domingo, 19 de noviembre de 2023

La línea de la belleza.- Alan Hollinghurst (1954)


Alan Hollinghurst - Literature
“¿De quién eres la bella pertenencia? (1986)

8

  «—Ya sabes que voy a sacar esa revista, papá —dijo Wani.
 —Ah… bueno —dijo Bertrand, con un resoplido—. Sí, una revista puede estar bien. ¡Pero hay una enorme diferencia, hijo mío, entre dirigir una revista y que tu puñetera cara aparezca en una de ellas!
 —No será una de esas —dijo Wani, a caballo entre el enfado y los buenos modales.
 —De acuerdo, pero entonces no se venderá.
 —Va a ser una revista de arte: fotografía de gran calidad, lo mismo que el papel y la impresión; todo género de cosas extraordinarias y exóticas, edificios, extrañas esculturas indias. —Buceó mentalmente en la lista que Nick le había confeccionado—. Miniaturas. De todo.
 Nick pensó que incluso con su resaca habría hecho mejor la propaganda, pero había algo conmovedor y revelador en la labia de Wani.
 —¿Y quién se supone que va a comprar todo eso?
 Wani se encogió de hombros y extendió las manos.
 —Será preciosa.
 Nick intercaló la nota olvidada.
 —La gente querrá coleccionar la revista igual que querría coleccionar las cosas que aparecen en sus páginas.
 Bertrand tardó un momento en ver si esto era un disparate o no. Después dijo:
 —Todo ese rollo de la gran calidad suena a un montón de dinero. Así que tendréis que cobrar diez o quince libras por la revista.
 Bebió un sorbo irritado de su vaso de agua.
 —Anuncios de máxima calidad. Ya sabes, Gucci, Cartier… Mercedes —dijo Wani, buscando nombres mucho más relumbrantes que Watteau o Borromini—. Hoy día la gente quiere artículos de lujo. Ahí está el dinero.
 —Así que tenéis ya un nombre para esa puñeta.
 —Sí, la vamos a llamar Ojiva, como la empresa —dijo Wani, con franqueza. Bertrand frunció sus labios regordetes.
 —“¡Oh, jiba!”, ¿no es eso? —dijo, de mal humor, pero complacido por haber hecho un chiste—. Tendréis que repetírmelo porque nadie ha oído hablar nunca de esa puñetera “ojiva”.
 —A mí me ha parecido oír “orgía” —dijo Martine.
 —¡Orgía! —exclamó Bertrand.
 Wani miró al otro lado de la mesa, y como aquel nombre nunca oído había sido idea original suya, Nick dijo:
 —Verá, es una curvatura doble, como la que se ve en una ventana o una cúpula.
 Hizo con las manos en el aire la forma de la mitad de un reloj de arena y Monique, en ese momento, en uno de sus esporádicos gestos de connivencia, trazó la misma figura que Nick y le sonrió como si le hiciera una zalema.
 —Primero hacia un lado y después hacia el otro —dijo.
 —Exacto. Procede de… bueno, de Oriente Próximo, de hecho, y se ve en la arquitectura inglesa desde el siglo catorce en adelante. Es como la línea de la belleza de Hogarth —dijo Nick, con una creciente sensación de necedad—, salvo en que hay dos, claro está… Supongo que la línea de la belleza es una especie de principio inspirador, ¿no?…
 Miró alrededor y, con un gesto expresivo, abatió la mano. Quizá este principio no estuviese allí.
 Bertrand posó el cuchillo y el tenedor y esbozó una sonrisa desinflada. Pareció saborear su ironía de antemano, así como la incertidumbre, las educadas sonrisas de anticipación en la cara de los presentes.
 —Escucha, um… Nick, yo vine a este país hace casi veinte años, en 1967, cuando no era una puñetera buena época en el Líbano, dicho sea de paso, sólo para ver las oportunidades que había en el famoso Londres marchoso de los sesenta. Así que miro alrededor, lo que molaba entonces eran los supermercados que empezaban a abrir, ya sabes, el autoservicio, sírvase usted mismo… vosotros estáis acostumbrados a eso, seguramente entráis en uno todos los puñeteros días: ¡pero entonces!…
 Nick reconoció con una sonrisa tonta y obediente lo acostumbrado que estaba. No sabía seguro si la conversación sobre la Ojiva había terminado o si le estaban obsequiando con una extensa digresión aleccionadora. Dijo, con frialdad:
 —No, ya veo que… ha sido toda una revolución.
