirando el reloj.) ¡La hora! Vamos allá. Siéntese usted ahí y fíjese en todo, para que aprenda pronto… (Toca el resorte de la pared y la especie de persiana de madera se levanta, descubriendo la cama donde Edgardo está leyendo un libro.)
 Edgardo: ¿Qué? ¿Ya es la hora?
 Fermín: Sí, señor. Van a dar la salida.
 Edgardo: ¿Tienes los billetes? ¿Has facturado los equipajes?
 Fermín: Sí, señor. Y aquí los bultos de mano. Todo está en regla, señor.
 Edgardo: ¿No ha venido nadie a despedirnos?
 Fermín: Nadie, señor.
 Edgardo: Mejor. Las despedidas son siempre tristes.
 Leoncio. (Que contempla la escena asombrado, sentado en un sillón aparte.) ¡Chavó, qué imaginación!
 Fermín: (Toca un pito, la campana y luego la sirena.) Ya salimos, señor.
 Edgardo: ¡Andando! Llevamos muchísimo retraso, pero lo ganaremos mañana en Alsasua. Voy a echarme una cabezadita hasta Villalba.
 Fermín: Hay parada en La Navata, señor.
 Edgardo: Bueno; pero si voy dormido, no me despiertes. (Se reclina en la almohada y cierra los ojos.)
 Leoncio: (Aparte.) Y viajando así no habrán descarrilado nunca, claro… (Fermín se acerca, sentándose en otro sillón.)
 Fermín: ¿Qué? ¿Se queda usted en la casa?
 Leoncio: Pues, la verdad, lo estoy dudando.
 Fermín: Me lo temía. Tres aspirantes se han rajado al ver esto de los viajes.
 Leoncio: Hombre, viendo esto se raja Emilio Salgari. No por el viajar en sí, que ya ve usted; yo nací yendo mis padres a una becerrada en Busdongo, sino por el miedo ese de acabar en un manicomio que a usted ha empezado a entrarle al cabo de cinco años, y que a mí ha principiado a rondarme ahora, al salir el tren.
 Fermín: Pero usted comprenderá que sueldos como estos no se ganan sin trabajo.
 Leoncio: Hombre, claro.
 Fermín: Y viajar con el señor tiene sus ventajas, porque está uno autorizado a sentarse aquí toda la noche y a comer y a beber a discreción los productos de cada sitio por donde se pasa. Yo, en el último viaje que hicimos por Galicia, me harté de langosta y de vino del Ribeiro.
 Leoncio: ¡Arrea! Y hoy, ¿qué menú líquido tenemos en el itinerario?
 Fermín: Pues empezando por leche fresca al cruzar Las Navas y acabando por chacolí, toda la tira.
 Leoncio: Me está usted animando a quedarme.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 74-81. Depósito legal: M. 14.386-1969.]

viernes, 17 de julio de 2015

"Mesa revuelta".- Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)


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¿Dan ustedes su permiso? (Charlas de radio)

