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domingo, 17 de noviembre de 2019

Dúo.- Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954)

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«Alice cerró sus pálidos ojos, apoyó la cabeza en un almohadón de seda desteñida y levantó la mano:
 -Escucha, Michel... Esa..., esa tontería que cometí...
 -¡Esa ignominia! -replicó Michel violentamente, sin levantar la voz.
 -Bien, esa ignominia, si quieres llamarlo así, esa ignominia que atravesó brevemente mi existencia mientras tú no estabas a mi lado, comenzó y acabó en menos de cuatro semanas... ¿Qué? ¡No, no y no! ¡No me interrumpirás constantemente! -gritó Alice de súbito, abriendo sus ojos, casi azules en la sombra-. ¡Me dejarás decir lo que tengo que decir...!
 Dando un salto silencioso, Michel se dirigió a la puerta entreabierta y la cerró con cuidado, sin ruido.
 -¿Estás loca? Están almorzando ahí, en la cocina... La verdad, se diría..., se diría... ¡Palabra! ¿Y el cartero, que debe estar subiendo la cuesta?
 Tartamudeaba, gritaba en tono bajo, ahogaba su cólera contenida. Tendía un brazo vehemente hacia la puerta-ventana y Alice observó que abría la boca formando un cuadro, como las máscaras de la tragedia antigua.
 Pero ella se encogió vigorosamente de hombros y prosiguió:
 -¿Y no te olvidas del zagal del vaquero? ¿Y de Chevestre, que seguramente estará acechando por algún sitio? ¿Y la señorita de correos, que quizá se ha puesto su sombrero de los domingos para venir a pedirte que recomiendes su ascenso? ¡Eh!, ¿temes a todos ésos, piensas en ellos?
 Se dejó caer en el diván y se tapó los ojos con el brazo doblado. Michel la oyó respirar como si sollozara y se inclinó sobre ella:
 -¡Santo Dios!, domínate un poco... Vamos, Alice. ¿Qué es lo que te he dicho? Es que no te das cuenta...
 Alice descubrió su rostro enrojecido y seco, e incorporándose, se lanzó furiosa hacia él:
 -¡No sé lo que me has dicho! ¡Me importa un bledo lo que me hayas dicho! Pero lo que sé perfectamente es que si, porque me he acostado una vez en mi vida con otro hombre distinto que tú, has de envenenar en lo sucesivo la existencia de los dos, prefiero irme ahora mismo. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh...! ¡Oh, basta, basta...!
 Golpeó con el puño el almohadón de polvorienta seda y su aguda voz se enronqueció:
 -¡Soy desgraciada, Michel; compréndelo; tú no me has acostumbrado a ser desgraciada! 
 Michel, inmóvil e inclinado, esperaba que ella se callara, pero no parecía oírla.
 -¿Una vez, has dicho? ¿Qué te has acostado una vez...? ¿Una sola vez?
 Impulsada por la ansiedad que envejecía a Michel, también impulsada por la pueril esperanza que nacía, como una sonrisa disimulada, en los ojos que amaba, Alice estuvo a punto de mentir, pero recordó a tiempo que había hablado de tres semanas... "Él también se acordaba... Le conozco..." Se sentó, obligando a Michel a enderezarse y se secó la frente, con lo que alborotó su negro flequillo.
 -No, Michel. No es cuestión de un azar, de una sorpresa. No poseo unos sentidos tan caprichosos... ni tan exigentes.
