sábado, 18 de diciembre de 2021

Bosquejillo de la vida y escritos de José Mor de Fuentes.- José Mor de Fuentes (1762-1848)


Resultado de imagen de jose mor de fuentes «Viéndome, pues, absolutamente solo para La Gaceta y El Patriota, pocos ratos me podían quedar para el sueño, visitas ni diversiones. Como la caridad bien ordenada empieza por uno mismo, a la madrugada disponía ante todo y cumplida y originalmente (pues jamás copiaba un renglón de nadie), mi Patriota y luego, a eso de las nueve o las diez, iba a la Imprenta Real, traducía o extractaba los periódicos ingleses, arreglaba las demás noticias y, si faltaban materiales, extendía allí mismo algún discurso de política o de literatura, numeraba los artículos para su coordinación competente y, entregándolo todo a los regentes del establecimiento, les encargaba avisasen con tiempo si ocurría alguna novedad.
 Íbamos así dando vado a tan trabajosa tarea cuando, merced a la escapada de Lord Wellington hasta la raya de Portugal, revolvieron los enemigos sobre Castilla la Nueva y fue preciso, según expresión vulgar, tomar otra vez las de Villadiego, dirigiendo el rumbo hacia la Alcarria, para donde me dio eficacísimas recomendaciones mi amigo el conde de Saceda. Encastillado en su palacio ostentoso del Nuevo Baztán y habitando por una casualidad bien extraña la sala que tenía figurados en los azulejos del suelo las estaciones del año, me dediqué a adelantar mi Primavera, que con tantos vaivenes y faenas yace atrasadísima, como todas mis empresas de consideración.
 Desaparecieron los enemigos y, habiendo acudido los medrosísimos gaceteros a encargarse de su periódico, pude yo a mi vuelta concentrarme en el mío y darle todo el vuelo de mis alcances. Su aceptación llegó hasta el punto de que hubo ocasión de agolparse el gentío de los compradores y volcar el mostrador, haciendo un tenderete revuelto y lastimoso de los papelillos volantes que lo cuajaban. Se publicaba dos veces a la semana y cada número solía dejarme en limpio quinientos reales.
 Trasladose por fin el gobierno a Madrid y rebosaron tiendas, esquinas y plazuelas de periódicos. Luego, a la venida de Fernando VII, se nubló el horizonte con la tormenta que se fraguaba en Valencia. Llegó el rey a Madrid y fueron presos y maltratados los individuos más descollantes de las Cortes. Entre ellos, el angelical Muñoz Torrero, después obispo de Guadix, que acababa de pasear conmigo por el Prado, fue conducido violentamente como un malhechor a la cárcel de la Corona.
 A mi último regreso a Madrid había publicado un romancillo de corta extensión intitulado El patriota en el Nuevo Baztán, y luego dí al teatro y reimprimí mi comedia del Egoísta, pero el arrebato ciego e increíble de los Empecinados atajó las representaciones, realzadas con el desempeño del célebre Máiquez, como lo refiero en el “Prólogo” de la segunda edición, hecha al mismo tiempo de la publicación de mi periódico.
 Es de advertir que en estos escritos como en todos los míos, puse siempre de manifiesto mi entrañable y, estoy por decir, innato liberalismo, tan ajeno de todo rendimiento como de los disparos torpes o maliciosos de los descerrajados. Con esta conducta conseguí, como lo tenía previsto, indisponerme con entrambos partidos, y así, a los asomos de la persecución, calculé que no habiendo lo que se suponía cuerpo de delito contra mí, en apartándome de la vista, no irían a pesquisarme por los rincones de Aragón, como sucedió en efecto.
 Salí, pues, para mi casa, donde fui recibido con agrado por mi cuñada, dueña, aunque sin hijos, de todo el patrimonio por las barbarísimas leyes del país, llamadas procesos forales. Miraba a veces la alcoba donde nací, me enternecía y exclamaba: “¿Qué me supone esta mujer por haber estado casada con mi hermano? ¿Deja de ser una advenediza en la casa? Y, sin embargo, ella manda y dispone, no siendo yo aquí más que mero huésped atenido a las mercedes de la poseedora”.
