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viernes, 13 de diciembre de 2019

Eso no estaba en mi libro de Historia de la Música.- Pedro González Mira (...)

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Parte II: La tierra
Capítulo 4: La farándula de la Clásica
Los instrumentistas

«Porque bien visto, un instrumentista es tan sólo un señor que produce sonidos con un instrumento, y poco más. Sin embargo, en las manos, o los labios (bien nos gustaría decir en sus cabezas) de estos individuos recae la mayor parte de la responsabilidad de algo a lo que ya nos hemos referido anteriormente: la interpretación musical, es decir, la conversión a sonido del complejo entramado que hay escrito en una partitura.
 Podríamos decir que, en principio, son tres los estratos sobre los que un ejecutante-intérprete debe moverse simultáneamente: la técnica específica que ha de aplicar para la práctica en el instrumento concreto de que se trate, su personalidad sonora y su capacidad para dar un sentido y una lógica al discurso que el compositor estableció en su obra.
 Los aspectos técnicos se estudian, se preparan y hay todo un entrenamiento -que suele ser muy duro- para conseguir los objetivos deseados. Pero las preguntas a hacerse son otras. Por ejemplo, por qué un individuo con una inmensa capacidad de trabajo y sacrificio puede tardar años para conseguir poner, pongo por caso, los dedos correctamente sobre las teclas de un piano y, de pronto, aparece por ahí un niño de seis años capaz de tocar sin equivocarse una pieza de media hora. La respuesta es seguramente que las cuestiones técnicas en la práctica instrumental no son de índole física (habilidad, destreza, etc.) sino musical, que quiere decir mental. Los papás de los presuntos futuros geniecillos no suelen tener noticias sobre esto y continúan enviando a sus hijitos a los conservatorios para que al cabo de pocos años se conviertan en unos pequeños frustrados, después de descubrir que lo realmente difícil es hacer música y no aporrear o soplar un instrumento, para lo que se tiene que ser músico y no otra cosa. No decimos que un instrumentista no deba hacer un duro entrenamiento, sino que ha de tener clara la jerarquía: primero la música, después las habilidades. Y puede suceder de todo: se puede tener una gran disposición mental para la música y ser torpe físicamente, y viceversa. En el primer caso estaremos seguramente ante un pensador de la música (¿el típico crítico frustrado?); en el segundo, ante un aporreador o soplador o golpeador de encefalograma plano. ¿Dónde está el instrumentista 10?
 He aquí la gran tragedia del personaje, un individuo condenado a la práctica continua, al estudio infinito, pero sabiendo de antemano que nada de esto le acabará sirviendo si no ha quedado meridianamente claro que con la técnica, con la habilidad sola, no se va a ninguna parte. Y la tragedia se multiplica cuando el instrumentista comienza a familiarizarse con los diferentes repertorios, con los diferentes autores, al comprobar que cada uno requiere una técnica distinta; que se puede llegar a tocar muy bien la música de un determinado compositor y, sin embargo, no así la de otros, aunque sea de estilo parecido. En ocasiones, parece que la música de un determinado compositor es muy difícil de tocar, y no es así; y puede suceder lo contrario. Dicen, por ejemplo, los pianistas que Beethoven es el más difícil de tocar. Se podría afirmar que es cierto porque, efectivamente, la técnica que requiere es la más compleja aunque no lo parezca, sobre todo en términos comparativos. Y añadiríamos: por su arrebatadora lógica musical.
 Todas estas consideraciones (seguiremos con el ejemplo del pianista, para entendernos) nos llevan a hablar de un concepto tan extendido como engañoso: el virtuosismo. Todo el mundo habla de pianistas (el razonamiento podría valer para cualquier otro instrumento) que hacen de sus señas de identidad el virtuosismo. ¿Qué quiere decir interpretación virtuosista? ¿La que está ejecutada sin fallos en las notas emitidas? ¿Una interpretación brillante en la que todo suena mucho y todo va muy rápido y se escuchan -en teoría- todas las notas escritas en la partitura sin que se produzca ningún fallo? Una suma de falsedades.
 La cuestión es distinguir entre ejecución e interpretación. Hay muchos, muchísimos, cada vez más pianistas capaces de dar todas las notas sin cometer un solo error, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de tempo, dinámica, agógica, etc. de la partitura. Pero no parece que esto sea especialmente emocionante para nuestros oídos. Hay un falso virtuosismo, consistente en lograr todo esto, que conduce a poco, pero que sin embargo en todas las épocas ha arrasado en las salas de concierto. A nosotros nos parece muy poco interesante, aunque muchas veces nos tengamos que poner en frente de un público frenético que se vuelve loco ante tanto fuego de artificio. Y no es éste un cáncer de los artistas de hoy; siempre ha sucedido: los desmayos, las lipotimias, los ataques de histeria eran la norma cuando Franz Liszt se sentaba al piano. Es cierto que, hoy, en algunas economías emergentes orientales está surgiendo un movimiento musical que encumbra falsamente a chicos y chicas jóvenes por el hecho de tener dedos prodigiosos. Pero no se ha de generalizar. Este problema ha existido siempre en todas las escuelas pianísticas, hasta en las más serias, como la rusa. El asunto requiere una valoración más individualizada. Es la personalidad del intérprete la que cuenta. Y, como creo que ya hemos dicho, se trata de saber añadir a la ejecución una opinión personal. Esta opinión es la que marca el sello interpretativo. Se podrá pensar que esto es enmendar la plana al compositor, En absoluto.
 Nadie como el compositor Gustav Mahler lo ha expresado mejor: "Lo más importante de una partitura es lo que no está escrito". Por algo fue también un extraordinario intérprete como director de orquesta, que abrió un camino absolutamente nuevo: la música se puede hacer mirando al pasado, al presente y al futuro; hay intérpretes que miran hacia atrás, los más, pero sólo unos pocos lo hacen fijándose en lo que todavía no ha sucedido. Un ejemplo: Anton Webern (1883-1945) logró en su música la máxima esencialidad, entre otras cosas porque redujo los tiempos musicales a instantes autónomos de fuerte valor conceptual. Hoy hay más de un intérprete que se atreve a mirar a Webern cuando toca una sonata que Beethoven escribió cien años antes. Lo hace así, concibiendo el todo como una suma de instantes independientes. El efecto es tremendo, es como extraer mil músicas de una sola. Bien; ésta es una manera moderna de hacer música; no está basada en lo que le estaba sucediendo a la música en 1827, porque Beethoven estaba tan por encima de todo eso que pocos lo entendían. La interpretación musical moderna requiere perspectiva histórica, pero no a pasado sino  a futuro. Algunos están en esa línea. Pero son pocos.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2018. ISBN: 978-84-17229-29-0.]