 Michel hizo una mueca y con la mano le suplicó que guardara silencio. Se alejó tristemente de Alice, febril, afeada y con los cabellos desordenados, porque sin duda se parecía a aquella Alice que otro hombre había vencido. Ella le vio encorvado, despojado de sus falsas cóleras y de sus seductores atractivos y rápidamente imaginó un medio de curarle.
 -Escucha -propuso bajando la voz-, escucha... ¿Qué es lo que quieres? Quieres, naturalmente, la verdad. Quieres, estúpidamente, la verdad. Si no te lo cuento todo, como suele decirse, nos atormentarás, mucho peor, nos fastidiarás sin descanso con ese asunto...
 -¡Mide tus palabras, Alice!
 Ésta se puso en pie, estiró su espalda y miró a su marido:
 -¿Y por quién? Esto forma parte del principio de la verdad. Así, pues, ¿nos amargarás la vida hasta que obtengas lo que deseas? ¡Oh, no será largo! Lo tendrás. No mucho más tarde que esta noche, cuando nos dejen solos, cuando ya no oiré a nadie en la casa...
 Terminó lanzando una mirada hacia la puerta y se dirigió al dormitorio.
 -¿Dónde vas? -preguntó Michel, siguiendo la costumbre de siempre.
Alice se volvió, mostró sus facciones descompuestas, sus largos y descoloridos ojos, su pequeña nariz aplastada, que brillaba, y su boca pálida.
 -Supongo que no creerás que voy a mostrarles esta cara...
 -No... Quería decir... ¿qué harás después?
 Alice señaló con la barbilla la ventana, el cielo puro, el valle visible entre las estrechas hojas y los afilados retoños...
 -Quería ir por allá... Traer margaritas amarillas... Ver si hay muguete en el Boi Froid… Pero ahora...
 Sus párpados se hincharon y Michel apartó la vista; su mujer poseía una forma tan juvenil de derramar las lágrimas que le trastornaba por completo...
 -No querrás..., no te gustaría que te acompañase, ¿verdad?
 Alice le puso las manos en los hombros con un ademán tan vivo que hizo saltar dos gruesas lágrimas sobre su corpiño azul.
 -¡Michel! ¡Claro que sí! ¡Ven, Michou! Anda, ven. Haremos lo que podamos. Cruzaremos el río e iremos hasta Saint-Meix a buscar huevos. ¿Me esperas?
 Michel contestó con un ademán, avergonzado de su mansedumbre, y se derrumbó en una butaca para esperarla. Cuando ella regresó, empolvada, un poco de sombra en sus enrojecidos párpados, su mata de cabellos estirada encima de la frente como una venda de seda, Michel dormía, vencido por un sueño brutal y clemente, y ni siquiera la oyó entrar. […]
 Alice, inclinada sobre él, contenía el aliento y temía los crujidos del viejo entarimado que se curvaba bajo el peso de las pisadas. No se atrevía ni a despertarle ni a favorecer el sueño. […]
 Se volvió con una vaga repugnancia hacia el rostro cerrado que su postura deformaba, suspiró y murmuró para sí, como si esta confesión fuera una conclusión y una explicación supremas: "En el fondo, nunca me ha gustado esa barbita a la española."
 Se aproximó a la puerta-ventana con paso ligero. Se aburría y no guardaba rencor a Michel por aquella tregua involuntaria que suspendía su angustia y le concedía tiempo de reflexionar. "¿Reflexionar sobre qué? No se reflexiona antes de cometer una tontería; lo peor es que se reflexiona después de cometerlas."»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones G.P., 1964, en traducción de E. Piñas. Depósito legal: B. 19.123-1964.]

