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lunes, 18 de febrero de 2019

La utilidad de lo inútil.- Nuccio Ordine (1958)


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Primera parte: La útil inutilidad de la literatura
1.- "Quien no ha, no es"

«En un relato autobiográfico, Vincenzo Padula -un clérigo revolucionario que vivió en una pueblo de Calabria entre 1819 y 1893- recuerda la primera lección de vida aprendida en familia, cuando todavía era un joven estudiante. Tras dar una respuesta insatisfactoria a una insidiosa pregunta de su padre ("¿Cómo es que en el alfabeto de cualquier lengua la A va antes y la E después?"), el seminarista escucha con viva curiosidad la explicación que le ofrece su progenitor: "En este mundo miserable el que ha es, y el que no ha no es*"; por eso la letra a precede siempre a la letra e. Pero hay algo más: quienes no tienen constituyen "en la sociedad civil" la masa de las consonantes, "porque consuenan con la voz del rico y se conforman a sus actos, y el rico es la vocal, y sin ella no creo que la consonante pueda sonar".
 A casi dos siglos de distancia, la imagen de una sociedad dicotómica rígidamente diferenciada en amos y siervos, en ricos explotadores y pobres degradados a la condición de animales, tal como la había descrito Padula, no corresponde ya, o apenas, al retrato del mundo en que vivimos. Persiste sin embargo, en formas muy distintas y más sofisticadas, una supremacía del tener sobre el ser, una dictadura del beneficio y la posesión que domina cualquier ámbito del saber y todos nuestros comportamientos cotidianos. El aparentar cuenta más que el ser: lo que se muestra -un automóvil de lujo o un reloj de marca, un cargo prestigioso o una posición de poder- es mucho más valioso que la cultura o el grado de instrucción.

2.-¡Los saberes sin beneficio son inútiles!

 No por azar en las últimas décadas a las disciplinas humanística se las considera inútiles, se las margina no sólo en los programas escolares sino sobre todo en los capítulos de los presupuestos estatales y en los fondos de las entidades privadas y las fundaciones. ¿Para qué gastar dinero en un ámbito condenado a no generar beneficios? ¿Por qué destinar fondos a saberes que no aportan un rápido y tangible rendimiento económico?
 En este contexto basado exclusivamente en la necesidad de pesar y medir con arreglo a criterios que privilegian la quantitas, la literatura (pero el mismo discurso, como veremos enseguida, podría valer para otros saberes humanísticos, así como para los saberes científicos sin un propósito utilitarista inmediato) puede por el contrario asumir una función fundamental, importantísima: precisamente el hecho de ser inmune a toda aspiración al beneficio podría constituir, por sí mismo, una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos. Su existencia misma, en efecto, llama la atención sobre la gratuidad y el desinterés, valores que hoy se consideran contracorriente y pasados de moda.

3.-¿Qué es el agua? Una anécdota de Foster Wallace

 Por este motivo al inicio de cada año académico me gusta leer a mis alumnos un pasaje de un discurso pronunciado por David Foster Wallace ante los graduandos del Kenyon College, en Estados Unidos. El escritor -muerto trágicamente en 2008, a los cuarenta y seis años- se dirige el 21 de mayo de 2005 a sus estudiantes refiriendo una breve historia que ilustra de manera magistral el papel y la función de la cultura:
 
Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez más viejo que nadaba en dirección contraria; el pez más viejo los saludó con la cabeza y les dijo: "Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: "¿Qué demonios es el agua?"
 
 El mismo autor nos brinda la clave de lectura de su relato:
 
 El sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las más difíciles de explicar.
 
 Como les sucede a los dos peces más jóvenes, no nos damos cuenta de qué es en verdad el agua en la que vivimos cada minuto de nuestra existencia. No tenemos, pues, conciencia de que la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo.»

*El juego de palabras es más claro en el original italiano: "chi à è, e chi non à non è". (N. del T.)

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2014, en traducción de Jordi Bayod Brau. ISBN: 978-84-15689-92-8.]

viernes, 23 de noviembre de 2018

¿Tener o ser?.- Erich Fromm (1900-1980)


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Primera parte: La diferencia entre tener y ser
II.-Tener y ser en la experiencia cotidiana

«Como la sociedad en que vivimos se dedica a adquirir propiedades y a obtener ganancias, rara vez vemos una prueba del modo de existencia de ser y la mayoría considera el modo de tener como el modo más natural de existir, y hasta como el único modo aceptable de vida. Esto hace especialmente difícil comprender la naturaleza del modo de ser y hasta entender que tener sólo es una de las posibles orientaciones. Sin embargo, estos dos conceptos están enraizados en la experiencia humana. Ninguno debe ni puede examinarse de manera puramente abstracta e intelectual; ambos se reflejan en nuestra vida cotidiana y deben tratarse concretamente. Los siguientes ejemplos bastante sencillos de cómo tener y ser aparecen en la vida cotidiana pueden ayudar a los lectores a comprender estos dos modos de existir.
 
