Mostrando entradas con la etiqueta Discípulo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Discípulo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de mayo de 2021

Reflexiones sobre Oriente.- Thomas Merton (1915-1968)


Resultado de imagen de thomas merton
El zen


 «No podemos comenzar a entender cómo se manifiesta la experiencia zen y cómo se comunica entre maestro y discípulo, salvo que nos demos cuenta de lo que se está comunicando. Si no sabemos qué se supone que debe ser el significado, ese extraño método de significación nos dejará totalmente desconcertados y en mayor oscuridad de la que estábamos cuando comenzamos. Lo que el zen comunica no es un mensaje. No es simplemente una “palabra”, aun cuando pueda pensarse que es la “palabra del Señor”. No es un “qué”. No nos trae “noticias” que el receptor no tenga sobre algo que no conociera ya. Lo que el zen comunica es una conciencia que ya está allí potencialmente pero que no es consciente de sí misma. El zen no es kerygma sino realización, no es revelación sino conocimiento consciente, no son noticias del Padre que envía a Su Hijo a este mundo, sino conciencia de la base ontológica de nuestro propio ser aquí y ahora, exactamente en medio del mundo. Ya veremos más tarde que el sobrenatural kerygma y la intuición metafísica del fundamento del ser están lejos de ser incompatibles. Se le puede pedir a uno que prepare el camino de la otra. Se pueden complementar bien y, por esa razón, el zen es perfectamente compatible con la fe cristiana y, desde luego, con el misticismo cristiano (si entendemos el zen en su estado puro, como intuición metafísica).
 Si esto es cierto, tenemos que admitir que es perfectamente lógico aceptar lo que dicen los grandes maestros del zen, que “el zen no enseña nada”. A uno de los más grandes maestros chinos del zen, el patriarca Hui Neng (siglo VII de nuestra era) uno de sus discípulos le formuló una importante pregunta:
 “-¿Quién heredó el espíritu del quinto patriarca? –Lo que era igual que preguntar quién era ahora el patriarca.
 -Uno que entiende el budismo –contestó Hui Neng.
 El monje insistió en el asunto:
 -¿Lo habéis heredado vos?
 -No –respondió Hui Neng.
 -¿Por qué no? –preguntó el monje.
 -Porque yo no entiendo el budismo”.
 Esta historia está pensada precisamente para ilustrar el hecho de que Hui Neng había heredero el cargo de patriarca, o el carisma para enseñar el zen más puro. Estaba cualificado para transmitir la iluminación del propio Buda a sus discípulos. Si él hubiera proclamado una enseñanza plena de autoridad que hiciera esta iluminación comprensible para aquellos que no la poseyeran, entonces habría estado enseñando algo distinto, es decir, una doctrina sobre la iluminación. Habría estado difundiendo el mensaje de su propia comprensión del zen y, en ese caso, no despertaría a los demás al zen en sí mismos, sino imponiendo en ellos la impronta de su propia comprensión y su enseñanza. El zen no tolera este tipo de cosas, dado que esto sería incompatible con su verdadero propósito: despertar una profunda conciencia ontológica, una sabiduría intuición (prajna) en el fondo del ser del que fue despertado. Y de hecho, la pura conciencia de prajna no sería pura e inmediata si fuera una conciencia que comprendiera el prajna.