 Es de advertir que esta soberana de mi mansión solariega, despavorida a los asomos del enemigo, se marchó torpemente aconsejada a Lérida, llevándose alhajas, plata y cuanto había más apreciable, y abandonando absolutamente la casa, que fue luego saqueada y convertida en hospital, de donde al mismo tiempo desaparecieron caballerías, carruajes, ajuar de labranza, etc., etc.
 En esta situación mal podía durar nuestra continua inmediación y comensalidad, y así, marchándome a Zaragoza, puse mi demanda de alimentos. La demandada, al ver su defensa trabajosa, se allanó a un convenio, en que mi generosidad tan mal agradecida como siempre, le cedió las principales fincas del regadío, contentándome con la posesión de la casa, de la torre o quinta y de otras heredades apreciables pero de secano, donde escasean de continuo las lluvias.
 En el saqueo universal desapareció la librería, que era numerosa y de valor; pero, como yo traje otra conmigo más apreciable para mí por ser toda moderna, pronto quedé consolado de aquel descalabro. Para tal cual amenizar mi secatura lugareña, me dediqué con ahínco a mis rezagadísimas Estaciones y a otras tareas literarias.
 Es de advertir que desde el principio entablé el sistema perniciosísimo para quien se halla rodeado de la villanía habitual, no digo precisamente de mis paisanos, sino de todo ocioso e inculto lugareño; me aferré, digo, en el sistema de no admitir empleo público donde el Ayuntamiento disfruta considerables regalías, y con esto no sólo mi cuñada, que obraba por impulso ajeno, sino entes baladíes y odiosísimos dieron en molestarme con negocios impertinentes que solía yo desgraciar por el sumo menosprecio con que miraba los intentos, sus autores, los viles curiales que los agriaban con sus mañuelas indecentes, etc., etc.
 Pasaba algunas temporadillas en Zaragoza, donde disfrutaba la intimidad del apreciabilísimo don Martín Garay y de otros amigos más o menos interesantes.
Resultado de imagen de jose mor de fuentes bosquejillo Tratose de realizar el proyecto, tantas veces intentado y nunca puesto en ejecución, del Canal de la Litera, que rendiría infinitas más utilidades que el de Zaragoza, pues regaría una inmensidad de terreno fertilísimo y siempre falto de aguas en el confín de Cataluña y Aragón. Había Garay agenciado caudales de las encomiendas de San Juan y, proponiéndome para director de la empresa, hice tres composiciones que imprimieron lujosamente en Zaragoza para enviarlas al famoso lord Holland, afectísimo a la literatura y nación española, para que nos enviase máquinas conducentes a nuestra empresa, pues hasta la excavación debía, según mis intentos, ejecutarse por maquinaria; pero el ministro Cevallos, al pronto muy propenso al proyecto, no quiso luego aventurar su privanza y ministerio llevando adelante el primer conato, y así quedó todo meramente en habla, como siempre.
 Con estas alternativas se trampeaba el aburrimiento lugareño, cuando sobrevino la novedad del levantamiento de la isla de León y restablecimiento del sistema constitucional.
 Hallábase confinado en mi pueblo el después ruidoso ministro Feliú, a quien desde luego por mi intimidad con la generala la marquesa de Lazán proporcioné los ensanches que disfrutó los años de su destierro y luego me correspondió en los términos que se verá en su lugar. Había yo por aquel tiempo hecho un viaje a Lérida para visitar a mi amigo Francisco del Rey y, habiendo hallado allí una imprenta regular, tuve la ocurrencia de estampar el primer canto de la Primavera, que fui enviando a los amigos de Madrid y de otras partes y creo que desde aquel punto me encaramé al concepto poético que después generalmente he merecido.