El aprendizaje  
En el modo de existencia de tener los estudiantes asisten a clases, escuchan las palabras del maestro y comprenden su estructura lógica y su significado. De la mejor manera posible, escriben en sus cuadernos de apuntes todas las palabras que escuchan; así más tarde podrán aprender de memoria sus notas y ser aprobados en el examen; pero el contenido no pasa a ser parte de su sistema individual de pensamiento, ni lo enriquece ni lo amplía. En vez de ello, los alumnos transforman las palabras que oyen en conjuntos fijos de pensamientos o teorías, y las almacenan. Los estudiantes y el contenido de las clases continúan siendo extraños entre sí, pero cada estudiante pasa a ser propietario de un conjunto de afirmaciones hechas por alguien (que las creó o las tomó de otra fuente).
 En el modo de tener, los estudiantes sólo tienen una meta: retener lo "aprendido". Con este fin lo depositan firmemente en su memoria o lo guardan cuidadosamente en sus notas. No deben producir ni crear algo nuevo. De hecho, los individuos del tipo de tener se sienten perturbados por las ideas o los pensamientos nuevos acerca de una materia, porque lo nuevo les hace dudar de la suma fija de información que poseen. Desde luego, para quien tener es la forma principal de relacionarse con el mundo, las ideas que no puede definir claramente (o redactar) le causan temor, como cualquier cosa que se desarrolla y cambia y que no puede controlarse.
 En el modo de ser, el proceso de aprender es de una calidad enteramente distinta para los estudiantes en su relación con el mundo. En primer lugar, no asisten a las clases, ni aun a la primera clase, con la mente en blanco. De antemano han pensado en los problemas que se tratan en las clases y tienen en mente ciertas cuestiones y problemas propios. Se han ocupado del tema y les interesa. En vez de ser recipientes pasivos de las palabras y de las ideas, escuchan, oyen y, lo que es más importante, captan y responden de manera productiva y activa. Lo que escuchan estimula la actividad de su pensamiento. En su mente surgen nuevas preguntas, nuevas ideas y perspectivas. Para ellos oír es un proceso vital. Escuchan con interés lo que dice el maestro y espontáneamente le dan vida a lo que oyen. No sólo adquieren conocimientos que pueden llevar a casa y recordar. El estudiante se siente afectado y cambia: es distinto después de la clase. Desde luego, este modo de aprender sólo puede existir si la clase ofrece material estimulante. En el modo de ser, la charla vacía no ayuda, y en estas circunstancias, en el modo de ser, los estudiantes descubren que es preferible no oír y concentrarse en sus propios pensamientos.
 Por lo menos de paso debemos referirnos a la palabra "interés", que en el lenguaje común se ha vuelto una expresión pálida y desgastada. Sin embargo, su significado esencial se encuentra en su raíz latina: inter-ese, "estar en [o] entre". Este interés activo se expresaba en el inglés antiguo con el verbo "to list" (adjetivo, listy; adverbio, listily). En el inglés moderno, "to list" sólo se usa en el sentido espacial: "a ship lists" (un barco se inclina a la banda); el significado original en el sentido psíquico sólo queda en la forma negativa "listless" (indiferente). "To list" en una época significó "esforzarse activamente", "estar genuinamente interesado". La raíz es la misma que la de "lust" (codicia), pero "to list" no es una codicia que arrastra, sino un interés o esfuerzo activo y libre. "To list" es una de las expresiones básicas del autor anónimo (de mediados del siglo XIV) de The Cloud of Unknowing (Evelyn Underhill, ed.). Que el lenguaje sólo haya conservado la palabra en su sentido negativo es característico del cambio de espíritu de la sociedad desde el siglo XIII hasta el XX. [...]
 
La conversación
La diferencia entre los modos de tener y ser puede observarse fácilmente en dos ejemplos de comunicación verbal. Imaginemos una discusión típica entre dos hombres, en la que A tiene una opinión X, y B tiene una opinión Y. Cada uno se identifica con su propia opinión y desea encontrar argumentos mejores, o sea más razonables para defender su opinión. Ninguno espera cambiar su propia opinión, ni la de su oponente. Cada uno teme modificar su opinión, porque es una de sus posesiones y perderla significaría empobrecerse.
 La situación es distinta en una conversación que no pretende ser un debate. ¿Quién no ha sido presentado a una persona distinguida o famosa o hasta con cualidades reales o a una persona de la que desea obtener algo: un buen empleo, ser amado o admirado? En estas circunstancias, muchos individuos suelen sentirse angustiados y a menudo "se preparan" para el importante encuentro. Piensan en los temas que podrían interesar al otro; planean de antemano cómo podrían iniciar la conversación; algunos hasta determinan toda la parte que les corresponde de la charla. [...] Mientras que en el modo de tener las personas se apoyan en lo que tienen, en el modo de ser los individuos se basan en el hecho de que son, de que están vivos y que algo nuevo surgirá si tienen el valor de entregarse y responder. Se entregan plenamente a la conversación y no se inhiben porque no les preocupa lo que tienen. Su vitalidad es contagiosa y a menudo ayuda al otro a trascender su egocentrismo. Así, la conversación deja de ser un intercambio de mercancías (información, conocimiento, status) y se convierte en un diálogo en que ya no importa quien tiene la razón. Los duelistas comienzan a danzar juntos y no se separan con un sentimiento de triunfo o de tristeza (igualmente estériles) sino de alegría.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español del Fondo de Cultura Económica, 2007, en traducción de Carlos Valdés. ISBN: 84-375-0170-9.]
 