 El lenguaje usado por el zen es por lo tanto, en cierto sentido, un anti-lenguaje,  y la “lógica” del zen es radicalmente lo inverso a la lógica filosófica. El dilema humano de la comunicación es que de ordinario no podemos comunicarnos sin palabras y signos, pero incluso la experiencia ordinaria tiende a ser falsificada por nuestros hábitos de verbalización y racionalización. Las herramientas convenientes del lenguaje nos permiten decidir de antemano lo que pensamos que significan las cosas y todos nos sentimos tentados con demasiada facilidad a ver las cosas sólo de un modo que esté conforme con nuestras preconcepciones lógicas y nuestras fórmulas verbales. En vez de ver las cosas y los hechos como son, los vemos como reflejos y verificaciones de sentencias que ya hemos establecido con anterioridad en nuestras mentes. Rápidamente olvidamos lo sencillo que es ver las cosas y sustituir nuestras palabras y nuestras fórmulas por las cosas en sí mismas, y manipulamos los hechos de modo que vemos sólo lo que se ajusta convenientemente a nuestros prejuicios. El zen usa el lenguaje contra él mismo para apartar esas preconcepciones y para destruir la “realidad” engañosa en nuestras mentes de modo que podamos ver directamente. El zen nos dice, como dijo Wittgenstein, “No pienses: ¡Mira!”.
 Dado que la intuición zen busca despertar una directa conciencia metafísica más allá del ego empírico, reflectante, conocedor, voluntarioso y hablador, este conocimiento tiene que estar inmediatamente presente en sí mismo, sin mediación de un conocimiento reflexivo o imaginativo, y, sin embargo, tampoco puede ser una simple negación. El zen es enteramente positivo. Oigamos lo que D. T. Suzuki dice al respecto:

 “El zen siempre tiende a aferrarse a los hechos reales de la vida, que nunca pueden ser puestos sobre la mesa de disección del intelecto. Para captar el hecho real de la vida el zen se ve forzado a proponer una serie de negaciones. Pero la negación en sí misma no está en el espíritu del zen…” [Consecuentemente, dice, los maestros del zen ni niegan ni afirman, simplemente actúan o hablan de tal forma que la acción o la palabra en sí mismas son, plenamente, un hecho repentino de actividad presente en el zen…]Y Suzuki continúa. “Cuando se capta el espíritu del zen en su pureza, se verá que es un hecho real que (actúa, en este caso como de modo directo) es. Aquí no hay ni afirmación ni negación, sino un simple hecho, una experiencia pura, el verdadero fundamento de nuestro ser y de nuestro pensamiento. Están en él toda la calma y el vacío que uno pudiera desear en medio de la meditación más activa, y no son apartados por nada externo o convencional. El zen tiene que ser cogido con las manos desnudas, sin ponerse los guantes” (D. T. Suzuki, Introduction to Zen Buddhism, Londres, 1960, p. 51).