 Al igual que otros egotistas, Bertrand se limitó a lanzar una mirada fugaz y dubitativa a la posibilidad de una ironía dirigida hacia su persona y, de todos modos, la pisoteó.
 —¡Pues claro! Una puñetera revolución.
 Se volvió para indicar al viejo criado que escanciase más vino a los demás y observó con un aire de ejercitada paciencia cómo el borgoña caía en las copas de cristal tallado.
 —Verás, yo empecé con una frutería, allá en Finchley. —Meneó el otro brazo, con cariño por aquel lugar y época lejanos—. La compré, traje en avión los cítricos, que por cierto eran producto propio, los cultivábamos, no teníamos que comprar a ningún otro puñetero comerciante. Líbano, un gran sitio para cultivar frutas. ¿Sabes todo lo que ha llegado de Líbano en los últimos veinte años? Fruta y cerebro, fruta y talento. Nadie con una pizca de cerebro o de talento quiere quedarse en el puñetero país.
 —Um, se refiere a la guerra civil.
 Se había propuesto empollarse los veinte años más recientes de historia libanesa, pero Wani se mostró evasivo y dolorido cuando se lo mencionó, y he aquí que el tema surgía ahora. No quería corroborar el duro juicio de su anfitrión sobre su país natal, que era en sí mismo un campo minado.
 —Una bomba nos tiró la casa abajo —dijo Monique, como si no esperase ser oída.
 —Oh, qué horrible —dijo Nick, agradecido de que sonase otra voz en el comedor.
 —Sí, fue muy terrible —dijo ella.
 —Como dice la madre de Antoine —dijo Bertrand—, nuestra casa familiar quedó prácticamente destruida.
 —¿Era una casa antigua? —preguntó Nick a Monique.
 —Sí, bastante antigua. No tanto como esta, claro… —dijo, y tuvo un pequeño escalofrío, como si Lowndes Square datase de la Edad Media—. Tenemos muchas fotografías…
 —Oh, me encantaría verlas —dijo Nick—. Me interesan esas cosas.
 —Total, que en 1969 abrí el primer Mira Mart allí arriba, en Finchley —dijo Bertrand—. Sigue donde estaba, puedes ir a verlo cuando quieras. ¿Sabes cuál es el secreto?
 —Um…
La línea de la belleza - Hollinghurst, Alan - 978-84-339-7087-9 ...  —Es lo que yo vi, lo que veías en Londres en aquel entonces… hace veinte años. Había supermercados y había tiendas de barrio, tiendas de comestibles que llevaban abiertas cientos de años. ¿Y qué hago yo entonces? Junto las dos cosas, supermercado y comestibles y hago el minimercado, con todo el catálogo de cosas que venden en Tesco o cualquier otro puñetero sitio, pero sin perder el aire de tienda de comestibles, de tienda del barrio. —Levantó su copa y bebió, como brindando por su propia inventiva—. Y sabes el otro secreto, por supuesto.
 —¡Oh!… Pues…
 —Los horarios.
 —Los horarios, sí…
 —Abrir temprano y cerrar tarde, que venga gente antes del trabajo y después del trabajo, no sólo las puñeteras buenas amas de casa que salen a comprar un paquete de cigarrillos y a dar palique.
 Nick no sabía bien si aquel tono especial era el que Bertrand empleaba para hablar con un idiota o si su simplicidad reflejaba la visión que tenía de los negocios. Dijo, críticamente:
 —Pero hay algunos que no son así, ¿no? El de Notting Hill, por ejemplo, adonde siempre vamos. Es grandioso.
 Se encogió de hombros, con embotado respeto.
 —Bueno, ¡ahora estás hablando de las secciones de alimentos! Son dos puñetas totalmente distintas: los Mira Mart y los Mira Food Halls… Estos últimos son para los puñeteros ricos, los barrios pijos. Hay uno aquí a la vuelta. Ya sabes de dónde salen.
 —De Harrods —dijo Wani.
 Bertrand le lanzó una mirada rápida y ceñuda.
 —Naturalmente. ¡Es la madre de todas las puñeteras secciones alimenticias del mundo entero!
 —A mí me encanta ir a la de Harrods —dijo Monique—, a ver los grandes… homards…
 —Los bogavantes —musitó Wani, sin mirarla, como si fuese una función aceptada la de servir de intérprete a su madre.
 —¡Oh, ya lo sé! —dijo Martine, con una sonrisa de rebeldía pusilánime. Nick las vio visitando Harrods a menudo, seguramente se pasaban allí días enteros, estaba a la vuelta de la esquina pero era otro mundo de posibilidades para quien pudiera permitírselas.