domingo, 26 de abril de 2015

"La gata".- Colette (1873-1954)


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"Volvió la cabeza con precaución, entreabrió los ojos y vio, ora blanca, ora azul, según se bañara en el estrecho riachuelo de sol o volviera a la penumbra, a una mujer desnuda con un peine en la mano, entre los labios un cigarrillo, que canturriaba. "¡Es una frescura! -pensó-. ¡Completamente desnuda! ¿Dónde se cree que está?"
 Reconoció las hermosas piernas, desde tiempo ha familiares, pero el vientre, acortado por el ombligo situado algo bajo, le sorprendió. Una impersonal juventud salvaba las caderas musculadas, y los senos asomaban ligeros, encima de las costillas visibles. "¿Ha adelgazado?". Lo tosco de la espalda, tan amplia como el pecho, sorprendió a Alain. "Es cargada de espaldas".
 Y en aquel preciso momento, Camille se acodó en una de las ventanas y encogió la espalda, alzando los hombros. "Tiene espaldas de mujer que friega suelos..." Pero la muchacha se irguió súbitamente, hizo una pirueta y, con un gesto encantador, esbozó un abrazo en el aire. "No, no, no es verdad. Es hermosa. Pero, ¡qué desfachatez! ¿Se cree que estoy muerto? ¿O es que encuentra muy natural pavonearse completamente desnuda? ¡Oh!, todo esto ha de cambiar".
 Como ella volvía a la cama, cerró nuevamente los ojos y, cuando los abrió otra vez, Camille estaba sentada frente al tocador, que llamaban el tocador invisible, plancha translúcida de hermoso cristal grueso montada en una armazón de acero negro. Se empolvaba el rostro, tocó con las puntas de los dedos la mejilla, la barbilla, y de pronto sonrió, apartando la mirada con una gravedad y una fatiga que desarmaron a Alain. "¿Así... es feliz? ¿Dichosa de qué? No me la merezco mucho... De todas maneras, ¿por qué está desnuda?"
 -¡Camille! -exclamó.
 Creyó que echaría a correr al cuarto de baño, que cruzaría las manos sobre su sexo, que velaría sus senos con una arrugada prenda interior; sin embargo, se aproximó, se inclinó sobre el muchacho tendido y le llevó, agazapado en sus brazos, refugiado en el alga de un azul oscuro que florecía en su vientrecillo insignificante, su penetrante perfume de mujer morena.
 -¡Cariño! ¿Has dormido bien?
 -¡Completamente desnuda! -le reprochó su marido.
 La joven abrió cómicamente sus grandes ojos.
 -Bueno, ¿y tú...?
 Descubierto hasta la cintura, no supo qué contestar. Camille se pavoneaba ante él, tan orgullosa y tan lejos del pudor, que un poco rudamente le echó el pijama arrugado que yacía sobre la cama.
 -¡Anda, de prisa, ponte esto! ¡Tengo hambre!
 -La mère Buque está en su sitio. Todo marcha, todo va sobre ruedas.
 Desapareció y Alain quiso levantarse, vestirse, alisar sus revueltos cabellos, pero Camille regresó, ataviada con un grueso albornoz de baño, nuevo y demasiado largo, llevando alegremente una bandeja llena.
 -¡Qué ensalada, hijo de mi alma! Hay un tazón en la cocina, una tacita de pirex, el azúcar en la tapa de una caja... Todo amontonado... Mi jamón está reseco; estas peras cloróticas son los restos del almuerzo... La mère Buque se siente perdida en la cocina eléctrica. Le enseñaré a cambiar los plomos. y he echado agua en los compartimentos del hielo de la nevera. ¡Ah, si yo no estuviese aquí! El señor tiene su café muy caliente, hirviente la leche y dura la mantequilla. No; es mi té, ¡no lo toques! ¿Qué buscas?
 -Nada... nada.
 Debido al olor del café, buscaba a Sasha.
-¿Qué hora es?
 -¡Al fin una palabra cariñosa! -exclamó Camille-. Tempranísimo, marido mío. He visto en el despertador de la cocina que eran sólo las ocho y cuarto.
 Comieron, riendo con frecuencia y hablando poco. Por el olor creciente de las cortinas de hule verde, Alain adivinaba la fuerza del sol que les calentaba y no podía apartar su pensamiento del sol exterior, del horizonte extraño, de los vertiginosos nueve pisos, de la extravagante arquitectura de Quart-de-Brie que les cobijaría durante cierto tiempo.
 Escuchaba a Camille lo mejor que podía, conmovido porque fingiese olvido de lo que había pasado entre ellos durante la noche, porque afectase experiencia en este alojamiento ocasional, y la desenvoltura de una casada de por lo menos ochos días. Desde que compareció vestida, buscaba la manera de testimoniarle su gratitud. "No me guarda rencor por lo que hice ni por lo que no hice, ¡pobre criatura! En fin, ha pasado lo más fastidioso... ¿Es que, a menudo, una primera noche es este magullamiento, este semiéxito, este semidesastre?"
 Le pasó cordialmente el brazo por el cuello y la besó".