 Proclamado de nuevo el sistema a principios del año de 20, ideé inmediatamente un poema en silva y en cinco cantos intitulado La Constitución, que se imprimió en Zaragoza, pero con tal lentitud, contra mis repetidos encargos, que, cuando llegó a publicarse, la nación estaba colgada de las primeras sesiones de las Cortes, y así, a pesar de haberse celebrado sobremanera en los periódicos, llamó poquísimo la atención.
 Fui a Madrid y me encontré con que era todo una sentina de partidos disparatados con nombres ridículos; pronostiqué desde luego el descalabro y ruina del sistema, cuya predicción me acarreó la ojeriza de los fanáticos y de los malvados que ansiaban el trastorno general. Presencié la procesión del retrato y su derrota, como también la expedición afrentosa a la cárcel de la Corona contra el cura Vinuesa. Éste era un ente despreciable, procesado por la Junta de Guadalajara, y perseguidor y vengativo en sus cortísimos alcances; conocíale de Madrid y de la Alcarria; mas, aun cuando fuese culpado por varios títulos, no merecía seguramente fenecer en una asonada y a martillazos.
 Había publicado poco antes los tres cantos de la Primavera, puesta en las nubes por los papeles públicos; suministré algunos artículos literarios que me había pedido Tapia para su Gaceta y habiéndose de nombrar la Dirección de Estudios, creí que, según Feliú, me había dado a entender, sería yo, si no el primero, uno de los cinco individuos. Quedé pospuesto y, habiéndome yo mostrado seguramente más resentido de lo que merecía el asunto, me declaró el ingrato Africanillo (de Ceuta) una guerra tan implacable que no consintió que mi paisano Bardají me diese, como le competía, la Secretaría de la Interpretación de Lenguas, que se hallaba vacante.
 Publiqué por entonces mi Parangón del sistema constitucional de España con los principales gobiernos, etc., lindamente impreso en tamaño reducido; y fue generalmente elogiado en los periódicos y apreciado del público.
 Desahuciado de la colocación que apetecía y más y más persuadido por cada día de la insubsistencia del sistema, aun sin la menor intervención extranjera, me vine a Zaragoza, y desde allí a mi casa, donde me dediqué con todo ahínco a la continuación de las sempiternas Estaciones.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018, en edición de Jesús Fernando Cáseda Teresa, pp. 52-59. ISBN: 978-84-17358-39-6.]

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Una canción del ser y la apariencia.- Cees Nooteboom (1933)


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   «-Esse est actus es potentia -dijo el otro escritor. 
 El escritor llevaba ya tiempo de mala leche por haberse vuelto a dejar enredar en una discusión. 
 -Mi latín ya no es tan bueno -dijo irritado, y pensó: eso te pasa por ir a recepciones donde se encuentra presente toda la literatura neerlandesa. Se quedó mirando fijamente y con repugnancia las croquetas, los cacahuetes en pequeñas fuentes de cristal y en las bandejas con vino blanco del tiempo y de mala calidad, probablemente español. Uno de sus honorables colegas había cumplido cincuenta años. De repente se producía un auge de los cincuentones en las letras nacionales, se precipitaba una lluvia de premios, y los cincuentones eran celebrados como si se les fuera a enterrar, como si todo el mundo ya estuviera seguro, o confiara, también eso era posible, en que ya nunca volverían a producir nada-. Bueno, ¿qué significa? –preguntó. El otro escritor, que no era el más guapo de la familia, en ese momento se parecía más a un mono que otras veces, puesto que estaba al lado de una palmera en el invernadero de Krasnapolsky y se estaba metiendo un puñado de cacahuetes en la boca. Un mono que sabe latín, madre mía. 
 -Esse est actus et potentia -dijo el mono por entre los cacahuetes-. Esa es la solución a tu problema, porque no es ningún problema. “Lo que es, es tanto realidad como posibilidad”. Lo que inventas es, al ser posible, también realidad. 