 Es éste el sentido en el que el zen “no enseña nada; meramente nos permite despertarnos y adquirir conciencia. No enseña, señala” (Suzuki, Introduction, p. 38). Los actos y los gestos de un maestro de zen no son “declaraciones”, son el sonar del timbre de un despertador.
 Todas las palabras y acciones de los maestros del zen y de sus discípulos tienen que ser entendidas en este contexto. Normalmente, el maestro está simplemente “produciendo hechos” que el discípulo ve o no ve.
 Muchos de los relatos zen que normalmente son casi incomprensibles en términos racionales, son simplemente el timbre de un despertador en relación con el durmiente. Normalmente, el durmiente mal guiado responde apagando el timbre para poder continuar durmiendo. Otras veces salta de la cama, atónito, pensando que se ha hecho demasiado tarde. En ocasiones se limita a continuar durmiendo y ¡ni siquiera oye el timbre!
Resultado de imagen de reflexiones sobre oriente En tanto que el discípulo tome el hecho como un signo de algo, es conducido por él a conclusiones falsas. Es posible que el maestro (por medio de algún otro hecho) trate de conseguir que el discípulo se dé cuenta de ello. Con frecuencia, es precisamente en este punto donde el discípulo, que advierte que se le guía erróneamente, también se da cuenta al mismo tiempo de todo lo demás; principalmente, de que no hay nada de lo que darse cuenta, excepto del hecho. ¿Qué es el hecho? Si se sabe la respuesta es que se está despierto. ¡Ha oído el timbre del despertador!
 Pero nosotros, en Occidente, vivimos en una tradición de adhesión terca y egocéntrica a lo práctico y orientada enteramente al uso y la manipulación de todo, pasando siempre de una cosa a otra, de la causa al efecto, de lo primero a lo siguiente, y de ahí a lo último para regresar después a lo primero. Todo señala, siempre, a algo diferente y, consecuentemente, nunca nos detenemos en ninguna parte porque no podemos hacerlo; tan pronto hacemos una pausa, la escalera mecánica llega al fin de su recorrido y tenemos que salir y encontrar otra. Nada está permitido salvo ser y significar por sí mismo. Misteriosamente, todo tiene que significar alguna otra cosa. El zen está diseñado especialmente para frustrar la mente que piensa de ese modo. El “hecho” zen, sea el que sea, siempre se atraviesa en nuestra ruta como un árbol caído, más allá del cual no podemos pasar.
 Esos hechos tampoco faltan en el cristianismo –la Cruz, por ejemplo-. Como el “Sermón del Fuego” de Buda transforma por completo la conciencia budista de todo lo que está a su alrededor, así la “palabra de la Cruz”, de una forma que es en gran medida la misma, da al cristiano una conciencia radicalmente nueva del significado de la vida y de su relación con otros hombres y con el mundo que le rodea.
 En ambos casos, los hechos no son meramente impersonales y objetivos, sino hechos de experiencia personal. Tanto el budismo como el cristianismo son iguales al hacer uso de la existencia ordinaria y cotidiana como material para una transformación radical de la conciencia. Dado que la existencia humana ordinaria y cotidiana está llena de confusión y sufrimiento, es obvio que haremos buen uso de ambos para transformar nuestra conciencia y nuestro entendimiento si vamos más allá de ambos para conseguir sabiduría en el amor. Sería un grave error suponer que el budismo y cristianismo se limitan a ofrecer varias explicaciones del sufrimiento, o peor aún, justificaciones y mistificaciones de este hecho ineludible. Por el contrario, ambos nos muestran que el sufrimiento sigue siendo inexplicable sobre todo para el hombre que intenta explicarlo para evitarlo, o que piensa en las explicaciones como una forma de escape. Sufrir no es un “problema”, como si fuese algo de lo cual podemos salir y controlarlo. El sufrimiento, tal y como lo ven el cristianismo y el budismo, cada uno a su manera, es parte de nuestra acentuada ego-identidad y de nuestra existencia empírica, y lo único que podemos hacer con él es zambullirnos en medio de la contradicción y la confusión para así ser transformados en lo que el zen llama la “gran muerte” y el cristianismo “morir y resucitar con Cristo”.
 Volvamos a los hechos oscuros y atormentadores de los que se ocupa el zen. En la relación entre el maestro de zen y su discípulo, el hecho de que se encuentra con mayor frecuencia es la frustración del discípulo, su falta de habilidad para ir a alguna parte mediante el uso de su propia voluntad y su propio razonamiento. La mayoría de los dichos de los maestros del zen se ocupan de esta situación y tratan de convencer al discípulo de que tiene una experiencia fundamentalmente errónea de sí mismo y sus capacidades.
 “Cuando la carreta se para”, dice Huai-Jang, el maestro de Ma-Tsu, “¿le pegas a la carreta o al buey?” Y añade: “Si uno ve el Tao desde el punto de vista de hacer o no-hacer, de reunir y dispersar, uno no ve realmente el Tao”.
 Si esta observación sobre pegar a la carreta o al buey es oscura, quizá otro mondo (pregunta y respuesta) podría sugerir el mismo hecho de diferente modo:
 Un monje le pregunta a Pai-Chang:
 -¿Quién es el Buda?
Pai-Chang le responde:
 -¿Quién eres tú?»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Oniro, 2004, en traducción de Joaquín Adsuar Ortega, pp. 56-63. ISBN: 84-89920-13-3.]

lunes, 9 de noviembre de 2020

Policraticus.- Juan de Salisbury (1120-1180)

Resultado de imagen de juan de salisbury 

Libro VII

Capítulo 9: Sobre la arrogancia de la muchedumbre ignorante. Cómo se han de leer las cosas que pueden aprovechar o dañar. Y que la sabiduría no se da por el ejercicio del ingenio sin la gracia.