 Bertrand les concedió cinco segundos pacientes, como un maestro estricto pero imparcial, y dijo:
 —Así que ahora, Nick, tengo treinta y ocho establecimientos Mira Food por todo el país. Tengo uno en Harrogate, acabo de abrir otro en Altrincham; y más de ochocientos puñeteros Mira Marts. —Adoptó de pronto una actitud muy cordial; casi se encogió de hombros también ante la fácil inmensidad de su emporio—. Una gran historia, ¿no?
 —Increíble. Es muy amable por su parte contarme una historia que debe de conocer tan bien —dijo Nick, poniendo una cara especialmente solemne. Vio el brillante letrero anaranjado del Mira Food de Notting Hill, por donde se dejaba ver a veces el mismo Gerald, con una cesta y una expresión avergonzada, como si todo el mundo le reconociera, a comprar paté y bombones suizos. Y vio el Mira Mart de la esquina en Barwick, con sus productos más tristes en expositores inclinados, lejanos parientes pobres de los obeliscos de Knightsbridge, y el denso olor rancio de una tienda de techo bajo donde se vende todo junto. El emblema de la cadena, por supuesto, era una naranja coronada por dos hojas verdes. Miró a Wani, que más que comer comisqueaba (la coca le quitaba el apetito) con una cara totalmente inexpresiva. Tenía los ojos clavados en el plato o en el reluciente barniz rojo que había justo más allá del plato; podría haber dado la impresión de que escuchaba meditabundo a su padre, pero Nick sabía que se había refugiado en un universo que su padre nunca había imaginado. La sumisión a la tiranía de Bertrand era el precio de su libertad. También el tío Emile miraba hacia abajo, como absolutamente aplastado por la iniciativa y el éxito de su cuñado; Nick, por su parte, comprendió enseguida el encanto de escaparse a Harrods con las mujeres.
 Bertrand llegó a decir entonces:
  —Todo eso será tuyo algún día, hijo mío.
  —¡Ah, mi pobre niño! —protestó Monique.
  —Ya sé. Ya sé —dijo Bertrand, molesto, y después esbozó una sonrisita algo espantosa—. Ese día está todavía muy lejos, desde luego. Que haga sus revistas y películas. Que aprenda a hacer negocios.
  —Gracias, papá —dijo Wani, pero su sonrisa fue para su madre y su mirada, breve pero elocuente, cuando la sonrisa se apagó, para Nick. Estaba en su salsa con el comportamiento de su padre, su fanfarroneo incuestionado, pero permitir que un amigo lo presenciase mostraba una confianza especial en ese amigo. Wani rara vez se ruborizaba o denotaba alguna clase de vergüenza, aparte de la reprimenda que se murmuraba a sí mismo cuando ofrecía un asiento a una señora o confesaba su ignorancia sobre alguna nimiedad. Nick absorbió su mirada y el calor secreto de lo que comunicaba.
 —No, no —dijo Bertrand, con un tic rápido de la barbilla, como si alguien le hubiese criticado injustamente—. Wani es dueño de todos sus actos. Por el momento no parece que le interesen las frutas y verduras. Bien. —Extendió las manos—. Tampoco parece interesarle casarse con esta puñetera preciosidad de novia. Pero esperaremos cómodamente a que pase el tiempo, ¿eh, Wani?
 Y se rio para su coleto de su propia franqueza, como si así suavizara el efecto, aunque en realidad lo señalaba y lo intensificaba.
 —Primero vamos a ganar un montón de dinero —dijo Wani—. Ya verás.
 Bertrand dirigió a Nick una mirada de conspirador.
 —¿Pero sabes cuál es el gran, el simple secreto para hacer dinero? ¿El más auténtico y…?
 Nick depositó la servilleta con suavidad en la mesa y murmuró:
 —Lo siento muchísimo… Tengo que…
 Empujó hacia atrás la silla y se preguntó si aquello no sería incluso más maleducado en Beirut que allí.
 —¿Eh…? Ah, la puñetera débil vejiga —dijo Bertrand, como si lo esperase—. Igual que mi hijo.
 Nick estaba dispuesto a aceptar cualquier acusación que le permitiese salir del comedor; y Wani, con una expresión tediosa, casi impaciente, se levantó también y dijo:
 —Te indicaré dónde es.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Jaime Zulaika, pp. 194-200. ISBN: 978-84-339-7087-9.]

