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jueves, 2 de enero de 2020

Retórica.- Tomás Albaladejo (1955)

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Parte primera: La retórica, naturaleza y desarrollo
1.-Fundamentación de la Retórica como ciencia del discurso

«Dos factores son imprescindibles en la consideración de la Retórica: la persuasión y la idea de texto. La finalidad de la Retórica es persuadir por medio del lenguaje, para lo cual han de ser construidos discursos que por sus características puedan cumplir ese objetivo. Para Cicerón, "el primer deber del orador es decir apropiadamente para persuadir". Con el discurso retórico se trata, pues, de ejercer influencia en un sentido determinado en el receptor. A propósito de la persuasión, había introducido anteriormente Aristóteles una puntualización que, sin duda, enriquece nuestra comprensión y nuestro planteamiento de la Retórica, al afirmar de ésta: "no es su misión persuadir, sino ver los medios de persuadir que hay para cada cosa particular" y al exponer más adelante: "Sea retórica la facultad de considerar en cada caso lo que cabe para persuadir". Aristóteles daba a la Retórica una amplitud que le permitía considerarla como técnica de preparación del discurso persuasivo, para cuya construcción y emisión adecuadas proporciona los medios dicha técnica; el orador, en la medida en que conoce el instrumental retórico, puede ejercer su oficio de persuasión. El texto es el producto de la actividad retórica y es construido por el orador para la mencionada actividad persuasiva; en las diferentes operaciones de dicha actividad queda configurado estructural y comunicativamente el texto, pues la Retórica ofrece los dispositivos para la obtención de esta unidad lingüística global y para su emisión, en la que se mantiene la globalidad discursiva.
 La Retórica está tradicionalmente relacionada con la Gramática, que históricamente se ocupaba de la correcta utilización  de la lengua desde el punto de vista normativo. Para Quintiliano, la Retórica es el ars bene dicendi, mientras que la Gramática es recte loquendi scientia. Para el discurso retórico no es suficiente la corrección lingüística que, sin duda, es un requisito indispensable. Es necesaria para aquél, además, la adecuada construcción en sus diferentes niveles y la apropiada emisión, de tal manera que como construcción textual que es comunicada responda a las exigencias que la finalidad persuasiva impone al orador en punto a su relación con el destinatario. La correcta elaboración gramatical del discurso no garantiza la cualificación retórica del texto, si bien contribuye a ella en tanto en cuanto es indispensable para la elaboración discursiva. La función de la enarratio poetarum, interpretación de los escritores, en la Gramática tiene repercusiones muy importantes para la Retórica, en la que el estilo es un elemento fundamental. La Gramática, que es aquí planteada desde una perspectiva estrictamente oracional, se sitúa, por consiguiente, al servicio de la Retórica al asegurar la corrección lingüística de los discursos, pero la Gramática tenía en la Antigüedad clásica una aplicación normativa general y no dirigida solamente a la corrección del lenguaje retórico. El estudio actual del texto retórico incluye la Gramática oracional a propósito de la adecuación de la elaboración de la estructura oracional de aquél.
 Una importante relación históricamente establecida es la que mantienen la Retórica y la Dialéctica. La Retórica, por ser la disciplina del discurso que se produce para persuadir, se ocupa del enfrentamiento de las ideas y de los discursos correspondientes a las posiciones que, dialécticamente existentes, dan origen a la situación pre-retórica, entendida como estados de cosas de la realidad que hace necesaria la construcción de discursos persuasivos opuestos a otros discursos de la misma índole o contrarios explícita o implícitamente a determinados estados de convicción que se pretende modificar. Con la Retórica coincide en este fundamental aspecto la Dialéctica, en tanto disciplina filosófica y especialmente lógica dedicada a la argumentación como método de construcción del razonamiento, lo cual afecta directamente a la oposición activa de ideas. Es una de las partes de la Retórica, la inventio, operación a la que atañe el hallazgo de las ideas que van a ser incluidas en el discurso retórico, especialmente en su sección argumentativa, la que en mayor medida concreta la relación de la Retórica con la Dialéctica. Aristóteles asocia estas dos disciplinas en su dimensión de técnicas instrumentales que sirven para actuar comunicativamente sobre una base de razonamiento persuasivo y que admiten diversos contenidos.
 La situación que en la actualidad tiene la Retórica en el conjunto de las disciplinas filológicas es de gran interés. La Retórica tiene una relación muy estrecha con la Lingüística, en la medida en la que ésta abarca, gracias al marco teórico de la Lingüística textual y de la Semiótica lingüística, un amplísimo espacio, que supera los límites estrictamente gramaticales. La Retórica proporciona a la Lingüística una armazón teórica verdaderamente consistente para la explicación de los diferentes niveles del texto y del fenómeno de la comunicación lingüística; a su vez, la Retórica se beneficia de las categorías elaboradas por la Lingüística, que permiten completar y situar en un marco teórico globalizador las propias aportaciones retóricas. En este punto es primordial la colaboración entre Retórica y Lingüística del texto, que ha sido señalada como uno de los fundamentos de una auténtica Retórica general por Antonio García Berrio. El nacimiento mismo de la Lingüística textual no puede explicarse sin contar con una tradición de atención a las características de la unidad texto que tiene en una Retórica completa, es decir, con todos sus componentes, uno de sus más prestigiosos antecedentes. El interés de la Retórica por las estructuras textuales y por las estructuras extratextuales asociadas a éstas, así como la explicación que ofrece de la compleja producción del discurso, sin olvidar su tratamiento de la construcción artística del nivel oracional de éste, permiten una implantación indiscutible de la teoría retórica en el estudio del objeto lingüístico
 La Retórica mantiene con la Teoría de la Literatura una relación secular consolidada en la histórica conexión entre Retórica y Poética.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Síntesis, 1989. ISBN: 84-7738-037-6.]