  «Hay pocos, con todo, que se dignen ser imitadores de los académicos, ya que cada uno elige más por gusto que por razón aquello que va a seguir. Unos se distraen con opiniones propias; otros, con las de los doctos, y otros, con el trato de la muchedumbre. ¿Quién pone en duda que quien jura por la palabra de su maestro no atiende a lo que dice sino a por quién se dice? Aquél a quien cautivó la opinión de un docto, ladra con fuerza cualquier cosa y cree que ha salido de las ocultas intimidades de la filosofía lo que no es sino muestra de puerilidad. Está dispuesto a disputar de cualquier tontería, creyendo que es inconcebible, si algo desconocido resuena en sus oídos, y no atiende a razones, porque lo que dijo aquel maestro es auténtico y sacrosanto.
 Por su parte, quien se pasó toda su vida aprendiendo unas cuantas cosas contradice más rápidamente; resiste con mayor pertinencia y se ve acosado por tal pobreza de expresión, que si le retiras una o dos palabras, se vuelve mudo y más taciturno que una estatua. Pensarías que se trata de un marmolillo que en el auditorio de Pitágoras o en el claustro monacal habría aprendido no tanto el uso como la necesidad del silencio.
 Si alguno de éstos cae casualmente como discípulo en tus manos, harías bien con él lo que refiere Quintiliano, en el libro sobre la Formación del orador*, que hacía el gran flautista Timoteo. Éste exigía y cobraba doble precio a los que estaban mal preparados que a quienes llegaban a él totalmente ignorantes. Porque el error exige doble trabajo, ya que hay que destruir las semillas de una formación equivocada y sembrar con más constancia las de la buena.
 Observa a los maestros de los filósofos de nuestra época, a los que se pregona más alto y a quienes rodea tumultuosamente una multitud de oyentes. Escúchales con diligencia. Los encontrarás ocupados con una regla o con dos o tres términos. Como mucho, eligieron unas pocas cuestiones aptas para discutir, en las que ejercitan su ingenio y consumen su vida. Ni siquiera son capaces de resolverlos, sino que, a través de sus oyentes, transmiten el nudo y la confusión, con su enredo, a los que vengan después, para que ellos las resuelvan.
 Te invitan a asistir a una reunión, insisten y provocan el conflicto. Si rehúsas la contienda o te retrasas un poco, se abalanzan contra ti. Si accedes y finalmente, de mala gana, te reúnes con ellos y los apuras, buscan escondrijos, mudan el rostro y se conforman con chismorreos. pensarías que habría vuelto el escurridizo y voluble Proteo. Sólo que es más fácil atraparles, si se persevera en ello, y, vayan por donde vayan y vuelen las palabras, entender lo que quieren y sienten con tanta variedad de palabras. Finalmente, quedarán atados por su propio sentido y agarrados por la palabra de su boca si alcanzas y retienes con firmeza la sustancia de las cosas que se dicen.
 Tales cosas, de las que tanto se disputa ahora, son más inútiles y de menos importancia que otras, una vez aclaradas. Si sigues adelante, si te avergüenzas y te fastidia ocuparte más tiempo en bromas, entonces se replegará a vericuetos de la cuestión propuesta y, volviendo como Anteo al seno de su madre, se esforzará en reparar las fuerzas allí donde fue engendrado y alimentado. Así, da tantas vueltas y rodeos para volver a lo ya sabido, como si tuviera que recorrer un laberinto. […]