viernes, 3 de marzo de 2017

"Lo rojo y lo azul".- Benjamín Jarnés (1888-1949)


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 III.- Invitación a la aventura

  «-Lees demasiado. ¿Por qué lees tanto? Sólo te preocupan los libros, cuando no te roba el tiempo el amor... Trabaja. Eres inteligente. Trabaja.
 -¿En qué? ¿No me ves en plena miseria, en plena carencia de todo? ¿Es que el Estado reconoce aptitudes? ¿No ves que sólo reconoce privilegios? ¿No ves que me falta lo más rudimentario, que me veo aquí -como muchos otros- náufrago dentro de este uniforme por no tener en el mundo quien me arroje un cable? Sin pasado, sin porvenir ninguno, ¿quieres que desprecie cualquier minuto de placer que pasa, por pequeño que sea -chuleta de cerdo, amor entre cachivaches o ediciones de papel de estraza- como si fuera el último? Tú no conoces la miseria, porque desde niño te enseñaron a ganarte la vida machacando teclas y rasgando cuerdas. Vida pobre, pero honrada, como decís vosotros, los buenos burgueses fracasados. Estás dentro de la economía, como un buen acorde lo está dentro de la partitura; pero el miserable es una continua disonancia, no tiene "vida económica", como aún la tiene el pobre. Y todos los problemas comienzan ahí, en esa diferencia. Yo lo sé, yo lo he leído... El miserable no puede, no debe reconocer ninguna batuta.
 -¡Qué bien acoplas tus ideas a mi léxico profesional! Acaba.
 -El miserable, mientras permanezca en su miseria, será un imbécil si reconoce jerarquías, si admite algo superior a él que no sea una ametralladora o un látigo. Puesto que la sociedad le puso al margen, desde allí debe arrojar sus piedras contra la sociedad.
 -¡De poder a poder!
 -Naturalmente. Como que el miserable es tanto como un rey absoluto. Sus dos independencias extremas... Pero el miserable dura poco. En seguida le atrapa la sociedad y lo convierte en pobre, lo mete en la orquesta, atado de pies y manos.
 -También suele ocurrir algo semejante con el líder. La sociedad le da un cargo público y lo convierte de apóstol en burgués. Pasa a formar parte de la charanga, alborote más o menos. Porque hay flautas y timbales, pero también hay oboes. Lo demás es ya cosa de la batuta que sabe arrancar susurros de las trompetas más agrias.
 -Acepto tu ironía musical. Eres buen técnico.
 -No sé nada, no leí nada; pero algo se aprende "de oído". Mi maestro es el violín y en cualquier partitura se reproducen los conflictos sociales. Decía un amigo mío que todo cambio en la música se refleja en la constitución del Estado. Parece que lo había leído de Montesquieu. Como la música fue la designada por los dioses para abemolar el chirrido de los goznes, de las bisagras de todo engranaje humano; como la música es el divino lubricante que menos huele a vitalidad resentida, a animalidad en fiebre; como la música es lo más eficaz para hacer nulo -o rumoroso- cualquier roce, algo así como el supremo vaselinizador de toda aspereza interior o exterior del hombre, es evidente que si una música va olvidando sus calidades de santa unción es porque la máquina social se resiste cada vez más, repele todo suave juego de palancas, prefiere la estridencia.
 -¿Adónde me lleva tu elocuencia sin freno?
 -Al jazz-band. Iba a decirte que no es mero capricho el que hoy se prefiera el jazz-band.
 -No comprendo.