 "Se echaron hacia atrás en sus sillones, estupefactos. Uno de ellos, el más grueso, se pasó el pañuelo por la frente con angustia.
 -¡No sabe pronunciar!... Jamás he oído nada parecido -gimió.
 -No sé pronunciar, amigos míos. ¿Qué quieren?... Todo es cuestión de costumbre. Acostumbrado a hablar desde niño, yo ahora les podría recitar de cabo a rabo el Martín Fierro. Pero, educado en el silencio, con un abuelo que no pudo nunca decir claramente "espatadanzari" y unos padres que regañaban por carta; en una casa en la que el gato no maullaba por no significarse y en la que durante la mayor parte de las comidas nos pedíamos el salero por señas, reconozcan ustedes que difícilmente podía yo resultar un orador. Me ha ocurrido más; he llegado a algo más grave: no sé pronunciar. Tengo la lengua y los labios tan torpes que, en lugar de marcar distintamente cada sílaba de las palabras, como hace todo el mundo, yo me deslizo suavemente por ellas, como si cada palabra fuese un tobogán. Elijamos una palabra cualquiera un poco larga. Por ejemplo, inadvertidamente. ¿Ustedes cómo pronuncian la palabra inadvertidamente?
 -Inadvertidamente -dijo uno de los directivos.
 -¿Ven ustedes? Pues fíjense en cómo la pronuncio yo a diario. INADVERTIDAMENTE. ¿Qué han entendido ustedes?
 -Mente.
 -Mente. Nada más que "mente". ¡Y gracias! Esto me recuerda el caso de un poeta amigo mío que, oyendo recitar a Berta Singerman el "Responso a Verlaine", de Rubén Darío, al llegar a aquel verso que dice: "que púberes canéforas te ofrenden el acanto", me agarró del brazo y me confesó: "De todo ese verso no entiendo más que "que". Era el mismo que, también durante un recital de la Singerman, al oír aquella estrofa de sor Juana Inés de la Cruz: "vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero", exclamó: "¡La gallina!", creyendo que se trataba de una adivinanza. Pero me he apartado de nuestra cuestión, señores directivos, -seguí diciéndoles-. De inadvertidamente, pronunciado por mí como suelo pronunciar a diario, ustedes no han entendido más que "mente". Sé que esto les ha entristecido, pero aún se entristecerán más cuando sepan lo que todavía me falta por declararles, y es que soy incapaz de hablar despacio. Comprueben ustedes cuál es mi velocidad habitual de dicción: "La Tierra y la Luna son los únicos cuerpos que viajan alrededor del Sol. Tenemos también los planetas Mercurio y Venus a distancias de 36 y 37 millones de millas, y más allá de la órbita de la Tierra, los planetoides Marte, Júpiter, Urano, Saturno y Neptuno, los cuales también forman parte del sistema solar central al que pertenecemos los humanos..." ¿Qué les parece a ustedes? 
 -Un record de velocidad.
 -Exactamente, un record de velocidad. Soy -y bien que lamento serlo- el Patricio Campbell de la conversación. ¿Y han comprendido ustedes algo de lo que he dicho en este párrafo?
 -Absolutamente nada.
 -Esa respuesta me hace feliz. Veo que, al no entenderme ustedes, empezamos a entendernos.
 Los directivos estaban cada vez más descorazonados. Uno de ellos me preguntó, perplejo:
 -Pero y hablando de esa manera, ¿cómo se las arregla usted para vivir?
 -Muy mal, lo confieso. En las tiendas, cuando doy el nombre para que me lleven las compras a casa, sudamos tinta el dependiente y yo. El dependiente se dispone a manejar el lápiz, moviendo la mano como si nadara, según la vieja costumbre de los dependientes de tiendas, e indaga:
 -¿Su gracia de usted?
 -ENRIQUE JARDIEL PONCELA.
 -¿Cómo?
 -ENRIQUE JARDIEL PONCELA.
 -Antonio, ¿verdad?
 -ENRIQUE.
 ¡Ah! Emilio, muy bien. ¿Y los apellidos?
 -JARDIEL PONCELA.
 -Jover Tarantela.
 -JARDIEL PONCELA.
 -¿Garbié?
 -JARDIEL.
 -¡Ah! Jardiez. ¿Con zeta?
 -Con ele.
 -¿Cómo con ele?
 -Que Jardiel, con ele.
 -Diga el segundo.
 -¿Qué segundo?
 -El segundo apellido. Me dijo Conceda.
 -Es con pe.
 -¿Con pe?
 -Jardiez con pe es Pardiez; que eso es una exclamación antigua.
 -¿Entonces? ¿Pancesa Gabiera? ¿O Jezer Gomiés?
 -Ponga usted Martínez.
 Y ésa es la única manera de resolver el conflicto provocado por mi pronunciación infernal".