 Si, pues, les quitas la palabra, podrás tenerles compasión por su pobreza en toda disciplina. Hay quienes parecen descollar en cada cosa y reivindican todas las disciplinas de la filosofía y, sin embargo, carecen de recursos en toda cuestión filosófica. Hay quienes esperan la perfección de una sola cosa y quienes atienden a todo, aunque estén impreparados para todas y cada una. No diría, sin embargo, fácilmente a quiénes de ellos tengo por más equivocados, siendo así que ni la perfección consta de una cosa ni nadie es capaz de servir fielmente a todo. Por otra parte, quien va a todas las cosas desde una sola es más inepto; y el que las profesa todas, más arrogante. Si es propio del perezoso ocuparse en una sola cosa de entre todas, lo es del desdeñoso y de quien no avanza el dar vueltas por todas. Por lo demás es hombre discreto y sirve con más fidelidad a lo que ha elegido previamente quien recorre muchas cosas para elegir en cuál debe insistir más, después de haber examinado las restantes. Tal vez a eso se refiere el precepto del moralista de leer los libros del preceptor. También en el librito, en el que se inician los niños, para que la instrucción y la práctica de la virtud no puedan fácilmente borrarse de sus tiernos ánimos impregnados en ella (ya que la vasija conserva más largo tiempo el olor de aquello que en ella se echó siendo nueva), dice Catón u otro, puesto que el autor es incierto: haz por leer mucho, y sobre lo leído sigue leyendo más y mejor.**
Resultado de imagen de policraticus  No pienso que exista otra cosa más útil que esto para quien aspira a la ciencia, fuera de la observancia de los mandamientos de Dios. En ella consiste indudablemente el único y singular alcance del filosofar. De tal manera, sin embargo, que ha de leer todo, que se menosprecien algunas cosas de las leídas, se reprueben algunas otras y se vean otras de pasada, para que no queden totalmente desconocidas. Pero, con preferencia sobre las demás cosas, hay que atender con especial diligencia a aquellas que forman en la vida política, bien sea en el derecho civil o en otros preceptos morales, o en las que procuran la salud del alma o del cuerpo.
 Así pues, debiendo saludar de paso y como en el umbral a aquella disciplina que es la más importante entre las ciencias liberales y sin la cual nadie puede enseñar o ser enseñado, ¿quién pensará que hay que detenerse en las que, siendo difíciles de entender o inútiles y perniciosas por su efecto, no hacen al hombre mejor?
 Pues aun aquellas que son necesarias en el uso se transforman en perniciosas si ocupan al hombre de forma inmoderada. ¿Quién negará que hay que leer a los poetas, historiadores, oradores y matemáticos de la matemática probada, sobre todo cuando, sin ellos, los hombres no pueden o no suelen ser letrados? Los que los ignoran se llaman iletrados, aunque conozcan las letras. Y, sin embargo, cuando los tales reivindican el alma como derecho propio, entonces, aunque prometan información sobre las cosas, deseducan y suprimen el culto de la virtud.»
 
