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martes, 3 de diciembre de 2019

La busca.- Pío Baroja (1872-1956)

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Segunda parte
II.-El corralón o la casa del tío Rilo. Los odios de vecindad.

«Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían mujeres.
 Era la Corrala un microcosmos; se decía que, puestos en hilera los vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza de Progreso; allí había hombres que lo eran todo y no eran nada: medio sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio comerciantes, medio ladrones.
 Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo aspecto de miseria y de consunción. Todos tenían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias.
 Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos ni nada.
 Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no salían más que en un momento de ira o de indignación.
 El dinero era para ellos la mayoría de las veces una desgracia. Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se sentían generosos y, cuando, después de soltar baladronadas, se creían dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías ficticias del alcohol, que se iban disipando.
 Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los hombres y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba tenían todas el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras, desmelenadas, iracundas; gritaban y se desesperaban por cualquier cosa.
De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría, penetraba en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra vez a su inercia moral, resignada y pasiva.
 Los vecinos constantes del Corralón se contaban entre los del primer patio. En el otro, la mayoría ambulantes, pasaban en la casa a lo más un par de semanas, y luego, como se decía allí, ahuecaban el ala.
 Un día se presentaba un leñador con su gran zurrón, su berbiquí y sus alicates que gritaba por las calles, con voz bronca: "¡A componer tinajas y artesones... barreños, platos y fuentes!", y después de pasar una corta temporada se largaba; a la semana siguiente aparecía un vendedor de telas de saldo, que pregonaba a gritos pañuelos de seda a diez y quince céntimos; otro día se hospedaba un buhonero con sus cajas llenas de alfileres, horquillas y pasadores, o algún comprador de galones de oro y plata. Ciertas épocas del año daban un contingente de tipos especiales, la primavera se revelaba por la aparición de vendedores de burros, caldereros, gitanos y bohemios; en otoño se presentaban cuadrillas de paletos con quesos de La Mancha y pucheros de miel y en el inverno abundaban los nueceros y castañeros.
 De los vecinos constantes del primer patio, los que se trataban con el señor Ignacio, el zapatero, eran: un corrector de pruebas, a quien llamaban el Corretor; un tal Rebolledo, barbero e inventor, y cuatro ciegos, que se conocían por los remoquetes de el Calabazas, el Sopistas, el Brígido y el Cuco, los cuales vivían decentemente con sus mujeres respectivas y tocaban por las calles los últimos tangos, tientos y coplas de zarzuela.
 El corrector tenía una familia numerosa: su mujer, la suegra, una hija de veinte años y una lechigada de chiquillos; no le bastaba el jornal que ganaba corrigiendo pruebas en un periódico y solía pasar grandes apuros. El corrector solía llevar un macfarlán destrozado, lleno de flecos, un pañuelo grande y sucio anudado a la garganta y un hongo amarillo, blanco y mugriento.
 Su hija, Milagros de nombre, una muchacha esbelta, fina como un pajarito, en relaciones con Leandro, el primo de Manuel.
 Los novios solían tener alternativas en sus amores, unas veces por coqueterías de ella, otras por la mala vida de él.
 No se entendían, porque la Milagros era un poco entonada y ambiciosa, se consideraba como venida a menos y Leandro tenía, en cambio, un genio brusco e irascible.
 El otro vecino del zapatero, el señor Zurro, tipo pintoresco y curioso, no se trataba con el señor Ignacio y odiaba cordialmente al corrector. El Zurro andaba siempre agazapado tras de unas antiparras azules, llevaba gorra de piel y balandres largos.
 -Se llama Zurro de apellido -decía el corrector-; pero es un zorro en sus actos; de estos zorros camperos, maestros en malicias y habilidades.
 Según se hablaba, el Zurro entendía su negocio; tenía un puesto en la parte baja del Rastro, una choza oscura e infecta rellena de trapos, casacas antiguas, retales de telas viejas, tapicerías, trozos de casullas, y además de esto, botellas vacías, botellas llenas de aguardiente y coñac, sifones de agua de Seltz, cerraduras roñosas, escopetas tomadas por la herrumbre, llaves, pistolas, botones, medallas y otras baratijas sin valor.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores y Alianza Editorial, 1969. Depósito legal: M. 8546-1969.]