 -Yo también había llegado ya a eso -dijo el escritor brevemente-. La cuestión es sólo por qué lo haría alguien, por qué debe añadirse una realidad inventada a la ya existente. 
 -Podría darte una respuesta filosófica -dijo el mono, cuyo discurso volvía a ser interrumpido en cierto modo por una croqueta caliente-, pero la filosofía no es tu fuerte, no te enfades. Si una sola línea sagrada no te ayuda, tampoco te ayudará un arsenal entero. Estás hastiado, eso es todo. Y por eso te doy ahora las razones llanas, las evidencias materiales. Primera: digas lo que digas, es agradable hacerlo. Esos idiotas que dicen que sufren tanto al escribir lo han convertido en un ritual masoquista, algo que por lo tanto sigue siendo placentero. Segunda: porque te pagan, y eres un manirroto -en este punto miró las manos de pianista del escritor como si en ellas pudieran verse estigmas de verdad-. Tercera: porque así te haces famoso, y aunque tan sólo sea en los Países Bajos, eres famoso al fin y al cabo. No por la fama en sí, qué va, sino por el refuerzo personal que produce; y cuarta, muy importante, de todos modos tienes que hacer algo, y por lo que tengo entendido no sabes hacer otra cosa. Es pasmosamente sencillo, lo que pasa es que no paras de ponerte zancadillas a ti mismo, porque te avergüenzas de realizar un trabajo sencillo, ¡contar sin más una historia con un principio y un final! Y, sin embargo, en otro tiempo escribiste un par de buenos relatos. 
 -Sí, en otro tiempo. Entonces no reflexionaba sobre ello. 
 -Pues tienes que volver a hacerlo. 
 -¿El qué? 
 -No reflexionar sobre ello. Escribir es trabajar. Un pintor que está todo el día reflexionando sobre la pintura ya no pinta. 
 -Podría dar otra dimensión a su pintura. 
 -Si no pinta no puede verse. Y, además, esa otra dimensión en lugar de ninguna dimensión, puesto que no hay ningún objeto... ¿a quién le interesa? 
 -Tal vez a él mismo. 
 El otro escritor se limpió la boca con su mano de escritor (la de cosas que se pueden hacer con esa mano)  y dijo: 
 -Todo son excusas, chorradas y excusas –y se fue, abandonando al escritor con el doctor y el coronel. […]

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Una historia así sólo podía terminar con la muerte de uno o dos protagonistas, o quizá de los tres. Pero todavía no tenía claro lo que significaba el hacer morir a un personaje ficticio. 
 -Nada -dijo el otro escritor-, siempre que sea una parte de la cohesión lógica de tu relato. No si lo has de hacer para librarte de alguien o dar un giro a algo, como los malos dramaturgos que sacan a alguien del escenario con un mensaje porque tiene que entrar otro personaje que ha de decir algo y aquél no puede estar presente. 
 -Pero no lo digo en ese sentido -dijo el escritor-. Lo digo en el sentido... 
-... metafórico -completó el otro mofándose-. ¡La divina omnipotencia del creador y demás tonterías! 
 Cielo Santo, con qué frecuencia se ven los escritores neerlandeses entre sí. Esta vez era en el pasillo de su editor. El escritor miro con envidia el grueso paquete de galeradas que el otro escritor llevaba bajo el brazo. 
 -Tampoco es tan difícil -dijo el otro escritor, y elevó con un gesto teatral pero ágil el grueso paquete de papel impreso hacia su calva cabeza y lo dejó caer con un golpe considerable-. De aquí salen, y si tengo suerte aparecerán en veinte o cuarenta mil paquetes como éste. Bueno, no pongas esa cara de pena. Vamos a tomar algo. 
 Fueron caminando por el Singel, apartándose para dejar pasar a los coches, y luego otra vez el uno al lado del otro -pasando por la librería Athenaeum, que tenía en el escaparate tres libros diferentes del otro escritor- hacia el Arti. El famoso club de artistas se erigía como un bastión de paz decimonónico junto al Rokin. 