 * Quintiliano, De Institutione Oratoria II, 3, 3.
 ** Catón, Disticha de moribus, III, 18 (ed. Baehrens, Poetae Latini Minores, III 215)
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en traducción de Manuel Alcalá, Francisco Delgado, Alfonso Echánove, Matías García Gómez, Alberto López Caballero, Juan Vargas y Tomás Zamarriego, pp. 524-527. ISBN: 84-276-0642-7.]
 

jueves, 14 de marzo de 2019

Instituciones oratorias.- Marco Fabio Quintiliano (35-100)


Resultado de imagen de quintiliano 
Libro segundo
Capítulo II: De la conducta y obligación del maestro

«Luego que el niño llegue a ser capaz de los conocimientos de la retórica, será entregado a los maestros de esta facultad: cuyas costumbres convendrá examinar lo primero de todo. Y la causa de no haber tocado hasta ahora este punto, no es porque no se haya de poner igual cuidado en examinar la conducta de los demás maestros, como dije en el primer libro, sino porque la edad del discípulo nos obliga a hablar de esto. Pues cuando entra el niño en poder de estos maestros, ya es crecidito, y persevera en el mismo estudio ya joven: y así debe ponerse mayor esmero, para que la conducta irreprensible del maestro preserve de todo daño a los años tiernos, y su circunspección le contenga, para que no se haga desenvuelto, si es de genio avieso y bravo. Porque no basta que el maestro sea muy comedido en todo, sino que debe contener a sus discípulos con el rigor de la enseñanza.
  Lo primero de todo el maestro revístase de la naturaleza de padre, considerando que les sucede en el oficio de los que le han entregado sus hijos. No tenga vicio ninguno, ni lo consienta en sus discípulos. Sea serio, pero no desapacible; afable, sin chocarrería: para que lo primero no lo haga odioso, y lo segundo despreciable. Hable a menudo de la virtud y honestidad; pues cuantos más documentos dé, tanto más ahorrará el castigo. Ni sea iracundo, ni haga la vista gorda en lo que pide enmienda: sufrido en el trabajo; constante en la tarea, pero no desmesurado. Responda con agrado a las preguntas de los unos, y a otros pregúntelos por sí mismo. En alabar los aciertos de los discípulos no sea escaso ni prolijo; lo uno engendra hastío al trabajo, lo otro confianza para no trabajar. Corrija los defectos sin acrimonia ni palabras afrentosas. Esto hace que muchos abandonen el estudio, el ver que se les reprende, como si se les aborreciese. Dé cada día a sus discípulos alguno o algunos documentos, para que los mediten a sus solas. Pues aunque la lección de los autores les suministrará abundantes ejemplos para la imitación, la viva voz, como dicen, mueve más: principalmente la del maestro, a quien los discípulos bien educados aman y veneran. Pues no se puede ponderar con cuánto más gusto imitamos a aquéllos a quienes estimamos.
  De ninguna manera debe permitirse a los niños la licencia, que hay en las más escuelas, de levantarse de su puesto, ni de dar saltos, cuando a alguno se le alaba; antes aun los jóvenes, cuando oyeren las alabanzas, las aprobarán, pero con moderación. De aquí nacerá, que el discípulo estará como pendiente del juicio del maestro, juzgando que ha obrado bien, sólo cuando el maestro diese su aprobación. Pero la costumbre, que algunos llaman humanidad, de aplaudir a alguno por cualquier cosa, es muy reprensible a la verdad; pues no sólo es ajena de la seriedad de una escuela y propia de los teatros, sino la más contraria de los estudios. Porque tendrán por ocioso el esmerarse en el trabajo, al ver que por cualquier cosa que hagan, han de ser aplaudidos. Tanto los que oyen, como el que declama, deben mirar al maestro, para conocer lo que él aprueba o desaprueba: con lo que adquirirán facilidad con la composición, y discernimiento con el continuo oír. Mas al presente vemos que no solamente al fin de cada cláusula se levantan los discípulos, para aplaudir al que recita, sino que corren y dan palmoteos y voces descompasadas. Esto lo practican los unos con los otros; y en esto consiste el buen suceso de la declamación. De aquí nace el orgullo y vana esperanza que conciben de su saber; en tal forma que, empavonados ya con aquella vocería de sus condiscípulos, si las alabanzas del maestro son moderadas, forman mal juicio de él. Aun cuando los mismos maestros declaman, hagan que los discípulos le oigan con atención y modestia; porque la censura de lo que el maestro compone, no la ha de esperar de los discípulos, sino éstos del maestro. Si es posible, debe observar con toda atención qué cosas alaba cada uno y cómo las alaba; y alégrese de que lo bueno merezca la aprobación, no tanto por respeto suyo, cuanto por señal de discernimiento en los que lo alaban.
  No apruebo que los niños estén sentados entre los jóvenes. Porque aunque un hombre tal, cual debe ser el maestro por la suficiencia y costumbres, pueda tener a raya a los jóvenes, con todo eso deben los tiernos separarse de los que son crecidos; y no sólo debe evitar cualquier acción indecorosa, sino aun la sospecha de ella. He tenido por conveniente dar este aviso sólo de paso; porque si el maestro y los discípulos carecen aún de los menores vicios, ocioso es el advertir esto. Y si alguno, cuando toma maestro, no huye de lo que es manifiestamente vicio, entienda, que cuanto vamos a decir para la utilidad de la juventud, es ocioso sin esto. [...]

Capítulo V: Qué oradores e historiadores se deben leer en las escuelas de retórica