domingo, 12 de noviembre de 2023

Un dulce par de senos.- Giuseppina Torregrossa (1956)


Giuseppina Torregrossa: Libri e biografia di Giuseppina Torregrossa
Lu cuntu (El relato)

IV

  «La devoción de Luisa por santa Ágata nació la noche en que Gaetano le desabrochó la blusa y empezó a atormentarle los pechos por primera vez. El placer fue tan agudo que alcanzó el éxtasis. La sensación de bienestar que siguió le pareció obra de Dios, a través de la Santuzza, que protege los senos de las mujeres. Por eso Luisa se había consagrado a santa Ágata y se encomendaba siempre a ella para que se los conservase enteros y hermosos toda la vida. Su marido, a quien el solo pensamiento de aquel pecho generoso regalaba erecciones fuera de lo común, compartía su sentimiento religioso.
 Luisa, en agradecimiento, empezó a elaborar en el horno de su marido los dulces de la Santuzza. Al cabo de poco tiempo, la fama de aquellas exquisiteces se extendió por toda la provincia catanesa y la gente de los pueblos vecinos —Riposto, Zafferana Etnea, Nicosia— iba todos los 5 de febrero al horno del malpasoto a comprar las mejores minne de santa Ágata de toda la Sicilia oriental.
 Luisa amasaba rápidamente la harina con sus dedos regordetes, tamizaba la ricota, mezclaba la crema, preparaba pequeños, redondos y perfumados pastelillos. Durante la cocción se esparcía por el aire un olor a vainilla que cosquilleaba la nariz de Gaetano, él volvía a la carga y hacía otro intento de aproximación a su mujer, pero esta lo mantenía a raya. Una vez cocidos, los pastelillos eran recubiertos de glasa blanca y, por último, adornados con la guinda roja.
 Una vez contentada la santa, con la conciencia tranquila de quien ha cumplido con su deber, Luisa hacía ademán de volver a casa con las manos pringosas, algunos mechones de pelo sobre los ojos que apartaba soplando hacia arriba, el rostro enrojecido por el cansancio y los ojos bajos; pero una mirada de reojo era suficiente para provocar a su marido, que buscaba la menor excusa para embalarse, ponerle las manos encima y hacer el amor sin tantas formalidades, tal como se le ocurría.
 A ella ese apasionamiento le gustaba mucho, pero le daba un poco de vergüenza encontrárselo encima mientras estaban en el horno, y además, la preocupación de que un cliente entrara en el establecimiento de improviso y los pillara al uno encima de la otra, él con los pantalones bajados y la respiración jadeante, ella inclinada hacia delante y sometida, le impedía dar libre curso a sus instintos. Sin embargo, a despecho del pudor, acababa siempre dando satisfacción a su marido antes de subir a casa. “Mejor desvergonzada que cornuda”, decía para justificar a sus propios ojos tanto descaro.
  