martes, 17 de abril de 2018

Tres metros sobre el cielo.- Federico Moccia (1963)


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30

«El viejo bolso de piel apretado bajo el brazo. Una chaqueta de paño color mostaza. El pelo lánguido, al igual que su andar, corto y recogido, con algunas mechas. Las medias transparentes de color marrón le regalan todavía algunos años, como si le hicieran falta. Y los viejos zapatos de medio tacón con las puntas peladas le hacen daño. Pero todo esto no es nada comparado con lo que siente en su interior.
 Su corazón debe de llevar puestos unos zapatos al menos dos números más pequeños. La Giacci abre el portón de cristal del viejo edificio. Chirría sin que ello le sorprenda. Se para delante del ascensor. Aprieta el botón. Mira los buzones del correo, algunos sin nombre. Uno que ni siquiera tiene el cristal cuelga destartalado, como la casa de Nicolodi, el propietario. ¿Son las cosas las que acaban por parecerse a sus dueños o es al contrario? La Giacci desconoce la respuesta. Entra en el ascensor.
 Algunas inscripciones en la madera. Se puede leer el nombre de un amor pasado. Algo más arriba, el símbolo de un partido perfectamente tallado por un iluso escultor. Abajo, a la derecha, un órgano masculino resulta ligeramente imperfecto, según sus vagos recuerdos.
 Segundo piso. Saca las llaves del bolso. Introduce la más larga en la cerradura del medio. Oye un ruido detrás de la puerta. Es él, su único amor. La razón de su vida.
 "¡Pepito!" Un perro le sale al encuentro ladrando. La Giacci se inclina. "¿Cómo estás, tesoro mío? " El perro le salta en brazos moviendo la cola. Empieza a hacerle fiestas. "No sabes, Pepito, lo que le han hecho hoy a tu mami." La Giacci cierra la puerta, coloca el bolso de piel sobre una fría repisa de mármol blanco y se quita la chaqueta. 
 "Una alumna estúpida se ha atrevido a regañarme, delante de todas, ¿entiendes...? Tendrías que haber oído en qué tono." La Giacci se dirige a la cocina. El perro la sigue trotando. Parece sinceramente interesado.
 "Ella, por un miserable error, me ha arruinado, ¿me entiendes? Me ha humillado delante de toda la clase." Abre el viejo grifo que hay en un extremo del tubo de goma amarillento a causa de los años. El agua salpica irregularmente una rejilla de plástico blanco, de contorno irregular. La han cortado a mano para hacerla entrar en la pila.
 "Ella lo tiene todo. Tiene una bonita casa, alguien que, en estos momentos, le está preparando la comida. Ella no se tiene que preocupar por nada. Ahora ni siquiera estará pensando en lo que ha hecho. Claro, a ella, ¿qué más le da?" De un armario lleno de vasos diferentes entre sí, la Giacci saca uno cualquiera y lo llena de agua. Hasta el cristal parece acusar el paso del tiempo. Bebe y regresa a la salita. El perro le sigue obediente.
 "Tenías que haber visto también al resto de alumnas. Estaban encantadas. Se reían a mis espaldas contentas de ver cómo me equivocaba..." La Giacci saca del cajón algunos ejercicios y se sienta a una mesa. Empieza a corregirlos. "Ella no debería haberlo hecho." Y subraya en rojo repetidas veces el error de una pobre inocente. "No debería haberme puesto en ridículo delante de toda la clase." El perro salta sobre un viejo sillón de terciopelo burdeos y se acurruca sobre el mullido almohadón, ya acostumbrado a su pequeño cuerpo.
 "¿Lo entiendes? ¿Cómo puedo volver ahora a esa clase? Cada vez que ponga una nota correré el riesgo de que alguien me diga: '¿Está segura de que me la ha puesto a mí, maestra?' Y se reirán de mí, estoy segura de que se reirán." El perro cierra los ojos. La Giacci pone un cuatro al ejercicio que está corrigiendo. Puede que aquella pobre inocente se mereciera algo más. La Giacci sigue hablando sola. Pepito se duerme. Un nuevo ejercicio viene sacrificado. En un día más sereno, tal vez hubiera alcanzado el aprobado.
 Mañana no será un buen día para la clase. Mientras tanto, en esa habitación, una mujer sentada a una mesa cubierta por un viejo hule ha encontrado prácticamente sola la respuesta. Son las personas las que hacen que se parezcan a ellas lo que poseen. Y, por un momento, todo en aquella casa resulta más gris y más viejo. E incluso la bonita Virgen que cuelga de la pared parece perder su bondad.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de la editorial Círculo de Lectores, en traducción de Patricia Orts García. ISBN: 978-84-672-3436-7.]