 1. El maestro de retórica instruya a sus discípulos en la historia y en la lección de los oradores.-2. Cuide sobre todo de manifestar sus virtudes y aun sus vicios.-3. Alguna vez propóngales alguna oración viciosa.-4. Hágales frecuentes preguntas.-5. Este último ejercicio aprovechará más que todo.
 1.-De las declamaciones hablaremos después, pero supuesto que aún no hemos pasado de los primeros rudimentos, parece debo advertir cuánto aprovechará el maestro a sus discípulos si (a la manera que en la gramática se instruyeron en la traducción de los poetas) les impone en la lección de los historiadores, y mucho más de los oradores, como yo lo he practicado con algunos, cuya edad lo exigía y cuyos padres lo tenían por conducente. Pero estando ya en estado de conocer lo mejor, ocurrieron dos cosas que me lo disuadieron: la primera, que la larga costumbre de enseñarles por distinto método se hizo ley y, no necesitando este trabajo cuando ya eran hombres hechos, seguían más los ejemplos que yo les había puesto delante que los de los escritores. Ni yo tampoco tenía reparo en enseñarles mis conocimientos, si es que a fuerza de tiempo había inventado algo de nuevo. Y ahora me acuerdo que aun los griegos practican lo mismo, pero por medio de los pasantes, porque si en todo cuanto lee cada uno de los discípulos les hubiera de guiar el maestro por sí mismo, no le alcanzaba el tiempo.
 2.- Y ciertamente que la lección de los autores, que no tiene otro fin que el que los discípulos, que acompañan con la vista al maestro que los explica, aprendan distintamente y con facilidad sus escritos, notando aquellos términos que menos ocurren, es mucho menos de lo que pide la obligación de un maestro de elocuencia. Pero es oficio suyo y peculiar de su profesión, el notar las virtudes de los autores, y aun los vicios si ocurre alguno: esto tanto más, cuanto no exijo de ellos el que expliquen precisamente aquellos libros que quiere el discípulo, como si éste fuera tan niño que, tomándole en sus brazos, deba condescender con lo que quiere. Porque a mí me parece más fácil y más útil el método de que, callando todos los discípulos, uno de ellos (pues deberán ir turnando) lea para todos el autor, y de este modo se acostumbre a una buena pronunciación: esto hecho, y desentrañado el argumento del razonamiento que se ha leído (porque de este modo se entenderá mejor la doctrina del maestro), no se omitirá nada que no se advierta, ya perteneciente a la invención, ya a la elocuencia; cómo se concilia el orador en el exordio la benevolencia de los jueces; la claridad, brevedad y probabilidad de la narración; qué intenta en su oración y los disimulados medios para conseguirlo (pues todo el artificio retórico consiste en disimularlo); además de esto con cuánta prudencia y economía divide su asunto; la sutileza y copia de argumentaciones, y el nervio que tienen; la suavidad en ganarse los ánimos; la aspereza en reprender, y la gracia en los chistes; cómo triunfa de los afectos del auditorio, insinuándose y moviendo en los ánimos de los jueces la pasión que pretende. En el estilo qué palabras y expresiones son propias, adornadas y sublimes; cuándo es loable la amplificación, y qué vicios se le oponen; la belleza en los tropos; las figuras de palabra; la dulzura, rotundidad y vigor en los períodos.
 3.- Alguna vez también aprovechará leer en presencia de los discípulos algunas oraciones defectuosas y sin arte, que andan escritas y tienen muchos patronos de mal gusto: en ellas se les hará notar su impropiedad, obscuridad, hinchazón, bajeza de pensamientos, y aun otras cosas feas de decirse, lascivas y afeminadas; las cuales, no solamente hay infinitos que las aprueban, sino que (lo que es aún mucho peor) las aprueban por el mismo hecho de ser malas. Les parece a los tales, que lo que está según arte y no tiene nada de extravagante, no tiene nada de ingenioso; y nos admiramos, como de cosa exquisita, de lo que va fuera de lo regular, aunque defectuoso: a la manera que a algunos les parecen mejor los cuerpos contrahechos y notables por su deformidad, que los bien proporcionados: y también hay algunos que, prendados de la apariencia, piensan que el arrancarse el vello de las mejillas, el atusarse y enrizar con el hierro y fuego el cabello reluciente con el color artificial, da más gracia al hombre que una hermosura natural: dando a entender que la belleza del cuerpo nace de modas perniciosas.
  4.- El maestro no solamente deberá enseñar todo lo dicho, sino preguntar a menudo a los discípulos para calar su ingenio. De este modo no se fiarán para no atender, ni lo que se explica les entrará por un oído y les saldrá por otro: con lo que a un mismo tiempo se moverán a inventar algo por sí mismos y a entender, que es el fin que pretendemos. Porque ¿qué intentamos con enseñarlos, sino que no haya que enseñarlos siempre?
  5.- Este cuidado del maestro me atrevo a decir que aprovecha más que cuantas reglas dan las artes de retórica, aunque éstas ayudan mucho; pero ¿quién podrá comprender cuánto abarcan todos los géneros de causas que se originan casi todos los días? Por ejemplo en la milicia: aunque tiene sus preceptos generales, con todo eso aprovecha mucho más el saber de qué medios se valieron los buenos capitanes en ciertos lances o lugares, porque en todas las cosas por lo común más aprovecha la experiencia que el arte. ¿Por ventura se ha de poner a declamar el maestro para servir de ejemplo a sus discípulos? ¿No les aprovechará mucho más la lección de Cicerón y Demóstenes? Si el discípulo yerra algo en la declamación, ¿se le ha de corregir delante de todos? ¿No será mejor enmendar toda una oración, y cosa menos enojosa? Porque todos queremos más que se corrijan los vicios ajenos que los nuestros. Mucho más tenía que advertir, pero la utilidad de esto es notoria a todos. ¡Ojalá que, así como no desagradará el saberlo, no haya pereza para practicarlo!  [...]