 -Es muy sencillo. Tú hablabas de la actitud del miserable... Es un tópico. Yo quiero hablarte de climas, de tendencias colectivas. El miserable ha existido siempre -se nutre en el bosque virgen de la holgazanería-; pero lo que nos interesa es el estado general del espíritu, la meteorología común... Y yo te digo que, cuando se escucha con tanto deleite una ensalada de ruidos, probablemente será porque algo dentro de nosotros nos suena también a jazz-band; algo dentro de nosotros ha quebrantado una ley de armonía.
 -Siempre hubo rebeldes.
 -Pero quizá nunca tal "estado de rebeldía". Que no es lo mismo. Se da siempre el tífico, pero lo terrible es la epidemia de tifus. Y hoy, ¿no vivimos en plena epidemia de disonancias? ¿No estamos amenazados de una parálisis general de articulaciones afectivas? La sociedad sigue funcionando, pero sus goznes rechinan cada vez más agriamente. Los instintos, por quienes todo se movió siempre en el mundo, van perdiendo esa música del alma por lo que todo gira con suavidad. Cuando los instintos se muevan totalmente restañados de ese divino aceite, los hombres volverán al estado salvaje.
 -Las ideas tirarán de ellos hacia arriba.
 -El pensamiento no eleva; menos mal si ilumina. Sólo el fluido cordial eleva, sólo la música de las almas, sólo el vehemente vino rojo que hace cantar al unísono... Y hoy, en todos los órdenes, muy en lo profundo, la sociedad va siendo corroída por un vinagre arrítmico... Por el resentimiento, por el odio.
 -Entonces lo que la sociedad necesita es, en definitiva, un buen afinador, ¿no es eso? Naturalmente, esa es una opinión de alumno de armonía y composición. Sólo te gustan los buenos acordes.
 -No, no te burles. Precisamente en buena técnica musical la disonancia es sólo aparente... Pero sucede que la apariencia es lo único visible por el hombre común, para quien la epidermis de las ideas y las cosas se engulle todo lo demás. Van detrás de una apariencia porque la presienten como símbolo de algo más firme, y ¿a qué empleado, a qué jefe de administración o mecanógrafa, lo mismo que al displicente snob, no le deleita ya ese general desequilibrio del pentagrama, esa aparente rotura de normas? Por eso se escribe esa música, por eso se aplaude. Las modas se fabrican porque el cliente las exige. Tocamos así, porque se aplaude, y se aplaude porque hay algo dentro del oyente que le empuja a aplaudir... El nombre da lo mismo; lo que importa es el hecho. Y el hecho -¡tremendo, pavoroso!- puede, óyelo bien, enunciarse así: Hoy, para todo el mundo, la indisciplina es ya un placer.
 -Siempre gustó la indisciplina, Arturo.
 -Sí, excepcionalmente. Pero estoy hablando de un síntoma general humano, de una epidemia.
 -Es una sed eterna de renovación. 
 -¡Tópico, hipertópico! No es eso. Es placer de sentirse en desequilibrio, de desentonar. Es la indisciplina por la indisciplina. El desorden, no como medio, sino como fin... Pero hay algo peor. Los instrumentos no tanto satisfacen hoy por la calidad de sus timbres como por la sorpresa de su loca irrupción en la partitura. No tanto se atiende al color justo de la personalidad sonora -eso es el timbre- como a las greñas, a los gritos, a las estridentes máscaras de bermellón con las que asoman por los boquetes de la sinfonía. Más a lo fácil y sobrevenido que a la sustancia y a la dificultad... y el día en que la orquesta social repudie los acentos personales y prefiera timbres colectivos, de irrupción más o menos audaz, el mundo, efectivamente, se convertirá en un jazz-band; dejarán de percibirse lo más bello del mundo: las diferencias.
 -¡La igualdad ante la ley y ante la batuta! Es lo que buscamos.
 -¡Infelices! El mundo -el material y el del espíritu- está montado sobre desigualdades. Pretender uniformar lo multiforme es destruirlo.»