 V

 En el mes de mayo de no sé qué año, una mañana que estaba rezando la novena a la Virgen, Luisa, al tocarse el pecho izquierdo a la altura del corazón, se dio cuenta de que algo no iba bien. Alrededor del pezón, la piel estaba dura y rugosa. Se miró en el espejo.
 —¡Vaya por Dios! —murmuró a media voz.
 Sobre la areola se veía un bultito redondo, duro, del tamaño de un cacahuete y de color rojo oscuro, que parecía un segundo pezón. “Esperemos que Gaetano no se dé cuenta, pensó, alarmada. A ver si voy a darle asco y deja de hacerme el amor.”
 Una semana después el nódulo seguía allí y no quería irse. Entre las sábanas, Luisa hacía contorsiones para que su marido no se diera cuenta de nada. Se desabrochaba siempre la blusa por el lado sano, se apresuraba a tenderle el pecho bueno, hasta se había cambiado de sitio en la cama, así Gaetano tenía al alcance de la mano el pecho apropiado. Luego el cacahuete se convirtió en una avellana, y al cabo de unos meses, en una nuez. Luisa fue a ver a la comadrona del pueblo.
 —Tía Marì, tiene que darme un remedio para la teta.
 —¿Es que todavía amamantas a la nena? ¿No es ya demasiado mayor?
 —No, tía Marì, es que me he visto una cosa que antes no tenía.
 —¡Ay, mira que eres tiquismiquis! ¿Se puede saber cuánto tiempo pasas mirándote las tetas?
 —Tía Marì, no se lo tome a risa. Creo que se ha hecho más grande, y Gaetano les tiene bastante apego a mis tetas. Pero él no debe enterarse de nada, que si le da asco es capaz de irse de putas.
 —¡Pues sí que estás asustada!
 —No, tía Marì, no estoy asustada por las tetas, pero Gaetano me las toca de una forma que las piernas se me ponen flojas, luego me sube todo un calor por dentro, y al final me deja contenta y satisfecha. Por eso, si no le importa, quisiera conservarlas en buen estado un poco más.
 —¡Vaya, vaya, a la mujer del malpasoto le gusta que le toquen las tetas!
 —Tía Marì, usted haga su trabajo de comadrona calladita, que en este caso una palabra es poco y dos son demasiado. ¿No tiene algo para curarme las tetas?
 —¿Qué pasa? ¿Te ofendes? Está bien, vamos a dejarlo. Tómate una cucharada de semillas de lino por la mañana y otra por la noche. Y cuando haya luna llena, maja en el mortero aceite, canela, flor de azafrán, hojas de menta y una guindilla. Póntelo en la teta enferma y en la buena también, reza un avemaría a santa Ágata, y dentro de un mes tendrás la teta nueva y tu marido te dará satisfacción.
 Luisa tuvo un buen trajín entre tomar semillas de lino y embadurnarse con el ungüento a escondidas de Gaetano, quien, a causa de esas rarezas, se había vuelto receloso y desconfiado.
 “¡A ver si va a resultar que, a fuerza de amamantar a esa puta, le ha tomado tanto gusto a ese placer que ahora ya no quiere saber nada de mí!”, se repetía el malpasoto. Por eso, ofendido en su orgullo masculino, casi le había cogido antipatía a la pequeña Ágata, a quien había considerado desde su nacimiento una especie de rival en el amor.
 Después de seis meses de aquellas maniobras y aquellos subterfugios, a Luisa se le agrietó la piel del seno enfermo, empezó a salirle una gota de sangre de vez en cuando, luego dos gotas, luego fue un goteo continuo. Manchaba las blusas a pesar de que se ponía una venda muy apretada alrededor del pecho. El 5 de febrero tuvo que tirar los dulces que había preparado para la fiesta de santa Ágata. Los pastelillos salieron feos, no subieron, se agarraron, la glasa era de un color amarillento en vez de blanco inmaculado y se desprendía en trocitos que caían en el plato y se quedaban pegados. Las guindas colgaban estrábicas hacia uno u otro lado. Los lugareños se quedaron con un palmo de narices y para el malpasoto aquello fue un mal presagio.