Resultado de imagen de cees nooteboom una cancion  del ser y la apariencia -Así parecemos gente importante -dijo el otro escritor cuando se sentaron en dos grandes butacones de Berlage-. Tómate una copa de vino. Intentaré volvértelo a explicar por última vez. Mira, tampoco soy uno de esos palurdos que no comprenden de lo que hablas. Lo que pasa es que ya llevas demasiado tiempo hablando de lo mismo, y además es algo de lo que hay que hablar al principio de tu... digamos de tu carrera. Escribir es algo muy raro, y quien reflexiona demasiado sobre ello ya no escribe. Yo siempre hago como si fuera un contador de historias del siglo XX, y eso también es una chorrada, pero he decidido que es una profesión y que yo ejerzo esa profesión sin especulaciones sobrenaturales. El mundo existe, y yo cuento al mundo cosas del mundo. Eso puede hacerse diferentes maneras, y yo he optado por un método de lo más común, pero bastante inteligente, porque eso es lo que sé hacer. Las personas me leen porque reconocen algo, quizá incluso porque paradójicamente reconocen algo que aún no sabían, y con eso me conformo. No experimentó con el estilo porque no hay nada que envejezca y se ensucia tanto como el lenguaje, incluso si escribes de manera sencilla, antes de morirte ya se te están cayendo de viejo los trapos. Hay pocos que sobrevivan a esto, y todavía queda por saber por cuanto tiempo. Y por lo demás no filosofo sobre lo que hago, porque considero que la filosofía debe estar en lo que hago. Así soy. Contigo ocurre algo muy diferente. Tú crees que el mundo solo existe cuando escribes. Tú, que no quieres escribir, porque parto de que alguien que no ha escrito durante un periodo tan largo de tiempo en realidad no quiere o no se atreve a escribir, crees mucho más en la escritura que yo. Porque si el mundo sólo existe cuando escribes, entonces lo que en realidad estás diciendo es que sólo existes cuando escribes. Y eso significa -dijo retrepándose con satisfacción- que en cada momento debes tomar la decisión de si quieres vivir realmente o no. No dudas de la autenticidad de tus personajes, sino de la autenticidad de ti mismo. Si puedes inventar a alguien, también alguien te ha podido inventar a ti.
 El escritor no respondió. Siempre había aborrecido que “se practicara psicología con él”, como lo llamaba, y lo definía como una necesidad de invisibilidad. Nadie tenía el  derecho de observarle, y de hecho no podía imaginar que nadie lo hiciera y, por tanto, emitiera un juicio sobre él. Ya era bastante complicado sin que los demás se entremetieran, y sólo empeoraba si se aproximaban a sus pensamientos, no siendo además sus propios pensamientos. 
 -Simular la verdad para ser algo -dijo el otro escritor no sin pedantería, en el tono de alguien que cita-. ¿Sabes de quién es eso? 
 -De Pessoa -dijo con esfuerzo el escritor, como si tuviera que admitir un error. 