miércoles, 15 de junio de 2016

"Concierto para un insomne".- Francisco Javier Martínez Cisneros (1963)


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 Los violines primeros no están en el mapa
 Dios no hizo mis labios

 Los violoncelos imaginan números larguísimos
 Y el piano empieza a disparar piedrecitas
 Y Dios

 Los contrabajos practican el boxeo
 Las campanas recortan siluetas de nubes
 El xilofón pisa celofán
 Y Dios nunca hizo nada por mis manos

La trompas compran lotería
Cuando los clarinetes mordisquean las hojas del muérdago
El triángulo hace cosas de loco
Y el flautín se suena las narices
Dios no ha hecho nunca nada por mis labios

Los oboes pescan en el río
Las flautas estudian por la noche
Dios
Cuando los fagotes suben a los andamios
El corno inglés lee novelas
Y el bombo asusta a las estrellas
Viste la bata gris de la melancolía

Pero las trompetas juegan a los chinos
La caja pierde la oscuridad de los zapatos
Los platos patinan y patinan
Y los trombones desfilan en tartanas
Mientras Dios no hace nada por mis labios
Cuando el contrafagot entra a la pastelería
Detrás de los timbales nadadores
Y de la ardiente tuba peripatética

Dios no hace astros con mis labios
El arpa sale de la iglesia
Y las violas reflejan la luz
Dios no hace árboles mis manos
El saxofón baja a los sótanos
El cuerno besa a las palomas
Cuando el gong saca de su chistera una bahía
Y Dios Dios no hace polvo mis labios
Las castañuelas muerden las cerezas

Y la lira mira el horizonte
La guitarra se acuesta con la brisa
Dios que no hizo mis labios
Que nunca ha hecho nada por mis manos
No rinde inútiles mis esfuerzos por mí mismo

Todo calla de pronto