miércoles, 29 de abril de 2015

"El árbol de la ciencia".- Pío Baroja (1872-1956)

 
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4ª parte: Inquisiciones

 1.-Plan filosófico
 "En mi tiempo pasaba lo mismo -dijo Iturrioz-. Los profesores no sirven más que para el embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa. Es natural. El español todavía no sabe enseñar; es demasiado fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo, y luego pescar pensiones para pasar el verano.
 -Además, falta disciplina.
 -Y otras muchas cosas. Pero,  bueno, tú, ¿qué vas a hacer? ¿No te entusiasma visitar?
 -No.
 -Y entonces, ¿qué plan tienes?
 -¿Plan personal? Ninguno.
 -¡Demonio! ¿Tan pobre estás de proyectos?
 -Sí, tengo uno: vivir con el máximo de independencia. En España, en general, no se paga el trabajo sino la sumisión. Yo quisiera vivir del trabajo, no del favor.
 -Es difícil. ¿Y cómo plan filosófico? ¿Sigues en tus buceamientos?
 -Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una hipótesis racional de la formación del mundo; después, una explicación biológica del origen de la vida y del hombre.
 -Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres una síntesis que complete la Cosmología y la Biología; una explicación del Universo físico y moral. ¿No es eso?
 -Sí.
 -¿Y en dónde has ido a buscar esta síntesis?
 -Pues en Kant, y en Schopenhauer, sobre todo.
 -Mal camino -repuso Iturrioz-; lee a los ingleses; la ciencia en ellos va envuelta en sentido práctico. No leas esos metafísicos alemanes; su filosofía es como un alcohol que emborracha y no alimenta. ¿Conoces el Leviatán de Hobbes? Yo te lo prestaré, si quieres.
 -No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a Schopenhauer, esos filósofos franceses e ingleses dan la impresión de carros pesados que marcan chirriando y levantando polvo.
 -Sí, quizá sean menos ágiles de pensamiento que los alemanes; pero, en cambio, no te alejan de la vida.
 -¿Y qué? -replicó Andrés-. Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.
 -Estás perdido -murmuró Iturrioz-. Ese intelectualismo no te puede llevar a nada bueno.
 -Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más grande que éste? La antigua filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio; detrás de aquella magnificencia no había salas espléndidas, ni lugares de delicias, sino mazmorras oscuras. Ese es el mérito sobresaliente de Kant; él vio que todas las maravillas descritas por los filósofos eran fantasías, espejismos; vio que las galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.
 -¡Vaya un mérito! -murmuró Iturrioz.
 -Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más trascendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a pesar suyo.
 -¿Y qué?
 -¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el Universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera hecho de hierro.
 -A mí esto no me asombra.
 -A mí, sí. Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara, al parecer, con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después de Kant, el mundo es ciego; ya no puede haber ni libertad ni justicia, sino fuerzas que obran por un  principio de causalidad en los dominios del espacio y del tiempo. Y esto, tan grave, no es todo; hay, además, otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofía de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y ese tiempo y ese principio de causalidad no existen fuera de nosotros tal como nosotros los vemos, que pueden ser distintos, que pueden no existir.
 -¡Bah! Eso es absurdo -murmuró Iturrioz-. Ingenioso si se quiere, pero nada más.
 -No; no sólo es absurdo sino que es práctico. Antes para mí era una gran pena considerar el infinito del espacio; creer el  mundo inacabable me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo, me entristecía, y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada; por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que, así como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás. Pero, ¡eso qué importa si no es nuestro, que es el único real?
 -¡Bah! ¡Fantasías! ¡Fantasías! -dijo Iturrioz".