DULCE PAR DE SENOS - UN: Amazon.es: TORREGROSSA, GIUSEPPINA ... Mi bisabuela redobló las plegarias y metió por medio también a santa Lucía y santa Cristina. Encendió cirios, rezó todas las noches el rosario y hasta la oración a santa Rita, la patrona de los imposibles. En junio, un año después de la aparición del bultito, empezó la comezón, un prurito incontenible en todo el cuerpo que le quitó el sueño. “Será por las habas”, pensaba Luisa, pero fuera por lo que fuera, se rascaba hasta despellejarse cuando su marido dormía o estaba fuera de casa.
 Después del verano empezó a toser y a tener fiebre. El cuello, la axila y el brazo del lado del pecho enfermo se le hincharon. Luisa ya no tenía fuerzas para levantarse de la cama. El panadero era ignorante, pero de joven había tenido el don de la premonición, la gente le pagaba por sus profecías, y desde hacía ya meses sentía que la desgracia se cernía sobre su familia. Intuía que se avecinaba una mala noticia, que su mujer le ocultaba algo, pero ¿qué? Ella se negaba a responder a sus preguntas. Gaetano amaba tanto a las mujeres que normalmente no le resultaba difícil descubrir sus secretos más íntimos, pero su mujer no le hacía ninguna confidencia.
 Una mañana, exasperado por aquel muro de silencio, amenazó con dejarla diciendo que se sentía un extraño en su propia casa; entonces Luisa, entre lágrimas, le enseñó el pecho y Gaetano comprendió. La cogió en brazos como a una niña, la acarició, la lavó con gran delicadeza, le puso el vestido reservado para las grandes ocasiones y dijo que quería llevarla al mejor doctor de la zona, un tal Francesco Durante, de Letojanni.
 Luisa, con las pocas fuerzas que le quedaban, arremetió contra él:
 —¿Qué dices? ¿Durante? ¡Ni hablar! ¡Antes muerta!
 —¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿No es bueno?
 —¡Es un monstruo! Es amigo íntimo de Francesco Crispi, el que detuvo los movimientos de Caltavuturo con sangre, el que hizo que mataran a mi hermano Giacomo. ¿Quieres ver cómo me mata a mí también?
 —Pero ¿qué dices? —Gaetano intentaba hacerla entrar en razón—. ¡Es el mejor doctor de Sicilia y puede que del continente!
 —Y vete tú a saber cuántas perras te saca...
 Pero esta vez Gaetano se mantuvo en sus trece, los pechos de su mujer eran sagrados y él habría empeñado hasta el último mueble de la casa, incluidos los colchones, con tal de que la curasen.
 Entraron en la consulta del doctor llorando y salieron desesperados. El médico, con todo el sadismo de que son capaces los cirujanos, habló claro, no les ahorró a los pobrecillos ningún detalle ni les dio esperanzas. Luisa estaba condenada, la enfermedad no le dejaba ninguna posibilidad de salvación y sólo se libraría de ella “... con los pies por delante. Hay que operar, quitar el pecho, los músculos y quizá también el brazo, limpiar, cauterizar... Pero no garantizo nada”.
 Luisa y Gaetano volvieron a casa en un estado de postración profunda, se pusieron a rezar a la santa, hicieron votos, promesas.
 Mi bisabuela se fue con el año nuevo, dejando en la casa un hedor terrible a coles y brócolis que la tía María había aconsejado que comiera mañana, tarde y noche para combatir la enfermedad. Mujer y marido habían obedecido, porque cualquier cosa parecía mejor que perder aquel precioso tesoro que los había unido en una relación profunda, sólida, indisoluble.
 Luisa perdió la vida a causa de una misteriosa enfermedad que había empezado en un pecho y le había devorado en poco tiempo el resto del cuerpo, las fuerzas, la energía secreta de la existencia. Gaetano pensó que se ahogaba en el mar de la desesperación, pero aprendió casi enseguida a nadar, porque Ágata, su hija, los necesitaba a él y su trabajo para hacerse maestra de escuela primaria... Además, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Maeva, 2011, en traducción de Teresa Clavel, pp. 25-28. ISBN: 8415120060.]