martes, 22 de mayo de 2018

Sobre la naturaleza.- Parménides (c. 515 a.C. - c. 440 a.C.)


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I
«Bienvenido seas, tú, que llegas a nuestra mansión con los caballos que te traen;
pues no es un hado infausto el que te movió a recorrer
este camino -bien alejado por cierto de la ruta trillada por los hombres-,
sino la ley divina y la justicia. Es necesario que conozcas toda mi revelación,
y que se halle a tu alcance el intrépido corazón de la Verdad, de hermoso cerco,
tanto como las opiniones de los mortales, que no encierran creencia verdadera.
No obstante, a ti te será dado aprender todo esto y cómo las apariencias
tendrían que aparecerse para siempre como la realidad total.

II
Voy a decírtelo ahora mismo, pero presta atención a mis palabras,
las únicas que se ofrecen al pensamiento de entre los caminos que reviste la búsqueda.
Aquella que afirma que el Ser es y el No-Ser no es,
significa la vía de la persuasión -puesto que acompaña a la Verdad-,
y la que dice que el No-Ser existe y que su existencia es necesaria,
ésta, no tengo reparo en anunciártelo, resulta un camino totalmente negado para el conocimiento.
Porque no podrías jamás llegar a conocer el No-Ser -cosa imposible-
y ni siquiera expresarlo en palabras.

III
...porque el pensar y el ser son una y la misma cosa.

IV
Observa, pues, cómo lo que parece más lejano se hace firmemente presente para el espíritu,
que no se verá dividido por la unión del Ser con el Ser,
ni para dispersarse enteramente en contra del orden del universo
ni para reunirse.

V
Indiferente será para mí
el lugar por dónde comience, porque a este punto tendré que volver de nuevo.