-Mira, tal vez pueda parecerte muy aburrido lo que voy a decirte ahora -continuó el otro escritor mientras se restregaba cómodamente en el enorme y redondo respaldo-, pero no te enfades. Pessoa sacrificó su vida en el matadero de la literatura. Es un tópico histérico, pero de eso se trata: lee su correspondencia. Y si ahora quisiera ser muy estúpido, diría: eso ya debería saberlo él. Un gran poeta, pero si quieres decirlo de forma plebeya, un caso patológico. Siempre me pregunto si la literatura se lo merece. También puedes convertirlo en algo muy noble y decir que tenía tanto miedo que no existía, que se repartía fumando y bebiendo entre cuatro poetas para existir en cada caso cuando él, paradoja, paradoja, ya no existiera realmente. Y funciona, fíjate. Con su vida material creó una obra inmaterial que todavía existe. Lo único de lo que pudo disfrutar materialmente, mientras escribía y se mataba a fuerza de alcohol, fue de la perspectiva. Su suprema creación fue su vida, pero antes debía acabar con ella. […]

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“La gran masa piensa muy poco porque no tiene tiempo para hacerlo y tampoco tiene práctica en pensar”. Eso leía el coronel de Schopenhauer sin preguntarse si tal vez se refería a él mismo. En su opinión, alguien que leía a Schopenhauer no formaba parte de la gran masa, y así se podía dar la vuelta a todo. Sobre Dios, por nombrar a alguien, Liuben Georgiev nunca había reflexionado realmente. Pero ahora que, llevado por todas esas cosas extrañas que le acontecían, había tenido la sensación -ese discreto inicio del pensar- de que en alguna parte, en algún lugar, alguna instancia invisible dudaba de su existencia, la de Liuben, empezaba él a su vez a dudar de la existencia de Dios, en el sentido de que empezaba a preguntarse si quizá existía un Dios que fuera algo distinto a ese sólido bloque de nada que se necesitaban para prestar el juramento de oficial o para capitanear a los soldados. Esa Cosa invisible que de un modo igualmente invisible tenía que ver con el Estado, ahora que tenían uno, y por tanto también con el ejército, parecía que ahora también se interesaba por él. Es evidente que no es nada agradable dudar de uno mismo. Sobre todo no es agradable cuando anteriormente no se ha hecho nunca.  Pero al recurrir a esa instancia invisible, Liuben Georgiev no solucionó ninguno de sus problemas; al contrario, aumentaron tanto sus pesadillas como su confusión durante el día.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2010, en traducción de Julio Grande, pp. 46-48, 69-72 y 77-78. ISBN: 978-84-9841-346-5.]


sábado, 11 de diciembre de 2021

La escuela del aburrimiento.- Luigi Amara (1971)


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Apéndice: La Internacional Bostezante


 «Hace ya tiempo, con un grupo de amigos, fundamos la Internacional Bostezante. El proyecto por supuesto fracasó. Hundido bajo el peso de nuestros propios bostezos, el movimiento, que no se caracterizaba precisamente por su dinamismo, preveía desde el principio su propia destrucción. Aunque más bien habría que decir que duró muy poco, que estaba condenado a ser un movimiento efímero y sin futuro, que se disiparía a consecuencia de su misma intención contestataria y desestabilizadora. No hubo ceremonia de iniciación. Estábamos reunidos despotricando sobre la falta de disidencia que se respira en el ambiente, sobre la apatía y resignación que produce escuchar una y otra vez, con ese retintín que tanto se parece al autoconvencimiento, la tesis de que ya no hay salida, la cantilena de la desaparición del sentido y, entonces, mientras discurríamos con inocultable desgana sobre cómo podría vencerse hoy la carga de descreimiento y amargura que pesa sobre nuestros hombros, mientras nos lamentábamos de que aun la rebelión más salvaje ha sido neutralizada por el clima de desengaño y fin de los tiempos, por una herencia de claudicaciones y traiciones, alguien manifestó su hastío con la insolencia de un bostezo, ese bostezo llevó a otro y luego a otro, y así, de golpe, un grupo de amigos habíamos fundado la Internacional Bostezante.
 Como era de esperarse, el nuevo movimiento no resistió los embates que él mismo, fiel a los principios de sabotaje y mala leche por los que se regía, dirigió contra su propio despliegue de entusiasmo. Al igual que muchos proyectos absurdos de este tipo, la Internacional Bostezante se autoaniquiló en su radicalismo, se colapsó a causa de su celo y exquisita coherencia. La idea central era sin embargo perfecta: estropear todo momento, cualquier ocasión de regocijo y esperanza, de felicidad y aun de tristeza, con la dinamita temible del bostezo. Oponerse a la complacencia y la sonrisa, al embotamiento y la banalidad que han terminado por cercarnos, a través de la floración casi orgullosa del tedio. Volverse odioso a fuerza de abrir constantemente la boca y comportarse como un pez. Al cabo de pocas horas –quizá de días- todos alrededor acabarían contagiados. Bastaba encender la mecha.  