domingo, 5 de noviembre de 2023

Los dramas de la esclavitud.- Emilio Salgari (1862-1911)


Biografía de Emilio Salgari. Quién es, vida, historia, bio resumida
Capítulo IV: La trata


 «¡La trata! ¡He aquí una palabra que no puede tener un significado más triste, más inhumano, más espantoso; una palabra que sólo al pronunciarse causaba terror profundo en todo el continente africano; una palabra que suena a barbarie, a martirios horrendos, a incendios, a saqueos, a ríos de sangre, a destrucción y muerte!
 Si los primeros colonos de América hubieran sospechado siquiera la cohorte de horrores que iba a llevar consigo la importación de esclavos africanos en sustitución de las débiles razas americanas, de seguro que no hubieran aceptado la carga que llevó en sus bodegas el primer navío negrero que Portugal envió al Brasil, y que, más tarde, españoles y franceses esparcieron por todas las bellas islas del golfo mejicano.
 Fue una infamia, un crimen de lesa humanidad el considerar como degenerada a la raza negra, por el color de su piel, para parangonar poco a poco sus individuos a una especie de animales destinados a la ruda labor del campo, ni más ni menos que si se tratara de ganado mular.
 La continua demanda de negros por parte de los plantadores americanos, que veían prosperar maravillosamente sus inmensas haciendas, gracias a los robustos brazos africanos, hizo nacer el llamado tráfico negrero o de ébano vivo, y con él la banda de cazadores de hombres, que tan terrible fama debía de alcanzar en el mundo.
 Increíble parece que una idea monstruosa, nacida en una nación culta, por incomprensible aberración del momento, pudiera luego extenderse por otros países, que llegaron a hacer del feraz continente africano el teatro sombrío de sus escenas de exterminio y de sangre. Frondosos bosques, encanto de la vista, maravilla del espíritu y arrobo del pensamiento, que durante millares de años fueron sólo centros de vida para los seres de la Creación, vieron turbado su silencio augusto por el estrépito de las armas de fuego. Y los pobres negros fueron cazados como fieras, resonando en aquellos montes, valles y ríos, tranquilos durante siglos y siglos, feroces gritos de venganza y guerra, gemidos de moribundos, ayes de heridos, llantos de madres que veían arrebatados los hijos, mientras los padres y maridos sucumbían en defensa del hogar violado: y los que no tenían la dicha de morir iban allá, a tierras lejanas, a labrar en el campo bajo el látigo implacable de los que se decían hijos de la civilización y de la cultura…
 Donde existía una tribu poderosa no quedaban al paso de los negreros más que brasas humeantes de chozajos incendiados y cadáveres de pobres vencidos, que las hienas, inseparables compañeros del negrero, se encargaban de convertir en limpios esqueletos.
 No quedaba allí ni un solo ser vivo para contarlo; había pasado la devastadora tromba de la trata, y todo fue destruido.
 En cuanto a los supervivientes, ¡desdichados!, mejor hubiera sido para ellos morir defendiendo sus hogares.
 Helos allí encadenados, con una doble barra de madera al cuello que los une de dos en dos, en marcha hacia las costas, donde los aguardan los navíos negreros.
 Hombres, mujeres, niños, todos marchan unidos, rodeados de guardianes que los arrean a latigazos, haciéndoles sangrientos verdugones en sus carnes.
 Todo intento de fuga es imposible; toda sublevación es funesta para ellos, porque los cazadores de hombres no tendrán piedad de ninguno. Aquella larga cadena de desgraciados marcha durante semanas y meses a través de los bosques y de ríos, mal nutridos, sin descansar apenas y sufriendo sobre sus cráneos los abrasadores rayos de un sol de fuego.
 ¡Ay del que se detenga! Los látigos y aguijones martirizarán sus carnes, y hombres, mujeres y niños irán quedando en el camino como rastro terrible del paso de una de aquellas caravanas.
 No importa que los pobres esclavos caigan a centenares. La carne negra abunda, y los que mueren son en seguida sustituidos por otros…
 Los sufrimientos, el hambre, la sed, las interminables marchas, la sofocación que les produce el madero que rodea su cuello; nada importa nada, y si en la travesía mueren ciento, al punto tienen los negreros doble número de víctimas. ¡Pobres esclavos!
 Los primeros que caen en el camino son los niños, los más débiles, y lejos de recibir un consuelo, un alivio en su caída por aquella vía de dolores, lo que reciben es un tremendo golpe en el cráneo, y allí quedan para pasto de las hienas, que muchas veces los devoran, palpitantes aún, ante los mismos ojos de sus madres, enloquecidas por la angustia.
 Así van cayendo niños, hombres y mujeres; pero la columna no se detiene, sino que sigue y sigue siempre, dejándolos abandonados, sin fuerzas y con la horrorosa perspectiva de que los destrocen las fieras.