Capítulo VIII: Aprendan los niños algunos lugares selectos de los oradores e historiadores; pero raras veces las composiciones que ellos han trabajado.
  En este punto soy de la opinión de que debe mudarse la costumbre de que los niños aprendan de memoria todo lo que ellos han compuesto, para decirlo, según es estilo, en día señalado. Esto quien más lo exige son los padres, persuadidos que entonces estudian sus hijos, cuando tienen frecuentes declamaciones: siendo así que el aprovechamiento depende del cuidado. Así como quiero que los niños compongan, y que se ejerciten muchísimo en esto, así aconsejo mucho más que aprendan de memoria algunos trozos de los oradores, historiadores, y otros escritos dignos de aprecio. Con esto ejercitarán la memoria, aprendiendo antes lo ajeno que lo suyo; y los que se ejercitaren en este género de trabajo dificultoso, aprenderán después con más facilidad lo que ellos mismos compusieren, se acostumbrarán a lo mejor, y siempre tendrán buenos modelos que imitar; y además de esto beberán sin sentir el estilo de lo que hayan aprendido. Tendrán abundancia de expresiones las más bellas; su estilo y figuras serán naturales, no arrastradas y violentas, sino que voluntariamente se les ofrecerán, habiendo hecho acopio de ellas. A esto se junta el que citarán con gusto en las conversaciones lo bueno que otros han dicho: cosa útil en las causas. Porque siempre da mayor autoridad todo aquello que se alega, cuando no parece mendigado para probar la causa presente, y los testimonios ajenos merecen más alabanza que los nuestros.
  A veces convendrá también permitirles a los discípulos el recitar lo que ellos compusieron, para que logren el fruto de su trabajo viendo que se les alaba. Pero convendrá hacer esto, cuando hubieren trabajado alguna cosa curiosa y perfecta, para que consigan este premio de sus afanes, alegrándose de haber merecido el recitarlo en público. [...]

 Capítulo X: De la obligación de los discípulos
  Entre los muchos avisos que hemos dado al maestro, quiero dar uno tan sólo a los discípulos; y es, que no tengan a sus maestros menos amor que al estudio; persuadiéndose que son padres no corporales, sino espirituales. De este modo oirán con gusto sus preceptos, les darán crédito y desearán asemejarse a ellos; y, finalmente, concurrirán al aula gustosos y con gana de saber. Si los corrige, no se enojarán; si los alaba, gozaranse con la alabanza; y con la aplicación merecerán su amor. Porque así como la obligación de los unos es el enseñar, así la de los otros es mostrarse dóciles a la enseñanza; y lo uno sin lo otro nada vale. Así como el nacer el hombre depende del padre y de la madre, y en vano se siembra la semilla si no se recibe dentro de una tierra blanda y esponjada, así la elocuencia no puede llegar a colmo si no van a una la doctrina del maestro y la docilidad del discípulo.»
      [El texto pertenece a la edición de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en traducción de Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier.]