 En una interpretación desencantada de aquella vieja consigna de George Grosz: “Ataca, insulta y maltrata a la sociedad”, éste era, sin mayores contemplaciones, el programa de nuestro clan boqueante: si te cruzas en la calle con un conocido, salúdalo con un bostezo irreprimible. Si alguien te declara su amor, ponlo a prueba con un bostezo desafiante. En el teatro, en el circo, en la presentación de un libro, haz de tu asiento el trono inamovible del bostezo. Si aquél te regala una sonrisa, hazle rendir cuentas en el tribunal helado del bostezo. Toma fotografías de momentos insuperables de hartazgo, de rostros descompuestos por la violencia erosiva del tedio, y envíalos, con toda tu falta de interés, en tarjetas postales y en spam. Decididamente se trataba de un programa de ascendencia punk.
 Puesto que nunca será lo mismo bostezar frente a una obra de arte que hacerlo en forma rapsódica al entrar a la alcoba con tu amante, era preciso reducir los peligros de una interpretación meramente fisiológica y concentrarse en los poderes corrosivos del gesto. La furia contenida del aburrimiento debía dibujarse en los labios con toda la intensidad irritante y desorientadora de los bostezos más gloriosos. Sin que al parecer nada específico lo invocara, sino más bien como efecto tardío pero nunca gratuito de la inercia general, el bostezo debía irrumpir en el fastidio de lo cotidiano con arrogancia, como una arcada hiperbólica, producir esa comezón indefinible en el alma de cuando en medio de nuestra rutina acojinada, vemos brotar en el terciopelo algo parecido a la textura de los cactus y se despiertan toda clase de dudas sobre nuestra comodidad.
 El principal enemigo de la Internacional Bostezante era el entusiasmo o, más bien, la sospechosa facilidad con que cualquier idea, cualquier alternativa emanada de él, es muy pronto reabsorbida por la aplanadora de la realidad. (En ese entonces definíamos el entusiasmo como el celo excesivo o el estúpido conformismo de seguir concediendo más importancia a lo-que-no-es que a-lo-que-es). “Los desengaños del entusiasmo conducen al aburrimiento”, dejó escrito Sainte-Beuve. La consigna era señalarlo, contrarrestarlo, desarmarlo; había que declarar la guerra al entusiasmo con la fuerza explosiva del hastío y humillarlo. De pronto uno de nosotros dijo que el enemigo no podía ser el entusiasmo, sino el exceso de entusiasmo, pues corríamos el riesgo de desarmar nuestro propio movimiento por contradictorio, ya que aun en la rabia hay un componente entusiasta, y no podía dejar de percibir en los cimientos de la Internacional Bostezante la semilla del propio mal que combatíamos, incluso una alarmante dosis de arrojo. (Y hay que decir que, en efecto, mientras el camarada bostezante argumentaba de este modo soporífero, los demás miembros nos entregábamos con ahínco al contagioso vicio del bostezo, que ya para entonces se parecía a un suspiro del que se ha extirpado toda esperanza). Cuando nos hizo notar, restregándolo en nuestras narices, el empeño, la entrega casi cercana al fanatismo con que abríamos la boca para materializar nuestro fastidio, quedó claro que la Internacional Bostezante llegaba en ese momento a su fin. Nos dimos cuenta de que nos estábamos convirtiendo en el enemigo, de que no había una forma clara e incontestable de juzgar en qué momento el entusiasmo  comienza a ser excesivo, es decir, sospechoso, así que la incipiente pero ya muy descorazonada sociedad de la Internacional Bostezante se desintegró cuando nos topamos de frente, un tanto desprevenidos y boquiabiertos, con la imponente verdad de que todo entusiasmo es ya demasiado. (Hay que decir que estábamos tan aburridos y al mismo tiempo nos sentíamos tan elegantes que, en una versión extemporánea de la caricatura de Gómez de la Serna, estuvimos a punto de brindar con una botella de spleen).   