 A veces sus conductores son tan monstruosamente despiadados, que al que cae le cortan las piernas a hachazos, para que no pueda llegar nuevamente a un lugar habitado.
 Nada de tiros, pues en aquellos países un disparo de fusil cuesta más caro que un negro.
 Los que pueden sobrevivir a tanto martirio hacen desesperados esfuerzos por no caer, por seguir adelante, y sufren pacientes los latigazos de sus verdugos, de la salvaje horda que los lleva a la costa del inmenso océano.
 Eran más de mil los esclavos, y llegaron apenas seiscientos. Los demás allí quedaron en el camino, marcando con sus esqueletos emblanquecidos por el sol la vía de sangre y de lágrimas que los supervivientes recorrieron.
 No todos los que llegan a las riberas del mar son embarcados; muchos de ellos acaban el viaje en completo estado de postración por las fatigas y privaciones, y como el reponerlos exigiría un tratamiento largo y costoso, prefieren sus verdugos matarlos y echarlos a las fieras.
 Los más fuertes reciben en la costa una alimentación abundante, se les deja descansar, se les conceden algunas horas de libertad relativa, y así los reponen y robustecen para aumentar su precio.
Los dramas de la esclavitud by Emilio Salgari ¿Adonde los llevan? Aquellos desgraciados lo ignoran; pero todos han oído hablar del látigo con que los castigan, y algunos creen que van a servir de alimento a los hombres blancos. En esta angustiosa alternativa permanecen hasta que llega la nave negrera.
 Embarcados, se los hacina en la bodega, y quinientas criaturas tienen que permanecer amontonadas en un barco de ciento setenta toneladas apenas.
 El viaje en tan horribles condiciones dura dos meses, y a veces cuatro. Las enfermedades contagiosas no tardan en desarrollarse entre los pobres negros, y el cólera, la fiebre amarilla o el tifus los matan a centenares. Pero ¿qué importa? Aunque de mil esclavos lleguen trescientos al fin del viaje, bastan para hacer un gran negocio en América; principalmente en el Brasil y en las islas del golfo de Méjico se pagan muy caros los esclavos.
 Ya están al fin desembarcados los últimos supervivientes de aquella hecatombe humana; pero sus dolores no han concluido todavía: en las plantaciones sólo los aguardan penas infinitas. Trabajan desde el alba hasta ponerse el sol: los débiles y los enfermos pagan con la muerte su escasez de fuerza; y los que intentan fugarse para librarse de aquella inacabable serie de martirios son cazados como bestias feroces y suelen morir bajo las dentelladas de los perros que les azuzan.
 Sus tribulaciones y miserias no terminan ni con la muerte, pues sufren el dolor supremo de exhalar el último suspiro lejos de sus grandes bosques, de la tribu que los ha visto nacer, de sus hijos, de sus hermanos, de sus padres, a quienes nunca más verán, pues sus ojos se cierran para siempre en una tierra extranjera, que fue para ellos una madrastra cruel.
 Los filósofos del siglo XVIII lanzaron el primer grito, la primera protesta contra tanta barbarie. Aquella voz no quedó perdida en el vacío, y las naciones se decidieron, al fin, a escucharla. Francia abolió la esclavitud en sus colonias; Inglaterra, en 1809 proclamó la libertad de sus negros, y la República americana del Norte elevó la jerarquía social del negro al mismo nivel que la del blanco. Pero no bastaba esto; era preciso destruir los navíos negreros, que continuaban transportando millares y millares de esclavos a las colonias españolas y portuguesas, en las cuales no se había abolido la esclavitud.
 De esta humanitaria idea surgieron los cruceros, que se escalonaron a lo largo de la costa africana para capturar a los navíos negreros y ahorcar a sus tripulantes. ¡Vanos esfuerzos! Sesenta navíos no bastaban para vigilar un continente tan extenso, y la esclavitud continúa, la barbarie perdura, y lo mismo en el centro que en la costa de la negra África, despiadadas bandas de cazadores de hombres se multiplican cada día, y la sangre corre, corre sin cesar.
 ¿Cesará un día este torrente de vergüenza? En el mar la trata ha terminado. La proclamación de la libertad de los negros en el Brasil, último país donde subsistía la esclavitud, dio el golpe de muerte a los navíos negreros; pero la esclavitud dura todavía en África, y durará hasta que las naciones europeas hayan conquistado las naciones del centro.
 Entonces la paz reinará en aquellas tribus, que serán felices a la sombra de sus selvas maravillosas y que olvidarán con el tiempo la sangre y las lágrimas derramadas por tantos millones de esclavos arrancados brutalmente de sus países nativos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gahe, 1975, en traducción de José Repollés, pp. 25-29. ISBN: 84-7076-047-5.]