VI
Hay que decir y pensar que el Ser existe, ya que es a Él a quien corresponde la existencia,
en tanto es negada a lo que no es. Te invito a que consideres todo esto,
pero, a la vez, quiero prevenirte acerca de esta vía de la búsqueda
y en cuanto a aquella otra por la que se lanzan los mortales ayunos de saber,
que marchan errantes en todas direcciones, cual si de monstruos bicéfalos se tratase. Porque es la perplejidad
la que en el pecho de estos dirige su espíritu vacilante. Y así se ven llevados de aquí para allá,
sordos, ciegos y llenos de asombro, como turba indecisa
para la cual Ser y No-Ser parecen algo idéntico y diferente,
en un caminar en pos de todo que es un andar y un desandar continuo.

VII
Porque jamás fuerza alguna someterá el principio: que el No-Ser sea.
Pero tú, no obstante, aleja tu pensamiento de esta vía
y no te dejes llevar sobre ella por la fuerza rutinaria de la costumbre,
ni manejando tus ojos irreflexivamente ni tus oídos que recogen todos los ecos,
ni acaso tu lengua: juzga, por el contrario, con razones que admitan múltiples pruebas,

VIII
como las que yo te he mostrado. Sólo nos queda ahora el hablar de una última vía,
la de la existencia del Ser. Muchos indicios que ella nos muestra permiten afirmar
que el Ser es increado e imperecedero
puesto que posee todos sus miembros, es inmóvil y no conoce fin.
No fue jamás ni será, ya que es ahora, en toda su integridad,
uno y continuo. Porque, en efecto, ¿qué origen podrías buscarle?
¿De dónde le vendría su crecimiento? No te permitiré que me digas o que pienses
que haya podido venir del No-Ser, porque no se puede decir ni pensar
que el Ser no sea. ¿Qué necesidad, pues, lo habría hecho surgir
en un momento determinado, después y no antes, tomar su impulso de la nada y crecer?
Por tanto, o ha de existir absolutamente o no ser del todo.
Jamás una fe vigorosa aceptará que, de lo que no es,
pueda nacer una cosa distinta; así, tanto para nacer
como para perecer la Justicia no le concederá licencia relajando los lazos
con los que lo retiene. La decisión sobre este punto descansa en esto:
es o no es. Pero una vez decidido, como era necesario,
el abandono de uno de los caminos por su carácter de impensable e innominado -porque no es el verdadero-,
habrá que considerar el otro como real y auténtico.
Porque, ¿cómo en el curso del tiempo podría ser destruido el Ser? ¿Cómo podría llegar a existir?
Ya que, si alcanzó la existencia, no es, y lo mismo ocurre si alguna vez debía existir.
Así se extingue el nacimiento y queda ignorada la destrucción.
No es igualmente divisible puesto que es todo él homogéneo.
Nada hay de más que llegue a romper su continuidad, ni nada de menos, puesto que todo está lleno de Ser.
De ahí su condición de todo continuo, ya que el Ser toca el Ser.
Inmóvil, por otra parte, en los límites de sus grandes vínculos,
carece de principio y de fin, puesto que nacimiento y destrucción
aparecen muy alejados, rechazados ya por la verdadera fe.
Como los mismo que permanece en lo mismo, en sí mismo descansa
y así prosigue inmutable en el mismo lugar, porque la poderosa Necesidad
lo mantiene en los lazos del límite que aprisiona su contorno.
No queda, pues, permitido al Ser el puro inacabamiento,
ya que está claro que no carece de nada, porque de carecer de algo, carecería de todo.
Es una y la misma cosa el pensar y aquello por lo que hay pensamiento,
pues sin acudir al Ser, en el cual se encuentra expresado,
¿podrías acaso encontrar el pensar? Nada hay ni habrá
fuera del Ser, ya que el Destino lo encadenó
en una totalidad inmóvil. No es, por tanto, más que puro nombre
todo lo que los mortales instituyeron persuadidos de que era verdad.
nacer y perecer, ser y no ser,
cambiar de lugar o mudar de tono en relación con el color.
Además, y dado que posee un último límite, el Ser está terminado
por todas partes, semejante a la masa de una esfera bien redondeada,
igual en todas direcciones a partir del centro.»


[El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de José Antonio Míguez. ISBN: 84-7530-437-0.]