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 Pero antes de que la Internacional Bostezante se desinflara, pinchada por el aguijón aguafiestas de su contradictorio impulso, y antes de que todos sus miembros se dispersaran cabizbajos, como quienes arrastran su desasimiento hacia la cueva del bostezo íntimo, conseguimos lo que ni siquiera habíamos imaginado: redactar en una espontánea sesión exasperante, tan lenta que casi parecía paralítica, el único manifiesto de nuestro movimiento, un breve decálogo, cuyos incisos, extrañamente no aletargados ni geriátricos, debían ser, como todo bostezo, al mismo tiempo intempestivos y desencantados, y debían pronunciarse en una sola bocanada de vacío.

 Manifiesto único de la Internacional Bostezante

 1.-Un bostezo genuino, en el momento oportuno, no deja de tener su dinamita.
 2.-La pasmosa inventiva que ha desplegado el hombre para matar a su prójimo apenas puede equipararse con su maestría para matar el aburrimiento.
 3.-Declara el don Juan de Lord Byron: “No nos queda más que aburrirnos o aburrir”. Nosotros, amantes torpes y poco imaginativos, añadimos: o ambos.
 4.-Toda la desgracia de la humanidad viene de una sola cosa: no saber entregarse a la extroversión dulcemente ofensiva del bostezo.
 5.-No te quedes callado: abre la boca y bosteza interminablemente.
 6.-A la larga el bostezo resulta más verosímil –por implacable y lúcido- que la alharaca de satisfacción o el gemido del inconforme.
 7.-Lema: Estridencia muda. Táctica: Desafinar, en el concierto de frenesí de los tiempos, con un coro insufrible de bostezos, como preparación para el Día del Gran Rechazo.
 8.-Quien todavía, en señal de buena educación, se tapa la boca para ocultar un bostezo, ha de reconocer que en el centro de su rostro resplandece, sin que nada pueda contenerla, una impresentable proclama nihilista.
 9.-Las normas de la decencia han de interesarnos en razón de nuestra facilidad para desobedecerlas. No bostezar, reprimir la distensión de las mandíbulas, se ha vuelto una forma de dudar de la posibilidad de la rebeldía.
 10.-Desde luego, la meta última e irrenunciable es hermanar a la humanidad, por la fuerza contagiosa del bostezo, en una monstruosa exhalación de fastidio, que sea capaz de sacar de quicio al mundo y obligarlo a que gire en una nueva órbita, de preferencia aberrante.

***
 Este libro está dedicado a los miembros de la Internacional Bostezante, el más elusivo, pasajero y secreto de los movimientos que pretendieron asolar el planeta después de la irrupción de Dadá. Las páginas que lo componen pueden de hecho ser leídas como la continuación o la estela –una estela quizá demasiado prolongada para algo que duró lo que una burbuja de jabón- de aquella sesión boqueante en la cual, sin ceremonia de iniciación, un grupo de amigos quisimos reinsertar en el paisaje del rostro la fuerza crítica y sarcástica del aburrimiento encarnado, ese perfil tantas veces menospreciado del tedio que, ejemplificado en la necesidad de inhalar más y más aire, se muestra como un estado de asfixia pero también de latente subversión.
 En honor de los miembros de la Internacional Bostezante asumo el riesgo de que este libro sea recibido con una seguidilla incontenible de bostezos. Soy de la opinión de que en estos tiempos de ligereza y espectáculo, en esta sociedad siempre ávida de pasársela bien, atiborrada de falsas sonrisas y baratijas, en medio de esta prisa impuesta en las que nos hemos embarcado para huir de nosotros mismos y no voltear atrás, una andanza de bostezos resultaría menos comprometedora, menos maquinal e hipócrita, que una catarata de aplausos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Sexto Piso, 2012, pp. 283-287. ISBN: 978-84-15601-05-0.]